La Revolución rusa.

Escrito en 1918, La Revolución Rusa es uno de los títulos fundamentales de Rosa Luxemburgo. Aunque buena parte del pensamiento de la revolucionaria polaca está expresado a través de sus cartas, y de que el número de artículos que publicó en la prensa socialdemócrata alemana es también ingente, cuatro son las obras políticas clave de Luxemburgo (omito aquí La acumulación del capital, que no está pensada como respuesta a la coyuntura ni ante debates estratégicos sino como análisis económico más profundo): Reforma o revolución; Huelga de masas, partido y sindicato; La crisis de la socialdemocracia y La Revolución rusa. Escrito desde la cárcel y, según se dice, con una cierta carencia de información, La Revolución rusa es un análisis de los primeros meses de gobierno soviético y es, ante todo, una defensa descarnada de la democracia socialista como principio regulador de la actividad revolucionaria pero también y muy especialmente como medio sin el que el socialismo mismo no es edificable.

Se ha escrito mucho sobre la supuesta incompatibilidad (casi moral) entre Luxemburgo y Lenin, tanto por parte de anticomunistas varios (que se aferran a la figura de la polaca tratando de encontrar en ella una aliada en su lectura de la inevitabilidad histórica que habría llevado de Lenin a Stalin – con resultados entre patéticos y dignos de un festival de la vergüenza ajena), como desde sectores del denominado marxismo-leninismo, que fácilmente podrían competir con los primeros en lo que a vergüenza ajena se refiere.

Por ambos bandos, La revolución rusa ha sido leída como una crítica feroz y descarnada al bolchevismo, casi como una declaración de enemistad y separación de caminos que difícilmente casa con un texto donde leemos que «con su decidida actitud revolucionaria, su energía ejemplar y su fidelidad escrupulosa al socialismo internacional, ellos [los bolcheviques] hicieron verdaderamente cuanto podía hacerse en una situación tan diabólicamente difícil». El folleto está lleno de citas similares. No se trata, por tanto, de una crítica enemiga. Pero tampoco apologética, porque «únicamente una crítica minuciosa y meditada está en condiciones de acumular experiencias y enseñanzas». La autocomplacencia para otros, gracias.

Entrar al detalle de cada uno de los temas que Luxemburgo aborda en este folleto exigiría muchísimo más tiempo y espacio del previsto, además de una formación previa en aspectos que personalmente no controlo, como el debate en torno a la reforma agraria. Sí me parece muy interesante el modo en que va desglosando algunas de las medidas centrales del gobierno soviético durante los primeros meses, y desde luego encontramos en el texto algunas páginas brillantes en lo que a la defensa de la democracia socialista se refiere. Es también genial la caracterización que hace en la primera parte de la temporalidad de las revoluciones y el imposible término medio, así como del modo en que la dialéctica revolucionaria concreta resuelve el problema de la «mayoría social», angustia permanente para el parlamentarismo. Y dudo mucho (muchísimo) con su visión sobre el problema de las nacionalidades, pues si bien muchos de los argumentos que da son perfectamente correctos, las conclusiones a las que llega son problemáticas en términos políticos (ya sabemos de sobra el problema de Rosa y su célebre debate con Lenin sobre el derecho de autodeterminación de las naciones).

La edición que tengo del texto (Castellote, 1975) lo presenta junto con tres artículos bastante anteriores: «Cuestiones organizativas de la social-democracia rusa» (escrito en respuesta a Un paso adelante, dos pasos atrás de Lenin), «Masas y jefes» y «Libertad de crítica, libertad científica». Los tres vienen prologados de manera conjunta en 1934 por Lucien Laurat y porteriormente en 1946 con la firma de «SPARTACUS», prólogos que de seguro se llevarían algún premio en el anteriormente mencionado certamen de vergüenza ajena. Los autores no sólo usan textos escritos dos décadas antes de la Revolución para señalar una supuesta aversión de Luxemburgo a la misma, sino que identifican en su obra dos enemigos paralelos y equivalentes (el reformismo y… ¡el leninismo!) y, en su defensa de la democracia frente a los totalitarismos, abandonan completamente el empeño de la autora por distinguir entre contenido y forma de la democracia. De pronto, todo vale.

Pese a esta pésima presentación, los tres artículos de Luxemburgo contienen aspectos interesantes y partes bastante lúcidas. «Libertad de crítica, libertad científica», aparte de resultar mordaz e irónicamente contradictorio con lo tan categóricamente expuesto en ambos prólogos, me ha parecido una lectura interesante para complementar con los escritos posteriores de Mandel sobre el papel de los intelectuales. Y, si bien no puedo coincidir en buena parte de las ideas de Rosa sobre la construcción partidaria (jamás agradeceremos lo suficiente a Lenin el haber sido capaz de plantear la separación entre clase y partido), en «Cuestiones organizativas de la social-democracia rusa» se articula una de las defensas más impecables de la disciplina comunista que he leído hasta el momento.

Escribe Luxemburgo: «¿Qué pueden tener en común la docilidad regulada de una clase oprimida y la auto disciplina y organización de una clase que lucha por su emancipación? La autodisciplina de la social-democracia no es tan sólo la sustitución de la autoridad de los gobernantes burgueses por la autoridad de un Comité Central socialista. La clase obrera adquirirá el sentido de la nueva disciplina, la libremente asumida autodisciplina de la social-democracia, no como resultado de la disciplina impuesta sobre ella por el Estado capitalista, sino por la extirpación hasta la última raíz, de los viejos hábitos de obediencia y servilismo».

