No recuerdo dónde leí exactamente por primera vez el nombre de Larisa Reisner. Sí guardo bien la sensación que me produjo el saber de una bolchevique de veinte años, periodista a más señas y miembro de la Oposición de Izquierdas, que se había ido hasta Hamburgo en el año 23 a escribir sobre el intento de revolución alemana. Yo tengo que leer esto, me dije, y menudo acierto. Hamburgo en las barricadas y otros textos compila sus crónicas sobre Alemania y algunos otros artículos, desgarradores en su forma de captar la naturaleza y la profundidad humana, sutilísimos en los matices y testimonio indiscutible de la sensibilidad de la autora. Lev Sosnovsky dice de Larisa Reisner que la poseía «una pasión salvaje por la vida». Participante del asalto a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, combatiente de la flotilla del Volga, comisaria del Estado Mayor de la Marina en San Petersburgo. En un relato sobre la sala de maternidad de un hospital berlinés, Larisa recoge una conversación entre médico y paciente: «¿De qué va a vivir en invierno? / No sé. O nos morimos todos o todo cambia». Al final toda política revolucionaria es eso: una pasión salvaje por la vida.
Al servicio del pueblo
Estoy leyendo «Al servicio del pueblo», una recopilación de los diferentes manifiestos y programas de intervención social del Black Panthers Party, y más allá de ciertas contradicciones y de las más que conocidas derivas políticas y personales de algunos de sus líderes, es impresionante la claridad de muchos de sus planteamientos y cómo, en fragmentos aparentemente secundarios, aparecen debates acertadísimos y fundamentales. Incorporación de las comunidades blancas pobres en la mayor parte de sus proclamas, cesión de espacios para la celebración del 8 de marzo, y por supuesto el trabajo ingente de construcción de tejido comunitario. Ando dándole vueltas, ahora, a esto de abajo:
«El Templo del Hijo del Hombre debe entenderse como un punto de encuentro de la comunidad, un sitio donde los sueños de la gente puedan convertirse en ideas y donde esas ideas se acaban convirtiendo en una realidad práctica que nos llevará hacia la libertad.
Por lo tanto, nuestros objetivo es unirnos, minimizar nuestras diferencias y dejar brotar nuestras similitudes. Queremos contagiarnos de la idea de que debemos vivir, de que nuestros hijos deben vivir, de que nuestro pueblo debe vivir. Queremos que la creencia en la belleza de la vida se extienda a las personas amantes de la libertad en todas partes.
Déjennos utilizar este lugar, este templo, para estar unidos y ser felices, no por nuestra opresión, sino por el reconocimiento de dicha opresión y por habernos unido para poder librarnos de ella».
Cuentos de la Cuba socialista
Hoy he terminado esta maravilla que me traje en uno de mis viajes a Ámsterdam, donde paso siempre horas hurgando entre las joyas que rebosan las estanterías de libros de segunda mano de la biblioteca del IIRE. Y bueno, qué decir, que cuánta belleza, que cómo necesitaba volver a la literatura (demasiado ensayo últimamente), que menuda cosa Cuba y que jamás dejará de fascinarme el modo en que las revoluciones transforman también y sobre todo el sentir estético, las pasiones cotidianas y la percepción social de la belleza.
El libro es una recopilación de varios autores, la mayoría premiados por los certámenes de Casa de las Américas o 26 de Julio y todos escritos en los primeros 15 años tras la Revolución. Más allá de Alejo Carpentier (el genio conocido ya no sorprende, aunque ello no reste deleite) me he sentido atrapada, lo anoto aquí para no olvidarme, por Antonio Benítez («Recuerdos de una piel»), Edmundo Desnoes («Llegas, Noemí, demasiado tarde a mi vida») y Manuel Cofiño («Andando por ahí, por esas calles»).
Pero sobre todo (me elevo por encima del suelo cuando lo leo), Andrés Sorel hace una cosa milagrosa. Selecciona fragmentos de artículos y entrevistas de los mismos autores («cuentistas», dicen en Cuba, lo cual me parece maravilloso) sobre algo que me obsesiona: «cómo, siendo escritor, se pone uno al servicio de la Revolución sin traicionar a la literatura».
«La buena fe y el oportunismo se confunde cuando surgen proposiciones como ‘apoyar la revolución’. Por mi parte, esas palabras me resultan especialmente absurdas. Como sería también absurdo decir: apoyo mi acné juvenil, mi primer acto sexual. Pienso que cuando se plantea la necesidad de establecer (o evidenciar) un vínculo con la Revolución, lo que se demuestra es que ese vínculo no existe». Reynaldo González.
«No hay literatura inocente. Se hace literatura por amor, por odio, por una mujer, por una idea, por una injusticia, por una esperanza, por hacer bien o hacer daño, por elogiar o para criticar, pero nunca, creo, se hace literatura aislada, pura, desligada… Los artistas que niegan su responsabilidad como miembros de una comunidad y de una época, y permanecen ciegos a la vida, a sus acontecimientos y a su historia, se desvitalizan, (…) y en la medida en que cancelan su comunicación con los acontecimientos y se desenraizan de lo humano, su universo se les va haciendo más reducido y estéril. (…) Ellos mismos se han autoexiliado de la vida y la historia». Manuel Cofiño.