Poetas / No.

Para sorpresa de nadie: voy con retraso. Me acabé la poesía completa de Idea Vilariño en el mes de octubre y hasta ahora (¡diciembre!) no había podido sentarme a escribirlo. Leí del tirón los dos ¿poemarios? (ya hablé de esto) que me quedaban y cerré el libro con la pena infinita que genera el final de las cosas bellas. Pienso que me gustaría vivir para siempre en un poema suyo, estar siempre dentro de su poesía pero no como protagonista de ninguna historia sino como cuerpo sintiente que nunca ve cortado el flujo de belleza. Decía Simone Weil algo así como que a los demás objetos de deseo queremos poseerlos; lo bello es lo que simplemente queremos que exista. En mi caso: que exista siempre presente, jamás interrumpido, constantemente apreciado.

Poetas es la reunión de tres poemas rabiosos, dedicados respectivamente a Charles Baudelaire, a L.V. (¿ideas?) y a Rubén Darío. El primero ya merecería la pena nada más que por su arranque («También tú / hijo de perra / también tú te moriste») pero es que el tercero es sencillamente grandioso. No soy yo fan de Rubén Darío (leí Azul en su momento y desde entonces para mí representa todo lo que siempre me había repelido de la poesía) y coincido bastante en esto con el juicio de Roque Dalton, pero Vilariño consigue no sólo sacarme una media sonrisa sino construir un poema profundamente bello y absolutamente nada cursi (cómo podría).

Si mi suposición es cierta y la propia Vilariño ha ordenado y compuesto su poesía (no he querido buscar la información, supongo que sería aceptar renunciar al misterio), No tiene entonces sentido como un goteo precioso de poemas que pudieron (y al mismo tiempo no) ser el mismo. 58 poemas numerados y escritos en una horquilla de cinco décadas que acaba el año 2000 y empieza en 1951. Todos salvo dos están fechados, y su orden parece no responder a ningún criterio cronológico ni lógico. Sino tal vez (deseo) a la propia sensibilidad de la autora, a la necesidad precisa pero siempre injustificable de que las cosas sean exactamente así y no de cualquier otra manera. No es, en fin, un poemario de estupefacción ante la vida. Todas sus piezas son brevísimas: dos, tres, máximo diez versos o líneas que parecen haberse caído por casualidad encima de la hoja en blanco. Y que condensan toda la sensualidad, la atmósfera y la atracción extraña del resto de la obra de la poeta.

Releyendo ahora para escribir esto, de nuevo: la ambición de vivir dentro del libro, de absorberlo en un cierto sentido. 5 de junio de 1962 (16): «Qué asco / qué vergüenza / este animal ansioso / apegado a la vida». 12 de diciembre de 1989 (13): «La noche más callada / la más quieta / más desplomada entera sobre mí». 1968 (10): «Decir no / decir no / atarme al mástil / pero / deseando que el viento lo voltee / que la sirena suba y con los dientes / corte las cuerdas y me arrastre al fondo / diciendo no no no / pero siguiéndola».

Pues eso: dejaos llevar por la vida, dejaos llevar por el deseo. Y leed a Idea Vilariño.

La libertad de la pornografía.

En los últimos años, el debate público en torno a la violencia sexual y la contundente respuesta del movimiento feminista a la permisividad social y la reproducción institucional de la misma han traído de vuelta posiciones que, en su intento de defender y proteger a las mujeres, nuestra integridad y nuestros cuerpos, están cargadas de moralismo e infantilización forzada. No hay capacidad de agencia posible en un mundo donde necesitamos permanentemente ser protegidas, donde se nos presupone el estatus de víctima en vez de imaginar formas alternativas de reaccionar ante la violencia, donde la etiqueta de “peligro” precinta todo contacto sexual por mucho que sea buscado. Cuidado: si una desoye la señal de alarma, entonces quizá es responsable (¿culpable?) del potencial daño. Y también: es tremendamente fácil traspasar la línea entre fiscalizar el deseo ajeno (qué es y qué no es feminista) y acabar prescribiendo sexo sólo con una persona, con la luz apagada y sin tocar demasiado.

