Otra vez Eros.

Hay una continuidad en los imaginarios posibles. Anne Carson con su Eros dulce y amargo y luego un montón de mujeres dándole vueltas al mismo verso de Safo: Sara Torres, Anne Duffourmantelle, Cristina Peri Rossi. Casi una revelación en la continuidad del tropos, como si la selección no hubiera sido a consciencia sino que hubiera algo oscuro en ella, algo que quisiera enseñarme a mí específicamente en este momento de mi vida. Se escribe siempre buscando. Leer es una búsqueda.

Peri Rossi publica en 1991 un poemario agridulce sobre un amor acabado. Si es que acaso eso es posible. Escribe desde el dolor sereno y el enamoramiento abierto, desde la tristeza que supone la aceptación de algo que en lo más profundo no puedes aceptar que esté pasando. Es curiosa la metáfora: ella, que tanto se regodea en la poesía desde el cuerpo y desde el deseo y desde la carne (también desde la posesión y la sumisión), elige nombrar a Eros justo cuando la realidad acaba. En es ese sentirse desamparada que la emoción se enciende. La pérdida hace más fuerte el impulso y quien escribe se niega a renunciar a él: anidar el abandono implica mantener un vínculo.

Si es posible leer Otra vez Eros así como yo lo hago, entonces los poemas alternan la sucesión de estados de ánimo de quien intenta lidiar con el duelo. Fulgurantemente despechada en «Happy End» y en «Deseo insatisfecho», reaprendiendo a moverse en un mundo menos luminoso en «Después» o en «Leyendo a S. Freud», tratando de comprenderse a ella misma en «Revelaciones» y «Tango» (para mí, el mejor y más desolador de todos los poemas del libro), desesperada por recrear lo innombrable en «Encomienda» o «Estado de celo II». Está más que nunca la pregunta en torno a la memoria, la ausencia de la forma incomparable en que el amor nos abre al mundo, la pérdida de esa lucidez sin la que ya nada se entiende. «Y cuando se fue / perdió el don / de la metáfora / quedó / sin interpretación posible // Y el mundo era diverso», escribe Peri Rossi en un intento (todas estamos ahí, querida) de hacer del sufrimiento algo de lo que sentir orgullo.

Me ha llamado mucho la atención de este poemario que es el primero en el que recuerdo leerle hablar explícita y repetidamente de drogas más allá del alcohol, el café y el tabaco. La cocaína aparece en tres poemas distintos, en todos ellos emergiendo de manera violenta (¿inesperada?) al final de un verso y teniendo especial relevancia en el relato poético. En mitad de un poemario relativamente limpio (sobre todo en comparación con los paisajes urbanos de algunos anteriores), esta presencia cumple dos tareas: reflejar un hecho que aparenta normalizado en la vida o el entorno de la autora (aparece porque está) y remarcar el ánimo de quien escribe (aparece por la metáfora que es).

Hay a lo largo del libro un reflexión callada sobre el enamoramiento (también sobre su rechazo) como relación con una misma más que con una otra. El movimiento se ilustra a la perfección en uno de los mejores poemas, «Espejos»: «Tu amor me ama / y yo me amo en él /-te amo- / como una cámara de espejos / que ardientemente / nos reflejara». ¿Lo que echamos en falta ante una pérdida amorosa es a la persona amada, o a nosotras mismas en un estado en el que ya no existimos? Después, un poema discreto («Cruce de calles») sobre volver a encontrarse con la persona a quien una vez amamos (¿a quien seguimos amando?). Hay en la triple voz del poema (hablada, pensada, escrita) una tristeza honda, la altivez de quien se mantiene entera pero preferiría no tener que hacerlo, la incomprensión total al tiempo que la comprobación gastada que se va haciendo cada vez menos creíble para una misma: de ese «no morí entonces, como era de esperar» al suplicante, unos versos más abajo, «te juro: no morí por eso /… / Nunca supe qué era el olvido».

Canto yo y la montaña baila.

Qué decir. 2024 está siendo un año raro: duro y difícil y precisamente por eso, en cierto sentido, bueno. Es en lo complicado donde se esclarece lo verdadero. Canto yo y la montaña baila me lo regaló mi hermano las anteriores navidades (las de 2022) y no lo había abierto hasta ahora porque en general los libros siempre esperan su momento. Tú tienes clarísimo que querías leer algo, pero de pronto un título concreto te llama desde la estantería y ya no hay más remedio que cambiar de planes. Es así siempre, son los libros los que eligen.

Había escuchado muchas cosas sobre el éxito de Irene Solà, pero no estaba preparada para lo que realmente supone este libro. Es una cosa extraña cuando una lectura a la que ya llegas con ganas logra, incluso así, sorprenderte. Trato, es verdad, de no leer críticas extensas de casi nada, y pensando ahora, no tengo claro qué era exactamente lo que esperaba. Quizá, menos presencia humana. Creo que fue el protagonismo de Domènec el primer capítulo lo que descolocó mis expectativas y me hizo aproximarme al libro como a un terreno del que no se sabe nada. Por dónde me estará llevando. No estaré acaso perdiéndome en el bosque. Debería estar aquí el camino ahora que la luz está bajando. Pero el camino no aparece, y como milagrosamente Solà nos planta en un lugar en el que nos encontramos reaccionando de manera infantil a cada estímulo. El pis. La piel. El barro. La vida es un continuo presente.

