Las luchas de clases en Francia.

Reseña cortita y rápida (esta vez sí) del primero de los escritos de Marx del ciclo de 1848-1872 en Francia. Publicado en 1850, Las luchas de clases es el pirmer intento sistemático de explicar un periodo de la historia contemporánea partiendo de los datos económicos y del análisis de las relaciones sociales. Está escrito con anterioridad y de manera mucho más urgente que El 18 de Brumario, casi al mismo tiempo de los acontecimientos narrados (se aprecia aquí la experiencia periodística de Marx), y por tanto carece aun de la solidez y brillantez del segundo.

Se trata de una obra, así como El 18 de Brumario, ya indisociable del célebre prólogo escrito por Engels, en esta ocasión de 1865. Del prólogo merece la pena reseñar su conocidísima comparación entre los socialistas decimonónicos y el cristianismo primitivo bajo el Imperio Romano, así como la sagacidad de Engels para entender la evolución de los Estados modernos y la necesidad de repensar los métodos de la lucha revolucionaria. El texto es asimismo célebre por la fatídica afirmación de que, a través de los medios electorales, el socialismo «avanza de un modo tan espontáneo, tan constante, tan incontenible y al mismo tiempo tan tranquilo como un proceso de la naturaleza» (sic).

El llamado de «El General» a «no desgastar en operaciones de descubierta esta fuerza de choque que se fortalece diariamente, sino conservarla intacta hasta el día decisivo», escrito contra el espontaneísmo insurreccionalista y contra el ultraiquierdismo sucidia, puede ser leído también y de hecho fue usado como argumento de autoridad a favor de la vieja táctica probada del SPD y de toda la Segunda Internacional. El dramático resultado lo conocemos de sobra: a lo hora de la verdad, llegado el día decisivo, la fuerza de choque no se atrevió a actuar.

El texto de Marx, escrito 15 años antes que el prólogo de Engels y tres cuartos de siglo antes de la bochornosa votación de los créditos de guerra en el Parlamento alemán, se centra en los acontecimientos que van desde la derrota de la revolución en junio de 1848 hasta la abolición del sufragio universal en Francia en 1850. Se trata de un texto presentista, donde la inmediatez obliga a una alusión mucho más frenética a los acontecimientos concretos. Pese a ello, Marx presenta una pintura precisa de los movimientos de los diferentes sectores de clase, así como una brillante caracterización del socialismo burgués y de la pequeña burguesía democrática.

Personalmente, me parece recomendable leer El 18 de Brumario antes que Las luchas de clase, para poder acercarse a éste con un conocimiento mayor de los acontecimientos y de la estructura social francesa de la época.

El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

En noviembre del año pasado organizamos en Zaragoza el seminario de lectura «Escritos políticos de Marx», donde abordamos el ciclo francés de 1848-1872 leyendo Las luchas de clases en Francia, El 18 de Brumario y La guerra civil en Francia. El seminario me sirvió de excusa para leer por fin del tirón los tres libros, que llevaba consultando años pero en los que nunca me había adentrado de manera sistemática. La tríada constituyó mis tres últimas lecturas de 2025, por lo que nos acercamos (¡por fin!) al cierre de la primera fase de esta maratón de recensiones retrospectivas. Y aunque mi intención inicial era llegar al verano sin reseñas pendientes, actualizo desde ahora las buenas intenciones a intentar acabar el verano llevando el blog más o menos al día. Veremos.

El 18 de Brumario es un texto políticamente brillante y seguramente lo mejor que Marx escribiera nunca sobre teoría de las revoluciones y análisis político de las clases sociales. Si bien Las luchas de clases está escrito antes, decidí empezar por éste porque no estaba segura de contar con tiempo suficiente para llegar al seminario con todo leído, y sabía que se trata de un texto más reflexionado e importante. El breve pero famosísimo prólogo de Engels a la tercera edición alemana de 1885 es además una referencia central en toda aproximación al materialismo histórico, aunque sus múltiples interpretaciones oscilen desde la rigidez mecanicista más doctrinaria a (por suerte) lecturas mucho más dialécticas y relajadas.

El contenido del libro es de sobra conocido. Escrito entre 1851 y 1852, Marx analiza en ella el devenir de la Revolución de 1848 en Francia desde su irrupción hasta el golpe de Estado dado por Luis Napoleón Bonaparte cuatro años más tarde. Es un texto fácil de leer, como casi todos los de un hombre obsesionado con la forma literaria y que estaba además habituado a la redacción de pasquines, declaraciones y manifiestos. Para quien no tenga de esa época más que un vago recuerdo del cuento de «la primavera de los pueblos» que nos contaron en el colegio, la lectura resultará fascinante y reveladora. Para quien cuente ya con conocimientos históricos más serios, la lucidez política de Marx le hará sonreír en más de un punto. Y, como suele ser habitual en su escritura, la cantidad de capas es tal que merece la pena volver al texto una y otra vez a lo largo del tiempo.

