Desviades: normalidad gay y anticapitalismo queer.

Siguiendo con las reseñas pendientes, Desviades fue sin duda una de las mejores cosas que leí en 2023. Publicado inicialmente en la serie Historical Materialism de Brill y traducido al fin por Sylone y Viento Sur, el libro es una bomba en varios sentidos y llega al contexto del Estado español en el momento preciso. Cuesta imaginar que hace diez años su contenido hubiera podido tener el tipo de acogida amplia que ha tenido ahora, no sólo porque ciertos sectores del ala izquierda del movimiento estén insertos en debates en torno a temas como la abolición de la familia, sino precisamente porque la emancipación de género y las problemáticas queer han roto el cerco del gueto movimentista/ultraizquierdista para apelar a sectores amplios de la sociedad. Muchas cosas median entre aquella famosa pancarta feminista que duró en la acampada de Sol apenas 24 horas (sin que nadie viera en ello un motivo para ponernos serias) y este comienzo de 2024 desde el que escribo. Una importante, aunque no la única, fue el proceso de las huelgas feministas.

Desviades es un libro de esos que te va abriendo caminos en la cabeza conforme avanzas en la lectura. Su autor logra, con un estilo ultra accesible, desgranar una multitud de temas complejos y vincularlos a planteamientos políticos y vitales más amplios y centrales. Su posicionamiento (teórico y práctico) como marxista le proporciona las herramientas necesarias para escapar de la pulsión a la sectorialización que a menudo amenaza a la política LGTBIQ (así como a la feminista) e integrar los problemas sexuales en una compresión global de la sociedad y su funcionamiento. Tuve la oportunidad de entrevistar a Peter Drucker con motivo de la gira de presentación del libro que hizo en noviembre, y creo que en la conversación se aprecia ese esfuerzo suyo por reivindicar la especificidad no como separación sino como motivo para la solidaridad y la alianza.

Sin partir de los conceptos contemporáneos como si de verdades universales e ahistóricas se tratara, Drucker despliega un análisis materialista histórico de las relaciones same-sex (término empleado en el libro para referirse de manera más amplia al deseo y las relaciones eróticas entre dos personas definidas como varón o dos personas consideradas mujer) al que incorpora dos elementos no problematizados en la actualidad (la edad y los vínculos de parentesco) y un tercero cuya potencia reconocemos pero no solemos explotar (la clase). Su propuesta de que los patrones hegemónicos de comportamiento same-sex varían, junto con la norma de género, a partir de las transformaciones del modo de producción (de manera no mecánica ni inmediata, pero a partir de ello en todo caso), integra la historia LGTBIQ en el desarrollo global de la Historia y anula la pretensión de construcción de genealogías lineales a partir de la historicidad del presente.

Hay varios momentos del libro que disfruté especialmente. Varios de ellos tienen que ver con temas que me interesan y atraviesan de manera especial (los afectos, el deseo, la familia); otros, con preguntas sin resolver que he comentado en ocasiones con amigas y compañeras, sin llegar nunca a una respuesta satisfactoria. Desviades acaba con las preguntas mismas, muestra lo que estaba mal en ellas y nos impedía alcanzar la sensación de estar comprendiendo nada. Es un libro delicioso, de los que lees siendo consciente de cuánto estás aprendiendo. Verdaderamente una gozada. La desvinculación entre prácticas e identidad (algo que sólo empieza a estar unido en ciertos tipos de capitalismo), el no dar por hecho la unión entre sexo y relación romántica (ni entre cualquiera de ellos y la forma «pareja»), la problematización histórica de las distintas formas en que las relaciones same-sex se han correspondido o no con performance de inversión de género, la defensa del placer erótico como bien en sí mismo y de la estabilidad y ternura de los vínculos como forma de escapar de la mercantilización de los mismos.

Quizá la parte, si no novedosa, sí más trascendental del libro (y en todo caso una síntesis brillante de aportaciones anteriores), sea el capítulo que explica el surgimiento de la identidad homosexual (gay/lesbiana) como algo únicamente posible en el Capitalismo, y siempre a partir de la invención también en el Capitalismo de la identidad heterosexual, algo inexistente antes. Los párrafos en los que Drucker defiende la objetivación de los seres humanos como algo intrínseco a toda relación personal y potencialmente positivo en el sexo son verdaderamente geniales. El problema no es, por supuesto, la cosificación sino la reificación capitalista. En el Capitalismo, el objeto de deseo se reifica, se convierte en una cosa que puede por tanto ser separada de todos los condicionantes contextuales y culturales externos: el momento, la conversación, la simpatía que te despierta una persona, la conveniencia familiar del vínculo o el estado de excitación sexual que te haya provocado antes alguna otra cosa, por poner ejemplos. Es este proceso de reificación el que permite que el género de la persona sea un factor relevante hasta el punto de primar por encima del resto. El género se convierte en sí mismo, contra toda lógica corporal, erótica (cultural) y mamífera básica, en el objeto de deseo.

No haría justicia al trabajo de Drucker sin reseñar el enorme esfuerzo que ha realizado (algo tristemente poco común) por escapar de la comodidad de la historiografía de los países imperialistas y escribir desde una base de documentación mucho más amplia. No se trata sólo de la nutrida bibliografía: el libro recoge aportaciones, comentarios y opiniones de amigues y compañeres del autor, militantes queer y marxistas de países como Filipinas, Indonesia, Túnez, Brasil o Sudáfrica. Descentrar el marco de análisis para ser capaces de elaborar hipótesis más justas y acertadas, que no se propongan como viables para unos pocos sino que se construyan desde la alianza con todos los movimientos por la emancipación que surjan en el mundo.

El ritual de baño.

Mi lectura de 2023 ha sido, sin mucho espacio para la competencia o la duda, Lo que hay de Sara Torres. El ritual de baño quise leerlo desde el principio, pero también desde el principio me dio miedo. En cierto modo es irónico que fuera justo después de octubre que me animara a empezarlo. Empalada, atravesada por un asta de punta a punta y aún suplicando en un grito sordo que me abrieran más, que era poco el desgarro. Para lo bueno y para lo malo, 2023 ha sido el año de la intensidad. Y eso lo agradezco mucho.

