Breves acotaciones para una biografía.

El poemario que leí en mayo fue breve y manoseado (bebido a sorbos en una pausa de mediodía) pero me reconcilió, parte buena, rencontrarme con Ángel González. Para quien llegue de primeras a esta entrada sin haber ojeado antes reseñas pasadas: llego algo más de un año leyendo la poesía completa de Ángel González, que me fascinó al principio y que últimamente comenzaba a hacérseme pesada. La edad del poeta, sus fases vitales, el cambio evidente y lógico en sus intereses, supongo. Hay sin embargo aquí, en estos apenas ocho poemas, un retorno. Supongo que toda biografía lo tiene.

Breves acotaciones… recupera el erotismo sutil que tenían los primeros poemarios del autor (sin necesidad de ir de eso) tanto en el contenido como en la forma. O mejor: lo recupera en la forma, forzando con ello al contenido. El comer, tragar, saborear, masticar. Todo lo relacionado con la boca en un sentido triturador, succionador o digestivo está presente. El acto de moder en «A veces», el zumo y la fruta mustia de «Otras veces», la boca tal cual en «Siempre lo que quieras», absolutamente todo en «Meriendo algunas tardes», la imagen del plato en «Eso era amor», los tallarines y la ginebra con menta de «Mi vocación profunda», etcétera. También lo ocular a veces, pero siempre separado de un pedazo de carne que se pudre solo. Lo material del cuerpo que somos impregnándolo todo.

Releo ahora los poemas y pienso también un poco en lo visceral, lo tremendamente corporal, de este Mayo pasivo-agresivo y pretencioso. «Cuando no sepas qué hacer vente conmigo / -pero luego no digas que no sabes lo que haces. / Haces haces de leña en las mañanas / y se te vuelven flores en los brazos. / Yo te sostengo asida por los pétalos, / como te muevas te arrancaré el aroma». Era imposible no sentirlo tan fuerte, supongo. Qué durísimo ha sido Mayo.

«Nada hay comparable, sin embargo,

al gozo inoxidable de trocearse en dedos,

narices, ojos, penes, labios, cabellos, risas,

y refugiarse en vasos individuales llenos

de ginebra con menta

hasta que alguien nos diga agitando baderas:

comencemos de nuevo;

la guerra ha terminado con el triunfo de mayo».

Mujeres y trabajo: feminismo, trabajo y reproducción social.

Llego tarde a todo. Presentamos el libro de Susan Ferguson a comienzos de año, con un curso de altísimo nivel que co-cordiné junto a Judith Carreras sin haber tenido tiempo de abrir el volumen. En mayo me invitaron a dar una charla sobre reorganización de los trabajos feminizados en un escenario de transición ecosocial, y decidí que de esa no pasaba. Total, que aquí tengo el libro acabado ya desde hace casi dos meses, languideciendo encima de la mesa, rogándome que sacara un rato para sentarme a escribir la reseña.

La primera vez que leí a Sue Ferguson fue hace algunos años, investigando sobre Lise Vogel a raíz de algunas cosas de Cinzia Arruzza y Tithi Batthacharya. Ferguson y David McNally escribieron el prólogo a la edición de Haymarket de Marxism and the Opression of Women, un texto brillante que puede encontrarse traducido al castellano en la web de Marxismo Crítico y que revolucionó mi forma de enfrentar el problema de la opresión de género y su historización capitalista. Pude escucharla en directo en 2019 en Londres, en el marco de la Historical Materialism Conference, estirando el cuello en la puerta de un pasillo abarrotado por decenas de personas que habían dejado pequeña el aula prevista para su ponencia. Quedé fascinada. La traducción y coedición de su último libro por Sylone y Viento Sur fue seguramente la mejor noticia en los planos intelectual, teórico y político que recibí el año pasado.

Mujeres y trabajo no es, al contrario de lo que me esperaba, una obra de especial dificultad teórica. Más bien se podría definir como una genealogía crítica del pensamiento feminista – seguramente la genealogía más buena, útil y completa que yo haya leído hasta la fecha, desbancando del pódium al gran Matrimonios y divorcios de Cinzia Arruza y (con sus limitaciones) algunas de las conferencias de Kollontai de 1921. La manera en la que Ferguson interroga a cada etapa del movimiento feminista y a sus principales voces (a partir del abordaje que realizan de los trabajos) permite no sólo una desesencialización de la relación del feminismo con la lucha de clases, sino también una ampliación de la visión política y una ruptura de las luchas contra la opresión comprendidas como bolsas sectoriales estancas.