En términos generales, Marx va recorriendo el hilo de los acontecimientos a través del análisis de las clases sociales y de los sectores políticos protagonistas de cada momento. Lejos de la rigidez analítica de muchos autoproclamados marxistas (que acaba siempre deviniendo, ay, en un economicismo profundamente antimarxista), Marx ataca cada clase social para identificar sus partes componentes, sus tensiones políticas, sus agrupaciones partidarias y sus intereses ideológicos contradictorios, así como las alianzas entre unos y otros grupos y el funcionamiento de los intereses inmediatos e históricos. La contraposición entre aspiraciones morales e intereses concretos como motor del declive revolucionario y del penoso papel jugado por la Montaña y por los demócratas burgueses, así como del republicanismo necesariamente ejercido por orleanistas y legitimistas, es seguramente de lo mejor del libro.

El resultado es un texto brillante que funciona además como una estupenda puerta de entrada a la teoría de las revoluciones y a la comprensión de las fuerzas históricas.

La hora violeta.

Reseña que iba a ser cortita, porque la impresión que me causó el gran título de Montserrat Roig dio paso a la intensidad de mi propia angustia de octubre, y desde entonces la intensidad ha sido tanta que me cuesta navegar a través de ella para alcanzar lo que había antes. (No lo ha sido).

Habla en el prólogo Nerea Pérez de las Heras de «la disyuntiva entre emancipación y soledad», y de que la obra magna de Roig es un catálogo de todas las ausencias/soledades posibles. Natàlia: «las mujeres tenemos que guardar la siempre buena parte de nosotras mismas bien dentro». Qué barbaridad. O Norma, que «creyó que Alfred también valoraba el amor como hacía ella, por encima de todo. Lo pensó mucho antes de que llegara el fantasma de la cobardía (…). Solo amando de esta manera puedes pensar en la humanidad». Escalofrío, aún hoy. Me veo llorando sin aire en los pulmones, hace ya más años de los que me gustaría, repitiéndome a mí misma: estúpida. Y pienso en la Ana de Los mandarines de Beauvoir (faltan unas cuantas reseñas pendientes para llegar a esa, lo siento) cuando decide que va a seguir enamorada siempre, toda la vida. Y que es un motivo de orgullo.

Últimamente leo mucho sobre el amor y sus finales. Hubo un tiempo en que lo hice conscientemente, buscando los títulos y las autoras que podían mantenerme así, en un estado de permanente alteración de conciencia. Ahora lo hago sin querer: vienen ellas a mí, como para encararme lo universal de mi experiencia y lo transversal de ciertos dolores. De La hora violeta me gusta además que sus protagonistas no distinguen el amor de la política (porque, claro: son la misma cosa) y navegan entre el martirio político y el amoroso. ¿Cómo hacer compatible el amor a la humanidad y el amor a las personas concretas? ¿O acaso lo uno es absolutamente imposible sin lo otro, y viceversa? Y qué pasa entonces cuando se duda.

Si Ramona, adiós contenía «todas las aspiraciones de la feminidad misma», y Tiempo de cerezas era, más que otra cosa, un monumental estudio de personajes, Roig vuelve en La hora violeta a explorar el significado de ser mujer, pero lo hace ya sin contrastes generacionales ni promesas de futuro posibles. Este tercer libro de la trilogía es un presente continuo, fuera del cual sólo caben anhelos y nostalgias, pero nunca acciones. Un existencialismo descarnado, al fin y al cabo. La única forma posible de estar en el mundo.

La alternancia de capítulos, el constante cambio de voz narradora, el paso de una a otra mujer y el modo en que hay que esforzarse para comprender los vínculos adultos entre ellas es un rasgo característico de la escritura de Roig, que aquí se perfecciona y adquiere una brillantez incontestable. Dudo que haya una mujer adulta capaz de leer el libro sin sentirse atragantada, atravesada por este relato/reflexión múltiple que te entra por los ojos y empuja para salir por la garganta, por los oídos, por la vagina, que te revienta el pecho y la cabeza y te deja temblando y anonadada.

El tropos de la espera (uf), la entrega suicida, la protección frente a los otros (la no-entrega), la clarividencia del enamoramiento, el dilema de les hijes, la autoproclamación pero a qué costa. Quién no ha sido alguna de esas mujeres en algún momento. Quién no ha sido en algún momento todas. Y aquí estoy, deslumbrada ante uno de los títulos cumbre de la generación de mi madre y pensando que quizá soy también un poquito egoísta, últimamente, porque al parecer sólo puedo al leer verme a mí misma.