El español al alcance de todos.

En noviembre empecé a leer a Alfonso Sastre. Tenía su Obra lírica y doméstica (vaya, su poesía completa) comprada desde hace un tiempo, pero otras cosas la habían ido adelantando. Lo leí, sobre todo, durante un fin de semana en el Pirineo, una noche que Inés estaba agonizando por los dolores de la regla y a Patt algo le había sentado mal a la tripa y yo era la única de las tres que seguía despierta a las 21h. Así que ahora, al rescatar el libro de la pila de cosas pendientes que tengo a la izquierda del escritorio, no he podido evitar ver de nuevo la botella de vino abierta, la mesa de madera y la ventana en el techo inclinado de aquél tejado con vistas a Ordesa. Qué cosas, los libros.

Siendo sincera, la poesía de Alfonso Sastre me ha desbordado. Quizá esperaba menos de él, no sé, algo un poco más panfletario, pero desde luego lo que he encontrado ha superado con mucho mis expectativas. Tiene (cuestión de época o quizá de perfil, supongo) un cierto parecido con Ángel González en el tono, la particular ironía, la actitud ante la vida. Con la diferencia de que en su caso se potencia mucho más el contenido doméstico (qué gran palabra) de la poesía, otorgando importancia a partes de la vida que son, verdaderamente, las más importantes de todas. Sastre escribe sobre la vejez de sus padres, sobre la infancia de sus hijos y sobre sus borracheras en bares, y lo hace confundiendo todo esto con su militancia dando forma a esa cosa gigantesca y no diseccionable que es la vida.

El español al alcance de todos recoge los poemas escritos por el dramaturgo entre 1942 y 1971. El propio autor se refiere en varios poemas a este futuro libro como «el documento secreto», lo que otorga al conjunto un aire de diario personal, de confesión íntima, que personalmente me ha gustado mucho. El propio «Poema cero» que sigue a la dedicatoria [«Leed aquí las confesiones de Alfonso Sastre, / considerable informe / confidencial (para vosotros y para nadie más. Prohibida / la reproducción total o / parcial de los presentes documentos)»] juega a potenciar esta confusión entre vida personal y compromiso político que es también la de todas nosotras.

Después de esto, el poemario está compuesto por siete partes que ponen el foco de manera específica en algunos de los matices de todo esto y que adoptan, incluso, estilos de escritura distintos (desde formatos más rígidos en la métrica, a verso libre o poesía en prosa). El español al alcance de todos toma el nombre de uno de los últimos poemas, de una ironía genial y que me ha recordado en un cierto sentido a las «Fábulas para animales» de Ángel González. He disfrutado también mucho los brindis de «Tarde en la taberna», pero sin duda para mí lo mejor del libro llega con «Arrojado en el mundo» y con algunas partes de «Por encima de todo», ahí donde se mezcla de manera mejor y más clara lo personal con lo colectivo, modelando una subjetividad individual que no puede entenderse sino como resultado de lo social en su sentido más político. No hay vacío ante la muerte ni amor por los padres sin amor por la humanidad e indignación ante la tortura. No hay compromiso colectivo posible sin constatación de la belleza, sin enamoramiento por los hijos. La forma en que el yo se construye es construyendo el nosotros, y viceversa. O, como el propio Alfonso Sastre escribe en el «Brindis de la copa de coñac»: pero no se haga mi voluntad sino la nuestra.

Delta de Venus.

Delta de Venus es lo primero que leo de Anaïs Nin y me ha dejado, pese a la factura tosca y algo burda de la que ella misma advierte en el prólogo, con muchísimas ganas de leer sus diarios. Escritos en la década de 1940, los relatos que componen el libro fueron todos encargo de un viejo rico que pagaba por páginas con contenido erótico. Dudosa de si publicarlos o no finalmente, la autora se queja de haberse visto obligada a reducir la sexualidad a una caricatura mecánica, sin espacio para la sensualidad ni para la apreciación de todas las cosas (el entorno, los olores, los matices de la piel) que verdaderamente estimulan el deseo. Esto es verdaderamente cierto en algunos de los cuentos (sobre todo cuando los personales se van sucediendo sin más presentación que el propio sexo), pero en otros es posible intuir una escritura más suelta y menos forzada, más propia y verdadera, que desata las ganas de leer lo que fuera de esa imposición escribía la autora.

Varias cosas que me parecen interesantes. Primera: la lectura pausada permite una indagación consciente en el propio deseo. La diversidad de tonos y de estructura de los relatos y los personajes ofrece una puerta al auto-descubrimiento o la confirmación de los resortes que más nos funcionan. En mi caso, un cierto gusto por el riesgo que ya conocía pero en el que nunca está de más reafirmarse. Segunda: hay una presencia desproporcionada de algunas prácticas y situaciones que ahora llamaríamos kink y, quizá, desviaciones. En concreto, del fetichismo de la lencería (son varias las historias con hombres que no buscan el contacto sino sólo la estimulación visual), del contacto sexual no buscado con desconocidos, y del sexo con menores de edad (en varias ocasiones, con quienes existe un vínculo familiar o de cercanía/tutelaje). Me genera especial curiosidad saber si lo primero tuvo un papel destacado en la vida sexual de Anaïs Nin y espero sinceramente que fuera así con lo segundo – sé a ciencia cierta que la respuesta es positiva en el caso de lo tercero, pues tuvo una relación con su padre tras rencontrarlo muchos años más tarde. Tercera: la homosexualidad tanto femenina como masculina, así como la intersexualidad y el travestismo, aparecen en múltiples historias y se presentan con una mezcla de aceptación/normalización no moralizante y de prejuicios sorprendentemente misóginos, sin duda por la influencia que sobre la autora tenían las teorías del psicoanálisis.

