Los años duros.

Desde que leí los Cuentos de la Cuba socialista seleccionados por Andrés Sorel he ido comprando algún que otro libro de segunda mano de cuentistas cubanos. Los años duros lo encontré en la Feria del Libro Viejo y Antiguo de Zaragoza hará uno o dos años; lo agarré sin pensar apenas, segura de la garantía que son los premios literarios de la Casa de las Américas. No conocía al autor, como suele pasar con casi todos los buenos escritores que ha parido Cuba durante el siglo XX y con muchos de los del resto de países de América Latina. Pero conforme voy abriéndome paso en el género del cuento cubano (reivindicado como tal con orgullo, sin disfraces de relato corto), más me convenzo de que casi cualquier firma es sinónimo de calidad a unos niveles muy altos.

Jesús Díaz tiene un estilo acelerado y directo que alterna un narrador externo (las menos de las veces) con los pensamientos literales de algunos de los personajes. Sus cuentos son literariamente frenéticos. Empiezan siguiendo el hilo de las reflexiones de alguien que todavía no sabemos quién es para pasar, a los pocos párrafos, al interior de la cabeza de un otro. Los sujetos implicados son descubiertos al pensarse y ponerse nombre mutuamente, teniendo en ocasiones que esperar al cuento siguiente para terminar de dar sentido al conjunto. No se nos introduce ni explica nada: está todo siempre dado por los hechos, en un presente constante que se muestra capaz, sin embargo, de manejar con increíble presteza los cambios en los tiempos.

El tema, claro, es la revolución. O mejor: fragmentos, individuos y momentos que se encuentran rodeados del telón de la revolución. Estudiantes revolucionarios, bandidos asalta-caminos, torturadores de Batista o reclutas voluntarios, todos se muestran humanos hasta límites retorcidos y divertidísimos. No hay búsqueda de grandeza alguna ni exaltación forzada: sólo hombres (porque sí, todos son hombres…) con sus miserias y sus ambiciones, honestos y egoístas a partes iguales, reales como no podría serlo ninguna propaganda. Para volver a leer dentro de un tiempo y repetir, de nuevo, esta media sonrisa.

Sound system: el poder político de la música.

La séptima lectura de la cuarentena la he devorado en el balcón, con los pies sobre la barandilla y echándome crema solar cada media hora. Tenía clarísimo cuál quería que fuera mi siguiente lectura, y el que haya coincidido con este tiempo espectacular y con el comienzo de la desescalada no ha hecho sino multiplicar todo el potencial y toda la energía motivadora que tiene. Dice Dave Randall que, «casi siempre, lo más importante de la música no es cómo suena sino qué hacemos cuando estamos juntos escuchándola. Qué nos pasa por la cabeza cuando el grupo toca esa canción, cuando activa esa unidad de energía. Y qué haremos para liberar ese impulso que nos genera». Él ha conseguido algo parecido con este libro.

A lo largo de sus doce capítulos, Sound System desgrana una pluralidad de temáticas que, si no fuera por la sencillez con que está escrito, podría parecer apabullante: los entresijos y los intereses económicos de la industria musical contemporánea, la prohibición de determinadas tonalidades o instrumentos por parte de la jerarquía eclesiástica durante la Edad Media, el uso que la CIA hizo de la música durante la Guerra Fría, la historia del Carnaval o la energía colectiva (pero también las contradicciones) que se desprende en las raves y en los grandes festivales son sólo algunos ejemplos. Todo ello, aliñado con una cantidad de referencias y recomendaciones musicales que me van a tener ampliando mis listas de reproducción durante varios meses.

Ya suponía que el libro me iba a gustar, pero me esperaba sin duda otra cosa. Algo menos profundo quizá, más reducido al campo de los cultural studies y de las aproximaciones estrictamente culturalistas al mundo de la música. Al contrario, Dave Randall consigue hacer algo genial: un relato ameno y de lectura ligera, pero plagado de datos y con un fondo teórico sólidamente asentado, que rara vez sale a la superficie pero que puede percibirse a lo largo de todos los capítulos. Mi sorpresa fue en aumento al descubrir en el autor referencias abiertamente marxistas, hasta llegar a la confesión de haber sido, durante un tiempo, militante del mítico Socialist Workers Party. Estoy convencida de que la calidad del libro se debe en buena medida a ello: habría sido complicado que Randall se hiciera ciertas preguntas sin haber contado con formación marxista y trayectoria militante.