Hay una inteligencia y un cariño bestiales en la forma en que Solà da forma a los personajes. Se diría casi que la autora realiza una suerte de prosopopeya inversa: recoge atributos de los animales y de los ríos y de los árboles y otorga a las personas todas esas cualidades, revelándose como aspectos que constituyen la humanidad misma pero que acostumbramos a obviar cuando nos observamos en contextos sociales. Hay aquí algo que me obsesiona desde hace unos meses: la dimensión mamífera del ser humano. No es solo la escena del parto (posiblemente el capítulo más inteligente del libro, que a mí me hizo pensar de manera insistente en el tremendísimo comienzo de O corno), sino toda una serie articulada de detalles: la presencia de las vacas, el corzo en celo, la perra entusiasmado con la inflamación de los órganos sexuales, la fiesta del oso. Incluso la forma de entender la muerte (por tanto: la forma de entender la vida) implica una mirada mamífera. La pérdida del calor y de la sangre.

En una continuidad sutil, tanto los personajes humanos como todos los demás se nos presentan dotados de una espontaneidad y una inocencia más propias de la infancia. Posiblemente eso sea un logro: accedemos a ellos sin la mediación de los códigos sociales, como si la voz narrativa no le hablara realmente a nadie sino fuera por una vez el reflejo limpio de la conversación con una misma. Quién acaso no guarda ese reducto para su propio diálogo interno. Qué mayor honestidad que esa capacidad de admirarse, de alegrarse y de entristecerse por las cosas simples, de recibir la realidad no con las reacciones previstas sino con las que verdaderamente nos provoca dentro. Es un recurso que dota a la escritura de Solà de una devoción candorosa y una ternura cierta por todo lo vivo (y por todo lo muerto que sigue estando vivo). Creo que aquí está la base de tanta belleza.

Otra cosa que me ha gustado mucho es la forma en que se entablan relaciones entre los distintos personajes. Más en concreto: hay en el libro una aproximación cuidadosa y delicada a la amistad, al amor y a los vínculos, que permite exponer la crudeza de la vida al tiempo que agradecer y celebrar todo lo bueno. Se podrían mencionar muchos ejemplos al respecto, pero mi favorito es el abrazo entre Mia y Cristina, en un pueblo del lado de Francia, después de mear entre dos coches con el vaso cerveza en la mano. Supongo que, como mínimo, cada mujer adulta que haya leído el libro habrá sonreído con gratitud y cariño en ese punto.

Hay otras muchas cosas enormes en la escritura de Solà, claro, entre otras su dimensión poética, su manera de construir imágenes. Puede que todo el libro esté atravesado de una voluntad de ofrecer consuelo, o puede que yo encontrara eso en él simplemente porque lo iba buscando. No es una lectura glorificadora de nada (y como guantazo a quien busque lo contrario, el humor fino y de nuevo tremendamente inteligente del capítulo en el que un tipo sube desde Barcelona buscando las virtudes de la vida en el monte), pero quizá precisamente por ello el libro tiene la capacidad de abrazar a quien lo abre. Como la muerte en el Poema para mí, Hilari (de donde Solà extrae el título): ni idealizada ni romantizada, pero es gracias a ella que podemos apreciar la vida.

Residuos urbanos.

Están siendo unos tiempos raros, pero en febrero me terminé la Obra lírica y doméstica (poemas completos) de Alfonso Sastre, que es un señor que me cae tremendamente bien y que incluso en sus momentos más duros consigue sacarme una sonrisa. Comencé a leerle en diciembre de 2022 (he tenido que ir a mirarlo al archivo), y ha sido año y pico de sonreír mucho (de soltar alguna carcajada incluso), de sentirme abrazada y de henchirme de amor por todo lo que merece la pena en la vida. Si os pica la curiosidad, tenéis las cuatro reseñas previas agrupadas bajo la etiqueta Alfonso Sastre. Personalmente, me quedo con el bellísimo Balada de Carabanchel.

Residuos urbanos no es un libro de poemas propiamente dicho, sino la compilación de todos los desechos (qué título tan propio del autor, y qué humor tan extraordinario siempre) de los cuatro libros anteriores y de algunas cosas sueltas que nunca fueron publicadas. Como tal, el resultado es desigual: no solo porque el estilo y las motivaciones del autor varían enormemente (se agrupan poemas escritos con 60 años de diferencia, no seleccionados con un criterio único), sino porque el objetivo de dar un valor a escritos antiguos no quita el hecho de que por algún motivo fueron considerados, en su momento, descartables. La rescritura en verso de algunas obras clásicas («Versiones para decir en alta voz») seguramente sea lo más valioso del conjunto, aunque se trata precisamente de un formato que a mí nunca termina de entrarme.

Los poemas más logrados son los que recuperan un poco el espíritu de «Arrojado al mundo», esa reflexión sobre la propia biografía donde lo personal no puede explicarse ni entenderse sin la fidelidad a lo colectivo, aunque no se nombre siquiera como es este caso. Dos sobre la memoria de los padres, «Fantasmas» y «Olvidar para vivir», son sin duda los que más me han gustado. Ese arranque increíble: «Saco muy poco a pasear el cadáver de mi padre». El cierre: «Saco muy poco a pasear los cadáveres de mis padres / pero no los olvido / pero sí los olvido / pero no los olvido». Y el llanto a mitad del poema, la ruptura de la felicidad cuando acaba el sueño. Una cosa tremenda y cierta.

Guardo el libro gordo, de lomo naranja y tapas negras, con una mezcla de tipografías en la portada que roza el histrionismo y el mal gusto pero que tan naturales se vuelven al conocer al autor (¡claro!), en la estantería. Definitivamente, Alfonso Sastre se ha convertido en el número uno de los señores.

Elogio del riesgo.