El ritual de baño fue mi poemario de noviembre y de él recuerdo, sobre todo al principio, una sensación ambigua. Una de las imágenes más recurrentes del libro (el agua, las iguales, las metáforas marinas y alimenticias) y el que posiblemente sea su sello formal más característico (el recurso a los versos inacabados -ficción de la recuperación de una pérdida- y a los paréntesis con puntos suspensivos) me recordaron insistentemente a El cuerpo lesbiano (y sé de sobra que Witting es punto de referencia para Sara Torres) y a las reconstrucciones que nos hacemos de la poesía de Safo. Ninguna sorpresa, vaya. Pero me defraudó la sensación de pretensión idéntica, de intentar reproducir una forma que tiene sentido no tanto como creación sino como destrucción de la poesía. Eso, y que a mí Witting me cansa; precisamente lo que El cuerpo lesbiano tiene de carnívoro, la dimensión que más me gusta, no está presente en la poesía de Sara.

Luego, claro, esto cambia. Toda la sensualidad y la energía erótica que Sara Torres logra introducir en Lo que hay, esa sensibilidad arrolladora ante la saliva y el tacto, desborda los poemas de El ritual de baño permitiendo una lectura distinta a la simple repetición de Witting y reconstrucción de Safo. Leer a Sara es muchas veces abrir la boca para permitirle introducir la mano, rodear con sus dedos la lengua, pasearte de saliva la cara. «no ocurrió / un cuerpo enamorado / alucina / los mapas del deseo». Y también: «declinas  ya no será / ya no». Leer a Sara en noviembre ha supuesto permitirme llorar muchísimo, acunarme en el proceso de sanación y dar gracias a la vida y a mí misma por esta capacidad de sentir que en ocasiones me devora pero ante la que siempre suplico, los ojos abiertos: arrástrame más fuerte.

La alucinación, la fiebre. Los muslos sudados que no se apartan, que no renuncian al tacto. El cuerpo en estado de vehemencia, las manos que se hunden y empujan y aprietan. «porque está puesta en ti / el hambre que tuve desde niña / y hago contigo las cosas sin nombre / que desde niña siempre deseé // no temas   amor   de las otras». Hay un punto en la poesía de Sara Torres que no permite saber dónde empieza y acaba lo físico, cómo el cuerpo se conecta con la escritura, si es que acaso para algunas de nosotras tiene siquiera sentido pensar en la posibilidad de poner límites al deseo. Leerla en noviembre fue de las mejores cosas que me pudieron pasar.

Enuncia Sara: «la sensación de que yo he venido aquí a escribir». También: «aquí  conducida por la escritura». Supongo que al final la vida es eso. Tengo subrayada en dos colores la primera página, que fue para mí un primer ladrillo sobre el que empezar a levantarme: «tanto va el cántaro a la fuente (…) / pero antes de romper se hubo llenado / muchas veces».

Muchísimas veces. Feliz 2024.

Europa después de la lluvia.

Seguí con Peri Rossi en octubre (¡octubre!) y ahora, al releer algunas páginas desde este diciembre, me parece un poemario hermoso y cierto para condensar los últimos meses. Algo así como Inés el otro día en mi cuarto, la mirada algo aturdida, diciendo como para nadie antes de despedirse: qué otoño más raro. Qué otoño más raro.

Europa después de la lluvia, publicado en 1987, es una condensación de la experiencia migratoria de la autora. Ya no hay exilio ni diáspora en primer plano: se han calmado esas emociones (¿en serio?) y ahora lo cubre todo un manto de invierno que se condensa sobre la piel, sobre los árboles pelados, sobre los dedos helados que aprietan una taza caliente. La experiencia condensada (de apretarse a causa del frío) se deposita sobre la «masa indefinible de desechos» que es Europa creando esa atmósfera melancólica extraña que conoce toda persona que haya vivido un invierno. Después de la lluvia: después del otoño.

Si bien tardé en entrar en los poemas, algunas imágenes me han gustado especialmente. La fundamental es, claro, Berlín en los años 80. «Las ciudades son estados de ánimo», escribe la uruguaya, y como para demostrarlo nos retrata a todas en uno de los numerosos poemas que lleva por título el nombre de la capital alemana: «Lenguas son planetas / y compré el libro aquél / en la Heinrich Heine // convencida de que el cielo de metal / y los muros verdes // iban a contrarrestar / mi ignorancia de la lengua». Un abrazo triste para combatir el frío: me veo en los puestos de la ribera del Sena seleccionando títulos de Romain Gary ante la mirada incierta del librero (ay, los 19 años), en Praga con una edición bellísima e indescifrable de Kafka en la mano (portada azul intenso y dorado, tapa dura, apenas un palmo).

Hay dos poemas verdaderamente bestias en el libro. El primero («Diálogo de exiliados») dialoga con Guillaume Apollinaire en un doble tiempo precioso de dolor y costumbre. Peri Rossi intercala los versos ajenos con los suyos propios en un alegato de la vida y la belleza (un alegato triste, duro y recompuesto) que debería acordarme de releer de vez en cuando. «Lo único que conozco por ahora es la vida, me dijiste». El segundo se titula «Nocturno pluvioso en la ciudad» y, bajo la recurrida forma de observar desde una ventana (la cristalera de un bar quizá, apuesto a que iba borracha – yo lo iría), se despliega una sociología urbana compleja, hermosa y muy potente en la que todo (las bombas, las guerras, el amor desesperado, la publicidad con su flujo erótico y las palomas migrando y los cuerpos buscándose) pasa al mismo tiempo. «hay un cartel que destiñe con la lluvia: / Compañero, tu muerte no será en vano».

Por último. Hacia el final del libro hay un poema aislado, sin aparente conexión con el resto, que me tuvo días con el llanto bloqueado ante la estupefacción de darme cuenta. Algo tan obvio. Se llama «Sistema poético» (claro, claro) y la pregunta es: ¿qué evocamos en ausencia de la amada? No a ella sino al recuerdo que tememos de ella. Una falsificación: nos evocamos a nosotras mismas en presencia de la amada. A nosotras mismas en un estado superior: la fábula de Circe. «(Soy un espejo que al reproducir evoca)«.

Doña Flor y sus dos maridos.

Un libro que compré en julio, que hizo conmigo el viaje ida y vuelta a Brasil sin ser abierto, que acabé leyendo entre agosto y octubre (un desastre) y que, tras una época de mierda, es por fin reseñado en diciembre. Creo que estos dos meses han sido la temporada más larga de inactividad del blog. Por suerte he seguido leyendo, aunque con un ritmo bajito y triste. Un poco lo de Sara Torres y su: «un cuerpo triste / obedece a la norma / aunque no cree en ella». Espero ir sacando el otro par de reseñas pendientes en los próximos días. Volvemos a la vida.

