La Huelga General Feminista ¡va!: historias de un proceso en curso.

Entre julio y agosto aproveché el trabajo de preparación de una mesa redonda titulada «El movimiento feminista ante nuevos retos: estrategias para salir del impasse» (que tuvo lugar en la XVI Universidad de Verano Anticapitalista y que podrá disfrutarse en breves en formato podcast, con interesantísimas intervenciones a mi lado por parte de Nuria Alabao y Justa Montero) para leer algunas cosas que hacía ya tiempo que tenía pendientes. Una de ellas fue este libro precioso (qué belleza de edición) que en 2021 me trajo en mano desde Chile la compañera Karina Nohales.

Impulsado por la Coordinadora Feminista 8 de Marzo de Santiago de Chile, el libro busca ejercer de archivo público, de memoria colectiva y de herramienta para la socialización de toda la experiencia, materiales y aprendizajes generados por las huelgas feministas de 2018, 2019 y 2020. Hay detrás de este planteamiento una idea poderosa: que lo que hemos hecho es importante. Que merece y necesita ser contado. Que puede ser de utilidad para otras personas. Me parece muy interesante y valioso este paso más allá en el «tomar la voz» feminista. Solamente por ello, el libro ya merecería la pena.

Este trabajo de documentación está estructurado en tres partes: artículos, entrevistas y documentos. Personalmente la sección central es la que más me ha interesado: se trata de conversaciones relativamente largas, con mujeres procedentes de territorios, organizaciones y posturas políticas muy diversas, lo que permite tener una imagen bastante completa del proceso de construcción del movimiento y de sus potencias y límites políticos. Es bastante estimulante pensar a raíz de ellas, ver qué puntos tienen en común con tu propia experiencia, en qué coincides y en qué no. Y el formato (mismo primer bloque de preguntas para todas las entrevistadas, permitir hablar, aceptar respuestas colectivas, transcribir sin edición apenas) me parece profundamente respetuoso y acertado.

Respecto al bloque de artículos, mi valoración es dispar. Textos cortos y muchas veces apenas cronológico-descriptivos, el intento de permitir narrar a representantes de todo el espectro feminista resulta al final repetitivo y plano. Si bien el movimiento feminista adquirió en 2018 un nivel político muy elevado, muchos de los nodos de la constelación no llegaron a desarrollar realmente marcos de discusión y comprensión estratégica, lo que se nota mucho en la capacidad narrativa/propositiva posterior. Las entrevistas funcionan, en ese sentido, mucho mejor.

Por último, el bloque de documentos recoge todos los manifiestos, declaraciones y programas hechos públicos por el movimiento desde 2018 hasta 2020 (fecha en la que se escribe el libro). Por supuesto que el contenido de muchos de ellos ya lo sabemos: era lo mismo que estábamos escribiendo nosotras aquí, lo mismo que tantas elaboraban en tantos lugares del mundo. Pero aún así, me ha gustado leerlos por tres razones. Primera: el papel central que las feministas tuvieron en la revuelta chilena convierte su producción y sus discusiones en elementos importantísimos a gran escala. Segunda: las situaciones específicas que combatían y siguen combatiendo las feministas chilenas, como la lucha por la autonomía y la dignidad del pueblo mapuche o contra las torturas frecuentes en comisaría, hacen de sus documentos una fuente de la que aprender e inspirarnos. Tercera: merecemos la memoria, merecemos poder pensarnos con el filtro del tiempo, necesitamos la acumulación y la experiencia. Y por si eso fuera poco, el «Programa feminista contra la precarización de la vida» es un trabajo fantástico que nos da muchas pistas de por dónde avanzar.

Las compañeras de la Coordinadora 8M de Santiago de Chile se curraron, en plena pandemia, un libro chulísimo. Cuidado, precioso (qué tremenda elección de colores) y acertado en lo estético y en lo político. Creo que es difícil de conseguir por este lado del Atlántico, pero si por casualidad os lo encontráis por cerca vuestro, no dudéis en echarle un ojo. Gracias a Karina por tremendo regalo. Y aprovecho para recordar: falta menos de un mes para el 11 de noviembre, así que todes a pensar y a construir la Huelga General por la vivienda.

Tengo miedo torero.

Cogí el libro de Pedro Lemebel como por casualidad. Lo había comprado con muchas ganas hace ya tres años, pero nunca había tenido la sensación de que fuese su momento. No sé si éste lo era realmente, pero el caso es que me autoconvencí de llevármelo a la playa (pequeño, compacto y pendiente desde hace tiempo, suficientes argumentos) y ahora manejo aún lleno de arena este artefacto bellísimo y delicado, tan esperanzador y profundamente humano.