Sobre este último punto, y puesto que todas las historias tienen a mujeres por protagonistas (la propia Anaïs Nin expresa en el prólogo su intención de reflejar el deseo y el placer específicamente femeninos -por muy mediado por la construcción social que necesariamente vaya a estar eso, añado), es especialmente interesante el modo en que la autora incorpora en el análisis y desarrollo de los personajes el deseo de seducir o la propia auto-percepción a través del deseo ajeno. «La vanidad de las mujeres que en la atracción buscan principalmente la autocomplaciencia», escribe, y yo no puedo evitar pensar en cuántas miles de veces he caído en eso. También relacionado: la centralidad de la penetración. Una obsesión por el coitocentrismo que no se presenta tanto en los hombres (mucho más proclives a la masturbación, la estimulación visual, el fetichismo de diverso tipo o la admiración del pene propio) sino fundamentalmente en las mujeres. Una necesidad de ser penetradas que se traduce en la insatisfacción ante otro tipo de experiencias sexuales (por ejemplo, las sáficas) y que lleva a escaladas de exposición y a espirales de ansiedad en torno al sexo.

Y sin embargo hay ahí, en ese instinto animal que Elena descubre en sí misma tras haber conocido a Pierre, un punto intensamente cierto y una pulsión vital que reconcilia leer por escrito, sin juicios de ningún tipo sino tan solo el reconocimiento de todo lo que de bueno y de estimulante y de necesario para la vida plena tiene ese impulso. Dice Elena en algún momento que ahora comprende por qué los hombres mantienen a sus esposas insatisfechas e ignorantes respecto a las posibilidades del sexo, porque una vez que lo descubren ya no podrían quedarse colmadas con nadie ni nada. Y yo digo: pues bueno, pues sí, es cierto.

En general, Delta de Venus es un libro bastante desigual. Las primeras historias, más cortas y con personajes más fantásticos, cumplen perfectamente su misión de estimulación erótica sin forzar la trama. El problema llega a partir de «Pierre» y muy especialmente con «El vasco y Bijou», cuando la sucesión de personajes empieza a hacerlos a todos ellos parcialmente irrelevantes y los distintos momentos que acaban en orgía o parejas cruzadas dejan de tener sentido. Las descripciones de varias de estas partes parecen todas iguales, con una proliferación de adjetivos que para mi gusto embrollan los escenarios más que potenciar la voluptuosidad o la languidez en la lectura (ejem). Las historias ambientadas en el mundillo artístico de París o Londres son interesantes, bastante más realistas y creíbles, y abren además la puerta a un ambiente social que Anaïs Nin conocía bien («lo que escribo son en parte invenciones y en parte cosas que he oído», nos dice).

Por último, en algunos relatos es posible sospechar que la autora está saliendo, por fin, del mandato del millonario para escribir de una manera muchísimo más cierta. «Marcel», título que cierra el volumen, es un canto precioso a la vida, al placer, a la libertad y a las cosas bellas. Y no solo, pero en concreto la escena final, ese quart d’heure de passion al ritmo de jazz en la fiesta en la playa, se me va a seguir apareciendo en sueños durante mucho tiempo. Hay cosas, supongo, que llegan especialmente a tiempo en un momento concreto de la vida.

Poetas / No.

Para sorpresa de nadie: voy con retraso. Me acabé la poesía completa de Idea Vilariño en el mes de octubre y hasta ahora (¡diciembre!) no había podido sentarme a escribirlo. Leí del tirón los dos ¿poemarios? (ya hablé de esto) que me quedaban y cerré el libro con la pena infinita que genera el final de las cosas bellas. Pienso que me gustaría vivir para siempre en un poema suyo, estar siempre dentro de su poesía pero no como protagonista de ninguna historia sino como cuerpo sintiente que nunca ve cortado el flujo de belleza. Decía Simone Weil algo así como que a los demás objetos de deseo queremos poseerlos; lo bello es lo que simplemente queremos que exista. En mi caso: que exista siempre presente, jamás interrumpido, constantemente apreciado.

Poetas es la reunión de tres poemas rabiosos, dedicados respectivamente a Charles Baudelaire, a L.V. (¿ideas?) y a Rubén Darío. El primero ya merecería la pena nada más que por su arranque («También tú / hijo de perra / también tú te moriste») pero es que el tercero es sencillamente grandioso. No soy yo fan de Rubén Darío (leí Azul en su momento y desde entonces para mí representa todo lo que siempre me había repelido de la poesía) y coincido bastante en esto con el juicio de Roque Dalton, pero Vilariño consigue no sólo sacarme una media sonrisa sino construir un poema profundamente bello y absolutamente nada cursi (cómo podría).

Si mi suposición es cierta y la propia Vilariño ha ordenado y compuesto su poesía (no he querido buscar la información, supongo que sería aceptar renunciar al misterio), No tiene entonces sentido como un goteo precioso de poemas que pudieron (y al mismo tiempo no) ser el mismo. 58 poemas numerados y escritos en una horquilla de cinco décadas que acaba el año 2000 y empieza en 1951. Todos salvo dos están fechados, y su orden parece no responder a ningún criterio cronológico ni lógico. Sino tal vez (deseo) a la propia sensibilidad de la autora, a la necesidad precisa pero siempre injustificable de que las cosas sean exactamente así y no de cualquier otra manera. No es, en fin, un poemario de estupefacción ante la vida. Todas sus piezas son brevísimas: dos, tres, máximo diez versos o líneas que parecen haberse caído por casualidad encima de la hoja en blanco. Y que condensan toda la sensualidad, la atmósfera y la atracción extraña del resto de la obra de la poeta.

