One Big Union.

Ahora sí que sí: tengo a punto de acabar otros tres libros (uno en casa, otro en el trabajo para los descansos, otro más cortito que me subí en la mochila la semana pasada de travesía), pero el de Valerio Evangelisti es, a día de hoy, la última lectura pendiente de su reseña. Podéis emitir sonidos de asombro (los de júbilo también valen): desde hoy este blog ha dejado de estar desactualizado.

One Big Union fue el segundo tocho de mi propósito lector para este 2026. Esperaba en la estantería desde hace un par de años, y la verdad es que no me esperaba que me fuera a gustar tanto. Es el segundo título de una trilogía (se pueden leer sueltos) dedicada al movimiento obrero estadounidense, y está ambientado en las décadas de formación y crecimiento de los woblies, uno de los sindicatos más admirables y relevantes de la historia de la lucha de clases. Me ha ayudado mucho a entrar en la historia y a comprender algunas de las tramas un cierto bagaje previo sobre el IWW (la autobiografía de Mother Jones, el fantástico libro Dinamita: historia de de la violencia de clases en Estados Unidos escrito por Louis Adamic en 1931), así como el haber sido testiga directa, durante un viaje por militancia en 2019, del trabajo de las agencias anti-unions en el presente.

El protagonista, Robert Coates, es un espía antisindicatos que trabaja a sueldo para la agencia de detectives Burns, que acabaría convirtiéndose años más tarde en el actual FBI (toma ya). Reclutado cuando trabajaba como mecánico de trenes, Coates pasará toda su vida viajando a lo largo y ancho de los Estados Unidos buscando reventar huelgas, encarcelar a líderes obreros, provocar disturbios que faciliten la represión y contentar a patrones y empresarios. A través de este periplo conocemos las vicisitudes de una clase obrera, la estadounidense, aún en formación a finales del siglo XIX, compuesta por hombres y mujeres procedentes de casi todos los países del mundo.

Leo que Valerio Evangelisti «es uno de los autores de referencia de lo que se ha dado en llamar Nueva Epopeya Italiana o Nueva Épica Italiana», y que sus libros buscan reflejar las grandes epopeyas protagonizadas por los nadie. One Big Union me ha parecido un libro entretenidísimo y perfecto para el verano: una novela de acción y aventuras con muchísimo contenido social por debajo. Os lo recomiendo un montón si estáis buscando lectura para la playa (el mío lo tengo lleno de arena) o para cualquier viaje. Por mi parte, tengo pendientísimo buscar por las librerías Antracita y Todo han de ser, la primera y tercera parte de la trilogía. Gracias siempre a Hoja de Lata por traducir tremendas cosas chulas.

A la sombra del granado.

Por fin: llegamos a las lecturas de este verano. Lo que significa que nos vamos acercando al final de este maratón de recensiones retrospectivas y se dibuja en el horizonte la ilusionante posibilidad de tener este blog al día. Veremos.

Entre finales de mayo y principios de junio estuve unos días de vacaciones en Granada y busqué, como hago desde hace un tiempo, alguna lectura previa para acompañar el viaje. Leer a Tariq Ali me hacía especial ilusión, por su renombre en la novela histórica (que tengo ahora abandonada, pero que devoré con fruición en mi adolescencia) y por su papel en el campo del marxismo revolucionario. Historiador pakistaní y figura de relevancia en la New Left británica, con una admirable trayectoria vital como dirigente trotskista, Ali sigue siendo a día de hoy una de las cabezas más lúcidas en lo que a política internacional y lucha internacionalista se refiere. Sus trabajos sobre recomposición política y conflictos interimperialistas en Oriente Medio, así como sus publicaciones sobre Palestina, son absolutamente recomendables.

A la sombra del granado narra los años posteriores a la conquista de Granada por los Reyes Católicos (en concreto, desde la llegada de Cisneros a la ciudad), desde la perspectiva de una familia noble musulmana y señores de al-Hudayl, un pueblo ficticio a 40km de la capital. Este es el primer punto en el que el libro me ha decepcionado: si bien la caracterización de clase es honesta, esperaba encontrar una historia más marcada por las contradicciones de clase y no solamente por las religiosas o civilizatorias. Personalmente me interesa más bien poco la vida de un noble que se folla a las criadas y que, hasta el momento crítico, no ha tenido necesidad de enfrentarse verdaderamente a la vida ni a las consecuencias de sus decisiones. El momento está muy bien elegido, pero la historia habría ganado muchísimo de ser contada por cualquiera de los habitante del pueblo, por ejemplo Juan el zapatero.