En este contexto, la pornografía, como máxima expresión de la sexualidad explícita y, en la actualidad, poderosa industria cultural que reproduce y asienta todo tipo de estereotipos y de jerarquías sociales y sexuales, se ha convertido en un potente catalizador de pánicos morales, posicionamientos identitarios y propuestas de censura. Aunque, pensándolo bien, ¿es posible hablar de censura cuando lo censurado no tiene, según sus detractoras, valor social alguno? El pasado marzo Ana Valero Heredia, doctora en Derecho Constitucional y profesora de la UCLM, publicaba La libertad de la pornografía (Athenaica, 2022), un libro que se presenta como “el primer estudio en lengua española que afronta la pornografía desde una perspectiva integral, incluido el enfoque jurídico”. O al menos, eso afirma en el prólogo la directora Erika Lust, famosa por la etiqueta “porno para mujeres” y una de las principales voces disidentes dentro de la industria. Se trata de una lectura ágil pero apoyada en una multitud de estadísticas y referencias jurídicas, que se agradece por lo que de seriedad y rigurosidad aporta al debate. Pero el acercamiento de la autora al tema, situado estrictamente en el plano de generación de discurso y de acceso al mismo (consumo), deja fuera aspectos fundamentales del problema y nos impide hablar de una “perspectiva integral” en el tratamiento de la pornografía. En los párrafos siguientes trato de desgranar todo esto proponiendo un triple acercamiento que, lejos de cuestionar, desarrolla y amplía lo planteado por Ana Valero.

Reseña completa en Revista CTXT.

Antología (Roque Dalton).

Leí a Roque Dalton en septiembre, hace ya algo más de un mes y tras años de encontrarme con versos suyos desperdigados por todos lados. Diría que Dalton era para mí, sin haberle leído nunca a propósito, el poeta militante por definición, o al menos el que venía a ocupar ese lugar tras la generación de Miguel Hernández. Quizá por eso, y porque en la adolescencia me harté de leer poesía que de tan obvia no llegaba a panfleto malo (la otra cara de la odiosa formación en lengua y literatura que me hizo asociar poesía a cursilada estúpida), me había alejado hasta ahora de Dalton con algo parecido a reticencia. Pobre Miguel Hernández, qué tratamiento más poco merecido, si justamente en él si fui capaz relativamente pronto de encontrar la belleza.

No me gustan las antologías, lo he dicho ya alguna vez. Se quedan cortas cuando conectas de manera especial con alguna parte concreta de la obra (ando como loca buscando los Salmos de Ernesto Cardenal, porque su Antología nueva apenas sí incluía un puñado) y te dejan siempre con la sensación de estar perdiéndote algo. Prefiero conocer a los autores poemario a poemario, interpretando por mí misma la evolución de su obra, de sus intereses y de sus fases vitales. Pero en ocasiones, bueno, no queda más remedio.

De la selección que Benedetti hace del salvadoreño, me han sobrecogido los más tempranos de sus poemas. Si tenemos en cuenta que Dalton fue asesinado poco antes de cumplir 40 años y miramos las fechas de algunos de sus escritos, es apabullante lo joven que era cuando escribía cosas tan absolutamente convencidas y al mismo tiempo, tan absolutamente bellas, y durante sus primeras estadías en la cárcel. Dalton es quizá el poeta que más claramente me ha hecho preguntarme cómo es posible para una persona seleccionar así las palabras, retorcer así el lenguaje, saber con tantísima precisión cuál es la sílaba y cuál es el verso y cuál el sonido preciso para dar forma a una cosa (el verso, el poema) que se aparece ante nosotros como existente por sí misma en el mundo, como naturalmente así, como indudablemente cierta. Y, a la vez, que contundencia política, qué virulencia en el ataque descubierto.

Los poemas sobre la cárcel de un jovencísimo Dalton (como, por ejemplo, «Elegía vulgar para Francisco Sorto» o «Mala noticia en un pedazo de periódico») son extremadamente angustiantes; los más irónicos sobre la vida (como, por ejemplo, «Confesiones»), extremadamente divertidos y pasionales. Luego hay otros (básicamente: «Taberna») con los que no he sido capaz de conectar, y que no sé hasta qué punto (he aquí el problema de las antologías) constituyen partes importantes de su obra o simplemente piezas destacadas en la elección del antologista -Benedetti-: los más experimentales, los que adoptan forma de collage y escritura automática, métodos que ya he leído en otras ocasiones sin conseguir jamás entenderlos del todo. Y por último he de reconocer que el poema «Los hongos» me ha parecido, a pesar de ser difícil a ratos, increíblemente interesante. Predecible para quien me conozca, supongo, porque está dedicado a Ernesto Cardenal «como un problema nuestro, es decir, de los católicos y de los comunistas». Entre esto y los insultos a Rubén Darío -ese poeta que leen los burócratas-, no era muy difícil ganarme.

