Tengo mi edición de El Gatopardo manoseada, demasiado abierta y, aún un año después, llena de arena: lo leí en Sicilia. Hace ya tiempo que intento aprovechar los viajes para descubrir también literatura, lo que suele devenir en excusa y oportunidad para leer alguno de esa lista de clásicos e imprescindibles de la literatura mundial que, simplemente, no habían pasado nunca antes por mis manos. Fue también el caso el año pasado, y volver ahora, en esta primavera otoñal, a las vicisitudes de Don Frabrizio, me hace volver a un verano de azules agresivos, libertad suprema y sol deslumbrante.
Se me hace difícil escribir, con tantos meses de distancia, algo más que las consabidas referencias a una trama que es de sobra conocida. A diferencia de otros libros en los que tardas en entrar (casi siempre hace falta un periodo de adaptación a la escritura particular de cada autor o autora), El Gatopardo me capturó desde las primeras páginas. Barroco en las descripciones pero sin llegar a abrumar, excepcionalmente preciso en los detalles y en la construcción de los personajes, Tomasi di Lampedusa capta no solo la psicología colectiva de una época (la de la unificación italiana), sino más fundamentalmente, de manera brillante e inteligentísima, la de los diferentes sectores de las clases sociales en pugna: la vieja aristocracia y la nueva burguesía.
Se ha dicho mucho: El Gatopardo es una crítica audaz a la estructura de clases de la sociedad italiana de mediados del siglo XIX. A mi me parece (tampoco soy original en esto) que es además una descripción finísima e irónicamente calmada de lo que constituirá la norma de las sociedades capitalistas a partir de entonces. Las reflexiones en torno a la acción política de Tancredi y al devenir en sociedad de Angelica y su familia constituyen seguramente el punto más alto de ese humor encubierto (me imagino al autor escribiendo con una risa torcida) y de ese retrato colectivo. Un libro espectacular que se disfruta con avidez y deleite.
La edición de Anagrama, que recoge comentarios, revisiones, y referencias a la correspondencia personal del autor, permite admirar no sólo el libro, sino el proceso de construcción del mismo. La escritura por capítulos demuestra un universo mental extremadamente complejo, donde se conoce tan bien a los personajes que el narrar historias sueltas de su vida se vuelve un mero trámite. Los paisajes conocidos (Donnafugata, la Sicilia rural de interior, muy al sur de Agrigento) y la pesadez del calor y de las horas otorgan al libro un clima perfecto de constante espera. A qué se espera exactamente (si a la muerte de un hombre o de una formación social) y hasta qué punto esto supondrá realmente un cambio, constituye la duda suspendida en toda la novela.