El maestro y Margarita.

Hace un par de semanas me fui con una amiga a la playa y decidí que quería llevarme una lectura de verano. Ya sabéis: novela entretenida, no necesariamente ligera pero jamás tristona ni introspectiva, lo suficientemente larga como para aguantar varios días de arena y toalla y, en fin, divertida. No sé por qué me decidí por El maestro y Margarita. Tenía poquísima información de Bulgákov y creía, de hecho, que era un autor previo, casi de la época dorada de la literatura rusa. Pensé que un cierto realismo costumbrista podría venirme bien (dudé, de hecho, entre esto y algo de Baroja), y sin saberlo me eché a la maleta una historia hilarante en la que el Diablo desciende sobre el Moscú soviético de los años 30 para volver locos, uno por uno, a todos los funcionarios del gremio de la literatura.

De las dos partes que tiene el libro, con la primera me divertí muchísimo. Es en mi opinión la mejor de ambas y muestra, tanto en la estructura como en las descripciones, una profunda originalidad. Me parece especialmente inteligente y divertida la forma en que Bulgákov hace razonar a los funcionarios ante la retórica de Voland y su séquito, el modo en que la racionalidad mundana se enfrenta a fenómenos inexplicables (todo el episodio en torno a la contratación en el Varietés, ¡qué maravilla!). La obsesión que Iván Desamparado desarrolla por el hecho de que el gato no haya pagado el tranvía, pasando por hecho su caminar bípedo, es buen ejemplo de esto.

Las conversaciones de toda esta primera parte son también geniales, con un humor soterrado que te hace en ocasiones reír a carcajadas. Algo que me ha pasado igual en los capítulos dedicados a la historia de Poncio Pilatos, que resultan especialmente bien escritos y dan para darle vueltas a más de una cosa (el hecho de la crucifixión, el asesinato de Judas, la figura de Leví Mateo).

La segunda parte del libro, sin embargo, me ha decepcionado en dos sentidos. La primera es el desarrollo de los personajes. El maestro y Margarita, que no se nos presentan hasta ahora, aparecen definidos cada uno por una feroz pasión. De algún modo, la relación entre ambos queda sustituida por la relación de cada uno de ellos con la novela. La adoración que Margarita muestra a las pocas páginas quemadas que pudo rescatar del fuego, leyendo una y otra vez los fragmentos sueltos, así como el empeño en hablar de su amante como su maestro, configura una identificación total del autor con la obra. En el caso del propio maestro, la identificación personal con la novela es más comprensible (y recoge evidentemente la propia percepción que de sí mismo tenía Bulgákov). Abocado a la necesidad/imposibilidad de sobrevivir material y socialmente en la época del peor estalinismo, el maestro aparece como la figura que más racionalmente actúa a lo largo de todo el libro – salvo quizá el propio Diablo.

El otro aspecto que no me convence de esta segunda parte tiene que ver con los diálogos (mucho más exaltados y repentinos) y con el comportamiento desproporcionado de Margarita-bruja. Los aspavientos, la alternancia entre la euforia, la depresión y la destrucción maníaca, la forma en que se relaciona con Natasha… prefiguran una personalidad poco creíble o, como mínimo, difícil de seguir y comprender. Algunos capítulos me han resultado especialmente irritantes por lo que de superficialidad y falta de credibilidad tienen, a pesar de la enorme cantidad de capas de relato y significado que van apareciendo.

En conjunto, sin embargo, un libro divertidísimo e inteligente y una muy buena lectura para llevarse a la playa. Y si no os pasa lo que a mí y no tenéis ya una edición concreta por casa, pillad una distinta y os ahorraréis un bochornoso prólogo plagado de anticomunismo.

Hilaria: relatos íntimos para un feminismo revolucionario en el siglo XXI.

Cómo empezar. Quizá lo primero sea decir que tenía mucha curiosidad por este libro y que las expectativas (cristalizadas en un par de alabanzas triunfales en redes sociales, y en el hecho de haberme topado con la edición francesa en unas jornadas en Bélgica pocos días antes de que me llegara a casa) no se han cumplido.

La premisa es sugerente: rastrear la vida de Hilaria, tatarabuela de la autora, como inspiración o relato articulador de una propuesta política para el nuevo siglo. La promesa del contenido, también: un feminismo contra el capital, contra las cárceles y contra el fascismo. E Irene (pues así y nada más firma la autora) escribe bien. Apetece leerla. El resultado, sin embargo, deja un sabor extraño. Puede que el libro sea de interés para personas que estén empezando a adquirir conciencia social (ni siquiera política) y se presuman próximas al anarquismo, pero por lo demás es con suerte prescindible. Una se queda con la sensación de estar ante el otro extremo del síndrome de la impostora: la de quien considera que su experiencia particular es diferencialmente valiosa y debe ser contada a toda costa. Trataré de ir por partes:

1) Pese a la retórica en torno a la importancia del relato íntimo y de la memoria familiar para los feminismos, el libro no habla de Hilaria. Se la nombra, a lo sumo, en unas pocas páginas, junto a toda una cohorte de tías y primas que cuesta identificar y que aparecen siempre entremezcladas y procedentes de recuerdos ajenos. No seré yo quien ponga en cuestión el valor de los testimonios orales, pero estos carecen en el libro de un tratamiento historiográfico básico que los ordene, los contextualice y los explique. Aunque Irene recoge información obtenida a través de archivos digitalizados disponibles en internet (fundamentalmente, el proyecto «Donostia 1936-1945» impulsado por la Fundación Aranzadi), no hay un intento serio de contrastar rumores ni de comprobar historias que pueda considerarse sistemático. La apabullante afirmación de que una de sus antepasadas se casó con un hombre «cuyo nombre no ha podido descubrir» se arreglaría con una sencilla consulta a las hojas del padrón de esos años, disponible para la consulta pública en el Archivo Municipal de Donosti.

2) Hay en todo el libro una confusión constante entre la adscripción ideológica y la extracción de clase. Aunque a finales del XIX un herrero con taller propio no era precisamente un burgués, y es cierto que les hijes de la pequeña burguesía y de la capa comerciante fueron abocados a la proletarización a lo largo del siglo XX, yo tendría cuidado a la hora de hablar de un grupo de hermanas entre las que se cuentan una modista con taller propio (¡famosa por copiar los diseños de Balenciaga!) y una solista del Orfeón Donostiarra (!!!) como «mujeres proletarias». Este error no se restringe a la genealogía de Irene. No es cierto que toda la ristra de mujeres anarquistas que se nombran en la última parte del libro procedieran «de los estratos más bajos de la sociedad». Soledad Gustavo , por ejemplo, gozó de una vida sostenida por una familia solvente económicamente, y Mercedes Comaposada se matriculó en Madrid en estudios de Derecho.

3) Comparto el fuerte alegato de Irene contra el feminismo liberal. También los tres ejes en torno a los que articula su «feminismo revolucionario», pero la justificación de estos me parece en muchos momentos mediocre e insuficiente. Resulta difícil afirmar esto justo después de haber leído, por ejemplo, el capítulo dedicado a las prisiones, donde se realiza una argumentación muy convincente sobre cómo las cárceles cumplen una función social de persecución racial y reproducción de las jerarquías sociales. Pero lo cierto es que Irene no hace sino contarnos las cosas que le han llevado a ella a desarrollar, en pocos años, una cierta ideología. Lo cual está muy bien pero no justifica, a mi modo de ver, que nos venda de ello un libro. De nuevo: el anti-síndrome de la impostora. Por supuesto, no esperaba encontrar un análisis serio de las dinámicas de explotación capitalista, ese capítulo lo perdono (aunque qué triste esa reducción a una crítica cultural de las campañas de propaganda). Pero si vamos a hablar de los restos materiales de la dictadura franquista, amiga, qué haces hablando del callejero y no de la judicatura, del aparato del Estado, del régimen de partidos, de las grandes fortunas de esta democracia.

4) La muy loable euforia que te lleva a querer compartir con todo el mundo lo que te apasiona y le da sentido a tu vida puede llevarte, sin una adecuada contención, a situaciones un tanto patéticas. A obviar el papel de la CNT en los últimos gobiernos republicanos, por ejemplo (¡cuatro carteras ministeriales!). O a proyectar en toda persona tus mismos procesos y conclusiones sin esforzarte lo más mínimo por comprobarlo. Sobre Homenaje a Cataluña, dos cosas. La primera, menor (pero sintomática): Orwell no tuvo jamás ningún «compromiso con las Brigadas Internacionales», porque no llegó a alistarse en ellas sino en las milicias del POUM. La segunda, mayor: Orwell no sólo no «estrechó lazos con el movimiento [anarquista]» (de lo que dice Irene que «no cabe duda»), sino que de hecho acabó desarrollando un anticomunismo cerril que le llevó a denunciar a más de 120 intelectuales estadounidenses a la CIA durante el periodo de caza de brujas. Amiga, date cuenta.

Playstation.

Constatación: si Peri Rossi me ha, en general, fascinado, con la madurez se volvió una auténtica imbécil y pasados los 60 he de reconocer que no la soporto. Cínica, egocéntrica, condescendiente hacia la gente joven, hacia sus lectoras y sus amantes, y aburrida (de sí misma, de escribir, no sé si de la vida). Leí Playstation con desesperación no del ansia, sino de la necesidad de que el bodrio acabara. Me propuse en su momento leer la poesía completa de la uruguaya y me quedan, ahora mismo, apenas dos poemarios. Los acabaré, por supuesto, pero qué suplicio de cosa mala.