Releyendo ahora para escribir esto, de nuevo: la ambición de vivir dentro del libro, de absorberlo en un cierto sentido. 5 de junio de 1962 (16): «Qué asco / qué vergüenza / este animal ansioso / apegado a la vida». 12 de diciembre de 1989 (13): «La noche más callada / la más quieta / más desplomada entera sobre mí». 1968 (10): «Decir no / decir no / atarme al mástil / pero / deseando que el viento lo voltee / que la sirena suba y con los dientes / corte las cuerdas y me arrastre al fondo / diciendo no no no / pero siguiéndola».

Pues eso: dejaos llevar por la vida, dejaos llevar por el deseo. Y leed a Idea Vilariño.

La libertad de la pornografía.

En los últimos años, el debate público en torno a la violencia sexual y la contundente respuesta del movimiento feminista a la permisividad social y la reproducción institucional de la misma han traído de vuelta posiciones que, en su intento de defender y proteger a las mujeres, nuestra integridad y nuestros cuerpos, están cargadas de moralismo e infantilización forzada. No hay capacidad de agencia posible en un mundo donde necesitamos permanentemente ser protegidas, donde se nos presupone el estatus de víctima en vez de imaginar formas alternativas de reaccionar ante la violencia, donde la etiqueta de “peligro” precinta todo contacto sexual por mucho que sea buscado. Cuidado: si una desoye la señal de alarma, entonces quizá es responsable (¿culpable?) del potencial daño. Y también: es tremendamente fácil traspasar la línea entre fiscalizar el deseo ajeno (qué es y qué no es feminista) y acabar prescribiendo sexo sólo con una persona, con la luz apagada y sin tocar demasiado.

En este contexto, la pornografía, como máxima expresión de la sexualidad explícita y, en la actualidad, poderosa industria cultural que reproduce y asienta todo tipo de estereotipos y de jerarquías sociales y sexuales, se ha convertido en un potente catalizador de pánicos morales, posicionamientos identitarios y propuestas de censura. Aunque, pensándolo bien, ¿es posible hablar de censura cuando lo censurado no tiene, según sus detractoras, valor social alguno? El pasado marzo Ana Valero Heredia, doctora en Derecho Constitucional y profesora de la UCLM, publicaba La libertad de la pornografía (Athenaica, 2022), un libro que se presenta como “el primer estudio en lengua española que afronta la pornografía desde una perspectiva integral, incluido el enfoque jurídico”. O al menos, eso afirma en el prólogo la directora Erika Lust, famosa por la etiqueta “porno para mujeres” y una de las principales voces disidentes dentro de la industria. Se trata de una lectura ágil pero apoyada en una multitud de estadísticas y referencias jurídicas, que se agradece por lo que de seriedad y rigurosidad aporta al debate. Pero el acercamiento de la autora al tema, situado estrictamente en el plano de generación de discurso y de acceso al mismo (consumo), deja fuera aspectos fundamentales del problema y nos impide hablar de una “perspectiva integral” en el tratamiento de la pornografía. En los párrafos siguientes trato de desgranar todo esto proponiendo un triple acercamiento que, lejos de cuestionar, desarrolla y amplía lo planteado por Ana Valero.

Reseña completa en Revista CTXT.

Antología (Roque Dalton).

Leí a Roque Dalton en septiembre, hace ya algo más de un mes y tras años de encontrarme con versos suyos desperdigados por todos lados. Diría que Dalton era para mí, sin haberle leído nunca a propósito, el poeta militante por definición, o al menos el que venía a ocupar ese lugar tras la generación de Miguel Hernández. Quizá por eso, y porque en la adolescencia me harté de leer poesía que de tan obvia no llegaba a panfleto malo (la otra cara de la odiosa formación en lengua y literatura que me hizo asociar poesía a cursilada estúpida), me había alejado hasta ahora de Dalton con algo parecido a reticencia. Pobre Miguel Hernández, qué tratamiento más poco merecido, si justamente en él si fui capaz relativamente pronto de encontrar la belleza.

No me gustan las antologías, lo he dicho ya alguna vez. Se quedan cortas cuando conectas de manera especial con alguna parte concreta de la obra (ando como loca buscando los Salmos de Ernesto Cardenal, porque su Antología nueva apenas sí incluía un puñado) y te dejan siempre con la sensación de estar perdiéndote algo. Prefiero conocer a los autores poemario a poemario, interpretando por mí misma la evolución de su obra, de sus intereses y de sus fases vitales. Pero en ocasiones, bueno, no queda más remedio.

De la selección que Benedetti hace del salvadoreño, me han sobrecogido los más tempranos de sus poemas. Si tenemos en cuenta que Dalton fue asesinado poco antes de cumplir 40 años y miramos las fechas de algunos de sus escritos, es apabullante lo joven que era cuando escribía cosas tan absolutamente convencidas y al mismo tiempo, tan absolutamente bellas, y durante sus primeras estadías en la cárcel. Dalton es quizá el poeta que más claramente me ha hecho preguntarme cómo es posible para una persona seleccionar así las palabras, retorcer así el lenguaje, saber con tantísima precisión cuál es la sílaba y cuál es el verso y cuál el sonido preciso para dar forma a una cosa (el verso, el poema) que se aparece ante nosotros como existente por sí misma en el mundo, como naturalmente así, como indudablemente cierta. Y, a la vez, que contundencia política, qué virulencia en el ataque descubierto.