Y gracias gracias Montserrat Roig por el tremendísimo cierre de Agnes. Menudo abrazo para todas. La sonrisa de orgullo y venganza y la cabeza bien alta.

La trayectoria del marxismo revolucionario: el plano internacional (1880-1920).

En esta maratón de recensiones retrospectivas, me alegra anunciar que dejamos atrás el verano de 2025 y entramos por fin en el actual curso (laboral, educativo, político). Allá por septiembre/octubre leí este librito de Javier Maestro, publicado por Sylone y Viento Sur, que supone la primera parte de una obra que recorre la historia del pensamiento y de los principales debates en el seno del movimiento socialista en las décadas de cambio del siglo XIX al XX, centrales para la historia del movimiento obrero internacional. Tengo por casa la segunda parte, centrada en el Estado español, y espero poder empezarla no muy tarde.

A mediados de noviembre participé en la VI Conferencia Internacional Marxista Feminista en Oporto con una comunicación sobre el papel de las mujeres socialistas y del movimiento obrero internacional en la lucha contra el rearme bélico, vinculando el contexto actual con los debates de comienzos del siglo XX. Leí a Maestro con esa excusa, buscando refrescar algunos momentos históricos y dotar de más solidez a algunos de mis argumentos. No es que el tema de la guerra sea el único relevante de esas décadas, pero sí es cierto que todos los debates previos (el modelo de partido, la relación con los sindicatos, la lucha contra el economicismo y el oportunismo, el concepto de imperialismo y de internacionalismo) confluyen definitivamente en 1914. La Historia no perdona nunca.

Redactado con ánimo divulgativo, lo cierto es que yo no recomendaría este libro a alguien que no tenga ya una base sólida sobre los acontecimientos históricos de la época y sobre la evolución del movimiento obrero internacional. Dando esto por sabido, Javier Maestro elige centrarse en el mundo de las ideas y de la discusión teórica (que siempre tiene, por supuesto, importantes causas y consecuencias prácticas). Así, siguiendo una cierta teoría de las revoluciones, el autor adopta el esquema de la Revolución Francesa para organizar este primer libro en cuatro partes: la disyuntiva entre reforma o revolución (fase girondina), guerra y revolución, la crisis revolucionaria (1905-1917) y la fase jacobina (1918-1921). Asimismo, la obra realiza un péndulo desde la centralidad del marxismo occidental (fin del siglo XIX) al protagonismo del marxismo ruso, y de nuevo al occidente europeo.

Si lo que se busca es una primera introducción a los hechos históricos de esas décadas, personalmente recomendaría empezar con la lectura de algunes de sus protagonistas. Rosa Luxemburgo resulta una estupenda analista del momento que le tocó vivir, y sus obras Reforma o revolución; Huelga de masas, partido y sindicatos; La revolución rusa; y La crisis de la socialdemocracia, permiten comprender los debates de la época aprendiendo al mismo tiempo sobre su contexto histórico. Los diferentes escritos, cartas y panfletos de Lenin para la etapa 1912-1917 son asimismo brillantes. O, si se quiere leer a un estupendo escritor (en la mejor tradición estética marxiana), Historia de la Revolución rusa de Trotski es una crónica fascinante y apropiada.

A quienes tengan ya asentada esa primera base, el libro de Javier Maestre le parecerá un ejercicio tremendamente interesante. ¿Puede acaso tildarse de «historia intelectual» el estudio de discusiones que tuvieron tantísimo impacto material? No lo sé, pero es en ese terreno ambiguo en el que juega esta obra.

Peregrinos de la belleza: viajeros por Italia y Grecia.

Lo reconozco: compré este libro por el título. Lo descubrí gracias a Carmen Pacheco, que lo propuso hace ya un montón de tiempo en para el club de lectura de su comunidad de telegram, y el título me llamó tan poderosísimamente la atención que lo elegí como segunda lectura para mi viaje a Sicilia del verano pasado. Al final, como suele ser habitual, no llegué a tiempo a la fecha y terminé leyéndolo en los descansos del trabajo, de vuelta ya de vacaciones y latiente aún en el sol de septiembre la pulsión caliente del Mediterráneo.

Escribe María Belmonte que fue en un viaje a Italia cuando aprendió «que había llegado a una fuente antigua y perenne de deseo y que la belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad». (Buf). Una fuente antigua y perenne de deseo. La belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad. Escalofrío: sí. No es que el amor por la vida sea un rasgo cultural exclusivo de ciertas regiones del mundo. Pero sí pienso que hay una relación con el hecho de existir en el mundo (el sol, la sal, el amor, el placer, la comida) específica del Mediterráneo. Quizá sea ese mi único y verdadero arraigo.