La tesis central de Ferguson es provocativa y radicalmente cierta: el feminismo socialista históricamente hegemónico ha construido una crítica dual del trabajo que no le permite dar una explicación coherente a las experiencias de las mujeres ni plantear hipótesis sólidas para la transformación de las mismas. Por un lado, se analiza el trabajo asalariado con una perspectiva político-económica; por otro, se interpreta el trabajo no remunerado de las mujeres desde una crítica racional-humanista. No hay integración ni articulación posible que permita comprender la manera en que las luchas feministas y obrera son dos caras diferentes de la misma lucha de clases. Tampoco un armazón teórico fuerte con el que defenderse de los intentos de establecer una «opresión principal» por parte del obrerismo fosilizado o del esencialismo de género. No hay, por último, manera alguna de introducir en la ecuación la cuestión racial u otras sin recurrir a una sucesión de adicciones de explicaciones morales y de faltas de reconocimiento carentes de una crítica político-económica de fondo. Se renuncia, en fin, a abordar el Capitalismo como un sistema integrado.

La propuesta política de Sue Ferguson es potente y demoledora. Se lee con bastante facilidad para quien esté habituada a las autoras marxistas (y las mejores feministas lo son) salvo quizá las últimas páginas que sí son más densas, y te deja con un subidón en el cuerpo como para no parar de repetir: esto sí, esto era. La manera en que desgrana y sistematiza no sólo a Wollstonecraft, Tristan, Claudia Jones o Federici (por citar sólo a algunas de las más conocidas de entre las feministas de la igualdad, «de la igualdad críticas» o socialistas, procedentes del pensamiento negro estadounidense o de la reproducción social), sino a muchísimas otras, es sugerente y reveladora.

Y su defensa, partiendo de Vogel y desde la dialéctica apertura/firmeza teórica, de la escuela marxiana de la reproducción social, es seguramente una de las cosas más serias y más útiles para la política de clase y el pensamiento revolucionario del ahora que he leído en mucho tiempo. Leedla, vaya. Sin duda, uno de los libros del año.

Cosas que hago en la oscuridad.

No tengo muy claro cómo llegué exactamente a June Jordan, aunque sé que empecé a tirar del hilo a partir de la lectura de Audre Lorde, cuyo poemario El unicornio negro disfruté mucho en marzo del año pasado. Me ha costado horrores conseguir algo de Jordan y sólo tras varios meses, tras dar antes con un libro de artículos suyos y textos políticos que por el momento espera en mi estantería a ser abierto, encontré estos «31 poemas sobre lo personal y lo político» recopilados, traducidos y editados en Argentina. Ha sido mi poemario de abril y puedo decir, con toda seguridad, que merecieron la pena los gastos de envío.

Menos traducida y menos conocida internacionalmente que Lorde, June Jordan comparte con ella tanto generación como militancia, con tres ejes temáticos fundamentales que articulan su obra: negritud, ser-mujer, bisexualidad (lesbianismo en el caso de Lorde). Es posible que su estilo sea un poco menos fino, menos depurado y redondo – o quizá se trate sólo de un efecto de la traducción y de la imagen sesgada que apenas 31 poemas proporcionan con respecto a toda una vida de escritura. Sin embargo, cuando se detiene para reflejar las cosas bellas, es capaz de transmitir de una manera sutil e indiscutiblemente hermosa. Como ese «Dentro de nuestro amor el mundo / parece un plan razonablemente fácil» que no me quito de la cabeza o el precioso «De Nicaragua libre: fotografía de Managua».