Lo más interesante es, posiblemente, el modo en que Ali se esfuerza en recuperar la toponimia árabe original de la Península Ibérica. Así, Granada es Gharnata, Valencia es Balansiya, Sevilla es Ishbiliya o Córdoba es Qurtuba, por ejemplo. También se mantienen en árabe algunas palabras afectuosas como madre o padre, y relativas a formas literarias o instituciones públicas. Por lo demás, el libro cuenta con todos los tropos requeridos para una novela histórica al uso: amor entre castas, familiar desaparecida durante décadas que retorna misteriosamente a casa, personaje anónimo rodeado de secretos, pater familias atormentado y benefactor, etc.

Una lectura sencilla y ágil, ideal para llevarse a la playa o quizá para un viaje, donde se puede leer a trompicones y una necesita que la trama no sea demasiado densa. En conjunto, un libro mucho más trivial de lo que esperaba, aunque con algunas partes interesantes en lo que a la convivencia cultural se refiere. Me hizo ilusión, eso sí, descubrir un carmen en la parte alta del Albaycín cuyo azulejo de la entrada rezaba así: a la sombra del granado.

Los mandarines.

Uno de los propósitos lectores que me planteé para este 2026 fue animarme a leer algunos de los grandísimos tochos que tengo por casa y que compré en algún momento con ganas, pero para los que parezco nunca tener tiempo. Los mandarines, que tengo en una edición argentina del año 72 cuya cubierta está a punto de desintegrarse, ha sido el primero de ellos.

Con cerca de 700 páginas y una doble voz narradora (en tercera persona para Enrique, en primera persona para Ana), el libro nos muestra la vida de un grupo de intelectuales franceses en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Antiguos compañeros de la Resistencia, la liberación de París les deja ante la ficción de recuperar unas vidas que ya no existen. El compromiso político o las ganas de huir de él, la relación con el PCF, el hedonismo posible pero a qué costa, los vínculos con colaboracionistas, la imposibilidad de una ética individual, el sentido de la escritura y la idea de creación misma son algunos de los temas transversales de una novela que (leo en la contracubierta) generó en su momento un gran revuelo que trataba de reconocer en sus personajes a figuras reales próximas a la autora.

En general, el libro me ha gustado mucho. Aunque en algunos momentos me ponía nerviosa una cierta demostración de snobismo o clasismo encubierto de buenas intenciones por parte de sus protagonistas y de la forma en que la narración da por normales ciertas formas de vida (el viaje a Portugal, la casa de campo, toda la experiencia de Ana en América), la historia está súper bien hilada y me ha parecido especialmente interesante y creíble la evolución tan dispar de los diferentes integrantes del maquis y la Resistencia. Desde Vicente a Lucas o Sezenac, es quizá esta interacción de la humanidad con la política (la toma de decisiones, la responsabilidad de los propios actos) la que más me ha interesado. Mucho más, desde luego, que los intentos de un Dubreuihl-Sartre por crear algo así como una izquierda no comunista. Y pese a ello, me parece que las dimensiones morales y las implicaciones humanas de la ruptura con el PCF están muchísimo mejor retratadas en Los mandarines que en otros libros de la época como, por ejemplo, El cuaderno dorado. En Beauvoir no hay cinismo: la preocupación es sincera.

Hay, por tanto, dos puntos en los que el libro me parece magnífico. El primero es esta indagación acerca de la imbricación entre posicionamiento político y personalidad humana, entre intereses individuales y colectivos (¿son posibles, acaso, los primeros sin los segundos?). El segundo (y aquí se despliega toda la monstruosidad de la autora) es la aproximación que se realiza al amor y el enamoramiento. Desde la imagen potentísima de Enrique follando «con una mujer ida» (uf), pasando por toda la demencia de Paula, hasta muy especialmente la relación de Ana con Lewis. Esa sensación de revelación, ese sentimiento de absoluta verdad. La mujer viva y la mujer muerta. Cómo no sentirse reconocida. Y la pregunta fatal: ¿merece acaso la pena sanar?

Los mandarines habla de muchísimas cosas pero yo elijo quedarme con dos: la importancia de les otres (qué final) y el compromiso con nuestros propios actos y decisiones. La gran verdad y la enorme potencia del existencialismo.