Tengo miedo torero es la única novela de Lemebel. Sabía de ella y de su autor los rasgos básicos que se conocen de tode integrante de un canon: chileno, homosexual, comunista, imperdible cronista y militante contra la dictadura de Pinochet. A pesar de llorar con ese «Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota. Yo quiero que vuelen compañero, que su revolución les dé un pedazo de cielo rojo para que vuelen»… yo no le había leído. Temía quizá encontrarme con algo parecido a un cliché, a un escritor de panfletos. No sabía cuánto me equivocaba.

En muchísimos sentidos, Tengo miedo torero es una historia de amor. Y aunque el vínculo entre la Loca del Frente y Carlos es la trama que conduce todo, me atrevería a decir que los amores reales son también otros. Amor por todes quienes sobreviven y logran labrarse una vida, un sentido, unas ganas de vivir y de compartir y ser amade. Por quienes caen intentándolo. Amor por quienes comprenden, aún sin entender, que vivir no es realmente posible sino rehuyendo el silencio, la ambigüedad, la colaboración y la neutralidad ante la opresión y el miedo. Que militar, tomar partido, implica abrir una puerta a otra vida. Y que es ahí donde las pasiones y los afectos devienen vivos, reales.

Los personajes de Lemebel no son sencillos sino complejos y verdaderos. Hay en ellos, en la forma en la que se abren en ellos la ilusión y la ternura, ese fondo infantil y honesto que nos convierte a todes en seres humanos. También: la dureza. Las condiciones durísimas de la dictadura están permanentemente presentes en el relato, pero nos concentramos en la ternura de tal forma que casi cuando reaparecen de manera más cruda se nos hacen intolerables y desgarradoras. Es una de las cosas más hermosas de Lemebel: cómo evidencia su escritura la contradicción natural entre la humanidad (el amor, el asombro, la belleza) y un sistema asesino de todo lo que huela a vida.

La vida de la Loca del Frente desde que conoce a Carlos lleva intercalados algunos capítulos sueltos donde la voz narradora pasa a Lucía Hiriart, mujer de Augusto Pinochet. Personalmente tardé en comprender qué pasaba y los primeros párrafos se me hicieron extraños, como si necesitara seguir con el relato interrumpido. Pero el resultado es verdaderamente brillante. Lemebel cambia aquí también el tono narrativo y se permite un humor mordaz y cuidado, divertidísimo, que por contexto queda fuera de la historia principal y que hace del libro un conjunto genial, luminoso y bello.

Sin destripar la historia, dos símbolos: el primero, el del mantel bordado. Tantas cosas condensadas en ese tótem, en ese viaje en bus, en ese picnic campestre, en esa playa. Que una querría abrazar a la Loca del Frente y dejarse llorar hasta quedarse seca. El segundo, el viaje en taxi. «El ojo de selva mar llamado Laguna Verde», el sobrecogimiento de lo inmenso y lo bello, lo puro y lo verde y lo azul diciendo que sí, que tiene sentido la vida (la militancia, el amor) y todo lo que damos por ella. Y la Loca diciéndole a Carlos: «Toda la vida te voy a agradecer esa pregunta».

Solo quería bailar.

Avanzamos con las lecturas de verano. Al empezar julio pensé que me apetecía leer algo ligero y un poco punki y me acordé del libro de Greta García, bombazo editorial hace un par de años y que varias amigas me habían recomendado. Así que Solo quería bailar se vino en mi mochila a la primera de las dos travesías de montaña que he hecho estos meses: lo empecé rodeando el Aneto y lo acabé en la playa en algún punto de Almería.

Mi primera impresión cuando comencé la lectura fue que, efectivamente, era buenísimo. Ameno y divertidísimo, las primeras páginas se pasan entre la sorpresa/descubrimiento y la risa contenida con cada nueva gamberrada. Al avanzar algo más, sin embargo, la tónica se me hizo repetitiva. Quizá (no sé): demasiada escatología. Las primeras dos veces que lees lo del palo en el culo puede hacerte gracia, pero el recurso constante y sin variación a este tipo de fórmulas me parece forzado, aburrido y mucho menos provocador de lo que a todas luces pretende (¿lo de los dildos del compañero de piso? Venga ya…). Me llegué a sentir, más o menos hacia la mitad del libro, igual que con Panza de burro: hastiada y casi un poquito enfadada de que me tomaran por tonta.