June Jordan expresa la rabia de manera incluso más descarnada y violenta que Lorde. Si me tengo que guiar por el resultado de esta antología, diría que la rabia y el amor constituyen la característica principal de su obra. Una rabia escupida y un amor suave y palpable al tacto. No hay demasiada genealogía en sus poemas, a diferencia de Lorde, ni tampoco construcción emocional colectiva alguna más allá de la denuncia y la protesta (nada de apelación mesiánica ni de comunidades místicas). Su poesía no ya de protesta, sino de respuesta, adopta a veces una forma ácida e irónica, como en «Mi poema de víctima». El terrible y brillante «Poema sobre la violencia policial» o «Análisis de Atlanta: 1979» (que, se podría decir, tiene forma de bofetada) son posiblemente dos de los poemas más explícitamente violentos que he leído nunca.

Estoy contenta de cómo avanza este experimento del poemario mensual y también de ir siendo capaz, poquito a poco, de construirme cadenas de referencias que se entrecruzan y me funcionan. De June Jordan diría que la leáis y que su «Poema sobre mis derechos» es tan bueno que da escalofríos. En su final lo dejo: «Mi nombre es mío mío mío / y no puedo decirte quién mierda dispuso las cosas de este modo / pero puedo decirte que desde ahora mi resistencia / mi simple y cotidiana y nocturna autodeterminación / puede muy bien costarte la vida».

Contra el expolio de nuestras vidas.

Leo últimamente contrarreloj: se me acumulan las tareas. He tardado dos semanas en acabar un libro que habría querido tener leído a comienzos de marzo, pero lo cierto es que estoy cansada y que el tiempo desaparece en apenas un parpadeo. Me habría gustado disponer de ratos más largos para hacer de corrido la lectura de las partes más estimulantes. Pero, pese a no haber sido así, Contra el expolio de nuestras vidas es un libro no demasiado complicado y del que se puede sacar muchísimo jugo. Si no odiara la palabra dispositivo, diría que éste es uno que se activa en el presente para ayudarnos a imaginar un otro modo de organización social en el que la propiedad no esté por encima del propio derecho a la exitencia.

Errata Naturae recoge en este libro dos documentos complementarios: un artículo de Karl Marx publicado en 1842 en la Gaceta Renana y un texto de Daniel Bensaïd escrito a raíz del primero. A partir de los debates parlamentarios del momento que buscaban redefinir las penas impuestas a los «ladrones de leña» (personas que recogían las ramas caídas de bosques privados), Marx va desgranando toda una serie de observaciones acerca de los derechos naturales, los derechos consuetudinarios, la fundamentación de las leyes y el concepto de propiedad mismo. Quizá es porque estoy leyendo El Capital (ya hablaré de esto en un tiempo) pero, a pesar de ser profana en los debates sobre el derecho y la jerga y conceptos correspondientes, no me ha resultado un texto demasiado difícil.

Varias ideas me parecen tremendamente potentes: la descripción del modo en que el interés privado ha acabado imponiéndose como justificación última de toda articulación jurídica, la reflexión acerca de cómo determinada formulación de las penas y castigos convierten el delito en una fuente de beneficio para el propietario agraviado, la ruptura del imaginario consensual de las costumbres (¿defendemos el derecho consuetudinario de los pobres, o el de los ricos?). Con este punto de partida, Bensa estructura su artículo en tres partes: análisis del texto de Marx, recorrido por los debates teóricos sobre el concepto de propiedad, y apuesta o propuesta política. El resultado de conjunto es tremendamente jugoso y muy útil como lectura didáctica.

He de reconocer que, a raíz de haber compartido espacios de militancia con personas procedentes de determinadas corrientes políticas, tenía una visión reduccionista de los bienes comunes y una posición a priori contraria al uso habitual del término. Bensaïd rompe con la idea de que bienes comunes son aquellas cosas que la naturaleza nos ofrece gratuitamente para ampliar el concepto y, a partir de Marx y de los aportes de Thompson, defender «una economía sometida al derecho natural a la existencia». El antagonismo histórico entre sociedad y propiedad (basada en la exclusión y el expolio), y entre derecho de propiedad y derecho de uso y acceso, le permiten finalmente articular toda una propuesta política en torno al derecho colectivo a la existencia (a la vida misma).

La crisis ecológica, la desesperada necesidad de avances médicos, el derecho a la vivienda o el aumento de conocimiento humano son problemas cuya solución es incompatible con la existencia de la propiedad privada. El reparto social de la riqueza y el fin efectivo de las desigualdades sociales no es posible sin un cuestionamiento directo de la propiedad privada. Esta evidencia que se deriva de nuestra experiencia práctica es formulada por Daniel Bensaïd de manera poderosa: «no se trata de analizar las ventajas comparativas de diversas soluciones económicas racionales, sino de una prueba de fuerza política». Lo de siempre, pero con más urgencia que nunca.

