Friedrich Engels: el burgués que inventó el marxismo.

A diferencia de otros aniversarios sobradamente consagrados por la izquierda, los 200 años del nacimiento de Engels (1820-1885) parecen haber pasado de manera más bien discreta. Más allá de la redición de algunas de sus obras (bienvenidas sean), posiblemente la propuesta más sugerente sea la que nos hace Bellaterra. Krätke, hasta ahora inédito en castellano más allá de los artículos traducidos para Sin Permiso por Ángel Ferrero (traductor también del libro), es un biógrafo exigente. No hay en él recopilación de momentos singulares ni ordenación cronológica de su vida. Más bien, como el propio autor reconoce en varias ocasiones, un interés genuino por los aportes teóricos de Engels, por su papel en la construcción del marxismo como posición teórico-ideológica y de Marx mismo, y por la evolución intelectual de un hombre que persiguió el ideal humanista frente a la compartimentación capitalista.

[La reseña completa ha aparecido en el último número en papel de la revista Viento Sur. Os animo a suscribiros a la que es una de las publicaciones más interesantes en castellano para la izquierda revolucionaria y el pensamiento crítico].

No sabréis nunca.

Dice la contraportada que No sabréis nunca es «una novela de no-ficción». No sé si es la definición más correcta. «Novela» indica narración, relato; el libro de Manel Barriere podría concebirse más bien como un collage de pensamientos conectados, reflexiones o divagaciones motivados por escenas de la vida cotidiana del autor o por alguno de los pensamientos anteriores. Tiene, si se quiere, un punto más de ensayo que de novela. Iba a decir que tiene más de ensayístico que de literario pero no: en términos literarios, el libro es incuestionable.

Tres planos se entrecruzan en la lectura. El primero, el de la presencia: la Avenida de la Victoria a pocos metros de la casa del autor, la tierra y las balas bajo las casas, todo lo material en uno u otro sentido. El segundo, el de la obsesión – o quizá, más bien: el de la incomprensión, la incapacidad de comprender, el esfuerzo desesperado por intuir acaso alguna de las dimensiones tangibles de lo que se nos vende como pasado. El tercero, el de la construcción: el hijo, la formación de un ser humano, devenir padre en un sentido no unívoco sino profundamente auto-interrogatorio. Colándose por todos ellos, saltando de uno a otro y dotando de sentido a lo que podría no ser más que una recopilación de elementos aislados, el pensamiento-vector acerca de qué es, cómo se construye, de qué manera funciona y cuál es la relevancia de la memoria.

Mis sensaciones han ido evolucionando a lo largo de la lectura. La introducción de epígrafes o incluso capítulos enteros desgajados de la rutina diaria del autor y su familia me provocaba, al menos al principio, un cierto sonrojo. La enumeración de los detalles mínimos, la intimidad de los gestos cercanos, la descripción exhaustiva de algunos escenarios, todo esto genera la incomodidad y la vergüenza de quien está mirando sin deber por una rendija. Manel juega con soltura con la delgada línea entre la identificación del lector con la historia de vida y la ajenidad absoluta por lo preciso del detalle. Arriesga y, personalmente, creo que gana. Superada la incomodidad inicial me he descubierto diciendo: yo también pienso así. Y no tanto por lo de compartir opiniones (cosa también cierta) sino por su otro sentido: yo también construyo los pensamientos así.

No sabréis nunca propone, ante todo, una materialización de la memoria en el presente. La construcción de la memoria como agencia, como motor que impele a actuar, como realización de justicia. Frente a la lógica de las conmemoraciones oficiales que no hacen sino reconocer la prescripción del delito, el libro construye un razonamiento en el que la memoria no fosiliza ni cosifica el mundo, sino que ofrece herramientas para actuar sobre el presente. Se nota aquí la formación en cine del autor, pero también su compromiso político. No como desarrollo lineal una cosa de otra, sino quizá como consecuencias paralelas y entrelazadas de una misma sensibilidad ante la vida.

Existe una afinidad estrecha entre el hilo de pensamientos que lleva a Manel Barriere de Auswitch a Portbou pasando por el crecimiento de su hijo, y muchas de las ideas que estaban ausentes pero que sin embargo pude desarrollar en y gracias a mi formación como historiadora. Un poco en la estela benjamiana o bensaidiana de pensamiento y acción pero también en la de esto otro de Vázquez Montalbán: «Conservar la memoria significa conservar el recuerdo de cuáles eran nuestros deseos (…). Aquel que recuerda se convierte en desestabilizador, porque el que recuerda puede soñar en el salto hacia el futuro y de nuevo retornar el discurso de la utopía”.

Concluyendo: un libro calmado, interesante, que no te pide ansiedad lectora sino que te sugiere parar cada poco, arrastrar durante días el regusto de alguna reflexión concreta, examinar también tú, como el escritor, tu vida, para luego seguir leyendo.

Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan.

Sigo leyendo a Ángel González. Éste ha sido mi poemario de octubre, que me apetecía especialmente tras el buen sabor de boca que me dejó Procedimientos narrativos en julio (agosto). Bastante más largo y analítico que el anterior, se divide en cinco partes como si de un manual de crítica literaria se tratase: «Poemas elegíacos», «Poemas épicos y narrativos», «Metapoesía», «Poesías sin sentido» y «Notas de un viajero». Por el tipo de ejercicio, me ha recordado un poco a lo que ya había hecho en Grado elemental. En todo caso, hay siempre en los poemas la sospecha de un doble sentido, la casi absoluta seguridad de que el poeta ha logrado decir más cosas de las que parecen a simple vista. Algo muy propio de Ángel González y probablemente una de las cosas que más me guste de su poesía.

