Eros dulce y amargo.

Hacía mucho, mucho tiempo, que un libro no me hacía tambalearme de semejante manera. Anne Carson es un monstruo. Eso lo sabemos, por supuesto. Pero es impresionante cómo sigue consiguiendo pasarte por encima con cada nueva lectura suya. Releía ahora las notas que escribí tras La belleza del marido, el título con el que la descubrí y el primer poemario del esfuerzo por leer poesía de manera sistemática que emprendí hace ya tres años. Decía entonces que lo que Carson consigue en ti no es exactamente enganche (no hay giros trepidantes, ni intrigas no resueltas ni nervios por el próximo acontecimiento) sino algo mucho más auténtico: amor, belleza, verdad. Eros dulce y amargo es la demostración exacta de esto, y pensar que fue una de sus primeras obras me hace estremecerme.

De manera un tanto irónica (y diría que ella es perfectamente consciente de esto, y que lo disfruta), Carson desglosa la relación entre amor y escritura consiguiendo que el lector, la lectora, se enamore de ella. «Fredo se enamora de un texto redactado por Frisias», escribe. ¿Es posible que no lo haga a propósito, que no haya intención en la forma en la que va tejiendo el relato hasta tenernos con el corazón abierto, con el aliento en vilo, con las pupilas dilatadas y todo el resto de trastornos que ella enumera tan detalladamente? «Me gustaría comprender por qué estas dos actividades, enamorarse y llegar a saber, me hacen sentir tan genuinamente viva», escribe Anne Carson en una arrebatadora primera persona del femenino singular. Y a partir de ahí da forma al libro más sensual, inteligente y deliciosamente bello que he leído en mucho tiempo. Un libro sobre estrategias para controlar el tiempo, sobre la trampa y la seducción de la letra escrita, sobre el deseo como momento sin escapatoria y sobre la posibilidad de ser versiones mejores de nosotras mismas.

Supongo que, como varias otras cosas en el último tiempo, este libro llega en un momento especialmente concreto de mi vida. Que por eso me afecta tanto. Mi lectura es una lectura condicionada (como todas) por estados emocionales concretos y reflexiones vitales y relacionales particulares. No creo que Eros dulce y amargo pueda no funcionar en cualquier otro contexto, pero sí me parece que la importancia que concedo a ciertos elementos del libro está marcada por mi particular lectura. Entre ellos: la pregunta constante sobre qué es lo que nos gusta de enamorarnos («Superpongamos a la pregunta ‘¿qué desea el amante del amor?’ las preguntas ‘¿qué desea el lector de la lectura?’ y ‘¿cuál es el deseo del escritor?'»), la constatación de lo que buscamos es sentir el deseo en sí mismo (devastada con esto), todo el debate en torno a las estrategias de triangulación, y muy especialmente la comprensión de Eros como carencia y la constatación de que este descubrimiento proporciona al amante una consciencia mayor y más profunda del propio yo, un sentido acentuado de la propia personalidad.

Estoy deslumbrada. Siento que tanto mi mente como mi capacidad de apreciación sensorial y deleite estético se han expandido de maneras impensables. Si «los que aman flotan en ‘ese mero fragmento de angustia’, el presente indicativo del deseo», qué tremendas implicaciones para la vida y qué tentación el buscar habitar siempre ese instante, el no ver esa angustia como un trastorno incapacitante sino como un punto de ampliación de la comprensión del mundo. Como un trampolín hacia la grandeza.

Carson escribe, tranposísima, perfectamente consciente de lo que está haciendo, que leer «es casi como estar enamorado». Menuda intensidad de mujer, menuda bestia, menuda sensibilidad exquisita. Y cierra esta obra de arte recurriendo a Sócrates: «Él consideró que el riesgo valía la pena, porque estaba enamorado de la seducción misma. ¿Y quién no lo está?».

El libro de los placeres.

En la órbita del itinerario de lectura que estoy haciendo por el deseo y el placer, El libro de los placeres vino a mí en forma de préstamo o de regalo temporal, si se quiere (ja, toma gratuidad sin contraparte de la realmente existente, jódete Raoul Vaneigem). Del que fuera, junto con Guy Debord, uno de los principales impulsores de la Internacional Situacionista, Traficantes de Sueños ha decidido editar un libro bastante posterior, publicado inicialmente en 1979. Más allá de las derivas y autojustificaciones personales (no conozco especialmente la trayectoria de Vaneigem), me parece que la época explica buena parte del tono y el contenido del libro. En 1979 ha pasado ya más de una década desde los mayos del 68. Es el año de la subida al gobierno de Margaret Thatcher. Buena parte de quienes durante sus años estudiantiles nutrieron el movimiento hippy en Estados Unidos han pasado a engrosar las filas del libertarianismo yuppie. Supongo que buena parte de las tonterías que Vaneigem dice en el libro tienen demasiado que ver con todo esto.

Comencemos con lo que sí es interesante. El libro de los placeres tiene varias virtudes, que supongo presentes en mayor medida en su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, escrito en 1967. La principal es situar el centro motor de la acción humana en la búsqueda del placer. O, dicho más bonito (tal y como lo escribe él): en la realización de los placeres. Sostener que el anhelo de transformación de la sociedad en la que vivimos no nace sola ni principalmente del rechazo de la miseria y la injusticia, sino de la voluntad de vivir más felices y gozosos, sitúa la celebración y la dicha como motivaciones mucho más fuertes que el odio y el miedo. Nos saca de un escenario resistencialista y de mediocre autodefensa para llevarnos hasta un plano superador de lo existente, donde la imaginación funciona de una manera poderosa y los deseos de placer y belleza regulan la acción política.

Esto conecta con lo que Vaneigem nombra como vouloir-vivre o volunté de vivre. Voluntad de vivir, de proclamar la vida ante todo («plutôt la vie», que había escrito Breton en un poema que se multiplicó por las paredes de París y Nanterre durante ese Mayo y que yo llevo tatuado en el brazo). La vida como sinónimo de la realización de los placeres y como inversión de la esclavitud salarial y la explotación capitalista. Entra aquí el que para mí es el otro punto fuerte del libro: que los placeres mercantilizados no son más que la constatación de la impotencia para gozar. El señalamiento del modo en que la compra-venta del goce anula la posibilidad de su disfrute, de su verdadera celebración, de la realización de unas necesidades que jamás podrá colmar la figura muerta de la mercancía. La fundamental diferencia, en fin, entre tiempo libre y tiempo liberado, que tan trascendente es para todo programa político que pretenda transformar la vida.