La rebelión de La Amistad: una travesía atlántica de esclavitud y libertad.

Vamos con la que ha sido la lectura que por el momento más me ha entusiasmado de este año: el último libro de Marcus Rediker, historiador especializado en los marineros, esclavos y revolucionarios de la larga historia del Atlántico colonial. La lucha de clases en altamar y la historia social de quienes se echaron al mar (fundamentalmente esas gentes que ahora categorizamos como piratas) es algo sobre lo que controlo poco pero que cada vez me interesa más. Llevaba mucho tiempo queriendo leer algo de Rediker, y una vez hecho puedo decir que tardaré poco en buscar sus otros libros. La rebelión de La Amistad no es únicamente un tremendo ejercicio de Historia: es, además, un libro fascinantemente narrado y una oda a las luchas por la emancipación humana en cualquier época.

Con un título que juega al equívoco (y que resulta, a mi entender, profundamente certero), el libro cuenta la historia de 49 hombres africanos adultos y 4 niñes que, tras vivir el infierno de ser secuestrados en el interior de la costa de Sierra Leona y de atravesar el Atlántico hacinados en un barco de esclavos, se rebelan tomando el control de La Amistad, barco negrero cubano, logran llegar navegando hasta Estados Unidos, aprenden inglés, ganan un juicio que les da la libertad, y vuelven a África a reencontrarse con sus familias. Que algo así pasara en 1839 es, en sí mismo, un foco de luz, de emoción y de esperanza. La elección de Rediker de contar la historia, y de hacerlo desde la agencia de sus protagonistas, es un ejercicio de justicia que no se queda en la reparación, sino que cimenta la posibilidad y el coraje de insurrecciones futuras.

El libro atraviesa la historia de manera cronológica, estudiando no sólo los hechos sino también su contexto y el de las formaciones sociales de comienzos del siglo XIX. Así, leemos sobre la articulación urbana de Costa Gallinas, las factorías esclavistas del español Pedro Blanco en Sierra Leona y el complejo sistema de castas raciales creado por el colonialismo, pero también sobre el papel del cristianismo en el movimiento abolicionista estadounidense o sobre la estructuración jerárquica a la par que asamblearia de las sociedades secretas africanas. El primer capítulo supone una brillante demostración de historia desde abajo, poniendo nombre y biografía a cada uno de los hombres y de les niñes que viajaban en La Amistad y dando como consecuencia individualidad (es decir: personalidad, agencia, una humanidad específica) a quienes suelen ser considerados como masa.

La rebelión de La Amistad es un libro fascinante y súper bien escrito, que se lee con avidez y que rompe con el discurso de la gente negra esclavizada como un cuerpo pasivo. Recomienzo muchísimo su lectura e incluso me parece que puede ser una excelente opción como libro para este verano. Si el caso supuso en su época un escándalo y un ejemplo para otros grupos de africanos esclavizados que decidieron seguir el ejemplo de La Amistad y alzarse, creo que en el presente puede ser también inspiración y aliento para quienes combaten por la libertad en todas partes: se puede ganar. Por supuesto que se puede.

Panza de burro.

Tengo un problema con los booms editoriales. Me dio mucha pereza leer Panza de burro en su momento, cuando resultó ser «la mejor revelación del año», y no habría llegado a mi estantería de no ser por mi hermano, que me lo regaló hace dos navidades. En marzo de este año fui a Tenerife a visitar a mi amiga María, y me pareció el motivo perfecto para decidirme a abrirlo. Reconozco que el prólogo de Sabina Urraca me hizo dudar (aquí amamos El celo como uno de los mejores libros en este blog reseñados), pero creo que a pesar de la gamberrada que se marca Andrea Abreu, hay algo que sigue sin convencerme.

Una tiene la impresión de que en lo que se presente ruptura hay, precisamente a través de lo gamberro y escandaloso, un recurso a lugares comunes. Me gusta cómo se construyen los personajes y los matices que vamos encontrando en Isora (especialmente el recurso no al retrato físico, sino la retrato a través de lo físico), me entra bien el lenguaje (algo de que lo que dudaba al principio) y me parece interesante el modo en que algunos temas se van colando por detrás de la primera capa narrativa. Me interesan las figuras ausentes (los desaparición o por explotación laboral) y los momentos de exhibición de clase. Pero la puntilla dada siempre a través de lo escatológico o lo lúbrico me resulta facilona y me aburre.