No voy a hablar aquí de los rasgos fundamentales de su estilo porque es algo que llevo haciendo desde hace más de un año. Para quien me visite de nuevas, podéis buscar las reseñas de sus poemarios anteriores en el archivo de lecturas pasadas. En Muestra, corregida y revisada… no hay en ese sentido nada nuevo. Pero sí encontramos una consolidación de sus formas y temas más característicos y un despliegue, delicioso como siempre, de ese humor torcido y de esa media sonrisa en la cara que se le quedaba (estoy convencida) al escribir según qué cosas.

Reseña cortita, pues. Está aquí el poema «Glosas a Heráclito» que ya había leído en varios sitios pero que no deja de maravillarme («Nadie se baña dos veces en el mismo río. / Excepto los muy pobres»), vuelve el motivo del paso del tiempo y también esa mirada hacia la dictadura que una vez definí como digna de caricatura de Quino. Diría que «Notas de un viajero» es la parte que menos me ha convencido. Por lo demás, hay poemas llanamente preciosos – diría que de manera especial entre las elegías. Si tengo que elegir, me quedo con «Eternidad en la nada» y ese final de genio: «Abandona cuidados: / lo que ha ardido / ya nada tiene que temer del tiempo».

Judíos sin dinero (Una historia del Lower East Side)

Podría escribir esta reseña, o al menos su primer párrafo, solamente con onomatopeyas. Algo así como: fuá. Un «fuá» constante. Iba a leer otra cosa pero cambié de idea cuando ya tenía estirado el brazo hacia una zona distinta de la estantería. Y qué elección más buena. He devorado el libro en los descansos de mediodía de (muy pocos) días de trabajo. Me ha enganchado no por el misterio de la trama que tienen otras novelas (éste es, al fin y al cabo, un relato autobiográfico compuesto por escenas cotidianas) sino por la forma de narrar del autor y la inmersión absoluta que logra en su mundo: el de una calle de mayoría judía del Lower East Side newyorkino de principios del siglo XX. La calle a la que llegaron su padre y su madre tras migrar desde Rumanía y Hungría respectivamente, y donde él nació y vivió toda su infancia.

Mike Gold, según nos cuenta la solapa, fue el pseudónimo del escritor Itzok Isaac Granich, militante comunista de origen judío que dirigió varios periódicos radicales y cuya obra quedó sepultada (sin publicar en la mayoría de los casos, olvidada en el de esta novela) por la persecución de la caza de brujas. Hace ya un tiempo que ando admirada por el trabajo de selección y recuperación editorial que hace la gente de dirección única, a precios además siempre súper asequibles. En este caso, además, el libro está editado en colaboración con un grupo de alumnos de 1º de Bachillerato. No creo que sea posible imaginar mejor proyecto docente ni mejor método para despertar la curiosidad lectora. Los editores, además, se han coronado con un prólogo genial. Menciono sólo un aspecto de los muchos que tocan: la necesidad de diferenciar entre denuncia social y «descripciones miserabilistas», y el repudio frontal a quienes usan la literatura para matar la primera y cosificar las segundas.

Judíos sin dinero es un retrato colectivo a varios niveles. En primer lugar, de la migración europea en Estados Unidos (los judíos sirven aquí como sujeto que representa también a tantos otros que se asoman por el libro: italianos, irlandeses, alemanes, etc.), de guetización de las comunidades migradas, la incomprensión del nuevo mundo y la apisonadora humana capitalista que es el American dream. En segundo lugar, el libro es un retrato de los judíos en sí mismos. De la evolución, contradicciones y angustias morales de un pueblo perseguido en Europa (muchos de los personajes se metieron en barcos escapando de los pogromos) y que se adapta de muy diferentes maneras a los cambios civilizatorios del nuevo siglo. Los relatos sobre la evaporación de las barbas o la visita del negro judío (y esa mutua superioridad moral asumida por ambas partes durante la cena) son cuadros muy bien escogidos por el autor para hablar de esto. Y por último Judíos sin dinero es, también y fundamentalmente, el retrato colectivo de un barrio obrero en una ciudad caníbal.

Gold narra la pobreza con un lenguaje casi físico, corpóreo a la manera en que Larisa Reisner (también editada por dirección única, maravilla) hablaba de lo mismo en sus artículos desde las salas de maternidad de los hospitales alemanes para obreras. La pobreza en verano: las chinches, las moscas, las ampollas en las plantas de los pies y los constantes desmayos. La pobreza en invierno: la tisis, los llantos, las putas muertas de congelación en los callejones y los mendigos en las aceras. También la presencia del alcohol como algo transversal a los géneros y las edades. El alcohol como escapatoria al trabajo, como alternativa a la locura, como huida de un marido que te mata a palos o de la impotencia ante una vida que es una trampa. Y junto con la naturalización del alcohol, la de otras dos cosas en las que suelo fijarme cuando leo literatura obrera: la suciedad y la violencia.

Una cosa quizá sutil, pero que me ha gustado mucho del libro, es la forma en que la narración empatiza con los personajes de tipo literario más terrible, los más tendentes a ser apartados de la aceptación lectora: Luis el Tuerto, Mary Sugar Bum, incluso Nigger ya de adolescente. Hay aquí un ejercicio, por parte del autor, no tanto empático sino de profunda comprensión y solidaridad de clase: «Todo el mundo continuó odiando a Luis el Tuerto, y yo lo odié también. Ahora odio más a aquellos que agarraron a un muchacho del East Side y lo convirtieron en un monstruo útil a los patronos en las huelgas y a los políticos en las elecciones». Y por el otro lado, el capítulo titulado «El alma de un casero» es posiblemente la parte que más he disfrutado y una de las más ácidas de todo el relato.