La historia personal de la protagonista es para mi gusto lo mejor del libro. No tanto la historia que le ha llevado a estar en la cárcel, sino los relámpagos que se van colando sobre su familia, la relación con sus padres, la supervivencia, la necesidad de cariño. Hay una contracción entre esa necesidad de protagonismo, de liarla todo el rato, y una carencia afectiva que la ablanda en situaciones jodidas y nos hace empatizar, a pesar de su perorata, con ella.

Por seguir con la comparación, el personaje de Pili está mucho mejor construido que la narradora de Andrea Abreu. En ambas existe una tensión entre lo crudo/escatológico y la herida, entre la insensibilidad y la necesidad de ternura. Pero si en Panza de burro esto último no termina de expresarse (ese es su gran problema), Greta García logra escapar de la mera repetición lingüística a través de un final mayúsculo. El libro es lo suficientemente breve como para que, justo cuando estás pensando si quizá seguir leyendo merece la pena, Pili salga de aislamiento y se ponga a bailar en el comedor de la cárcel y todo se paralice y exclames: joder, qué bueno. El hartazgo por los recursos fáciles (y entiendo que es difícil representar la diarrea verbal sin terminar haciendo eso mismo, pero qué pereza siempre) se lo perdono a la autora por ese cierre increíble y durísimo, por esa demostración de sensibilidad y esa forma de lograr que, de pronto, todo lo anterior pase a estar hablando de otra cosa.

Los jacobinos negros: Toussaint L’Ouverture y la Revolución de Haití.

Tras dos meses sin sentarme aquí, retomo las reseñas después de un verano en el que he descansado poco pero desconectado mucho, hecho un montón de cosas guays y, ante todo, leído bastante. Así que el blog vuelve a estar (muy) desactualizado y volvemos, o eso espero, a la dinámica de reseña por semana. A ver si antes de final de año logro tenerlo de nuevo al día.

A principios de verano, o en ese espacio de transición que son los meses de mayo y junio, leí por fin la obra magna de C. L. R. James, Los jacobinos negros. Era uno de mis propósitos de lectura del curso pasado (cuatro años llevaba ya en mi estantería), y puedo decir que comencé las vacaciones casi habiéndolo acabado. No descubro nada si digo que es un libro monumental e importante. A mí me sorprendió especialmente el descubrir que está escrito en 1938 – me lo imaginaba algunas décadas posterior, fruto del boom de la historia social de los años 60. Creo que este dato explica buena parte de los problemas que nombro a continuación, a la vez que refuerza su valor como investigación pionera y como toma de posición historiográfica.

La obra adolece de una relativa ausencia de fuentes primarias (James trabaja sobre todo con estudios biográficos previos, memorias de los protagonistas, y correspondencia oficial y personal conservada en los archivos Nacional y del Ministerio de Asuntos Exteriores franceses), obligándonos en muchas ocasiones a asumir como cierto el relato narrado en primera persona por alguno de los protagonistas. Junto con éste, quizá su mayor problema sea el modo en que asume un vasto conocimiento previo sobre la Revolución Francesa y sus actores, así sobre la geografía e historia de Haití y Santo Domingo. Esto dificulta la lectura, que pese a ser fluida y poco o nada teórica (recurre más bien a menudo a un estilo narrativo casi literario), puede llegar a hacerse embrollada y confusa por la falta de orientación y de referencias.

En los momentos en que se permite alguna reflexión propia, James se revela como políticamente brillante. Hay en su aproximación a la Revolución haitiana un radical posicionamiento acerca del colonialismo europeo en África (recordemos que el libro está escrito en los años 30 del siglo XX), de la Revolución en sí como proceso histórico, de la formación de los sujetos políticos, de la articulación entre raza y clase y de la estrategia política para la emancipación humana. Sin caer en acercamientos naifs bienpensantes, James parte de la asunción de los efectos terribles que la esclavitud y el colonialismo causan en los seres humanos (y las implicaciones que esto tiene en su actuar posterior), así como del reconocimiento de la legitimidad y la imposibilidad de juzgar dese un cierto prisma moral la violencia. «La propiedad y los privilegios engendran siempre crueldades mucho más feroces que la venganza de los pobres y los oprimidos. La primera tiende a perpetuar la injusticia infligida, la segunda es una pasión momentánea que no tarda en aplacarse».

Otra cosa que me ha gustado del libro es el modo en que demuestra cómo «el liderazgo político es una cuestión de programa, estrategia y táctica, no del color de quien lo ostenta, su común vínculo con el pueblo ni los servicios prestados». L. C. R. James no busca realizar una apología, ni de Toussaint L’Ouverture ni de ninguno de sus generales y consejeros. Los muestra como hombres complejos, que toman decisiones ambiguas y muchas veces contradictorias, que cambian de opinión en repetidas ocasiones y que se ven forzados quizás a acciones que no querrían, pero hacia las que les empujan la correlación de fuerzas y las presiones sociales.