Estoy leyendo menos, más despacio, y será así buena parte de este año porque he vuelto a estudiar y el tiempo es limitado. También estoy permitiéndome saborear un poco más la lectura: volver a leer un día las mismas páginas que el anterior, repetir los subrayados, quedarme absorta ante alguna línea extrayendo el significado. Supongo que esto es porque últimamente leo como buscando, seleccionando cuidadosamente los contenidos y las formas que quiero se me queden pegados. Lo hago por dos motivos: quiero escribir mejor (ya hablaremos de esto, de lo que quiero que signifique escribir, en otro momento) y hay cosas que no entiendo. Las dos cosas van de la mano, claro. En algún resquicio de mi pensamiento, lo primero es en sí mismo la solución a lo segundo. Consuela en parte saber que no es cierto.

Escogí Elogio del riesgo como una suerte de treta. Hay un punto reciente en mi vida en el que se rompió algo (una contención, un seguro ante la vulnerabilidad misma), y desde entonces he sido capaz de arriesgarme no desde la trituradora egoísta sino desde la entrega rotunda. Podría decirse que por primera vez me atreví a jugar a perder, y aún con el resultado devastador me siento orgullosa de haberme atrevido. Con mi amiga Patt hablábamos que quizá en esa pérdida está la libertad absoluta.

Anne Dufourmantelle: «Dicha apuesta rebota hacia nosotros y nos convoca, quiero decir que nos agarra en un precipitado de tiempo y de acto donde se concentra todo nuestro ser, en una intensidad sin parangón. Esa intensidad es el nombre en bruto de la pasión. (…) Pero una vez entrados en ese movimiento donde todo lo que se vive adquiere un relieve diferente, se vuelve imposible regresar al idioma que uno utilizaba antes, ya ninguna palabra tiene el mismo sabor, el mismo sentido, ya no se tiene el mismo cuerpo, la misma hambre». Y unas páginas más adelante: «Uno quiere la intensidad sin riesgo. Es imposible».

He leído el libro, cortito, durante todo el mes de enero. Está compuesto por capítulos breves, reflexiones de apenas unas pocas páginas, cuya relevancia me ha parecido bastante desigual a todos los niveles. En términos generales, leer a Dufourmantelle me ha confirmado la opinión previa que tenía sobre el psicoanálisis (mala) y acrecentado el rechazo hacia algunas de sus implicaciones. Primero: la obsesión con la seguridad uterina y la interpretación del yo-niño, una re-esencialización atroz y negada de la biología y el género, y una expectativa uniforme y encasillada de las fases de la vida. Segundo: una retórica vacía y difusa acerca de la alienación y el poder, que se suma a la lista de corrientes que parecen encantadas con difuminar las relaciones sociales en tendencias y pulsiones individuales.

Y tercero: los fragmentos que intercala con recuerdos, diálogos y apuntes de sesiones con pacientes, si bien puntualmente muy bellos, sólo han logrado por lo general ponerme de mal humor o provocarme directamente enfado. El peor es el de la mujer traumatizada con su propia desnudez que cree encontrar la explicación en una broma que le gastaron de niña, escondiéndole la ropa mientras se bañaba en un río para obligarla a atravesar sin ella la casa. La respuesta de la analista es (atención) que quizá todo eso no es sino una fantasía y que posiblemente ella no había dejado la ropa donde pensaba. Todo, por supuesto, responde a algún tipo de insatisfacción interior, a algún tipo de represión de nosotros mismos que atribuimos al resto. Por lo que a mí respecta, la elegante e intelectual retórica de toda esta gente puede irse a la mierda.

Decía que el libro es desigual, sin embargo, porque muchas de sus partes son verdaderamente muy buenas. Su comprensión del riesgo no sólo es sanadora: es bellísima y cierta. A partir del enunciado «La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, los vivos, corremos», la escritora francesa desgrana una serie de relexiones/explicaciones sobre la intensidad, la palabra, la implicación de tomar decisiones y de cómo no tomarlas es también hacerlo, que una quisiera no incorporar sino incrustar en su vida, introducirlas con fuerza en la carne para desgarrarse entera por dentro. Arriesgarse a la intensidad es correr el riesgo de no morir: sí. Y también: «Ser esperado es lo que mantiene vivos a los vivos (…) Imaginar que alguien te busca (…) Su fragilidad de ser vivo que responde al deseo».

No sé cómo expresar que Dufourmantelle, al igual que otras como Duras o Anne Carson, tienen la precisión de que significado y forma son una sola cosa misma: no sería posible significar exactamente eso escribiendo de otro modo, ni que semejante escritura pudiera significar otra cosa. También me recuerdan a Carson varias de sus reflexiones: ese «¿En qué se reconoce a alguien a quien ama? En el hecho de que cambió de discurso» cogido prestado de Lacan, la vinculación entre deseo y escritura, las páginas bellísimas sobre la función de la metáfora que evocan inevitablemente a la peonza siempre en suspense y la triangulación en la clasicista. La reflexión sobre la variación y la repetición, que si bien es clásica en el psicoanálisis yo desconocía, me ha resultado utilísima, y el capítulo dedicado a la soledad es simplemente magnífico. Aún con sus partes malas, he disfrutado muchísimo la lectura y he aprendido también mucho.

Babel bárbara.

Tengo intención de que esto sea una reseña breve; no estoy muy segura de conseguirlo. En enero he seguido leyendo a Peri Rossi, y su Babel bárbara (1991) me ha parecido ya no sé si desigual o simplemente distante en su mayor parte de los tonos y las metáforas que más me interesan.