Sobre lo que nos concierne. Jorge Amado, de quien yo no conocía ni el nombre (ay), es el escritor brasileño más reputado del siglo XX, traducido a infinidad de lenguas y con varias de sus obras más populares convertidas en películas de éxito en Brasil y en toda Latinoamérica. A Amado lo descubrí por Lucas, que me insistió muchísimo en que debía leerlo, y si finalmente compré Doña Flor y sus dos maridos fue por el empeño de Raúl, que me abordó en múltiples ocasiones una noche de fiesta para asegurarse de que lo leería. Así que gracias a Raúl, de quien me acordé constantemente durante toda la primera parte del libro, riéndome sola al imaginar su satisfacción ante la ironía y el humor doblado de Jorge Amado. Una delicia.

Amado fue, como me dijo Lucas, uno de los pocos escritores verdaderamente de masas que hubo en Brasil en el siglo XX. Dotado de un particular realismo literario, militante comunista, su obra es resultado de un empeño por crear un imaginario «nacional-popular» propio con base en todos los sincretismos de la historia de Brasil. El resultado es asombroso. Una escritura riquísima, a ratos barroca, prolífica en los detalles y en los personajes secundarios, donde figuras que apenas pasan por la calle mientras miramos desde la ventana son para el autor merecedoras de contarnos su vida o sus múltiples divorcios. Una voz narradora ambigua, que pretende funcionar como voz en off interlocutando con el lector, deteniendo una escena, o animando a reflexiones específicas. Y una capacidad asombrosa para manejar referencias, historias cruzadas, dobles sentidos, universos culturales y religiosos y toda suerte de apariciones momentáneas.

Algunos puntos rápidos que me gustaría destacar del libro, teniendo en cuenta que lo leí hace ya varios meses y que las impresiones no son recientes. El primero es la magistralidad en la construcción de género tanto de Flor como del resto de personajes: indudable pero siempre contradictoria, nunca en línea recta, siempre plagada de vericuetos que hacen difícil la aplicación modélica de un estándar rígido de feminidad/masculinidad ni (aunque quizá en menor medida) de hombría/mujeridad. Ligado a esto, la naturalidad con la que el autor expone los criterios morales de unos y otros personajes es quizá uno de los ejes conductores del libro. Reconozco que la tercera parte («Del tiempo de luto aliviado, de la intimidad de la viuda en su recato y en su vigilia de mujer joven y necesitada…») se me hizo bastante larga, y a duras penas podía soportar ya las angustias morales de Doña Flor en torno a lo que es o no apropiado para una viuda – sufrí, de hecho, un poco de vergüenza ajena.

Lo que más me fascinó de todo el libro, hasta el punto de seguir actualmente pensando en torno a ello, es el tratamiento que hace del deseo. No sólo en lo que a la honestidad mamífera del deseo de Doña Flor se refiere, sino en una dimensión mucho más trascendente. ¿Cómo conjugar el deseo con la pérdida? ¿Qué papel juega la ausencia (la carencia) en la posibilidad misma del deseo? Escribe Amado sobre el luto como un tiempo que ya no es más tiempo de espera, y sobre como esa imposibilidad de resolución hace que el deseo y el anhelo lo ocupen todo. Antes, al menos la espera; tras lo definitivo, nada. La carencia/necesidad absoluta. «Se movía apenas entre el dolor y el ansia». Y también: «Desde entonces el deseo ya no tuvo siquiera derecho a la espera». El dolor como solapamiento de la imaginación/necesidad con un presente de carencia; renunciar al deseo como única manera de evitar el dolor. Pero ay, qué tipo de psicópata aceptaría eso. Doña Flor, desde luego, no lo hace.

Por último, una paradoja que me hizo sonreír mucho. Amado titula la última parte del libro «De la terrible batalla entre el espíritu y la materia…», y efectivamente sí. Pero podría pensarse que no se trata del fantasma de Vadinho frente al la realidad tangible del doctor Teodoro, tan en el mundo de los vivos. Yo creo más bien que todo lo espiritual está en el doctor Teodoro (la cultura, la placidez, la tranquilidad del bienestar calmado) y todo lo material (el sexo, la carne, el sudor y la piel) en Vadinho. Y, en cierto modo, qué manera genial de resolver el problema original de la monogamia, siempre empeñada en que lo encontremos todo en una sola persona. A vueltas con el deseo y la voluntad.

Lingüística general.

He vuelto a Cristina Peri Rossi. En septiembre leí su quinto poemario, publicado en 1979 y estructurado en tres partes diferenciadas: «Lingüística general», «Diario de navegación» y «Travesía». Es un libro hermoso, sensual y bello, donde la autora desplaza la vivencia migratoria del lugar central que había ocupado en sus dos anteriores poemarios (Estado de exilio y Diáspora) para recuperar los que, para mí, son hasta el momento sus dos tropos más importantes: el erotismo del nombrar (del escribir) y la densidad oscura y profunda de las metáforas marinas.

El comienzo (numerado) de «Lingüística general» me ha recordado muchísimo a aquél Evohé que leí ya hace tantos años. «El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas», y con ese impersonal masculinizado la poeta (¡ay, Cristina!) recupera una práctica que me sorprendió bastante en su momento y que sigo sin saber si atribuir a su lesbianismo o a una cierta altivez de mujer que se siente lista para ser varón (todas hemos pasado por ahí, amiga). Peri Rossi no escribe, como otras autoras sáficas, de las mujeres desde un yo femenino: sus narradores y sujetos universales son siempre hombres, figuras que se nombran a sí mismos con adjetivos acabados en «o», salvo quizá algún poema muy en primera persona y decididamente autobiográfico en Diáspora.

Y sin embargo hay al final de este libro un penúltimo poema que me ha recordado como un relámpago a ese inconfundible «Y/o te busco m/i radiante a través de la asamblea». Leemos en «4.ª estación: Ca’ Foscari»: «Te amo como mi semejante / mi igual mi parecida / de esclava a esclava / parejas en subversión / al orden domesticado». Y después, en unos versos preciosos: «A la mañana, en el desayuno, cuando las cosas lentamente vayan despertando / te llamaré por mi nombre / y tú contestarás / alegre, / mi igual, mi hermana, mi semejante». Tengo curiosidad por ver cómo avanza esta evolución en el resto de su obra.