Subo el volumen a mis altavoces para cerrar con palabras suyas: «Lo que intento dejar claro con este libro es que la cultura importa, más de lo que mucha gente cree. Pero no cambia el mundo por sí sola. Cuando más se aleje un artista de otros espacios de lucha política, tanto menos relevante será su producción artística. (…) Métete en campañas a nivel local, nacional y global. Afíliate a un sindicato y trabaja para que sea más ambicioso y proactivo políticamente. Mira a ver si le encuentras sentido a algún partido político, y si es así, hazte militante. (…) Construye relaciones duraderas con otros activistas. Y haz música». ¡Buena lectura!

La (pen)última revolución de Europa: de la Revolución de los Claveles a la contrarrevolución neoliberal.

Querría haber empezado mi sexta lectura de la cuarentena el 25 de abril, pero al parecer siempre llego tarde a los aniversarios. La (pen)última revolución de Europa mantiene el mismo formato que la mayoría de títulos de la serie Crítica y Alternativa (editorial Sylone): capítulos o artículos sueltos, escritos generalmente por varios autores, que ofrecen una visión poliédrica y en movimiento de un mismo tema. En este caso, los autores combinan dos miradas que ayudan a romper la idea de foto fija que nos ha llegado de la Revolución de los Claveles: Fernando Rosas, historiador, escribe y problematiza sobre la dictadura de Salazar y los hechos de 1974-1975; Francisco Louça, economista, desgaja y analiza la evolución posterior de Portugal en relación a su realidad social, sus políticas económicas y a su relación con la Unión Europea.

Dos de los artículos me han resultado especialmente interesantes. El primero es el «Ser o no ser» de la revolución que escribe Fernando Rojas. Como todo acontecimiento conservado en alcanfor, la revolución portuguesa ha perdido para quienes vinimos más tarde su dimensión de proceso, de movimiento con contradicciones y disputas. Yo desconocía que se hubiera alargado hasta 1975 o que hubiera habido hasta cinco gobiernos provisionales. Rojas recupera todo eso desde una perspectiva nítidamente marxista, analizando la evolución del Movimiento de las Fuerzas Armadas y tratando de explicar el por qué de las reacciones (o de la falta de ellas) del Estado portugués. El capítulo que Francisco Louça dedica a continuación a la política del Partido Comunista de Portugal complementa esta mirada.

Por otro lado, y aunque escapa o trasciende a la realidad portuguesa, he disfrutado también mucho con la lectura del capítulo de cierre, en el que Louça realiza un seguimiento del neoliberalismo y del ordoliberalismo desde su aparición como corrientes ideológicas, diferenciándolas del liberalismo clásico y analizando el papel contradictorio que conceden al Estado. Un texto breve pero muy rico, que cierra de manera simbólica un libro que no pretende narrar lo que fue la revolución, sino tratar de entender el modo en que ésta marco la configuración de la democracia portuguesa y la manera en que la burguesía nacional e internacional se ha esforzado desde entonces en quebrar e invertir la conquistada correlación de fuerzas.

Dicen los autores que «todas y cada una de las revoluciones cuestionan radicalmente los futuros del pasado». Haciendo el recorrido aparentemente inverso, podríamos decir que sólo la capacidad (estratégica) de imaginar futuros nos permite comprender el pasado. En la intersección de todo eso, nos queda seguir formándonos para actuar aquí ahora, sobre uno y otro tiempo.

El cuaderno dorado.

Según mi cuenta de instagram, empecé a leer El cuaderno dorado el viernes 3 de abril. Es decir, que he ocupado en esta quinta lectura del confinamiento casi un mes del mes y medio que llevamos de momento de cuarentena. Era un libro al que le tenía ganas desde hace bastante tiempo, cuando empecé a buscar de manera sistemática autoras a las que leer con una cierta garantía (por trayectoria o por procedencia de la recomendación) de acierto y éxito. Doris Lessing estaba ahí, claro: Premio Nobel, ex militante del Partido Comunista, perspectiva feminista, etc., eso decían todas las reseñas. Así que me traje la edición de su obra magna que tenía mi madre por casa y esperé algo más de un año hasta el momento oportuno para meterle mano a sus 750 páginas. Estoy contenta de haberlo hecho, aunque las impresiones son confusas y voy a necesitar reposar algunas ideas con calma.