La idea del libro es sin embargo buena, y posiblemente lo mejor de todo sea su título. Playstation es una compilación de poemas escritos durante la convalecencia por una pierna rota, tras un atropello que tuvo a Cristina demasiado tiempo prostrada en cama y viciada a la maquinita. El único que me ha gustado (fundamentalmente por el ritmo, aunque también por el contenido) es «Fidelidad II». Lo demás ha sido un constante «pero qué mierda es esto» y una permanente sensación de estar perdiendo el tiempo.

Menuda pena, Cristina.

Monstruos del mercado: zombis, vampiros y capitalismo global.

Sospecho que, durante un tiempo, una buena parte de las reseñas que vaya subiendo pertenecerán a la categoría: libros que llevaba siglos queriendo leer y ahora por fin puedo. Hasta nunca, oposiciones.

David McNally es para mí, junto con Susan Ferguson, uno de los nombres más interesantes del marxismo actual, capaz de mantener una encomiable rigurosidad teórica al tiempo que de abrirse a todo tipo de preguntas, inquietudes y campos de investigación posibles. La edición en castellano de su Monstruos del mercado, preparada por Levanta Fuego con traducción de José Luis Rodríguez, es como objeto físico todo lo que me gusta de un libro: tapa blanda, tamaño manejable (un formato más cuadrado de lo habitual y con márgenes grandes que facilitan la lectura), portada chulísima.

El planteamiento del texto es sugerente: el capitalismo es una fuerza monstruosa que trocea el cuerpo proletario, que se alimenta de sangre obrera, que nos devora y nos convierte en zombis. El terror respecto al cuerpo, que atraviesa de manera ininterrumpida la historia del capitalismo global, encierra una fenomenología corporal del mundo de la vida burguesa y arroja luz sobre la problemática relación entre los cuerpos humanos y las operaciones de la economía capitalista. Esta realidad se expresa a través del folklore y de las figuras del monstruo, el vampiro, el hechicero y el trabajador zombi, surgidas en momentos históricos y sociales muy específicos y que contribuyen a des-reificar los procesos invisibles de explotación y las experiencias no medibles de desintegración psicológica y corporal bajo el capitalismo para mostrarlas como lo que son: algo monstruoso y experiencialmente incomprensible.

El libro peca, a mi modo de ver, de una cierta descompensación en la importancia dada a las distintas partes (se me hizo eterna la exégesis de Ben Okri, sin combinar además con el estudio posible de otros autores africanos) y de una articulación poco exitosa entre ellas: más allá de la afinidad temática, los distintos capítulos podrían parecer textos aislados, análisis concretos juntados posteriormente para formar el libro. Estos defectos se compensan con un trabajo permanentemente sensible al género, una indagación alucinante sobre la dialéctica raza-clase constituyente de la modernidad capitalista, y una escritura arrolladora tanto en lo político como en la metáfora (¡las concluiones, madre mía, qué páginas!).

Dice McNally que los monstruos proletarios son, por definición, monstruos del cuerpo. Mucho que ver con ese materialismo antropológico benjaminiano cuyo eje de emancipación es la carne: una victoria de lo sensual sobre lo abstracto. Dos ideas poderosas y bellísimas:

1.- Frankenstein reconstruye «el proceso a través del cual se creó la clase trabajadora: primero se la disecciona (se la separa de la tierra y de sus comunidades) y luego se la recompone como un ente colectivo terrorífico, un conglomerado grotesco conocido como masa proletaria». Pero aquí no hay pérdida de la individualidad, al contrario: «en el acto de ensamblaje revolucionario se genera una nueva individualidad». Marx proyecta la emancipación del obrero colectivo en base a la creación de un nuevo «cuerpo social orgánico en el que los individuos se reproducen como individuos, pero como individuos sociales».

2.- Si, según Marx, «la dominación del capitalista sobre el obrero es por consiguiente la de la cosa sobre el hombre, la del trabajo muerto sobre el trabajo vivo», entonces en la liberación está presente «cierta magia que devuelve la vida a las personas y las cosas y rompe el hechizo del zombismo». Un desencantamiento.

Aunque mi parte preferida es la suerte de crítica literaria de El Capital que encontramos en el capítulo central, McNally realiza también una caracterización brillante de los Estados postcoloniales del África subsahariana, de la formación de sus burguesías nacionales y de sus vínculos con el capital internacional. Sin embargo, puesto que el libro se publicó originalmente en inglés en 2011 y el trabajo de investigación comenzó casi una década antes, mucha de la bibliografía que cita en esta parte tiene ya más de 30 años. Me resultaría tremendamente interesante poder leer una actualización de los pánicos culturales y las creencias mágicas en torno a al trabajo, el enriquecimiento y el consumo en estos países, con el siglo XXI ya avanzado.

Por cerrar: un fantástico reencuentro con las veinte varas de lino (ay, vieja amiga, quien te conoció lo sabe) y una ampliación muy sugerente del estudio de los efectos de la explotación y de la creación de valor capitalistas.

Marguerite Duras.