Hay algo tremendamente potente en un historiador negro y marxista, oriundo de Trinidad y Tobago, atreviéndose a publicar en plena época de ascenso del fascismo algo como este libro. Una toma de partido y un ejercicio ejemplar de lo que debería de ser la Historia. Leerlo 88 años más tarde (ahí es nada) supone necesariamente detectar metodologías y otros aspectos mejorables. Pero también llenarse de emoción y espanto ante la existencia humana, y reafirmarse en la convicción de que la emancipación es necesaria pero también posible. Los jacobinos negros puede leerse, en fin, de diferentes maneras: como un simple relato histórico (es ésta quizá la lectura más difícil y que mayor acto de fé requiere), como un análisis de la opresión racial en el Capitalismo, o como un fantástico tratado sobre la forma y las necesidades de las Revoluciones proletarias.

One Big Union.

Ahora sí que sí: tengo a punto de acabar otros tres libros (uno en casa, otro en el trabajo para los descansos, otro más cortito que me subí en la mochila la semana pasada de travesía), pero el de Valerio Evangelisti es, a día de hoy, la última lectura pendiente de su reseña. Podéis emitir sonidos de asombro (los de júbilo también valen): desde hoy este blog ha dejado de estar desactualizado.

One Big Union fue el segundo tocho de mi propósito lector para este 2026. Esperaba en la estantería desde hace un par de años, y la verdad es que no me esperaba que me fuera a gustar tanto. Es el segundo título de una trilogía (se pueden leer sueltos) dedicada al movimiento obrero estadounidense, y está ambientado en las décadas de formación y crecimiento de los woblies, uno de los sindicatos más admirables y relevantes de la historia de la lucha de clases. Me ha ayudado mucho a entrar en la historia y a comprender algunas de las tramas un cierto bagaje previo sobre el IWW (la autobiografía de Mother Jones, el fantástico libro Dinamita: historia de de la violencia de clases en Estados Unidos escrito por Louis Adamic en 1931), así como el haber sido testiga directa, durante un viaje por militancia en 2019, del trabajo de las agencias anti-unions en el presente.

El protagonista, Robert Coates, es un espía antisindicatos que trabaja a sueldo para la agencia de detectives Burns, que acabaría convirtiéndose años más tarde en el actual FBI (toma ya). Reclutado cuando trabajaba como mecánico de trenes, Coates pasará toda su vida viajando a lo largo y ancho de los Estados Unidos buscando reventar huelgas, encarcelar a líderes obreros, provocar disturbios que faciliten la represión y contentar a patrones y empresarios. A través de este periplo conocemos las vicisitudes de una clase obrera, la estadounidense, aún en formación a finales del siglo XIX, compuesta por hombres y mujeres procedentes de casi todos los países del mundo.

Leo que Valerio Evangelisti «es uno de los autores de referencia de lo que se ha dado en llamar Nueva Epopeya Italiana o Nueva Épica Italiana», y que sus libros buscan reflejar las grandes epopeyas protagonizadas por los nadie. One Big Union me ha parecido un libro entretenidísimo y perfecto para el verano: una novela de acción y aventuras con muchísimo contenido social por debajo. Os lo recomiendo un montón si estáis buscando lectura para la playa (el mío lo tengo lleno de arena) o para cualquier viaje. Por mi parte, tengo pendientísimo buscar por las librerías Antracita y Todo han de ser, la primera y tercera parte de la trilogía. Gracias siempre a Hoja de Lata por traducir tremendas cosas chulas.

A la sombra del granado.

Por fin: llegamos a las lecturas de este verano. Lo que significa que nos vamos acercando al final de este maratón de recensiones retrospectivas y se dibuja en el horizonte la ilusionante posibilidad de tener este blog al día. Veremos.

Entre finales de mayo y principios de junio estuve unos días de vacaciones en Granada y busqué, como hago desde hace un tiempo, alguna lectura previa para acompañar el viaje. Leer a Tariq Ali me hacía especial ilusión, por su renombre en la novela histórica (que tengo ahora abandonada, pero que devoré con fruición en mi adolescencia) y por su papel en el campo del marxismo revolucionario. Historiador pakistaní y figura de relevancia en la New Left británica, con una admirable trayectoria vital como dirigente trotskista, Ali sigue siendo a día de hoy una de las cabezas más lúcidas en lo que a política internacional y lucha internacionalista se refiere. Sus trabajos sobre recomposición política y conflictos interimperialistas en Oriente Medio, así como sus publicaciones sobre Palestina, son absolutamente recomendables.