Además de un regreso a Evohé, «Lingüística general» me ha llevado continuamente al Eros dulce y amargo de Anne Carson. «Hay algo puro e indudable en la noción de que Eros es ausencia», escribe Carson. «Escribimos porque los objetos de los que queremos hablar no están», responde Cristina (qué apellido más terriblemente poco estético, difícil de encajar de manera rítmica, siempre disonante, tiene Peri Rossi, y cómo me duele la composición cada vez que tengo que escribirlo). De nuevo Carson: «Lo que es erótico en la lectura (o en la escritura) es el juego de la imaginación convocado en el espacio que media entre nosotros y el objeto del conocimiento». Y una y otra vez: los límites entre el ahora y el luego que ya no es ahora; entre las cosas y su memoria y provocación.

El segundo tropos recuperado, decía, es el recurso a la metáfora marina que tanto me fascinó en Descripción de un naufragio. No se trata sólo de los títulos de las otras dos partes, más cortas («Diario de navegación» y «Travesía»), sino de toda una dimensión profunda que empapa los poemas revelándose como la forma original en la que la autora entiende y percibe su sexualidad y la sensualidad en sí misma: como una amenaza animal, húmeda y oscura en la que hacemos bien en adentrarnos. Los poemas XIII y XX son para mí los más bellos de todos, y éste segundo nos ofrece la inmensidad como una delicia: «Pero estás en la noche honda como un lago / donde lentos cetáceos se pasean / para que toda turbación tenga nombre / y el deseo voraz como un puma / horade la voz / el papel/ y los sueños en la noche / como animales hambrientos». Como animales hambrientos.

50 poemas de revolta.

El que fue mi poemario de agosto lo compré en São Paulo aconsejada por Lucas (que me dijo al salir de la librería que había pensado regalarme su ejemplar si no lo encontrábamos) y lo leí un mediodía tirada en la arena de la Cala Grande del Barronal, en el Cabo de Gata, manchando las páginas de crema de sol y de jugo de melocotón que me resbalaba por las manos. Librito pequeño, pulcrísimo y naranja, 50 poemas de revolta es una antología (sí, ese formato al que tanta tirria tengo) de 34 poetas brasileños. «Clássicos e contemporâneos», reza la contraportada.

¿Puede llamarse «antología» a la selección de uno o apenas dos poemas por persona? ¿Podemos extraer de ahí alguna pauta estilística, generacional, algún criterio métrico, algún sentido en lo que al autor o autora respecta? La negativa es evidente. Me parece mejor (desde luego, más fructífero e interesante) mirar el libro como un retrato colectivo de los y las desposeídas de Brasil. No hay búsqueda estilística alguna, relato generacional, indagación en el yo creativo, porque el librito naranja no es una antología: es una crónica del proceso por el que una clase toma consciencia de su situación de opresión y explotación y se rebela contra ella. Narrada a través de la expresión poética del proceso mismo.

Algo que me ha fastidiado siempre de la llamada poesía social (término acuñado en los 90 para no tener que reconocer un contenido político) es la pasmosa tranquilidad con que muchas veces se queda en la denuncia, en la descripción de la miseria, como si de un fenómeno natural inamovible se tratara. O peor: como si necesitáramos que nos lo contaran para saber que el mundo es una mierda. Una mezcla de la polémica clasemediera bienpensante en torno a la foto del niño Alan y el ¡Indignáos! de Stéphane Hessel. El horror.

Me ha gustado el librito porque huye de eso: no nos ofrece una compilación de poetas sociales sino una ventana a los procesos de organización y lucha que se dan y se han dado en Brasil en el último siglo. No meanicista, claro, no de un modo panfletario. Pero leyéndolo, una puede saber dónde están las palancas desde las que organizar el conflicto (nada nuevo, en fin: comida, vivienda, trabajo) y también cuáles son los humores, los estados de ánimo, los amores y las melancolías que se construyen en ese caldo.

Demasiados nombres (¡34!) como para hacer una indagación mínima de cada uno de ellos. En general he preferido los gritos (Alice Ruiz, Ferreira Gullar, Torquato Neto), pero la genealogía tranquila de Conceiçao Evaristo en «Vozes-mulheres» me pareció de los poemas más bonitos, sonreí irónica con Ledusha («feminista sábado domingo / segunda terça quarta / quinta e na sexta / lobiswoman») y es siempre una cosa chula toparse con Vinícius de Moraes. 50 poemas de revolta ha sido, en fin, una oportunidad genial para atreverme a leer en portugués (qué idioma precioso), con la promesa de cosas más grandes que tengo pendientes.

Senderos de libertad: la lucha por la defensa de la selva amazónica.

Cuando a comienzos de verano pedí recomendaciones de lecturas de autoras brasileñas o que tuvieran Brasil como fondo, M. me sugirió de inmediato ésta. A quién no le va a gustar la combinación de ecologismo y lucha sindical, me dijo. Reconozco que dudé un poco: no conocía a Javier Moro, tengo kilómetros de prejuicios sobre los bestsellers españoles, una franca desconfianza hacia todo ganador de un Premio Planeta y poco tiempo libre que perder en 600 páginas de lugares comunes. Pero a M. hay que hacerle caso siempre y al día siguiente estaba encargándolo en mi librería. Menos mal. Qué pedazo de libro y (para mi sorpresa) qué pedazo de escritor.

Senderos de libertad cuenta la historia de Chico Mendes. Y sí, pero no. En primer lugar, porque Chico tarda unas cien páginas en aparecer y antes que a él conocemos a un amigo de su padre (sin saber que en algún momento migrará al Amazonas y será aprendiz de un hombre que tendrá un día un hijo), al indigenista Sydney Possuelo o a un pistolero escapado de una finca de trabajo esclavo que acabará casándose con la hija del viejo amigo de Francisco Mendes (padre) y siendo contratado para matar a Chico. En segundo lugar, porque más que una biografía personal podría parecer que el libro traza la biografía colectiva de una pulsión que, con el mero propósito de facilitar el relato, se encarna en diferentes momentos del siglo XX en distintos individuos ficticios. Con una diferencia: los individuos existieron. Son (casi todos) personas reales.

Javier Moro levanta una estructura narrativa monumental en la que décadas, personajes y lugares se imbrican de forma casi perfecta. El recurso a frases, declaraciones o entrevistas reales se confunde con otros tantos testimonios posibles, de manera que una ya no tiene claro cuándo un entrecomillado (generalmente seguido del tan creíble «… diría más tarde») es real y cuándo, efectivamente, un diálogo ficcionado. Javier Moro alterna una prosa verdaderamente buena con cascadas de datos, nombres y cifras verídicos, recabados en un arduo trabajo de documentación que incluyó más de tres años viajando por el Amazonas. Hay un cruce constante entre la emoción literaria y la denuncia material (fría, cruda, estadística: con nombres, apellidos y datos fiscales), sin que la primera reste conocimiento de la segunda ni ésta empañe la otra.