Construida en torno a una herencia que ya le he leído a otras interlocutoras de Safo (Monique Wittig, Sara Torres), la voz poética aquí no sólo no me interpela (o quizá: parcialmente me interpela, sí, pero es incapaz de arrastrarme) sino que se me hace repetitiva y de aburrida vacía. Creo que no hay un solo poema del libro donde no aparezca el adjetivo «antigua» (mentira: si los hay, pero ahora repasando a primera vista he podido contar hasta doce seguidos sin una ausencia). Todo el universo de runas y referencias vagas (ni siquiera carnales, concretas) a la mitología griega se me hace pesado y ajeno. Y me fastidia que parezca ser una referencia obligatoria para toda autora de pretensiones lésbicas, cuando hay tantas otras genealogías (pienso tanto en ese verso bellísimo y sugerente de Audre Lorde – «chicas ensortijadas rápidas sepias» – del potentísimo poema titulado «Harriet») mucho más divertidas y estimulantes.

Por otro lado, aquí la autora uruguaya recupera una tendencia que parecía haber abandonado casi totalmente en sus anteriores poemarios: el gusto por situar una voz narrativa en masculino cuando de la apreciación erótica de una mujer se trata. Y bueno, de verdad: no hace falta.

Son los poemas finales los que más me han gustado (¡mucho!). Algunos por el carácter sacramental conferido al deseo (ese «la fuerza primitiva de la carne» en «Misa profana», pero también y sobre todo uno de los poemas más hermosos del libro, «Auto de fe») y otros por la dimensión primitiva, difícil y gutural, del placer mismo. «Tu placer es lento y duro», escribe en «Erótica». «Desde el fondo del vientre, / como una montaña, / la oscura fuerza del deseo» – en «El parto».

Para cerrar, la sonrisa triste y cansada que me sacaron los primeros versos de «La Pasión». Tengo un mensaje guardado que me mandó mi amiga Paula hace ya más de tres meses: salimos del amor como de una catástrofe aérea, que dice la Peri Rossi. El poema sigue: «¿Era un año largo como un siglo / o un siglo corto como un día?». Y luego, en «Auto de fe»: «Con esta sujeción al deseo»

Vida del hombre invisible contada por él mismo.

En diciembre volví a leer a Alfonso Sastre. Un poco como regresar a un lugar seguro donde el humor es bueno y la intensidad, aunque presente en otra forma, se relaja. O mejor: no se relaja, pero adopta un cariz más soportable, más digerible, más capaz de habitarme sin destrozarme por el camino. Tenía su Obra lírica y doméstica aparcada desde mayo (en estos meses raros me dediqué a otras cosas) y ha sido una buena decisión retomarla.

Vida del hombre invisible…, el cuarto libro de poemas del dramaturgo, se centra en la experiencia de la clandestinidad, en la tensión y la paranoia del militante clandestino. Aunque su hija menor aparece puntualmente y cuatro poemas relatan intentos de fuga de prisión por parte de Eva Forest, no es un poemario centrado en los vínculos del autor ni con versos dedicados a sus amigos y familiares, a diferencia de los anteriores. Por el contrario, todo el libro construye una atmósfera de soledad y desapego, donde la tensión permanente del narrador (tensión vivida en cierto modo como rutinaria) ocupa todo el espacio y condiciona todos los climas. Un ascensor que sube a media noche, un viajo conocido que reconoce al autor por la calle, la mirada inquisidora ante un pasaporte de la Guardia Civil en la frontera: un suspense casi burocrático por lo repetitivo, donde el miedo se vive con rabia y cansancio.

Me parece especialmente bestia la forma en que Sastre trata la paranoia fruto de vivir en estado de alerta constante. «Antes o después acaba uno / viendo algunos policías a su alrededor / reales sí o no / imaginarios sí o no», escribe Sastre. El retrato que hace unas páginas antes (en el poema «Es evidente que me siguen») del hombre consumido por la paranoia, del militante aniquilado mental y físicamente por la clandestinidad, es estremecedor. Creo que es para mí el poema más duro del libro.

Libro menos desesperado que Balada de Carabanchel (está escrito no en el momento de los hechos, sino años más tarde) y también mucho menos intenso, Vida del hombre invisible contada por él mismo tiene aún así algunos momentos viscerales («pero a dónde vamos con esto camarada intelectual / tanta reconciliación y tanta leche») y otros muy bonitos. Mi preferido es un rincón de «Y para qué seguir?» donde el poeta responde, nudo en la garganta, a un compañero: «y ya le digo hay que soñar / y que es lo propio de nosotros / sombras de bolcheviques / soñar como soñaron ellos / vivir como murieron ellos / morir como vivieron ellos». Me cae tremendamente bien Alfonso Sastre.

Desviades: normalidad gay y anticapitalismo queer.

Siguiendo con las reseñas pendientes, Desviades fue sin duda una de las mejores cosas que leí en 2023. Publicado inicialmente en la serie Historical Materialism de Brill y traducido al fin por Sylone y Viento Sur, el libro es una bomba en varios sentidos y llega al contexto del Estado español en el momento preciso. Cuesta imaginar que hace diez años su contenido hubiera podido tener el tipo de acogida amplia que ha tenido ahora, no sólo porque ciertos sectores del ala izquierda del movimiento estén insertos en debates en torno a temas como la abolición de la familia, sino precisamente porque la emancipación de género y las problemáticas queer han roto el cerco del gueto movimentista/ultraizquierdista para apelar a sectores amplios de la sociedad. Muchas cosas median entre aquella famosa pancarta feminista que duró en la acampada de Sol apenas 24 horas (sin que nadie viera en ello un motivo para ponernos serias) y este comienzo de 2024 desde el que escribo. Una importante, aunque no la única, fue el proceso de las huelgas feministas.