En primer lugar, se trata de un libro fruto inexcusable de su tiempo. Todos lo son (menuda farsa eso de la literatura atemporal o no marcada por el momento histórico), pero es imposible concebir esta obra fuera de la década de los años 50 o de los primeros años 60 del siglo XX. No sólo por el modo espectacular en que ha cambiado el mundo desde entonces, sino porque El cuaderno dorado se impregna del espíritu de un montón de cosas que entonces eran nuevas, disruptivas, que estallaban como bombas de hidrógeno y que ahora son ajenas a nuestra comprensión cultural del mundo o, por el contrario, han sido tan asimiladas que su narración resultaría anodina.

Lo pensé la primera vez con el personaje de Madre Azúcar y el papel que el libro concede la psicoanálisis: imposible imaginar algo así a partir de los años 80. Luego, con las relaciones que la escritora/protagonista y sus diferentes alter egos establecen con los hombres. La percepción subjetiva de la propia sexualidad, el tipo de disquisiciones en torno a los orgasmos femeninos o las reacciones ante extraños que interaccionan con ellas en fiestas o en la calle, todo eso carece de sentido fuera de un momento muy concreto en la historia de la emancipación femenina. Y está también, claro, el papel del Partido Comunista, de la realidad colonial y de una fase muy específica de la Guerra Fría como constructores/destructores de sentido.

El segundo aspecto relevante del libro es su estructura. Un esquema que promueve la confusión entre forma y contenido, haciendo que la lectora deje progresivamente de tener claro quién es real y qué hechos son falsos o verdaderos. El juego de los dobles nombres, las meta-novelas del cuaderno amarillo que llegan a triplicar (cuatriplicar) los personajes, la ficción escrita a diferentes niveles y la capacidad de Doris Lessing para desarrollar una historia con tantísimas líneas paralelas no ha dejado de asombrarme en ningún momento. El método (si es que puede llamarse así) de la introspección personal, la aparente expresión intuitiva de sensaciones y sentimientos, esconde en realidad una trama que tuvo necesariamente que ser gestada con un cuidado exquisito.

Yo me imagino otro cuaderno (el sexto) repleto de cuadros, líneas temporales y diagramas en árbol con la letra de Doris Lessing. Para alguien como yo, que escribe desde el impulso, eso siempre ha sido algo admirable y un verdadero misterio. Quizá diría que leáis El cuaderno dorado si queréis comprender (¿experienciar?) el tipo de pensamientos o los modos de sentir que generaron en determinado sector de mujeres los últimos años 1950. Eso es, seguramente, la impresión más fuerte que el libro me ha dejado.

Operación Masacre.

Cuarta lectura del confinamiento. La escogí a propósito, firme en el intento de aprovechar estos días para encarar libros siempre pendientes desde hacía años, y motivada por la doble promesa de: no demasiadas páginas, letra no demasiado pequeña. He tardado sin embargo más que con las anteriores. Buena señal, supongo: después de tres semanas estoy siendo por fin capaz de retomar rutinas y avanzar con las oposiciones.

Operación Masacre es la crónica de una investigación periodística impresionante y minuciosa: la historia de un secuestro colectivo (pues nunca hubo registro de entrada en comisaría alguna) y de un fusilamiento truncado cometido por la policía argentina contra un pretendido grupo de militantes peronistas en la noche del 9 al 10 de junio de 1956. Durante meses, Rodolfo Walsh va tirando de hilos hasta localizar a los siete hombres que sobrevivieron, reconstruir los sucesos e impulsar una denuncia pública por torturas, persecución y asesinato que nunca será resuelta. En un ejercicio de microhistoria digno de Carlo Ginzburg, el autor parte de un acontecimiento concreto para hacernos entrar en toda la complejidad y brutalidad política que en Argentina tuvo el siglo XX.

El libro está dividido en tres partes: las personas, los hechos y la evidencia. En «las personas», Walsh va encadenando las figuras de las diferentes personas que acabarían siendo víctimas en esta historia. Diría que las pinta más que las describe, que las dibuja en sus hogares y sus trabajos mientras trata de intuir si tenían o no (caso de la mayoría) algún tipo de vinculación política, algún tipo de consciencia de lo que estaba pasando. Es sin duda la parte más literaria y la que más me ha gustado, aunque también «los hechos» está escrita con una sensibilidad finísima. «La evidencia» está escrita a posteriori y reproduce documentos y testimonios judiciales de las personas implicadas, en respuesta y como descarte del cuestionamiento al que el relato se vio sometido. Además, la edición que yo tengo reúne los diferentes prólogos, introducciones y epílogos firmados por el propio autor que han ido acompañando a las distintas publicaciones, lo que ayuda a conocer cómo evolucionó su trabajo y también su transformación política.