Los poemas sobre la cárcel de un jovencísimo Dalton (como, por ejemplo, «Elegía vulgar para Francisco Sorto» o «Mala noticia en un pedazo de periódico») son extremadamente angustiantes; los más irónicos sobre la vida (como, por ejemplo, «Confesiones»), extremadamente divertidos y pasionales. Luego hay otros (básicamente: «Taberna») con los que no he sido capaz de conectar, y que no sé hasta qué punto (he aquí el problema de las antologías) constituyen partes importantes de su obra o simplemente piezas destacadas en la elección del antologista -Benedetti-: los más experimentales, los que adoptan forma de collage y escritura automática, métodos que ya he leído en otras ocasiones sin conseguir jamás entenderlos del todo. Y por último he de reconocer que el poema «Los hongos» me ha parecido, a pesar de ser difícil a ratos, increíblemente interesante. Predecible para quien me conozca, supongo, porque está dedicado a Ernesto Cardenal «como un problema nuestro, es decir, de los católicos y de los comunistas». Entre esto y los insultos a Rubén Darío -ese poeta que leen los burócratas-, no era muy difícil ganarme.

Hay un hilo conductor muy bonito entre esta reseña y la de ayer de Rosa Luxemburgo, que no tiene que ver únicamente con el compromiso revolucionario de ambos autores sino también y muy especialmente con una manera concreta de entender y de amar la vida. Cierro con esto, porque es imposible decirlo todo: «Yo, como tú, / amo el amor, la vida, el dulce encanto / de las cosas, el paisaje / celeste de los días de enero. // También mi sangre bulle / y río por los ojos / que han conocido el brote de lágrimas. // Creo que el mundo es bello, / que la poesía es como el pan, de todos. // Y que mis venas no terminan en mí / sino en la sangre unánime / de los que luchan por la vida, / el amor, / las cosas, / el paisaje y el pan, / la poesía de todos».

Dime cuándo vienes: cartas de amor, 1893-1917.

Por diferentes motivos, me ha costado mucho empezar esta reseña. Ahora mismo escribo como enfrentándome a una bola que había dejado ir creciendo demasiadas semanas y que tiene mucho que ver con la impresión tan tremenda que me causó el libro, por un lado, y con el hecho de que una vez leído tuve claro que quería (que necesitaba) regalarlo. Luego lo volví a comprar, porque como hace poco me dijo un amigo, estamos las lectoras y estamos las compradoras de libros, y yo reúno ambos vicios.

Dime cuándo vienes es una edición cuidadísima de una pequeña selección de los centenares de cartas que Luxemburgo escribió a los cuatro hombres con los que se le conocen vínculos sexoafectivos: Leo Jogiches, Kostja Zetkin, Paul Levi y Hans Diefenbach. A cargo de semejante maravilla están las editoras de Banda Propia, sello chileno que además de recuperar y traducir tesoros, lo hace en forma de objetos verdaderamente preciosos (si no me creéis, entrad en su web y deleitaos con el resto de títulos de la colección Perdita – y regaladme los escritos de Eleanor Marx, porfa!).

Las relaciones que Luxemburgo tuvo con cada uno de sus cuatro compañeros y amantes fueron entre sí muy distintas y estuvieron mediadas por diferentes momentos personales y, muy especialmente, por los desiguales niveles de trabajo político compartido que Rosa tenía con cada uno de ellos. Así que se puede decir que, más allá de lo biográfico, las cartas de amor de Luxemburgo no pueden leerse en un sentido convencional porque el amor que en ellas se exhibe es un amor que transciende y supera el vínculo entre dos personas. Es, ante todo, un amor por la vida, por las personas y por la naturaleza que encuentra su razón de ser en el compromiso político de la comunista. O también: un compromiso político que sólo se explica por semejante amor por la vida. Una concepción vitalista de la militancia y de la revolución, capaz de «vivir la primavera como si fuera una fiebre» incluso a través de los insectos que se cuelan entre los barrotes de la celda, de las hierbas que crecen en el patio de la cárcel, de «cavar a través de los recuerdos con dedos lentos, como en una canasta de flores».

Algo que he saboreado especialmente es la forma en que Luxemburgo pasa en sus cartas de los comentarios temblorosamente íntimos a las precisiones políticas, las discusiones económicas, las orientaciones de lectura y los apuntes sobre elaboración teórica o construcción partidaria. Digo saboreado porque en la escritura de Rosa se desborda la belleza por todos lados, de manera que una es capaz de reconocerse a sí misma en las conversaciones con la gente que ama. Qué gozada y qué media sonrisa más satisfactoria la de encontrar, en la misma línea y justo a continuación de la promesa de una cita en el bosque, un ataque a la interpretación del interlocutor de x pasaje de El Capital o la petición de recibir cuanto antes instrucciones precisas sobre el trabajo con los sindicatos. Y es que, ay, cómo sería posible amar verdaderamente a alguien, con tal intensidad, si no fuera por compartir semejante pasión y compromiso revolucionario con la vida, semejante pasión y compromiso vital con la revolución.