Dicho esto, Raoul Vaneigem ha logrado caerme verdaderamente mal. Para empezar, se mueve siempre en una ambigüedad entre el rechazo del egoísmo «mercantil» o «de la economía» y la reivindicación bastante poco soterrada de un egoísmo rampante en la actividad humana. Su horizonte de «una sociedad autorregulada de autogestión total» en base a la realización de los placeres individuales no contempla la posibilidad del rechazo ni de que la búsqueda del placer de ciertos individuos pueda pretender ultrajar a otros. Parece creer en la existencia de algo parecido a unos anhelos puros, instintivos, inscritos en la biología humana, que solamente se pervierten de manera dañina debido al influjo de la economía y el intercambio. Cae también en la típica trampa de todo flipado (o, si se quiere, de todo burgués abrazando posturas insurreccionales): convocar al rechazo masivo del trabajo en sí mismo (más que de la relación salarial) y al ejercicio del robo sin cuestionarse la necesidad del trabajo para la reproducción humana. La dimensión colectiva sólo se nombra en una ocasión a lo largo de todo el libro, en un argumento sin cerrar que termina por no explicarnos nada.

Vaneigem parece posicionarse (así lo dice en una ocasión) contra la opresión de género y el machismo, pero abraza los postulados más misóginos del psicoanálisis (denunciando, eso sí, su mercantilización) y nos otorga a las mujeres una otredad absoluta y una personalidad sexual esencialista, biologicista e incuestionable. Su obsesión con la sexualidad de las mujeres con hijos y con la propia sexualidad infantil y la pedofilia le lleva a tener que añadir expresamente en esta nueva edición un párrafo aclaratorio explicando que la celebración del deseo sexual no le lleva a justificar la violación ni la violencia.

En una maniobra típica de muchos intelectuales que pretenden accesoria la realidad material, alarga el mantra de la transformación individual hasta afirmar que la proletarización, la opresión, etc., sólo existen en quien les otorga espacio en su persona. Para quien ha tomado la firme decisión de vivir en base a la realización de sus placeres no existen patrias ni economía ni violencia, afirma. Y yo no puedo evitar unas inmensas ganas de abofetear a este imbécil, hijo de un Estado imperial como el belga (¿a qué se ha dedicado este tipo para hacer eso que tanto asco le produce nombrar –ganarse la vida-, a dar clases en una universidad europea?).

Lo peor de todo, sin embargo, son sus reflexiones sobre el concepto de enfermedad. Entiendo que siempre es complicado negociar con según qué autores, pero vergüenza inmensa debería darle a Traficantes haber editado un libro cuyo prólogo («Prefacio a la edición española. Hacer caso omiso de lo que nos prohíbe vivir») habla explícitamente de «una guerra civil entre vacunados y no vacunados» y tontea con muchos de los discursos negacionistas del COVID. Lo que hay dentro de la obra original es casi peor: leyendo con un mínimo de literalidad a Vaneigem, pareciera que el cáncer en sí mismo fuera una decisión del enfermo, que decide someterse a él en vez de dedicarse a vivir sus placeres de manera ajena al intercambio (?). Qué mal llevan algunos, conforme pasan los años, pretender seguir teniendo el mismo concepto de transgresión y escándalo que el que tenían con 13 años.

T.B.O.

Mi poemario de marzo ha sido el segundo libro de poemas de Alfonso Sastre, recogido en su Obra lírica y doméstica (poemas completos) y publicado originalmente en 1978. Al igual que El español al alcance de todos, T.B.O. es una recopilación de poemas escritos previamente, cuando su publicación en el Estado español no era posible debido a la censura franquista. A diferencia del primer poemario, sin embargo, éste prescinde de una parte más reflexiva y pausada para ofrecer un conjunto mucho más cómico, donde el humor y la ironía se imponen sobre cualquier otro rasgo. Al darme cuenta tras los primeros poemas de cuál iba a ser el tono general del libro, dudé de que me fuera a gustar (pues en general me generan rechazo las rimas muy marcadas y la constante pretensión de tontería). Me equivocaba. T.B.O. no sólo es divertido: es, además, tremendamente tierno.

De las tres partes del libro, «Cuadernillo de anónimos» (recopilación de poemas políticos publicados originalmente bajo pseudónimo en el boletín clandestino Información) es la que menos me ha gustado. Mantienen el tono irónico de algunos de los poemas de El español al alcance de todos, repitiendo el juego de comenzar alabando al régimen para hacer un giro de denuncia de la dictadura, pero personalmente el género literario me aburre y me parece demasiado predecible, a pesar de la mirada finísima con que se construyen algunas de las críticas. Seguramente lo poco que me gustan los sonetos, salvo contadísimas excepciones, ha tenido mucho que ver en esto.

El segundo bloque de poemas, «Andar por casa», es con mucha diferencia el que más he disfrutado. Lo empecé escéptica, a pesar de la aclaración que se hace en nota al pie al título («Son poemas de andar por casa, entre la familia y con los amigos, en la vida cotidiana. Versos sencillos»), que me parece muy bella. Lo que hace Alfonso Sastre aquí es sin embargo una gozada: convierte episodios rutinarios, o incluso conversaciones con la gente a la que quiere, en poemas en general bastante graciosos, pero lo hace sin caer en el verso evidente ni en la anulación de lo bello. Desde los geniales títulos («Porque Eva le escribió diciéndole que su amiga Ivonne Barral había dado luz a unos gemelos», «A su hijo Pablo porque sacó un notable en inglés») al contenido tiernísimo que funde compromiso vital y compromiso político de la única manera cierta y posible, la recopilación es una delicia. Especialmente divertidos los tercetos encadenados que le escribe a su madre desde la prisión de Carabanchel (acabados con un «¡Mi bata, te camelo enormemente!») y muy bonitas, de tan sencillas y amorosas, las «Seguidillas carceleras a Evita Sastre», su hija pequeña.

La última parte del poemario se titula «Te veo, Vietnam (Aleluyas para viñetas)» y es una descripción en verso del libro ilustrado Vietnam y tú, de la gallega/cubana Anisia Miranda. El formato, que combina en cada aleluya la ironía y el alegato político tan característicos de Sastre, me ha parecido súper original y muy gracioso, y ya se usa en el poema «Pies para doce fotografías que fueron enviadas a Juan, hijo del poeta y estudiante en La Habana». Qué experiencia peculiar, leer pies de imagen de imágenes que no conoces. Y qué cierre redondo titular al libro T.B.O., como si él mismo de un álbum de viñetas se tratara. Me cae tremendamente bien Alfonso Sastre.