La política de todes.

Hace ya tiempo que los debates sobre el sujeto político enervan a todo el mundo dentro de la izquierda. La derrota del ciclo, la descomposición de la izquierda, una desorientación estratégica generalizada y problemas reales de falta de reconocimiento y autonomía política han derivado en un activismo de feudos emocionales e identitarios, donde lo que se es (o lo que cada cual imagina ser) importa más que lo que se hace. Si a esto sumamos este vivir aisladas, esta desaparición de la política carnal (la de los cuerpos que se encuentran) que durante el último año ha impuesto la pandemia, el resultado es desastroso: el ruido de Twitter parece serlo todo.

Como título inaugural de su nueva etapa, Bellaterra acaba de publicar La política de todes, de Holly Lewis, un libro que busca respuestas a la cuestión del sujeto ampliando la mirada e introduciendo el debate dentro del marco general de la reproducción social.

El texto completo parido a raíz de La política de todes podéis encontrarlo publicado en CTXT.

Tratado de urbanismo.

Poemario de marzo. Llevo leyendo a Ángel González desde mayo del año pasado (he tenido que consultarlo) y pretendo, sin prisa pero sin demasiadas pausas, terminar de leer su obra completa este año o a comienzos del que viene. Ya he dicho otras veces que no era mi intención leer a ningún poeta así, pero lo cierto es que me resulta estimulante tratar de seguir la evolución personal y artística del autor, así como la del contexto político y social en el que fue publicando.

Tratado de urbanismo es su quinto poemario y apareció por primera vez en 1967. Se nota en él el paso de los años y la distancia con respecto a la posguerra. También la adultez del autor: es un poemario cansado, que se arrastra agotado por una vida demasiado dura (qué jodido esto de sobrevivir por los propios medios). Su primera parte, «Ciudad uno», compone una recopilación de desengaños en la que se intuyen pese a todo los giros irónicos más presentes en poemarios anteriores. «Zona residencial» es posiblemente quien mejor conserva ese humor que hace un tiempo describí como más propio de un chiste de Quino. Al contrario, es «Lecciones de buen amor» el que mejor condensa el espíritu general de estas páginas: un cinismo no propio sino observado, una amargura masticada con cuidado, una rutina solidificada en el cuerpo.

La segunda parte del poemario, «Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas», la he leído un poco por encima. Me parece sobre todo el resultado de un ejercicio artístico de creación, pero esconde al final un pequeño tesoro: «La paloma (versión libre)». El poemario acaba con «Ciudad cero», cuyos tres poemas, («Ciudad cero», «Evocación segunda», «Primera evocación») me han parecido la parte más interesante de la obra. No es sólo que sean bellos: es la forma en que trae al presente los recuerdos difusos de la infancia, las sensaciones de la guerra, la ausencia de la madre, el llanto adulto a destiempo, el reconocimiento en una derrota económica que no es sino haberse negado a colaborar. Me gusta especialmente ese juego de luz y sombras en «Evocación segunda», ese decir sin estar realmente diciendo, el desmoronamiento del criterio social para ser buena persona.

La calle de las camelias.

He vuelto a leer. Veremos cuánto me dura o, mejor dicho, cuánto me deja el trabajo pendiente, pero los últimos días me he quitado por fin algunas losas que arrastraba desde hacía tiempo y he vuelto a sacar ratos (un par, de momento) para el goce estético. Mercè Rodoreda es una de las escritoras favoritas de mi amiga Laia y encabezaba desde hacía tiempo mi lista de mujeres pendientes. Y La calle de las camelias es un libro bellísimo que se devora y que te devora, de los que te ventilas en una tarde sin poder desprenderte de la sensación de que nunca será suficiente y te va llenando el estómago de algo precioso y salvaje.

