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El cuerpo lesbiano.

Le regalé El cuerpo lesbiano por su cumpleaños a Patt, que es una de las personas a las que más quiero en el mundo, y lo leí de carrerilla en un par de descansos del trabajo y la noche de un jueves para que me diera tiempo de acabarlo antes de envolverlo. Ahora, mes y poco más tarde, se he hace raro tratar de reconstruir las sensaciones precisas que me suscitó su lectura. Han sido semanas áridas, una vorágine de días en la que febrero y marzo se mezclan y en la que apenas ha habido tiempo para leer – de escribir, ya no hablamos. Espero que estoy de hoy signifique estar volviendo de a poquito, a pesar del ritmo marcado por el estudio y por el trabajo, y que no vuelva a pasar esta cosa atroz de bosquejar reseñas sin tener el libro en la mano.

Monique Wittig fue, posiblemente, la feminista francesa más importante de la Segunda Ola. Todas hemos oído hablar de ella aunque no lo sepamos, y si no que le pregunten a cualquier feminista si acaso El pensamiento heterosexual no le dice nada. Yo sabía de Wittig eso: que había escrito El pensamiento heterosexual, que era uno de los nombres claves del materialismo francés, y que sus novelas son referencia incuestionable del lesbofeminismo de los 70. Una escritura compleja, por capas, fuertemente marcada por el ejercicio filosófico de la autora y por sus indagaciones acerca de las relaciones de poder y el uso del lenguaje. El resultado de todo esto es, si se quiere, esperable. Y puesto que no he tenido la posibilidad de realizar la lectura lenta que sería necesaria para pretender otra cosa, dejadme que escriba sobre el libro solamente dos obviedades y un comentario estético.

Obviedad primera: el cuerpo. La presencia física del mismo. Su disección milimétrica, su indagación total y absoluta, la sublimación del tacto y el gusto y el olfato y todos los demás sentidos pero sobre aquellos que son más (si se me permite) corpóreos. La constatación material y palpable de la carne, el sudor, la mierda, la sangre, la orina y los flujos vaginales. Las uñas perforándolo todo. Los músculos dilatándose y desgarrándose y una confusión deliciosa y horrorosamente premeditada entre el dolor y el placer y el placer y el dolor. La doble acepción de morir, de agonizar, de dejarse asesinar y de pudrirse y de matar, etc. Qué suerte y qué desgracia no haber leído esto con 19 años.

Obviedad segunda: Safo. Wittig construye un universo denso mediado por una infinitud de capas de mitología lésbica y griega posterior, donde las imágenes se superponen recordando en ocasiones a ciertos mecanismos del psicoanálisis. Descifrar siquiera la mitad de los significados podría llevar, y de hecho a muchas les ha llevado, años. Más allá de las alusiones más populares (el Hades, las Moiras, la música, los templos), Wittig desgrana y apelmaza al mismo tiempo muchísimas otras referencias. El juego por equipos y la adopción de los monos (monitos que se agarran al cuello de todas ellas y que no son nombrados en ningún otro momento del libro) han sido, para mí, algunas de las más confusas.

Y al fin: el comentario estético. He leído que El cuerpo lesbiano permite una exploración acerca de un lenguaje que rompa con el universal masculino y con el ejercicio de violencia por parte del mismo. Que deconstruya los binarismos. Yo no lo sé y, sinceramente, no lo creo. Sí que pienso, sin embargo, que induce a quien lo lee en un estado de confusión acerca del yo y de las fronteras con lo otro, con las otras. También que difumina la frontera entre el cuerpo mío y el cuerpo de las otras, pues el mismo tacto nos atraviesa y el mismo puño nos perfora y agujerea estómago, tímpanos y vagina. No hay una persona clara en la voluntad narradora, ni siquiera respecto a la alocución de la amada (¿es posible, quizá, que seamos ella a ratos?). Tampoco me parece que disuelva la violencia: la convierte más bien en algo parecido al éxtasis. Bienvenido, bienvenida sea.

Para acabar: quiero entender la imagen final como la irradación de los espacios de mujeres no mixtos. Para mí, en todo caso, ese «a través de la asamblea» tiene la fuerza y la luz de un relámpago. Con las piernas temblando y el cuerpo (ay, la carne y la sangre y el corazón) destilando fluidos.

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