Como si de un catálogo de agresiones y violencias, pero también y sobre todo de respuestas y dignidades se tratara, Senderos de libertad va trazando las vidas de hombres y mujeres que huyen de la sequía, que mueren de hambre y plagas, que trabajan en hospitales medievales en mitad de la selva, que predican y construyen la teología de la liberación (he quedado fascinada con el personaje de Gilson Pescador), que declaran la guerra a los ocupantes de sus territorios ancestrales, que saben hablar con las plantas, que son desahuciados para construir carreteras, que acaban devorados por el alcohol, que plantan cara a los pistoleros de la patronal, que son esclavizados en plena década de 1970, que se organizan en las favelas, que alfabetizan a sus vecinos, que trabajan 14 horas al día buscando oro, que construyen un sindicato. La novela es la biografía de la lucha colectiva en defensa de la vida. La narración de los motivos, las formas y los sentidos de la lucha de clases.

Por ponerle una pega al libro, hay un momento en los capítulos intermedios en que la centralidad de técnicos especialistas de Estados Unidos empieza a hacerse cargante. El tono de la narración llega a presentar a los diferentes abogados, periodistas y ambientalistas yanquis como los ideólogos de toda una sofisticada estrategia de la que Chico Mendes es tan solo un (importante) figurín artístico. Lo que es más: la dimensión colectiva del movimiento de caucheros y del Sindicato de Trabajadores Rurales apenas se muestra, como si acaso fuera posible que la suma de una limitada serie de voluntades y genialidades individuales pudiera plantar cara a los más altos intereses económicos.

Me fastidió bastante esto porque el tono general del libro no es ese. Muy al contrario: Moro enhebra con una claridad sorprendente la dimensión personal con el plano más amplio de la lucha por preservar y respetar el medio, por la justicia social y por la dignidad humana. Dos pensamientos me han asaltado recurrentemente durante la lectura: el tamaño gigantesco de las gráficas que Moro seguramente necesitó hacerse para escribir todo esto sin perder el hilo, y que el libro debería ser lectura obligatoria en los institutos.

Estado de exilio.

Voy tardísimo: leí este cuarto poemario de Cristina Peri Rossi en julio, cuando todavía ni había escrito la reseña del anterior, y luego me fui de vacaciones y dejé pasar el tiempo sin tener el libro a mano para escribir algo decente. Lo que siguen son por tanto unas notas rápidas, escritas tirando de la memoria más intensa contrastada con alguna relectura, que siento no estarán a la altura de un poemario que me gustó muchísimo y que te pega en el estómago un golpe firme y doloroso.

La obra está compuesta por dos partes: «Estado de exilio» y «Correspondencia(s) con Ana María Moix», ésta última con una forma que recuerda al poema «Diáspora» de su anterior libro pero también a las cosas que yo escribía borracha, después de haber esto llorando y bebiendo sola, cuando tenía 19 años. Tiene partes buenas pero en general no consiguió atraparme, como «Diáspora» sí que lo hizo. La primera parte, ah, eso es otra cosa.

En Estado de exilio no se tarda en entrar. No hay, como en Diáspora, poemas preliminares, dotados de una saturación menor, que nos preparen para lo que se viene. Es como si la autora hubiera querido retomar el trabajo justo donde lo dejó, en la cima de su poemario anterior, y considerara que hasta entonces apenas ha sido capaz de transmitir porciones pobres y miserables de lo que siente. Desde el principio ataca: la construcción de un cuerpo colectivo (los exiliados que vagan y pasan hambre y tienen sueño y rebuscan en sus bolsillos alguna moneda que echar a la cabina telefónica, ¿no son acaso un único cuerpo multiforme y sedoso?), la primera persona del plural que se personaliza sólo en momentos excepcionales, la ranura por la que miramos momentos concretos de la pérdida y la desorientación particulares.

Con respecto a Diáspora, el recurso más interesante que Peri Rossi incorpora es la confrontación constante entre el viaje y el exilio. Ese «y me fui porque si los mataba / me llevaban preso» del exiliado que se reivindica francés frente a dos turistas uruguayos. El «dónde he venido a parar, / si mi abuelo lo supiera, / (…) / lo habría contado a sus compañeros / y todavía me hago famoso» amargo en «París, 1974». Y el qué para mí es uno de los poemas más tremendos del conjunto: «Aquel viejo que limpiaba platos / en una cafetería de Saint-Germain / y de noche / cruzaba el Sena / para subir a su habitación / en un octavo piso / sin ascensor sin baño / ni instalaciones sanitarias / era un matemático uruguayo / que nunca había querido viajar a Europa».

La otra diferencia son las palabras duras, la violencia explícita pero sin aspavientos, la imagen que no se vela sino que se escupe con simpleza. Es, en ese sentido, un poemario con mucha más carga política, mucho más capaz de señalar la dictadura y la pobreza, de contar lo que se ha visto sin quitarse por ello de encima la carga de la culpa de haber sobrevivido. Quizá, de manera poco convencional, está toma de posición está declarada en ese: «Te dije: / ‘Se necesita mucho valor / para tanta muerte inútil’. / Pensaste que me refería a América Latina. / No, hablaba / de morir en la cama, / en la gran ciudad, / a los ochenta o a los noventa años».

Me cuesta no enumerar todo ese dolor bellísimo al que Peri Rossi da forma escrita. Dos menciones solamente. La primera: una maravilla titulada «Gotan» donde se reniega de la esperanza de volver en versos que se van confundiendo con los de la canción de Carlos Gardel. La segunda: «Barnanit», el poema que cierra el conjunto, escrito 30 años más tarde que el resto y recogido también en Estrategias del deseo (con la necesidad en los labios: temblando estoy por llegar). Lo del amor, ay.

Cuarto de desechos (y otras obras).

Leí a Carolina María de Jesús entre finales de julio y los primeros días de agosto, como comienzo de un pequeño recorrido lector por algunos lugares, momentos, luchas y esperanzas de los hombres y mujeres de Brasil. Comencé el libro (una traducción arriesgada por parte de Txalaparta, que ha hecho un trabajo excelente en colaboración con el Laboratorio de Traducción de la Universidad de Los Andes en Colombia) en los descansos escasísimos de mi jornada laboral, y lo terminé en un autobús con asientos reclinables que me llevaba de Angra dos Reis a São Paulo en un viaje de más de ocho horas. En São Paulo, 70 años antes, Carolina María de Jesús escribía el diario que terminaría convirtiéndose en este libro.

