La emergencia de VOX: apuntes para combatir a la extrema derecha española

Intento alternar siempre ensayo con lecturas más noveladas, y lo cierto es que ya hace tiempo que tenía pendiente el último libro de Miguel Urbán. No sé qué esperaba, quizá algo más esquemático o «enciclopédico» al estilo de El viejo fascismo y la nueva derecha radical, pero lo cierto es que me ha gustado mucho. Ameno de leer, el libro se convierte en un documento muy útil para quienes, como yo, busquen conocer mejor la génesis de la extrema derecha española, sus ramificaciones y grupos, y su armazón político.

Estructurado en capítulos breves ordenados temáticamente, es posible detectar en la lectura tres bloques principales de contenido. En el primero, más histórico, se hace un recorrido por las distintas formaciones de extrema derecha existentes en el Estado Español desde la dictadura franquista. Es posible que un lector que haya vivido la década de los 80 o de los 90 como activista de izquierdas conozca ya buena parte de estos nombres; sin embargo para quienes, como yo, somos más jóvenes, esta parte resulta una interesante herramienta de aprendizaje. Más que en enumerar, Urbán analiza la composición política de cada grupo, las innovaciones que aportaron, las redes con el capital estatal e internacional y los flujos de militantes de una a otra organización. Para ayudarnos a borrar definitivamente la ilusión de que la extrema derecha brota de la nada y recuperar la memoria colectiva de todo aquello contra lo que ya combatimos.

El segundo y el tercer bloque de contenidos traen el relato de vuelta a la actualidad, respectivamente, desglosando el programa y la estrategia política de VOX y realizando una propuesta para el combate político aquí y ahora. Lejos de simplificaciones y reduccionismos que pueden reforzarnos en nuestras preconcepciones de partida, el libro realiza un esfuerzo de complejización que resulta imprescindible si queremos comprender a qué nos enfrentamos y poder combatirlo de manera efectiva. O, en palabras de Miguel: «el reto al que nos enfrentamos es mayúsculo: cómo revertir esta ola reaccionaria global y volver a decantar la iniciativa política hacia los intereses del campo popular. Para ello se torna imprescindible, como escribía Spinoza, ni llorar ni reír, sino comprender, entender la trayectoria y particularidades de la derecha radical española desde la transición hasta nuestros días». Disfruten de la lectura.

Haydée habla del Moncada

Acabé de leer a Haydée hace más de una semana, pero mis ritmos vitales se han empeñado en boicotear más todavía mi intento fallido de homenajear el 1 de enero a la Revolución Cubana. Guardaba esto en la estantería desde que hace dos años, con bastantes dudas, lo compré en la feria del libro de La Habana. Y bueno: elegí bien, ya está claro.

Que nadie busque en este libro una línea temporal clara ni un relato sistemático y explicativo de lo que supuso el asalto al cuartel Moncada. El texto, transcripción de una conferencia que Haydée Santamaría dio en la facultad de Ciencias Políticas de La Habana en 1967, es más bien recordar, un vagar en los recuerdos. Echar la vista atrás y, como la propia autora dice, «hablar de algo que, aunque sea infinito, siempre es difícil hablarlo». Ahí las emociones desbordan y arrastran, y los protagonistas aparecen como humanos antes que cualquier otra cosa.

Dice Haydée que hay que hacer un gran esfuerzo para ser violenta, para ir a la guerra, pero que hay que ser violenta e ir a la guerra si hay necesidad. Y ella no pensaba en eso, claro, pero a mí se me inunda la cabeza pensando en la forma de ser mujeres que tratamos de seguir las que adoptamos un compromiso revolucionario con la vida. También dice, sobre la noche previa al asalto, que todo se hace más hermoso cuando se piensa que después no se va a tener, y que únicamente por la certeza en la llegada de algo grandioso es que se pueden soportar los dolores del parto y los de un proceso insurreccional.

Hay cosas que sólo se pueden escribir en Cuba. Lo que en boca de europeos sonaría a pastiche sentimental malogrado, en la isla se hace verdadero a manos llenas. No por ningún determinismo extraño, sino porque hablar desde la revolución es hablar desde lo pleno, desde lo inmensamente bello. El caso es que yo sólo sabía de Haydée Santamaría como una cara, como una foto de una mujer armada en la Sierra Maestra, como el otro nombre femenino junto con el de Celia Sánchez de entre todos los que asaltaron el Moncada, y después de leer este libro ya sólo aspiro en la vida a que alguien escriba sobre mí algo la mitad de bonito que el prólogo que Celia María Hart le dedica a su madre. Hay una belleza aterrante en la defensa de la vida a través de la muerte que le atribuye a Haydée:

«El viejo cliché de que los revolucionarios no se quitan la vida (eso decía ella también) es tan pueril que bastan un par de nombres para echarlos por tierra. (…) Los Lafargue decidieron que eran más útiles para la causa del proletariado y no dudo que lo hayan sido; quién osa decir que las campanas que hizo doblar Hemingway con su pluma no hicieron repicar a todas las iglesias del mundo con el grito de su última bala; quién pudiera pensar que Violeta no le daba Gracias a la Vida con honestidad».