A la sombra del granado narra los años posteriores a la conquista de Granada por los Reyes Católicos (en concreto, desde la llegada de Cisneros a la ciudad), desde la perspectiva de una familia noble musulmana y señores de al-Hudayl, un pueblo ficticio a 40km de la capital. Este es el primer punto en el que el libro me ha decepcionado: si bien la caracterización de clase es honesta, esperaba encontrar una historia más marcada por las contradicciones de clase y no solamente por las religiosas o civilizatorias. Personalmente me interesa más bien poco la vida de un noble que se folla a las criadas y que, hasta el momento crítico, no ha tenido necesidad de enfrentarse verdaderamente a la vida ni a las consecuencias de sus decisiones. El momento está muy bien elegido, pero la historia habría ganado muchísimo de ser contada por cualquiera de los habitante del pueblo, por ejemplo Juan el zapatero.

Lo más interesante es, posiblemente, el modo en que Ali se esfuerza en recuperar la toponimia árabe original de la Península Ibérica. Así, Granada es Gharnata, Valencia es Balansiya, Sevilla es Ishbiliya o Córdoba es Qurtuba, por ejemplo. También se mantienen en árabe algunas palabras afectuosas como madre o padre, y relativas a formas literarias o instituciones públicas. Por lo demás, el libro cuenta con todos los tropos requeridos para una novela histórica al uso: amor entre castas, familiar desaparecida durante décadas que retorna misteriosamente a casa, personaje anónimo rodeado de secretos, pater familias atormentado y benefactor, etc.

Una lectura sencilla y ágil, ideal para llevarse a la playa o quizá para un viaje, donde se puede leer a trompicones y una necesita que la trama no sea demasiado densa. En conjunto, un libro mucho más trivial de lo que esperaba, aunque con algunas partes interesantes en lo que a la convivencia cultural se refiere. Me hizo ilusión, eso sí, descubrir un carmen en la parte alta del Albaycín cuyo azulejo de la entrada rezaba así: a la sombra del granado.

Los mandarines.

Uno de los propósitos lectores que me planteé para este 2026 fue animarme a leer algunos de los grandísimos tochos que tengo por casa y que compré en algún momento con ganas, pero para los que parezco nunca tener tiempo. Los mandarines, que tengo en una edición argentina del año 72 cuya cubierta está a punto de desintegrarse, ha sido el primero de ellos.

Con cerca de 700 páginas y una doble voz narradora (en tercera persona para Enrique, en primera persona para Ana), el libro nos muestra la vida de un grupo de intelectuales franceses en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Antiguos compañeros de la Resistencia, la liberación de París les deja ante la ficción de recuperar unas vidas que ya no existen. El compromiso político o las ganas de huir de él, la relación con el PCF, el hedonismo posible pero a qué costa, los vínculos con colaboracionistas, la imposibilidad de una ética individual, el sentido de la escritura y la idea de creación misma son algunos de los temas transversales de una novela que (leo en la contracubierta) generó en su momento un gran revuelo que trataba de reconocer en sus personajes a figuras reales próximas a la autora.

En general, el libro me ha gustado mucho. Aunque en algunos momentos me ponía nerviosa una cierta demostración de snobismo o clasismo encubierto de buenas intenciones por parte de sus protagonistas y de la forma en que la narración da por normales ciertas formas de vida (el viaje a Portugal, la casa de campo, toda la experiencia de Ana en América), la historia está súper bien hilada y me ha parecido especialmente interesante y creíble la evolución tan dispar de los diferentes integrantes del maquis y la Resistencia. Desde Vicente a Lucas o Sezenac, es quizá esta interacción de la humanidad con la política (la toma de decisiones, la responsabilidad de los propios actos) la que más me ha interesado. Mucho más, desde luego, que los intentos de un Dubreuihl-Sartre por crear algo así como una izquierda no comunista. Y pese a ello, me parece que las dimensiones morales y las implicaciones humanas de la ruptura con el PCF están muchísimo mejor retratadas en Los mandarines que en otros libros de la época como, por ejemplo, El cuaderno dorado. En Beauvoir no hay cinismo: la preocupación es sincera.

