Peregrinos de la belleza: viajeros por Italia y Grecia.

Lo reconozco: compré este libro por el título. Lo descubrí gracias a Carmen Pacheco, que lo propuso hace ya un montón de tiempo en para el club de lectura de su comunidad de telegram, y el título me llamó tan poderosísimamente la atención que lo elegí como segunda lectura para mi viaje a Sicilia del verano pasado. Al final, como suele ser habitual, no llegué a tiempo a la fecha y terminé leyéndolo en los descansos del trabajo, de vuelta ya de vacaciones y latiente aún en el sol de septiembre la pulsión caliente del Mediterráneo.

Escribe María Belmonte que fue en un viaje a Italia cuando aprendió «que había llegado a una fuente antigua y perenne de deseo y que la belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad». (Buf). Una fuente antigua y perenne de deseo. La belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad. Escalofrío: sí. No es que el amor por la vida sea un rasgo cultural exclusivo de ciertas regiones del mundo. Pero sí pienso que hay una relación con el hecho de existir en el mundo (el sol, la sal, el amor, el placer, la comida) específica del Mediterráneo. Quizá sea ese mi único y verdadero arraigo.

El libro se estructura en dos partes, Italia y Grecia, y recoge historias de viajeros desde el siglo XVIII hasta pasada la II Guerra Mundial. La idea es sugerente: más que una repetición de los consabidos clichés del Grand Tour, la autora investiga el modo específico en que cada uno de los hombres por ella escogidos se relacionó con la Mediterránea, atravesó el stendhalazo de belleza descarnada que supone esta región para toda alma sensible y entabló relaciones (a veces temporarias, a veces de por vida) con el entorno y sus habitantes.

Porque sí (y esa es la primera pega que le encuentro al libro): todos los protagonistas son hombres. El viaje y, más aún, la capacidad de vivir con placer, aparece aquí configurada en un masculino universal muy aterrizado, que ni se problematiza ni es justo con la realidad. Sin necesidad de escarbar demasiado y aceptando jugar en la liga de los nombres célebres, me pregunto, por ejemplo, dónde queda aquí Isadora Duncan, cuya autobiografía Mi vida es una delicia fascinante y cuya pasión por el Mediterráneo queda fuera de toda duda. Sostengo que la belleza constituye verdad en sí misma, pero no puedo aceptar que ésta sea argumento para soslayar la injusticia. Lo bello no es y ya: se organiza socialmente. Su privatización y su expolio es un insulto a la propia idea de humanidad. Y sí: Henri Miller era gilipollas (qué gustito cuando una encuentra evidencias de confirmación de sospechas previas) y la ambigüedad con el fascismo no podemos permitir ni que se insinúe. Nunca.

Empecé el libro con mucha ilusión y lo acabé con un regusto extraño. María Belmonte escribe precioso y el planteamiento es bastante bueno, pero podría haberse aprovechado mucho más: recogiendo otras experiencias, evitando pasar por encima de las cuestiones políticas, negándose a romantizar las vidas de quienes normalizaron ciertos regímenes. Si tengo que quedarme con alguna historia, elijo claramente las primeras y muy concretamente la del fotógrafo Wilhelm von Gloeden en Taormina. Y, en fin, reconozcamos que el título sigue siendo una llamada a que se abran los ojos del gozo y empiece a palpitar el corazón.

Chandaleras: masculinidad femenina vs. feminidad obligatoria en el deporte.

Compré este librito interesada por los debates en torno a la codificación de género en el deporte (y motivada por la seguridad que te da algo editado por Piedra Papel Libros) y lo leí varios años más tarde, como me suele pasar, rodeada de mujeres y con el Posets reinando siempre en lo alto. Un recuerdo feliz para un magnífico libro.

Ana Pastor Pascual, graduada en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y centrada en el transfeminismo y los estudios queer, aborda el tema desde un doble punto de vista. El primero es el obvio (al menos, para todas las mujeres que, como yo, hayamos descubierto el deporte en algún momento de nuestra edad adulta): las consecuencias de un cuerpo fuerte, dinámico y capaz. La transformación brutal que supone de la autoestima, la autoconfianza y la actitud general ante la vida y ante el mundo. La ruptura de la feminidad (sí, si entendemos ésta en su acepción más dulce e inofensiva, incapaz de plantear problemas físicos ni en cuanto a iniciativa a un hombre) y la libertad que obtenemos.