Hamburgo en las barricadas y otros textos

No recuerdo dónde leí exactamente por primera vez el nombre de Larisa Reisner. Sí guardo bien la sensación que me produjo el saber de una bolchevique de veinte años, periodista a más señas y miembro de la Oposición de Izquierdas, que se había ido hasta Hamburgo en el año 23 a escribir sobre el intento de revolución alemana. Yo tengo que leer esto, me dije, y menudo acierto. Hamburgo en las barricadas y otros textos compila sus crónicas sobre Alemania y algunos otros artículos, desgarradores en su forma de captar la naturaleza y la profundidad humana, sutilísimos en los matices y testimonio indiscutible de la sensibilidad de la autora. Lev Sosnovsky dice de Larisa Reisner que la poseía «una pasión salvaje por la vida». Participante del asalto a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, combatiente de la flotilla del Volga, comisaria del Estado Mayor de la Marina en San Petersburgo. En un relato sobre la sala de maternidad de un hospital berlinés, Larisa recoge una conversación entre médico y paciente: «¿De qué va a vivir en invierno? / No sé. O nos morimos todos o todo cambia». Al final toda política revolucionaria es eso: una pasión salvaje por la vida.

Al servicio del pueblo

Estoy leyendo «Al servicio del pueblo», una recopilación de los diferentes manifiestos y programas de intervención social del Black Panthers Party, y más allá de ciertas contradicciones y de las más que conocidas derivas políticas y personales de algunos de sus líderes, es impresionante la claridad de muchos de sus planteamientos y cómo, en fragmentos aparentemente secundarios, aparecen debates acertadísimos y fundamentales. Incorporación de las comunidades blancas pobres en la mayor parte de sus proclamas, cesión de espacios para la celebración del 8 de marzo, y por supuesto el trabajo ingente de construcción de tejido comunitario. Ando dándole vueltas, ahora, a esto de abajo:

«El Templo del Hijo del Hombre debe entenderse como un punto de encuentro de la comunidad, un sitio donde los sueños de la gente puedan convertirse en ideas y donde esas ideas se acaban convirtiendo en una realidad práctica que nos llevará hacia la libertad.

Por lo tanto, nuestros objetivo es unirnos, minimizar nuestras diferencias y dejar brotar nuestras similitudes. Queremos contagiarnos de la idea de que debemos vivir, de que nuestros hijos deben vivir, de que nuestro pueblo debe vivir. Queremos que la creencia en la belleza de la vida se extienda a las personas amantes de la libertad en todas partes.

Déjennos utilizar este lugar, este templo, para estar unidos y ser felices, no por nuestra opresión, sino por el reconocimiento de dicha opresión y por habernos unido para poder librarnos de ella».

Cuentos de la Cuba socialista

Hoy he terminado esta maravilla que me traje en uno de mis viajes a Ámsterdam, donde paso siempre horas hurgando entre las joyas que rebosan las estanterías de libros de segunda mano de la biblioteca del IIRE. Y bueno, qué decir, que cuánta belleza, que cómo necesitaba volver a la literatura (demasiado ensayo últimamente), que menuda cosa Cuba y que jamás dejará de fascinarme el modo en que las revoluciones transforman también y sobre todo el sentir estético, las pasiones cotidianas y la percepción social de la belleza.

El libro es una recopilación de varios autores, la mayoría premiados por los certámenes de Casa de las Américas o 26 de Julio y todos escritos en los primeros 15 años tras la Revolución. Más allá de Alejo Carpentier (el genio conocido ya no sorprende, aunque ello no reste deleite) me he sentido atrapada, lo anoto aquí para no olvidarme, por Antonio Benítez («Recuerdos de una piel»), Edmundo Desnoes («Llegas, Noemí, demasiado tarde a mi vida») y Manuel Cofiño («Andando por ahí, por esas calles»).

Pero sobre todo (me elevo por encima del suelo cuando lo leo), Andrés Sorel hace una cosa milagrosa. Selecciona fragmentos de artículos y entrevistas de los mismos autores («cuentistas», dicen en Cuba, lo cual me parece maravilloso) sobre algo que me obsesiona: «cómo, siendo escritor, se pone uno al servicio de la Revolución sin traicionar a la literatura».

«La buena fe y el oportunismo se confunde cuando surgen proposiciones como ‘apoyar la revolución’. Por mi parte, esas palabras me resultan especialmente absurdas. Como sería también absurdo decir: apoyo mi acné juvenil, mi primer acto sexual. Pienso que cuando se plantea la necesidad de establecer (o evidenciar) un vínculo con la Revolución, lo que se demuestra es que ese vínculo no existe». Reynaldo González.

«No hay literatura inocente. Se hace literatura por amor, por odio, por una mujer, por una idea, por una injusticia, por una esperanza, por hacer bien o hacer daño, por elogiar o para criticar, pero nunca, creo, se hace literatura aislada, pura, desligada… Los artistas que niegan su responsabilidad como miembros de una comunidad y de una época, y permanecen ciegos a la vida, a sus acontecimientos y a su historia, se desvitalizan, (…) y en la medida en que cancelan su comunicación con los acontecimientos y se desenraizan de lo humano, su universo se les va haciendo más reducido y estéril. (…) Ellos mismos se han autoexiliado de la vida y la historia». Manuel Cofiño.

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