Si bien la primera parte del libro se lee con novedad e interés, al menos a mí me pasó que aproximadamente a partir de la mitad me empezó a parecer plano, sin evolución ni enganche. Entiendo que es la primera novela de la autora y que desarrollar todo el universo y el lenguaje del libro es ya de por sí un trabajo admirable, pero me quedé con la duda de hasta qué punto tantísima loa tuvo que ver con eso, con lo aparentemente provocador de un escándalo que ya conocemos de sobra.

El lugar de un hombre.

Sender es, con mucha diferencia, el autor de quien más libros tengo en mi biblioteca. Mezcla de casualidad (los libros llegaron a mí) e intención, lo cierto es que el aragonés es uno de mis autores favoritos e intento combatir la pila de pendientes leyéndole uno o dos títulos al año. 7 domingos rojos es, con mucho, uno de los libros que más me han fascinado jamás, y por aquí podéis encontrar las reseñas de Míster Witt en el cantón y El verbo se hizo sexo, preciosísimamente editados por Editorial Contraseña (que, por cierto, preparó también el año pasado una edición de El lugar de un hombre… pero a ver quién se resiste a ésta de la CNT del 58, mirad esa portada).

Escrito en su primera versión en 1938, Sender se inspiró para ello en un caso real ocurrido en la serranía de Cuenca durante la dictadura de Primo de Rivera. Podéis encontrar la historia fácilmente por internet, incluso en la web de Contraseña, pero personalmente me decanto por no contarla para preservar así el fantástico comienzo del libro, en mi opinión la parte más sobrecogedora y más característica de la escritura de Sender.

Aunque entiendo el sentido del relato, no ha sido un libro que me haya fascinado. La parte inicial (el realismo mágico del accidente del protagonista, la preparación de la partida de caza) cumple con las mejores expectativas de quienes ya conozcan al escritor, pero a partir de ahí la trama se vuelve pura disquisición ética y, aunque interesante, baja mucho el nivel del libro.

Por otra parte, la lectura de género me ha sorprendido muy negativamente. Las mujeres son en la literatura de Ramón J. Sender una fuerza magnética, hay en su escritura una pulsión erótica que lo desborda todo y nos hace leer en tensión, con cuidado del estallido. En El lugar de un hombre, sin embargo, la mujer aparece como desencadenante de la tragedia sin dualidad moral posible: no cumpliste con tu papel de esposa o yo no supe hacértelo cumplir, luego la desgracia es necesaria. La redención a través de la vuelta a lo socialmente convenido es la puntilla a un personaje, Adela, que prometía potentísimo (qué imagen, la de Juan reconociéndola en la puerta de su casa) y que se resuelve irrelevante.

Sí me parece interesante el capítulo dedicado a la detención y la cárcel, a pesar de que cada vez me cuesta más leer este tipo de cosas sin sentir náuseas y que un miedo visceral se me meta en el cuerpo. La forma en que los dos hombres, uno militante convencido y el otro un pobre desgraciado, se relacionan con la tortura y el chantaje, demuestran que la inteligencia y complejidad de Sender es difícil perderlas del todo. En resumen, un libro quizá menor en la bibliografía del autor, pero con muy característicos relámpagos.

Pura pasión.

Ahora sí: la de Annie Ernaux fue mi primera lectura de 2026. Con ella empiezo la última fase de esta maratón de recensiones retrospectivas, que espero poder acabar en el próximo mes, es decir: antes de que las lecturas de verano me vuelvan a coger atrasada y la lista de reseñas pendientes vuelva a parecer infinita.

Empecé este año estando mal, pero con la convicción de estar tomando buenas decisiones y la seguridad de estar mucho, mucho mejor, que uno y que dos años antes. Fue eso lo que me permitió abrir tan rápido este libro, apenas un mes después de que me lo regalaran. Soportar a Ernaux escribiendo que «el hombre que se ama es un extraño» es algo que no habría podido hacer, ni muy remotamente, a comienzos de 2025.