Hay un hilo conductor muy bonito entre esta reseña y la de ayer de Rosa Luxemburgo, que no tiene que ver únicamente con el compromiso revolucionario de ambos autores sino también y muy especialmente con una manera concreta de entender y de amar la vida. Cierro con esto, porque es imposible decirlo todo: «Yo, como tú, / amo el amor, la vida, el dulce encanto / de las cosas, el paisaje / celeste de los días de enero. // También mi sangre bulle / y río por los ojos / que han conocido el brote de lágrimas. // Creo que el mundo es bello, / que la poesía es como el pan, de todos. // Y que mis venas no terminan en mí / sino en la sangre unánime / de los que luchan por la vida, / el amor, / las cosas, / el paisaje y el pan, / la poesía de todos».

Dime cuándo vienes: cartas de amor, 1893-1917.

Por diferentes motivos, me ha costado mucho empezar esta reseña. Ahora mismo escribo como enfrentándome a una bola que había dejado ir creciendo demasiadas semanas y que tiene mucho que ver con la impresión tan tremenda que me causó el libro, por un lado, y con el hecho de que una vez leído tuve claro que quería (que necesitaba) regalarlo. Luego lo volví a comprar, porque como hace poco me dijo un amigo, estamos las lectoras y estamos las compradoras de libros, y yo reúno ambos vicios.

Dime cuándo vienes es una edición cuidadísima de una pequeña selección de los centenares de cartas que Luxemburgo escribió a los cuatro hombres con los que se le conocen vínculos sexoafectivos: Leo Jogiches, Kostja Zetkin, Paul Levi y Hans Diefenbach. A cargo de semejante maravilla están las editoras de Banda Propia, sello chileno que además de recuperar y traducir tesoros, lo hace en forma de objetos verdaderamente preciosos (si no me creéis, entrad en su web y deleitaos con el resto de títulos de la colección Perdita – y regaladme los escritos de Eleanor Marx, porfa!).

Las relaciones que Luxemburgo tuvo con cada uno de sus cuatro compañeros y amantes fueron entre sí muy distintas y estuvieron mediadas por diferentes momentos personales y, muy especialmente, por los desiguales niveles de trabajo político compartido que Rosa tenía con cada uno de ellos. Así que se puede decir que, más allá de lo biográfico, las cartas de amor de Luxemburgo no pueden leerse en un sentido convencional porque el amor que en ellas se exhibe es un amor que transciende y supera el vínculo entre dos personas. Es, ante todo, un amor por la vida, por las personas y por la naturaleza que encuentra su razón de ser en el compromiso político de la comunista. O también: un compromiso político que sólo se explica por semejante amor por la vida. Una concepción vitalista de la militancia y de la revolución, capaz de «vivir la primavera como si fuera una fiebre» incluso a través de los insectos que se cuelan entre los barrotes de la celda, de las hierbas que crecen en el patio de la cárcel, de «cavar a través de los recuerdos con dedos lentos, como en una canasta de flores».

Algo que he saboreado especialmente es la forma en que Luxemburgo pasa en sus cartas de los comentarios temblorosamente íntimos a las precisiones políticas, las discusiones económicas, las orientaciones de lectura y los apuntes sobre elaboración teórica o construcción partidaria. Digo saboreado porque en la escritura de Rosa se desborda la belleza por todos lados, de manera que una es capaz de reconocerse a sí misma en las conversaciones con la gente que ama. Qué gozada y qué media sonrisa más satisfactoria la de encontrar, en la misma línea y justo a continuación de la promesa de una cita en el bosque, un ataque a la interpretación del interlocutor de x pasaje de El Capital o la petición de recibir cuanto antes instrucciones precisas sobre el trabajo con los sindicatos. Y es que, ay, cómo sería posible amar verdaderamente a alguien, con tal intensidad, si no fuera por compartir semejante pasión y compromiso revolucionario con la vida, semejante pasión y compromiso vital con la revolución.