Me sonaba el nombre de Rodolfo Walsh, aunque descontextualizado. Si me hubieran preguntado antes de que Operación Masacre llegara a mis manos en forma de regalo de una amiga argentina, probablemente habría dicho que era chileno. Ahora sé que su obra es todo un hito («considerada la primera novela de no-ficción», reza la contraportada y dice wikipedia) y que a él, que formaba entonces parte de Montoneros, lo mataron en 1977, después de enviar la carta pública denunciando la dictadura de Videla que cierra mi edición del libro. Me quedo, evidentemente, con el segundo dato.

Feministas trotskistas.

Tercera lectura de cuarentena y la piel de gallina por demasiadas cosas. Este libro me vino cruzando el Atlántico de parte de dos personas a las que quiero con eso que Kollonai llamó amor camaradería, como regalo solidario (en el sentido no vertical del término) y orgulloso que mezcla construcción, presente y memoria. La edición es preciosa, cuidada, y en la primera página en blanco se puede leer escrito con boli: «Para Julia con mucho cariño, de parte de tus camaradas en México, Tania y Héctor. ¡Viva la IV!».

No es una lectura pesada sino amena y entretenida. Diría que se trata de un libro ligero si no fuera porque los temas que las diferentes autoras tratan, las anécdotas que comparten y los recuerdos que rescatan se te incrustan en la garganta haciéndote pensar en demasiadas cosas. Feministas trotskistas reúne a doce mujeres que militaron en el Partido Revolucionario de los Trabajadores en México (PRT) en las décadas de 1970 y 1980. Algunas de ellas abandonaron el partido en la ruptura de 1992, otras lo hicieron antes, y aún otras siguen militando en éste o en una nueva organización también ligada a la IV Internacional, la Coordinadora Socialista Revolucionaria (CSR). Recordar cómo comenzó el compromiso político de cada una y qué supuso para ellas el descubrimiento del feminismo y el socialismo es el hilo conductor de todos los capítulos.

Me ha llamado la atención el empeño de las autoras por nombrar, por des-anonimar, por rescatar del pasado los nombres y apellidos de todas las personas con las que compartiendo espacios. Una tras otra, enumeran los nombres de las militantes que estuvieron con ellas en su cédula del partido, en el sindicato, en el movimiento estudiantil, en tal o cual reunión o durante las detenciones. Es un esfuerzo poderoso y que honra el ejercicio de militar, de comprometerse vitalmente, esa lealtad a los desconocidos que decía el Bensa y que atraviesa las páginas impregnando la obra entera.

Leído desde Europa, el libro permite conocer la situación social del México de los años 70 y 80, además de aprender sobre el modelo de construcción de un partido que conoció una importante expansión en esa época. Los debates organizativos y políticos del momento, así como varias cuestiones internacionales, se cuelan directa o indirectamente entre los recuerdos de las autoras. Hablan algunas de su maternidad (para pensar despacito), de sus compañeras, de los hombres con los que compartieron vida y de las decisiones que tomaron en diferentes momentos. Y conectan contigo aunque tu realidad y situación personal sean otras.

Dice Guadalupe Hernández que su madre tuvo una vez una intuición, y que «al final el resultado de su acción condujo a dos de sus jóvenes hijas a conocer una corriente de pensamiento humano que las vincularía con mujeres y hombres libres y comprometidos en la construcción de una sociedad nueva, (…) lo que supuso, para ambas, emprender su propia transformación y adelanto». No conozco a Guadalupe pero sí a otras de las autoras, y se me calienta el corazón al comprender en la propia carne lo que dicen. Una confirmación que nunca sobra: militamos porque amamos profundamente la vida.

En defensa del marxismo.

Segunda lectura de cuarentena. Hacía bastante tiempo que no leía clásicos si no era para preparar charlas o debates y el otro día, al ir a devolver El unicornio negro a la estantería, me apeteció. Tenía previsto leer una novela, pero no se puede dejar pasar la motivación lectora cuando llega.

