Gastrosofía: una historia atípica de la filosofía.

Empecé este libro tras acabar el de Sara Torres, necesitada de algo ligero que rebajara los niveles de intensidad emocional que me atravesaban. Así que supongo que no deja de ser irónico que me siente a escribir la reseña justo ahora, pero lo cierto es que en su momento cumplió su función a la perfección. Encajado dentro del itinerario de lectura que llevo unos meses haciendo en torno al deseo, el placer y el existencialismo vitalista, Gastrosofía es sin embargo una forma de acercarse al tema desde otros lados. Ameno, divertidísimo a ratos, una celebración del buen vivir que te deja con inmensas ganas de meterte en la cocina.

Pensar desde la comida o con la comida es algo transversal a casi todas las culturas del mundo. No hay que explicarlo demasiado en esta esquina del Mediterráneo en la que las sobremesas son quizá el principal momento de encuentro, celebración e intercambio colectivo. Lo que Eduardo Infante y Cristina Macía (profesores de filosofía, amigos, y amantes de dos de los mayores placeres de esta vida -a saber: comer y beber) nos proponen en el libro es un recorrido por los principales momentos de la historia de la filosofía en Occidente a través de las relaciones específicas de las formaciones sociales de cada época (y de sus sistemas de pensamiento) con el hecho social del comer y con el placer de la comida. Lejos de constituir un tratado de antropología, el libro se convierte en algo ligero, divertidísimo a ratos, donde ambos autores combinan impresiones personales sobre los distintos filósofos con una pasión desbordante por la buena vida.

Cada uno de los diez capítulos centrales está dedicado a un autor y/o corriente filosófica, y tras el examen de su criterio en torno al noble arte de compartir mesa, Infante y Macía ofrecen la interpretación contemporánea de una o varias recetas de la época. Algunas, incluso, posiblemente atribuibles al pensador de turno. Todos los capítulos tienen nombres geniales, pero sin duda me quedo con el dedicado a la filosofía árabe y judía en el Medievo, titulado «La reconquista del placer». Casi todas las recetas son largas y atrayentemente sabrosas. Tanto, que a una le crecen aun más las ganas de no tener que someterse a la relación salarial a diario para, simplemente, disfrutar de tiempo para vivir. Y claro: para cocinar.

Quizá la única pega, más allá de un par de comentarios puntuales bastante desubicados sobre el vegetarianismo, sea el capítulo de cierre titulado «¿Y las mujeres qué?». La crítica que se hace a la manera en que la tan cacareada ausencia de las mujeres de los índices de la Historia de la Filosofía ha incidido precisamente en su desaparición es, siendo honesta, excelente. También el señalamiento a la trampa por la que el interés puesto en el género de quien habla o escribe hoy conlleva, paradójicamente, la nula atención puesta en el contenido del discurso. La manera de abordar el problema es tan buena que, viendo el listado de nombres a los que se presta atención en el libro, sólo cabe decir: amiga, amigo, daros cuenta.

Si hay alguien por ahí buscando una lectura entretenida para este verano, Gastrosofía es una buenísima opción. Además, ya se sabe, en verano siempre hay mucho más tiempo, también para meterse en la cocina. Un poco por concluir, esto del prólogo: «Nosotros, los gastrósofos, amamos la filosofía del gozo, la ciencia de los apetitos donde se fusionan la amistad y la conversación, la risa escandalosa con la bebida, el conocimiento culinario con los saberes del espíritu, el arte y el erotismo, la música y los aromas». Y cómo no.

Lo que hay.

Sé que me va a costar escribir esto. También, que no va a ser una reseña corta. Lo llevo alargado ya un par de semanas, más que nada por falta de tiempo, pero en el fondo también por un miedo inconmensurable a volver a enfrentarme al libro. He releído frases sueltas, algunos párrafos en blucle, durante estas cerca de tres semanas, pero siempre en fotos que hice de las páginas o mensajes que mandé entrecomillados. Demasiado miedo a volver a tocar el libro, a exponerme a páginas enteras, a ver el trazo que mi mano subrayó sobrecogida mientras temblaba. Hay momentos en los que no es posible enfrentarse a una misma. Hoy creo que sí.

Lo que hay es la mejor novela (autoficción, vale) que he leído en mucho, muchísimo tiempo, y lo mejor de este año junto con Eros dulce y amargo de Anne Carson. Me lo regaló Paula por mi cumpleaños. Paula siempre regala los mejores libros y escribe las mejores dedicatorias. Cuando empecé a leerlo, una noche que no podía parar de llorar, le escribí sin mucho sentido porque sentía que era imperiosamente necesario compartir con alguien que me pudiera entender lo que me estaba pasando. Que el riesgo de no hacerlo era gigante. Una intuición. Yo tirada en la cama llorando, los ojos a veces cerrados y a veces tremendamente abiertos, volviendo de manera obsesiva a una misma frase (la última que había leído), pasada ya medianoche y escribiendo a Paula sin tener ni idea de qué decirle. Ella sí: que estaba obsesionada con ese libro, que había necesitado escribir conforme lo iba leyendo, y que cuando me lo regaló dudó de si era el libro correcto pero que luego pensó que yo estaba justo en el momento adecuado. Quiero muchísimo a Paula y es una de las personas más listas que conozco.

«A veces parece que el miedo y el amor son una sola cosa», escribe Sara Torres. No sé por dónde empezar. Casi todas las cosas que son verdaderamente importantes ahora mismo en mi vida lo son también en el libro: una intensidad sobresaturada, la exactitud estética, la búsqueda de la ternura, el amor que nos atraviesa y lo transforma todo y no puede encerrarse en un solo cuerpo, la apreciación de las cosas bonitas y buenas, la relación de dolor con la madre («la piel de mi madre, un punto de pertenencia, dolor y antustia»), la identificación en la mujer de la que vienes a través de años y años de incomodidad y de ansiedad y de chantaje (y la forma bellísima en que Sara no descubre esto hasta el final, y la manera en que en ese punto mi actitud de envidia se transformó en comprensión al darme cuenta de que yo actuaría de la misma forma en que lo hace ella: el amor -qué mal pero qué bien- era eso). También, de manera clave: el papel de la amistad, la forma en que sus antiguas amantes son sus amigas más íntimas. El extraño privilegio de la intimidad compartida. Y la forma de vivir, comprender y anhelar el sexo. Su frustración histérica al mudarse con D., ese «no me dejaste ser tu amante como sé serlo». Como sé serlo. El deseo.

Hay algunas cosas importantes en el libro que no existen en mi vida, claro. La primera es la enfermedad. Pero la forma en que la autora describe los cambios en el cuerpo de su madre tiene un cierto parecido con la vejez, una vejez acelerada e injusta que transforma a las personas y les obliga a adoptar actitudes nuevas ante la vida. La piel suave sobre el cuerpo, las dificultades para andar, la pérdida de músculo. Lo frágiles que verdaderamente somos.