El libro se estructura en dos partes, Italia y Grecia, y recoge historias de viajeros desde el siglo XVIII hasta pasada la II Guerra Mundial. La idea es sugerente: más que una repetición de los consabidos clichés del Grand Tour, la autora investiga el modo específico en que cada uno de los hombres por ella escogidos se relacionó con la Mediterránea, atravesó el stendhalazo de belleza descarnada que supone esta región para toda alma sensible y entabló relaciones (a veces temporarias, a veces de por vida) con el entorno y sus habitantes.

Porque sí (y esa es la primera pega que le encuentro al libro): todos los protagonistas son hombres. El viaje y, más aún, la capacidad de vivir con placer, aparece aquí configurada en un masculino universal muy aterrizado, que ni se problematiza ni es justo con la realidad. Sin necesidad de escarbar demasiado y aceptando jugar en la liga de los nombres célebres, me pregunto, por ejemplo, dónde queda aquí Isadora Duncan, cuya autobiografía Mi vida es una delicia fascinante y cuya pasión por el Mediterráneo queda fuera de toda duda. Sostengo que la belleza constituye verdad en sí misma, pero no puedo aceptar que ésta sea argumento para soslayar la injusticia. Lo bello no es y ya: se organiza socialmente. Su privatización y su expolio es un insulto a la propia idea de humanidad. Y sí: Henri Miller era gilipollas (qué gustito cuando una encuentra evidencias de confirmación de sospechas previas) y la ambigüedad con el fascismo no podemos permitir ni que se insinúe. Nunca.

Empecé el libro con mucha ilusión y lo acabé con un regusto extraño. María Belmonte escribe precioso y el planteamiento es bastante bueno, pero podría haberse aprovechado mucho más: recogiendo otras experiencias, evitando pasar por encima de las cuestiones políticas, negándose a romantizar las vidas de quienes normalizaron ciertos regímenes. Si tengo que quedarme con alguna historia, elijo claramente las primeras y muy concretamente la del fotógrafo Wilhelm von Gloeden en Taormina. Y, en fin, reconozcamos que el título sigue siendo una llamada a que se abran los ojos del gozo y empiece a palpitar el corazón.

Chandaleras: masculinidad femenina vs. feminidad obligatoria en el deporte.

Compré este librito interesada por los debates en torno a la codificación de género en el deporte (y motivada por la seguridad que te da algo editado por Piedra Papel Libros) y lo leí varios años más tarde, como me suele pasar, rodeada de mujeres y con el Posets reinando siempre en lo alto. Un recuerdo feliz para un magnífico libro.

Ana Pastor Pascual, graduada en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y centrada en el transfeminismo y los estudios queer, aborda el tema desde un doble punto de vista. El primero es el obvio (al menos, para todas las mujeres que, como yo, hayamos descubierto el deporte en algún momento de nuestra edad adulta): las consecuencias de un cuerpo fuerte, dinámico y capaz. La transformación brutal que supone de la autoestima, la autoconfianza y la actitud general ante la vida y ante el mundo. La ruptura de la feminidad (sí, si entendemos ésta en su acepción más dulce e inofensiva, incapaz de plantear problemas físicos ni en cuanto a iniciativa a un hombre) y la libertad que obtenemos.

El segundo está ligado indisolublemente al anterior, pero sus implicaciones son mucho más impactantes: la autora analiza cómo la diferencia de expectativas respecto a la práctica deportiva en la infancia condiciona de manera radical el desarrollo corporal de las niñas, lastrando para siempre nuestros rangos de movilidad, nuestra capacidad pulmonar y nuestra salud general. La construcción social del género exige para las mujeres comedimiento, sí, pero hasta qué punto esto impacta sobre nuestros cuerpos es, más allá del plano estético, algo de lo que nunca había sido consciente. Leerlo me hizo sentir, en primer lugar, profundamente tonta: dios mío, pero cómo es posible que yo haya pensado toda mi vida que era torpe, lenta, débil, que tenía un cuerpo flojo que no servía, que había algo intrínseco en mi personalidad (¿corporal?) en vez de darme cuenta de esto. La segunda sensación fue la rabia: dios mío, pero cómo es posible que nos hagan sistemáticamente esto.