La espera. La obsesión por evitar todo aquello que pueda distraer al cuerpo de ese estado extático en el que la garganta (y la piel y los dedos y la sangre) espera. Yo sé lo que es que a una se le salga el corazón por la boca: realmente se siente impulso de vomitar. Un tiempo donde no hay nada más: solamente presencia o ausencia. Entre medio, la espera. La suerte del enamoramiento, de saberse tocada por un dedo divino, de la certeza de que quienes te rodean, carentes de ese privilegio, están realmente muertos. «Me habría gustado no tener nada más que hacer salvo esperarlo», escribe Ernaux. Toda la carga de decir: una mujer esperando un hombre. Yo habría deseado (lo deseé firmemente) que no se me hubiese jamás arrebatado el derecho a esperarlo. Es eso, o volverse loca.

Es lo impúdico en la escritura de Ernaux lo que nos permite identificarnos con ella. Se podría haber literado más, por supuesto. Pero no habría entonces realidad. Dice la Premio Nobel que «la escritura debería tender a eso, a esa impresión que provoca la escena del acto sexual, a esta angustia y a este estupor, a una suspensión del juicio moral», y yo grito Sí y me impregno de ello y pienso en el milagro que supone haber amado de una cierta manera, tener la capacidad de escribir, saber entregarse al mundo. No hay escándalo alguno. Sólo la convicción de que ninguna otra vida merecería la pena.

La guerra civil en Francia.

Ahora sí: última reseña atrasada de 2025. (Léase con todo el énfasis posible, a pesar de la falta de exclamaciones). Cierro así también el monográfico de fin de año sobre los escritos políticos de Marx, y me permito por fin saborear el comenzar, la semana que viene, con las lecturas pendientes de este 2026. Permitidme de momento omitir que ya han pasado seis meses.

Publicado el 30 de mayo de 1871, La guerra civil fue originalmente un manifiesto leído por Marx ante el Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadoras, en mitad de unas fechas terribles y con la matanza de gentes trabajadoras de París apenas en marcha. La cifra es bien conocida: según datos oficiales de Versalles, 17.000 hombres, mujeres y niñes fueron fusilades entre finales del mes de mayo y comienzos de junio de ese año. El horror es difícil de imaginar.

La edición que yo tengo, primera en castellano, a cargo de Ediciones de Cultura Popular y aparecida en 1953 en Barcelona, construye el libro con el célebre prólogo de Engels de 1891 (para el que vale la apreciación que escribí en Las luchas de clases en Francia) y con el primer y el segundo manifiestos del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la Guerra Franco-Prusiana. Estas dos cartas, fechadas en 1870, me parecen interesantísimas para comprender el profundo internacionalismo y carácter de clase que requiere la lucha antibélica, y recomiendo mucho su lectura para navegar en el contexto actual. Por último, el libro se cierra con fragmentos de artículos y reportajes de corresponsables estadounidenses presentes durante la represión a la Comuna, más un apéndice cronológico extraído de la edición francesa de ese mismo año. El resultado es un volumen compacto, útil y de fácil consulta, que enriquece aún más el contenido original del texto.

Hay en la escritura de Marx un tono mesiánico finisecular aún mayor del exigido por el carácter de manifiesto del texto y que, aunque con una prudencia incomparablemente mayor en cuanto a las licencias poéticas, recuerda fácilmente a textos de Louise Michel o de otres protagonistas de la época. «No es posible exterminarla, por grande que sea la carnicería», escribe Marx refiriéndose a la AIT y a la lucha de clases. «¡Pasará el tiempo, los días, los años! / ¡Crecerá la hierba sobre los muertos! / Acabará sus días lo que hoy nazca / Los barcos no volverán a los puertos / Pasarán las noches oscuras, / se harán polvo las altas montañas, / las celdas, las tumbas, / pasarán como las olas / pero, proscritos o muertos, volveremos»., escribe Louise Michel. Creo que es difícil, en mayo de 1871, poder escribir de otra forma.

Más allá de la prosa, lo que Marx logra aquí es insertar el proceso de la Comuna en el entramado internacional de la lucha de clases, vinculando su destino a la de todes les trabajadores del mundo y principalmente de Europa, y explicando los movimientos de las clases burguesas de Francia en relación a los intereses económicos y los movimientos internacionales. «La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado», escribe Marx.

Lectura corta y apasionante, La guerra civil condensa la experiencia del primer intento de Estado obrero de la Historia, y lo hace poniendo en relación el heroico intento de les trabajadores de Madrid con el desarrollo de la lucha de clases internacional. Uno de los textos políticos más relevantes de Marx y uno de los acontecimientos históricos más importantes de la Historia contemporánea.