El segundo está ligado indisolublemente al anterior, pero sus implicaciones son mucho más impactantes: la autora analiza cómo la diferencia de expectativas respecto a la práctica deportiva en la infancia condiciona de manera radical el desarrollo corporal de las niñas, lastrando para siempre nuestros rangos de movilidad, nuestra capacidad pulmonar y nuestra salud general. La construcción social del género exige para las mujeres comedimiento, sí, pero hasta qué punto esto impacta sobre nuestros cuerpos es, más allá del plano estético, algo de lo que nunca había sido consciente. Leerlo me hizo sentir, en primer lugar, profundamente tonta: dios mío, pero cómo es posible que yo haya pensado toda mi vida que era torpe, lenta, débil, que tenía un cuerpo flojo que no servía, que había algo intrínseco en mi personalidad (¿corporal?) en vez de darme cuenta de esto. La segunda sensación fue la rabia: dios mío, pero cómo es posible que nos hagan sistemáticamente esto.

El libro habla además de heterosexualidad obligatoria, de la presunción de lesbianismo (y de los esfuerzos por alejarse de ella), de la cultura de la autovigilancia corporal y del modo en que el deporte pone en cuestión las categorías binarias. «El deporte permite la oportunidad de experimentar con la corporalidad, transformando los cuerpos en activos y vigorosos y por ende acercándolos al campo de juego de la libertad», escribe Ana. Y yo digo que sí y que qué bien esta cadena de decisiones que me llevó a estar donde estoy, con confianza en mis capacidades y libertad para ejercerlas.

Así que, amigas, subid montañas, levantad cosas pesadas, corred muchísimo, trepad a donde os dé la gana y leed este libro, que además de ser cortísimo (fanzine bien editado, podríamos llamarlo), funciona como un abrazo liberador, alegre y calentito de un montón de compañeras.

El Gatopardo.

Tengo mi edición de El Gatopardo manoseada, demasiado abierta y, aún un año después, llena de arena: lo leí en Sicilia. Hace ya tiempo que intento aprovechar los viajes para descubrir también literatura, lo que suele devenir en excusa y oportunidad para leer alguno de esa lista de clásicos e imprescindibles de la literatura mundial que, simplemente, no habían pasado nunca antes por mis manos. Fue también el caso el año pasado, y volver ahora, en esta primavera otoñal, a las vicisitudes de Don Frabrizio, me hace volver a un verano de azules agresivos, libertad suprema y sol deslumbrante.

Se me hace difícil escribir, con tantos meses de distancia, algo más que las consabidas referencias a una trama que es de sobra conocida. A diferencia de otros libros en los que tardas en entrar (casi siempre hace falta un periodo de adaptación a la escritura particular de cada autor o autora), El Gatopardo me capturó desde las primeras páginas. Barroco en las descripciones pero sin llegar a abrumar, excepcionalmente preciso en los detalles y en la construcción de los personajes, Tomasi di Lampedusa capta no solo la psicología colectiva de una época (la de la unificación italiana), sino más fundamentalmente, de manera brillante e inteligentísima, la de los diferentes sectores de las clases sociales en pugna: la vieja aristocracia y la nueva burguesía.

Se ha dicho mucho: El Gatopardo es una crítica audaz a la estructura de clases de la sociedad italiana de mediados del siglo XIX. A mi me parece (tampoco soy original en esto) que es además una descripción finísima e irónicamente calmada de lo que constituirá la norma de las sociedades capitalistas a partir de entonces. Las reflexiones en torno a la acción política de Tancredi y al devenir en sociedad de Angelica y su familia constituyen seguramente el punto más alto de ese humor encubierto (me imagino al autor escribiendo con una risa torcida) y de ese retrato colectivo. Un libro espectacular que se disfruta con avidez y deleite.

La edición de Anagrama, que recoge comentarios, revisiones, y referencias a la correspondencia personal del autor, permite admirar no sólo el libro, sino el proceso de construcción del mismo. La escritura por capítulos demuestra un universo mental extremadamente complejo, donde se conoce tan bien a los personajes que el narrar historias sueltas de su vida se vuelve un mero trámite. Los paisajes conocidos (Donnafugata, la Sicilia rural de interior, muy al sur de Agrigento) y la pesadez del calor y de las horas otorgan al libro un clima perfecto de constante espera. A qué se espera exactamente (si a la muerte de un hombre o de una formación social) y hasta qué punto esto supondrá realmente un cambio, constituye la duda suspendida en toda la novela.

Poemas (Marosa di Giorgio).

Sé que prometí frecuencia semanal y que, desde entonces, no sólo no lo he cumplido sino que volví a desaparecer por un número descarado de semanas. En mi defensa he de decir que en estos dos meses he vivido una mudanza inesperada y que arrastro un agotamiento centenario, como el que parecen cargar consigo los árboles viejos. Aquí va, pues, el segundo propósito de enmienda. Veremos qué me da tiempo de hacer antes de verano.

Descubrí a Marosa di Giorgio a través, si no recuerdo mal, de @mujercitastudio en instagram (tremendo y preciosísimo trabajo el que hacen, id corriendo a seguirlas), y enseguida pensé que tenía que leerla. Los papeles salvajes es la edición definitiva de su obra poética reunida, y tan tentador título pasó poco tiempo acumulando polvo en una leja hasta que lo empecé, a comienzos del verano pasado.