El libro habla además de heterosexualidad obligatoria, de la presunción de lesbianismo (y de los esfuerzos por alejarse de ella), de la cultura de la autovigilancia corporal y del modo en que el deporte pone en cuestión las categorías binarias. «El deporte permite la oportunidad de experimentar con la corporalidad, transformando los cuerpos en activos y vigorosos y por ende acercándolos al campo de juego de la libertad», escribe Ana. Y yo digo que sí y que qué bien esta cadena de decisiones que me llevó a estar donde estoy, con confianza en mis capacidades y libertad para ejercerlas.

Así que, amigas, subid montañas, levantad cosas pesadas, corred muchísimo, trepad a donde os dé la gana y leed este libro, que además de ser cortísimo (fanzine bien editado, podríamos llamarlo), funciona como un abrazo liberador, alegre y calentito de un montón de compañeras.

El Gatopardo.

Tengo mi edición de El Gatopardo manoseada, demasiado abierta y, aún un año después, llena de arena: lo leí en Sicilia. Hace ya tiempo que intento aprovechar los viajes para descubrir también literatura, lo que suele devenir en excusa y oportunidad para leer alguno de esa lista de clásicos e imprescindibles de la literatura mundial que, simplemente, no habían pasado nunca antes por mis manos. Fue también el caso el año pasado, y volver ahora, en esta primavera otoñal, a las vicisitudes de Don Frabrizio, me hace volver a un verano de azules agresivos, libertad suprema y sol deslumbrante.

Se me hace difícil escribir, con tantos meses de distancia, algo más que las consabidas referencias a una trama que es de sobra conocida. A diferencia de otros libros en los que tardas en entrar (casi siempre hace falta un periodo de adaptación a la escritura particular de cada autor o autora), El Gatopardo me capturó desde las primeras páginas. Barroco en las descripciones pero sin llegar a abrumar, excepcionalmente preciso en los detalles y en la construcción de los personajes, Tomasi di Lampedusa capta no solo la psicología colectiva de una época (la de la unificación italiana), sino más fundamentalmente, de manera brillante e inteligentísima, la de los diferentes sectores de las clases sociales en pugna: la vieja aristocracia y la nueva burguesía.

Se ha dicho mucho: El Gatopardo es una crítica audaz a la estructura de clases de la sociedad italiana de mediados del siglo XIX. A mi me parece (tampoco soy original en esto) que es además una descripción finísima e irónicamente calmada de lo que constituirá la norma de las sociedades capitalistas a partir de entonces. Las reflexiones en torno a la acción política de Tancredi y al devenir en sociedad de Angelica y su familia constituyen seguramente el punto más alto de ese humor encubierto (me imagino al autor escribiendo con una risa torcida) y de ese retrato colectivo. Un libro espectacular que se disfruta con avidez y deleite.

La edición de Anagrama, que recoge comentarios, revisiones, y referencias a la correspondencia personal del autor, permite admirar no sólo el libro, sino el proceso de construcción del mismo. La escritura por capítulos demuestra un universo mental extremadamente complejo, donde se conoce tan bien a los personajes que el narrar historias sueltas de su vida se vuelve un mero trámite. Los paisajes conocidos (Donnafugata, la Sicilia rural de interior, muy al sur de Agrigento) y la pesadez del calor y de las horas otorgan al libro un clima perfecto de constante espera. A qué se espera exactamente (si a la muerte de un hombre o de una formación social) y hasta qué punto esto supondrá realmente un cambio, constituye la duda suspendida en toda la novela.

Poemas (Marosa di Giorgio).

Sé que prometí frecuencia semanal y que, desde entonces, no sólo no lo he cumplido sino que volví a desaparecer por un número descarado de semanas. En mi defensa he de decir que en estos dos meses he vivido una mudanza inesperada y que arrastro un agotamiento centenario, como el que parecen cargar consigo los árboles viejos. Aquí va, pues, el segundo propósito de enmienda. Veremos qué me da tiempo de hacer antes de verano.

Descubrí a Marosa di Giorgio a través, si no recuerdo mal, de @mujercitastudio en instagram (tremendo y preciosísimo trabajo el que hacen, id corriendo a seguirlas), y enseguida pensé que tenía que leerla. Los papeles salvajes es la edición definitiva de su obra poética reunida, y tan tentador título pasó poco tiempo acumulando polvo en una leja hasta que lo empecé, a comienzos del verano pasado.

Quien siga este blog desde hace tiempo sabrá que, salvo regalos y otras excepciones, soy bastante sistemática en cuanto al método de leer poesía: siempre la obra completa, siempre en orden, siempre sin buscar información previa. Esto, claro, tiene problemas: la obra de juventud muchas veces resulta sosa, poco trabajada, excesivamente pretenciosa o, como me ha pasado con Marosa di Giorgio, precariamente ligada de los tropos y la estética que la caracterizarán más tarde como escritora. No todo el mundo puede ser Mary Oliver, que se permite el lujo de ordenar Devociones en orden inverso. Porque, total, ella de joven ya era descaradamente buena.