He leído tanto sobre la autora y su obra en las últimas semanas (el prólogo y epílogo del propio libro, el buenísimo texto preliminar que lo acompaña, y una sala entera del Museu Afro de Brasil que funciona como entrada a la biblioteca que lleva su nombre) que me cuesta escribir algo que considere mínimamente propio y original, a pesar de que en el Estado español la brasileña sea una perfecta desconocida. Nacida en una zona de interior en los años 20 del siglo pasado y descendiente de antiguos esclavos, Carolina María migró a la gran metrópoli para acabar convirtiéndose en favelada y recogedora de basura. Su forma de escribir la revela como una mujer con una fuerte consciencia de sí misma, honesta en su forma de ver la vida y con un carácter duro y descreído fruto de años y años de miseria y de protegerse a ella misma y a sus hijos de múltiples violencias. En ocasiones, sin embargo, se cuelan en su diario algunos rayos de ilusión infantil que, junto con las confesiones de cansancio y desesperación, la humanizan y la muestran como lo que todos somos: seres humanos complejos, plagados de matices y siempre en posesión de un cierto margen de agencia propia.

Carolina escribe para sobrevivir, en múltiples sentidos: para no renunciar al diálogo interno y a la consciencia de las cosas que ocurren en su propia vida, para encontrar refugio en mitad de entornos hostiles y violentos a los que se siente ajena (primero en la favela; más tarde, tras el éxito de su libro, en la alta sociedad brasileña donde ella sólo ve dobles caras y relaciones interesadas), para dotarse en un cierto sentido de un cuarto propio en la chabola de dos por tres metros en la que vive con sus hijos. Pero lo hace también por pasión y por ambición, porque cree en el poder de la escritura y porque su sueño es ser escritora. En su amor por los libros y en su orgullo por su capacidad de leer y escribir, así como en su firme resolución de no casarse nunca para no perder su autonomía en manos de ningún hombre, hay una entereza y una fuerza que, más que sobrenaturales, son profundamente humanas.

Cuarto de deshechos fue una recomendación de Lucas antes de viajar a Brasil, y funciona como una ventana a la realidad social de un país que, en 1960, se lanzaba de cabeza a la senda de la modernización con todas sus consecuencias: explosión de las diferencias sociales, migraciones masivas de pobres del campo a las grandes ciudades, multiplicación del tamaño de las metrópolis, proliferación de la pobreza urbana, etc. La edición de Txalaparta recoge, junto a Cuarto de desechos (el diario de su vida en la favela que la lanzó a la fama), Casa de ladrillos (donde retrata su vida en los círculos culturales y de la alta sociedad brasileña del momento, que se publicó sin éxito) y dos relatos hasta ahora inéditos en castellano: «Favela» y «¿Dónde estáis, Felicidad?».

Puestos juntos, los dos diarios de Carolina forman un díptico súper interesante levantado sobre una escritura muy particular en sus rasgos, mezcla de formas toscas y giros elaborados, que engancha desde el primer momento y se reconoce orgullosa de su propia existencia. Carolina habla de racismo, de su condición de mujer negra y pobre, del hambre, de la vergüenza por ir sucia por no poder comprar jabón, de reforma agraria y de su admiración por Fidel, pero también de su cariño por los niños y de lo mucho que le gusta madrugar para mirar el cielo. Y al final, la ternura: «Hay momentos en que tengo ganas de dar un grito para que todo el universo me escuche: ¡Viva mi libro! ¡Vivan mis dos años de escuela primaria! Y vivan los libros, porque es lo que más me gusta, después de Dios».

Una historia colectiva: el éxtasis colectivo de la Antigüedad a nuestros días.

Con Barbara Ehrenreich doy por cerrado el itinerario de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista que comencé en enero y que me ha acompañado en este medio año lleno llenísimo de intensidad y de goce. Podéis encontrar todas las reseñas agrupadas en la etiqueta Deseo, donde se irán sumando en el futuro lecturas pendientes que no han cabido o sabido encontrar su sitio ahora, y seguro que muchas otras. Dudé si dejarlo aquí o prolongarlo durante todo el año, pero al final opté por parar por dos razones. La primera es la necesidad de descansar: vivo desde hace tiempo en un estado de saturación emocional que me esfuerzo por sublimar de manera constante, pero también hace falta cerrar los ojos de vez en cuando y simplemente dormir y respirar despacio y no gemir ni llorar a cada mínimo roce. La segunda es puramente práctica: me voy de vacaciones (largas de verdad por primera vez en mi vida) y me apetece leer cosas más frívolas y tranquilas y sumergirme un poco en la literatura de los sitios por los que estaré viajando. Así que, por el momento, ahí queda. He disfrutado mucho estos casi siete meses de inmersión en el disfrute.

Una historia de la alegría es un libro fascinante, irreverente casi, que realiza una investigación por las diferentes formas de rituales extáticos que han existido a lo largo de la historia de la humanidad. Éxtaticos: que conducen al éxtasis. Que alteran el estado normal de existencia para permitir estados alterados de sentido y de conciencia, donde los límites del yo se disuelven haciendo posibles acciones y percepciones que no podrían darse de otra forma. El título del libro es, en ese sentido, toda una declaración. «Sospecho que muchos lectores tendrán puntos de referencia similares -sean tanto religiosos como recreativos- respecto al material de este libro y que, al igual que yo, se preguntarán: si poseemos esta capacidad para el éxtasis colectivo, ¿por qué apenas la ponemos en práctica?».

Estructurado como un recorrido cronológico, el libro pone en relación una serie de fenómenos colectivos íntimamente conectados: los bailes extáticos de los pueblos colonizados (aquí Ehrenreich desglosa y critica de manera divertidísima y muy oportuna todos los comentarios e interpretaciones que desde la antropología y otras ciencias sociales del momento se realizaron), los festivales dionisiacos en la antigua Grecia, algunas prácticas colectivas del primer cristianismo, la celebración del Carnaval en la Europa medieval. A los fenómenos de represión de la alegría (de persecución de las celebraciones extáticas, entre otras cosas, por la dificultad para controlarlas y para acotar sus efectos sociales) se le dedican también capítulos propios: la condena moral al baile e incluso a la música que se impuso en el Imperio Romano, la aniquilación material pero también cultural que los conquistadores realizaron en América, el calvinismo y la Contrarreforma, etc.