Desviades es un libro de esos que te va abriendo caminos en la cabeza conforme avanzas en la lectura. Su autor logra, con un estilo ultra accesible, desgranar una multitud de temas complejos y vincularlos a planteamientos políticos y vitales más amplios y centrales. Su posicionamiento (teórico y práctico) como marxista le proporciona las herramientas necesarias para escapar de la pulsión a la sectorialización que a menudo amenaza a la política LGTBIQ (así como a la feminista) e integrar los problemas sexuales en una compresión global de la sociedad y su funcionamiento. Tuve la oportunidad de entrevistar a Peter Drucker con motivo de la gira de presentación del libro que hizo en noviembre, y creo que en la conversación se aprecia ese esfuerzo suyo por reivindicar la especificidad no como separación sino como motivo para la solidaridad y la alianza.

Sin partir de los conceptos contemporáneos como si de verdades universales e ahistóricas se tratara, Drucker despliega un análisis materialista histórico de las relaciones same-sex (término empleado en el libro para referirse de manera más amplia al deseo y las relaciones eróticas entre dos personas definidas como varón o dos personas consideradas mujer) al que incorpora dos elementos no problematizados en la actualidad (la edad y los vínculos de parentesco) y un tercero cuya potencia reconocemos pero no solemos explotar (la clase). Su propuesta de que los patrones hegemónicos de comportamiento same-sex varían, junto con la norma de género, a partir de las transformaciones del modo de producción (de manera no mecánica ni inmediata, pero a partir de ello en todo caso), integra la historia LGTBIQ en el desarrollo global de la Historia y anula la pretensión de construcción de genealogías lineales a partir de la historicidad del presente.

Hay varios momentos del libro que disfruté especialmente. Varios de ellos tienen que ver con temas que me interesan y atraviesan de manera especial (los afectos, el deseo, la familia); otros, con preguntas sin resolver que he comentado en ocasiones con amigas y compañeras, sin llegar nunca a una respuesta satisfactoria. Desviades acaba con las preguntas mismas, muestra lo que estaba mal en ellas y nos impedía alcanzar la sensación de estar comprendiendo nada. Es un libro delicioso, de los que lees siendo consciente de cuánto estás aprendiendo. Verdaderamente una gozada. La desvinculación entre prácticas e identidad (algo que sólo empieza a estar unido en ciertos tipos de capitalismo), el no dar por hecho la unión entre sexo y relación romántica (ni entre cualquiera de ellos y la forma «pareja»), la problematización histórica de las distintas formas en que las relaciones same-sex se han correspondido o no con performance de inversión de género, la defensa del placer erótico como bien en sí mismo y de la estabilidad y ternura de los vínculos como forma de escapar de la mercantilización de los mismos.

Quizá la parte, si no novedosa, sí más trascendental del libro (y en todo caso una síntesis brillante de aportaciones anteriores), sea el capítulo que explica el surgimiento de la identidad homosexual (gay/lesbiana) como algo únicamente posible en el Capitalismo, y siempre a partir de la invención también en el Capitalismo de la identidad heterosexual, algo inexistente antes. Los párrafos en los que Drucker defiende la objetivación de los seres humanos como algo intrínseco a toda relación personal y potencialmente positivo en el sexo son verdaderamente geniales. El problema no es, por supuesto, la cosificación sino la reificación capitalista. En el Capitalismo, el objeto de deseo se reifica, se convierte en una cosa que puede por tanto ser separada de todos los condicionantes contextuales y culturales externos: el momento, la conversación, la simpatía que te despierta una persona, la conveniencia familiar del vínculo o el estado de excitación sexual que te haya provocado antes alguna otra cosa, por poner ejemplos. Es este proceso de reificación el que permite que el género de la persona sea un factor relevante hasta el punto de primar por encima del resto. El género se convierte en sí mismo, contra toda lógica corporal, erótica (cultural) y mamífera básica, en el objeto de deseo.

No haría justicia al trabajo de Drucker sin reseñar el enorme esfuerzo que ha realizado (algo tristemente poco común) por escapar de la comodidad de la historiografía de los países imperialistas y escribir desde una base de documentación mucho más amplia. No se trata sólo de la nutrida bibliografía: el libro recoge aportaciones, comentarios y opiniones de amigues y compañeres del autor, militantes queer y marxistas de países como Filipinas, Indonesia, Túnez, Brasil o Sudáfrica. Descentrar el marco de análisis para ser capaces de elaborar hipótesis más justas y acertadas, que no se propongan como viables para unos pocos sino que se construyan desde la alianza con todos los movimientos por la emancipación que surjan en el mundo.

El ritual de baño.

Mi lectura de 2023 ha sido, sin mucho espacio para la competencia o la duda, Lo que hay de Sara Torres. El ritual de baño quise leerlo desde el principio, pero también desde el principio me dio miedo. En cierto modo es irónico que fuera justo después de octubre que me animara a empezarlo. Empalada, atravesada por un asta de punta a punta y aún suplicando en un grito sordo que me abrieran más, que era poco el desgarro. Para lo bueno y para lo malo, 2023 ha sido el año de la intensidad. Y eso lo agradezco mucho.

El ritual de baño fue mi poemario de noviembre y de él recuerdo, sobre todo al principio, una sensación ambigua. Una de las imágenes más recurrentes del libro (el agua, las iguales, las metáforas marinas y alimenticias) y el que posiblemente sea su sello formal más característico (el recurso a los versos inacabados -ficción de la recuperación de una pérdida- y a los paréntesis con puntos suspensivos) me recordaron insistentemente a El cuerpo lesbiano (y sé de sobra que Witting es punto de referencia para Sara Torres) y a las reconstrucciones que nos hacemos de la poesía de Safo. Ninguna sorpresa, vaya. Pero me defraudó la sensación de pretensión idéntica, de intentar reproducir una forma que tiene sentido no tanto como creación sino como destrucción de la poesía. Eso, y que a mí Witting me cansa; precisamente lo que El cuerpo lesbiano tiene de carnívoro, la dimensión que más me gusta, no está presente en la poesía de Sara.