Como apunte, y tras leer lo que Luxemburgo envía a Kostja Zetkin (15 años menor que ella y segundo hijo de su amiga Klara, con el que tuvo una relación de varios años y a quien llegó a escribir más de 600 cartas) quedé absolutamente escandalizada por no haber leído jamás ninguna alusión a los niveles de violencia que Rosa soportó por parte de Leo Jogiches. Cómo es posible que en la multitud de estudios biográficos, análisis del SPD y del espartaquismo y genealogías de mujeres socialistas que he leído en la última década nunca jamás se haya escrito una sola mala palabra sobre él. Cómo narices ocurre que, mientras Rosa habla de noches escondida con la familia Kautsky, de pánico a pisar su casa por si él la está esperando para matarla, de viajes cancelados por temor a que él la encuentre bajo la amenaza de suicidarse luego… que toda la bibliografía al respecto lo borre de un plumazo diciendo: fue su relación más estable, que se prolongó de manera intermitente durante 20 años.

Luxemburgo le escribió una vez a Jogiches: «ninguna otra pareja en el mundo tiene tantas posibilidades de ser felices como nosotros». Me cuesta pensar que nadie haya jamás dado importancia al modo en que tanta violencia tuvo necesariamente que forjar la personalidad y el temperamento de una mujer excepcional, ejemplo de entereza y convicción política y de vida inquebrantable. A Jogiches, que tardó dos años (¡dos años!) en aceptar el final de su relación, lo asesinaron de un tiro en la nuca dos meses después del asesinato de Rosa Luxemburgo. Lo mataron en prisión. Rosa, que en 1908 llegó con él al acuerdo de que podían trabajar asuntos políticos en su casa de Berlín siempre que él se comprometiera a abandonar la casa por la noche, le había escrito en 1917 a Hans Diefenbach también desde la cárcel: «sin embargo, una vez más tengo la clara sensación de que la vida es muy hermosa».

La crisis de la socialdemocracia.

Otro de los libros que leí este verano fue La crisis de la socialdemocracia. Yo había leído ya prácticamente todas las obras de Luxemburgo centradas en el combate estratégico (el debate con Bernstein, su elaboración de cómo se articulan las dimensiones económica y política de la lucha de clases a partir de las huelgas de masas en Rusia, etc.), pero todo lo referido al apoyo del SPD al gobierno alemán en la Guerra Mundial lo conocía por análisis posteriores y no directamente por la propia Rosa.

En esta edición de Akal se incluye, además del conocido como Folleto Junius, las Tesis sobre las tareas de la socialdemocracia internacional que Luxemburgo escribió para el Congreso de la Internacional de 1915. El conjunto es una panorámica global a la catástrofe histórica que supuso la aceptación socialdemócrata de los marcos bélicos de la burguesía en 1914 y del pacto de la Unión Sagrada (la aceptación de una tregua en la lucha de clases para unir fuerzas en la lucha entre pueblos). La posición radicalmente pacifista de Rosa Luxemburgo (que no ingenua, moralista ni timorata) y su comprensión de las profundas implicaciones que tendría la Gran Guerra es de sobra conocida. Como esto no pretende ser un análisis exhaustivo del texto y ni siquiera una suerte de reflexión política sobre el mismo, voy a limitarme a comentar dos cuestiones que me han parecido interesantes.

La primera es el nivel de barro y fango que la dirección socialdemócrata aceptó asumir a cambio de mantener su posición social y no ver peligrar su integración en el aparato del Estado alemán. Luxemburgo dedica toda una primera parte a contrastar titulares y editoriales de la prensa socialdemócrata con apenas pocas semanas de diferencia, en los que es evidente el cambio radical de planteamientos desde una retórica llena de radicalismo estético a un llamado al orden y al cumplimiento con los deberes cívicos. Resulta muy interesante ver el modo en que la guerra «contra el zarismo» se vende como una defensa de las libertades y de la posibilidad de existencia de las izquierdas. Luxemburgo cuestiona que ningún tipo de pacto de paz social pueda jamás ser beneficioso para la clase trabajadora, denuncia el modo en que la claudicación del SPD le hace el juego a los intereses imperialistas de Alemania y sus aliados, y señala algo que hoy en día es necesario repetirse a menudo: que a los tiranos sólo deben y pueden derrocarlos sus propios pueblos. Rusia lo haría tres años más tarde.