Al final del libro hay algunos capítulos bastante curiosos que confrontan fenómenos contemporáneos o relativamente recientes (los grandes eventos fascistas de hace un siglo, por ejemplo, o los macroeventos deportivos y los conciertos de rock de las últimas décadas) con las festividades extáticas. Una historia de la alegría se publicó por primera vez en inglés en 2006, algo que explica parcialmente por qué la cronología que maneja la autora apenas nombra como algo embrionario las prácticas carnavalescas de protesta que tan comunes fueron del ciclo de los Foros Mundiales y el movimiento antiglobalización. Siendo cierto que ella se centra en los despliegues estéticos del movimiento y no tanto en la experiencia extática, creo que la lectura se complementaría muy bien con el libro de Julia Ramírez Blanco, Utopías artísticas de revuelta, especialmente con las partes dedicadas al movimiento «reclaim the streets». También me he acordado mucho del librito Bailar hasta morir editado por Antipersona (ahora Levanta Fuego) y echado mucho en falta alguna referencia a lo más parecido al éxtasis colectivo que he experimentado yo jamás: las freeparties y el movimiento rave.

El libro es, hay que decirlo, una delicia. Barbara Ehrenreich es de las mejores divulgadoras a las que se puede leer, además de una erudita y una mujer con una comprensión bastante avanzada de qué cosas valen verdaderamente la pena en la vida (y, en consonancia, de qué temas merecen verdaderamente ser trabajados). Durante toda la lectura hubo un único momento donde torcí el gesto con hastío: cuando viene a decir que el marxismo se equivoca y que no se pueden explicar ciertos procesos históricos de cambio social en base a «la economía» (en concreto, la expulsión de las celebraciones bailadas y de las mascaradas fuera de las iglesias), para a continuación proceder a desarrollar una explicación absolutamente materialista del mismo. Me da mucha rabia cuando gente tan lista demuestra de forma tan estúpida no haber comprendido cosas tan sencillas. Y al final, a ella le fascina la capacidad de las festividades extáticas de borrar temporalmente las jerarquías sociales, mientras que yo escupiría en la cara de cualquiera que pretendiera que debo mezclarme (y más para compartir y para dejarme ir) con cierta gente.

Destaco sólo, y muy someramente, tres de las cosas que más me han gustado. La primera es sensibilidad y centralidad desde la que se abordan todas las cuestiones relacionadas con los procesos de racialización y colonización, y la capacidad de entender el modo en que todo esto se conecta con las necesidades de explotación del Capial, así como el esfuerzo que se hace (en mi opinión, preciso y muy logrado) por descentralizar el relato tanto de Europa como de las visiones europeas sobre otros territorios. La segunda son los capítulos en los que se propone una vía para la transición entre Dioniso y Jesús (todo el capítulo dedicado al cristianismo primitivo es una gozada, pero ese «Cristo crucificado fue, y quizá no sólo de forma simbólica, Dioniso renacido» me hizo estremecerme de gusto).

La tercera es la hipótesis que se plantea al principio del libro: que el baile surge como una necesidad humana básica pues es la manera que tenemos de crear y consolidar grupos humanos grandes. Dice Ehrenreich: «Mucho antes de que los pueblos tuviesen un lenguaje escrito y posiblemente antes de que se hicieran sedentarios, ya bailaban y consideraban la danza una actividad lo bastante importante como para registrarla en piedra. (…) Ninguna otra especie lo ha conseguido. Solo nosotros estamos dotados de esa clase de amor que Freud fue incapaz de imaginar: un amor, o al menos una afinidad, que une a las personas en grupos muy superiores a dos». Y también (como mantra de vida): «Extraer placer de unas vidas sometidas a las penalidades y a la opresión es un logro meritorio; alcanzar el éxtasis es una especie de triunfo».

Militancia alegre: tejer resistencias, florecer en tiempos tóxicos.

Llegué hasta Militancia alegre buscando una lectura con la que completar algunos vacíos del itinerario sobre deseo, placer y existencialismo alegre que comencé hace unos meses. Me interesaba especialmente leer sobre la interpretación spinozista de las pasiones, algunos aspectos de la movilización de los afectos, y en general sobre la vinculación entre emoción y actuación – entre lo personal y lo político. Desde esta búsqueda, el libro ha resultado ser casi exactamente lo que suponía y contener pasajes muy útiles y bonitos. Casi toda la primera mitad me resultó bastante interesante, a pesar de diverger de los autores en puntos importantes y de que, como menciono más adelante, sostienen en ocasiones auténticas chorradas. Creo que una lectura menos enfocada, que contenga en un principio mayores expectativas globales para el conjunto del libro, se habría visto decepcionada. No ha sido mi caso. Voy a tratar de explicar cuáles han sido los puntos que más me han gustado y cuáles las limitaciones más problemáticas.

Primero. La idea de la tristeza y las pasiones tristes como desarticuladoras y desmovilizadoras (nos aíslan, nos reducen, nos dejan exhaustos y carentes de energía), y de la alegría y las pasiones alegres como activadoras y movilizadoras (nos impulsan a actuar), no por ya conocida es menos sugerente y empíricamente cierta. Me gusta que bergman y Montgomery insisten en que con alegría no pretenden hablar de felicidad ni de aceptación acrítica del estado de cosas. La militancia alegre no es el mandato de ser felices sino la búsqueda consciente por activar potencias que ya existen en nosotros. Se define la alegría como la «capacidad de hacer y sentir más»: un estado de ánimo que sólo puede realizarse relacionalmente y que surge del reconocimiento de la capacidad de poder cambiar la propia vida y sus circunstancias. Los primeros capítulos, centrados es esta concepción de la alegría como pensamiento-sentimiento que surge de volverse capaz, que está integrado por muchas emociones al mismo tiempo, y que no se consigue esquivando el dolor sino a través de él, constituyen la parte más potente y que más he disfrutado del libro.

Segundo. Hay una defensa de lo colectivo y de la comunidad que logra no acabar recayendo en la huida individualista del mundo. Tengo especial inquina contra quienes eligen el escapismo como táctica de supervivencia: neorrurales (pero no sólo) que creen estar construyendo mundos nuevos en sus comunidades autogestionadas sin vínculos con la realidad, donde pueden vivir acordes con su conciencia mientras millones de personas de clase trabajadora agonizan por todo mundo – el único que existe. No hay en Militancia alegre ningún rasgo de este egoísmo camuflado (algo que no sería tan raro, teniendo en cuenta la adscripción ideológica de sus autores), pues no se propone lo colectivo desde lo identitario sino desde lo relacional. El enfoque relacional que atraviesa todo el libro me convence bastante y permite articular planteamientos muy lúcidos y útiles políticamente.