Cómo escribir. Laia me regaló esta invasión del deseo el año pasado y yo esperé paciente, con el libro apilado en medio de una mudanza sin terminar, hasta el momento justo en que terminé las oposiciones. El día que supe que había aprobado me dije: ahora sí. Leer a Adler leer a Duras ha sido retomar la vida.

Marguerite Duras ha sido y sigue siendo una de las autoras de mi vida. La leí obsesivamente entre los 19 y los 22 años, volví a ella más mayor, busco en toda librería algún títulos suyo que quizá pueda habérseme escapado, la elijo entre mis estanterías cuando necesito volver a conectar en un cierto sentido conmigo misma. Es también, cómo no, la autora del dolor y del deseo (¿no son lo mismo?): la autora del riesgo íntimo, de la pasión por el amor físico, del peligro de la destrucción personal, de «una feminidad ponzoñosa como un arma oxidada que uno tuviera siempre al alcance de la mano sin saber si conserva aún su capacidad de matar».

Adler recoge a Duras y escribe una biografía portentosa, que se levanta en forma estéticamente embriagadora (digna ella misma de ser obra de Duras, de no ser porque su extensión es muchas veces mayor que ningún libro que Duras escribiera nunca) y se apoya en un trabajo de investigación riguroso y enorme: viajes a Vietnam, entrevistas personales, estudio detallado del Archivo Duras, exégesis literaria, búsqueda en los archivos coloniales, documentación de cada una de las épocas y momentos históricos vividos por la escritora. Porque Marguerite Duras podría haberse llamado, de forma mucho más acertada, Marguerites Duras.

Hay, sí, muchas Marguerites: la nacida Donnadieu, niña salvaje que aprende a hablar vietnamita y a cazar animales en la selva; la estudiante burguesa «que parecía entregarse al mirarte» y que pasea a sus hombres, amigos y amantes, en su propio coche; la casada Antelme, que huye a pie del París ocupado con la comitiva del Ministerio de las Colonias; la amante de Dionys Mascolo, delirante en la necesidad física de ser tomada; la mujer anulada, la obsesión reconvertida en madre; la militante comunista que reparte L’Humanité puerta a puerta y es capaz de volver la vista a otro lado ante lo que el gobierno soviético supone a finales de los años 40; la sesentayochista entusiasta; la alcohólica molida a palos por Gérard Jarlot, porque ya no sabe sentir placer sin recibir palizas; la que respondió a Lacan que no sabía de dónde había sacado a Lol V. Stein; la escritora ególatra que sólo habla de sí misma, la estupenda cocinera, la cineasta, la homófoba y la sionista (sí). ¿Cuántas mujeres caben en una vida?

La forma en que Adler encadena la exegesis de cada una de las obras de Duras (sus libros y sus películas) con los procesos que atraviesan su vida hace de la biografía una delicia casi literaria. Eso y que la vida de Marguerite, por supuesto, da para muchos libros: todos los suyos. Los diferentes capítulos tratan de agrupar no sólo momentos vitales, sino también de relación con la escritura, en un ejercicio que trata de discernir la verdad de la ficción y muestra cómo la necesidad de escribir y la vivencia del deseo se imbrican en un mismo anhelo de sensualidad y locura.

Me ha dado mucha pena (como única gran pega) que Adler no realice para la etapa sesentayochista el mismo esfuerzo de indagación que para los años de la Resistencia. Si durante la ocupación sabemos quiénes son exactamente todos los integrantes de los distintos grupos con los que se relacionaba Duras, la relación de Mitterrand con cada uno de ellos, los lugares donde comían y el nivel en que se implicaban, del que fue el acontecimiento político más esperanzador vivido en Europa en la segunda mitad del siglo XX apenas sabemos que Marguerite participó de un comité de intelectuales y que creó varios lemas. ¿Cuál es la relación que tuvo la escritora con los estudiantes y obreros en huelga? ¿Cuáles las diferentes corrientes políticas presentes y enfrentadas en esos días? Había leído algo sobre todo esto en relación a Duras en la autobiografía de Daniel Bensaïd (libro fantástico editado en castellano por Sylone) y esperaba poder profundizar algo más.

Creo también que Adler perdona a Duras demasiadas cosas. No es tarea de la biógrafa el juicio moral, pero no hay justificación estética para la omisión política. Con todo, el libro es una obra monumental y una delicia literaria, una puerta fascinante hacia la escritora que escribía sobre el riesgo de escribir, hacia la mujer que tuvo siempre ganas y necesidad de hacer el amor. Hacia una figura, en fin, que nos atrapa y obsesiona a tantas de nosotras.

Marxismo queer como arte estratégico.

Me he leído por fin la preciosidad de fanzine que sacaron el año pasado les compañeres del Área LGTBIQA+ de Anticapitalistas: cuidado, riguroso, fruto de un trabajo colectivo de elaboración muy potente, y con una gráfica bonitísima. Recogiendo la idea bensaïdiana de la política como arte estratégico, el fanzine pretende ser un intento de dotar de un programa de emancipación radical (ecosocialista) y de abrir la discusión estratégica en un movimiento cada vez más dinámico, pero aún disperso y desorganizado.