Quien siga este blog desde hace tiempo sabrá que, salvo regalos y otras excepciones, soy bastante sistemática en cuanto al método de leer poesía: siempre la obra completa, siempre en orden, siempre sin buscar información previa. Esto, claro, tiene problemas: la obra de juventud muchas veces resulta sosa, poco trabajada, excesivamente pretenciosa o, como me ha pasado con Marosa di Giorgio, precariamente ligada de los tropos y la estética que la caracterizarán más tarde como escritora. No todo el mundo puede ser Mary Oliver, que se permite el lujo de ordenar Devociones en orden inverso. Porque, total, ella de joven ya era descaradamente buena.

En Poemas está ya el bosque, lo onírico, la genealogía, el cuerpo femenino que busca. Pero falta aún la erótica y ese modo de ligar la escritura con el deseo: aquí, el verso aún cuesta, el párrafo se hace largo, no hay estremecimiento sino extrañeza. La promesa se mantiene, sin embargo, gracias a la breve nota autobiográfica que abre la edición (titulada provocadoramente «Señales mías»), en ese «naranjas como bombas de oro» (ay) o en el recuerdo a quienes vivieron con ella «la edad del bosque».

Resumiendo: lectura un poco trámite, que confío que dé paso al jardín que espero encontrar en la singular poeta uruguaya.

Comunismo y estrategia.

Efectivamente: llevo casi un año sin escribir reseñas. La vida es muy rara y por momentos muy difícil, y la pila de libros ya leídos se acumula en mi escritorio llegando incluso más arriba de la de libros comprados y pendientes de registrar (sí, para eso tampoco tengo tiempo). El caso es que llevo días pensando que me daría mucha pena llegar al momento en que empecé a leer a Isabelle Garo sin haber reseñado este librazo, así que aquí viene el propósito: intentar sacar una reseña a la semana y llegar a verano con el blog puesto al día.

Empezando por el principio: leí Comunismo y estrategia entre abril y junio de 2025, en un estado mezcla de saturación mental (había acabado la oposición y aún no estaba trabajando, por lo que había vuelto a militar a un ritmo frenético) y de euforia entusiasta ante el contenido del libro. Traducido al castellano por Sylone, Communis y Viento Sur, el libro de Isabelle Garo se marca el objetivo de recuperar el pensamiento acerca de «los problemáticos vínculos entre un proyecto emancipatorio y su realización». Es decir: la estrategia. Garo dialoga con algunos de los principales recuperadores de la idea de comunismo tras la caída de la URSS para cuestionar la ausencia de un pensamiento estratégico y la reducción del término a una idea (intelectual), a un concepto (categoría), a una identidad o a una protesta. ¿Dónde está, pues, la política?

Escribe Garo que «si bien el término se vuelve a usar hoy en sentido positivo, lo cierto es que permanece desligado de toda perspectiva política concreta: ya no se trata tanto de preparar políticamente la transición al comunismo (…), como de aludir a él de un modo que conjugue voluntad de transformación y prácticas contestatarias, radicalismo crítico y academicismo».

Los autores seleccionados están muy marcados, como es lógico, por la realidad del debate público en Francia. El resultado es un primer capítulo dedicado a Alain Badiou que puede resultarnos bastante ajeno al marco político del mundo castellanoparlante, y que además es dificilísimo debido a la complejidad del pensamiento del propio filósofo francés. Mi recomendación, si decidís enfrentaros al libro y os arrepentís en las primeras páginas, es que paséis directamente al capítulo dedicado a Laclau, mucho más accesible y de mucho mayor interés para nuestra realidad política.

El de Laclau es, con mucho, el capítulo que más disfruté leyendo. Garo hace una disección brillante de la evolución y las implicaciones políticas del pensamiento y las propuestas del argentino, que cualquier persona implicada en el ciclo político progresista de América Latina y del Estado Español debería leer. Y aclaro que la posición de rechazo o de crítica firme es también, por mucho que cierta gente pretenda negarlo, una forma de implicación. Laclau como como el rechazo radical de la idea de contradicción objetiva es una idea a la que, incluso viendo en él una vía para el abandono de la política de clase, no había llegado. Leer a Garo hablando de esto fue un goce socarrón y satisfactorio, disfrutón en lo intelectual y en lo político. Muy recomendable.

De esta primera parte del libro, seguramente lo que más interés tenga junto con lo ya dicho sea el apartado dedicado a Antonio Negri, por tener también tanta aprobación en ciertos sectores vinculados a los movimientos sociales. Tras eso, la autora dedica toda una segunda parte a repensar el comunismo como estrategia y reivindicar una estrategia de las mediaciones, releyendo a Marx en una búsqueda de herramientas para intervenir sobre la realidad concreta, llevándonos colectivamente hacia ese horizonte soñado. Quizá la de Garo es una de las definiciones más justas y bellas que he leído, cuando escribe que «el comunismo se revela herramienta política indispensable que da nombre al proyecto de reapropiación social -basado en el deseo de conquistarse a sí mismo y a su tiempo- que conlleva una lucha de clases librada en el terreno político».