En defensa del marxismo es una compilación de las cartas enviadas por Leon Trotsky a dirigentes de la sección de la IV Internacional en Estados Unidos entre 1937 y 1940. Algunas son correspondencia personal (generalmente notas breves de pocos párrafos) y otras son cartas abiertas publicadas en diferentes órganos de expresión del partido o en la prensa burguesa. En un momento en que el Socialist Workers Party afrontaba debates estratégicos de calado, Trotsky se dirige tanto a dirigentes de la mayoría del comité ejecutivo como de la minoría congresual, y toca diferentes temas del momento que se encuentran profundamente relacionados entre sí: la caracterización de la URSS como Estado obrero, la burocracia, la invasión de Finlandia por Stalin, el pacto con Hitler y las consecuencias en Polonia, la posición de la Internacional ante la política exterior del Komitern y el método dialéctico.

Aunque algunas de las cartas son de interés únicamente para quien esté estudiando los debates de la izquierda revolucionaria a finales de los años 30, hay en el libro también muchas reflexiones útiles para un pensamiento más transhistórico (aunque siempre historizado). Personalmente, me quedo con la necesidad de tomar las decisiones estratégicas no dejándonos llevar por cuestiones coyunturales concretas (que sí pueden condicionar nuestras decisiones tácticas), sino en base a la caracterización social de los fenómenos con un armazón teórico sólido. Esta máxima, que parece quizá una obviedad, adquiere dimensiones de calado si se aplica sistemáticamente, con consecuencias en ocasiones contraintuitivas. Cosas de estar educados en el sentido común dominante.

El libro toca, de manera secundaria, muchos otros temas. Me quedo con la defensa del centralismo democrático frente al fetiche individualista del referéndum, y con los diferentes comentarios que se cuelan en las cartas sobre la guerra en el Estado Español (que se estaba desarrollando en esas fechas). Lectura interesante, fácil de hacer al no tratarse de una obra sistemática sino de fragmentos sueltos aunque continuados, y que ayuda a comprender una época que parece haber desaparecido de la memoria internacionalista de la izquierda.

El unicornio negro.

Lo único que me da miedo de la cuarentena es que, con tanto estímulo a aprovechar para hacer todas las lecturas pendientes, me acabe olvidando de las oposiciones. El caso es que de momento he aprovechado para devorarme mi #unpoemarioalmes del mes de marzo, y si alguna pega le pongo es que voy a necesitar releer despacio algunos de sus poemas, más intensos si se saborean con calma.

No entraba en mis cálculos leer a Lorde, al menos en estos primeros meses. Tenía una lista con poetas pendientes y orden de prioridades, pero tras varias visitas a la librería sin encontrar a ninguno y con ella mirándome así, retrato Mona Lisa desde la estantería, decidí que era inevitable. La edición, además, es fantástica. La había ojeado a veces, mientras buscaba otras cosas, admirada como me admiro ante quien es capaz de producir (físicamente) un buen libro. Después he descubierto que la colección Torremozas edita únicamente poesía de calidad escrita por mujeres. Una maravilla, vaya. No me juzguéis por el descubrimiento tardío, ya dije hace tiempo que en esto de la poesía soy lectora novata.

Audre Lorde es, para quien no la conozca, una referencia fundamental de los feminismos negros de la segunda mitad del siglo XX. La tenía asociada a Barbara Smith y le había leído alguna cosa, pero nunca sus poemas. El unicornio negro es uno de sus poemarios más relevantes y el primero que se tradujo al castellano. En él, Lorde habla de erotismo, de la figura materna, de diosas africanas, asesinatos racistas, lesbianismo, negritud e identidad fragmentada. El resultado es un conjunto duro y bello (cómo si no), que desprende una firmeza nacida del dolor y que se alza sobre la injusticia con la frente orgullosa.

Me quedo, si tengo que elegir (y pendiente todavía de la relectura de algunos trozos) con «Las mujeres de Dan bailan con espadas en las manos para señalar el tiempo en que eran guerreras», «Harriet», «Letanía para la supervivencia» y «Elogio de Alvin Frost». Si tenéis oportunidad, leerla. Tiene todo lo bueno: revuelve y moviliza.

Una lenta impaciencia.