La parte central recoge los tres documentos que se discutieron en el I Encuentro Confederal de Disidencias en el mes de mayo. El primero, de carácter teórico, presenta el concepto de «marxismo queer» como un intento de reintroducir los análisis de la sexualidad y el género en el estudio de las relaciones sociales capitalistas, sin caer por ello en un reduccionismo economicista y planteando una política que supere la «tolerancia represiva» y la reificación de la sexualidad en el capitalismo.

El segundo texto esboza una genealogía de las luchas liberacionistas del movimiento de disidencias sexuales y de género, donde me parece especialmente importante la alusión a los Frentes de Liberación Homosexual de los años 60. Y por último, el artículo «Ser algo más que bisexuales» plantea la necesidad de romper con el monosexismo y de entender la sexualidad como algo no lineal, estable ni permanente a lo largo de la vida.

Lo que más me ha interesado del fanzine, sin embargo, son las dos partes elaboradas específicamente para su publicación. La primera, titulada «Qué política sexual radical construir en tiempos reaccionarios», supone un esfuerzo admirable para caracterizar los rasgos estructurales, tendenciales y de fondo de la crisis actual del capital, y las formas políticas específicas que ésta adopta en el Estado español y su entorno regional. El análisis que se realiza aquí se la situación del movimiento LGTBIQA+, atrapado entre la impotencia de las políticas liberalizadoras de domestización y asimilación de las disidencias sexuales y de género, y el auge de un heteronacionalismo interclasista reaccionario y violento.

En este marco, el objetivo es romper la sectorialización de las luchas y de las reivindicaciones LGTBIQA+, abandonar los límites del lobbismo de plataformas, y avanzar hacia la construcción de experiencias conjuntas con diferentes sectores de la clase trabajadora. Para contribuir a caminar en esta dirección, al final del fanzine se recogen algunos puntos de partida desde los que levantar un programa para las disidencias sexuales y de género: medidas que buscan romper con la fragmentación de sujetos y generar procesos conjuntos estables con sectores amplios de la clase.

En conjunto, un material muy potente para acercarse por primera vez a todos estos debates y formarse en historia, estrategia y programa. El fanzine no se encuentra en distribución comercial, pero entre febrero y junio se realizarán actos de presentación por pueblos y ciudades de todo el Estado, incluyendo un par de fechas en Zaragoza.

Apegos feroces.

Exorcizar a la madre. Estoy leyendo la biografía de Marguerite Duras y en ella Laure Adler cuenta cómo, al principio y al final, escribir fue para Duras la única manera de despersonalizar a su madre, de sacarla de sí, de borrar su existencia real a base de reconstruirla una y otra vez en la ficción, de hablar de ella, de inventarla: ya no era cierta. Si puedo escribir sobre ella, quizá tan real no era. Y al mismo tiempo, qué mayor prueba de realidad que ser capaz de dejarlo escrito. Todo lo escrito es cierto. Dónde empieza la verdad y acaba la mentira. Así pues, la despersonalización.

Había oído maravillas del libro de Vivian Gornick pero me resistía a comprarlo como me suele pasar con cada boom literario. Al final, me lo recomendó mi hermano. Me dijo que me iba a gustar y que lo leyera con cuidado. En Elogio del riesgo, Anne Dufourmantelle escribe que «dejar la familia abre el riesgo del amor. (…) Esta libertad ganada a expensas de los lazos de sangre puede llevarnos a querer a personas de la familia, pero desde otro lugar, no más desapegado sino libre de esa deuda que ordena obediencia y nos hace consentir toda violencia».

Apegos feroces es resultado de esa deuda. Una vida en base a la madre: la imposibilidad de escapar del infierno, la constante y odiada necesidad de validación, una búsqueda de aprobación que te corroe y te subyuga y te convierte en siempre parcialmente subordinada. El temor y la duda: qué pasa si el amor era esto. Si nos habíamos equivocado. Si no hay alternativa posible. La depresión no reconocida (esa Gornik adolescente y apática que mira por la ventana), la sexualidad encarnizada (¿cómo trasladamos los traumas con nuestras madres a nuestras relaciones con los hombres?), la feminidad como un existencialismo y una narración de clase de una comunidad de familias encabezadas, sostenidas y soportadas por mujeres.

No sé si lo que Vivian Gornick hace puede considerarse un ejercicio de despersonalización. Sí es, en todo caso, un exorcismo. «Cuando leemos las palabras de otros y decimos que ‘nos resuenan’ es porque en ellas escuchamos la vibración de heridas parecidas a las nuestras», escribe Carmen Pacheco en su última newsletter, como siempre bellísima. Y también: «El cerebro es un órgano plástico moldeado por el amor y la pena».