Luego, claro, esto cambia. Toda la sensualidad y la energía erótica que Sara Torres logra introducir en Lo que hay, esa sensibilidad arrolladora ante la saliva y el tacto, desborda los poemas de El ritual de baño permitiendo una lectura distinta a la simple repetición de Witting y reconstrucción de Safo. Leer a Sara es muchas veces abrir la boca para permitirle introducir la mano, rodear con sus dedos la lengua, pasearte de saliva la cara. «no ocurrió / un cuerpo enamorado / alucina / los mapas del deseo». Y también: «declinas  ya no será / ya no». Leer a Sara en noviembre ha supuesto permitirme llorar muchísimo, acunarme en el proceso de sanación y dar gracias a la vida y a mí misma por esta capacidad de sentir que en ocasiones me devora pero ante la que siempre suplico, los ojos abiertos: arrástrame más fuerte.

La alucinación, la fiebre. Los muslos sudados que no se apartan, que no renuncian al tacto. El cuerpo en estado de vehemencia, las manos que se hunden y empujan y aprietan. «porque está puesta en ti / el hambre que tuve desde niña / y hago contigo las cosas sin nombre / que desde niña siempre deseé // no temas   amor   de las otras». Hay un punto en la poesía de Sara Torres que no permite saber dónde empieza y acaba lo físico, cómo el cuerpo se conecta con la escritura, si es que acaso para algunas de nosotras tiene siquiera sentido pensar en la posibilidad de poner límites al deseo. Leerla en noviembre fue de las mejores cosas que me pudieron pasar.

Enuncia Sara: «la sensación de que yo he venido aquí a escribir». También: «aquí  conducida por la escritura». Supongo que al final la vida es eso. Tengo subrayada en dos colores la primera página, que fue para mí un primer ladrillo sobre el que empezar a levantarme: «tanto va el cántaro a la fuente (…) / pero antes de romper se hubo llenado / muchas veces».

Muchísimas veces. Feliz 2024.

Europa después de la lluvia.

Seguí con Peri Rossi en octubre (¡octubre!) y ahora, al releer algunas páginas desde este diciembre, me parece un poemario hermoso y cierto para condensar los últimos meses. Algo así como Inés el otro día en mi cuarto, la mirada algo aturdida, diciendo como para nadie antes de despedirse: qué otoño más raro. Qué otoño más raro.

Europa después de la lluvia, publicado en 1987, es una condensación de la experiencia migratoria de la autora. Ya no hay exilio ni diáspora en primer plano: se han calmado esas emociones (¿en serio?) y ahora lo cubre todo un manto de invierno que se condensa sobre la piel, sobre los árboles pelados, sobre los dedos helados que aprietan una taza caliente. La experiencia condensada (de apretarse a causa del frío) se deposita sobre la «masa indefinible de desechos» que es Europa creando esa atmósfera melancólica extraña que conoce toda persona que haya vivido un invierno. Después de la lluvia: después del otoño.

Si bien tardé en entrar en los poemas, algunas imágenes me han gustado especialmente. La fundamental es, claro, Berlín en los años 80. «Las ciudades son estados de ánimo», escribe la uruguaya, y como para demostrarlo nos retrata a todas en uno de los numerosos poemas que lleva por título el nombre de la capital alemana: «Lenguas son planetas / y compré el libro aquél / en la Heinrich Heine // convencida de que el cielo de metal / y los muros verdes // iban a contrarrestar / mi ignorancia de la lengua». Un abrazo triste para combatir el frío: me veo en los puestos de la ribera del Sena seleccionando títulos de Romain Gary ante la mirada incierta del librero (ay, los 19 años), en Praga con una edición bellísima e indescifrable de Kafka en la mano (portada azul intenso y dorado, tapa dura, apenas un palmo).

Hay dos poemas verdaderamente bestias en el libro. El primero («Diálogo de exiliados») dialoga con Guillaume Apollinaire en un doble tiempo precioso de dolor y costumbre. Peri Rossi intercala los versos ajenos con los suyos propios en un alegato de la vida y la belleza (un alegato triste, duro y recompuesto) que debería acordarme de releer de vez en cuando. «Lo único que conozco por ahora es la vida, me dijiste». El segundo se titula «Nocturno pluvioso en la ciudad» y, bajo la recurrida forma de observar desde una ventana (la cristalera de un bar quizá, apuesto a que iba borracha – yo lo iría), se despliega una sociología urbana compleja, hermosa y muy potente en la que todo (las bombas, las guerras, el amor desesperado, la publicidad con su flujo erótico y las palomas migrando y los cuerpos buscándose) pasa al mismo tiempo. «hay un cartel que destiñe con la lluvia: / Compañero, tu muerte no será en vano».

Por último. Hacia el final del libro hay un poema aislado, sin aparente conexión con el resto, que me tuvo días con el llanto bloqueado ante la estupefacción de darme cuenta. Algo tan obvio. Se llama «Sistema poético» (claro, claro) y la pregunta es: ¿qué evocamos en ausencia de la amada? No a ella sino al recuerdo que tememos de ella. Una falsificación: nos evocamos a nosotras mismas en presencia de la amada. A nosotras mismas en un estado superior: la fábula de Circe. «(Soy un espejo que al reproducir evoca)«.

Doña Flor y sus dos maridos.