Sin duda alguna, Una lenta impaciencia es lo mejor que he leído en el último tiempo. Los primeros capítulos son expansivos, arrolladores; hacía mucho que no necesitaba parar la lectura cada pocos párrafos para tomar aliento. Bensaïd conjuga sus características lucidez y agudeza políticas con una prosa espectacular y una batería infinita de citas, referencias y alusiones (literarias, filosóficas, filmográficas, populares…) que da al texto una densidad poco común sin llegar a dificultad la lectura. Esa riqueza intratexual (cualquier cosa puede estar refiriéndose a algo más de lo que percibes a simple vista) es probablemente una de las cosas que más he disfrutad (saboreado) del libro. La otra, claro, son los debates.

Presentada como una autobiografía, esta obra rara a caballo entre narrativa de no ficción (¿novela?) y ensayo no contiene nada parecido a la trayectoria lineal de una vida. Ni siquiera, me atrevería a afirmar, es demasiado útil si lo que se quiere es informarse sobre ella. El autor hace una suerte de aviso al comienzo: «¿cómo abordar una historia en la que lo individual y lo colectivo se mezclan sin cesar?». A partir de ahí, los capítulos se entrelazan abordando algunos de los debates fundamentales que han atravesado a la izquierda revolucionaria durante la segunda mitad del siglo XX, con la cuestión de la estrategia siempre de fondo y una pátina desbordante de amor por la vida.

Entrar a enumerar los diferentes temas que toca el autor sería complicado, y probablemente muchos de ellos quedarían castrados al tratar de reproducirlos. Me detengo por tanto solamente en tres aspectos, que marcan el libro en todas sus partes y que están evidentemente ligados entre sí. Es, obviamente, una selección personal, condicionada por mis empatías y filias personales. Habría muchos más, pero hoy me apetece especialmente destacar estos:

1. El internacionalismo de Daniel Bensaïd es una emoción que arrastra su escritura, su comprensión del mundo y su práctica política. En el libro dedica partes, si no capítulos enteros, a varios de los países en los que hizo trabajo para la IV Internacional: Argentina, Brasil, Portugal, México y el Estado Español. Asomarse a esas líneas es enamorarse profundamente de la gente buena que habita cada uno de ellos y de todas las cosas bellas que allí se crean.

2. No hay moral castrense alguna, disciplina monacal ni represión de los sentidos en la concepción vital y política del Bensa. Por suerte. La música, los bailes, la comida y la bebida, las berbenas o cenas con amigos, los viajes al mar y la montaña y la buena literatura construyen un universo donde, a pesar de todo, vivir merece la pena. Resulta impresionante la cantidad de referencias que maneja Daniel, su capacidad para introducirlas en la narración haciendo que su escritura alcance nuevos niveles. Una lectura consciente implica sentarse ante el libro subrayador en mano, para facilitar poder recuperar todas las referencias, todas las admiraciones, todos los títulos de canciones, de discos, de películas, cantantes y novelas de unos y otros lugares del mundo. Recoge de Fourier la idea: un error de la política civilizada es no contar para nada con el placer.

3. Militar es -esto ya lo sabemos- una pasión alegre. El comunismo es «una rabia del presente» y militamos por lealtad a los desconocidos. Hay personas (camaradas) con quienes nos une una lealtad innegociable. Uno escoge campo, primero, por un movimiento del corazón. Luego ya encontrará las razones de esas pasiones.

Leed a Bensaïd.

Hasta aquí.

Sigo con #unpoemaarioalmes y para febrero había decidido leer a Szymborska. No sé qué me esperaba de un Nóbel de Literatura dado a una poeta, pero desde luego algo mucho más cursi. Qué cliché más horrendo, el de asociar la poesía premiada a rimas pastelosas y pensar que todo demás tiene que ser necesariamente marginal y poco reconocido. Supongo que buena parte de la culpa la tiene un sistema educativo que nunca va más allá de Azul de Rubén Darío y los románticos del XIX. Menudo desastre.

Para quienes ya la hayáis leído, lo que digo a continuación no va a revelaros nada, pero para mí Szymborska ha sido toda una sorpresa. Hay algo en sus poemas difícilmente descriptible, que nos sitúa de manera limpia (abierta), concisa y unívoca ante toda su carga irónica e indiscutible. Hay poco cuestionamiento posible. Dicen Abel Murcia y Gerardo Beltrán, traductores de la polaca y entrevistados al final del libro, que Szymborska hace una selección léxica «de exactitud farmaceutica». Es exactamente eso.