Un último apunte. Desconozco si Gold tenía en mente escribir un muestrario de los procesos de construcción de género en la clase obrera de la época. Sinceramente, lo dudo mucho, pero el resultado es exactamente ese. La interacción del protagonista, siendo un niño de 5 a 8 años, con las tabernas y la bebida. La historia de Lily, la hermana mayor de Nigger. Mary Sugar Bum gritando borracha que le va a sacar el corazón «a todos los malditos hombres del mundo». Mr. O’Brien pegando a su mujer como último mecanismo de rebelión contra la pobreza. He disfrutado muchísimo todo ese puzle de historias y no sé hasta qué punto hay que ser consciente y darle importancia a lo que se está viendo para poder narrarlo después con una precisión tan aguda. Quiero pensar que sí hay en Gold un atisbo de esa importancia. En cualquier caso, qué lectura tan buena.

Poesías.

Ahora sí: recupero el ritmo. Poemario de septiembre acabado a tiempo y cumpliendo, además, con algo que me rondaba la cabeza desde hacía tiempo: leer a Safo. La culpa la tiene fundamentalmente Anne Carson pero también (para qué negarlo) el estupendo trabajo de divulgación que hace la editorial Vaso Roto. Hay una contradicción aquí, claro: no es esa edición la que he leído. Pero acudí a mi librería de siempre sin tener nada previsto (si paráis por Zaragoza, no dejéis de visitar Antígona) y, de todas las ediciones que me recomendó mi librero, fue ésta la que más me atrajo. Puedo decir que estoy contenta y que espero en un futuro poder compararla con la adaptación de Carson.

La primera cosa a destacar: la edición de La Oficina es un libro bellísimo. Compacto, pequeño, delicado, de tapa dura pero con todo el aspecto de una edición rústica, sin llegar a convertirse en esas cosas rígidas e inmanejables tan valoradas en las bibliotecas de antes pero que a mí me parecen incomodísimas para su lectura. Cada poema o fragmento se merece para sí toda una página, a diferencia de otras propuestas que tuve en la mano, dando un resultado limpio y estéticamente agradable. Es una edición bilingüe (castellano a la derecha, griego original -luego entraré en esto- a la izquierda) y me voy a aventurar a decir que posiblemente ha sido la primera vez que, en una situación así, siento pena por no poder leer directamente los textos.

Otra cosa maravillosa son los textos que acompañan a los poemas. No sabía quién era Juan Manuel Macías (aquí: editor, traductor y prologuista) a pesar de que su nombre me sonaba, pero tras este libro tengo una predisposición importante a que me caiga estupendamente. Primero, por su humor y su forma elegantemente descarnada y aguda de insultar a los filólogos, «una corrupción morbosa del bibliotecario, y también una de las muchas pruebas de que no vivimos en el mejor de los mundos». En segundo lugar, por su empeño en preguntarse de Safo lo que como poeta puede aportarnos: «que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente». Y por último, por todo lo que en tan pocas páginas es capaz de enriquecer nuestra lectura.

Apunta Macías algunas cuestiones obvias pero en las que yo no había caído: que en el tiempo en que Safo escribía la escritura no era, de hecho, más que un registro económico y de algunas prácticas rituales, y que lo más posible es que ella jamás escribiera. Que no podemos saber, por tanto, si componía en verso o prosa, y que seguramente la pregunta sea estúpida en sí misma. Que los rastros que tenemos de sus poemas son transcripciones posteriores, de varios siglos más tarde, y que difícilmente podemos pensar que todas las expresiones o incluso el empleo del griego se conservaran intactos. Que, en fin, el ejercicio mismo de traducir poesía supone quizá la destrucción o perversión de la misma. En el debate que abre con esto último (si es posible la separación de la forma y el contenido poético, si acaso la poesía puede ser cualquiera de las dos por separado) no termino de posicionarme, pero me ha permitido reconciliarme muy intensamente con ese odio infantil arrastrado desde que, en el colegio y principios de la secundaria, nos obligaban a leer mierdas que rimaban y a componer «nuestra propia poesía».

Yo no sé si Safo es la mejor en algo ni si lo era entonces hace casi tres milenios, pero lo cierto es que en sus canciones se encierra una belleza deslumbrante. Diría casi: un misterio. Quizá, por el lenguaje del mito. Quizá, por tener que recomponerla o reconocerla a partir de fragmentos de poemas despedazados. Pero qué cosa increíble que incluso cuando lo que leemos son sólo unas cuantas palabras enlazadas con puntos suspensivos, éstas sean capaces de generarnos recogimiento. Pensaba que era por sentirla casi como una voz fantasmal, lejana, pero entonces te planta un «Yo no aspiro a tocar la inmensidad del cielo» (27 [52 L.-P.]) y ya no hay fantasmagoría o justificación etérea que valga.

He encontrado en Safo varias razones para volver. Una, la del delirio: «No qué qué puedo hacer: mi deseo se escinde» (26 [51 L.-P]*). Otra, la de la alegría: «Ahora estos deleites cantaré bellamente a las amigas» (66 [160 L.-P]*). Y quizá también, por lo que dice Juan Manuel Macías en sus últimas notas: porque «nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya sólo sea nuestra propia voz cansada y descreída».