La segunda es, sí, una cuestión de clase. Lo noté por primera vez cuando habla de su trabajo en la universidad, que aparentemente (esto lo descubrimos más tarde) le permite vivir sola en un piso cerca de Plaza España y que ha conseguido incluso antes de presentar la tesis. La sospecha. Luego, diversos detalles: su pasión por los hoteles buenos, que yo también tengo pero donde no podría permitirme dormir regularmente y jamás se me ocurriría pedir caviar rojo al servicio de habitaciones; la tranquilidad con la que describe la casa de la familia de Ella, como si no hubiera en esa exuberancia minimalista nada extraño; la alusión a haber estado acostumbrada a montar a caballo. No puedo pretender que nadie escriba desde un lugar que no es el suyo, y sería imposible que Lo que hay fuese ni la mitad de bueno de lo que es si en él hubiera algo mínimamente impostado. Pero la absoluta normalidad con la que se mencionan cosas que a mí (hija de clases medias y educada en una cierta frivolidad económica en lo que a los placeres respecta) me son tan ajenas, produce un efecto de extrañamiento y relativa irrealidad en la novela.

De todas las cosas ciertas que Sara Torres utiliza para dar forma al libro, sin duda la más trascendental y la que las sobredetermina a todas es su forma de pensar los afectos. Si aceptamos la idea de que las pasiones nos movilizan en un sentido que imbrica lo emocional y lo físico (idea que yo abrazo encarecidamente), entonces los modelos estancos se desmoronan solos, los marcos rígidos dejan de tener sentido. Hay unos capítulos, cuando D. se muda a Barcelona, en que la complejidad de los vínculos se hace evidente de una forma sangrante, dolorosa pero también muy bella. Es un poco así como yo lo veo: todo afecto es problemático, toda pasión es terrible, todo compromiso emocional implica vulnerabilidad y dolor. Podemos renunciar a ello. Podemos negar este hecho y fingir que la realidad encaja en un debería ser frígido e impostado. O podemos abrazar la vida con su dolor y su riesgo y hacerlo lo mejor que sepamos en cada momento, tratando de aprender por el camino y negándonos a aceptar la culpa.

He leído Lo que hay enfrentándome con el cuerpo deshecho a toda una cascada de decisiones importantísimas sobre mi vida y dando gracias por la belleza. Reconociéndome en ese «placer enorme, desproporcionado en la sensibilidad y la apreciación del detalle en el tacto» que se convierte prácticamente en razón de vida. La piel: la piel y el tacto. Arrasada ante las descripciones del sexo con Ella y la forma en que se enamora de ella. Ese reconocimiento de que el deseo se encarna en los gestos (se hace carne) y de que el romanticismo y el amor pueden llegar desde sitios muy distintos y por caminos muy dispares. Y que no son excluyentes. Supongo que hay pasiones que son universales.

He leído Lo que hay llorando estrepitosamente ante ese intento de autocomprensión, de disección emocional, de examen personal a una misma en la que me veo inserta desde hace meses y que Sara Torres expone de manera tan exacta. Sara en casa de Ella: «No sé quién era yo antes de llegar y no me importa lo más mínimo». Sara mentando a su padre: «Deseábamos la vida de un modo que superaba nuestras creencias y nuestras morales». Sara al mudarse con D.: «Por amor he llegado aquí y también he ido perdiendo el enlace a otras vidas posibles». La eterna pregunta de qué es lo que nos vincula de manera estable, qué es lo que nos hace seguir. Si acaso tiene que ser inmutablemente la misma cosa. Y al final, lo más cierto y tremendo: «Pero mi deseo de tocar y ser tocada nunca termina. Solo en la temporalidad de la escritura y del tacto consigo decir, ser sincera». Menuda barbaridad. Gracias, gracias, gracias.

Balada de Carabanchel y otros poemas celulares.

Cuando terminé de leer T.B.O. hace un par de meses, el segundo libro de poemas de Alfonso Sastre, quedé atrapada por la dedicatoria que aparecía escrita en la página siguiente, la que da inicio en su Obra lírica y doméstica al tercer poemario. Tres escuetas líneas rezan: «A Eva, / de prisión a prisión. / Alfonso». Un escalofrío. Pero no necesariamente un escalofrío de terror, sino también y quizá primeramente un escalofrío por el amor, por la belleza, por el fondo humano de lo que implica… ¿comprender la poesía, ser comunista? No sé. El caso es que se me quedó atrapado en el pecho y creo que ahí sigue, alimentando las razones para seguir viviendo como vivo.

Decía M. que a ella Sastre le gusta más como cronista de época que como poeta, pero que tiene poemas por los que hay que quererle mucho. Su «Balada de Carabanchel», escrita entre el 20 de diciembre de 1974 y el 12 de enero de 1975, es sin cosa uno de ellos. Y posiblemente (además de una incomparable crónica de época) uno de los poemas más bestias que yo haya leído, que mejor combina lo personal y lo político (amor, en todos los sentidos) y que, a mi juicio no experto, más redondo es en el terreno estético y literario. Qué cosa tremenda.

La historia es simple; conocida, incluso: Eva Forest, compañera del poeta y madre de sus tres hijos, es detenida y acusada de colaborar en el atentado de la Calle del Correo y en el asesinato de Carrero Blanco. Tras varios días de torturas, entra interna a la prisión femenina de Yeserías, de donde no saldrá hasta la Amnistía de 1977. Alfonso recibe una llamada que le insta a huir de casa. La cara de sus amigos le asedia desde la televisión de todos los bares. Piensa si acaso ella llegará a salir viva. Visita a viejos conocidos, todos le cierran la puerta, nadie quiere verse relacionado, demasiado riesgo el ser solidario. Llega a plantearse el exilio. Finalmente, se presenta en el Gobierno Militar como última alternativa imaginable a morir por las palizas en el sótano de una comisaría sin registro de entrada. Desde la cárcel de Carabanchel, donde pasó ocho meses y medio, le escribe una balada a Eva. Ella estaba entonces condenada a muerte.

La Balada es verdadera y bella desde el principio. Sastre enhebra en ella su tan característica reflexión sobre la propia vida, que es al mismo tiempo motivos y genealogía, y desde el pensamiento sobre el yo llega al contexto histórico español y a su particular contexto vital. Los motivos por los que se hace comunista. La humildad ante el mundo. La inaceptación de las miserias del mundo. La primera vez que tuve que contener un grito de admiración (por el giro político, narrativo y estético, todo al mismo tiempo) fue con el tercer poema, «Nota a Santiago Carrillo». Los motivos por los que se fue del Partido Comunista. La vergüenza íntima. La confusión consciente de los sujetos. La claridad política absoluta. Ese: «camarada / a quien yo no abandono / no me abandones tú / marchándome».