Como apunte, y tras leer lo que Luxemburgo envía a Kostja Zetkin (15 años menor que ella y segundo hijo de su amiga Klara, con el que tuvo una relación de varios años y a quien llegó a escribir más de 600 cartas) quedé absolutamente escandalizada por no haber leído jamás ninguna alusión a los niveles de violencia que Rosa soportó por parte de Leo Jogiches. Cómo es posible que en la multitud de estudios biográficos, análisis del SPD y del espartaquismo y genealogías de mujeres socialistas que he leído en la última década nunca jamás se haya escrito una sola mala palabra sobre él. Cómo narices ocurre que, mientras Rosa habla de noches escondida con la familia Kautsky, de pánico a pisar su casa por si él la está esperando para matarla, de viajes cancelados por temor a que él la encuentre bajo la amenaza de suicidarse luego… que toda la bibliografía al respecto lo borre de un plumazo diciendo: fue su relación más estable, que se prolongó de manera intermitente durante 20 años.

Luxemburgo le escribió una vez a Jogiches: «ninguna otra pareja en el mundo tiene tantas posibilidades de ser felices como nosotros». Me cuesta pensar que nadie haya jamás dado importancia al modo en que tanta violencia tuvo necesariamente que forjar la personalidad y el temperamento de una mujer excepcional, ejemplo de entereza y convicción política y de vida inquebrantable. A Jogiches, que tardó dos años (¡dos años!) en aceptar el final de su relación, lo asesinaron de un tiro en la nuca dos meses después del asesinato de Rosa Luxemburgo. Lo mataron en prisión. Rosa, que en 1908 llegó con él al acuerdo de que podían trabajar asuntos políticos en su casa de Berlín siempre que él se comprometiera a abandonar la casa por la noche, le había escrito en 1917 a Hans Diefenbach también desde la cárcel: «sin embargo, una vez más tengo la clara sensación de que la vida es muy hermosa».

La crisis de la socialdemocracia.

Otro de los libros que leí este verano fue La crisis de la socialdemocracia. Yo había leído ya prácticamente todas las obras de Luxemburgo centradas en el combate estratégico (el debate con Bernstein, su elaboración de cómo se articulan las dimensiones económica y política de la lucha de clases a partir de las huelgas de masas en Rusia, etc.), pero todo lo referido al apoyo del SPD al gobierno alemán en la Guerra Mundial lo conocía por análisis posteriores y no directamente por la propia Rosa.

En esta edición de Akal se incluye, además del conocido como Folleto Junius, las Tesis sobre las tareas de la socialdemocracia internacional que Luxemburgo escribió para el Congreso de la Internacional de 1915. El conjunto es una panorámica global a la catástrofe histórica que supuso la aceptación socialdemócrata de los marcos bélicos de la burguesía en 1914 y del pacto de la Unión Sagrada (la aceptación de una tregua en la lucha de clases para unir fuerzas en la lucha entre pueblos). La posición radicalmente pacifista de Rosa Luxemburgo (que no ingenua, moralista ni timorata) y su comprensión de las profundas implicaciones que tendría la Gran Guerra es de sobra conocida. Como esto no pretende ser un análisis exhaustivo del texto y ni siquiera una suerte de reflexión política sobre el mismo, voy a limitarme a comentar dos cuestiones que me han parecido interesantes.

La primera es el nivel de barro y fango que la dirección socialdemócrata aceptó asumir a cambio de mantener su posición social y no ver peligrar su integración en el aparato del Estado alemán. Luxemburgo dedica toda una primera parte a contrastar titulares y editoriales de la prensa socialdemócrata con apenas pocas semanas de diferencia, en los que es evidente el cambio radical de planteamientos desde una retórica llena de radicalismo estético a un llamado al orden y al cumplimiento con los deberes cívicos. Resulta muy interesante ver el modo en que la guerra «contra el zarismo» se vende como una defensa de las libertades y de la posibilidad de existencia de las izquierdas. Luxemburgo cuestiona que ningún tipo de pacto de paz social pueda jamás ser beneficioso para la clase trabajadora, denuncia el modo en que la claudicación del SPD le hace el juego a los intereses imperialistas de Alemania y sus aliados, y señala algo que hoy en día es necesario repetirse a menudo: que a los tiranos sólo deben y pueden derrocarlos sus propios pueblos. Rusia lo haría tres años más tarde.

El segundo aspecto que quiero destacar ocupa menos espacio pero fue (quizá por mis intereses particulares) el punto que más me hizo reflexionar de todo el libro. Dice Luxemburgo que «es una ilusión necia creer que basta con sobrevivir a la guerra, como un conejo se oculta bajo un arbusto hasta que pase la tormenta, para seguir alegremente su camino al paso acostumbrado cuando todo amaina. La guerra mundial ha cambiado las circunstancias de nuestra lucha, y sobre todo nos ha cambiado a nosotros mismos«. Sabemos que la guerra transforma al Capital y modifica sus dinámicas, sus modos de explotación y desposesión y todas sus violencias derivadas. Pero ese nosotros mismos se me ha metido en la cabeza de manera obsesiva desde entonces y no paro de darle vueltas a cómo la psicología humana y la imaginación política se ven afectadas por la realidad terrible de la guerra o por el ejercicio directo de la violencia.

(Nota mental: enfrentar de una vez la tarea siempre postergada de leer a Benjamin y otros pensadores que vivieron el horror del fascismo y la Segunda Guerra Mundial y escribieron de manera más o menos sistemática sobre la violencia. Porque cómo construir un mundo libre y nuevo con hombres y mujeres arrasados).

Pobre mundo.