El verbo se hizo sexo: Teresa de Jesús.

Pasar mucho tiempo sin leer a Sender es un poco como pasar mucho tiempo sin leer a Duras: duele. Después lo vas olvidando y luego, cuando te rencuentras con un libro suyo, piensas que qué maravilla y que cómo te ha sido posible vivir tanto tiempo sin eso. Yo a Sender le había leído solamente novelas contemporáneas a su tiempo (como mi preferida de todas, 7 domingos rojos) o relativamente cercanas a la época que le tocó vivir (como Míster Witt en el cantón), y siempre me había admirado su capacidad para ubicar la trama en geografías y contextos donde parecía haberse criado. Pese a ello, leerle escribir sobre la Ávila del siglo XVI ha superado de lejos todas mis expectativas. Su forma tan característica de describir las escenas, que no las dibuja sino que las va componiendo a través de retazos de conversaciones, imágenes parciales y acontecimientos fragmentarios, logra generar una atmósfera de realidad/irrealidad que lo empapa todo y que alcanza su culmen en la despedida de los caballeros cruzados dentro de la catedral (maravilla).

El libro, empezando por la edición misma, merece mucho la pena. Siempre apetece recomendar el trabajo de editoriales independientes, pero es que lo de Alfonso Castán y Contraseña es de otra liga. Todo (el formato del libro, la «nota a la edición» donde se explican y enumeran los cambios que se han introducido, la traducción cuando la hay, la ilustración de cubierta – que en este caso me parece especialmente bonita) está siempre cuidado y respetado de manera excepcional. También me ha gustado mucho el prólogo original del propio Sender, especialmente sus reflexiones en torno a la malicia de muchos pretendidos ateos (en el fondo, deformación de la misma moral religiosa por parte de quienes no son más que simples herejes) y a la importancia que el sexo tuvo para el misticismo, equivalente al amor para los románticos. Un poco en la línea de mi búsqueda personal del erotismo en Sender (siempre presente de una forma incomparable) y de la afirmación que él mismo hará más adelante confirmándome un montón de cosas: «La materia, en Teresa como en otras mujeres extraordinarias, no era más que una cadena de reacciones espirituales».

Lo peor del libro es, con mucha diferencia, el prólogo de Cristina Morales. Diré incluso que el tomo mejoraría (en mucho) si no lo llevara. Morales forma parte de una lista de mujeres, breve pero intensa, que me generan rechazo visceral casi desde el mismo momento de saber de su existencia. La buenísima opinión que su Lectura fácil le ha merecido a gente de cuyo criterio suelo fiarme no ha logrado jamás animarme a intentar leerla. La he escuchado en podcasts y entrevistas, lo que ha servido únicamente para reafirmarme en tacharla de gilipollas. Así que este prólogo es lo primero suyo que leo y efectivamente, confirmo: es tontísima. Las casi 20 páginas que ocupa son una demostración de la alta estima en que se tiene a sí misma y una sucesión de motivos para la vergüenza ajena. Que alguien me explique qué tiene de transgresor basar tu personaje en lo que parecía provocador con 13 años. Puedo aceptar que no tenga ni idea de la obra ni la vida del escritor al que está prologando, pero una esperaría entonces que en vez de decir sandeces se centrara mejor en Teresa de Jesús, a la que ella también le ha dedicado un libro. Nada. Lo pasé, incluso, un poco mal de la vergüenza a ratos.

De las cuatro partes en que se estructura el libro («Adolescencia», «Crisis de pubertad», «La pasión» y «Reposo y santidad»), la segunda es la que se me ha hecho más larga. Hasta llegar a los sueños y las visiones de Teresa durante su falsa muerte, la estancia en el pueblo se me hace en algún modo demasiado vacía. Por lo demás, es una delicia leer la reconstrucción que Sender hace de «un caso de psicología femenina muy tentador», posiblemente con el resultado más avanzado, de todo lo que yo le he leído, en ese erotismo suyo tan particular y presente de una manera tan constante en su obra, tan empeñado en vincular la carne a ciertos estados espirituales. Hay en la concentración de Teresa, en sus esfuerzos para forzar las visiones y para lograr sentir el goce provocado por el mensajero de Jesús, una movilización y una utilización extrema de todas sus circunstancias corporales y mentales (la fiebre, el dolor, el frío, el incienso, la sangre) que resulta maravillosa por lo que tiene de cierta (aquí sí, de una manera consciente) en nuestras propias experiencias corporales. El verbo se hizo sexo forma parte de un itinerario de lectura personal que estoy haciendo por los caminos del placer y el deseo.

El buen sexo mañana: mujer y deseo en la era del consentimiento.

Bueno, a ver: este libro es una auténtica pasada. No entiendo por qué no le hice caso a Patt hace ya más de un año cuando me dijo que tenía que leerlo ni por qué he pasado por delante de él en tantas ocasiones sin sentirme llamada. Hasta que, de pronto, en el primer aniversario de la Montonera (id a conocerla, porque Raúl está logrando ser el librero que a mí me gustaría algún día llegar a ser), sentí que tenía que comprarlo. No sé, estas cosas pasan. También es cierto que el libro llega en un momento muy concreto de mi vida (el momento exacto y adecuado), lo que explica que haya tardado menos de dos meses en abrirlo cuando normalmente pueden pasar años entre que compro un libro y que algo me lleva a empezarlo. Eso, y que este mes de febrero he empezado un itinerario personal de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista (entendidos en un sentido amplio) que me está haciendo sentir, en sí mismo, profundamente gozosa.

El buen sexo mañana se articula en torno a cuatro capítulos: «Sobre el consentimiento», «Sobre el deseo», «Sobre la excitación» y «Sobre la vulnerabilidad». Por sí mismo, el índice es una promesa. Combinando constantes referencias cinematográficas con un profuso dominio de la literatura médica y sexológica (pero sin caer jamás en la superficialidad de ciertos cultural studies ni en la ansiedad cientifista), Katherine Angel compone una obra que aspira «a un placer maravilloso, universal y democrático independiente del género; a un hedonismo al alcance de todos». Una reivindicación de todo lo que de corporal somos, al mismo tiempo que una liberación de la esclavitud fisiológica en la que demasiado a menudo nos descubrimos al comprendernos como cuerpos. Porque «toda sexualidad es receptiva; todo deseo sexual aflora en una cultura que a su vez lo configura», y «si queremos que el sexo sea gozoso y gratificante, es en sus contextos en los que debemos concentrar nuestros esfuerzos emancipatorios».

