Inmovilidad de los barcos.

Escribo hoy, a finales de julio, la reseña del poemario que leí en mayo. O quizá ni eso pueda decirse esta vez, porque cuando escribo estas líneas no recuerdo ya el efecto que me causó la Peri Rossi de 1997 y sé que tendré que volver a abrir su Poesía completa y releer algunos poemas. Al menos, los que dejé marcados.

En estos meses han pasado muchas cosas (me he mudado, he perdido un trabajo, he salido de un pozo tremendo en el que estaba metida), pero sobre todo he vuelto a estudiar a un ritmo absorbente que le ha dado estabilidad y coherencia a mi vida pero me ha quitado el tiempo para leer y la claridad mental para hacerlo. Arrastro las mismas lecturas, todas a medias, desde finales de mayo, y junio fue el primer mes que no leí poesía desde que empecé con el propósito de leer un poemario al mes hace más de cuatro años. Espero que agosto me permita recuperar parcialmente el placer de leer por simple abandono (qué maravilla), pero de momento y salvo por ese interludio me esperan unos meses de seguir a este ritmo.

Inmovilidad de los barcos retoma el imaginario marino tan común en la poeta uruguaya desde Descripción de un naufragio, escrito veintidós años antes. Frente al deseo acuático, empalagoso, el ronroneo húmedo de algas y líquenes y redes de barcos ahogando a mujeres gimientes de dos décadas antes, ahora sin embargo el cascarón de las naves es terco y pesado y está vacío, y todo el libro destila un aroma salado a tristeza y nostalgia. Con 56 años, Cristina es una mujer cansada.

Como muchas poetas, Peri Rossi habla a menudo de manera directa a una segunda persona, una mujer de la que recuerda conversaciones y a la que anhela amarga o que simplemente existe como interlocutora necesaria para la voz poética. No me interesa demasiado saber si esa mujer existe o si es una licencia (aunque en algunos poemas es imposible no saber que sí, que la mujer existió y que la poeta sabe que será leída por ella), si son una o son varias las fantasmas del pasado que rondan a la escritora. Pero en Inmovilidad de los barcos he querido encontrar un hilo conductor en el resentimiento, en el justo despecho de a quien le han hecho daño. No está, precisamente, en los poemas de interlocución directa, sino en el tono y los detalles:

  1. «En el acto ingenuo / de tropezar dos veces / con la misma piedra / algunos perciben / tozudez / Yo me limito a comprobar / la persistencia de las piedras / el hecho insólito / de que permanezcan en el mismo lugar / después de haber herido a alguien». La inmovilidad de las piedras, la inmovilidad de los barcos.
  2. «Líbranos, Señor, / de encontrarnos, / años después, / con nuestros grandes amores». Aquí: temblando.

Aparte de esto, Peri Rossi escribe cargada de una tristeza bellísima («Con la felicidad no se puede hacer nada / No se puede escribir poemas») y asediada por la muerte y la vida. Vuelve sobre la crisis del VIH, tema que ya había marcado algunos de sus poemas anteriores («Quisimos robar el fuego del alto cielo / y el sida nos exterminó») y nos muestra una realidad marcada por amigos muertos y soledades ancladas. El poema final es, seguramente, una declaración de intenciones:

«Y no olvides nunca / que para cada cual / (para la ingenua doméstica recién casada / como para el guerrillero de Chiapas) / su vida es siempre una novela. / Pero por favor, / por lo menos / que esté bien escrita».

En ello estamos.

Escribir.

Quien me conozca personalmente sabrá que Duras es uno de los nombres propias de esta casa. La redescubrí cuando estaba acabando la carrera (había leído El amante años antes, con una fascinación estética que aún no llegaba a entender del todo) y en los dos años siguientes leí y compré compulsivamente todo lo que encontré de ella. Me atrevería a decir que es la tercera autora con mayor presencia en mi biblioteca personal (por detrás de Marsé y de Alejo Carpentier, y ahí ahí con Baricco), y posiblemente la escritora cuyo universo estético y vital (que es a la vez, como no podía ser de otra forma, desgarradoramente humano, latiente, anhelante – es decir, erótico y político incluso al hablar de la muerte) más me fascina. El milagro de la apelación.

Escribir es un compendio de textos breves, la mayoría de ellos transcripciones de guiones de películas u otras grabaciones audiovisuales, en los que Duras reflexiona de una u otra manera sobre qué es, qué significa, de qué manera te compromete la escritura. El resultado es un libro brevísimo que va a dar lugar, me temo, a una reseña larguísima y bastante poco estructurada. Creo que necesitaría volver a leerlo más veces, digerirlo con calma, comentarlo con mucha gente para poder darle algo de forma a esta forma de arder en el pecho. Porque menuda barbaridad.

Las personas funcionamos de formas distintas y sería presuntuoso sugerir que los procesos psíquicos se dan igual en todos nosotros. No sé de dónde viene la capacidad de crear; sí algo sobre cuáles son las condiciones que la hacen posible. Un escritor es algo extraño, dice Duras, porque grita sin hablar y hace real lo que no tiene por qué serlo. Pienso en Carson y en la triangulación de la escritura, en el modo en que deseamos porque imaginamos y vivimos porque escribimos (¿o al revés?), y siento que tiene que haber alguna conexión entre la intensidad y la belleza y todo lo cierto, y que cómo es posible siquiera amar y apreciar el tacto si la belleza no te atraviesa. Cómo es posible desear si la vida no te atraviesa. Cómo es posible una vida en libertad sin un profundo compromiso. «No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo». Hay algo sagrado en todo esto.