Comunismo y estrategia no es un libro sencillo. No puede serlo. Pero sin duda merece el esfuerzo, por gratificación intelectual (qué gusto da leer algo tan bueno) y por necesidad política.

Camarada: ensayo sobre la pertenencia política.

Camarada completa la trilogía de la estadounidense Jodi Dean en torno a la recuperación del comunismo como idea reguladora y horizonte para la izquierda, compuesta por El horizonte comunista (2013) y Multitudes y partido (2017), editadas en castellano por Belaterra y Katakrak respectivamente. Escrita en un país donde la pertenencia política es, incluso antes que motivo de sospecha, elemento de distorsión de la individualidad soberana, se trata de un texto esperanzador y hermoso, ante el que toda persona que experimente en su vida el tipo de pertenencia política que la autora describe no podrá evitar estremecerse de reconocimiento y orgullo.

La propuesta central que nos hace el libro es comprender “camarada” como una forma de relación política. Frente a otras opciones como “militante”, camarada no puede reducirse a una identidad personal. No se es camarada sino en relación con une otre: es la dimensión relacional, el conjunto de expectativas de acción en base a un objetivo común, lo que nos otorga tal nombre. La parte más fuerte del libro se encuentra posiblemente aquí y en el modo en que Dean diferencia camarada de una etiqueta mucho más en boga en las luchas sociales del momento: “aliade”. Nombrarse aliade implica el reconocimiento de una otredad, de una ajenidad con respecto a luchas que son de otres. El desplazamiento de la política hacia las técnicas individualistas de autoayuda y el moralismo de las redes sociales. Frente a esto, la forma política “camarada” supone el compromiso compartido con una lucha común, y al activarse genera nuevas fuerzas y capacidades, distintas y mejores a las que podamos sumar por separado.

La argumentación de Jodi Dean presenta algunas deficiencias importantes. La principal es la debilidad del capítulo “El camarada genérico”, donde una idea fundamental es desarrollada de una manera lamentable. La necesidad de demostrar que la forma camarada no es excluyente sino universal, y que por tanto puede y debe ser adoptada no sólo ni principalmente por hombres blancos, sino también por mujeres y por gente racializada como no blanca (en Estados Unidos, fundamentalmente gente negra) no sólo no se resuelve, sino que se plantea de una forma reduccionista y poco convincente. Una oportunidad perdida para plantear los debates reales que existen y han existido, las implicaciones emancipadoras de ciertas elaboraciones del comunismo, y demostrar la rica genealogía de camaradas que dieron su vida con disciplina, alegría, coraje y entusiasmo, para cambiar el mundo.

Pese a ello, merece la pena leer lo que es un alegato bellísimo en defensa de la camaradería como principio básico de la moral proletaria. Una relación política “de cobertura afianzada”.

[Reseña originalmente publicada en el nº 199 de la revista Viento Sur].

Devociones.

Curso nuevo… un montón de reseñas atrasadas desde ante de verano. Intentaré irlas sacando con la mayor agilidad posible. Como siempre, no prometo nada.

Leer a Mary Oliver ha sido un regalo. Tomé la decisión el año pasado, pero el anuncio, apenas unos días más tarde, de que Lumen iba a traducir su Poesía reunida preparada por ella misma, me convenció de esperar unos meses. Así que mi encuentro con la poeta lo ha sido en primer lugar con una mujer de ochenta años enamorada de estar viva, feliz de recrearse en la sorpresa y de darse a la ternura, satisfecha con el balance de su vida y «pensando qué maravilla ser quien soy, / hecha de tierra y agua, / mis propias ideas, mis huellas dactilares, / todas esas cosas temporales, gloriosas». Porque Devociones introduce una rectificación inteligente y traviesa: al contrario de las antologías clásicas, Mary Oliver elige ordenar su obra en sentido cronológico inverso. Esto es lo que soy; y después: esto es lo que he sido.

«Una poesía de la atención en un sentido radical», dice el prólogo. Sí. También: una poesía de la sorpresa. De la maravilla, de la centralidad del cuerpo. Una poesía de amor por el mundo. En la observación de Mary Oliver hay una relación de intimidad con lo observado, algo que no se explica sólo con la descripción ni el análisis sino que requiere de una implicación profunda. Es por eso que su poesía no es realista ni romántica sino esperanzadora. Ella escribe «Y cogí mi viejo cuerpo / y salí a la mañana, / y canté» y una se siente más ligera, no más despreocupada sino más cuidada. Más segura.