Las luchas de clases en Francia.

Reseña cortita y rápida (esta vez sí) del primero de los escritos de Marx del ciclo de 1848-1872 en Francia. Publicado en 1850, Las luchas de clases es el pirmer intento sistemático de explicar un periodo de la historia contemporánea partiendo de los datos económicos y del análisis de las relaciones sociales. Está escrito con anterioridad y de manera mucho más urgente que El 18 de Brumario, casi al mismo tiempo de los acontecimientos narrados (se aprecia aquí la experiencia periodística de Marx), y por tanto carece aun de la solidez y brillantez del segundo.

Se trata de una obra, así como El 18 de Brumario, ya indisociable del célebre prólogo escrito por Engels, en esta ocasión de 1865. Del prólogo merece la pena reseñar su conocidísima comparación entre los socialistas decimonónicos y el cristianismo primitivo bajo el Imperio Romano, así como la sagacidad de Engels para entender la evolución de los Estados modernos y la necesidad de repensar los métodos de la lucha revolucionaria. El texto es asimismo célebre por la fatídica afirmación de que, a través de los medios electorales, el socialismo «avanza de un modo tan espontáneo, tan constante, tan incontenible y al mismo tiempo tan tranquilo como un proceso de la naturaleza» (sic).

El llamado de «El General» a «no desgastar en operaciones de descubierta esta fuerza de choque que se fortalece diariamente, sino conservarla intacta hasta el día decisivo», escrito contra el espontaneísmo insurreccionalista y contra el ultraiquierdismo sucidia, puede ser leído también y de hecho fue usado como argumento de autoridad a favor de la vieja táctica probada del SPD y de toda la Segunda Internacional. El dramático resultado lo conocemos de sobra: a lo hora de la verdad, llegado el día decisivo, la fuerza de choque no se atrevió a actuar.

El texto de Marx, escrito 15 años antes que el prólogo de Engels y tres cuartos de siglo antes de la bochornosa votación de los créditos de guerra en el Parlamento alemán, se centra en los acontecimientos que van desde la derrota de la revolución en junio de 1848 hasta la abolición del sufragio universal en Francia en 1850. Se trata de un texto presentista, donde la inmediatez obliga a una alusión mucho más frenética a los acontecimientos concretos. Pese a ello, Marx presenta una pintura precisa de los movimientos de los diferentes sectores de clase, así como una brillante caracterización del socialismo burgués y de la pequeña burguesía democrática.

Personalmente, me parece recomendable leer El 18 de Brumario antes que Las luchas de clase, para poder acercarse a éste con un conocimiento mayor de los acontecimientos y de la estructura social francesa de la época.

El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

En noviembre del año pasado organizamos en Zaragoza el seminario de lectura «Escritos políticos de Marx», donde abordamos el ciclo francés de 1848-1872 leyendo Las luchas de clases en Francia, El 18 de Brumario y La guerra civil en Francia. El seminario me sirvió de excusa para leer por fin del tirón los tres libros, que llevaba consultando años pero en los que nunca me había adentrado de manera sistemática. La tríada constituyó mis tres últimas lecturas de 2025, por lo que nos acercamos (¡por fin!) al cierre de la primera fase de esta maratón de recensiones retrospectivas. Y aunque mi intención inicial era llegar al verano sin reseñas pendientes, actualizo desde ahora las buenas intenciones a intentar acabar el verano llevando el blog más o menos al día. Veremos.

El 18 de Brumario es un texto políticamente brillante y seguramente lo mejor que Marx escribiera nunca sobre teoría de las revoluciones y análisis político de las clases sociales. Si bien Las luchas de clases está escrito antes, decidí empezar por éste porque no estaba segura de contar con tiempo suficiente para llegar al seminario con todo leído, y sabía que se trata de un texto más reflexionado e importante. El breve pero famosísimo prólogo de Engels a la tercera edición alemana de 1885 es además una referencia central en toda aproximación al materialismo histórico, aunque sus múltiples interpretaciones oscilen desde la rigidez mecanicista más doctrinaria a (por suerte) lecturas mucho más dialécticas y relajadas.