De todo el libro, los dos capítulos centrales son quizá los que han tardado algo más en cautivarme. Seguramente porque me forma de vivir mi sexualidad (y, de nuevo, este específico momento vital) me provocaba si se quiere una inversión en las expectativas. Es decir: lo que yo esperaba encontrar en el bloque dedicado al deseo lo encontré (broma fina) en el dedicado a la excitación, y viceversa. El desear con todo el cuerpo, el anhelo que en mi caso es ante todo un estado de sublimación emocional y sensorial, no tiene que ver con la racionalidad del querer o no querer sino con la necesidad física. (He dudado, porque conozco de sobra cómo funciona mi cuerpo y y la necesidad nunca es física en origen, pero cómo escribir «emocional» sin parecer estar refiriéndose a una emocionalidad enamoradiza y sensiblera más que a dejarse siempre arrastrar por lo pasional de los impulsos).

Dos cosas me han afectado especialmente de la lectura. La primera es la manera en que la autora problematiza lo que da en llamar «cultura del consentimiento», verbalizando intuiciones y despejando dudas y sensaciones encontradas que yo cargaba desde hacía tiempo. Lo hace con precisión, pulcramente (qué gran adverbio), sin generar a cambio otras contradicciones mayores. Un alivio. No entro aquí, porque tengo previsto escribir algo más completo al respecto, pero básicamente: dónde queda entonces nuestro derecho a dudar, a no conocernos, a desconocer nuestro propio deseo y a ponernos en riesgo. Dónde queda el placer. Sobre entusiasmo, aceptación sexual y celebración del encuentro, lo dicho: escribiré más tarde.

Es el hilo conductor de la vulnerabilidad, sin embargo, lo que más me ha atravesado a lo largo de la lectura. Desde la exposición sexual y la expresión del propio deseo (que convierte a una mujer inmediatamente en vulnerable) a la asunción de que ningún placer es accesible sin asumir un riesgo, leer a Katherine Angel ha supuesto una reconciliación conmigo misma en una multitud de sentidos. Dice ella que el sexo y el deseo comprometen nuestra sensación de soberanía, de conocernos y de tener el control, y que el placer más intenso sólo es posible entre personas «que se necesitan mutuamente y que comparten un mismo riesgo». Un mismo riesgo. También, que a veces el mayor placer reside en dejar entrar a alguien.

Una mujer que ha escogido el riesgo de ser vulnerable, de mostrarse vulnerable, que expone su cuerpo y todo lo que ella es y pide ansiosa que la persona que tiene enfrente no la dañe, que renuncie a su capacidad para el abuso. Una mujer a la que le pilla desprevenida su propio deseo. Una mujer dispuesta a sentir placer. Lloré con buena parte del capítulo, tengo manchadas las páginas. Escribe Angel: «Recibir el deseo de otro, sorprenderse ante el deseo de otro, es un ejercicio de confianza mutua y negociación del miedo. Cuando funciona, puede parecernos un milagro». Un milagro.

Galaxias de mujeres.

No había leído nunca a Adrienne Rich, a pesar de tenerla desde hace mucho en el catálogo mental de mujeres necesarias. Galaxia de mujeres ha sido un primer y brevísimo acercamiento, y aunque lo escogí precisamente, más allá del título, por su formato (la edición es pequeña y preciosa), me reitero una vez más en que haría mejor en dejar de leer antologías. Ésta tiene al menos la virtud de contar con un prólogo cortito pero muy bello, donde Silvia López se demuestra como una gran conocedora de la obra de la poeta, a la que cita constantemente para decir que «la poesía puede romper nuestro aislamiento, hacernos tangibles para nosotras mismas (…); recordarnos la belleza, cuando parece que no hay belleza posible; recordarnos las alianzas cuando todo se representa como separación».

La lectura del que ha sido mi poemario de febrero me dejó un regusto raro. De un lado, Rich presenta imágenes tremendamente potentes y logra formulaciones muy bellas (la edición bilingüe permite comprobar, además, que no se trata sólo del buen hacer en la traducción). Desde la belleza violenta que no se espera («La policía llega de madrugada / como la muerte y el parto») a la belleza ansiosa («Estoy viva para desear más que la vida», o también: «Una paciencia indómita me ha traído hasta aquí»), arrolladora y siempre parcialmente peligrosa con la que las compiladoras han decidido titular su antología: «Una mujer con forma de monstruo / un monstruo con forma de mujer / los cielos están llenos de ellas». Me han gustado también mucho la suerte de dedicatorias con los que da comienzo a varios de sus poemas: «Para Audre Lorde», «(Pensando en Simone Weil)», etc.

Del otro lado, sin embargo, encuentro una métrica con la que no siempre encajo y alusiones escuetamente crudas a una realidad social que tristemente conozco de sobra y que se presenta a veces como fija, como dada. Casi como intransformable. Tampoco puedo saber, pues la edición no lo indica, cuál ha sido el criterio de selección de los poemas (apenas uno o dos, y algunos recortados, por cada poemario original de la autora), más allá de que todos hacen referencia específica al hecho social de ser mujer – algo que, por otro lado, sabemos de sobra que constituye un eje transversal de toda la obra de Rich. Así que supongo que no me quedará otra que hacerme con una buena edición de su obra completa (formato que con otros poetas estoy disfrutando muchísimo) para poder formarme una opinión un poco más sólida.

Vivo más feliz en la tormenta: cartas a amigas y compañeras.

Retomo, con el retraso habitual, las reseñas pendientes. En enero terminé de leer esta joya editada en Argentina por Rara Avis y desde entonces sigo arrasada. Creí que las cartas de amor de Rosa no podían ser superadas en su impacto emocional hasta que he leído su correspondencia con mujeres como Klara Zetkin o Mathilde Jacob: corporal, intensísima, profundamente enamorada de sus amigas y camaradas. De manera no planeada aunque quizá secretamente sospechada, Vivo más feliz en la tormenta ha funcionado como deliciosa transición entre dos itinerarios de lectura: el cierre de un recorrido por la figura y la obra de Rosa Luxemburgo (al que dediqué buena parte del año pasado) y el comienzo de la cartografía que tengo prevista para este 2023 sobre deseo, placer, reivindicación del goce en un sentido amplio, y existencialismo vitalista.