El segundo aspecto que quiero destacar ocupa menos espacio pero fue (quizá por mis intereses particulares) el punto que más me hizo reflexionar de todo el libro. Dice Luxemburgo que «es una ilusión necia creer que basta con sobrevivir a la guerra, como un conejo se oculta bajo un arbusto hasta que pase la tormenta, para seguir alegremente su camino al paso acostumbrado cuando todo amaina. La guerra mundial ha cambiado las circunstancias de nuestra lucha, y sobre todo nos ha cambiado a nosotros mismos«. Sabemos que la guerra transforma al Capital y modifica sus dinámicas, sus modos de explotación y desposesión y todas sus violencias derivadas. Pero ese nosotros mismos se me ha metido en la cabeza de manera obsesiva desde entonces y no paro de darle vueltas a cómo la psicología humana y la imaginación política se ven afectadas por la realidad terrible de la guerra o por el ejercicio directo de la violencia.

(Nota mental: enfrentar de una vez la tarea siempre postergada de leer a Benjamin y otros pensadores que vivieron el horror del fascismo y la Segunda Guerra Mundial y escribieron de manera más o menos sistemática sobre la violencia. Porque cómo construir un mundo libre y nuevo con hombres y mujeres arrasados).

Pobre mundo.

Pobre mundo fue mi poemario de agosto (sí, voy tardísimo) y al leer su primera parte llegué a pensar que, después de los arrolladores Poemas de amor, había vuelto la Idea Vilariño más centrada en la putrefacción y la muerte. Con la diferencia de que aquí no es la fruta lo que se pudre ni la carne lo que se muere sino la Tierra misma -jamás nombrada y siempre intuida-, el mundo en su dimensión material más concreta. La mayor parte de poemas de este bloque están fechados en Las Toscas (googleo: balneario uruguayo del departamento de Canelones que forma parte del municipio de Parque del Plata) y en ese morirse de la Tierra hay una concepción del mundo no limitada a lo geológico (¿lo ecológico?) sino pensada como resultado social del hacer colectivo. Quizá la Historia, sin más, y en las imágenes marítimas y geológicas no hay por parte de la autora sino un aviso del verdadero contenido del poemario.

La segunda parte, algo más breve, se abre paso entre la estupefacción lectora, que tarda algo en entender qué es exactamente lo que está pasando. Hay, desde el primer poema, algo que lleva a la incomprensión: palabras y expresiones inexistentes en el resto de la obra de Vilariño, un tono vehemente difícilmente esperado, imágenes referidas a universos muy distintos de los que hasta ahora conocíamos. Hasta que de pronto llega, en el comienzo del tercer poema («Qué hijos de una tal por cual / qué bestias / cómo decirlo de otro modo / cómo / qué dedo acusador es suficiente») y una se da cuenta de que Pobre mundo es un poemario inexcusablemente político. A partir de aquí, es todo un crescendo: un poema para Guatemala, otro para Playa Girón, uno más dedicado al Che (el precioso «Digo que no murió») e incluso otro para René Zavaleta.

La Idea Vilariño de Pobre mundo despliega una voz que yo, honestamente, no imaginaba en ella, pero que resulta ser completa y verdadera de una manera absoluta. «Agradecimiento» es, posiblemente, uno de los mejores poemas que he leído nunca. Y, quizá inintencionadamente, también el que cierra el círculo de la mayor parte de imágenes poéticas de la uruguaya: «Y hay -Señores- / seguro / quién lo duda / hay que elegir con decisión porque hay / dos vidas y dos muertes posibles / y porque hay / diferentes maneras de pudrirse». Para acabar de manera perfecta: «Y ustedes / sin quererlo / ayudan a elegir en todo el mundo. / Gracias por todo. Libertad o muerte».

Rosa Luxemburgo y el arte de la política.