El contenido del libro es de sobra conocido. Escrito entre 1851 y 1852, Marx analiza en ella el devenir de la Revolución de 1848 en Francia desde su irrupción hasta el golpe de Estado dado por Luis Napoleón Bonaparte cuatro años más tarde. Es un texto fácil de leer, como casi todos los de un hombre obsesionado con la forma literaria y que estaba además habituado a la redacción de pasquines, declaraciones y manifiestos. Para quien no tenga de esa época más que un vago recuerdo del cuento de «la primavera de los pueblos» que nos contaron en el colegio, la lectura resultará fascinante y reveladora. Para quien cuente ya con conocimientos históricos más serios, la lucidez política de Marx le hará sonreír en más de un punto. Y, como suele ser habitual en su escritura, la cantidad de capas es tal que merece la pena volver al texto una y otra vez a lo largo del tiempo.

En términos generales, Marx va recorriendo el hilo de los acontecimientos a través del análisis de las clases sociales y de los sectores políticos protagonistas de cada momento. Lejos de la rigidez analítica de muchos autoproclamados marxistas (que acaba siempre deviniendo, ay, en un economicismo profundamente antimarxista), Marx ataca cada clase social para identificar sus partes componentes, sus tensiones políticas, sus agrupaciones partidarias y sus intereses ideológicos contradictorios, así como las alianzas entre unos y otros grupos y el funcionamiento de los intereses inmediatos e históricos. La contraposición entre aspiraciones morales e intereses concretos como motor del declive revolucionario y del penoso papel jugado por la Montaña y por los demócratas burgueses, así como del republicanismo necesariamente ejercido por orleanistas y legitimistas, es seguramente de lo mejor del libro.

El resultado es un texto brillante que funciona además como una estupenda puerta de entrada a la teoría de las revoluciones y a la comprensión de las fuerzas históricas.

La hora violeta.

Reseña que iba a ser cortita, porque la impresión que me causó el gran título de Montserrat Roig dio paso a la intensidad de mi propia angustia de octubre, y desde entonces la intensidad ha sido tanta que me cuesta navegar a través de ella para alcanzar lo que había antes. (No lo ha sido).

Habla en el prólogo Nerea Pérez de las Heras de «la disyuntiva entre emancipación y soledad», y de que la obra magna de Roig es un catálogo de todas las ausencias/soledades posibles. Natàlia: «las mujeres tenemos que guardar la siempre buena parte de nosotras mismas bien dentro». Qué barbaridad. O Norma, que «creyó que Alfred también valoraba el amor como hacía ella, por encima de todo. Lo pensó mucho antes de que llegara el fantasma de la cobardía (…). Solo amando de esta manera puedes pensar en la humanidad». Escalofrío, aún hoy. Me veo llorando sin aire en los pulmones, hace ya más años de los que me gustaría, repitiéndome a mí misma: estúpida. Y pienso en la Ana de Los mandarines de Beauvoir (faltan unas cuantas reseñas pendientes para llegar a esa, lo siento) cuando decide que va a seguir enamorada siempre, toda la vida. Y que es un motivo de orgullo.

Últimamente leo mucho sobre el amor y sus finales. Hubo un tiempo en que lo hice conscientemente, buscando los títulos y las autoras que podían mantenerme así, en un estado de permanente alteración de conciencia. Ahora lo hago sin querer: vienen ellas a mí, como para encararme lo universal de mi experiencia y lo transversal de ciertos dolores. De La hora violeta me gusta además que sus protagonistas no distinguen el amor de la política (porque, claro: son la misma cosa) y navegan entre el martirio político y el amoroso. ¿Cómo hacer compatible el amor a la humanidad y el amor a las personas concretas? ¿O acaso lo uno es absolutamente imposible sin lo otro, y viceversa? Y qué pasa entonces cuando se duda.

Si Ramona, adiós contenía «todas las aspiraciones de la feminidad misma», y Tiempo de cerezas era, más que otra cosa, un monumental estudio de personajes, Roig vuelve en La hora violeta a explorar el significado de ser mujer, pero lo hace ya sin contrastes generacionales ni promesas de futuro posibles. Este tercer libro de la trilogía es un presente continuo, fuera del cual sólo caben anhelos y nostalgias, pero nunca acciones. Un existencialismo descarnado, al fin y al cabo. La única forma posible de estar en el mundo.