En Poemas está ya el bosque, lo onírico, la genealogía, el cuerpo femenino que busca. Pero falta aún la erótica y ese modo de ligar la escritura con el deseo: aquí, el verso aún cuesta, el párrafo se hace largo, no hay estremecimiento sino extrañeza. La promesa se mantiene, sin embargo, gracias a la breve nota autobiográfica que abre la edición (titulada provocadoramente «Señales mías»), en ese «naranjas como bombas de oro» (ay) o en el recuerdo a quienes vivieron con ella «la edad del bosque».

Resumiendo: lectura un poco trámite, que confío que dé paso al jardín que espero encontrar en la singular poeta uruguaya.

Comunismo y estrategia.

Efectivamente: llevo casi un año sin escribir reseñas. La vida es muy rara y por momentos muy difícil, y la pila de libros ya leídos se acumula en mi escritorio llegando incluso más arriba de la de libros comprados y pendientes de registrar (sí, para eso tampoco tengo tiempo). El caso es que llevo días pensando que me daría mucha pena llegar al momento en que empecé a leer a Isabelle Garo sin haber reseñado este librazo, así que aquí viene el propósito: intentar sacar una reseña a la semana y llegar a verano con el blog puesto al día.

Empezando por el principio: leí Comunismo y estrategia entre abril y junio de 2025, en un estado mezcla de saturación mental (había acabado la oposición y aún no estaba trabajando, por lo que había vuelto a militar a un ritmo frenético) y de euforia entusiasta ante el contenido del libro. Traducido al castellano por Sylone, Communis y Viento Sur, el libro de Isabelle Garo se marca el objetivo de recuperar el pensamiento acerca de «los problemáticos vínculos entre un proyecto emancipatorio y su realización». Es decir: la estrategia. Garo dialoga con algunos de los principales recuperadores de la idea de comunismo tras la caída de la URSS para cuestionar la ausencia de un pensamiento estratégico y la reducción del término a una idea (intelectual), a un concepto (categoría), a una identidad o a una protesta. ¿Dónde está, pues, la política?

Escribe Garo que «si bien el término se vuelve a usar hoy en sentido positivo, lo cierto es que permanece desligado de toda perspectiva política concreta: ya no se trata tanto de preparar políticamente la transición al comunismo (…), como de aludir a él de un modo que conjugue voluntad de transformación y prácticas contestatarias, radicalismo crítico y academicismo».

Los autores seleccionados están muy marcados, como es lógico, por la realidad del debate público en Francia. El resultado es un primer capítulo dedicado a Alain Badiou que puede resultarnos bastante ajeno al marco político del mundo castellanoparlante, y que además es dificilísimo debido a la complejidad del pensamiento del propio filósofo francés. Mi recomendación, si decidís enfrentaros al libro y os arrepentís en las primeras páginas, es que paséis directamente al capítulo dedicado a Laclau, mucho más accesible y de mucho mayor interés para nuestra realidad política.

El de Laclau es, con mucho, el capítulo que más disfruté leyendo. Garo hace una disección brillante de la evolución y las implicaciones políticas del pensamiento y las propuestas del argentino, que cualquier persona implicada en el ciclo político progresista de América Latina y del Estado Español debería leer. Y aclaro que la posición de rechazo o de crítica firme es también, por mucho que cierta gente pretenda negarlo, una forma de implicación. Laclau como como el rechazo radical de la idea de contradicción objetiva es una idea a la que, incluso viendo en él una vía para el abandono de la política de clase, no había llegado. Leer a Garo hablando de esto fue un goce socarrón y satisfactorio, disfrutón en lo intelectual y en lo político. Muy recomendable.

De esta primera parte del libro, seguramente lo que más interés tenga junto con lo ya dicho sea el apartado dedicado a Antonio Negri, por tener también tanta aprobación en ciertos sectores vinculados a los movimientos sociales. Tras eso, la autora dedica toda una segunda parte a repensar el comunismo como estrategia y reivindicar una estrategia de las mediaciones, releyendo a Marx en una búsqueda de herramientas para intervenir sobre la realidad concreta, llevándonos colectivamente hacia ese horizonte soñado. Quizá la de Garo es una de las definiciones más justas y bellas que he leído, cuando escribe que «el comunismo se revela herramienta política indispensable que da nombre al proyecto de reapropiación social -basado en el deseo de conquistarse a sí mismo y a su tiempo- que conlleva una lucha de clases librada en el terreno político».