Un paraíso en el infierno: las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre.

Es fácilmente detectable cómo la mayor parte de personas, cuando escriben, lo hacen contra algo. Un paraíso en el infierno es un libro escrito contra los discursos neoliberales que presumen que el egoísmo y la competencia individual es la ley natural por la que se rigen las sociedades (la autora se permite espetar, en un párrafo glorioso: “ahí lo llevas, Hobbes”). Pero también contra el modo en que el gobierno de los Estados Unidos gestionó el atentado del 11 de Septiembre y el huracán Katrina, contra los políticos que priorizan salvaguardar la propiedad privada antes que proteger la vida, y contra las lógicas jerárquicas de organización social que desempoderan y arrebatan a la gente el control sobre sus propias vidas. En ese sentido, Rebeca Solnit nos ofrece un planteamiento interesante. Partiendo de la recopilación de experiencias personales de diferentes desastres (el gran incendio de San Francisco de 1906, una explosión en 1917 en Halifax, los bombardeos aéreos sobre Londres, el terremoto de Ciudad de México de 1985, el 11S y la destrucción de Nueva Orleans), la autora se enfrenta a las ideas hegemónicas acerca del caos y la violencia que necesariamente desencadenaría una situación de ese tipo para tratar de demostrar cómo, en tales situaciones, la solidaridad y el apoyo mutuo suelen ser las actitudes predominantes.

Un rasgo central del libro es la manera impactantemente hermosa en que está escrito. El primer capítulo dedicado al huracán Katrina es, posiblemente, la cosa más bella y estremecedora que he leído en mucho tiempo. Las descripciones de materiales de construcción, nubes tóxicas y cuerpos despedazados volando varios kilómetros alrededor del puerto de Halifax sobrecogen a un nivel difícilmente descriptible. Y sin embargo, pese a la inmensa capacidad de identificación emocional con la narración que Solnit despliega, el libro tiene varios problemas. El primero y más evidente es la centralidad que concede a Estados Unidos, no tanto como campo de estudio (eso sería salvable) sino como paradigma cultural que atraviesa todo pensamiento. Puede ser una sensación difícil de detectar durante buena parte de la lectura, pero que estalla como insalvable con un comentario de la autora sobre la evacuación de Manhattan en 2001. Resulta alucinante, nos dice, cómo la gente salió andando por el puente Brooklyn. Para ella, la posibilidad de recorrer a pie algunos kilómetros por dentro del casco urbano es “capacidad de adaptación y sentido pragmático, comunitario”, algo “difícil de imaginar en los habitantes de otras ciudades más surburbanas, más privatizadas”. He estado en Estados Unidos y comprendo que esta afirmación es posiblemente cierta. Pero su traslación a Europa, y a otros muchos lugares del mundo, es directamente ridícula.

Otro problema (el primero que aparece al iniciar la lectura) es la caracterización que la autora hace de la utopía y el modo en que conceptualiza la idea de revolución. Quiero creer que hay también aquí, en esa lógica que directamente descarta la posibilidad de tumbar las causas estructurales de toda desigualdad y violencia para centrarse solamente en paliar parte de sus efectos, una raíz genuinamente estadounidense. Pero el modo en que Solnit dedica una parte entera del primer capítulo (“Un mapa de la utopía”) a negar la posibilidad de una superación de lo existente para defender la “revolución cotidiana” y la “utopía diaria” me parece sinceramente ofensivo. Heredera quizá de las posiciones políticas de la post-autonomía y de la derrota histórica del siglo XX, las posiciones que plantea me parecen no sólo profundamente equivocadas, sino también abiertamente problemáticas. Hay una idealización de la estética (los carteles de San Francisco, por ejemplo) que me ha recordado inevitablemente a las últimas semanas de impasse que vivimos en el campamento de Sol en 2011. Esa celebración del carnaval –que comparto– no debería nublarnos el hecho de que las relaciones sociales siguen intactas. No se trata de querer vivir en un carnaval constante (contra lo que previene la autora) sino de que, cuando éste acabe, la vida no siga siendo un ciclo de explotación y miseria.

Otras dos cosas que me rechinan y que aparecen repetidamente son la preminencia que la narración concede a las iglesias y grupos religiosos (tanto al trabajo que éstas hacen “con la comunidad” como a la supuesta salvación y consuelo espiritual proporcionado por sus predicadores) y, paralelamente, la absoluta ausencia de grupos políticos organizados. La autora habla de “la sociedad civil” como si fuera un magma disperso de individualidades, una suma de voluntades particulares que deciden individual y espontáneamente dejar a un lado sus diferencias para colaborar en algún tipo de construcción comunitaria. Los “grupos de jóvenes anarquistas” que se mencionan puntualmente nunca tiene forma, ni objetivos políticos, ni se presentan más que como colectivos culturales o artísticos. La única vez que se nombra un sindicato, el de trabajadoras textiles de Ciudad de México, es por su creación a raíz de los efectos del terremoto. Antes de eso, nada. Es como si el movimiento obrero no existiera. Y entiendo que la situación en Estados Unidos es complicada, pero sé perfectamente que esto no es cierto – y menos todavía, en una ciudad como San Francisco en los años turbulentos de comienzos de siglo XX, por poner sólo un ejemplo.