A partir del sexto poema («Nada nuevo», descripción de las torturas que Eva y otros amigos han sufrido en la DGS) empecé a llorar. Ya no paré. La comprensión del modo en que a muchas nos atraviesa lo colectivo: «De qué puedo quejarme? / Quejarnos sí podría». La cobardía de quien teme demasiado a las implicaciones como para ser solidario: «Esta ciudad es un desierto con tres millones de habitantes digo». Pero también el escalofrío final de «Despertar en celda de castigo» (poema 14): «Estamos en huelga de hambre / Somos 18 / Alfonso Antonio oís? / estamos con vosotros / La lucha sigue se me saltan las lágrimas / y me río».

La ternura inevitable que regula la vida y el amor que lo inunda todo, el amor como motor. En «De prisión a prisión», poema 12, incapaz de ser comprendido por el carcelero: «joder y dice que la ama / qué tíos / estos presos políticos estos jodidos comunistas / puñeteros / enamorados / sucios / hablan de amor los muy canallas». Y en «Versos en los que no se sabe cómo decir las cosas», que tiene un final bellísimo que lo condensa todo y que he releído no sé cuántas veces: «Compañera no estamos solos pero yo / estoy solo contigo muchas veces / iluminados ambos / por esos rostros luminosos / de nuestros hijos / Te amo te amo y ya ni sé decirlo / Aviso a los compañeros que acudan / Escribo urgentemente: / Veo cuervos / vuelan sobre nosotros / camaradas del mundo / camaradas stop«.

Una belleza y una verdad demasiado densas como para pretender reflejarla toda. Solamente otras dos cosas: una fe materialista absoluta en la fuerza del internacionalismo y de la solidaridad obrera, y una capacidad apabullante para transmitir los estados psicológicos por los que pasó esos meses. Para mí Alfonso Sastre se revela, aquí, como un poeta buenísimo. Y como apunte curioso, hay unos versos en «Octavilla urgente por mi compañera» (poema 16) que me saltaron al leerlos como si de Carlos Catena se tratara. Dice Sastre: «no sé formad / comités de apoyo salid a la calle / emplead / todos los efectivos de que dispongáis / toda vuestra imaginación en esta lucha». Y escribe Catena, 45 años más tarde: «repitamos hoy el procedimiento: / formar comités salir a la calle clamar / que la tristeza y este dolor en el pecho / cada domingo por la tarde / no son la vida que queremos». Quiero creer que en ese repitamos el procedimiento hay un bellísimo homenaje.

(La Balada está encabezada por unos versos de Quevedo: No sabe pueblo ayuno temer muerte. / Armas quedan al pueblo despojado. Escribe Sastre en «A los compañeros conocidos y desconocidos», poema 15: Somos así los socialistas / No sabe pueblo ayuno temer muerte).

Los feminismos en la encrucijada del punitivismo.

Rompí la continuidad de mi itinerario de lectura de los últimos meses para meterle mano a este volumen colectivo editado en Argentina por Biblos y que mi hermano me consiguió veloz el mismo día que vi que Traficantes de Sueños había hecho llegar hasta Madrid algunos pocos ejemplares. Fue más que nada un impulso de acaparación, un «no sé cuándo va a volver a estar disponible este libro en la Península, mejor lo compro ya por si lo necesito en algún momento». La necesidad llegó pronto, claro.

Dos virtudes fundamentales del tomo coordinado por Deborah Daich y Cecilia Varela son el hecho de que los debates en torno al punitivismo están en Argentina mucho más avanzados que aquí en el Estado español, además de que el término recoge una realidad mucho más amplia que en ambas Américas ha venido a denominarse feminismo carcelario. Aunque ya era normal escuchar hablar de antipunitivismo en ciertos contextos bastante antes, lo cierto es que tanto su uso como el de la idea de feminismo punitivo no se han popularizado en nuestro contexto hasta la irrupción de los debates sobre las penas por violencia sexual tras el caso de la violación múltiple en los San Fermines de 2016. Hablar de punitivismo remite inmediatamente, para nosotras, a los debates en torno a la respuesta social y jurídica a la violencia sexual. Una mirada que nos limita y nos impide adoptar posturas sólidas que tengan en cuenta la globalidad de sus implicaciones.

Los textos que componen el libro ofrecen una aproximación al tema ordenada de lo abstracto a lo concreto: marco conceptual, marco jurídico, análisis de algunas implicaciones (acoso sexual, trabajo sexual, tráfico de drogas), estudios de caso. Voy a realizar sólo algunos comentaros acerca de los dos primeros grupos, partiendo del acuerdo de la definición de feminismo punitivo que realiza Tamar Pitch ya en el primer capítulo: «las movilizaciones que, apelando al feminismo y la defensa de las mujeres, se vuelven protagonistas de pedidos de criminalización (introducción de nuevos delitos en el ordenamiento jurídico) y/o de aumento por delitos ya existentes».

Primera: la reducción del debate sobre punitivismo a las violencias sexuales castra toda potencia transformadora de las posiciones antipunitivistas y limita enormemente nuestra capacidad de comprensión y análisis. La ampliación del marco que las autoras proponen, enlazando con la tradición del feminismo anticarcelario, revela una abanico mucho más denso de realidades sociales, donde el punitivismo funciona primera y fundamentalmente como herramienta de castigo a mujeres y poblaciones feminizadas, pobres y racializadas que practican algún tipo de desviación incluso moral de la norma. El antipunitivismo honesto y consecuente tiene que hablar, primero de todo y como me decía el otro día la Laia, de qué hacemos con los delitos económicos y con la punición de las estrategias de supervivencia a las que recurren los sectores sociales más marginalizados (venta de servicios sexuales, mercadeo de drogas, etc.).

Segunda: la percepción subjetiva individual de incomodidades o malestares no puede ser el criterio para la construcción de nuevos tipos penales, cierto. Pero la respuesta a las desigualdades de género en ocupación de espacio, iniciativa de acercamiento sexual, cosificación y presunción de libre disposición del cuerpo ajeno no puede ser una llamada a no ser tan suceptibles. Comparto la postura de Marta Lamas acerca de la imposibilidad de crear un mundo sexualmente seguro, porque la sexualidad es de todo menos segura (y menos mal, o dónde estaría entonces la posibilidad del placer si borramos el descubrimiento y la incertidumbre misma). Estoy de acuerdo con la autora en el tremendo caballo de Troya que supone el discurso del peligro sexual como constructor de un régimen de pánico moral que encarcela a las mujeres y a las disidencias, la legitimación de la sexualidad instrumental, y la anulación de la propia agencia que supone la victimización y la lógica de las supervivientes. Pero la solución no es, no puede ser, acabar abrazando una suerte de copia izquierdista del feminismo liberal de la igualdad, en el que pareciera que lo fundamental para no sufrir violencia fuese tu actitud ante el mundo: no querer sufrirla. Gritar que a una le encanta (¿le empodera?) recibir piropos por la calle, que no todas somos tan mojigatas. Etcétera.