Primero: la soledad. La soledad de la escritura sin la que no hay escritura posible, sin la que la escritura se desangra y el autor no la conoce. La escritura como exigencia atroz y necesaria, como la ajenidad total con respecto al mundo y a quienes conoces. La relación con el alcohol para no morir, la contundencia con la que Duras explica: en esos periodos, cuando yo escribía, recibía a mis amigos en casa pero ellos no sabían nada de mí. La soledad con y sin gente – pero con gente, claro, no hay escritura. La escritura como separación-acompañamiento. «Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que solo la escritura te salvará».

Segundo: la indefensión. Que una no sabe por qué ni para qué escribe, pero que escribir es una necesidad que no puede esquivarse o te destruiría, y que es imposible hablar sobre un libro que se ha escrito o se está escribiendo, porque al pronunciar en voz alta perdería el significado, dejaría de tener sentido y sería una catástrofe. Que una vez que el libro se ha escrito, una lo lee y es imposible reconocerse en él, es como si lo hubiera escrito alguien ajeno de quien no comprendieras nada. La honestidad en la escritura es reconocer que no sabemos nada de ella.

«No sé que es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos». El libro ya es, ya era antes de presentársete. Hay una necesidad-obligación en la escritura de la que no es posible defenderse sin renunciar a la vida. Un imperativo: «Estar sola con el libro aún no escrito es (…) estar sola en un refugio durante la guerra. Pero sin rezos, sin Dios, sin pensamiento alguno salvo ese deseo loco de matar a la nación alemana hasta el último nazi».

(Inciso: el grupo de Duras cayó en una emboscada contra la Resistencia en otoño de 1944. Ella logró escapar, su marido acabó en Dachau. Dionys Mascolo, amante de Duras, lo encontró agonizante al final de la guerra y organizó su regreso a París. Fue expulsada del PCF en 1955 por sus posiciones críticas con el gobierno soviético. Mantuvo su compromiso con la emancipación humana y la lucha de clases toda su vida. Cómo escribir así si no).

«Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.

Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos».

Aquella noche.

Asomándome a las puertas de junio, en un esfuerzo de memoria y recuperación que ya viene siendo habitual por estos lares, llega la reseña del poemario de abril (sí sí, abril, aún no mayo). Ya perdonaréis: oposito en menos de veinte días, y aunque me gustaría poder decir que después de eso retomaré el ritmo, lo cierto es que tengo por delante un año plagado de exámenes. Así que paciencia (yo conmigo misma, la primera).

Sigo con la Poesía completa de Peri Rossi, de la que después de un año apenas he llegado a la mitad, y creo que a estas alturas Aquella noche (1996) es el poemario suyo que más me ha gustado. Con la duda, quizá, de Descripción de un naufragio, escrito veinte años antes, que además de ser tremendo fue para mí una de esas cosas que lees y parecen hechas como un traje a medida de tu estado emocional exacto. Hay en Aquella noche pocos poemas que no me hayan gustado, y la autora combina con audacia su intensidad característica con momentos de ingenio que te hacen reír bastante.

No hay separación formal de partes ni ordenación temática de los poemas, pero me voy a centrar en algunos cuya división en dos grupos es evidente. Por un lado, los que se corresponden con uno de los dos ejes articuladores de toda la obra de la uruguaya: el deseo, la indagación en torno al deseo, a la sexualidad animal y al sexo como cumbre de la belleza. (El otro, claro, es la palabra y la escritura y el misterio de la lengua, y pienso yo si acaso no son un poco la misma cosa). Son poemas sólidos y bellos, donde se nota la madurez de la autora y donde hay una confusión consciente entre el recuerdo-nostalgia (muchas veces autobiográfico) y la proposición-presente celebratoria. Hay bastantes ideas que me obsesionaron durante días después de leerlas (ese «solo aman las mujeres / y ellos eran machos, muy machos»), pero sin duda el más arrollador es el poema que abre y da título al libro, y cuyas dos estrofas finales lo condensan absolutamente todo: «Tanta turbación / sólo podía ser la prueba / de un deseo muy grande // tan grande / que ni tú misma / podías satisfacer». Tan afilada siempre, la muy cabrona.

En un segundo grupo de poemas, Cristina Peri Rossi aborda lo que ella gusta en llamar «Teoría literaria» (poema buenísimo que empieza de frente: «Escriben porque tienen el pene corto / o la nariz torcida»): una crítica mordaz a la industria literaria y los varones que la capitalizan, donde se mezclan un humor pseudofeminista (importante recalcar aquí el pseudo) y una reflexión bastante seria sobre el sentido de la literatura en el capitalismo contemporáneo. Reconozco que me he reído mucho. Quizá los poemas menos logrados son los que usan a Ticas (un supuesto amigo de la autora, que también escribe poesía) como conductor de la historia, pero incluso ahí me parece graciosa leer a Peri Rossi permitiéndose ser faltona de cierta forma.

Y luego, un mantra: «cuánto le debe faltar a la vida / para que yo siga escribiendo».

Chamanes eléctricos en la fiesta del sol.