Las cartas recogidas en el libro están seleccionadas y traducidas directamente desde su correspondencia completa en alemán, y se organizan en siete bloques cronológicos para los que las editoras nos ofrecen una breve contextualización histórica y biográfica. El trabajo que realizan Lisa Buhl y Sofía Ruiz es francamente impresionante: no sólo la selección y traducción de las cartas, sino también el rastreo de todas las referencias, menciones a artículos de prensa, alusiones a poesía o literatura, etc., que en ellas aparecen. Sólo me duelen dos cosas. La primera (en el fondo, mucho menos importante): la ausencia de referencias al «Diario de una agitadora» publicado en ruso por Kollontai que tan duramente critica Luxemburgo en una carta a Zetkin de comienzos de julio de 1912. Jamás he visto en Kollontai ninguno de los rasgos que Luxemburgo le atribuye, llegando a decir que debería no dársele espacio en la prensa del partido. Es cierto sin embargo que la mayor parte de su obra sigue sin traducir del ruso, pero me genera una cierta ansiedad no tener ninguna pista sobre de qué texto se trata.

La segunda crítica tiene, más allá de mis filias personales (la gran admiración por el trabajo de Kollontai hasta 1922 aproximadamente), un carácter mucho más objetivo y seguramente más importante. No pude evitar que se me revolviera el estómago al leer que lo de Luxemburgo y Leo Jogiches fue «una relación intensa». Más aún viniendo de haber leído a Rosa describir auténticas situaciones de maltrato en sus cartas a Kostja Zetkin y en la introducción de un libro donde se recogen las siguientes peticiones dadas a Louise Kautsky a finales de abril de 1908: «No te dirijas a L. por lo de la llave, no me menciones nunca bajo ningún aspecto frente a él, ni nada sobre mí (mi dirección y demás), si no, podés meterme en un lío sin darte cuenta». Lo de la llave (fiándome del cruce de fechas con las cartas a Kostja donde habla de esto): Jogiches había hecho una copia de la llave de casa de Rosa y entrado en su ausencia para registrar sus armarios y su correspondencia.

Por lo demás, tanto el libro como las cartas son una maravilla. Luxemburgo se muestra disfrutona, amante de la comida y la bebida y de las jornadas tumbada al sol en la playa, pero también da instrucciones políticas precisas y combate el desaliento del resto en momentos duros. Se sorprende ante la simpatía de los demás, que percibe siempre «como algo inesperado, como un regalo». Trabaja por «tomar todas las cosas con liviandad y buen humor», puesto que «la amargura interior sin duda no hará la vida más fácil». Piensa «en todas las cosas, especialmente las cosas alegres», pero le dice a Klara Zetkin que «cuando tuve que separarme de usted, estuve a punto de llorar». Y escribe a Marta Rosenbaum: «Nunca hay que olvidarse de ser bueno, porque la bondad en el contacto con las personas es mucho más importante que el rigor. Recuérdemelo mucho, porque tiendo al rigor, lamentablemente; aunque solo en el contacto político. En las relaciones personales, me conozco libre de dureza y tiendo la mayoría de las veces a poder amar y entenderlo todo».

Rosa es, para mí, un ejemplo militante incomparable y una referencia fundamental para mi concepción de la vida. En su relación contradictoria con su propia feminidad y con el hecho de ser mujer, en la celebración de la vida y de su belleza a todos los niveles, en su esfuerzo por la autogestión del ánimo y sus reacciones, en su imbricación de política y afectos, yo me reconozco y me admiro. Más allá de las diferencias políticas que tengo con algunos de sus planteamientos y de aquellos puntos en los que creo, con Lenin, que estaba equivocada, Rosa es para mí la comunista que escribe que «sobre todas las cosas hay que vivir en todo momento como persona plena» y que se siente en casa «en todas las partes del mundo donde haya nubes y pájaros y lágrimas humanas». Su epistolario nos ofrece un mapa, además, de un entramado afectivo profundamente fuerte, repleto de mujeres menos conocidas que abren ante nosotras la posibilidad de toda una genealogía. Referencias para la propia vida.

Salmos.

Llevo desde 2020, cuando leí por primera vez a Ernesto Cardenal, tratando de encontrar sus Salmos. Estas navidades mi madre y mi tío lo lograron tras varios meses de conversaciones rocambolescas con Trotta, y apenas tardé un par de días en devorarlos. Así que éste ha sido mi poemario de enero, lo cual significa haber comenzado increíblemente bien el año.

Los 26 salmos rescritos por Cardenal están numerados siguiendo tanto la Biblia latina como la Biblia hebrea, y siguen una progresión temática relativamente lógica. En términos generales: 1) desprecio y condena contra los líderes, la propaganda y los slogans (el capitalismo, la sociedad de mercado y las dictaduras latinoamericanas); 2) redención del pueblo judío exterminado por el nazismo y en general de todas las víctimas de las fronteras y los campos de concentración; 3) furia vengadora contra el ejército, la policía, los bancos y los hombres de negocios. Y también, de manera menor pero especialmente marcada al final (salmos 103-104, 148 y 150), una fascinación por los procesos biológicos y de formación planetaria (en fin, por el origen de la vida) que entiendo en un sacerdote y que reconozco comprensible pero con la que estéticamente me cuesta mucho conectar.

No hay esperanza pasiva en Cardenal. La suya no es una religión de los pobres que llame a no desfallecer, a aguantar pese a todo porque un Dios vendrá a compensarlos. No: la de Cardenal es una profesión de fe agresiva, despechada incluso, que le increpa a Dios «¿Hasta cuándo Señor estarás escondido? / Los ateos dicen que no existes / ¿Hasta cuándo triunfarán los dictadores?». Un dogma que exige no algo a cambio y tampoco desde el rencor, pero sí que la fidelidad sea mutua como imperativo para la articulación colectiva (pública) de la creencia íntima. «¿Hasta cuándo Señor serás neutral / y estarás viviendo esto como puro espectador?». Y también: «Despierta / y ayúdanos! / Por tu propio prestigio!».