Tercero. A lo largo de todo el texto (escrito en Canadá) existe un esfuerzo constante por mantener una sensibilidad ampliada en lo que a los procesos de racialización, colonización y expolio material y cultural se refiere. En algunos momentos el fantasma del relativismo total parece asomarse por la puerta, alternándose con un empeño casi ridículo por recalcar en todo momento que ambos autores son blancos (y colonos, fórmula que no termino de entender a menos que hayan participado de prácticas conscientes de ocupación de tierras en el presente). Sin embargo, es en esta parte donde está uno de los aportes que más me sorprendió leer y que más acertados me parecen: frente a la práctica acomplejada de abrazar culturas ajenas como buenas en sí mismas (que cae demasiado rápido en la utilización y la apropiación cultural, y que refuerza un dualismo estúpido entre esencias buenas y malas), se trataría más bien de recuperar y reivindicar aquellas genealogías y prácticas colectivas potencialmente transformadoras presentes en nuestras propias comunidades. Es desde ahí desde donde el diálogo intercultural es posible y (añado yo) desde donde la solidaridad activa supera el estado de seguidismo culpable para devenir práctica política.

El libro tiene, por supuesto, muchos problemas. El primero son las definiciones que usa para términos relevantes, como ideología, militancia o vanguardia (éste último en concreto es verdaderamente de risa). Como demasiada gente procedente del anarquismo, carla bergman y Nick Montgomery manejan una comprensión absolutamente desnortada de la historia del comunismo y de las motivaciones y aspiraciones de las diferentes corrientes socialistas. El hecho de que para exponer los problemas del «marxismo-leninismo» (sic) se tome como ejemplo un grupo terrorista activo en algunas ciudades de Estados Unidos en torno a 1969 da idea del nivel de ridículo. El alegato contra la ideología no se queda atrás. Como si fuese posible abstraerse de la ideología dominante sin abrazar una explicación alternativa del mundo y de su funcionamiento, o peor: como si se pudiera articular una defensa no ideológica de los intereses compartidos (¿los bienes comunes?) que no acabara comprando el marco de la ideología dominante.

Al final, la principal falla del libro reside en su renuncia implícita a la transformación real de la vida. Si las cosas no es que puedan ser de otra manera sino que ya lo están siendo, y por tanto nuestra tarea no consiste en combatir nada (combatir, qué palabra violenta) sino en permitirnos fluir y ser menos rígidos, entonces lo que se cuela es la aceptación de lo existente. Hay una frontera difusa, a pesar de que los autores arremeten contra ello en un par de ocasiones, entre la militancia de la alegría así entendida y el «si quieres, puedes» de quienes pretenden vivir ajenos a las dinámicas sociales del mundo. También, una comprobación: el empeño por hablar de dinámicas de poder esconde casi siempre una total ausencia de discurso de clase.

Pese a todo, creo que Militancia alegre nos ofrece una defensa bellísima y muy cierta de la amistad, la afinidad y la confianza como vectores y motivaciones políticas, y que sitúa en el lugar merecido al impulso que nos lleva a obrar y que, en colectividad, podemos llamar alegría. Elementos nada despreciables para transitar el mientras tanto.

Diáspora.

Voy tardísimo con las reseñas (otra vez). Diáspora es el tercer poemario de Cristina Peri Rossi, tras Evohé y Descripción de un naufragio, y fue mi poemario del pasado mes de junio. Lo leí esperando una intensidad parecida a la del anterior, que me había pillado además en el momento perfecto, y resultó no ser exactamente eso (o, quizá, no estar yo en el mismo momento). Lo erótico aquí tiene mucho más que ver con la erótica de Evohé, ese juego ambivalente mujer-deseo-palabra que resulta cautivador en algunos puntos pero que a mí no termina de convencerme. Es, si se quiere, un poemario más doloroso y algo más político, al menos en lo que a nombrar la tristeza y la soledad se refiere. El título es perfecto en ese sentido: un poemario de la diáspora y del desarraigo.

Ambas cosas, el desarraigo y esa erótica tan particular de la autora, se juntan por primera vez en el poema más largo de todos, que lleva por título el de la recopilación completa. Hay forma especial en la que Peri Rossi confunde todo el conjunto de emociones humanas con la emoción erótica: mientras la pulsión funciona, todo lo demás se estabiliza y se carga de energías buenas, como si el deseo fuera capaz de transformar la propia vida o quizá de retirar a quien escribe de ella; en cuanto el primer estímulo sensible trae de vuelta el mundo (los procesos, los recuerdos, la memoria, los anhelos, la tristeza: la diáspora), entonces el deseo se congela y todo es agrio y objeto de odio. «Diáspora» es un poema tremendo, que habla del odio y del embrujo de clase, de las pijas que van de progres, de la pasión siempre situada y de la negativa a amar ajenas a todo lo político y lo material que nos atraviesa. Ajenas a lo que somos.

El desarraigo adquiere en toda la obra una dimensión de abandono afectivo que toma forma poética en lo amoroso: con la diáspora (con el exilio, que dará nombre al siguiente poemario de la autora) se abandona contra la propia voluntad al mismo tiempo que se es abandonada. Sensación de ahogo (el naufragio), de pérdida: «No podía dejar de amarla porque el olvido no existe / y la memoria es modificación, de manera que sin querer / amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía / en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares / en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques / donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas / que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables / como las pocas que habíamos conocido». Cuantísima belleza en el dolor.

Hacia el final del poemario hay, entre las referencias a la estancia de la poeta en Londres, dos series dedicadas. La primera a Alejandra Pizarnik, muy bella, donde sospecho que el nombre de Alejandra se entremezcla con el de alguna amante de Peri Rossi. La segunda a Lewis Carroll (reverendo Charles Dogson), donde la escritura adopta una violencia tremenda hasta sentir que los versos se nos arrojan a la cara como si fueran bofetadas. Desde la sorpresa del «ninguna mujer que coma ostras puede estar traspasada de amor», puesto en cursiva por la propia autora en la parte I de «Aplicaciones de la lógica de Lewis Carroll», los ocho poemas de la serie me han fascinado. Mención especial al III y VI, para mí los más tremendos, y al final del IV: «La Iglesia había prohibido el estupro / a los sacerdotes jóvenes, / pero no la escritura».

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