Hay muchas cosas valiosas en el libro a pesar de esto. Una de ellas es la forma en la que el amor se hace presente. Rebeca Solnit rompe con la uniformidad del amor (de pareja, fundamentalmente) para exponernos un sentimiento multiforme y diverso, que se manifiesta de diferentes maneras y que puede movernos a hacer grandes cosas. No trabaja mucho la idea y, cuando sí lo hace, acaba dándole un sentido espiritual o directamente religioso que me parece limitante. Pero la idea fundamental es poderosa y encaja con la concepción que, cada vez más, me voy formando del compromiso político – eso que trabaja por hacer real la utopía no como escapatoria temporal a nuestras vidas, sino como transformación colectiva de las mismas. La concepción espiritual del amor lleva a Solnit a realizar una defensa del altruismo como bien en sí mismo que superaría, al no esperar nada a cambio, al concepto kropotkiniano de apoyo mutuo. Supongo que es lógico plantearlo así si se renuncia a dar la batalla política y una se queda, simplemente, con el gesto esencialmente bueno de dar.

Un paraíso en el infierno es, en cierto modo, un libro complejo. Tan bello como su título, cumple una función importantísima al enfrentar los discursos neoliberales sobre la naturaleza humana y al hacerlo, precisamente, en los Estados Unidos. Lo hace, sin embargo, sin poner en cuestión la estructura de propiedad ni la organización social (sino abordando solamente algunos de sus efectos más visibles) y diferencia entre élites empáticas y élites con pánicos irracionales, desdibujando así la cuestión de la clase. Una lectura interesante para pensar los mientras tantos, pero contradictoria en demasiados sentidos.

Derecho de admisión.

Por fin: el poemario de agosto. Descubrí a Yeison García hace relativamente poco, a raíz de varios comentarios suyos en redes sociales sobre las violencias contra menores migrantes en Ceuta y Melilla. Descubrí que escribía y que acababa de publicar un poemario, hurgué un poco, me gustó la primera impresión, me apunté el título. Lo compré hace un par de semanas y probablemente sea el libro que menos tiempo haya tardado en abrir en años. Escribir esto que sigue se me va a hacer difícil (aviso) por la multiplicidad de planos en la que lo he pensado. Vamos al menos a intentarlo.

Derecho de admisión es un poemario breve, primer título de la editorial independiente La Imprenta (investigo: librería ubicada en algún punto de Malasaña, también de apertura reciente) y que, si algo desprende, es una mezcla de firmeza y mimo. Mimo por la edición cuidadísima, apabullante en los detalles, que segrega cuidado y ternura desde la elección tipográfica hasta el color de las páginas (son oscuras exactamente las que tienen que serlo) y los infinitos detalles. Las «Instrucciones para leer este libro» te hacen esbozar una sonrisa y un hormigueo: «allá en el fondo está la vida, pero no tenga miedo». El prólogo y la introducción se agradecen pero a mí, sinceramente, no me hacían ya falta: con esa frase bastaba.

Acompañan a los poemas cinco evocaciones o poemas visuales elaborados por Heidi Ramírez y una lista de reproducción preparada por el autor. Sinceramente, cómo no enternecerse con tanto amor. De las evocaciones me quedo con la de la portada del libro (qué maravilla estremecedora) y con uno de los apéndices («Sin fecha»). Seguramente, éste último sea el momento que más me haya removido de la lectura. No es sólo el texto ni la articulación que en él hace Yeison de la memoria y el presente, sino el modo en que la fuerza que moviliza (el amor) se entremezcla con el coraje y con la violencia (ausente del texto escribo, presente parcialmente en el audio evocado, escondida en lo que no se dice pero otros poemas ya han contado).

Decía: mimo y firmeza. Firmeza porque Yeison escribe desde los pies clavados en el suelo, desde la «Autoadscripción identitaria» y el enfrentarse a la vida, inmensamente bella, e irracionalmente violenta – cuando es una vida migrante, un cuerpo racializado. Alterna en sus poemas descripciones casi narrativas de momentos concretos (qué tremendamente bueno es «Control aleatorio») con un lenguaje poético que puede adquirir niveles importantes. Me están saliendo raíces en los ojos / de tanto palpar este trozo de tierra / al que mi juventud antes cantaba. Y luego, claro, está la autoenunciación.

Son quizá los poemas con palabras más evidentes los que menos me han convencido (me pasa conmigo misma, cuando releo lo que escribo), pero otros escapan magistralmente de esa trampa a pesar de ser esperados. Si tengo que elegir quizá diría, aparte de los dos ya nombrados, «Aturdido» y «Llegada» (qué mazazo en el estómago). Más allá de eso, quedo con la duda del por qué del uso sistemático de las comas al final de los versos; no son casi nunca, creo, necesarias. Y poco más. Que Derecho de admisión es, tomado en conjunto (contenido, edición, voz), uno de los libros más bonitos y cuidados que he leído este año. Agradecida, agosto.

Procedimientos narrativos.

31 de agosto. Se acaba el verano y yo aquí estoy, escribiendo con prisa la crítica del que debería haber sido mi poemario de julio y apurando apenas la lectura (ahora sí) del número ocho. Hace año y pico ya que empecé la obra completa de Ángel González. Y más allá de un interludio formal demasiado borroso, he de decir que fue una decisión maravillosa.

Procedimientos narrativos es un poemario cortito, perfecto para la urgencia de mi desastre con los tiempos, que empieza de manera evidente (1: «Empleo de la nostalgia») y se va desgranando en hasta once poemas. Se permite el poeta un único juego de palabras («Ciencia aflicción») y esconde bajo el resto -repertorio de fórmulas esperables a partir del título- una colección de contenidos tan indiscutibles como sorprendentes. Me gusta pensar que es uno de esos poemarios en los que percibo por parte de Ángel González una cierta autosatisfacción: como si lo hubiera escrito, antes que nada, por puro disfrute personal. Lo imagino así, sentado en alguna especie de escritorio, cuadrando los versos de «Final conocido» y soltando, al final, una carcajada. Un poemario-travesura.