No llevo registro, pero Chamanes eléctricos en la fiesta del sol posiblemente sea el libro que más rápido he leído tras haberlo comprado, al menos en los últimos años. Lo elegí por su título increíble, por su portada increíble y por el aura particular que rodea a Mónica Ojeda, y de manera sorprendente ninguno de los tres estímulos se aplacó al tenerlo en el bolso, llevarlo a casa, observarlo junto a sus pares. Lo cierto es que tanto el título como la portada son arrebatadoras preciosas, bastante eléctricas en sí mismas, signos de contener un tipo de literatura distinta de lo que estoy acostumbrada a leer y con lo que necesitaba romper en cierto modo. Así ha sido.

Si algo tiene Ojeda es una barbaridad en la escritura. Cerré el libro sin saber qué pensaba de la historia, quizá sin poder conectar con partes importantes de ella (a eso iremos luego), pero completamente estremecida por una forma de escribir animal y absurda, fuera de cualquier orden, devoradora: una escritura carnívora. Atravesar las primeras páginas es aceptar ser triturada, que lo escrito cruja los colmillos y te trastorne como el páramo trastorna a Noa, o quizá más todavía. Soy capaz de vislumbrar tres elementos en todo esto: lo animal y lo geológico confundidos en uno solo, el salto vertiginoso entre lo irracional ancestral y lo irracional contemporáneo (y viceversa), y un culto a la forma que convierte la escritura en arrebato. En cataclismo.

La autora combina dos escenarios típicos de la imaginación distópica (la distopía urbana cubierta de cadáveres, saqueos, bandas; la distopía del páramo cubierto de polvo y habitado por pobladores nómadas) y los enfrenta con el entorno callado y denso de la profundidad de la selva. Las voces narradoras contribuyen a marcar este contraste: en la ciudad (nunca presente sino recordada) y en la estepa, una sucesión alterada de narradores y narradoras en movimiento; en el bosque, una voz única y calmada que no habla sino escribe: que más que hablar, calla. Una introspección, un diálogo íntimo. El rechazo consciente a participar de la velocidad y la irracionalidad del mundo.

Me pasa una cosa con la escritura de Ojeda. Chamanes eléctricos… pretende ser un libro que suena. Un libro atravesado por la música y sus espectros, que no se entiende sin los sonidos, sin el oído, sin la garganta. Y sin embargo. Para mí el Ruido Solar ha resultado incierto como festival, al menos en su sentido sonoro. Me costaba aceptar la música, las multitudes, el efecto que amo del corazón sincronizándose con los graves. Lo veía todo como en una película muda, donde importa mucho más el movimiento que el ruido que se empeñan en que intuyas. La Fiesta del Sol ha sido para mí un grito mudo, envuelto como mucho en el sonido espectral del viento que mientras escribo envuelve mi casa y azota Zaragoza. El cierzo puede volverla a una loca. No creo que exista música que pueda engañar al viento.

También hay cosas en la trama que no me convencen. No acepto la reflexión final de Nicole sobre que quizá Noa sólo quería permitirse ser joven. No veo libertad en la evasión egoísta. Es poco creíble la manera en que todas las figuras determinantes del festival entablan rapidísimo un vínculo con el grupo protagonista (¿dónde está la demás gente?). El dinero parece no acabarse y los cuerpos no agotarse. La obsesión de Noa con el abandono paterno se vuelve forzado en algunos diálogos y al final simplemente desaparece de plano, como si no hubiese sido tan importante o no mereciera resolverse. Y sin embargo, cosas que deberían ser determinantes para el conjunto quedan parcialmente sepultadas por la animalidad de la prosa, la estética de las metáforas, el escándalo de la escritura.

Tengo que decir que he sentido un afecto tierno por Ernesto Aguavil, para mí el personaje mejor desarrollado del libro y un hombre que intenta ser bueno. Me da pena que la respiración sobrecogida ante lo natural, tan evidente ante el volcán y las montañas, no sea una vía que logre ser explorada con éxito. Y me quedo, eso sí, con la inmensa capacidad de intensidad emocional que Ojeda nos permite atisbar a través de los personajes. Estar a salvo no es vivir. Estar a salvo es estar muerto.

Israel-Palestina: la alternativa de la convivencia binacional.

Leí este libro hace cosa de un mes, y desde entonces han pasado muchas cosas. La situación en Palestina hace ya tiempo que parece no poder ir a peor, y sin embargo Israel se las apaña cada semana para superar un nuevo límite del horror y la matanza, los Estados imperialistas europeos para alcanzar nuevas cotas de cretinismo e hipocresía. Escribo esto mientras la sociedad bienpensante y criminal de Occidente se echa las manos a la cabeza por la respuesta militar de Irán, dos días después de que la policía alemana asalte y prohíba el Congreso por Palestina, un mes después de que el Estado criminal de Israel bombardee definitivamente el hospital Al-Shiva, el principal complejo médico de la franja de Gaza.

Michel Warschawski escribió este libro en el contexto de la Segunda Intifada, hace 24 años. En perspectiva, resulta desolador leer algunas de las primeras páginas, así como el alegato esperanzado con el que cierra el último capítulo. «La violencia sin precedentes desplegada por el ejército israelí y por los colonos» no ha resultado ser «sólo la expresión, sanguinaria y patética, de una rabia colonial y vengativa cuya salida ineluctable se conoce». Muy al contrario, el último límite, el de las convenciones formales, parece haberse roto definitivamente el 8 de octubre del año pasado, alumbrando un nuevo siglo que amenaza con superar los peores horrores del XX.