Hay, por tanto, dos puntos en los que el libro me parece magnífico. El primero es esta indagación acerca de la imbricación entre posicionamiento político y personalidad humana, entre intereses individuales y colectivos (¿son posibles, acaso, los primeros sin los segundos?). El segundo (y aquí se despliega toda la monstruosidad de la autora) es la aproximación que se realiza al amor y el enamoramiento. Desde la imagen potentísima de Enrique follando «con una mujer ida» (uf), pasando por toda la demencia de Paula, hasta muy especialmente la relación de Ana con Lewis. Esa sensación de revelación, ese sentimiento de absoluta verdad. La mujer viva y la mujer muerta. Cómo no sentirse reconocida. Y la pregunta fatal: ¿merece acaso la pena sanar?

Los mandarines habla de muchísimas cosas pero yo elijo quedarme con dos: la importancia de les otres (qué final) y el compromiso con nuestros propios actos y decisiones. La gran verdad y la enorme potencia del existencialismo.

La rebelión de La Amistad: una travesía atlántica de esclavitud y libertad.

Vamos con la que ha sido la lectura que por el momento más me ha entusiasmado de este año: el último libro de Marcus Rediker, historiador especializado en los marineros, esclavos y revolucionarios de la larga historia del Atlántico colonial. La lucha de clases en altamar y la historia social de quienes se echaron al mar (fundamentalmente esas gentes que ahora categorizamos como piratas) es algo sobre lo que controlo poco pero que cada vez me interesa más. Llevaba mucho tiempo queriendo leer algo de Rediker, y una vez hecho puedo decir que tardaré poco en buscar sus otros libros. La rebelión de La Amistad no es únicamente un tremendo ejercicio de Historia: es, además, un libro fascinantemente narrado y una oda a las luchas por la emancipación humana en cualquier época.

Con un título que juega al equívoco (y que resulta, a mi entender, profundamente certero), el libro cuenta la historia de 49 hombres africanos adultos y 4 niñes que, tras vivir el infierno de ser secuestrados en el interior de la costa de Sierra Leona y de atravesar el Atlántico hacinados en un barco de esclavos, se rebelan tomando el control de La Amistad, barco negrero cubano, logran llegar navegando hasta Estados Unidos, aprenden inglés, ganan un juicio que les da la libertad, y vuelven a África a reencontrarse con sus familias. Que algo así pasara en 1839 es, en sí mismo, un foco de luz, de emoción y de esperanza. La elección de Rediker de contar la historia, y de hacerlo desde la agencia de sus protagonistas, es un ejercicio de justicia que no se queda en la reparación, sino que cimenta la posibilidad y el coraje de insurrecciones futuras.

El libro atraviesa la historia de manera cronológica, estudiando no sólo los hechos sino también su contexto y el de las formaciones sociales de comienzos del siglo XIX. Así, leemos sobre la articulación urbana de Costa Gallinas, las factorías esclavistas del español Pedro Blanco en Sierra Leona y el complejo sistema de castas raciales creado por el colonialismo, pero también sobre el papel del cristianismo en el movimiento abolicionista estadounidense o sobre la estructuración jerárquica a la par que asamblearia de las sociedades secretas africanas. El primer capítulo supone una brillante demostración de historia desde abajo, poniendo nombre y biografía a cada uno de los hombres y de les niñes que viajaban en La Amistad y dando como consecuencia individualidad (es decir: personalidad, agencia, una humanidad específica) a quienes suelen ser considerados como masa.

La rebelión de La Amistad es un libro fascinante y súper bien escrito, que se lee con avidez y que rompe con el discurso de la gente negra esclavizada como un cuerpo pasivo. Recomienzo muchísimo su lectura e incluso me parece que puede ser una excelente opción como libro para este verano. Si el caso supuso en su época un escándalo y un ejemplo para otros grupos de africanos esclavizados que decidieron seguir el ejemplo de La Amistad y alzarse, creo que en el presente puede ser también inspiración y aliento para quienes combaten por la libertad en todas partes: se puede ganar. Por supuesto que se puede.

Panza de burro.

Tengo un problema con los booms editoriales. Me dio mucha pereza leer Panza de burro en su momento, cuando resultó ser «la mejor revelación del año», y no habría llegado a mi estantería de no ser por mi hermano, que me lo regaló hace dos navidades. En marzo de este año fui a Tenerife a visitar a mi amiga María, y me pareció el motivo perfecto para decidirme a abrirlo. Reconozco que el prólogo de Sabina Urraca me hizo dudar (aquí amamos El celo como uno de los mejores libros en este blog reseñados), pero creo que a pesar de la gamberrada que se marca Andrea Abreu, hay algo que sigue sin convencerme.