Éste ha sido, de algún modo, un poemario que ha atravesado mi verano. Debería haber sido el de julio, al final lo abrí en agosto y escribo esto ahora rozando septiembre. Arrastré el libro por media Península con una fe ilusa en mi disponibilidad de tiempo libre y finalmente lo leí en pleno centro (Segovia), al borde de una piscina y aguantando yo también la risa. Por eso me quedo (cómo no) con «Del campo o de la mar», que para mí fue una oda a estas semanas impresionantes (vivan las vacaciones) y un lamento por el hecho de retomar (mañana) la jornada laboral completa. Por aquí, de manera excepcional, lo dejo.

.

Huimos con nuestros enseres y nos despertamos por los campos,

buscando preferentemente las orillas del mar y de los ríos.

(Dejamos atrás la desolación, el sufrimiento,

la ciudad desierta y calcinada.)

No sabíamos qué hacer en las mañanas

y marisqueábamos despacio por los acantilados

o, tumbados bajo el sol,

dejábamos que el tiempo planease sobre nuestras cabezas

-tenaz y lento como un buitre-

nuestra futura destrucción, quizá inminente.

Thelonius Monk, Vivaldi y otros monstruos

nos roían las entrañas, percutían

en nuestras vísceras, colmaban

los cuerpos de deseo, de sed de alcohol, de angustia por las tardes,

y la noche nos expulsaba con violencia fuera de nuestros refugios.

Impulsados por algo parecido al miedo,

acudíamos entonces en busca de otros rostros,

gentes de todo el mundo compartían nuestra urgencia,

acosados por ritmos y canciones

-el rock igual que un látigo cruzándonos el pecho-,

donde quiera que fueras Bob Dylan te encontraba.

Estábamos seguros de que todo era inútil,

mirarse, sonreír, hablar incluso,

besar, amar, nada nos salvaría.

.

Nadie nos salvará,

nosotros mismos

nos entregamos, dóciles:

era imposible resistir más tiempo.

El regreso fue largo y doloroso.

La carretera estaba intransitable,

había policías en los cruces,

subimos a los trenes atestados,

los niños pedían agua,

las mujeres mostraban sus muslos sin malicia,

indiferentes, fatigados, sucios

-no había dónde sentarse-,

así llegamos.

.

Perdida la costumbre, los asombrados ojos

trataban de orientarse penetrando las ruinas.

.

El otoño oxidaba la ciudad y sus parques.

.

Definitivamente,

el veraneo había terminado.

.

El amante de la China del Norte.

Ni un verano sin Marguerite Duras. Compré este libro de segunda mano hace algunos meses en medio de ese afán de acumulación que va siempre precedido de los nombres bellos: tengo fácilmente seis u ocho títulos de Duras sin leer en casa. Lo escogí hace unas semanas al azar entre el resto, más que nada movida por la intención de retomar el hilo argumental de El amante. Fue la primera novela suya que leí (tenía entonces dieciséis o diecisiete años) y me apetecía volver a sentir el mismo ambiente cargado que me inundó entonces. Pensaba que El amante de la China del Norte era algo así como la continuación, si es que podía haberla. Me equivocaba: es exactamente la rescritura.

Hay en el libro dos características inusuales en la narración literaria -no del todo en la de Duras, si una lo piensa bien: está escrito en un estilo prácticamente guionizado (con indicaciones estéticas bastante exactas por parte de la autora para quien tuviera interés en grabar la historia) y plagado de referencias a El amante. «Aquí están de nuevo, convertidos ya en los amantes del libro». Aparecen también alusiones a otros títulos de la autora, como en un laberinto de referencias donde la memoria de la historia concreta da saltos al futuro explicitando las cristalizaciones literarias que tal o cual meandro habrá tenido a la altura de 1991.

Se puede leer El amante de la China del Norte sin haber leído antes la otra novela, pero tendría poco sentido. Las descripciones se dan por ya conocidas, así como el carácter de los distintos personajes. Se resumen pasajes que, se dice, ya fueron suficientemente largos antes. Se corrige una u otra precisión quizá exagerada o que se quedó corta. Duras mezcla su estilo particular para guionizar películas con concesiones personales en el paso puntual a la primera persona autobiográfica y ese halo, tan tremendamente suyo, de densidad narrativa. De atmósfera pesada, se diría. De tan sugerente, irrespirable. Que se agarra en la garganta impidiendo a veces pasar la página, cambiar de párrafo, acabar la línea. Que se pega en el estómago y en la parte interna de los párpados y hace verter sangre en torrentes. Menuda delicia.

La China del Norte (título que Duras nos cuenta que estuvo barajando) no es El amante, pero merece muchísimo la pena leerlo para completar la historia. Nos permite detenernos en los diálogos y en las ambivalencias, poner otra capa sobre la narración primera, acceder un poco más a la incomprensión profunda del libro. Y es perfecto para trastornarte las noches asfixiantes de agosto, claro. Lo dicho, menuda gozada.

Las malas.