La alternativa de la convivencia binacional es un libro de lectura ágil, didáctico y extremadamente interesante. Escrito por un reputado intelectual israelí antisionista y militante comunista, sus capítulos recorren la historia de la invención imperialista del Estado de Israel, la construcción socio e ideológica de los diferentes partidos políticos que en él existen, los debates jurídicos en torno al concepto de un Estado judío democrático, la formación de corrientes nacionalistas palestinas, el diseño de los planes de ocupación y colonización, las diferentes oleadas migratorias y las implicaciones de la Ley del Retorno.

Si no fuera por lo impactante de buena parte de la narración, diría que es un libro que se lee de corrido. Así lo hice yo, con los ojos muy abiertos de alucinar ante la gigantesca operación de ingeniería social que supone la existencia de Israel en sí misma. He leído sobre historia colonial, tengo ciertos conocimientos sobre lo que hizo la Monarquía Hispánica en América Latina, la Belga en el Congo, y la Corona Británica por todo el mundo, y aún así me cuesta asimilar lo que ha pretendido y logrado el sionismo en el siglo XX: vaciar físicamente de población un territorio habitado, aniquilar o desplazar a cientos de miles de personas, borrar físicamente cualquier rastro de su existencia para construir un Estado inventado con una lengua que nadie hablaba. No hay forma de mirarlo que no aterrorice.

He aprendido un montón leyendo este libro y recomiendo encarecidamente que intentéis buscarlo. Una de las partes que más interesantes me ha resultado, quizá porque era lo que menos conocía, es la relación de Israel con la diáspora y la memoria del Holocausto. Para quienes hemos sido educados en el relato de Israel como compensación necesaria post Solución Final, comprender que el sionismo y su práctica de ocupación son previos, y conocer el proyecto de construcción del nuevo judío, ayuda a resituar una relación con la violencia colonial que de otra forma resulta incomprensible.

Se puede abrezar la propuesta concreta que esboza Warschawski o no hacerlo, pero el grueso del libro sigue siendo excelente. Personalmente creo que sus principales elementos siguen siendo fundamentales y acertados, pero la formulación de un Estado binacional en los términos que él la hace resulta a todas luces insuficiente para dar respuesta a la situación existente hoy día. La población palestina se hacina cada vez más en los campos de refugiados en Jordania, Siria y Líbano, y parece claro que la intención de Israel es matar a toda persona que no logre llegar al Sinaí o se niegue a perder su hogar. Como el propio Warschawski reconoce, la situación de refugiados esto dificulta la articulación legislativa y la aceptación social de una propuesta de esas características. Y lo que es más importante de todo: Israel no está dispuesto a permitirlo. No hay rastro ya de la prudencia ante ciertas normas: roto cualquier disimulo, la violencia sionista no corresponde con estertores de muerte sino con la celebración genocida de quien se considera inmune.

En este centro imperial en el que vivimos, es nuestra responsabilidad hacer todo lo posible para acabar con esa impunidad. Palestina vencerá.

Ramona, adiós.

Podría pensarse que Monserrat Roig no necesita presentación. Ramona, adiós (1972), la primera novela publicada por una de las más brillantes voces de la literatura catalana, tampoco. Y sin embargo las obviedades casi nunca son tales. Roig forma parte de toda una genealogía de mujeres (Laforet, Rodoreda, Martín Gaite) que se enfrentaron literaria y vitalmente a la inmensidad de ser mujer en el siglo XX, y que desde ahí retrataron magistralmente las sociedades española y catalana de unas décadas convulsas y contradictorias. Con esta nueva traducción al castellano (a cargo de Gemma Deza Guil), consonni pone en nuestras manos un espejo o un chillido o un cuchillo, algo en lo que mirarnos o con lo que abrirnos de cuajo para vernos en nuestras madres y en nuestras abuelas y en nosotras mismas. Una bomba dolorosa y bellísima.

Ramona, adiós tiene muchas lecturas. Una es la lineal: tres vidas de tres mujeres encadenadas familiarmente, con sus miedos y sus deseos y sus angustias. La autopercepción, la reflexión acerca de una misma que tres mujeres llamadas Ramona van desgranando, y que sería imposible imaginar de no ser por la militancia feminista de la escritora. La segunda lectura obvia es la de la temática fundamental, o al menos la más brillante en la superficie: el amor como cosa extraña e incomprensible, como magma que constituye todo lo que tiene sentido en la vida y que a la vez le arrebata cualquier tipo de significado a lo que éramos antes. No es por tanto un libro sobre tres amores; de ser, sería un libro sobre el amor mismo. Pero las otras lecturas posibles se imponen y Ramona, adiós termina por ser un libro sobre la humillación y la reafirmación personal, sobre los usos del sexo, sobre los quiebres de la memoria, sobre la hipocresía de clase, sobre la admiración femenina (qué tremendo personaje el de Kati), sobre la condena de la maternidad y sobre todo lo que contiene el silencio (imposible no pensar, aquí, en la Andrea de Nada).

Dice Luna Miguel en el prólogo que las vidas de las tres Mundetas contienen “todas las aspiraciones de la feminidad misma”. Asiento: es así. Dice también que el título escogido por Montserrat Roig es enigmático, y ahí ya no puedo estar de acuerdo porque la evidencia se va abriendo firme y límpida a través de la lectura. La presencia poderosa de Mundeta Jover, replegada sobre su adoración por la belleza como estrategia de supervivencia. La inseguridad de Mundeta Ventura, anulada por su madre y por su marido y por un mundo que no entiende. La dignidad de Mundeta Claret, enganchada a un capullo al que entran ganas de partirle la boca. Quiero pensar que éste último adiós no es, como los de su madre y su abuela, el adiós a la intensidad que puede ser la vida. Quiero creer que es una victoria: el punto de partida.