A lo largo de toda la trayectoria vital de la autora, los temas se mantienen. Algunas cosas que me gustan especialmente son el modo en que el amor por la vida impide negar la muerte (no hay negación posible en la afirmación total); la forma en que menciona (siempre de pasada pero siempre con centralidad) las manos y el cuerpo de su amante, la curva del deseo que dobla a los juncos y los lleva a rozarse unos con otros, sin hablar nunca realmente de «cierta memoria / profunda del placer, cierto conocimiento / hiriente del placer» que inevitablemente lo impregna todo; su sentido de la belleza y de la responsabilidad; la forma en que esto conecta con algo que nos supera y que nos desborda: «Quizá el deseo de hacer algo bello / es el pedazo de Dios que llevamos dentro».

Devociones sería un libro precioso si no fuera por los problemas de traducción. Tuve que avanzar 200 o 300 páginas extrañada hasta comprender que no se trataba de brusquedad de estilo sino de errores no revisados. La primera alerta me saltó en la página 205 («Del Imperio»), donde commodity se traduce por comodidad y no por mercancía – significado evidente en ese contexto. A partir de ahí los fallos visibles se suceden, especialmente pero no solo en lo relativo a polisemia en el inglés original y a género gramatical en castellano (llegando a hacer a la autora hablar de sí misma en masculino). Entiendo la dificultad de un trabajo como éste, pero me parece muy triste que una editorial del nivel de Lumen no dedique los recursos necesarios para evitar que este tipo de meteduras de pata (que huelen descaradamente a traducción automática a duras pena revisada) lleguen a imprenta.

En fin. Con todas sus enormes diferencias, Mary Oliver me ha recordado a Anne Carson y al inmenso placer y satisfacción que me genera el leer a mujeres mayores inteligentes, sabias y divertidas. Poemas como «Plegaria» o «Autorretrato» (o el maravilloso «Gansos salvajes», aunque éste sea anterior) le hacen a una recrearse en la convicción de que vivir y crecer son una cosa preciosa. Agradecida e ilusionada:

Una vida entera no es lo suficientemente larga para las bellezas de este mundo / ni para las responsabilidades de tu vida.

Deseo disidente: las políticas del placer

Escribe Anneke Necro que es necesario deconstruir los mitos “para pensar un presente sexual –y no sólo imaginar una erótica futura– que haga realidad las eróticas antiguas; un nuevo mito sexual como una hiperstición, como una profecía autocumplida”. Su breve ensayo, escrito en un tono divulgativo y solvente, no se propone tanto esto como un trabajo previo: un mapeo de las diversas construcciones sociales en torno a la sexualidad y al deseo existentes a lo largo de la historia, cartografiando sus disidencias y sus márgenes.

La parte central del libro se divide en cinco capítulos ordenados cronológicamente. Si bien la extensión obliga a generalizar y a obviar diferencias (como la propia autora admite, es imposible reducir a una única realidad social el eros de toda la Antigüedad clásica europea, o de las edades Media y Moderna en Occidente), Anneke maneja una concepción sofisticada del relato historiográfico, que le impide caer en reduccionismos burdos y permite una narración alerta acerca de los efectos de las políticas de racialización, los procesos de colonización y las relaciones de explotación.

Deseo disidente no es un libro de elaboración teórica, ni una investigación profunda sobre la sexualidad histórica. Tampoco, creo, pretende serlo. Funciona como un pequeño artefacto destructivo que cumple a la perfección su propósito: desreificar el deseo (no sólo el sexo), problematizar lo natural, demostrar la construcción histórica de la sexualidad normativa para volver absurda la posibilidad de un eros anti-natura. También: constatar la existencia de personas y grupos que ejercieron, de manera más o menos consciente, la disidencia. De un deseo que no se pliega a la norma.

Para quien no conozca demasiado acerca de la articulación social de la sexualidad o esté empezando a acercarse al abordaje político del deseo, este libro supone una introducción estupenda. Una píldora a partir de la cual enlazar otras lecturas. Además, la experiencia de Anneke Necro en el BDSM, en la industria porno y en la lucha sindical como trabajadora sexual la sitúa en una posición privilegiada para hablarnos no sólo de disidencias, sino también de derechos trans, descorporalización del sexo o (sí) exploración del cuerpo.

Porque “el deseo es más que mero apetito: queremos poner la imaginación a disposición del goce”. Un goce que “no es un anhelo de aceptación, ni de legitimación de los agentes de poder: es el proyecto de escapar de las lógicas capitalistas, de dormir más, comer más, tener más tiempo, más espacios de descanso, más infraestructuras urbanas para la tranquilidad, el amor y el pensamiento. El ansia de que no hay fronteras, de quemar la ley de extranjería, de que ninguna puta sea multada. Se trata de apaciguar la sed de otra cosa”.

Reseña aparecida originalmente en Viento Sur, nº 197.

El maestro y Margarita.