Me resistí a Las malas durante más de un año, como suele pasarme con todos los booms del mundillo literario: hay tantísimo bueno por leer que siempre me da pereza la idea de caer en el último éxito. Hace un par de meses, sin embargo, el libro llamó mi atención desde la mesa central de la librería. Por qué no, pensé, puede ser buena lectura para el verano. Y, joder, menos mal. Las malas es tan bueno, tan arrollador, que diría que ha sido mi mejor lectura del año si no fuera porque en este 2021 leí Boulder y me inicié con Mercè Rodoreda. La competencia es peliaguda, vaya. Pero es que menudo pedazo de libro.

Dice la contraportada que en la voz literaria de la autora se juntan Marguerite Duras, Wislawa Szymborska y Carson McCullers. A mí, sin embargo, Camila Sosa me recuerda irremediablemente al teatro de Lorca, que ella misma menciona en ese «todas las travestis somos Yerma». Un Lorca mujer ungido por toques de realismo mágico que corporaliza la narración valiéndose de esa parte de la belleza más terrible y dolorosa. La violencia, la celebración, el sufrimiento como destino pero también la vida abriéndose paso. Los personajes trágicos, enteros y tan complejos que asombran por lo sencillo; las metáforas animales que lo impregnan todo: la mujer pájaro, la mujer lobo, los mastines en la puerta de La Tía Encarna, la imagen de la manada.

Se ha escrito tanto ya tanto del éxito de la argentina (de lo que tiene de autobiográfico, sobre todo) que me cuesta no caer en repeticiones. Me interesa recalcar, sobre todo, tres cosas. La primera, el baile de temporalidades. Camila Sosa alterna recuerdos de su infancia con fracciones de relato de diferentes momentos de su vinculación con la casa rosa durante sus años de universidad, por lo que cuesta mucho hacerse una idea de cuánto tiempo ha pasado entre unas escenas y otras. Solamente hacia el final del libro, cuando se deja intuir la edad de El Brillo de los Ojos (ya habla, ya va a la escuela) y se distancian las visitas a La Tía Encarna (desde la última pasaron siete meses, nos dice) la temporalidad se hace visible y el orden cronológico se escenifica. La historia pierde con ello esa pátina de mundo de cuento para adoptar el gris mundano de la realidad diaria. No hay ya más maquillaje ni ilusión alguna que camufle la desgracia y la miseria.

La segunda es una némesis doble. Primero con el padre: el hombre que Camila no quiere ser. La violencia, los golpes, las amenazas de muerte, el engaño a la madre. «Aquel animal feroz, mi fantasma, mi pesadilla; era demasiado horrible todo para querer ser un hombre. Yo no podía ser un hombre en ese mundo». Después, o quizá desde ya bien temprano, el odio de clase. El descubrimiento de que la condición personal es resultado y necesidad del lujo de otros. De las buenas formas de otros. Del buen gusto de otros. La exposición del safari al que las niñas pijas se arrojan por aburrimiento o por hipócrita mediocridad (negativa a romper con su mundo, en el que se performan como parias). Durísimamente cierto y tremendamente bien seleccionadas las dos imágenes que lo ilustran: Las Cuervas y el mundo universitario.

El tercer aspecto que me fascina es el recurso a la animalización, la construcción de un cuerpo colectivo que vaga por el Parque y se mueve de manera sincronizada, que piensa al mismo tiempo, que comparte en cierta forma las señales sensoriales. La imagen que abre el libro (la manada de travestis refugiándose del frío) me sigue pareciendo la más potente en este sentido – quizá por lo que tiene de inesperado. Hay una construcción de lo colectivo (no sé si diría comunitario) que no es ajena al conflicto ni a la disincronía pero que funciona como un brazo articulado o un testudo romano. Ese cuidar las unas de las otras de quien no tiene nada.

«¿Qué hacer con la certeza de que la mirada del otro dice lo mismo que la nuestra, que es posible por un momento amarse con alguien, que es posible salvarse, que la felicidad existe?», nos pregunta Camila Sosa. Y también: «Vas a terminar en una zanja», me decía mi papá desde la punta de la mesa. «Tenés derecho a ser feliz», nos decía La Tía Encarna desde su sillón en el patio. «La posibilidad de ser feliz también existe».

Poesía.

El que debería haber sido mi poemario de junio lo he leído en julio, confinada y con la calima pesada de las tardes eternas. Son días raros en casi todos los sentidos posibles, así que ya perdonaréis este retraso tras año y medio cumpliendo puntualmente. Prometo ponerme al día este mismo mes sin falta.

Pedro Salinas siempre ha sido un poeta especial para mi madre. No sé si es su preferido (a la hora de la verdad, qué poco hemos hablado de las cosas que verdaderamente importan), pero si echo la vista atrás constato su presencia permanente sobrevolando la casa. Esta antología me llegó por correo hace ya unos meses y está firmada: Julia Gómez (mi madre), Julia Cámara. También dice, en una dedicatoria de hace décadas: «a Julia, deseándole éxito en la búsqueda». Y luego está prologada por Cortázar, pero no sabría decir cuál de estas cosas me parece más importante.

Dice Cortázar (otro Julio) que «así hemos amado todos: los libros, el cine, las carreteras, la metafísica, la lucha política, los paisajes se desgajan de nuestros amores y les dan su último sentido». Los poemas de amor de Salinas tienen mucho de eso, pero llega un punto en el que, de tanto desprenderse de accesorios, son tan etéreos que se alejan de la carnalidad que yo siento. La metáfora recurrente (la amada invisible, impalpable, innombrable, indescubrible para el paso del tiempo) no puede asirse. Y sin embargo, hay en la búsqueda de la exactitud trazas de un cierto existencialismo en el que sí me reconozco. Ese «A ti te acerca tu presente. Ser / es estar siendo». Y también otras cosas bellas: «Yo no necesito tiempo / para saber cómo eres: / conocerse es el relámpago».