Comunismo y estrategia no es un libro sencillo. No puede serlo. Pero sin duda merece el esfuerzo, por gratificación intelectual (qué gusto da leer algo tan bueno) y por necesidad política.

Camarada: ensayo sobre la pertenencia política.

Camarada completa la trilogía de la estadounidense Jodi Dean en torno a la recuperación del comunismo como idea reguladora y horizonte para la izquierda, compuesta por El horizonte comunista (2013) y Multitudes y partido (2017), editadas en castellano por Belaterra y Katakrak respectivamente. Escrita en un país donde la pertenencia política es, incluso antes que motivo de sospecha, elemento de distorsión de la individualidad soberana, se trata de un texto esperanzador y hermoso, ante el que toda persona que experimente en su vida el tipo de pertenencia política que la autora describe no podrá evitar estremecerse de reconocimiento y orgullo.

La propuesta central que nos hace el libro es comprender “camarada” como una forma de relación política. Frente a otras opciones como “militante”, camarada no puede reducirse a una identidad personal. No se es camarada sino en relación con une otre: es la dimensión relacional, el conjunto de expectativas de acción en base a un objetivo común, lo que nos otorga tal nombre. La parte más fuerte del libro se encuentra posiblemente aquí y en el modo en que Dean diferencia camarada de una etiqueta mucho más en boga en las luchas sociales del momento: “aliade”. Nombrarse aliade implica el reconocimiento de una otredad, de una ajenidad con respecto a luchas que son de otres. El desplazamiento de la política hacia las técnicas individualistas de autoayuda y el moralismo de las redes sociales. Frente a esto, la forma política “camarada” supone el compromiso compartido con una lucha común, y al activarse genera nuevas fuerzas y capacidades, distintas y mejores a las que podamos sumar por separado.

La argumentación de Jodi Dean presenta algunas deficiencias importantes. La principal es la debilidad del capítulo “El camarada genérico”, donde una idea fundamental es desarrollada de una manera lamentable. La necesidad de demostrar que la forma camarada no es excluyente sino universal, y que por tanto puede y debe ser adoptada no sólo ni principalmente por hombres blancos, sino también por mujeres y por gente racializada como no blanca (en Estados Unidos, fundamentalmente gente negra) no sólo no se resuelve, sino que se plantea de una forma reduccionista y poco convincente. Una oportunidad perdida para plantear los debates reales que existen y han existido, las implicaciones emancipadoras de ciertas elaboraciones del comunismo, y demostrar la rica genealogía de camaradas que dieron su vida con disciplina, alegría, coraje y entusiasmo, para cambiar el mundo.

Pese a ello, merece la pena leer lo que es un alegato bellísimo en defensa de la camaradería como principio básico de la moral proletaria. Una relación política “de cobertura afianzada”.

[Reseña originalmente publicada en el nº 199 de la revista Viento Sur].

Devociones.

Curso nuevo… un montón de reseñas atrasadas desde ante de verano. Intentaré irlas sacando con la mayor agilidad posible. Como siempre, no prometo nada.

Leer a Mary Oliver ha sido un regalo. Tomé la decisión el año pasado, pero el anuncio, apenas unos días más tarde, de que Lumen iba a traducir su Poesía reunida preparada por ella misma, me convenció de esperar unos meses. Así que mi encuentro con la poeta lo ha sido en primer lugar con una mujer de ochenta años enamorada de estar viva, feliz de recrearse en la sorpresa y de darse a la ternura, satisfecha con el balance de su vida y «pensando qué maravilla ser quien soy, / hecha de tierra y agua, / mis propias ideas, mis huellas dactilares, / todas esas cosas temporales, gloriosas». Porque Devociones introduce una rectificación inteligente y traviesa: al contrario de las antologías clásicas, Mary Oliver elige ordenar su obra en sentido cronológico inverso. Esto es lo que soy; y después: esto es lo que he sido.

«Una poesía de la atención en un sentido radical», dice el prólogo. Sí. También: una poesía de la sorpresa. De la maravilla, de la centralidad del cuerpo. Una poesía de amor por el mundo. En la observación de Mary Oliver hay una relación de intimidad con lo observado, algo que no se explica sólo con la descripción ni el análisis sino que requiere de una implicación profunda. Es por eso que su poesía no es realista ni romántica sino esperanzadora. Ella escribe «Y cogí mi viejo cuerpo / y salí a la mañana, / y canté» y una se siente más ligera, no más despreocupada sino más cuidada. Más segura.