Una tiene la impresión de que en lo que se presente ruptura hay, precisamente a través de lo gamberro y escandaloso, un recurso a lugares comunes. Me gusta cómo se construyen los personajes y los matices que vamos encontrando en Isora (especialmente el recurso no al retrato físico, sino la retrato a través de lo físico), me entra bien el lenguaje (algo de que lo que dudaba al principio) y me parece interesante el modo en que algunos temas se van colando por detrás de la primera capa narrativa. Me interesan las figuras ausentes (los desaparición o por explotación laboral) y los momentos de exhibición de clase. Pero la puntilla dada siempre a través de lo escatológico o lo lúbrico me resulta facilona y me aburre.

Si bien la primera parte del libro se lee con novedad e interés, al menos a mí me pasó que aproximadamente a partir de la mitad me empezó a parecer plano, sin evolución ni enganche. Entiendo que es la primera novela de la autora y que desarrollar todo el universo y el lenguaje del libro es ya de por sí un trabajo admirable, pero me quedé con la duda de hasta qué punto tantísima loa tuvo que ver con eso, con lo aparentemente provocador de un escándalo que ya conocemos de sobra.

El lugar de un hombre.

Sender es, con mucha diferencia, el autor de quien más libros tengo en mi biblioteca. Mezcla de casualidad (los libros llegaron a mí) e intención, lo cierto es que el aragonés es uno de mis autores favoritos e intento combatir la pila de pendientes leyéndole uno o dos títulos al año. 7 domingos rojos es, con mucho, uno de los libros que más me han fascinado jamás, y por aquí podéis encontrar las reseñas de Míster Witt en el cantón y El verbo se hizo sexo, preciosísimamente editados por Editorial Contraseña (que, por cierto, preparó también el año pasado una edición de El lugar de un hombre… pero a ver quién se resiste a ésta de la CNT del 58, mirad esa portada).

Escrito en su primera versión en 1938, Sender se inspiró para ello en un caso real ocurrido en la serranía de Cuenca durante la dictadura de Primo de Rivera. Podéis encontrar la historia fácilmente por internet, incluso en la web de Contraseña, pero personalmente me decanto por no contarla para preservar así el fantástico comienzo del libro, en mi opinión la parte más sobrecogedora y más característica de la escritura de Sender.

Aunque entiendo el sentido del relato, no ha sido un libro que me haya fascinado. La parte inicial (el realismo mágico del accidente del protagonista, la preparación de la partida de caza) cumple con las mejores expectativas de quienes ya conozcan al escritor, pero a partir de ahí la trama se vuelve pura disquisición ética y, aunque interesante, baja mucho el nivel del libro.

Por otra parte, la lectura de género me ha sorprendido muy negativamente. Las mujeres son en la literatura de Ramón J. Sender una fuerza magnética, hay en su escritura una pulsión erótica que lo desborda todo y nos hace leer en tensión, con cuidado del estallido. En El lugar de un hombre, sin embargo, la mujer aparece como desencadenante de la tragedia sin dualidad moral posible: no cumpliste con tu papel de esposa o yo no supe hacértelo cumplir, luego la desgracia es necesaria. La redención a través de la vuelta a lo socialmente convenido es la puntilla a un personaje, Adela, que prometía potentísimo (qué imagen, la de Juan reconociéndola en la puerta de su casa) y que se resuelve irrelevante.

Sí me parece interesante el capítulo dedicado a la detención y la cárcel, a pesar de que cada vez me cuesta más leer este tipo de cosas sin sentir náuseas y que un miedo visceral se me meta en el cuerpo. La forma en que los dos hombres, uno militante convencido y el otro un pobre desgraciado, se relacionan con la tortura y el chantaje, demuestran que la inteligencia y complejidad de Sender es difícil perderlas del todo. En resumen, un libro quizá menor en la bibliografía del autor, pero con muy característicos relámpagos.

Pura pasión.

Ahora sí: la de Annie Ernaux fue mi primera lectura de 2026. Con ella empiezo la última fase de esta maratón de recensiones retrospectivas, que espero poder acabar en el próximo mes, es decir: antes de que las lecturas de verano me vuelvan a coger atrasada y la lista de reseñas pendientes vuelva a parecer infinita.

Empecé este año estando mal, pero con la convicción de estar tomando buenas decisiones y la seguridad de estar mucho, mucho mejor, que uno y que dos años antes. Fue eso lo que me permitió abrir tan rápido este libro, apenas un mes después de que me lo regalaran. Soportar a Ernaux escribiendo que «el hombre que se ama es un extraño» es algo que no habría podido hacer, ni muy remotamente, a comienzos de 2025.