Pobre mundo fue mi poemario de agosto (sí, voy tardísimo) y al leer su primera parte llegué a pensar que, después de los arrolladores Poemas de amor, había vuelto la Idea Vilariño más centrada en la putrefacción y la muerte. Con la diferencia de que aquí no es la fruta lo que se pudre ni la carne lo que se muere sino la Tierra misma -jamás nombrada y siempre intuida-, el mundo en su dimensión material más concreta. La mayor parte de poemas de este bloque están fechados en Las Toscas (googleo: balneario uruguayo del departamento de Canelones que forma parte del municipio de Parque del Plata) y en ese morirse de la Tierra hay una concepción del mundo no limitada a lo geológico (¿lo ecológico?) sino pensada como resultado social del hacer colectivo. Quizá la Historia, sin más, y en las imágenes marítimas y geológicas no hay por parte de la autora sino un aviso del verdadero contenido del poemario.

La segunda parte, algo más breve, se abre paso entre la estupefacción lectora, que tarda algo en entender qué es exactamente lo que está pasando. Hay, desde el primer poema, algo que lleva a la incomprensión: palabras y expresiones inexistentes en el resto de la obra de Vilariño, un tono vehemente difícilmente esperado, imágenes referidas a universos muy distintos de los que hasta ahora conocíamos. Hasta que de pronto llega, en el comienzo del tercer poema («Qué hijos de una tal por cual / qué bestias / cómo decirlo de otro modo / cómo / qué dedo acusador es suficiente») y una se da cuenta de que Pobre mundo es un poemario inexcusablemente político. A partir de aquí, es todo un crescendo: un poema para Guatemala, otro para Playa Girón, uno más dedicado al Che (el precioso «Digo que no murió») e incluso otro para René Zavaleta.

La Idea Vilariño de Pobre mundo despliega una voz que yo, honestamente, no imaginaba en ella, pero que resulta ser completa y verdadera de una manera absoluta. «Agradecimiento» es, posiblemente, uno de los mejores poemas que he leído nunca. Y, quizá inintencionadamente, también el que cierra el círculo de la mayor parte de imágenes poéticas de la uruguaya: «Y hay -Señores- / seguro / quién lo duda / hay que elegir con decisión porque hay / dos vidas y dos muertes posibles / y porque hay / diferentes maneras de pudrirse». Para acabar de manera perfecta: «Y ustedes / sin quererlo / ayudan a elegir en todo el mundo. / Gracias por todo. Libertad o muerte».

Rosa Luxemburgo y el arte de la política.

El de Frigga Hauf fue el segundo libro que leí este verano antes de meterle mano directamente a la obra de Luxemburgo -mucha relectura, pero también alguna cosa que no había tocado todavía y sobre la que iré escribiendo estas semanas. Escrito por una de las principales representantes de cierta rama del feminismo marxista y traducido por Tinta Limón (una de cuyas editoras es Verónica Gago), el libro es una recopilación de artículos que abarca 30 años de producción de la autora y que se encuentran clara y políticamente posicionados. No sólo, como cabría suponer, en cuanto a su afinidad con la comunista polaca, sino también en lo que respecta a las opiniones de Haug sobre estrategia feminista, política parlamentaria actual o concepción del Estado. Y no voy a entrar por falta de tiempo, pero sí me gustaría decir que, en demasiados puntos, no estoy de acuerdo.

La principal pregunta que las editoras argentinas le conceden al libro, y que la propia Haug plantea en algunos capítulos, es ciertamente estimulante: sabemos que Luxemburgo no fue jamás una feminista en el sentido de que no teorizó sobre problemas de género ni realizó trabajo práctico específicamente orientado a mujeres (a diferencia de su amiga Klara Zetkin), pero, ¿en qué sentido pueden su vida y su obra aportar elementos fructíferos al pensamiento y la práctica feministas contemporáneas? La respuesta, sin embargo, se queda a mi parecer muy lejos del valor de la pregunta.

Por un lado, Haug bosqueja pero no desarrolla las potencialidades teóricas de uno de los principales aportes de Luxemburgo en La acumulación del capital: la afirmación de que las dinámicas del capital necesitan siempre de la existencia de espacios todavía ajenos a su lógica para poder mantener su crecimiento continuo. Este descubrimiento, que Luxemburgo realiza en el contexto de los debates sobre el imperialismo, fue luego utilizado por las feministas marxistas de la década de 1970 para aplicarlo a los debates sobre el trabajo doméstico. No es, cierto, la intención del libro entrar en este tema, pero creo que habría sido especialmente interesante haber seguido leyendo en ese sentido.

Por otro lado, y especialmente en los primeros capítulos (artículos más tempranos), Haug muestra una tendencia a idealizar la actuación femenina, llegando a repetir el típico mantra de que una política llevada a cabo en su mayoría por mujeres sería inequívocamente más social y menos violenta que la existente. No es algo nuevo, claro. Lo hemos escuchado y leído por doquier en los últimos años (la famosa feminización de la política) y, en general, es una idea que resurge periódicamente. Pero también sabemos (y la experiencia histórica lo demuestra) que es mentira. Que la construcción social de género no es estanca sino que se imbrica con toda otra serie de factores, que los intereses de clase se alzan por encima de cualquier aparente interés femenino universal y que, al final, la política la hacen las fuerzas históricas y no la bondad de espíritu. No necesitamos más Margarets Thatchers ni Angelas Merkels para demostrárnoslo.