Tercera: me parece muy importante una de las ideas fuerza de Agustina Iglesias Skujl en «Performance de la fragilidad y el empoderamiento». A saber: que la conceptualización de la violencia machista como aquella que se recibe por el hecho de ser mujer refuerza el imaginario de un patriarcado ahistórico y uniformemente opresivo, nos quita la posibilidad de historizar las violencias y opresiones socialmente concretas, y convierte algo así como una supuesta esencia femenina en no sólo fundamento de la violencia sino también de la propia condición de víctima. Se desplaza el foco desde las dinámicas de opresión a las dinámicas de victimización. La responsabilidad es, por tanto, nuestra. Hemos estado repitiendo mierda durante años.

Cuarta: qué cosa genial el texto de Virginia Cano, titulado «Afecciones punitivas e imaginación política: des-bordes de la lengua penal». Si bien su intención es llegar a una segunda parte, que a grandes rasgos comparto, donde critica las herramientas del escrache y de la expulsión como fórmulas de gestión de las situaciones de opresión dentro de los espacios políticos, lo que me interesa es especialmente todo el despliegue que hace en la primera. A saber: que «los modos en que construimos nuestros problemas están inevitablemente unidos al tipo de soluciones que se tornan posibles para nosotrxs» y que «la proliferación de estrategias de corte punitivista en nuestros movimientos feministas y LGTBI no solo ha empobrecido el repertorio de recursos legales de nuestras luchas, sino que también ha limitado nuestra imaginación política y ha moldeado nuestra sensibilidad activista de manera disciplinante y empobrecedora».

Se queda corto así, pero vayan por aquí al menos esos apuntes rápidos.

Descripción de un naufragio.

Leí Descripción de un naufragio cerca del mar. Es el segundo poemario de Cristina Peri Rossi, de quien leí Evohé hace ya muchos años, en una edición estadounidense bilingüe que conseguí no sé cómo y que devoré bastante antes de empezar a interesarme realmente por la poesía. Lo de volver a la autora, esta vez abordando en orden su Poesía completa, ha sido algo que llevaba ya tiempo pensando y que se encuadra dentro del itinerario de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista en el que estoy enmarcando este año.

El poemario (buenísimo, delicioso) consigue una cosa extraña: que entiendas perfectamente lo que la autora pretende pero que, al menos en mi caso, seas incapaz de explicarlo. Descripción de un naufragio engarza naturalmente diálogos entre personajes no presentados (un marinero náufrago, aparentemente, que en ocasiones se subleva ante el cuadro de mando y en otros simplemente huye del barco, que parece ser lo mismo polizonte que grumete abandonado) con alegatos sobre imperialismos y migraciones (qué cosa tremenda, el poema XXXII) y con imágenes náuticas de la sexualidad y el deseo. Las voces varían: un hombre que reflexiona consigo mismo, una tercera voz para hablar de las mujeres, el recurso desde la distancia a la mujer amada, la voz evasiva frente a la autoridad tripulante o fronteriza, la apelación a algún dios extraño, la llamada. La voz irónica y aterradora que cierra el poema CCCVII: «Marinero, ¿necesitabas un naufragio / para conocer a tu mujer?». Varía también el naufragio en sí mismo: naufragio vital, geográfico, histórico, naufragio a veces salvador y en ocasiones desastroso. Sobrevuela el poemario un hálito de desesperación y redención que construye una atmósfera terrible de tan preciosa.

La primera vez que leí a Peri Rossi me sorprendió su capacidad de levantar un marco se significados propio, casi ontológico, que confiere a su poesía un lugar privilegiado donde todo funciona con independencia del resto del mundo. En el caso de Evohé, el proceso es aparentemente mucho más sencillo: hay un paralelismo entre la posesión carnal y el pronunciamiento verbal, donde el nombrar se superpone al poseer (qué palabra más horrible, pero qué incapaz me siento para dar con otra que exprese la misma intensidad) y las mujeres y las palabras se alternan hasta acabar siendo lo mismo. En Descripción de un naufragio este proceso es mucho más complejo. El universo se complejiza, se puebla de múltiples capas hasta construir un red densísima en la que te ves inserta sin saber realmente cómo es que comprendes todo, o si acaso es que no comprendes nada. Quizá la clave se dé en el poema XIII, ese que dice: «El mar. / El temor a la inmensidad / El arte de navegar / La facultad de amar / La soledad.».

Descripción de un naufragio consigue llevarte hasta todo un universo de temores y anhelos históricos, ancestrales, se diría que universales, en torno al mar mismo y a la naturaleza humana. Una sensación de trascendencia que aparece y desaparece en torno a nuestras vidas y a nuestros cuerpos y que se encarna en la fascinación marítima (¿por lo desconocido, por lo inalcanzable, por lo eterno quizá?). Los poemas finales cierran el círculo con esa manera tan propia de Peri Rossi de acercarse a las mujeres: una idolatría ciega, una violencia dulcísima, una voluntad que se derrite en el suelo ante la comprensión animal de lo que se es y lo que se tiene delante. «Abordar», «Aferrar», «Veleta» y «Arbolar» son poemas estremecedores. Me quedo quizá con estos versos del último: «Pero antes, / poner de pie a la mujer / sobre cubierta, / las olas lamiéndole los costados, / la sal ascendiendo por los bordes, / la cubierta llena de sangre, / los pies mojados».

Bessie Smith.

El de Jackie Kay es un libro sobre blues, un libro sobre la negritud y la vivencia acuciante del racismo, un libro sobre ser mujer de clase trabajadora, un libro sobre la libertad y un libro, claro, sobre Bessie Smith. Que era, ella misma, todo eso. Una lectura ágil y bellísima, que consigue estremecernos de amor y hacernos llorar de rabia. No como espectadores de una historia de ficción o de una biografía ya conclusa, anclada en el pasado, sino obligándonos a interactuar con un sistema racial y un entramado de violencias machistas que son los mismos que operan en el presente, y con un ansia de libertad (expresada en el exceso sexual, estético y gastronómico, pero también en la vida de carretera y en el tren de la troupe) que existe también en todos nosotros.