Aunque el personaje de Nettie es fascinante (devoradora de hombres, para Gornick es evidente: lo hace porque los odia) y su propia maternidad resulta uno de los hilos más interesantes del que ir tirando en la maraña de feminidades confusas (junto con, quizá, el duelo de la madre de la autora), para mí lo fundamental del libro está en la segunda parte. Me obsesiona desde hace tiempo la forma en la que las mujeres nos relacionamos con los hombres: las contradicciones de lo sexual, todo lo erótico que pretende no serlo, el autoconocimiento a través de ellos, las verdaderas motivaciones. El placer del sexo por el sexo. Leo obsesivamente a Duras, a Anaïs Nin, a Anne Carson, a Annie Ernaux. Por supuesto que pasa también en el safismo, pero las relaciones entre los dos sexos (sic) son una trampa perversa y deliciosa, necesariamente de otro tipo. Consiste en desentrañar la feminidad misma.

Gornick avanza por sus amantes como una travesía necesaria para comprender su relación consigo misma y con su madre. No de una manera literal, explícita. Sino como algo que se vuelve evidente conforme avanza el relato, y que es así porque resulta ser así también en cada una de nosotras. Gornick, por supuesto, escribe extraordinariamente. Divaga por sus recuerdos. Vagabundea de un lado para otro dotando a cada frase de la precisión justa para que, en conjunto, entendamos. Un exorcismo.

La Esposa joven.

Entre los escritores a los que vuelvo una y otra vez siempre está Alessandro Baricco. Qué cosa monstruosa su escritura: cierta y sin moraleja posible. Cuando tenía 20 años y mi biblioteca todavía soportaba las mudanzas aceptablemente, era sin duda alguna el autor del que más libros había comprado. Emaús fue para mí una puerta iniciática sólo comparable a la que atravesé años más tarde, cuando descubrí a Ramón J. Sender en 7 domingos rojos. Baricco, en fin, es para mi educación lectora el correlato masculino de Duras: la forma absoluta de lo inasible.

Cuesta entrar en los libros de Baricco. Hay una pátina de algo que en otras latitudes llamaríamos quizá realismo mágico, que desdibuja el sentido común hasta el punto de tardar en comprender lo que se nos presenta sin metáfora alguna. En novelas cortas, como lo son las suyas, una avanza con dudas: ¿será la próxima página la última, y yo la pasaré sin haberlo logrado? La promesa es que el temor nunca se cumple.

La Esposa joven sería una novela críptica si guardara un mensaje a la espera de ser descifrado. Por supuesto, eso no ocurre. Así que diremos que es una novela transparente, exacta. En mi caso, dos escenas me mantuvieron fuera de la historia hasta relativamente tarde: la primera conversación con Modesto y la noche con la Hermana. Sin embargo, la conversación con la abuela es aterradora (primer indicio), y a partir del momento en que la trama de la Madre cobra protagonismo ya no pude despegarme del libro.

Para mí, los dos momentos cruciales. Uno, la Esposa joven en la habitación de la Madre (cómo escapar de eso). Dos, la alternancia de la conversación de la Esposa joven con el hombre del burdel, y del narrador con L. En este segundo caso, Baricco se corona. Es la cúspide del cambio de voces, de la confusión de sujetos que hasta ahora atravesaba esporádicamente la novela. Qué realidad es la cierta, en qué tiempo ocurren, qué cosa está pasando en cada una de ellas. «Son los cuerpos los que dictan la vida, todo lo demás es una consecuencia».

La escritura de Baricco es bellísima y extraña, y una quisiera siempre poder sumergirse en ella como en una balsa de sensualidad y erotismo (es decir, de vida). «Le debo a esa mujer la certeza de que el sexo infeliz es el único derroche que nos hace peores», y en retrospectiva ya no se sabe si habla de la Madre la Esposa joven, o si es el narrador que habla de L. Sobrevuela un pensamiento guasón, una consciencia de la profundidad de lo que se está haciendo (¿diciendo?) que no renuncia al deleite por ello: «Era más bien algo animal, que tenía que ver con la salvación de los cuerpos».

Y para cerrar, como me temo que el propio final del libro no está a la altura (decepcionante, si he de decir algo: irrelevante), esta maravilla de respuesta en la que se regodea un narrador que quiero pensar, aquí sí, un poco Baricco mismo, al ser preguntado «¿Por qué todo ese sexo?»: Porque es difícil.

Habitación de hotel.

Si no hay nada mejor que Cristina Peri Rossi enamorada (viva), pocas cosas hay peores que Cristina Peri Rossi desenamorada. Despojada de una-otra que dé sentido y luz a la vida, la uruguaya cae en un abismo de cinismo que se intensifica con la edad (ay, cuidado con la amargura pasados los sesenta años) y que la hace parecerse peligrosamente a un Pérez Reverte resentido, odiador de las mujeres y firmemente convencido de que el mundo le debe algo. Sexo, por supuesto.