Hace un par de semanas me fui con una amiga a la playa y decidí que quería llevarme una lectura de verano. Ya sabéis: novela entretenida, no necesariamente ligera pero jamás tristona ni introspectiva, lo suficientemente larga como para aguantar varios días de arena y toalla y, en fin, divertida. No sé por qué me decidí por El maestro y Margarita. Tenía poquísima información de Bulgákov y creía, de hecho, que era un autor previo, casi de la época dorada de la literatura rusa. Pensé que un cierto realismo costumbrista podría venirme bien (dudé, de hecho, entre esto y algo de Baroja), y sin saberlo me eché a la maleta una historia hilarante en la que el Diablo desciende sobre el Moscú soviético de los años 30 para volver locos, uno por uno, a todos los funcionarios del gremio de la literatura.

De las dos partes que tiene el libro, con la primera me divertí muchísimo. Es en mi opinión la mejor de ambas y muestra, tanto en la estructura como en las descripciones, una profunda originalidad. Me parece especialmente inteligente y divertida la forma en que Bulgákov hace razonar a los funcionarios ante la retórica de Voland y su séquito, el modo en que la racionalidad mundana se enfrenta a fenómenos inexplicables (todo el episodio en torno a la contratación en el Varietés, ¡qué maravilla!). La obsesión que Iván Desamparado desarrolla por el hecho de que el gato no haya pagado el tranvía, pasando por hecho su caminar bípedo, es buen ejemplo de esto.

Las conversaciones de toda esta primera parte son también geniales, con un humor soterrado que te hace en ocasiones reír a carcajadas. Algo que me ha pasado igual en los capítulos dedicados a la historia de Poncio Pilatos, que resultan especialmente bien escritos y dan para darle vueltas a más de una cosa (el hecho de la crucifixión, el asesinato de Judas, la figura de Leví Mateo).

La segunda parte del libro, sin embargo, me ha decepcionado en dos sentidos. La primera es el desarrollo de los personajes. El maestro y Margarita, que no se nos presentan hasta ahora, aparecen definidos cada uno por una feroz pasión. De algún modo, la relación entre ambos queda sustituida por la relación de cada uno de ellos con la novela. La adoración que Margarita muestra a las pocas páginas quemadas que pudo rescatar del fuego, leyendo una y otra vez los fragmentos sueltos, así como el empeño en hablar de su amante como su maestro, configura una identificación total del autor con la obra. En el caso del propio maestro, la identificación personal con la novela es más comprensible (y recoge evidentemente la propia percepción que de sí mismo tenía Bulgákov). Abocado a la necesidad/imposibilidad de sobrevivir material y socialmente en la época del peor estalinismo, el maestro aparece como la figura que más racionalmente actúa a lo largo de todo el libro – salvo quizá el propio Diablo.

El otro aspecto que no me convence de esta segunda parte tiene que ver con los diálogos (mucho más exaltados y repentinos) y con el comportamiento desproporcionado de Margarita-bruja. Los aspavientos, la alternancia entre la euforia, la depresión y la destrucción maníaca, la forma en que se relaciona con Natasha… prefiguran una personalidad poco creíble o, como mínimo, difícil de seguir y comprender. Algunos capítulos me han resultado especialmente irritantes por lo que de superficialidad y falta de credibilidad tienen, a pesar de la enorme cantidad de capas de relato y significado que van apareciendo.

En conjunto, sin embargo, un libro divertidísimo e inteligente y una muy buena lectura para llevarse a la playa. Y si no os pasa lo que a mí y no tenéis ya una edición concreta por casa, pillad una distinta y os ahorraréis un bochornoso prólogo plagado de anticomunismo.

Hilaria: relatos íntimos para un feminismo revolucionario en el siglo XXI.

Cómo empezar. Quizá lo primero sea decir que tenía mucha curiosidad por este libro y que las expectativas (cristalizadas en un par de alabanzas triunfales en redes sociales, y en el hecho de haberme topado con la edición francesa en unas jornadas en Bélgica pocos días antes de que me llegara a casa) no se han cumplido.

La premisa es sugerente: rastrear la vida de Hilaria, tatarabuela de la autora, como inspiración o relato articulador de una propuesta política para el nuevo siglo. La promesa del contenido, también: un feminismo contra el capital, contra las cárceles y contra el fascismo. E Irene (pues así y nada más firma la autora) escribe bien. Apetece leerla. El resultado, sin embargo, deja un sabor extraño. Puede que el libro sea de interés para personas que estén empezando a adquirir conciencia social (ni siquiera política) y se presuman próximas al anarquismo, pero por lo demás es con suerte prescindible. Una se queda con la sensación de estar ante el otro extremo del síndrome de la impostora: la de quien considera que su experiencia particular es diferencialmente valiosa y debe ser contada a toda costa. Trataré de ir por partes:

1) Pese a la retórica en torno a la importancia del relato íntimo y de la memoria familiar para los feminismos, el libro no habla de Hilaria. Se la nombra, a lo sumo, en unas pocas páginas, junto a toda una cohorte de tías y primas que cuesta identificar y que aparecen siempre entremezcladas y procedentes de recuerdos ajenos. No seré yo quien ponga en cuestión el valor de los testimonios orales, pero estos carecen en el libro de un tratamiento historiográfico básico que los ordene, los contextualice y los explique. Aunque Irene recoge información obtenida a través de archivos digitalizados disponibles en internet (fundamentalmente, el proyecto «Donostia 1936-1945» impulsado por la Fundación Aranzadi), no hay un intento serio de contrastar rumores ni de comprobar historias que pueda considerarse sistemático. La apabullante afirmación de que una de sus antepasadas se casó con un hombre «cuyo nombre no ha podido descubrir» se arreglaría con una sencilla consulta a las hojas del padrón de esos años, disponible para la consulta pública en el Archivo Municipal de Donosti.

2) Hay en todo el libro una confusión constante entre la adscripción ideológica y la extracción de clase. Aunque a finales del XIX un herrero con taller propio no era precisamente un burgués, y es cierto que les hijes de la pequeña burguesía y de la capa comerciante fueron abocados a la proletarización a lo largo del siglo XX, yo tendría cuidado a la hora de hablar de un grupo de hermanas entre las que se cuentan una modista con taller propio (¡famosa por copiar los diseños de Balenciaga!) y una solista del Orfeón Donostiarra (!!!) como «mujeres proletarias». Este error no se restringe a la genealogía de Irene. No es cierto que toda la ristra de mujeres anarquistas que se nombran en la última parte del libro procedieran «de los estratos más bajos de la sociedad». Soledad Gustavo , por ejemplo, gozó de una vida sostenida por una familia solvente económicamente, y Mercedes Comaposada se matriculó en Madrid en estudios de Derecho.

3) Comparto el fuerte alegato de Irene contra el feminismo liberal. También los tres ejes en torno a los que articula su «feminismo revolucionario», pero la justificación de estos me parece en muchos momentos mediocre e insuficiente. Resulta difícil afirmar esto justo después de haber leído, por ejemplo, el capítulo dedicado a las prisiones, donde se realiza una argumentación muy convincente sobre cómo las cárceles cumplen una función social de persecución racial y reproducción de las jerarquías sociales. Pero lo cierto es que Irene no hace sino contarnos las cosas que le han llevado a ella a desarrollar, en pocos años, una cierta ideología. Lo cual está muy bien pero no justifica, a mi modo de ver, que nos venda de ello un libro. De nuevo: el anti-síndrome de la impostora. Por supuesto, no esperaba encontrar un análisis serio de las dinámicas de explotación capitalista, ese capítulo lo perdono (aunque qué triste esa reducción a una crítica cultural de las campañas de propaganda). Pero si vamos a hablar de los restos materiales de la dictadura franquista, amiga, qué haces hablando del callejero y no de la judicatura, del aparato del Estado, del régimen de partidos, de las grandes fortunas de esta democracia.

4) La muy loable euforia que te lleva a querer compartir con todo el mundo lo que te apasiona y le da sentido a tu vida puede llevarte, sin una adecuada contención, a situaciones un tanto patéticas. A obviar el papel de la CNT en los últimos gobiernos republicanos, por ejemplo (¡cuatro carteras ministeriales!). O a proyectar en toda persona tus mismos procesos y conclusiones sin esforzarte lo más mínimo por comprobarlo. Sobre Homenaje a Cataluña, dos cosas. La primera, menor (pero sintomática): Orwell no tuvo jamás ningún «compromiso con las Brigadas Internacionales», porque no llegó a alistarse en ellas sino en las milicias del POUM. La segunda, mayor: Orwell no sólo no «estrechó lazos con el movimiento [anarquista]» (de lo que dice Irene que «no cabe duda»), sino que de hecho acabó desarrollando un anticomunismo cerril que le llevó a denunciar a más de 120 intelectuales estadounidenses a la CIA durante el periodo de caza de brujas. Amiga, date cuenta.

Playstation.

Constatación: si Peri Rossi me ha, en general, fascinado, con la madurez se volvió una auténtica imbécil y pasados los 60 he de reconocer que no la soporto. Cínica, egocéntrica, condescendiente hacia la gente joven, hacia sus lectoras y sus amantes, y aburrida (de sí misma, de escribir, no sé si de la vida). Leí Playstation con desesperación no del ansia, sino de la necesidad de que el bodrio acabara. Me propuse en su momento leer la poesía completa de la uruguaya y me quedan, ahora mismo, apenas dos poemarios. Los acabaré, por supuesto, pero qué suplicio de cosa mala.