La alternancia de capítulos, el constante cambio de voz narradora, el paso de una a otra mujer y el modo en que hay que esforzarse para comprender los vínculos adultos entre ellas es un rasgo característico de la escritura de Roig, que aquí se perfecciona y adquiere una brillantez incontestable. Dudo que haya una mujer adulta capaz de leer el libro sin sentirse atragantada, atravesada por este relato/reflexión múltiple que te entra por los ojos y empuja para salir por la garganta, por los oídos, por la vagina, que te revienta el pecho y la cabeza y te deja temblando y anonadada.

El tropos de la espera (uf), la entrega suicida, la protección frente a los otros (la no-entrega), la clarividencia del enamoramiento, el dilema de les hijes, la autoproclamación pero a qué costa. Quién no ha sido alguna de esas mujeres en algún momento. Quién no ha sido en algún momento todas. Y aquí estoy, deslumbrada ante uno de los títulos cumbre de la generación de mi madre y pensando que quizá soy también un poquito egoísta, últimamente, porque al parecer sólo puedo al leer verme a mí misma.

Y gracias gracias Montserrat Roig por el tremendísimo cierre de Agnes. Menudo abrazo para todas. La sonrisa de orgullo y venganza y la cabeza bien alta.

La trayectoria del marxismo revolucionario: el plano internacional (1880-1920).

En esta maratón de recensiones retrospectivas, me alegra anunciar que dejamos atrás el verano de 2025 y entramos por fin en el actual curso (laboral, educativo, político). Allá por septiembre/octubre leí este librito de Javier Maestro, publicado por Sylone y Viento Sur, que supone la primera parte de una obra que recorre la historia del pensamiento y de los principales debates en el seno del movimiento socialista en las décadas de cambio del siglo XIX al XX, centrales para la historia del movimiento obrero internacional. Tengo por casa la segunda parte, centrada en el Estado español, y espero poder empezarla no muy tarde.

A mediados de noviembre participé en la VI Conferencia Internacional Marxista Feminista en Oporto con una comunicación sobre el papel de las mujeres socialistas y del movimiento obrero internacional en la lucha contra el rearme bélico, vinculando el contexto actual con los debates de comienzos del siglo XX. Leí a Maestro con esa excusa, buscando refrescar algunos momentos históricos y dotar de más solidez a algunos de mis argumentos. No es que el tema de la guerra sea el único relevante de esas décadas, pero sí es cierto que todos los debates previos (el modelo de partido, la relación con los sindicatos, la lucha contra el economicismo y el oportunismo, el concepto de imperialismo y de internacionalismo) confluyen definitivamente en 1914. La Historia no perdona nunca.

Redactado con ánimo divulgativo, lo cierto es que yo no recomendaría este libro a alguien que no tenga ya una base sólida sobre los acontecimientos históricos de la época y sobre la evolución del movimiento obrero internacional. Dando esto por sabido, Javier Maestro elige centrarse en el mundo de las ideas y de la discusión teórica (que siempre tiene, por supuesto, importantes causas y consecuencias prácticas). Así, siguiendo una cierta teoría de las revoluciones, el autor adopta el esquema de la Revolución Francesa para organizar este primer libro en cuatro partes: la disyuntiva entre reforma o revolución (fase girondina), guerra y revolución, la crisis revolucionaria (1905-1917) y la fase jacobina (1918-1921). Asimismo, la obra realiza un péndulo desde la centralidad del marxismo occidental (fin del siglo XIX) al protagonismo del marxismo ruso, y de nuevo al occidente europeo.

Si lo que se busca es una primera introducción a los hechos históricos de esas décadas, personalmente recomendaría empezar con la lectura de algunes de sus protagonistas. Rosa Luxemburgo resulta una estupenda analista del momento que le tocó vivir, y sus obras Reforma o revolución; Huelga de masas, partido y sindicatos; La revolución rusa; y La crisis de la socialdemocracia, permiten comprender los debates de la época aprendiendo al mismo tiempo sobre su contexto histórico. Los diferentes escritos, cartas y panfletos de Lenin para la etapa 1912-1917 son asimismo brillantes. O, si se quiere leer a un estupendo escritor (en la mejor tradición estética marxiana), Historia de la Revolución rusa de Trotski es una crónica fascinante y apropiada.

A quienes tengan ya asentada esa primera base, el libro de Javier Maestre le parecerá un ejercicio tremendamente interesante. ¿Puede acaso tildarse de «historia intelectual» el estudio de discusiones que tuvieron tantísimo impacto material? No lo sé, pero es en ese terreno ambiguo en el que juega esta obra.

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