[La reseña apareció originalmente publicada en el apartado «Subrayados» del número 192 de la revista Viento Sur, marzo de 2024].

Otra vez Eros.

Hay una continuidad en los imaginarios posibles. Anne Carson con su Eros dulce y amargo y luego un montón de mujeres dándole vueltas al mismo verso de Safo: Sara Torres, Anne Duffourmantelle, Cristina Peri Rossi. Casi una revelación en la continuidad del tropos, como si la selección no hubiera sido a consciencia sino que hubiera algo oscuro en ella, algo que quisiera enseñarme a mí específicamente en este momento de mi vida. Se escribe siempre buscando. Leer es una búsqueda.

Peri Rossi publica en 1991 un poemario agridulce sobre un amor acabado. Si es que acaso eso es posible. Escribe desde el dolor sereno y el enamoramiento abierto, desde la tristeza que supone la aceptación de algo que en lo más profundo no puedes aceptar que esté pasando. Es curiosa la metáfora: ella, que tanto se regodea en la poesía desde el cuerpo y desde el deseo y desde la carne (también desde la posesión y la sumisión), elige nombrar a Eros justo cuando la realidad acaba. En es ese sentirse desamparada que la emoción se enciende. La pérdida hace más fuerte el impulso y quien escribe se niega a renunciar a él: anidar el abandono implica mantener un vínculo.

Si es posible leer Otra vez Eros así como yo lo hago, entonces los poemas alternan la sucesión de estados de ánimo de quien intenta lidiar con el duelo. Fulgurantemente despechada en «Happy End» y en «Deseo insatisfecho», reaprendiendo a moverse en un mundo menos luminoso en «Después» o en «Leyendo a S. Freud», tratando de comprenderse a ella misma en «Revelaciones» y «Tango» (para mí, el mejor y más desolador de todos los poemas del libro), desesperada por recrear lo innombrable en «Encomienda» o «Estado de celo II». Está más que nunca la pregunta en torno a la memoria, la ausencia de la forma incomparable en que el amor nos abre al mundo, la pérdida de esa lucidez sin la que ya nada se entiende. «Y cuando se fue / perdió el don / de la metáfora / quedó / sin interpretación posible // Y el mundo era diverso», escribe Peri Rossi en un intento (todas estamos ahí, querida) de hacer del sufrimiento algo de lo que sentir orgullo.

Me ha llamado mucho la atención de este poemario que es el primero en el que recuerdo leerle hablar explícita y repetidamente de drogas más allá del alcohol, el café y el tabaco. La cocaína aparece en tres poemas distintos, en todos ellos emergiendo de manera violenta (¿inesperada?) al final de un verso y teniendo especial relevancia en el relato poético. En mitad de un poemario relativamente limpio (sobre todo en comparación con los paisajes urbanos de algunos anteriores), esta presencia cumple dos tareas: reflejar un hecho que aparenta normalizado en la vida o el entorno de la autora (aparece porque está) y remarcar el ánimo de quien escribe (aparece por la metáfora que es).

Hay a lo largo del libro un reflexión callada sobre el enamoramiento (también sobre su rechazo) como relación con una misma más que con una otra. El movimiento se ilustra a la perfección en uno de los mejores poemas, «Espejos»: «Tu amor me ama / y yo me amo en él /-te amo- / como una cámara de espejos / que ardientemente / nos reflejara». ¿Lo que echamos en falta ante una pérdida amorosa es a la persona amada, o a nosotras mismas en un estado en el que ya no existimos? Después, un poema discreto («Cruce de calles») sobre volver a encontrarse con la persona a quien una vez amamos (¿a quien seguimos amando?). Hay en la triple voz del poema (hablada, pensada, escrita) una tristeza honda, la altivez de quien se mantiene entera pero preferiría no tener que hacerlo, la incomprensión total al tiempo que la comprobación gastada que se va haciendo cada vez menos creíble para una misma: de ese «no morí entonces, como era de esperar» al suplicante, unos versos más abajo, «te juro: no morí por eso /… / Nunca supe qué era el olvido».

Canto yo y la montaña baila.

Qué decir. 2024 está siendo un año raro: duro y difícil y precisamente por eso, en cierto sentido, bueno. Es en lo complicado donde se esclarece lo verdadero. Canto yo y la montaña baila me lo regaló mi hermano las anteriores navidades (las de 2022) y no lo había abierto hasta ahora porque en general los libros siempre esperan su momento. Tú tienes clarísimo que querías leer algo, pero de pronto un título concreto te llama desde la estantería y ya no hay más remedio que cambiar de planes. Es así siempre, son los libros los que eligen.

Había escuchado muchas cosas sobre el éxito de Irene Solà, pero no estaba preparada para lo que realmente supone este libro. Es una cosa extraña cuando una lectura a la que ya llegas con ganas logra, incluso así, sorprenderte. Trato, es verdad, de no leer críticas extensas de casi nada, y pensando ahora, no tengo claro qué era exactamente lo que esperaba. Quizá, menos presencia humana. Creo que fue el protagonismo de Domènec el primer capítulo lo que descolocó mis expectativas y me hizo aproximarme al libro como a un terreno del que no se sabe nada. Por dónde me estará llevando. No estaré acaso perdiéndome en el bosque. Debería estar aquí el camino ahora que la luz está bajando. Pero el camino no aparece, y como milagrosamente Solà nos planta en un lugar en el que nos encontramos reaccionando de manera infantil a cada estímulo. El pis. La piel. El barro. La vida es un continuo presente.