Hasta aquí es el último poemario publicado por Wislawa Szymborska antes de morir. Lo escogí un poco al azar (en mi librería tenían sólo éste y una antología) y me pregunto si quizá habría sido mejor empezar por alguno previo, en ella más embrionario. Lo he acabado, en todo caso, saboreando el buen gusto. Y convencida de que repetiré autora de aquí a unos meses.

La amiga estupenda.

Acabo de terminar de leer La amiga estupenda y me cuesta sacarme el olor a Nápoles de la cabeza. Me recomendó el libro una amiga italiana a la que quiero mucho y, en esto de vincular países y ciudades a personas, decidí leerlo convencida de que me iba a gustar como me gusta ella. No ha decepcionado. El haber viajado a Nápoles en octubre, el tener muy presente todavía la sensación profunda que esa ciudad provoca, ha enriquecido la lectura con atributos casi materiales.

La desconocida Elena Ferrante hace algo que muchos otros intentan con resultados muy alabados pero generalmente mediocres: nos da acceso a la realidad a través del filtro de la comprensión de la narradora, Lénu, primero una niña y una adolescente de 16 años al final del libro. Y esto, que en casos tan aplaudidos como El niño con el pijama de rayas resulta estúpido y nos presenta a los niños como seres simplones incapaces de malos afectos, aquí se vuelve un ejercicio maravilloso. Lénu puede ser envidiosa y calculadora, albergar malos deseos y valorar fríamente si actuar de una u otra forma en función de la consecuencia buscada. Lénu es, en fin, una niña como lo fuimos todas nosotras, y su relación con Lila recuerda seguramente a esa relación tan horrible como querida que la mayor parte de mujeres tuvimos en nuestra infancia con nuestra mejor amiga.

La autora capta de manera excepcional la evolución de la protagonista (¿o es quizá Lila, en realidad, la verdadera protagonista?), y con comentarios sutiles nos permite intuir las miserias particulares de cada personaje, las complejas imbricaciones sociales del barrio y toda una capa de realidad política y social que se desarrolla sin que Lénu sea consciente de ello. El resto de personajes (los muchachos, las chicas, los compañeros de colegio, los adultos del barrio y aquellos otros que despuntan individualmente) no tienen nada de decorado ni figurantes: son reales hasta puntos que duelen.

No sé cuándo podré ponerme con Un mal nombre, el segundo de la tetralogía y que tengo ya también por casa, pero espero el momento con ganas. Y sé que está manido y que, especialmente desde que hicieron la serie, Elena Ferrante ha sido un nombre constantemente recomendado, pero de verdad que merece la pena leer La amiga estupenda.

La belleza del marido.

Me habría gustado tener tiempo para leer La belleza del marido del tirón; dudo que me hubiese ocupado mucho más de dos horas. Elegí este título como mi primera lectura del reto #unpoemarioalmes, con el que pretendo ponerme por fin en serio con la eterna tarea pendiente de leer (y sobre todo, conocer y forjarme un criterio) poesía. He leído cosas, claro, pero siempre de manera aislada, sin sistema alguno, y me pesa el carecer de un mapa mental por el que orientarme como el que sí tengo para la prosa. Así que, como propósito para este 2020, he decidido dejarme aconsejar por algunas personas en cuyos mapas confío enormemente.

Me habría gustado, decía, tener tiempo para leer La belleza del marido del tirón, porque hacía tiempo que una novela no me inundaba tanto. También es verdad, claro, que últimamente he leído mucho ensayo. Anne Carson logra conmigo lo que la mejor literatura ha hecho siempre: me sumerjo, desaparece el afuera, la realidad se esfuma mientras dura la lectura. No es exactamente enganche (no hay giros trepidantes, ni intrigas no resueltas ni nervios por el próximo acontecimiento) sino algo mucho más auténtico: amor, belleza, verdad. Siempre pensé que no tiene que recurrir a efectos especiales quien es capaz de narrar lo bello.

Creo que es la primera vez que se diluyen para mí de esta forma las fronteras entre literatura y poesía. Quizá porque estaba acostumbrada a acercarme a lo escrito en verso con un ánimo diferente al que tengo cuando empiezo la lectura de una novela. Carson dinamita esa frontera y me parece algo maravilloso. No podía estar más contenta con mi poemario de enero.

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