Pero hay en Cardenal (seguramente su faceta que más me fascina) un Dios también vengador y furioso, la apelación a un ser supremo que barra de manera violenta con todos los depredadores del mundo: Castígalos oh Dios. Una promesa («Serán derrotados con sus propios armamentos / y liquidados por su propia policía / Como purgaron a otros / los purgarán a ellos») que no esconde resignación sino que convoca al presente otros presentes cuya realización no depende más que de nosotros. Leyéndolo es fácil pensar en el mesías profano de Daniel Bensaïd y en el misticismo materialista de Löwy, si es que acaso puede así llamarse. Las articulaciones vitales, psicológicas y emocionales que trascienden la racionalidad no para renegar de ella sino para forzar actuaciones, para ensanchar el campo de lo posible. La necesidad de creer en un sentido amplio, ese optimismo militante que no lo es sólo de la voluntad sino de la acción.

Todo el poemario es brillante y luminoso, pero yo me quedo sin duda con dos de los poemas donde se manera más clara se muestra el Dios aniquilador y todopoderoso: los salmos 36 (37) y 57 (58). Y con el final incontestable de éste último: El pueblo se divertirá en los clubs exclusivos / tomará posesión de las empresas privadas / el justo se alegrará con los Tribunales Populares / Celebraremos en grandes plazas el aniversario de la Revolución / El Dios que existe es el de los proletarios.

Feliz Idade.

Acabar el año. Acabar el año con una sensación extraña y en ocasiones difícil, que llevo unos días tratando de nombrar sin dar con la palabra exacta. Sobreestimulación emocional, quizá, exceso de excitación sensible. Todo me hace llorar y buena parte de la culpa la tiene este libro. Feliz Idade es una de las mejores cosas que he leído este año y también, seguramente, la más importante (sin desmerecer a Elisa Coll, cuyo libro supuso una reconciliación profunda conmigo misma y con partes grandes de mi vida). El de Olga Novo ha sido mi poemario de diciembre y un regalo en múltiples sentidos. Acabar el año, pues, con el cuerpo y los sentidos temblando. Desbordada de belleza.

Dice la autora en el prólogo que «a poesía é un acto radical de vida». Hay una confusión constante, una alteración de términos entre la vida, el amor y la poesía misma, como si fuesen indistinguibles hasta el punto de confundirse conceptualmente en una sola cosa. El magma va y viene y se expresa de distintas formas, pero ya sea para hablar de la enfermedad y la muerte del padre, de la gestación de la hija o de lo absoluto del deseo, vida-amor-poesía conforman un solo objeto indiseccionable. La belleza total. El hecho definitivo. La única motivación posible. Tanto, que el punto donde sobrecogimiento y dolor se funden se mueve a veces y una acaba queriendo que la exaltación la atraviese y la devore y arrase ya con todo. Qué jodida maravilla.

Las distintas partes del poemario dan forma a algo que podríamos llamar glosario de amores posibles: el amor a la hija, el amor al padre, el amor a la vida, el amor a las cosas bellas, el amor al amante, el amor al amor. La admiración por descubrirse amando. Tengo el libro subrayado de una forma que muy poco a menudo hago con los poemarios y sé que no sería capaz de sacar fuera de mi cuerpo las cosas que me produce, hacerlas inteligibles para otros. Sin embargo, tres apuntes rápidos.

El primero: Olga Novo es la primera mujer que logra hacerme leer sobre el proceso biológico del embarazo sin sentir repulsa, sin atenazarme del miedo, sin revolverme del asco. Y lo hace (gracias) sin caer en la desmaterialización cursilona y estúpida del cuerpo gestante. Construir una montaña. La memoria, la genealogía. El dolor portador de vida. Las hormonas, las alteraciones emocionales, las terminaciones nerviosas. Y la experiencia animal del cuerpo: «Aquel día / onde a nena alucinada e a muller de aldea / se fundiron nunha».

El segundo: diría que los poemas que más me han atravesado son los dedicados al padre. La cantidad de dolor que se condensa en ellos es en ocasiones insoportable, pero un dolor que funciona como motor de vida (vida-amor-poesía) y que se niega a devenir tristeza. Un dolor bellísimo. La belleza animal (de nuevo) del padre, la solidez, la calma. La certeza. Dice Olga Novo: «e era una vitoria sobre o mundo que a túa filla escribira libros / que ti non lerás nunca». Y también: «Como é que de súpeto non sabes talvez / que había que pór un pé diante do outro / para poder soñar / e que se arrodeas unha muller cos brazos iso é amor / e todo o demais / desaparece». (Aquí lloré muchísimo).

El tercero: tengo este libro porque hay quien ama, como yo, las cosas bellas. No creo que haya podido existir en todo el proceso de lectura un solo elemento que le confiriera una mayor intensidad, una mayor agonía (incluso, y de manera no precisamente menor, el idioma). La vida es una cosa rarísima y yo acabo el año feliz y sintiéndome profundamente afortunada. Olga Novo: «quedan as miñas ansias sentadas na porta / petándome contra o corazón cun báculo. / Ás veces non sei se escribo / ou é que ando descalza sobre brasas».

La Revolución rusa.

Escrito en 1918, La Revolución Rusa es uno de los títulos fundamentales de Rosa Luxemburgo. Aunque buena parte del pensamiento de la revolucionaria polaca está expresado a través de sus cartas, y de que el número de artículos que publicó en la prensa socialdemócrata alemana es también ingente, cuatro son las obras políticas clave de Luxemburgo (omito aquí La acumulación del capital, que no está pensada como respuesta a la coyuntura ni ante debates estratégicos sino como análisis económico más profundo): Reforma o revolución; Huelga de masas, partido y sindicato; La crisis de la socialdemocracia y La Revolución rusa. Escrito desde la cárcel y, según se dice, con una cierta carencia de información, La Revolución rusa es un análisis de los primeros meses de gobierno soviético y es, ante todo, una defensa descarnada de la democracia socialista como principio regulador de la actividad revolucionaria pero también y muy especialmente como medio sin el que el socialismo mismo no es edificable.

Se ha escrito mucho sobre la supuesta incompatibilidad (casi moral) entre Luxemburgo y Lenin, tanto por parte de anticomunistas varios (que se aferran a la figura de la polaca tratando de encontrar en ella una aliada en su lectura de la inevitabilidad histórica que habría llevado de Lenin a Stalin – con resultados entre patéticos y dignos de un festival de la vergüenza ajena), como desde sectores del denominado marxismo-leninismo, que fácilmente podrían competir con los primeros en lo que a vergüenza ajena se refiere.