La idea del libro es sin embargo buena, y posiblemente lo mejor de todo sea su título. Playstation es una compilación de poemas escritos durante la convalecencia por una pierna rota, tras un atropello que tuvo a Cristina demasiado tiempo prostrada en cama y viciada a la maquinita. El único que me ha gustado (fundamentalmente por el ritmo, aunque también por el contenido) es «Fidelidad II». Lo demás ha sido un constante «pero qué mierda es esto» y una permanente sensación de estar perdiendo el tiempo.

Menuda pena, Cristina.

Monstruos del mercado: zombis, vampiros y capitalismo global.

Sospecho que, durante un tiempo, una buena parte de las reseñas que vaya subiendo pertenecerán a la categoría: libros que llevaba siglos queriendo leer y ahora por fin puedo. Hasta nunca, oposiciones.

David McNally es para mí, junto con Susan Ferguson, uno de los nombres más interesantes del marxismo actual, capaz de mantener una encomiable rigurosidad teórica al tiempo que de abrirse a todo tipo de preguntas, inquietudes y campos de investigación posibles. La edición en castellano de su Monstruos del mercado, preparada por Levanta Fuego con traducción de José Luis Rodríguez, es como objeto físico todo lo que me gusta de un libro: tapa blanda, tamaño manejable (un formato más cuadrado de lo habitual y con márgenes grandes que facilitan la lectura), portada chulísima.

El planteamiento del texto es sugerente: el capitalismo es una fuerza monstruosa que trocea el cuerpo proletario, que se alimenta de sangre obrera, que nos devora y nos convierte en zombis. El terror respecto al cuerpo, que atraviesa de manera ininterrumpida la historia del capitalismo global, encierra una fenomenología corporal del mundo de la vida burguesa y arroja luz sobre la problemática relación entre los cuerpos humanos y las operaciones de la economía capitalista. Esta realidad se expresa a través del folklore y de las figuras del monstruo, el vampiro, el hechicero y el trabajador zombi, surgidas en momentos históricos y sociales muy específicos y que contribuyen a des-reificar los procesos invisibles de explotación y las experiencias no medibles de desintegración psicológica y corporal bajo el capitalismo para mostrarlas como lo que son: algo monstruoso y experiencialmente incomprensible.

El libro peca, a mi modo de ver, de una cierta descompensación en la importancia dada a las distintas partes (se me hizo eterna la exégesis de Ben Okri, sin combinar además con el estudio posible de otros autores africanos) y de una articulación poco exitosa entre ellas: más allá de la afinidad temática, los distintos capítulos podrían parecer textos aislados, análisis concretos juntados posteriormente para formar el libro. Estos defectos se compensan con un trabajo permanentemente sensible al género, una indagación alucinante sobre la dialéctica raza-clase constituyente de la modernidad capitalista, y una escritura arrolladora tanto en lo político como en la metáfora (¡las concluiones, madre mía, qué páginas!).

Dice McNally que los monstruos proletarios son, por definición, monstruos del cuerpo. Mucho que ver con ese materialismo antropológico benjaminiano cuyo eje de emancipación es la carne: una victoria de lo sensual sobre lo abstracto. Dos ideas poderosas y bellísimas:

1.- Frankenstein reconstruye «el proceso a través del cual se creó la clase trabajadora: primero se la disecciona (se la separa de la tierra y de sus comunidades) y luego se la recompone como un ente colectivo terrorífico, un conglomerado grotesco conocido como masa proletaria». Pero aquí no hay pérdida de la individualidad, al contrario: «en el acto de ensamblaje revolucionario se genera una nueva individualidad». Marx proyecta la emancipación del obrero colectivo en base a la creación de un nuevo «cuerpo social orgánico en el que los individuos se reproducen como individuos, pero como individuos sociales».

2.- Si, según Marx, «la dominación del capitalista sobre el obrero es por consiguiente la de la cosa sobre el hombre, la del trabajo muerto sobre el trabajo vivo», entonces en la liberación está presente «cierta magia que devuelve la vida a las personas y las cosas y rompe el hechizo del zombismo». Un desencantamiento.

Aunque mi parte preferida es la suerte de crítica literaria de El Capital que encontramos en el capítulo central, McNally realiza también una caracterización brillante de los Estados postcoloniales del África subsahariana, de la formación de sus burguesías nacionales y de sus vínculos con el capital internacional. Sin embargo, puesto que el libro se publicó originalmente en inglés en 2011 y el trabajo de investigación comenzó casi una década antes, mucha de la bibliografía que cita en esta parte tiene ya más de 30 años. Me resultaría tremendamente interesante poder leer una actualización de los pánicos culturales y las creencias mágicas en torno a al trabajo, el enriquecimiento y el consumo en estos países, con el siglo XXI ya avanzado.

Por cerrar: un fantástico reencuentro con las veinte varas de lino (ay, vieja amiga, quien te conoció lo sabe) y una ampliación muy sugerente del estudio de los efectos de la explotación y de la creación de valor capitalistas.

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