A lo largo de toda la trayectoria vital de la autora, los temas se mantienen. Algunas cosas que me gustan especialmente son el modo en que el amor por la vida impide negar la muerte (no hay negación posible en la afirmación total); la forma en que menciona (siempre de pasada pero siempre con centralidad) las manos y el cuerpo de su amante, la curva del deseo que dobla a los juncos y los lleva a rozarse unos con otros, sin hablar nunca realmente de «cierta memoria / profunda del placer, cierto conocimiento / hiriente del placer» que inevitablemente lo impregna todo; su sentido de la belleza y de la responsabilidad; la forma en que esto conecta con algo que nos supera y que nos desborda: «Quizá el deseo de hacer algo bello / es el pedazo de Dios que llevamos dentro».

Devociones sería un libro precioso si no fuera por los problemas de traducción. Tuve que avanzar 200 o 300 páginas extrañada hasta comprender que no se trataba de brusquedad de estilo sino de errores no revisados. La primera alerta me saltó en la página 205 («Del Imperio»), donde commodity se traduce por comodidad y no por mercancía – significado evidente en ese contexto. A partir de ahí los fallos visibles se suceden, especialmente pero no solo en lo relativo a polisemia en el inglés original y a género gramatical en castellano (llegando a hacer a la autora hablar de sí misma en masculino). Entiendo la dificultad de un trabajo como éste, pero me parece muy triste que una editorial del nivel de Lumen no dedique los recursos necesarios para evitar que este tipo de meteduras de pata (que huelen descaradamente a traducción automática a duras pena revisada) lleguen a imprenta.

En fin. Con todas sus enormes diferencias, Mary Oliver me ha recordado a Anne Carson y al inmenso placer y satisfacción que me genera el leer a mujeres mayores inteligentes, sabias y divertidas. Poemas como «Plegaria» o «Autorretrato» (o el maravilloso «Gansos salvajes», aunque éste sea anterior) le hacen a una recrearse en la convicción de que vivir y crecer son una cosa preciosa. Agradecida e ilusionada:

Una vida entera no es lo suficientemente larga para las bellezas de este mundo / ni para las responsabilidades de tu vida.

Deseo disidente: las políticas del placer

Escribe Anneke Necro que es necesario deconstruir los mitos “para pensar un presente sexual –y no sólo imaginar una erótica futura– que haga realidad las eróticas antiguas; un nuevo mito sexual como una hiperstición, como una profecía autocumplida”. Su breve ensayo, escrito en un tono divulgativo y solvente, no se propone tanto esto como un trabajo previo: un mapeo de las diversas construcciones sociales en torno a la sexualidad y al deseo existentes a lo largo de la historia, cartografiando sus disidencias y sus márgenes.

La parte central del libro se divide en cinco capítulos ordenados cronológicamente. Si bien la extensión obliga a generalizar y a obviar diferencias (como la propia autora admite, es imposible reducir a una única realidad social el eros de toda la Antigüedad clásica europea, o de las edades Media y Moderna en Occidente), Anneke maneja una concepción sofisticada del relato historiográfico, que le impide caer en reduccionismos burdos y permite una narración alerta acerca de los efectos de las políticas de racialización, los procesos de colonización y las relaciones de explotación.

Deseo disidente no es un libro de elaboración teórica, ni una investigación profunda sobre la sexualidad histórica. Tampoco, creo, pretende serlo. Funciona como un pequeño artefacto destructivo que cumple a la perfección su propósito: desreificar el deseo (no sólo el sexo), problematizar lo natural, demostrar la construcción histórica de la sexualidad normativa para volver absurda la posibilidad de un eros anti-natura. También: constatar la existencia de personas y grupos que ejercieron, de manera más o menos consciente, la disidencia. De un deseo que no se pliega a la norma.

Para quien no conozca demasiado acerca de la articulación social de la sexualidad o esté empezando a acercarse al abordaje político del deseo, este libro supone una introducción estupenda. Una píldora a partir de la cual enlazar otras lecturas. Además, la experiencia de Anneke Necro en el BDSM, en la industria porno y en la lucha sindical como trabajadora sexual la sitúa en una posición privilegiada para hablarnos no sólo de disidencias, sino también de derechos trans, descorporalización del sexo o (sí) exploración del cuerpo.

Porque “el deseo es más que mero apetito: queremos poner la imaginación a disposición del goce”. Un goce que “no es un anhelo de aceptación, ni de legitimación de los agentes de poder: es el proyecto de escapar de las lógicas capitalistas, de dormir más, comer más, tener más tiempo, más espacios de descanso, más infraestructuras urbanas para la tranquilidad, el amor y el pensamiento. El ansia de que no hay fronteras, de quemar la ley de extranjería, de que ninguna puta sea multada. Se trata de apaciguar la sed de otra cosa”.

Reseña aparecida originalmente en Viento Sur, nº 197.

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