El capítulo que más interesante me ha parecido (seguramente porque responde en mayor medida a lo que yo iba buscando) es el titulado «La línea Luxemburgo-Gramsci». Más allá de la provocación del título, cogida de Peter Weiss, el artículo analiza las ideas y posiciones de Luxemburgo sobre el parlamentarismo, la democracia, la cultura y el Estado. Se trata de una lectura bastante útil como recopilación sistemática, pero también como apertura de líneas de pensamiento para el presente. Y aunque el texto final del libro («Una estatua para Rosa Luxemburgo») me resultó bastante insulso, he de decir que el que le precede, en el que Haug arremete contra Hanna Arendt y quienes con ella pretenden presentar a Luxemburgo como una no-marxista, me hizo reír de satisfacción bastante.

Rosa Luxemburgo.

Lo sé, voy de nuevo tarde con todo. El verano ha sido el enésimo quiero y no puedo (para sorpresa de nadie), así que se viene retahíla de reseñas más breves de lo normal, o más deslavazadas, o más de ambas cosas. Porque la pila de libros ya leídos que esperan en un rincón de mi escritorio a ser devueltos a su sitio en la estantería va creciendo, y porque si me tomo siquiera la mitad de en serio de lo que debería varios asuntos personales/profesionales, mi escaso tiempo libre se va a evaporar definitivamente este curso.

Rosa Luxemburgo es el libro con el que empecé un intensivo de lectura que inicialmente pensaba acotar al verano pero que por el momento sigue adelante. Me lo regaló un compañero por mi cumpleaños (gracias, Edu) y está compuesto por dos textos separados: «La vida y la obra», de Anna Bisceglie, y «La herética y la herencia», de Dario Renzi. Renzi es a todas luces el coordinador del libro y ejerce un papel, aunque posiblemente inintencionado, de tutelaje sobre Bisceglie. Y aunque el índice presenta una obra de apariencia compacta, lo cierto es que el tono y la intención de ambos textos complica bastante el propósito.

En lo personal, el texto de Anna Bisceglie me ha gustado mucho. A pesar de su promesa meramente biográfica (en un sentido casi vulgar), la autora ofrece un recorrido por la evolución intelectual de Luxemburgo constantemente ligado a sus principales batallas políticas, y construye un mapa de extrema utilidad para conocer su figura o para quienes (como era mi caso) busquen una compilación de lo que en algún momento leyeron más fragmentadamente. La estructuración del texto, la forma en que está escrito y la selección de citas que lo acompañan lo convierten en una lectura accesible, sugerente y muy amena.

El texto de Renzi, sin embargo, me decepcionó bastante. Esperaba encontrar algo así como un desglose de los debates que había sugerido la producción de Rosa Luxemburgo a lo largo de la historia, así como de su recepción y rechazo por parte de diferentes corrientes políticas e intelectuales marxistas. En lugar de eso di con 140 páginas de párrafos grandilocuentes y juicios de valor que no se acompañan de casi ninguna cita ni referencia y que adoptan la forma de un comentario de texto excesivamente largo. Es indudable la profundidad y soltura con la que el autor se desenvuelve en la obra de Luxemburgo; el problema es que el resultado escrito dista de ser útil para casi nadie… salvo que tú interés sea la de conocer la opinión personal de Dario Renzi.

Hay también un punto en la pluma florida de Renzi que me ofende casi personalmente: Luxemburgo no tenía una cierta sensibilidad «por su condición de mujer». No hay en ella nada (ninguna sensibilidad especial, ninguna pasión por la vida, ninguna sutileza en el amor) que no encuentre explicación más que por su condición femenina. A Renzi habría que decirle que, en este punto en particular, no ha entendido nada: la explicación se encuentra en sí misma en su condición de revolucionaria.

Poemas de amor.

La dedicatoria reza: a Juan Carlos Onetti. Y a una le surge la duda de si es que los poemas hablan de él (qué difícil, sin embargo, dedicar al mismo hombre todo lo escrito sobre amor, soledad, abandono y lujuria durante cerca de cuarenta años) o si acaso la autora ha recopilado y empacado todos los poemas escritos a otros para al final poder decir: ten, un regalo. Y qué regalo extraño, entonces: valiosísimo por el desgarro íntimo (aquí estoy, éstas son mis entrañas), envenenado por lo que al rencor supone.

No va a haber demasiada reseña esta vez porque me cuesta verbalizar el modo en que me he visto desbordada por la lectura. Poemas de amor es el poemario (si es que podemos llamar así a los capítulos de su antología, organizada con un criterio abierto a duda) más largo de Idea Vilariño, y en el que se expresa de manera más descarnada el carácter de la autora. Diría más: es la cosa que más me ha gustado, que más me ha perforado, que más me ha deslumbrado desde que empecé a leer poesía. Hasta el punto de quedarme sin respiración a veces, en mitad de un poema. De tener que parar porque la belleza que entraba por los ojos era tal que me nublaba la capacidad de seguir leyendo. Qué locura gigantesca.

Diría que, más allá de mis gustos y de su genialidad estética, Vilariño rompe aquí con la mayor parte de clichés sobre el amor y la poesía a él debida. Hay dolor y silencios, sí, pero nada más: ni evocaciones etéreas, ni metáforas florales, ni exaltación cursi de cosas que cuesta imaginar con la carne. Por el contrario: una aproximación al hecho de ser mujer y al hecho de amar a los hombres, un estudio de buena parte de las cosas que merecen la pena en la vida, un inventario de los momentos que bastarían para alimentarse durante cuatro décadas.

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