Confrontada ante la posibilidad de escribir una biografía convencional, la poeta escocesa (mujer, negra, hija adoptiva de comunistas blancos) ha preferido ir hilvanando reflexiones y momentos de su propia vida con la de la Emperatriz del Blues. E incluso cuando se centra de manera más concreta en la mitológica cantante, Bessie Smith es una excusa para hablarlos de muchas otras cosas: de la misma Ma Raney, del fervor colectivo que despierta la música, del derecho de la gente pobre al placer y al disfrute, de la construcción de género y del modo en que los hombres reaccionan con rencor y violencia ante la ansiedad que les produce la posibilidad de perder el control sobre las mujeres. Un libro hermoso que dice mucho también de la construcción personal de la autora y que resulta estimulante para pensar el modo en que construimos nuestras genealogías colectivas e individuales.

“No hace falta una bola de cristal cuando tienes el blues”, escribe Kay. También: “Todas las mujeres podían entender los blues”. Quien haya sentido alguna vez el arrastre de las blueswoman podrá comprender la pulsión vital que hay en el libro y la manera en que la autora se empeña en retratar a Bessie como una mujer poderosa, con capacidad de tomar decisiones que afectan a su propia vida a pesar de su marido, de la violencia vicaria, de su alcoholismo presente desde la infancia y la evidencia de su cuerpo, negro y gordo, tan lejos de los cánones de aceptabilidad estética de una sociedad burguesa blanca, racista y timorata. A una misma mujer podemos imaginarla de muchas formas. La Bessie Smith que Jackie Kay nos ofrece no sólo es fuerte en el sentido en que se ven obligadas a serlo las víctimas: también lo es porque ella decide serlo y porque está, ante todo, dispuesta a pasarlo bien en la vida. La Bessie de Kay nos interroga sobre el mundo en que vivimos y sobre nosotras mismas. Una joya de libro que parece querer hacerse pasar por un blues.

[La reseña apareció originalmente publicada en el apartado «Subrayados» del número 187 de la revista Viento Sur, abril de 2023].

Eros dulce y amargo.

Hacía mucho, mucho tiempo, que un libro no me hacía tambalearme de semejante manera. Anne Carson es un monstruo. Eso lo sabemos, por supuesto. Pero es impresionante cómo sigue consiguiendo pasarte por encima con cada nueva lectura suya. Releía ahora las notas que escribí tras La belleza del marido, el título con el que la descubrí y el primer poemario del esfuerzo por leer poesía de manera sistemática que emprendí hace ya tres años. Decía entonces que lo que Carson consigue en ti no es exactamente enganche (no hay giros trepidantes, ni intrigas no resueltas ni nervios por el próximo acontecimiento) sino algo mucho más auténtico: amor, belleza, verdad. Eros dulce y amargo es la demostración exacta de esto, y pensar que fue una de sus primeras obras me hace estremecerme.

De manera un tanto irónica (y diría que ella es perfectamente consciente de esto, y que lo disfruta), Carson desglosa la relación entre amor y escritura consiguiendo que el lector, la lectora, se enamore de ella. «Fredo se enamora de un texto redactado por Frisias», escribe. ¿Es posible que no lo haga a propósito, que no haya intención en la forma en la que va tejiendo el relato hasta tenernos con el corazón abierto, con el aliento en vilo, con las pupilas dilatadas y todo el resto de trastornos que ella enumera tan detalladamente? «Me gustaría comprender por qué estas dos actividades, enamorarse y llegar a saber, me hacen sentir tan genuinamente viva», escribe Anne Carson en una arrebatadora primera persona del femenino singular. Y a partir de ahí da forma al libro más sensual, inteligente y deliciosamente bello que he leído en mucho tiempo. Un libro sobre estrategias para controlar el tiempo, sobre la trampa y la seducción de la letra escrita, sobre el deseo como momento sin escapatoria y sobre la posibilidad de ser versiones mejores de nosotras mismas.

Supongo que, como varias otras cosas en el último tiempo, este libro llega en un momento especialmente concreto de mi vida. Que por eso me afecta tanto. Mi lectura es una lectura condicionada (como todas) por estados emocionales concretos y reflexiones vitales y relacionales particulares. No creo que Eros dulce y amargo pueda no funcionar en cualquier otro contexto, pero sí me parece que la importancia que concedo a ciertos elementos del libro está marcada por mi particular lectura. Entre ellos: la pregunta constante sobre qué es lo que nos gusta de enamorarnos («Superpongamos a la pregunta ‘¿qué desea el amante del amor?’ las preguntas ‘¿qué desea el lector de la lectura?’ y ‘¿cuál es el deseo del escritor?'»), la constatación de lo que buscamos es sentir el deseo en sí mismo (devastada con esto), todo el debate en torno a las estrategias de triangulación, y muy especialmente la comprensión de Eros como carencia y la constatación de que este descubrimiento proporciona al amante una consciencia mayor y más profunda del propio yo, un sentido acentuado de la propia personalidad.

Estoy deslumbrada. Siento que tanto mi mente como mi capacidad de apreciación sensorial y deleite estético se han expandido de maneras impensables. Si «los que aman flotan en ‘ese mero fragmento de angustia’, el presente indicativo del deseo», qué tremendas implicaciones para la vida y qué tentación el buscar habitar siempre ese instante, el no ver esa angustia como un trastorno incapacitante sino como un punto de ampliación de la comprensión del mundo. Como un trampolín hacia la grandeza.

Carson escribe, tranposísima, perfectamente consciente de lo que está haciendo, que leer «es casi como estar enamorado». Menuda intensidad de mujer, menuda bestia, menuda sensibilidad exquisita. Y cierra esta obra de arte recurriendo a Sócrates: «Él consideró que el riesgo valía la pena, porque estaba enamorado de la seducción misma. ¿Y quién no lo está?».

El libro de los placeres.

En la órbita del itinerario de lectura que estoy haciendo por el deseo y el placer, El libro de los placeres vino a mí en forma de préstamo o de regalo temporal, si se quiere (ja, toma gratuidad sin contraparte de la realmente existente, jódete Raoul Vaneigem). Del que fuera, junto con Guy Debord, uno de los principales impulsores de la Internacional Situacionista, Traficantes de Sueños ha decidido editar un libro bastante posterior, publicado inicialmente en 1979. Más allá de las derivas y autojustificaciones personales (no conozco especialmente la trayectoria de Vaneigem), me parece que la época explica buena parte del tono y el contenido del libro. En 1979 ha pasado ya más de una década desde los mayos del 68. Es el año de la subida al gobierno de Margaret Thatcher. Buena parte de quienes durante sus años estudiantiles nutrieron el movimiento hippy en Estados Unidos han pasado a engrosar las filas del libertarianismo yuppie. Supongo que buena parte de las tonterías que Vaneigem dice en el libro tienen demasiado que ver con todo esto.