La espera. La obsesión por evitar todo aquello que pueda distraer al cuerpo de ese estado extático en el que la garganta (y la piel y los dedos y la sangre) espera. Yo sé lo que es que a una se le salga el corazón por la boca: realmente se siente impulso de vomitar. Un tiempo donde no hay nada más: solamente presencia o ausencia. Entre medio, la espera. La suerte del enamoramiento, de saberse tocada por un dedo divino, de la certeza de que quienes te rodean, carentes de ese privilegio, están realmente muertos. «Me habría gustado no tener nada más que hacer salvo esperarlo», escribe Ernaux. Toda la carga de decir: una mujer esperando un hombre. Yo habría deseado (lo deseé firmemente) que no se me hubiese jamás arrebatado el derecho a esperarlo. Es eso, o volverse loca.

Es lo impúdico en la escritura de Ernaux lo que nos permite identificarnos con ella. Se podría haber literado más, por supuesto. Pero no habría entonces realidad. Dice la Premio Nobel que «la escritura debería tender a eso, a esa impresión que provoca la escena del acto sexual, a esta angustia y a este estupor, a una suspensión del juicio moral», y yo grito Sí y me impregno de ello y pienso en el milagro que supone haber amado de una cierta manera, tener la capacidad de escribir, saber entregarse al mundo. No hay escándalo alguno. Sólo la convicción de que ninguna otra vida merecería la pena.

La guerra civil en Francia.

Ahora sí: última reseña atrasada de 2025. (Léase con todo el énfasis posible, a pesar de la falta de exclamaciones). Cierro así también el monográfico de fin de año sobre los escritos políticos de Marx, y me permito por fin saborear el comenzar, la semana que viene, con las lecturas pendientes de este 2026. Permitidme de momento omitir que ya han pasado seis meses.

Publicado el 30 de mayo de 1871, La guerra civil fue originalmente un manifiesto leído por Marx ante el Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadoras, en mitad de unas fechas terribles y con la matanza de gentes trabajadoras de París apenas en marcha. La cifra es bien conocida: según datos oficiales de Versalles, 17.000 hombres, mujeres y niñes fueron fusilades entre finales del mes de mayo y comienzos de junio de ese año. El horror es difícil de imaginar.

La edición que yo tengo, primera en castellano, a cargo de Ediciones de Cultura Popular y aparecida en 1953 en Barcelona, construye el libro con el célebre prólogo de Engels de 1891 (para el que vale la apreciación que escribí en Las luchas de clases en Francia) y con el primer y el segundo manifiestos del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la Guerra Franco-Prusiana. Estas dos cartas, fechadas en 1870, me parecen interesantísimas para comprender el profundo internacionalismo y carácter de clase que requiere la lucha antibélica, y recomiendo mucho su lectura para navegar en el contexto actual. Por último, el libro se cierra con fragmentos de artículos y reportajes de corresponsables estadounidenses presentes durante la represión a la Comuna, más un apéndice cronológico extraído de la edición francesa de ese mismo año. El resultado es un volumen compacto, útil y de fácil consulta, que enriquece aún más el contenido original del texto.

Hay en la escritura de Marx un tono mesiánico finisecular aún mayor del exigido por el carácter de manifiesto del texto y que, aunque con una prudencia incomparablemente mayor en cuanto a las licencias poéticas, recuerda fácilmente a textos de Louise Michel o de otres protagonistas de la época. «No es posible exterminarla, por grande que sea la carnicería», escribe Marx refiriéndose a la AIT y a la lucha de clases. «¡Pasará el tiempo, los días, los años! / ¡Crecerá la hierba sobre los muertos! / Acabará sus días lo que hoy nazca / Los barcos no volverán a los puertos / Pasarán las noches oscuras, / se harán polvo las altas montañas, / las celdas, las tumbas, / pasarán como las olas / pero, proscritos o muertos, volveremos»., escribe Louise Michel. Creo que es difícil, en mayo de 1871, poder escribir de otra forma.

Más allá de la prosa, lo que Marx logra aquí es insertar el proceso de la Comuna en el entramado internacional de la lucha de clases, vinculando su destino a la de todes les trabajadores del mundo y principalmente de Europa, y explicando los movimientos de las clases burguesas de Francia en relación a los intereses económicos y los movimientos internacionales. «La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado», escribe Marx.

Lectura corta y apasionante, La guerra civil condensa la experiencia del primer intento de Estado obrero de la Historia, y lo hace poniendo en relación el heroico intento de les trabajadores de Madrid con el desarrollo de la lucha de clases internacional. Uno de los textos políticos más relevantes de Marx y uno de los acontecimientos históricos más importantes de la Historia contemporánea.

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