Toda su primera parte, correspondiente a la infancia de Cecilia, es un paseo por un camino de satisfacción y plenitud ambiente. Se diría que todos los sentidos parecen alinearse para proporcionarte una sensación de tranquilidad y belleza plástica, incluso en momento de relativa tensión o problemas para la niña (cuando enferma, cuando se escapa). La enumeración infinita de flores (reconozco que paré la lectura en varias ocasiones para buscar fotografías en las que llegué a detenerme incluso uno o dos minutos) se combina con la figura del señor Jaime/maestro para dar lugar a un mundo mágico, siempre disponible y bello.

En la adultez, con sus diferentes etapas, Mercé Rodoreda consigue algo maravilloso: conectarme a mí misma con las reacciones de Cecilia ante los hombres que, incluso momentáneamente, le gustan. Eusebio, Andrés, Esteban. El hijo de puta de Marcos (lo he intentado, pero no consigo encontrar otra expresión que exprese lo que ese insulto) cuando la coge del cuello, le da la primera bofetada y le dice que va a cambiarla antes de besarle la boca. Hace que una quiera realmente acostarse con ellos. Y luego está el miedo. El pánico atroz. El impulso mío al vómito cuando sus arcadas. La etapa con Cosme o en el piso del mirador son probablemente de las mejores escenas de terror que he leído en muchísimo tiempo.

Algo que me fascina últimamente es la manera en que las mujeres escriben sobre mujeres. Hay una conexión comunicacional ahí que quizá un hombre aprecie (quién va a negar la calidad de los personajes femeninos de cualquiera de nosotras, en comparación con la inmensa mayoría de los compuestos por ellos), pero que seguramente sólo otra mujer comprenda. Las mujeres que aparecen en La calle de las Camelias son medias verdades (como Maria-Cinta) o pechos abiertos (como la Tere), pero jamás están ahí aleatoriamente. Constituyen el universo de realidad que da forma a toda la historia y que permite verdaderamente sobrevivir a Cecilia. Junto con los golpes y el hambre, son seguramente la materialidad que impide a la novela, a pesar de su voz, ser algo parecido a una huida introspectiva.

Y menudo goce. Qué bien estoy escogiendo últimamente y qué contenta con mis avances en esto de la sensibilidad y las cartografías lectoras.

Da dolor.

No llevo un mes sin leer, pero casi: estoy encerrada escribiendo, tratando de sacar adelante unas cuantas cosas que se alargan desde hace demasiado y que amenazan con seguir criando. Socorro. Entre tanto, hace ya días (¿semanas?) que acabé mi poemario del mes y que esperaba el momento en que pudiera sentarme a escribir esto. Me lo regaló mi amiga Mar por navidades, con una dedicatoria: «para que sigas en febrero». Me pareció precioso y ahora que lo he leído aún me lo parece más. Gracias, Mar, qué bonito todo.

Dice la contraportada que Da dolor es continuación de un poemario previo (Las órdenes) y que trata sobre la muerte, la literatura y la vida. Yo no conocía a Pilar Adón (la busco en google y corro a apuntar títulos, sobre todo al descubrirle cuentos), y me parece que sus poemas tratan, más que de la muerte, del duelo. De una ausencia presente que se sobrelleva por dentro, de la ausencia total de emociones que supone la aceptación de lo no aceptable. Todo el libro emana una tristeza calma, una serenidad vacía de gestos y colmada de la tristeza desconcertante de quien lo siente todo pero no puede sentir nada. Algo que todas conocemos en mayor o menor medida y que la poeta plasma en el papel con una exactitud asombrosa.

Dos tópicos, más allá de la ausencia/espera explícita, son los que se repiten El primero es lo sacro: no lo sagrado sino lo sacro; no lo espiritual, sino la materialidad fetichista o consolatoria de los rituales, las doctrinas y los amuletos. El segundo es la vida en su dimensión ausente (la vida que se va, la que se acaba, la que se pierde), profundamente conectada con la corporalidad animal de la carne, la piel y la muerte. Y todo esto se entremezcla, en una versión corrupta, para dar forma a los hombres y las mujeres.