Hay una inteligencia y un cariño bestiales en la forma en que Solà da forma a los personajes. Se diría casi que la autora realiza una suerte de prosopopeya inversa: recoge atributos de los animales y de los ríos y de los árboles y otorga a las personas todas esas cualidades, revelándose como aspectos que constituyen la humanidad misma pero que acostumbramos a obviar cuando nos observamos en contextos sociales. Hay aquí algo que me obsesiona desde hace unos meses: la dimensión mamífera del ser humano. No es solo la escena del parto (posiblemente el capítulo más inteligente del libro, que a mí me hizo pensar de manera insistente en el tremendísimo comienzo de O corno), sino toda una serie articulada de detalles: la presencia de las vacas, el corzo en celo, la perra entusiasmado con la inflamación de los órganos sexuales, la fiesta del oso. Incluso la forma de entender la muerte (por tanto: la forma de entender la vida) implica una mirada mamífera. La pérdida del calor y de la sangre.

En una continuidad sutil, tanto los personajes humanos como todos los demás se nos presentan dotados de una espontaneidad y una inocencia más propias de la infancia. Posiblemente eso sea un logro: accedemos a ellos sin la mediación de los códigos sociales, como si la voz narrativa no le hablara realmente a nadie sino fuera por una vez el reflejo limpio de la conversación con una misma. Quién acaso no guarda ese reducto para su propio diálogo interno. Qué mayor honestidad que esa capacidad de admirarse, de alegrarse y de entristecerse por las cosas simples, de recibir la realidad no con las reacciones previstas sino con las que verdaderamente nos provoca dentro. Es un recurso que dota a la escritura de Solà de una devoción candorosa y una ternura cierta por todo lo vivo (y por todo lo muerto que sigue estando vivo). Creo que aquí está la base de tanta belleza.

Otra cosa que me ha gustado mucho es la forma en que se entablan relaciones entre los distintos personajes. Más en concreto: hay en el libro una aproximación cuidadosa y delicada a la amistad, al amor y a los vínculos, que permite exponer la crudeza de la vida al tiempo que agradecer y celebrar todo lo bueno. Se podrían mencionar muchos ejemplos al respecto, pero mi favorito es el abrazo entre Mia y Cristina, en un pueblo del lado de Francia, después de mear entre dos coches con el vaso cerveza en la mano. Supongo que, como mínimo, cada mujer adulta que haya leído el libro habrá sonreído con gratitud y cariño en ese punto.

Hay otras muchas cosas enormes en la escritura de Solà, claro, entre otras su dimensión poética, su manera de construir imágenes. Puede que todo el libro esté atravesado de una voluntad de ofrecer consuelo, o puede que yo encontrara eso en él simplemente porque lo iba buscando. No es una lectura glorificadora de nada (y como guantazo a quien busque lo contrario, el humor fino y de nuevo tremendamente inteligente del capítulo en el que un tipo sube desde Barcelona buscando las virtudes de la vida en el monte), pero quizá precisamente por ello el libro tiene la capacidad de abrazar a quien lo abre. Como la muerte en el Poema para mí, Hilari (de donde Solà extrae el título): ni idealizada ni romantizada, pero es gracias a ella que podemos apreciar la vida.

Residuos urbanos.

Están siendo unos tiempos raros, pero en febrero me terminé la Obra lírica y doméstica (poemas completos) de Alfonso Sastre, que es un señor que me cae tremendamente bien y que incluso en sus momentos más duros consigue sacarme una sonrisa. Comencé a leerle en diciembre de 2022 (he tenido que ir a mirarlo al archivo), y ha sido año y pico de sonreír mucho (de soltar alguna carcajada incluso), de sentirme abrazada y de henchirme de amor por todo lo que merece la pena en la vida. Si os pica la curiosidad, tenéis las cuatro reseñas previas agrupadas bajo la etiqueta Alfonso Sastre. Personalmente, me quedo con el bellísimo Balada de Carabanchel.

Residuos urbanos no es un libro de poemas propiamente dicho, sino la compilación de todos los desechos (qué título tan propio del autor, y qué humor tan extraordinario siempre) de los cuatro libros anteriores y de algunas cosas sueltas que nunca fueron publicadas. Como tal, el resultado es desigual: no solo porque el estilo y las motivaciones del autor varían enormemente (se agrupan poemas escritos con 60 años de diferencia, no seleccionados con un criterio único), sino porque el objetivo de dar un valor a escritos antiguos no quita el hecho de que por algún motivo fueron considerados, en su momento, descartables. La rescritura en verso de algunas obras clásicas («Versiones para decir en alta voz») seguramente sea lo más valioso del conjunto, aunque se trata precisamente de un formato que a mí nunca termina de entrarme.

Los poemas más logrados son los que recuperan un poco el espíritu de «Arrojado al mundo», esa reflexión sobre la propia biografía donde lo personal no puede explicarse ni entenderse sin la fidelidad a lo colectivo, aunque no se nombre siquiera como es este caso. Dos sobre la memoria de los padres, «Fantasmas» y «Olvidar para vivir», son sin duda los que más me han gustado. Ese arranque increíble: «Saco muy poco a pasear el cadáver de mi padre». El cierre: «Saco muy poco a pasear los cadáveres de mis padres / pero no los olvido / pero sí los olvido / pero no los olvido». Y el llanto a mitad del poema, la ruptura de la felicidad cuando acaba el sueño. Una cosa tremenda y cierta.