Habitación de hotel es, en conjunto, un libro despechado que cede ante el resentimiento a costa de buena parte de sus cualidades literarias. Todo el mundo tiene derecho a escribir mal; a mí, me parece, sin embargo, que más que eso aquí Peri Rossi escribe con pretensión de ser buena. No es el verso lo que falla, el problema es previo: son las propias imágenes las que resultan burdas.

Hay, sin embargo, recordatorios de a quién estamos leyendo. Uno es el poema «Considerando», que acaba con ese «el hecho de que tú y yo ya no hagamos el amor / es sencillamente irrelevante» que la deja a una destrozada por varios días. Otro, el ramalazo de vida que asoma en «y te oculto la única cosa que verdaderamente sé: / solo es poeta aquel que siente que la vida no es natural / que es asombro / descubrimiento revelación / que no es normal estar vivo», que me hizo pensar en Lo raro es vivir y en si Cristina habría leído a Martín Gaite. Otro, la oda al esplendor de la carne madura que realiza en «Madurez».

Quizá «Asombro» sea mi poema favorito del libro, como una vela encendida en mitad de un túnel de tristeza y desamparo.

«La vida brota por todas partes / consanguínea / ebria / bacante exagerada / en noches de pasiones turbias / pero había una fuente que cloqueaba / lánguidamente / y era difícil no sentir que la vida puede ser bella / a veces / como una pausa / como una tregua que la muerte / le concede al goce».

Ladronas victorianas: cleptomanía y género en el origen de los grandes almacenes.

Hay libros que compras con entusiasmo, dormitan en la estantería durante varios años (siete, en este caso), y un día los descubres con emoción como si los hubieras comprado pensando en ese justo momento. No sé por qué no había leído aún Ladronas victorianas, si de hecho ha sido el segundo en mi lista de pendientes en bastantes ocasiones desde 2017. Son los libros los que nos eligen a nosotros y no al revés, y concretamente éste parecía estar esperando a un momento de saturación mental (por las oposiciones) que no pudiera ser combatido con literatura debido a un profundo agotamiento emocional.

Ladronas victorianas es un ensayo inteligente y divertidísimo. La escritura de Nacho Moreno, acelerada y mordaz, es maravillosamente promiscua, en un derroche de referencias e hilos secundarios que siempre logran rencontrar el camino de vuelta. Las imágenes van y vienen con la facilidad de quien domina de verdad un tema y se permite pasar por él arramblando, sin consideración alguna: una demostración genial de pasión por lo que se está contando.

¿Por qué un número nada despreciable de respetables señoras burguesas, aparentemente en posesión de abundantes recursos económicos, se lanzan en el último tercio del siglo XIX a robar compulsivamente objetos que no necesitan? Éste es el punto de partida de un libro que analiza la construcción de género en un periodo histórico de radical transformación de las relaciones sociales: el de la explosión urbana del cambio de siglo, la consolidación del capitalismo no sólo en la esfera de la producción sino también en la de la circulación de mercancías (ay, el consumo) y el surgimiento de los movimientos políticos modernos.

Los ejes que articulan el libro son cuatro: la construcción de género de la cleptómana por parte del discurso médico, la figura de la compradora como agente feminizado transformador del espacio público, la dimensión proletaria de las trabajadoras de los grandes almacenes («esa mezcla entre glamour y esclavismo laboral»), y la relación ambivalente de las sufragistas con los escaparates (sic) y las galerías comerciales de diverso tipo. El conjunto es una chulada de libro que, para quien no tenga conocimientos previos de historia social y cultural de las ciudades, resulta accesible e igualmente divertidísimo.

Para quienes sí los tenemos, la lectura se enriquece y se vuelve aún más interesante. Personalmente, me he regodeado con gusto en las numerosas referencias a uno de los trabajos históricos que más he disfrutado jamás leyendo: La ciudad de las pasiones terribles de Judith Walkowitz. En resumen, un libro chulísimo con una edición preciosa (¡las fotografías!) que te permite pensar pero también, en ocasiones, soltar una buena carcajada.

Estrategias del deseo.

En el año 2004 Cristina Peri Rossi volvió a enamorarse y yo doy gracias al cielo.

Leí Estrategias del deseo hace dos meses que parecen dos años, y todo un arrabal de sensaciones volvió a pasarme por encima como si de verdad me estuviera ocurriendo. O quizá sí ocurría: leí Estrategias del deseo y mientras que los poemas duraban, todo en el mundo era luminoso y cierto y desgarrador y vivo, y toda yo estaba arrasada por ese momento exacto del enamoramiento en el que «no teníamos tiempo / ni ganas / para las cosas normales / de modo que todo era excepcional / todo era íntimo / urgente fundamental / agónico desesperado / andábamos todo el día con ojeras / y yo no tenía apetito».