Comencemos con lo que sí es interesante. El libro de los placeres tiene varias virtudes, que supongo presentes en mayor medida en su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, escrito en 1967. La principal es situar el centro motor de la acción humana en la búsqueda del placer. O, dicho más bonito (tal y como lo escribe él): en la realización de los placeres. Sostener que el anhelo de transformación de la sociedad en la que vivimos no nace sola ni principalmente del rechazo de la miseria y la injusticia, sino de la voluntad de vivir más felices y gozosos, sitúa la celebración y la dicha como motivaciones mucho más fuertes que el odio y el miedo. Nos saca de un escenario resistencialista y de mediocre autodefensa para llevarnos hasta un plano superador de lo existente, donde la imaginación funciona de una manera poderosa y los deseos de placer y belleza regulan la acción política.

Esto conecta con lo que Vaneigem nombra como vouloir-vivre o volunté de vivre. Voluntad de vivir, de proclamar la vida ante todo («plutôt la vie», que había escrito Breton en un poema que se multiplicó por las paredes de París y Nanterre durante ese Mayo y que yo llevo tatuado en el brazo). La vida como sinónimo de la realización de los placeres y como inversión de la esclavitud salarial y la explotación capitalista. Entra aquí el que para mí es el otro punto fuerte del libro: que los placeres mercantilizados no son más que la constatación de la impotencia para gozar. El señalamiento del modo en que la compra-venta del goce anula la posibilidad de su disfrute, de su verdadera celebración, de la realización de unas necesidades que jamás podrá colmar la figura muerta de la mercancía. La fundamental diferencia, en fin, entre tiempo libre y tiempo liberado, que tan trascendente es para todo programa político que pretenda transformar la vida.

Dicho esto, Raoul Vaneigem ha logrado caerme verdaderamente mal. Para empezar, se mueve siempre en una ambigüedad entre el rechazo del egoísmo «mercantil» o «de la economía» y la reivindicación bastante poco soterrada de un egoísmo rampante en la actividad humana. Su horizonte de «una sociedad autorregulada de autogestión total» en base a la realización de los placeres individuales no contempla la posibilidad del rechazo ni de que la búsqueda del placer de ciertos individuos pueda pretender ultrajar a otros. Parece creer en la existencia de algo parecido a unos anhelos puros, instintivos, inscritos en la biología humana, que solamente se pervierten de manera dañina debido al influjo de la economía y el intercambio. Cae también en la típica trampa de todo flipado (o, si se quiere, de todo burgués abrazando posturas insurreccionales): convocar al rechazo masivo del trabajo en sí mismo (más que de la relación salarial) y al ejercicio del robo sin cuestionarse la necesidad del trabajo para la reproducción humana. La dimensión colectiva sólo se nombra en una ocasión a lo largo de todo el libro, en un argumento sin cerrar que termina por no explicarnos nada.

Vaneigem parece posicionarse (así lo dice en una ocasión) contra la opresión de género y el machismo, pero abraza los postulados más misóginos del psicoanálisis (denunciando, eso sí, su mercantilización) y nos otorga a las mujeres una otredad absoluta y una personalidad sexual esencialista, biologicista e incuestionable. Su obsesión con la sexualidad de las mujeres con hijos y con la propia sexualidad infantil y la pedofilia le lleva a tener que añadir expresamente en esta nueva edición un párrafo aclaratorio explicando que la celebración del deseo sexual no le lleva a justificar la violación ni la violencia.

En una maniobra típica de muchos intelectuales que pretenden accesoria la realidad material, alarga el mantra de la transformación individual hasta afirmar que la proletarización, la opresión, etc., sólo existen en quien les otorga espacio en su persona. Para quien ha tomado la firme decisión de vivir en base a la realización de sus placeres no existen patrias ni economía ni violencia, afirma. Y yo no puedo evitar unas inmensas ganas de abofetear a este imbécil, hijo de un Estado imperial como el belga (¿a qué se ha dedicado este tipo para hacer eso que tanto asco le produce nombrar –ganarse la vida-, a dar clases en una universidad europea?).

Lo peor de todo, sin embargo, son sus reflexiones sobre el concepto de enfermedad. Entiendo que siempre es complicado negociar con según qué autores, pero vergüenza inmensa debería darle a Traficantes haber editado un libro cuyo prólogo («Prefacio a la edición española. Hacer caso omiso de lo que nos prohíbe vivir») habla explícitamente de «una guerra civil entre vacunados y no vacunados» y tontea con muchos de los discursos negacionistas del COVID. Lo que hay dentro de la obra original es casi peor: leyendo con un mínimo de literalidad a Vaneigem, pareciera que el cáncer en sí mismo fuera una decisión del enfermo, que decide someterse a él en vez de dedicarse a vivir sus placeres de manera ajena al intercambio (?). Qué mal llevan algunos, conforme pasan los años, pretender seguir teniendo el mismo concepto de transgresión y escándalo que el que tenían con 13 años.

T.B.O.

Mi poemario de marzo ha sido el segundo libro de poemas de Alfonso Sastre, recogido en su Obra lírica y doméstica (poemas completos) y publicado originalmente en 1978. Al igual que El español al alcance de todos, T.B.O. es una recopilación de poemas escritos previamente, cuando su publicación en el Estado español no era posible debido a la censura franquista. A diferencia del primer poemario, sin embargo, éste prescinde de una parte más reflexiva y pausada para ofrecer un conjunto mucho más cómico, donde el humor y la ironía se imponen sobre cualquier otro rasgo. Al darme cuenta tras los primeros poemas de cuál iba a ser el tono general del libro, dudé de que me fuera a gustar (pues en general me generan rechazo las rimas muy marcadas y la constante pretensión de tontería). Me equivocaba. T.B.O. no sólo es divertido: es, además, tremendamente tierno.

De las tres partes del libro, «Cuadernillo de anónimos» (recopilación de poemas políticos publicados originalmente bajo pseudónimo en el boletín clandestino Información) es la que menos me ha gustado. Mantienen el tono irónico de algunos de los poemas de El español al alcance de todos, repitiendo el juego de comenzar alabando al régimen para hacer un giro de denuncia de la dictadura, pero personalmente el género literario me aburre y me parece demasiado predecible, a pesar de la mirada finísima con que se construyen algunas de las críticas. Seguramente lo poco que me gustan los sonetos, salvo contadísimas excepciones, ha tenido mucho que ver en esto.