He disfrutado mucho con Da dolor y me ha encantado descubrir la voz personal de Pilar Adón. Probablemente «Existencia doméstica» sea el mejor poema del libro (ay Mar, ya me avisaste) tanto en su sonoridad como en su capacidad de hilar contenido. Pero prácticamente todos requieren un momento de reposo tras la lectura, algo así como una pausa contemplativa. Y reconozco que, desde hace ya semanas, abro a diario el poemario para releer uno en particular, que quiero entender como una pregunta y por el que me siento atacada (¿cuestionada?) de manera directa: «Hay una prisa a los 20 / que vuelve a los 40. / Lo de en medio es supervivencia».

Una tarde de Monsieur Andesmas.

Leer a Marguerite Duras siempre tiene algo de perturbador, un aura inquietante que siempre se espesa generando una sensación de incomprensión e incomodidad que se agudiza cuando el entendimiento va llegando. En algunos de sus libros, aquellos con las tramas más desarrolladas, esto concede a la historia un carácter fuertemente específico, un ambiente determinado que personalmente me encanta y que no podría llevar detrás ninguna otra firma. En otros, relatos que apenas llegan a serlo, es como si la escritora hubiera tan solo esbozado levemente un hecho, un pensamiento, lugar o un personaje, en un ejercicio de escritura que tantea qué puede decir y qué no decir (mostrar u ocultar) sin arriesgar totalmente la comunicación con la persona lectora. Una tarde de Monsieur Andesmas forma parte de este segundo grupo.

Los razonamientos circulares, el descubrimiento de hechos y objetos sólo instantes antes olvidados (metáfora quizá de la memoria en un sentido más amplio) y un uso irrespetuoso de los tiempos marcan profundamente todo el libro. La primera parte puede llegar a hacerse insoportable: la sensación de que no pasa absolutamente nada acrecenta la certeza en que algo definitivo está por revelarse. Las cosas nunca se dicen y hay que tratar de entenderlas a través del filtro interpretativo perezoso y gastado de M. Andesmas. Los personajes que le visitan en lo alto de la ladera parecen ser intercambiables (incluso el perro), y la casa estar rodeada de algún tipo de energía específica que desorienta, confunde y agota a los visitantes. La vejez (la senectud) y la juventud se mezclan en actitudes, reflejos y aspavientos, y hasta la duración de una tarde de espera parece eternizarse.

A mí me ha salvado (obra escuetísima) una semana de desborde de trabajo, pero no recomendaría la lectura del libro a quien no conozca ya de sobra a Marguerite Duras. Es una escritura característicamente suya, complicada y sugestiva, pero que no da forma a algo más desarrollado que permita ir comprendiéndola. Como ejercicio literario, sin embargo, me ha parecido interesante y muy logrado. Posiblemente el punto máximo de tensión (justo antes de que la mujer de Michel Arc comience a hablar al comienzo del tercer capítulo) sea uno de los picos de mayor incomodidad que he leído últimamente. La sensación de dar brazadas en mitad de la niebla – y la niña que no es niña sentada en la tierra, descubriendo de nuevo la moneda de cien francos.

Los analfabetas.

Aunque mis ritmos de trabajo sean tan intensos últimamente que lleguen a desbordarme, acabe 2020 muy contenta con el ejercicio de obligarme a leer un poemario al mes, y comencé el nuevo año con el propósito de seguir en ello. Así que, a pesar de que febrero avanza, por aquí va mi poemario de enero (lo leí hace días, prometido).

Los analfabetas me llegó desde Colombia a través de su autora, como regalo de alguien muy querida que estuvo vinculada a mi familia hace ya tiempo. Desde un primer momento me llamó la atención por su aspecto (trazas quizá de fanzine), las ilustraciones en tinta que imita pizarra, el cambio de color de las hojas y el poema que aparece en la contraportada (con diferencia, mi preferido de todos): «idiotas cuando leen / confusos cuando escriben / anteriores a las ideas / vamos a convertirlos en hombres».

María Paz Guerrero usa recursos que, a pesar de ser conocidos, todavía no me había encontrado en mi particular aproximación a la poesía: separación de las líneas y párrafos, disección de las palabras en sílabas o incluso signos, cambios en el tamaño de letra. Algunas páginas me han recordado a los caligramas (he tenido que buscar el nombre, lo reconozco) que nos enseñaban en el colegio pensando que así nos resultarían más atractivos. Es en general una poesía de verso breve, donde las frases se dividen en columnas finitas bastante alejadas de la poesía musical y contundente (redonda, sin serlo) con la que más cómoda me siento. Me ha costado, en muchos casos, seguir el ritmo.