Un libro que compré en julio, que hizo conmigo el viaje ida y vuelta a Brasil sin ser abierto, que acabé leyendo entre agosto y octubre (un desastre) y que, tras una época de mierda, es por fin reseñado en diciembre. Creo que estos dos meses han sido la temporada más larga de inactividad del blog. Por suerte he seguido leyendo, aunque con un ritmo bajito y triste. Un poco lo de Sara Torres y su: «un cuerpo triste / obedece a la norma / aunque no cree en ella». Espero ir sacando el otro par de reseñas pendientes en los próximos días. Volvemos a la vida.

Sobre lo que nos concierne. Jorge Amado, de quien yo no conocía ni el nombre (ay), es el escritor brasileño más reputado del siglo XX, traducido a infinidad de lenguas y con varias de sus obras más populares convertidas en películas de éxito en Brasil y en toda Latinoamérica. A Amado lo descubrí por Lucas, que me insistió muchísimo en que debía leerlo, y si finalmente compré Doña Flor y sus dos maridos fue por el empeño de Raúl, que me abordó en múltiples ocasiones una noche de fiesta para asegurarse de que lo leería. Así que gracias a Raúl, de quien me acordé constantemente durante toda la primera parte del libro, riéndome sola al imaginar su satisfacción ante la ironía y el humor doblado de Jorge Amado. Una delicia.

Amado fue, como me dijo Lucas, uno de los pocos escritores verdaderamente de masas que hubo en Brasil en el siglo XX. Dotado de un particular realismo literario, militante comunista, su obra es resultado de un empeño por crear un imaginario «nacional-popular» propio con base en todos los sincretismos de la historia de Brasil. El resultado es asombroso. Una escritura riquísima, a ratos barroca, prolífica en los detalles y en los personajes secundarios, donde figuras que apenas pasan por la calle mientras miramos desde la ventana son para el autor merecedoras de contarnos su vida o sus múltiples divorcios. Una voz narradora ambigua, que pretende funcionar como voz en off interlocutando con el lector, deteniendo una escena, o animando a reflexiones específicas. Y una capacidad asombrosa para manejar referencias, historias cruzadas, dobles sentidos, universos culturales y religiosos y toda suerte de apariciones momentáneas.

Algunos puntos rápidos que me gustaría destacar del libro, teniendo en cuenta que lo leí hace ya varios meses y que las impresiones no son recientes. El primero es la magistralidad en la construcción de género tanto de Flor como del resto de personajes: indudable pero siempre contradictoria, nunca en línea recta, siempre plagada de vericuetos que hacen difícil la aplicación modélica de un estándar rígido de feminidad/masculinidad ni (aunque quizá en menor medida) de hombría/mujeridad. Ligado a esto, la naturalidad con la que el autor expone los criterios morales de unos y otros personajes es quizá uno de los ejes conductores del libro. Reconozco que la tercera parte («Del tiempo de luto aliviado, de la intimidad de la viuda en su recato y en su vigilia de mujer joven y necesitada…») se me hizo bastante larga, y a duras penas podía soportar ya las angustias morales de Doña Flor en torno a lo que es o no apropiado para una viuda – sufrí, de hecho, un poco de vergüenza ajena.

Lo que más me fascinó de todo el libro, hasta el punto de seguir actualmente pensando en torno a ello, es el tratamiento que hace del deseo. No sólo en lo que a la honestidad mamífera del deseo de Doña Flor se refiere, sino en una dimensión mucho más trascendente. ¿Cómo conjugar el deseo con la pérdida? ¿Qué papel juega la ausencia (la carencia) en la posibilidad misma del deseo? Escribe Amado sobre el luto como un tiempo que ya no es más tiempo de espera, y sobre como esa imposibilidad de resolución hace que el deseo y el anhelo lo ocupen todo. Antes, al menos la espera; tras lo definitivo, nada. La carencia/necesidad absoluta. «Se movía apenas entre el dolor y el ansia». Y también: «Desde entonces el deseo ya no tuvo siquiera derecho a la espera». El dolor como solapamiento de la imaginación/necesidad con un presente de carencia; renunciar al deseo como única manera de evitar el dolor. Pero ay, qué tipo de psicópata aceptaría eso. Doña Flor, desde luego, no lo hace.

Por último, una paradoja que me hizo sonreír mucho. Amado titula la última parte del libro «De la terrible batalla entre el espíritu y la materia…», y efectivamente sí. Pero podría pensarse que no se trata del fantasma de Vadinho frente al la realidad tangible del doctor Teodoro, tan en el mundo de los vivos. Yo creo más bien que todo lo espiritual está en el doctor Teodoro (la cultura, la placidez, la tranquilidad del bienestar calmado) y todo lo material (el sexo, la carne, el sudor y la piel) en Vadinho. Y, en cierto modo, qué manera genial de resolver el problema original de la monogamia, siempre empeñada en que lo encontremos todo en una sola persona. A vueltas con el deseo y la voluntad.

Lingüística general.

He vuelto a Cristina Peri Rossi. En septiembre leí su quinto poemario, publicado en 1979 y estructurado en tres partes diferenciadas: «Lingüística general», «Diario de navegación» y «Travesía». Es un libro hermoso, sensual y bello, donde la autora desplaza la vivencia migratoria del lugar central que había ocupado en sus dos anteriores poemarios (Estado de exilio y Diáspora) para recuperar los que, para mí, son hasta el momento sus dos tropos más importantes: el erotismo del nombrar (del escribir) y la densidad oscura y profunda de las metáforas marinas.