El de Frigga Hauf fue el segundo libro que leí este verano antes de meterle mano directamente a la obra de Luxemburgo -mucha relectura, pero también alguna cosa que no había tocado todavía y sobre la que iré escribiendo estas semanas. Escrito por una de las principales representantes de cierta rama del feminismo marxista y traducido por Tinta Limón (una de cuyas editoras es Verónica Gago), el libro es una recopilación de artículos que abarca 30 años de producción de la autora y que se encuentran clara y políticamente posicionados. No sólo, como cabría suponer, en cuanto a su afinidad con la comunista polaca, sino también en lo que respecta a las opiniones de Haug sobre estrategia feminista, política parlamentaria actual o concepción del Estado. Y no voy a entrar por falta de tiempo, pero sí me gustaría decir que, en demasiados puntos, no estoy de acuerdo.

La principal pregunta que las editoras argentinas le conceden al libro, y que la propia Haug plantea en algunos capítulos, es ciertamente estimulante: sabemos que Luxemburgo no fue jamás una feminista en el sentido de que no teorizó sobre problemas de género ni realizó trabajo práctico específicamente orientado a mujeres (a diferencia de su amiga Klara Zetkin), pero, ¿en qué sentido pueden su vida y su obra aportar elementos fructíferos al pensamiento y la práctica feministas contemporáneas? La respuesta, sin embargo, se queda a mi parecer muy lejos del valor de la pregunta.

Por un lado, Haug bosqueja pero no desarrolla las potencialidades teóricas de uno de los principales aportes de Luxemburgo en La acumulación del capital: la afirmación de que las dinámicas del capital necesitan siempre de la existencia de espacios todavía ajenos a su lógica para poder mantener su crecimiento continuo. Este descubrimiento, que Luxemburgo realiza en el contexto de los debates sobre el imperialismo, fue luego utilizado por las feministas marxistas de la década de 1970 para aplicarlo a los debates sobre el trabajo doméstico. No es, cierto, la intención del libro entrar en este tema, pero creo que habría sido especialmente interesante haber seguido leyendo en ese sentido.

Por otro lado, y especialmente en los primeros capítulos (artículos más tempranos), Haug muestra una tendencia a idealizar la actuación femenina, llegando a repetir el típico mantra de que una política llevada a cabo en su mayoría por mujeres sería inequívocamente más social y menos violenta que la existente. No es algo nuevo, claro. Lo hemos escuchado y leído por doquier en los últimos años (la famosa feminización de la política) y, en general, es una idea que resurge periódicamente. Pero también sabemos (y la experiencia histórica lo demuestra) que es mentira. Que la construcción social de género no es estanca sino que se imbrica con toda otra serie de factores, que los intereses de clase se alzan por encima de cualquier aparente interés femenino universal y que, al final, la política la hacen las fuerzas históricas y no la bondad de espíritu. No necesitamos más Margarets Thatchers ni Angelas Merkels para demostrárnoslo.

El capítulo que más interesante me ha parecido (seguramente porque responde en mayor medida a lo que yo iba buscando) es el titulado «La línea Luxemburgo-Gramsci». Más allá de la provocación del título, cogida de Peter Weiss, el artículo analiza las ideas y posiciones de Luxemburgo sobre el parlamentarismo, la democracia, la cultura y el Estado. Se trata de una lectura bastante útil como recopilación sistemática, pero también como apertura de líneas de pensamiento para el presente. Y aunque el texto final del libro («Una estatua para Rosa Luxemburgo») me resultó bastante insulso, he de decir que el que le precede, en el que Haug arremete contra Hanna Arendt y quienes con ella pretenden presentar a Luxemburgo como una no-marxista, me hizo reír de satisfacción bastante.

Rosa Luxemburgo.

Lo sé, voy de nuevo tarde con todo. El verano ha sido el enésimo quiero y no puedo (para sorpresa de nadie), así que se viene retahíla de reseñas más breves de lo normal, o más deslavazadas, o más de ambas cosas. Porque la pila de libros ya leídos que esperan en un rincón de mi escritorio a ser devueltos a su sitio en la estantería va creciendo, y porque si me tomo siquiera la mitad de en serio de lo que debería varios asuntos personales/profesionales, mi escaso tiempo libre se va a evaporar definitivamente este curso.

Rosa Luxemburgo es el libro con el que empecé un intensivo de lectura que inicialmente pensaba acotar al verano pero que por el momento sigue adelante. Me lo regaló un compañero por mi cumpleaños (gracias, Edu) y está compuesto por dos textos separados: «La vida y la obra», de Anna Bisceglie, y «La herética y la herencia», de Dario Renzi. Renzi es a todas luces el coordinador del libro y ejerce un papel, aunque posiblemente inintencionado, de tutelaje sobre Bisceglie. Y aunque el índice presenta una obra de apariencia compacta, lo cierto es que el tono y la intención de ambos textos complica bastante el propósito.