Guardo el libro gordo, de lomo naranja y tapas negras, con una mezcla de tipografías en la portada que roza el histrionismo y el mal gusto pero que tan naturales se vuelven al conocer al autor (¡claro!), en la estantería. Definitivamente, Alfonso Sastre se ha convertido en el número uno de los señores.

Elogio del riesgo.

Estoy leyendo menos, más despacio, y será así buena parte de este año porque he vuelto a estudiar y el tiempo es limitado. También estoy permitiéndome saborear un poco más la lectura: volver a leer un día las mismas páginas que el anterior, repetir los subrayados, quedarme absorta ante alguna línea extrayendo el significado. Supongo que esto es porque últimamente leo como buscando, seleccionando cuidadosamente los contenidos y las formas que quiero se me queden pegados. Lo hago por dos motivos: quiero escribir mejor (ya hablaremos de esto, de lo que quiero que signifique escribir, en otro momento) y hay cosas que no entiendo. Las dos cosas van de la mano, claro. En algún resquicio de mi pensamiento, lo primero es en sí mismo la solución a lo segundo. Consuela en parte saber que no es cierto.

Escogí Elogio del riesgo como una suerte de treta. Hay un punto reciente en mi vida en el que se rompió algo (una contención, un seguro ante la vulnerabilidad misma), y desde entonces he sido capaz de arriesgarme no desde la trituradora egoísta sino desde la entrega rotunda. Podría decirse que por primera vez me atreví a jugar a perder, y aún con el resultado devastador me siento orgullosa de haberme atrevido. Con mi amiga Patt hablábamos que quizá en esa pérdida está la libertad absoluta.

Anne Dufourmantelle: «Dicha apuesta rebota hacia nosotros y nos convoca, quiero decir que nos agarra en un precipitado de tiempo y de acto donde se concentra todo nuestro ser, en una intensidad sin parangón. Esa intensidad es el nombre en bruto de la pasión. (…) Pero una vez entrados en ese movimiento donde todo lo que se vive adquiere un relieve diferente, se vuelve imposible regresar al idioma que uno utilizaba antes, ya ninguna palabra tiene el mismo sabor, el mismo sentido, ya no se tiene el mismo cuerpo, la misma hambre». Y unas páginas más adelante: «Uno quiere la intensidad sin riesgo. Es imposible».

He leído el libro, cortito, durante todo el mes de enero. Está compuesto por capítulos breves, reflexiones de apenas unas pocas páginas, cuya relevancia me ha parecido bastante desigual a todos los niveles. En términos generales, leer a Dufourmantelle me ha confirmado la opinión previa que tenía sobre el psicoanálisis (mala) y acrecentado el rechazo hacia algunas de sus implicaciones. Primero: la obsesión con la seguridad uterina y la interpretación del yo-niño, una re-esencialización atroz y negada de la biología y el género, y una expectativa uniforme y encasillada de las fases de la vida. Segundo: una retórica vacía y difusa acerca de la alienación y el poder, que se suma a la lista de corrientes que parecen encantadas con difuminar las relaciones sociales en tendencias y pulsiones individuales.

Y tercero: los fragmentos que intercala con recuerdos, diálogos y apuntes de sesiones con pacientes, si bien puntualmente muy bellos, sólo han logrado por lo general ponerme de mal humor o provocarme directamente enfado. El peor es el de la mujer traumatizada con su propia desnudez que cree encontrar la explicación en una broma que le gastaron de niña, escondiéndole la ropa mientras se bañaba en un río para obligarla a atravesar sin ella la casa. La respuesta de la analista es (atención) que quizá todo eso no es sino una fantasía y que posiblemente ella no había dejado la ropa donde pensaba. Todo, por supuesto, responde a algún tipo de insatisfacción interior, a algún tipo de represión de nosotros mismos que atribuimos al resto. Por lo que a mí respecta, la elegante e intelectual retórica de toda esta gente puede irse a la mierda.

Decía que el libro es desigual, sin embargo, porque muchas de sus partes son verdaderamente muy buenas. Su comprensión del riesgo no sólo es sanadora: es bellísima y cierta. A partir del enunciado «La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, los vivos, corremos», la escritora francesa desgrana una serie de relexiones/explicaciones sobre la intensidad, la palabra, la implicación de tomar decisiones y de cómo no tomarlas es también hacerlo, que una quisiera no incorporar sino incrustar en su vida, introducirlas con fuerza en la carne para desgarrarse entera por dentro. Arriesgarse a la intensidad es correr el riesgo de no morir: sí. Y también: «Ser esperado es lo que mantiene vivos a los vivos (…) Imaginar que alguien te busca (…) Su fragilidad de ser vivo que responde al deseo».

No sé cómo expresar que Dufourmantelle, al igual que otras como Duras o Anne Carson, tienen la precisión de que significado y forma son una sola cosa misma: no sería posible significar exactamente eso escribiendo de otro modo, ni que semejante escritura pudiera significar otra cosa. También me recuerdan a Carson varias de sus reflexiones: ese «¿En qué se reconoce a alguien a quien ama? En el hecho de que cambió de discurso» cogido prestado de Lacan, la vinculación entre deseo y escritura, las páginas bellísimas sobre la función de la metáfora que evocan inevitablemente a la peonza siempre en suspense y la triangulación en la clasicista. La reflexión sobre la variación y la repetición, que si bien es clásica en el psicoanálisis yo desconocía, me ha resultado utilísima, y el capítulo dedicado a la soledad es simplemente magnífico. Aún con sus partes malas, he disfrutado muchísimo la lectura y he aprendido también mucho.