El comienzo (numerado) de «Lingüística general» me ha recordado muchísimo a aquél Evohé que leí ya hace tantos años. «El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas», y con ese impersonal masculinizado la poeta (¡ay, Cristina!) recupera una práctica que me sorprendió bastante en su momento y que sigo sin saber si atribuir a su lesbianismo o a una cierta altivez de mujer que se siente lista para ser varón (todas hemos pasado por ahí, amiga). Peri Rossi no escribe, como otras autoras sáficas, de las mujeres desde un yo femenino: sus narradores y sujetos universales son siempre hombres, figuras que se nombran a sí mismos con adjetivos acabados en «o», salvo quizá algún poema muy en primera persona y decididamente autobiográfico en Diáspora.

Y sin embargo hay al final de este libro un penúltimo poema que me ha recordado como un relámpago a ese inconfundible «Y/o te busco m/i radiante a través de la asamblea». Leemos en «4.ª estación: Ca’ Foscari»: «Te amo como mi semejante / mi igual mi parecida / de esclava a esclava / parejas en subversión / al orden domesticado». Y después, en unos versos preciosos: «A la mañana, en el desayuno, cuando las cosas lentamente vayan despertando / te llamaré por mi nombre / y tú contestarás / alegre, / mi igual, mi hermana, mi semejante». Tengo curiosidad por ver cómo avanza esta evolución en el resto de su obra.

Además de un regreso a Evohé, «Lingüística general» me ha llevado continuamente al Eros dulce y amargo de Anne Carson. «Hay algo puro e indudable en la noción de que Eros es ausencia», escribe Carson. «Escribimos porque los objetos de los que queremos hablar no están», responde Cristina (qué apellido más terriblemente poco estético, difícil de encajar de manera rítmica, siempre disonante, tiene Peri Rossi, y cómo me duele la composición cada vez que tengo que escribirlo). De nuevo Carson: «Lo que es erótico en la lectura (o en la escritura) es el juego de la imaginación convocado en el espacio que media entre nosotros y el objeto del conocimiento». Y una y otra vez: los límites entre el ahora y el luego que ya no es ahora; entre las cosas y su memoria y provocación.

El segundo tropos recuperado, decía, es el recurso a la metáfora marina que tanto me fascinó en Descripción de un naufragio. No se trata sólo de los títulos de las otras dos partes, más cortas («Diario de navegación» y «Travesía»), sino de toda una dimensión profunda que empapa los poemas revelándose como la forma original en la que la autora entiende y percibe su sexualidad y la sensualidad en sí misma: como una amenaza animal, húmeda y oscura en la que hacemos bien en adentrarnos. Los poemas XIII y XX son para mí los más bellos de todos, y éste segundo nos ofrece la inmensidad como una delicia: «Pero estás en la noche honda como un lago / donde lentos cetáceos se pasean / para que toda turbación tenga nombre / y el deseo voraz como un puma / horade la voz / el papel/ y los sueños en la noche / como animales hambrientos». Como animales hambrientos.

50 poemas de revolta.

El que fue mi poemario de agosto lo compré en São Paulo aconsejada por Lucas (que me dijo al salir de la librería que había pensado regalarme su ejemplar si no lo encontrábamos) y lo leí un mediodía tirada en la arena de la Cala Grande del Barronal, en el Cabo de Gata, manchando las páginas de crema de sol y de jugo de melocotón que me resbalaba por las manos. Librito pequeño, pulcrísimo y naranja, 50 poemas de revolta es una antología (sí, ese formato al que tanta tirria tengo) de 34 poetas brasileños. «Clássicos e contemporâneos», reza la contraportada.

¿Puede llamarse «antología» a la selección de uno o apenas dos poemas por persona? ¿Podemos extraer de ahí alguna pauta estilística, generacional, algún criterio métrico, algún sentido en lo que al autor o autora respecta? La negativa es evidente. Me parece mejor (desde luego, más fructífero e interesante) mirar el libro como un retrato colectivo de los y las desposeídas de Brasil. No hay búsqueda estilística alguna, relato generacional, indagación en el yo creativo, porque el librito naranja no es una antología: es una crónica del proceso por el que una clase toma consciencia de su situación de opresión y explotación y se rebela contra ella. Narrada a través de la expresión poética del proceso mismo.

Algo que me ha fastidiado siempre de la llamada poesía social (término acuñado en los 90 para no tener que reconocer un contenido político) es la pasmosa tranquilidad con que muchas veces se queda en la denuncia, en la descripción de la miseria, como si de un fenómeno natural inamovible se tratara. O peor: como si necesitáramos que nos lo contaran para saber que el mundo es una mierda. Una mezcla de la polémica clasemediera bienpensante en torno a la foto del niño Alan y el ¡Indignáos! de Stéphane Hessel. El horror.

Me ha gustado el librito porque huye de eso: no nos ofrece una compilación de poetas sociales sino una ventana a los procesos de organización y lucha que se dan y se han dado en Brasil en el último siglo. No meanicista, claro, no de un modo panfletario. Pero leyéndolo, una puede saber dónde están las palancas desde las que organizar el conflicto (nada nuevo, en fin: comida, vivienda, trabajo) y también cuáles son los humores, los estados de ánimo, los amores y las melancolías que se construyen en ese caldo.

Demasiados nombres (¡34!) como para hacer una indagación mínima de cada uno de ellos. En general he preferido los gritos (Alice Ruiz, Ferreira Gullar, Torquato Neto), pero la genealogía tranquila de Conceiçao Evaristo en «Vozes-mulheres» me pareció de los poemas más bonitos, sonreí irónica con Ledusha («feminista sábado domingo / segunda terça quarta / quinta e na sexta / lobiswoman») y es siempre una cosa chula toparse con Vinícius de Moraes. 50 poemas de revolta ha sido, en fin, una oportunidad genial para atreverme a leer en portugués (qué idioma precioso), con la promesa de cosas más grandes que tengo pendientes.

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