En lo personal, el texto de Anna Bisceglie me ha gustado mucho. A pesar de su promesa meramente biográfica (en un sentido casi vulgar), la autora ofrece un recorrido por la evolución intelectual de Luxemburgo constantemente ligado a sus principales batallas políticas, y construye un mapa de extrema utilidad para conocer su figura o para quienes (como era mi caso) busquen una compilación de lo que en algún momento leyeron más fragmentadamente. La estructuración del texto, la forma en que está escrito y la selección de citas que lo acompañan lo convierten en una lectura accesible, sugerente y muy amena.

El texto de Renzi, sin embargo, me decepcionó bastante. Esperaba encontrar algo así como un desglose de los debates que había sugerido la producción de Rosa Luxemburgo a lo largo de la historia, así como de su recepción y rechazo por parte de diferentes corrientes políticas e intelectuales marxistas. En lugar de eso di con 140 páginas de párrafos grandilocuentes y juicios de valor que no se acompañan de casi ninguna cita ni referencia y que adoptan la forma de un comentario de texto excesivamente largo. Es indudable la profundidad y soltura con la que el autor se desenvuelve en la obra de Luxemburgo; el problema es que el resultado escrito dista de ser útil para casi nadie… salvo que tú interés sea la de conocer la opinión personal de Dario Renzi.

Hay también un punto en la pluma florida de Renzi que me ofende casi personalmente: Luxemburgo no tenía una cierta sensibilidad «por su condición de mujer». No hay en ella nada (ninguna sensibilidad especial, ninguna pasión por la vida, ninguna sutileza en el amor) que no encuentre explicación más que por su condición femenina. A Renzi habría que decirle que, en este punto en particular, no ha entendido nada: la explicación se encuentra en sí misma en su condición de revolucionaria.

Poemas de amor.

La dedicatoria reza: a Juan Carlos Onetti. Y a una le surge la duda de si es que los poemas hablan de él (qué difícil, sin embargo, dedicar al mismo hombre todo lo escrito sobre amor, soledad, abandono y lujuria durante cerca de cuarenta años) o si acaso la autora ha recopilado y empacado todos los poemas escritos a otros para al final poder decir: ten, un regalo. Y qué regalo extraño, entonces: valiosísimo por el desgarro íntimo (aquí estoy, éstas son mis entrañas), envenenado por lo que al rencor supone.

No va a haber demasiada reseña esta vez porque me cuesta verbalizar el modo en que me he visto desbordada por la lectura. Poemas de amor es el poemario (si es que podemos llamar así a los capítulos de su antología, organizada con un criterio abierto a duda) más largo de Idea Vilariño, y en el que se expresa de manera más descarnada el carácter de la autora. Diría más: es la cosa que más me ha gustado, que más me ha perforado, que más me ha deslumbrado desde que empecé a leer poesía. Hasta el punto de quedarme sin respiración a veces, en mitad de un poema. De tener que parar porque la belleza que entraba por los ojos era tal que me nublaba la capacidad de seguir leyendo. Qué locura gigantesca.

Diría que, más allá de mis gustos y de su genialidad estética, Vilariño rompe aquí con la mayor parte de clichés sobre el amor y la poesía a él debida. Hay dolor y silencios, sí, pero nada más: ni evocaciones etéreas, ni metáforas florales, ni exaltación cursi de cosas que cuesta imaginar con la carne. Por el contrario: una aproximación al hecho de ser mujer y al hecho de amar a los hombres, un estudio de buena parte de las cosas que merecen la pena en la vida, un inventario de los momentos que bastarían para alimentarse durante cuatro décadas.

Putas insolentes: la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales.

Llevaba reteniendo esta reseña bastante tiempo por pudor: un amigo me pidió hace ya años un artículo a partir del libro y durante varias semanas he tratado de convencerme de que me iba a ser posible escribirlo. Estar aquí hoy sentada es en cierto modo la constatación de mi derrota. Lo siento, Diego. Mejor algunas ideas rápidas, en cualquier caso, que perder sin remedio la potencia tremenda que contiene la lectura.