Babel bárbara.

Tengo intención de que esto sea una reseña breve; no estoy muy segura de conseguirlo. En enero he seguido leyendo a Peri Rossi, y su Babel bárbara (1991) me ha parecido ya no sé si desigual o simplemente distante en su mayor parte de los tonos y las metáforas que más me interesan.

Construida en torno a una herencia que ya le he leído a otras interlocutoras de Safo (Monique Wittig, Sara Torres), la voz poética aquí no sólo no me interpela (o quizá: parcialmente me interpela, sí, pero es incapaz de arrastrarme) sino que se me hace repetitiva y de aburrida vacía. Creo que no hay un solo poema del libro donde no aparezca el adjetivo «antigua» (mentira: si los hay, pero ahora repasando a primera vista he podido contar hasta doce seguidos sin una ausencia). Todo el universo de runas y referencias vagas (ni siquiera carnales, concretas) a la mitología griega se me hace pesado y ajeno. Y me fastidia que parezca ser una referencia obligatoria para toda autora de pretensiones lésbicas, cuando hay tantas otras genealogías (pienso tanto en ese verso bellísimo y sugerente de Audre Lorde«chicas ensortijadas rápidas sepias» – del potentísimo poema titulado «Harriet») mucho más divertidas y estimulantes.

Por otro lado, aquí la autora uruguaya recupera una tendencia que parecía haber abandonado casi totalmente en sus anteriores poemarios: el gusto por situar una voz narrativa en masculino cuando de la apreciación erótica de una mujer se trata. Y bueno, de verdad: no hace falta.

Son los poemas finales los que más me han gustado (¡mucho!). Algunos por el carácter sacramental conferido al deseo (ese «la fuerza primitiva de la carne» en «Misa profana», pero también y sobre todo uno de los poemas más hermosos del libro, «Auto de fe») y otros por la dimensión primitiva, difícil y gutural, del placer mismo. «Tu placer es lento y duro», escribe en «Erótica». «Desde el fondo del vientre, / como una montaña, / la oscura fuerza del deseo» – en «El parto».

Para cerrar, la sonrisa triste y cansada que me sacaron los primeros versos de «La Pasión». Tengo un mensaje guardado que me mandó mi amiga Paula hace ya más de tres meses: salimos del amor como de una catástrofe aérea, que dice la Peri Rossi. El poema sigue: «¿Era un año largo como un siglo / o un siglo corto como un día?». Y luego, en «Auto de fe»: «Con esta sujeción al deseo»

Vida del hombre invisible contada por él mismo.

En diciembre volví a leer a Alfonso Sastre. Un poco como regresar a un lugar seguro donde el humor es bueno y la intensidad, aunque presente en otra forma, se relaja. O mejor: no se relaja, pero adopta un cariz más soportable, más digerible, más capaz de habitarme sin destrozarme por el camino. Tenía su Obra lírica y doméstica aparcada desde mayo (en estos meses raros me dediqué a otras cosas) y ha sido una buena decisión retomarla.

Vida del hombre invisible…, el cuarto libro de poemas del dramaturgo, se centra en la experiencia de la clandestinidad, en la tensión y la paranoia del militante clandestino. Aunque su hija menor aparece puntualmente y cuatro poemas relatan intentos de fuga de prisión por parte de Eva Forest, no es un poemario centrado en los vínculos del autor ni con versos dedicados a sus amigos y familiares, a diferencia de los anteriores. Por el contrario, todo el libro construye una atmósfera de soledad y desapego, donde la tensión permanente del narrador (tensión vivida en cierto modo como rutinaria) ocupa todo el espacio y condiciona todos los climas. Un ascensor que sube a media noche, un viajo conocido que reconoce al autor por la calle, la mirada inquisidora ante un pasaporte de la Guardia Civil en la frontera: un suspense casi burocrático por lo repetitivo, donde el miedo se vive con rabia y cansancio.

Me parece especialmente bestia la forma en que Sastre trata la paranoia fruto de vivir en estado de alerta constante. «Antes o después acaba uno / viendo algunos policías a su alrededor / reales sí o no / imaginarios sí o no», escribe Sastre. El retrato que hace unas páginas antes (en el poema «Es evidente que me siguen») del hombre consumido por la paranoia, del militante aniquilado mental y físicamente por la clandestinidad, es estremecedor. Creo que es para mí el poema más duro del libro.

Libro menos desesperado que Balada de Carabanchel (está escrito no en el momento de los hechos, sino años más tarde) y también mucho menos intenso, Vida del hombre invisible contada por él mismo tiene aún así algunos momentos viscerales («pero a dónde vamos con esto camarada intelectual / tanta reconciliación y tanta leche») y otros muy bonitos. Mi preferido es un rincón de «Y para qué seguir?» donde el poeta responde, nudo en la garganta, a un compañero: «y ya le digo hay que soñar / y que es lo propio de nosotros / sombras de bolcheviques / soñar como soñaron ellos / vivir como murieron ellos / morir como vivieron ellos». Me cae tremendamente bien Alfonso Sastre.

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