No sé hasta qué punto hay patrones universales en las cosas que vivimos y la forma en que las sentimos. Supongo que una apertura radical a la intimidad, una asunción total del riesgo, un deseo que nos mueve hacia la vulnerabilidad absoluta, puede sublimarse de muy pocas formas. Es fácil reconocerse, por tanto. Hace tiempo que dudo acerca de cuánto de egoísmo hay en esa entrega. Pero ahora cuando leo de nuevo «Cuando no hacemos el amor / me encierro / encierro / encierro / entre cuatro paredes / aunque quizá son cinco / lo mismo da / siempre es una cárcel», me recuerdo a mí misma («pensé que si no hacía el amor contigo me iba a morir») y me echo a llorar.

Estrategias del deseo es un poemario bellísimo. La mejor Cristina es la Cristina joven, poderosa, violenta y exaltada, como ella misma se nombra para decir: deseante y deseada. Qué magia es esa de la reciprocidad del deseo. La precisión de la búsqueda, de la ansiedad, de la felicidad si es que eso existe, un deseo que nunca echa el ancla. La certitud de estar viva.

«Las ciudades solo se conocen por amor / y las lenguas son todas amadas», escribe Cristina en «Barnanit». Es verdad. Cómo amarramos las ausencias a espacios y paisajes concretos, no lo sé. Que no quiero desvincularlos nunca, porque entonces la vida dejaría de ser cierta y plena, eso también lo tengo claro. Jamás desprenderme de lo que he sido.

Para acabar, un mantra. «Este éxtasis de la carne / no es un capricho vanidoso / no es un ejercicio de los músculos / no es un acontecimiento fisiológico / es un camino de perfección».

El acontecimiento.

Pasé todo el año pasado evitando leer a Annie Ernaux, con una cautela que era más bien pánico: el terror de quien se sabe atrapada en algo que puede estallar en cualquier momento. Acabé 2023 escribiendo menos mal que no se me ha pasado por la cabeza leer a Ernaux y apenas un mes más tarde, cuando ya no estaba así de mal pero seguía fatal (cómo se sale, cómo: escuché hace poco decir que hacen falta dos años), Pablo me regaló El acontecimiento por mi cumpleaños sin saber que era una fase que yo necesitaba para avanzar en el duelo. Gracias.

No había leído hasta ahora, pues, a la Premio Nobel francesa, a pesar de devorar fragmentos suyos y de entrar fervorosamente en el grupo de las que exclaman con ella: «Yo siempre he esperado muchísimo del placer sexual, aparte del placer en sí. El amor, la fusión, lo infinito, el deseo de escribir». El deseo de escribir. Jamila Medina Ríos en «Carnicería», uno de mis poemas favoritos en el mundo: «Por el borde de tu cuerpo camino al matadero». Anaïs Nin y su no manejarse a sí misma de manera objetiva, sino «como una mujer que estuviera indagando la exacta condición de su cuerpo».

Pocas cosas hay que decir sobre El acontecimiento que no se hayan dicho ya en el último año (y mucho antes, claro). Hay una precisión clínica en la prosa descriptiva de Ernaux, una constante ruptura de la cuarta pared, si es que en literatura también existe eso, una confesión periódica sobre las dudas en la escritura, la necesidad de contar, las consultas al diario de hace treinta años, la inseguridad con respecto a los propios recuerdos. Y luego, el libro que la devora, que la atrapa, que la obliga a escribir en una elección inversa a la que muchos autores pretenden. (Esto Duras, parte de esta genealogía, también lo tiene claro: es siempre el libro quien nos elige; Ernaux escribe «No sé qué me deparará la escritura» y podría ser Duras escribiendo: «No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo«. De nuevo Ernaux: «El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, ofrece el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe verdad inferior».).

La frialdad del método se hace extraña a veces, sobre todo en las primeras páginas. Pero es esa distancia, esa objetividad a base de tragar saliva, lo que hace que la historia se vuelva real y angustiosa, que funcione, que se muestre como lo que es: verdadera. «Algo indecible y de cierta belleza», escribe Ernaux. Siempre hay verdad en la belleza.

Diría que El acontecimiento es, en primer lugar, un tratado sobre la escritura y una exploración del propio cuerpo (de la fuerza del propio cuerpo), y que ahora soy capaz de enfrentarme a otros libros suyos y de descubrir si acaso toda su obra no es un intento de exploración sobre la escritura y de tratado sobre el cuerpo. Es en segundo lugar una reflexión sobre la memoria («la única y auténtica memoria es material»: las emociones que recuerda el cuerpo), y en tercer lugar sobre el cuerpo y la clase.

La afectación corporal como algo que incapacita para el trabajo intelectual, como una desgracia de las mujeres pobres, de las siempre condenadas a la miseria, a no poder emanciparse de la biología. El embarazo, el terror de la sangre, los vómitos, la sonda dentro de la vagina: una condena de clase. El aborto, la supervivencia, la eliminación: la posibilidad del desclasamiento. Y la capacidad para el deseo y para la seducción, como criterio de vida.

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