El segundo bloque de poemas, «Andar por casa», es con mucha diferencia el que más he disfrutado. Lo empecé escéptica, a pesar de la aclaración que se hace en nota al pie al título («Son poemas de andar por casa, entre la familia y con los amigos, en la vida cotidiana. Versos sencillos»), que me parece muy bella. Lo que hace Alfonso Sastre aquí es sin embargo una gozada: convierte episodios rutinarios, o incluso conversaciones con la gente a la que quiere, en poemas en general bastante graciosos, pero lo hace sin caer en el verso evidente ni en la anulación de lo bello. Desde los geniales títulos («Porque Eva le escribió diciéndole que su amiga Ivonne Barral había dado luz a unos gemelos», «A su hijo Pablo porque sacó un notable en inglés») al contenido tiernísimo que funde compromiso vital y compromiso político de la única manera cierta y posible, la recopilación es una delicia. Especialmente divertidos los tercetos encadenados que le escribe a su madre desde la prisión de Carabanchel (acabados con un «¡Mi bata, te camelo enormemente!») y muy bonitas, de tan sencillas y amorosas, las «Seguidillas carceleras a Evita Sastre», su hija pequeña.

La última parte del poemario se titula «Te veo, Vietnam (Aleluyas para viñetas)» y es una descripción en verso del libro ilustrado Vietnam y tú, de la gallega/cubana Anisia Miranda. El formato, que combina en cada aleluya la ironía y el alegato político tan característicos de Sastre, me ha parecido súper original y muy gracioso, y ya se usa en el poema «Pies para doce fotografías que fueron enviadas a Juan, hijo del poeta y estudiante en La Habana». Qué experiencia peculiar, leer pies de imagen de imágenes que no conoces. Y qué cierre redondo titular al libro T.B.O., como si él mismo de un álbum de viñetas se tratara. Me cae tremendamente bien Alfonso Sastre.

El verbo se hizo sexo: Teresa de Jesús.

Pasar mucho tiempo sin leer a Sender es un poco como pasar mucho tiempo sin leer a Duras: duele. Después lo vas olvidando y luego, cuando te rencuentras con un libro suyo, piensas que qué maravilla y que cómo te ha sido posible vivir tanto tiempo sin eso. Yo a Sender le había leído solamente novelas contemporáneas a su tiempo (como mi preferida de todas, 7 domingos rojos) o relativamente cercanas a la época que le tocó vivir (como Míster Witt en el cantón), y siempre me había admirado su capacidad para ubicar la trama en geografías y contextos donde parecía haberse criado. Pese a ello, leerle escribir sobre la Ávila del siglo XVI ha superado de lejos todas mis expectativas. Su forma tan característica de describir las escenas, que no las dibuja sino que las va componiendo a través de retazos de conversaciones, imágenes parciales y acontecimientos fragmentarios, logra generar una atmósfera de realidad/irrealidad que lo empapa todo y que alcanza su culmen en la despedida de los caballeros cruzados dentro de la catedral (maravilla).

El libro, empezando por la edición misma, merece mucho la pena. Siempre apetece recomendar el trabajo de editoriales independientes, pero es que lo de Alfonso Castán y Contraseña es de otra liga. Todo (el formato del libro, la «nota a la edición» donde se explican y enumeran los cambios que se han introducido, la traducción cuando la hay, la ilustración de cubierta – que en este caso me parece especialmente bonita) está siempre cuidado y respetado de manera excepcional. También me ha gustado mucho el prólogo original del propio Sender, especialmente sus reflexiones en torno a la malicia de muchos pretendidos ateos (en el fondo, deformación de la misma moral religiosa por parte de quienes no son más que simples herejes) y a la importancia que el sexo tuvo para el misticismo, equivalente al amor para los románticos. Un poco en la línea de mi búsqueda personal del erotismo en Sender (siempre presente de una forma incomparable) y de la afirmación que él mismo hará más adelante confirmándome un montón de cosas: «La materia, en Teresa como en otras mujeres extraordinarias, no era más que una cadena de reacciones espirituales».

Lo peor del libro es, con mucha diferencia, el prólogo de Cristina Morales. Diré incluso que el tomo mejoraría (en mucho) si no lo llevara. Morales forma parte de una lista de mujeres, breve pero intensa, que me generan rechazo visceral casi desde el mismo momento de saber de su existencia. La buenísima opinión que su Lectura fácil le ha merecido a gente de cuyo criterio suelo fiarme no ha logrado jamás animarme a intentar leerla. La he escuchado en podcasts y entrevistas, lo que ha servido únicamente para reafirmarme en tacharla de gilipollas. Así que este prólogo es lo primero suyo que leo y efectivamente, confirmo: es tontísima. Las casi 20 páginas que ocupa son una demostración de la alta estima en que se tiene a sí misma y una sucesión de motivos para la vergüenza ajena. Que alguien me explique qué tiene de transgresor basar tu personaje en lo que parecía provocador con 13 años. Puedo aceptar que no tenga ni idea de la obra ni la vida del escritor al que está prologando, pero una esperaría entonces que en vez de decir sandeces se centrara mejor en Teresa de Jesús, a la que ella también le ha dedicado un libro. Nada. Lo pasé, incluso, un poco mal de la vergüenza a ratos.

De las cuatro partes en que se estructura el libro («Adolescencia», «Crisis de pubertad», «La pasión» y «Reposo y santidad»), la segunda es la que se me ha hecho más larga. Hasta llegar a los sueños y las visiones de Teresa durante su falsa muerte, la estancia en el pueblo se me hace en algún modo demasiado vacía. Por lo demás, es una delicia leer la reconstrucción que Sender hace de «un caso de psicología femenina muy tentador», posiblemente con el resultado más avanzado, de todo lo que yo le he leído, en ese erotismo suyo tan particular y presente de una manera tan constante en su obra, tan empeñado en vincular la carne a ciertos estados espirituales. Hay en la concentración de Teresa, en sus esfuerzos para forzar las visiones y para lograr sentir el goce provocado por el mensajero de Jesús, una movilización y una utilización extrema de todas sus circunstancias corporales y mentales (la fiebre, el dolor, el frío, el incienso, la sangre) que resulta maravillosa por lo que tiene de cierta (aquí sí, de una manera consciente) en nuestras propias experiencias corporales. El verbo se hizo sexo forma parte de un itinerario de lectura personal que estoy haciendo por los caminos del placer y el deseo.

El buen sexo mañana: mujer y deseo en la era del consentimiento.

Bueno, a ver: este libro es una auténtica pasada. No entiendo por qué no le hice caso a Patt hace ya más de un año cuando me dijo que tenía que leerlo ni por qué he pasado por delante de él en tantas ocasiones sin sentirme llamada. Hasta que, de pronto, en el primer aniversario de la Montonera (id a conocerla, porque Raúl está logrando ser el librero que a mí me gustaría algún día llegar a ser), sentí que tenía que comprarlo. No sé, estas cosas pasan. También es cierto que el libro llega en un momento muy concreto de mi vida (el momento exacto y adecuado), lo que explica que haya tardado menos de dos meses en abrirlo cuando normalmente pueden pasar años entre que compro un libro y que algo me lleva a empezarlo. Eso, y que este mes de febrero he empezado un itinerario personal de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista (entendidos en un sentido amplio) que me está haciendo sentir, en sí mismo, profundamente gozosa.