Tanto en los poemas como en las ilustraciones abundan las imágenes incómodas: cuerpos despedazados (o mejor, pedazos de cuerpos), tripas y otras vísceras pobladas por gusanos, pústulas, raíces podridas. Es una poesía marcada por la presencia de la violencia, que combina el nudo de tripas con olores terribles y con partes sangrantes. Se atraganta y se hace difícil, sobre todo leyendo desde esta Europa en la que la mayor parte de referencias, vocabulario, marcos culturales y dolores entretejidos no se conocen, no existen, son directamente otros. Esto, junto con mi falta de conexión con la forma de la poesía, hace que a pesar de sí haber disfrutado con algunos de los poemas me quede con una sensación que ya he tenido varias veces: ésta no, ésta no es la mía. Seguiremos probando.

El siglo de las luces.

Descubrí a Alejo Carpentier por una casualidad bellísima: en una calle perdida de Santa Clara, Cuba, en un barrio de bloques verdes muy alejado del centro, me topé en 2017 con una mujer que vendía libros usados. Más allá de algunos clásicos universales (García Márquez, etc.), no fui capaz de identificar ningún título. Ella me metió entre las dos manos un ejemplar precioso y desgastado de La consagración de la primavera («es el escritor de la Revolución, de nuestra Patria y de toda Nuestra América», me dijo), y pronto descubrí que efectivamente era uno de los mejores libros que había leído nunca. El siglo de las luces es (fina ironía) más conocido en Europa, y a pesar de que para mi gusto se encuentra bastante por debajo del que me vendió la cubana, he disfrutado la lectura y reconocido con gusto las trazas y el estilo de un escritor genial.

Si La consagración de la primavera parte de la Revolución española de 1936 para acabar en la Revolución Cubana (con alusiones laterales a los coletazos de la Revolución Rusa), en El siglo de las luces Alejo Carpentier levanta la narración sobre el devenir de la Revolución Francesa. Y lo hace con dos estratagemas vinculadas que demuestran la excepcionalidad del escritor cubano: mediante el traslado de la mayor parte de la trama principal a las Antillas y las colonias francesas (descentrando el relato y rompiendo así con la memoria tipificada y lineal de la Revolución) y la reconstrucción de la vida de un personaje real, Víctor Hugues, protagonista del libro, conquistador de la isla de Guadalupe, que fue sucesivamente comerciante, masón, jacobino, Agente del Directorio, Agente del Consulado y olvidado por la Historia.

La contextualización de la historia en el siglo XVIII hace que en ocasiones el relato sea, si no pesado, sí complicado para una lectura ligera. Carpentier abusa (algo habitual en él) de las descripciones profundas. Puede dedicar apartados o subcapítulos enteros a enumerar los tipos de mercancías y los olores contenidos en el almacén del padre de Carlos y Sofía, la fauna marítima encontrada a lo largo de los viajes del Arrow, o el modo en que las banderas tricolores adornaban las calles de París al comienzo del viaje de Esteban. No se trata de enumeraciones enfangosas ni de detalles innecesarios, sino de una característica fundamental de su estilo narrativo con la que nos hace comprender mejor la psicología, las impresiones y las emociones de los personajes. Sin embargo, la mezcla entre léxico tropical, naval y dieciochesco ha hecho que en ocasiones, aún sintiendo admiración y envidia, tuviera que aguantarme las ganas de saltarme párrafos enteros.

A pesar de sentirme perdida con algunos de los sucesos vinculados a la Revolución (soy consciente de la gran deficiencia que tengo en lo que a la Revolución Francesa se refiere, más allá de algunas ideas básicas sobre los jacobinos), he disfrutado un montón con la traslación de la política europea al tan distinto mundo de las colonias. Carpentier aborda con una finísima ironía la cuestión racial y el esclavismo, reflejando a los protagonistas de la Revolución Haitiana (pues sí, también se cuela en la novela) y a los cimarrones de la Guayana como personajes mordaces y muy superiores en inteligencia y (por qué no) humor y ambiciones buenas que todos los colonos y blancos pseudo revolucionarios que los rodean. Dos escenas me parecen, en este sentido, especialmente brillantes: el encuentro de L’ami du Peuple con un barco negrero tomado por los esclavos (dolorosísimo) y el desenlace final en Cayena, con la caza de negros y ese «no se puede hacer la guerra contra los árboles».

