Lo reconozco: compré este libro por el título. Lo descubrí gracias a Carmen Pacheco, que lo propuso hace ya un montón de tiempo en para el club de lectura de su comunidad de telegram, y el título me llamó tan poderosísimamente la atención que lo elegí como segunda lectura para mi viaje a Sicilia del verano pasado. Al final, como suele ser habitual, no llegué a tiempo a la fecha y terminé leyéndolo en los descansos del trabajo, de vuelta ya de vacaciones y latiente aún en el sol de septiembre la pulsión caliente del Mediterráneo.
Escribe María Belmonte que fue en un viaje a Italia cuando aprendió «que había llegado a una fuente antigua y perenne de deseo y que la belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad». (Buf). Una fuente antigua y perenne de deseo. La belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad. Escalofrío: sí. No es que el amor por la vida sea un rasgo cultural exclusivo de ciertas regiones del mundo. Pero sí pienso que hay una relación con el hecho de existir en el mundo (el sol, la sal, el amor, el placer, la comida) específica del Mediterráneo. Quizá sea ese mi único y verdadero arraigo.
El libro se estructura en dos partes, Italia y Grecia, y recoge historias de viajeros desde el siglo XVIII hasta pasada la II Guerra Mundial. La idea es sugerente: más que una repetición de los consabidos clichés del Grand Tour, la autora investiga el modo específico en que cada uno de los hombres por ella escogidos se relacionó con la Mediterránea, atravesó el stendhalazo de belleza descarnada que supone esta región para toda alma sensible y entabló relaciones (a veces temporarias, a veces de por vida) con el entorno y sus habitantes.
Porque sí (y esa es la primera pega que le encuentro al libro): todos los protagonistas son hombres. El viaje y, más aún, la capacidad de vivir con placer, aparece aquí configurada en un masculino universal muy aterrizado, que ni se problematiza ni es justo con la realidad. Sin necesidad de escarbar demasiado y aceptando jugar en la liga de los nombres célebres, me pregunto, por ejemplo, dónde queda aquí Isadora Duncan, cuya autobiografía Mi vida es una delicia fascinante y cuya pasión por el Mediterráneo queda fuera de toda duda. Sostengo que la belleza constituye verdad en sí misma, pero no puedo aceptar que ésta sea argumento para soslayar la injusticia. Lo bello no es y ya: se organiza socialmente. Su privatización y su expolio es un insulto a la propia idea de humanidad. Y sí: Henri Miller era gilipollas (qué gustito cuando una encuentra evidencias de confirmación de sospechas previas) y la ambigüedad con el fascismo no podemos permitir ni que se insinúe. Nunca.
Empecé el libro con mucha ilusión y lo acabé con un regusto extraño. María Belmonte escribe precioso y el planteamiento es bastante bueno, pero podría haberse aprovechado mucho más: recogiendo otras experiencias, evitando pasar por encima de las cuestiones políticas, negándose a romantizar las vidas de quienes normalizaron ciertos regímenes. Si tengo que quedarme con alguna historia, elijo claramente las primeras y muy concretamente la del fotógrafo Wilhelm von Gloeden en Taormina. Y, en fin, reconozcamos que el título sigue siendo una llamada a que se abran los ojos del gozo y empiece a palpitar el corazón.