Leer a Pedro Salinas me ha ayudado mucho en los primeros días de esta cuarentena extraña, con sabor a los veranos de mi infancia sin que ningún elemento concreto pueda justificarlo. El poeta me ha parecido suave, amable incluso en las ideas malas, lejano de lo cursi a pesar del recurso (que tan poco suele gustarme) a estrellas y pájaros en sus metáforas. Tremendamente sólido lo que ofrece. Su ritmo es simplemente eso: bonito. Y cuánto bien pueden hacer las cosas bonitas.

Suelo. Nada más.

Suelo. Nada menos.

Y que te baste con eso.

Porque en el suelo los pies hinchados,

en los pies torso derecho,

en el torso la testa firme,

y allá, al socaire de la frente,

la idea pura y en la idea pura

el mañana, la llave

-mañana- de lo eterno.

Suelo. Ni más ni menos.

Y que te baste con eso.

Míster Witt en el cantón.

Sender pasó a ser uno de mis autores favoritos en cuanto leí 7 domingos rojos. Lo descubrí de casualidad a modo de cita encabezando otro libro (¿La lucha por Bacelona de Chris Ealham, podría ser? Demasiada pereza levantarme a comprobarlo ahora): «la calle no es de nadie aún / vamos a ver quién la conquista». Tan arrebatador y brillante que se me atragantó aquí en el pecho y decidí que debía leerlo. Antes, hacía ya mucho, había pasado también por Réquiem por un campesino español, claro. Pero es que justo después leí Por quién doblan las campanas y Hemingway es mucho Hemingway. Eso, y que menudo librazo.

El caso es que cuando descubrí que Sender había escrito sobre el cantón de Cartagena y que Editorial Contraseña acababa de reditar el libro me fui corriendo a comprarlo. Llevo ya bastante tiempo sintiéndome huérfana en un cierto sentido, buscando construirme una genealogía propia de luchas y procesos revolucionarios de Murcia, y me hacía muchísima ilusión la idea de poner la primera piedra con Sender. Con Aragón, al fin y al cabo.

Míster Witt en el cantón está organizado en tres «libros» o partes cuyos capítulos se corresponden con meses. Desde el marzo precantonal hasta un diciembre que predice ya la derrota, la narración confunde los sucesos sociales y políticos de la ciudad de Cartagena con el narcisismo atormentado de Míster Witt, un ingeniero británico de 53 años casado con una loquina de 35. Todo el primer libro (marzo, mayo, julio: comienzo de la insurrección) asombra por la exactitud con que el aragonés describe Cartagena y alrededores. Escombreras, El Hondón, Santa Lucía. La muerte de Cristobaliyo. Hozé al frente de la huelga de los obreros del metal. Una tierra siendo digna, al final.

El modo en que Míster Witt ha logrado hacérseme absolutamente despreciable conforme avanza la historia (y mucho antes de llegar a su giro más evidente) le confiere seguramente una credibilidad humana que contribuye a sostener el relato. Su incapacidad para comprender a Milagritos queda reforzada, sospecho que intencionadamente, por un reguero de pistas sin cerrar que Sender nunca aclara. La manera en que el el escritor es capaz de exponer situaciones abiertas a la valoración personal del lector se repite en todas sus novelas. Aquí, dos apuntes: mi convicción absoluta de que Milagros no profesaba, por su primo, más que compromiso político y voluntad de unirse a la causa (ese «llévame» dicho por ella pero recogido por Carvajal en carta), y mi cabreo impotente al ver que en Hellín y en otros momentos Paco el de la Tadea logra ser convencido por Antonete. También, la maravilla de pensamiento del cónsul inglés al final de octubre, cuando Míster Turner descubre que ya no cree en las simpatías de Míster Witt por el movimiento. Y la muerte en vida de Milagritos con su decisión final, que soy incapaz de aceptar y que (afirmo) no logro encajar en la fortaleza del personaje.

Más allá de la psicología de los personajes y de la brillante construcción histórica que el autor levanta (y que aparece desgajada a la perfección en el muy interesante prólogo de José Domingo Dueñas), lo que a mí me interesa especialmente es el modo en que Sender logra hacer de las pasiones de la vida un todo inseparable. Dice el autor en una entrevista que ese «es el planteamiento de un problema frecuente en mis modestas novelas. El inconsciente erótico del hombre o de la mujer ligado con el inconsciente colectivo en el panorama de una revolución». Y posiblemente sea esto lo que más me fascina del aragonés desde aquél diálogo de 7 domingos rojos en el que Star, la adolescente anarquista, afirma «con una expresión descompuesta» que ha salido a cazar un hombre y Samar piensa para sí que «esta chica (…) ha hecho la revolución dentro de sí misma, se ha entregado con frenesí a la victoria».

En mayo, Míster Witt descubre que su mujer está «llena de acontecimientos en potencia, de fiebre de los hechos ya a punto de cumplirse». Y piensa: «no es sólo la primavera». ¿Dónde acaba mayo y empieza la insurrección? ¿Dónde está la frontera entre pulsión erótica y pulsión política revolucionaria? ¿Y cuánto hay en nosotras mismas, en nuestros cuerpos atravesados por estos otros meses, de cada una de ellas? O quizá vivimos para siempre en Mayo, a punto de izar la bandera turca porque no nos quedan más trapos rojos tras las murallas.

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