No tengo un criterio claro para ello, pero diría que si dividiéramos el libro en dos, yo he disfrutado mucho más de la segunda parte. Quizá porque Carpentier abandona ahí el mundo del comercio y los grupúsculos intelectuales y masones para centrarse más en la política colonial de la Revolución, dando pie a la aparición de las dos cosas que más me han gustado del libro: la mordacidad sangrante de la que hablaba antes, y la sensación de libertad absoluta que proporcionan las narraciones de la etapa corsaria de Esteban. Esa desaparición del tiempo y expansión del espacio, la sensación incomparable de poder tomar decisiones sobre la propia movilidad que se cargó la disciplina capitalista y que (aunque sea en forma de vacaciones temporalmente acotadas y viajes económicamente calculados) tantísimo echamos de menos desde que comenzó la pandemia.

Mujer y lucha de clases.

Llevo unos días repasando las distintas cosas de Kollontai publicadas en castellano, el criterio con el que están seleccionados y encuadrados su textos, qué temáticas de entre todas las que trató se han ido considerando más importantes en cada momento, etc. Creo que ha habido, en general, una separación entre temas importantes o verdaderamente políticos (los textos de la Oposición Obrera, sus apuntes programáticos, los proyectos en torno a la protección social de la maternidad y la lucha contra la deserción del trabajo) y temas secundarios (evidentemente: su concepción política del amor y sus artículos de crítica literaria).

Solamente las feministas, y sólo algunas de ellas, han hecho desde los años 80 y 90 un esfuerzo por recuperar, traducir y publicar parte de los textos más profundamente revolucionarios de la comunista: los que hablan, precisamente, de los vínculos sexuales y las relaciones afectivas. La mayor parte de grupos comunistas han despreciado hasta hace poco esta parte de su producción, centrándose en reivindicar a una Aleksandra «que combate a las feministas» y que vio cómo toda la legislación aplicada durante la revolución era desmantelada progresivamente desde 1923. Entra dentro de lo predecible, pero no deja de ser irónico el modo en que la aparente rigidez de la primera Kollontai (la de la política de verdad, ja) es incomprensible y genera significados profundamente equivocados si no se cruza con la humanidad y la corriente cálida que habita en la segunda.

La antología que propone El Viejo Topo reúne cuatro de los títulos más consensuadamente valiosos de la dirigente rusa: extractos de «Los fundamentos sociales de la cuestión femenina», «Las relaciones sexuales y la lucha de clases», «El comunismo y la familia», y «La prostitución y cómo combatirla». Abordan de manera amplia y con desigual profundidad la mayor parte de temas centrales que recorren la obra de Kollontai: los orígenes de la opresión de género, el problema de la doble moral, la necesidad de independencia económica de las mujeres obreras, la diferencia entre igualdad formal y material, la importancia de las relaciones sexuales sanas y libres para la felicidad individual y colectiva, el establecimiento de nuevos vínculos capaces de gestar una sociedad nueva, la extinción progresiva de la familia dentro del capitalismo, y la lucha contra la evasión del trabajo (o lo que es lo mismo: contra quienes pretenden vivir a costa del trabajo de otros).

El libro tiene el mérito de incluir textos pertenecientes a los dos grupos que he bosquejado más arriba, además de un muy buen prólogo (casi 70 páginas) que recorre la trayectoria política de Kollontai en el Partido Socialdemócrata Ruso y posteriormente en el Partido Bolchevique hasta su salida hacia Noruega como embajadora en 1923. Yolanda Marco se queda, sin embargo, en la capa de lo «político de verdad» (sobre todo en los debates dados por la Oposición Obrera), sin entrar a analizar muchas de las apuestas contenidas en los textos que está introduciendo. Y es una pena, porque «Relaciones sexuales y lucha de clase» es probablemente uno de los mejores artículos de la rusa.

Como dije hace unas semanas, lo dejo aquí. Esperad más cositas sobre Kollontai en breves.

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