El buen sexo mañana se articula en torno a cuatro capítulos: «Sobre el consentimiento», «Sobre el deseo», «Sobre la excitación» y «Sobre la vulnerabilidad». Por sí mismo, el índice es una promesa. Combinando constantes referencias cinematográficas con un profuso dominio de la literatura médica y sexológica (pero sin caer jamás en la superficialidad de ciertos cultural studies ni en la ansiedad cientifista), Katherine Angel compone una obra que aspira «a un placer maravilloso, universal y democrático independiente del género; a un hedonismo al alcance de todos». Una reivindicación de todo lo que de corporal somos, al mismo tiempo que una liberación de la esclavitud fisiológica en la que demasiado a menudo nos descubrimos al comprendernos como cuerpos. Porque «toda sexualidad es receptiva; todo deseo sexual aflora en una cultura que a su vez lo configura», y «si queremos que el sexo sea gozoso y gratificante, es en sus contextos en los que debemos concentrar nuestros esfuerzos emancipatorios».

De todo el libro, los dos capítulos centrales son quizá los que han tardado algo más en cautivarme. Seguramente porque me forma de vivir mi sexualidad (y, de nuevo, este específico momento vital) me provocaba si se quiere una inversión en las expectativas. Es decir: lo que yo esperaba encontrar en el bloque dedicado al deseo lo encontré (broma fina) en el dedicado a la excitación, y viceversa. El desear con todo el cuerpo, el anhelo que en mi caso es ante todo un estado de sublimación emocional y sensorial, no tiene que ver con la racionalidad del querer o no querer sino con la necesidad física. (He dudado, porque conozco de sobra cómo funciona mi cuerpo y y la necesidad nunca es física en origen, pero cómo escribir «emocional» sin parecer estar refiriéndose a una emocionalidad enamoradiza y sensiblera más que a dejarse siempre arrastrar por lo pasional de los impulsos).

Dos cosas me han afectado especialmente de la lectura. La primera es la manera en que la autora problematiza lo que da en llamar «cultura del consentimiento», verbalizando intuiciones y despejando dudas y sensaciones encontradas que yo cargaba desde hacía tiempo. Lo hace con precisión, pulcramente (qué gran adverbio), sin generar a cambio otras contradicciones mayores. Un alivio. No entro aquí, porque tengo previsto escribir algo más completo al respecto, pero básicamente: dónde queda entonces nuestro derecho a dudar, a no conocernos, a desconocer nuestro propio deseo y a ponernos en riesgo. Dónde queda el placer. Sobre entusiasmo, aceptación sexual y celebración del encuentro, lo dicho: escribiré más tarde.

Es el hilo conductor de la vulnerabilidad, sin embargo, lo que más me ha atravesado a lo largo de la lectura. Desde la exposición sexual y la expresión del propio deseo (que convierte a una mujer inmediatamente en vulnerable) a la asunción de que ningún placer es accesible sin asumir un riesgo, leer a Katherine Angel ha supuesto una reconciliación conmigo misma en una multitud de sentidos. Dice ella que el sexo y el deseo comprometen nuestra sensación de soberanía, de conocernos y de tener el control, y que el placer más intenso sólo es posible entre personas «que se necesitan mutuamente y que comparten un mismo riesgo». Un mismo riesgo. También, que a veces el mayor placer reside en dejar entrar a alguien.

Una mujer que ha escogido el riesgo de ser vulnerable, de mostrarse vulnerable, que expone su cuerpo y todo lo que ella es y pide ansiosa que la persona que tiene enfrente no la dañe, que renuncie a su capacidad para el abuso. Una mujer a la que le pilla desprevenida su propio deseo. Una mujer dispuesta a sentir placer. Lloré con buena parte del capítulo, tengo manchadas las páginas. Escribe Angel: «Recibir el deseo de otro, sorprenderse ante el deseo de otro, es un ejercicio de confianza mutua y negociación del miedo. Cuando funciona, puede parecernos un milagro». Un milagro.

Galaxias de mujeres.

No había leído nunca a Adrienne Rich, a pesar de tenerla desde hace mucho en el catálogo mental de mujeres necesarias. Galaxia de mujeres ha sido un primer y brevísimo acercamiento, y aunque lo escogí precisamente, más allá del título, por su formato (la edición es pequeña y preciosa), me reitero una vez más en que haría mejor en dejar de leer antologías. Ésta tiene al menos la virtud de contar con un prólogo cortito pero muy bello, donde Silvia López se demuestra como una gran conocedora de la obra de la poeta, a la que cita constantemente para decir que «la poesía puede romper nuestro aislamiento, hacernos tangibles para nosotras mismas (…); recordarnos la belleza, cuando parece que no hay belleza posible; recordarnos las alianzas cuando todo se representa como separación».

La lectura del que ha sido mi poemario de febrero me dejó un regusto raro. De un lado, Rich presenta imágenes tremendamente potentes y logra formulaciones muy bellas (la edición bilingüe permite comprobar, además, que no se trata sólo del buen hacer en la traducción). Desde la belleza violenta que no se espera («La policía llega de madrugada / como la muerte y el parto») a la belleza ansiosa («Estoy viva para desear más que la vida», o también: «Una paciencia indómita me ha traído hasta aquí»), arrolladora y siempre parcialmente peligrosa con la que las compiladoras han decidido titular su antología: «Una mujer con forma de monstruo / un monstruo con forma de mujer / los cielos están llenos de ellas». Me han gustado también mucho la suerte de dedicatorias con los que da comienzo a varios de sus poemas: «Para Audre Lorde», «(Pensando en Simone Weil)», etc.

Del otro lado, sin embargo, encuentro una métrica con la que no siempre encajo y alusiones escuetamente crudas a una realidad social que tristemente conozco de sobra y que se presenta a veces como fija, como dada. Casi como intransformable. Tampoco puedo saber, pues la edición no lo indica, cuál ha sido el criterio de selección de los poemas (apenas uno o dos, y algunos recortados, por cada poemario original de la autora), más allá de que todos hacen referencia específica al hecho social de ser mujer – algo que, por otro lado, sabemos de sobra que constituye un eje transversal de toda la obra de Rich. Así que supongo que no me quedará otra que hacerme con una buena edición de su obra completa (formato que con otros poetas estoy disfrutando muchísimo) para poder formarme una opinión un poco más sólida.

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