Por ambos bandos, La revolución rusa ha sido leída como una crítica feroz y descarnada al bolchevismo, casi como una declaración de enemistad y separación de caminos que difícilmente casa con un texto donde leemos que «con su decidida actitud revolucionaria, su energía ejemplar y su fidelidad escrupulosa al socialismo internacional, ellos [los bolcheviques] hicieron verdaderamente cuanto podía hacerse en una situación tan diabólicamente difícil». El folleto está lleno de citas similares. No se trata, por tanto, de una crítica enemiga. Pero tampoco apologética, porque «únicamente una crítica minuciosa y meditada está en condiciones de acumular experiencias y enseñanzas». La autocomplacencia para otros, gracias.

Entrar al detalle de cada uno de los temas que Luxemburgo aborda en este folleto exigiría muchísimo más tiempo y espacio del previsto, además de una formación previa en aspectos que personalmente no controlo, como el debate en torno a la reforma agraria. Sí me parece muy interesante el modo en que va desglosando algunas de las medidas centrales del gobierno soviético durante los primeros meses, y desde luego encontramos en el texto algunas páginas brillantes en lo que a la defensa de la democracia socialista se refiere. Es también genial la caracterización que hace en la primera parte de la temporalidad de las revoluciones y el imposible término medio, así como del modo en que la dialéctica revolucionaria concreta resuelve el problema de la «mayoría social», angustia permanente para el parlamentarismo. Y dudo mucho (muchísimo) con su visión sobre el problema de las nacionalidades, pues si bien muchos de los argumentos que da son perfectamente correctos, las conclusiones a las que llega son problemáticas en términos políticos (ya sabemos de sobra el problema de Rosa y su célebre debate con Lenin sobre el derecho de autodeterminación de las naciones).

La edición que tengo del texto (Castellote, 1975) lo presenta junto con tres artículos bastante anteriores: «Cuestiones organizativas de la social-democracia rusa» (escrito en respuesta a Un paso adelante, dos pasos atrás de Lenin), «Masas y jefes» y «Libertad de crítica, libertad científica». Los tres vienen prologados de manera conjunta en 1934 por Lucien Laurat y porteriormente en 1946 con la firma de «SPARTACUS», prólogos que de seguro se llevarían algún premio en el anteriormente mencionado certamen de vergüenza ajena. Los autores no sólo usan textos escritos dos décadas antes de la Revolución para señalar una supuesta aversión de Luxemburgo a la misma, sino que identifican en su obra dos enemigos paralelos y equivalentes (el reformismo y… ¡el leninismo!) y, en su defensa de la democracia frente a los totalitarismos, abandonan completamente el empeño de la autora por distinguir entre contenido y forma de la democracia. De pronto, todo vale.

Pese a esta pésima presentación, los tres artículos de Luxemburgo contienen aspectos interesantes y partes bastante lúcidas. «Libertad de crítica, libertad científica», aparte de resultar mordaz e irónicamente contradictorio con lo tan categóricamente expuesto en ambos prólogos, me ha parecido una lectura interesante para complementar con los escritos posteriores de Mandel sobre el papel de los intelectuales. Y, si bien no puedo coincidir en buena parte de las ideas de Rosa sobre la construcción partidaria (jamás agradeceremos lo suficiente a Lenin el haber sido capaz de plantear la separación entre clase y partido), en «Cuestiones organizativas de la social-democracia rusa» se articula una de las defensas más impecables de la disciplina comunista que he leído hasta el momento.

Escribe Luxemburgo: «¿Qué pueden tener en común la docilidad regulada de una clase oprimida y la auto disciplina y organización de una clase que lucha por su emancipación? La autodisciplina de la social-democracia no es tan sólo la sustitución de la autoridad de los gobernantes burgueses por la autoridad de un Comité Central socialista. La clase obrera adquirirá el sentido de la nueva disciplina, la libremente asumida autodisciplina de la social-democracia, no como resultado de la disciplina impuesta sobre ella por el Estado capitalista, sino por la extirpación hasta la última raíz, de los viejos hábitos de obediencia y servilismo».

El español al alcance de todos.

En noviembre empecé a leer a Alfonso Sastre. Tenía su Obra lírica y doméstica (vaya, su poesía completa) comprada desde hace un tiempo, pero otras cosas la habían ido adelantando. Lo leí, sobre todo, durante un fin de semana en el Pirineo, una noche que Inés estaba agonizando por los dolores de la regla y a Patt algo le había sentado mal a la tripa y yo era la única de las tres que seguía despierta a las 21h. Así que ahora, al rescatar el libro de la pila de cosas pendientes que tengo a la izquierda del escritorio, no he podido evitar ver de nuevo la botella de vino abierta, la mesa de madera y la ventana en el techo inclinado de aquél tejado con vistas a Ordesa. Qué cosas, los libros.

Siendo sincera, la poesía de Alfonso Sastre me ha desbordado. Quizá esperaba menos de él, no sé, algo un poco más panfletario, pero desde luego lo que he encontrado ha superado con mucho mis expectativas. Tiene (cuestión de época o quizá de perfil, supongo) un cierto parecido con Ángel González en el tono, la particular ironía, la actitud ante la vida. Con la diferencia de que en su caso se potencia mucho más el contenido doméstico (qué gran palabra) de la poesía, otorgando importancia a partes de la vida que son, verdaderamente, las más importantes de todas. Sastre escribe sobre la vejez de sus padres, sobre la infancia de sus hijos y sobre sus borracheras en bares, y lo hace confundiendo todo esto con su militancia dando forma a esa cosa gigantesca y no diseccionable que es la vida.

El español al alcance de todos recoge los poemas escritos por el dramaturgo entre 1942 y 1971. El propio autor se refiere en varios poemas a este futuro libro como «el documento secreto», lo que otorga al conjunto un aire de diario personal, de confesión íntima, que personalmente me ha gustado mucho. El propio «Poema cero» que sigue a la dedicatoria [«Leed aquí las confesiones de Alfonso Sastre, / considerable informe / confidencial (para vosotros y para nadie más. Prohibida / la reproducción total o / parcial de los presentes documentos)»] juega a potenciar esta confusión entre vida personal y compromiso político que es también la de todas nosotras.

Después de esto, el poemario está compuesto por siete partes que ponen el foco de manera específica en algunos de los matices de todo esto y que adoptan, incluso, estilos de escritura distintos (desde formatos más rígidos en la métrica, a verso libre o poesía en prosa). El español al alcance de todos toma el nombre de uno de los últimos poemas, de una ironía genial y que me ha recordado en un cierto sentido a las «Fábulas para animales» de Ángel González. He disfrutado también mucho los brindis de «Tarde en la taberna», pero sin duda para mí lo mejor del libro llega con «Arrojado en el mundo» y con algunas partes de «Por encima de todo», ahí donde se mezcla de manera mejor y más clara lo personal con lo colectivo, modelando una subjetividad individual que no puede entenderse sino como resultado de lo social en su sentido más político. No hay vacío ante la muerte ni amor por los padres sin amor por la humanidad e indignación ante la tortura. No hay compromiso colectivo posible sin constatación de la belleza, sin enamoramiento por los hijos. La forma en que el yo se construye es construyendo el nosotros, y viceversa. O, como el propio Alfonso Sastre escribe en el «Brindis de la copa de coñac»: pero no se haga mi voluntad sino la nuestra.

Delta de Venus.

Delta de Venus es lo primero que leo de Anaïs Nin y me ha dejado, pese a la factura tosca y algo burda de la que ella misma advierte en el prólogo, con muchísimas ganas de leer sus diarios. Escritos en la década de 1940, los relatos que componen el libro fueron todos encargo de un viejo rico que pagaba por páginas con contenido erótico. Dudosa de si publicarlos o no finalmente, la autora se queja de haberse visto obligada a reducir la sexualidad a una caricatura mecánica, sin espacio para la sensualidad ni para la apreciación de todas las cosas (el entorno, los olores, los matices de la piel) que verdaderamente estimulan el deseo. Esto es verdaderamente cierto en algunos de los cuentos (sobre todo cuando los personales se van sucediendo sin más presentación que el propio sexo), pero en otros es posible intuir una escritura más suelta y menos forzada, más propia y verdadera, que desata las ganas de leer lo que fuera de esa imposición escribía la autora.

Varias cosas que me parecen interesantes. Primera: la lectura pausada permite una indagación consciente en el propio deseo. La diversidad de tonos y de estructura de los relatos y los personajes ofrece una puerta al auto-descubrimiento o la confirmación de los resortes que más nos funcionan. En mi caso, un cierto gusto por el riesgo que ya conocía pero en el que nunca está de más reafirmarse. Segunda: hay una presencia desproporcionada de algunas prácticas y situaciones que ahora llamaríamos kink y, quizá, desviaciones. En concreto, del fetichismo de la lencería (son varias las historias con hombres que no buscan el contacto sino sólo la estimulación visual), del contacto sexual no buscado con desconocidos, y del sexo con menores de edad (en varias ocasiones, con quienes existe un vínculo familiar o de cercanía/tutelaje). Me genera especial curiosidad saber si lo primero tuvo un papel destacado en la vida sexual de Anaïs Nin y espero sinceramente que fuera así con lo segundo – sé a ciencia cierta que la respuesta es positiva en el caso de lo tercero, pues tuvo una relación con su padre tras rencontrarlo muchos años más tarde. Tercera: la homosexualidad tanto femenina como masculina, así como la intersexualidad y el travestismo, aparecen en múltiples historias y se presentan con una mezcla de aceptación/normalización no moralizante y de prejuicios sorprendentemente misóginos, sin duda por la influencia que sobre la autora tenían las teorías del psicoanálisis.

Sobre este último punto, y puesto que todas las historias tienen a mujeres por protagonistas (la propia Anaïs Nin expresa en el prólogo su intención de reflejar el deseo y el placer específicamente femeninos -por muy mediado por la construcción social que necesariamente vaya a estar eso, añado), es especialmente interesante el modo en que la autora incorpora en el análisis y desarrollo de los personajes el deseo de seducir o la propia auto-percepción a través del deseo ajeno. «La vanidad de las mujeres que en la atracción buscan principalmente la autocomplaciencia», escribe, y yo no puedo evitar pensar en cuántas miles de veces he caído en eso. También relacionado: la centralidad de la penetración. Una obsesión por el coitocentrismo que no se presenta tanto en los hombres (mucho más proclives a la masturbación, la estimulación visual, el fetichismo de diverso tipo o la admiración del pene propio) sino fundamentalmente en las mujeres. Una necesidad de ser penetradas que se traduce en la insatisfacción ante otro tipo de experiencias sexuales (por ejemplo, las sáficas) y que lleva a escaladas de exposición y a espirales de ansiedad en torno al sexo.

Y sin embargo hay ahí, en ese instinto animal que Elena descubre en sí misma tras haber conocido a Pierre, un punto intensamente cierto y una pulsión vital que reconcilia leer por escrito, sin juicios de ningún tipo sino tan solo el reconocimiento de todo lo que de bueno y de estimulante y de necesario para la vida plena tiene ese impulso. Dice Elena en algún momento que ahora comprende por qué los hombres mantienen a sus esposas insatisfechas e ignorantes respecto a las posibilidades del sexo, porque una vez que lo descubren ya no podrían quedarse colmadas con nadie ni nada. Y yo digo: pues bueno, pues sí, es cierto.

En general, Delta de Venus es un libro bastante desigual. Las primeras historias, más cortas y con personajes más fantásticos, cumplen perfectamente su misión de estimulación erótica sin forzar la trama. El problema llega a partir de «Pierre» y muy especialmente con «El vasco y Bijou», cuando la sucesión de personajes empieza a hacerlos a todos ellos parcialmente irrelevantes y los distintos momentos que acaban en orgía o parejas cruzadas dejan de tener sentido. Las descripciones de varias de estas partes parecen todas iguales, con una proliferación de adjetivos que para mi gusto embrollan los escenarios más que potenciar la voluptuosidad o la languidez en la lectura (ejem). Las historias ambientadas en el mundillo artístico de París o Londres son interesantes, bastante más realistas y creíbles, y abren además la puerta a un ambiente social que Anaïs Nin conocía bien («lo que escribo son en parte invenciones y en parte cosas que he oído», nos dice).

Por último, en algunos relatos es posible sospechar que la autora está saliendo, por fin, del mandato del millonario para escribir de una manera muchísimo más cierta. «Marcel», título que cierra el volumen, es un canto precioso a la vida, al placer, a la libertad y a las cosas bellas. Y no solo, pero en concreto la escena final, ese quart d’heure de passion al ritmo de jazz en la fiesta en la playa, se me va a seguir apareciendo en sueños durante mucho tiempo. Hay cosas, supongo, que llegan especialmente a tiempo en un momento concreto de la vida.

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