Putas insolentes es seguramente lo mejor que se ha escrito nunca para comprender las múltiples dimensiones del trabajo sexual y pensar estrategias que den poder y derechos a las mujeres que lo ejercen. Eso yo ya lo sabía (me leí varias partes en inglés en su momento, mucho antes de que se sopesara la posibilidad de su traducción al castellano), pero el libro entero constituye un conjunto impresionante que te va ensanchando el pensamiento conforme avanzas leyendo. Sus autoras, Juno Mac y Molly Smith, no sólo escriben desde la legitimidad de la primera persona (ambas son trabajadoras sexuales), sino que lo hacen desde la voluntad de trascender los límites de lo experiencial para poder levantar un marco teórico y de análisis sólido, no fragmentado, y útil políticamente.

El libro se estructura en capítulos que analizan, en primer lugar, los tres ejes fundamentales que condicionan la existencia contemporánea de la prostitución (sexo, fronteras, trabajo), para pasar después a analizar las diferentes respuestas jurídico-normativas que se dan internacionalmente. Rompiendo con el binomio reduccionista abolición/regulación que sólo interesa y beneficia a la industria y a los Estados capitalistas, las autoras identifican hasta cinco modelos morales y jurídicos diferenciados: el victoriano británico, la prohibición total («nación cárcel»: Estados Unidos, Sudáfrica y Kenia), el denominado «modelo sueco», el regulacionismo desde la excepcionalidad (presente en Alemania, Países Bajos y Nevada), y el modelo de derechos laborales existente en Nueva Zelanda y Nueva Gales del Sur.

Para mí, Putas insolentes ha supuesto un vuelco en muchos de los planteamientos desde los que defendía los derechos de las trabajadoras sexuales. Destaco, por falta de tiempo (si no, ya sabéis, estaría escribiendo algo más largo y mejor articulado), solamente dos puntos. El primero tiene que ver con la vinculación que muchas activistas hacen (¿hacemos?) entre prostitución y sexualidad libre. La defensa del trabajo sexual desde el terreno de lo simbólico (reapropiarnos del estigma de puta, defender la promiscuidad como una elección respetable, ejercer nuestra sexualidad desde el gozo) muchas veces no tiene nada que ver con las vivencias reales de las trabajadoras sexuales ni con los motivos que llevan a trabajar como tal. La necesidad de defenderse de los ataques y las caricaturas del feminismo punitivista no puede llevar a una idealización que borre los problemas reales, negando de nuevo las vivencias de las mujeres e impidiendo dar respuesta a los problemas y a las violencias que viven.

EL segundo punto es una de las ideas en las que más insisten las autoras y, personalmente, la que más me ha ayudado a reconfigurar mi comprensión del debate. Supone, al mismo tiempo, un giro radical de los términos en los que éste se tiene en la escena pública: basta ya de enroscarnos en la pregunta maniquea de si existe algo así como un derecho al sexo o si la prostitución da respuesta a alguna supuesta necesidad masculina. Lo que desde luego sí existe es un derecho a la supervivencia. Son las trabajadoras sexuales quienes realmente necesitan el trabajo sexual: los clientes pueden sobrevivir sin él; no así ellas. Las trabajadoras sexuales escogen (término quizá menos manoseado y polémico que «eligen») el trabajo sexual entre las distintas opciones que tienen a su alcance, y lo hacen en base a criterios racionales que buscan dar respuesta a sus necesidades concretas. Obviar este hecho (qué evidente irrumpe en cuanto una lo lee) dificulta enormemente la adopción de medidas que no expongan y precaricen aún en mayor medida a las más vulnerables de entre las trabajadoras sexuales.

Mi postura acerca del trabajo sexual ha evolucionado mucho en los últimos 15 años, partiendo siempre del rechazo a la prohibición como algo que intuitivamente sospechaba que tenía consecuencias negativas para todas las mujeres, prostitutas o no. De las posiciones en cierto modo naif, poco conocedoras de la dimensión material de la sexualidad y promovidas sobre todo por su dimensión simbólica, que defendía en la adolescencia, pasé con los años a aceptar los eslóganes facilones de la libre elección tan funcionales a la patronal y al neoliberalismo. Conforme fui formándome teóricamente, y muy especialmente a partir de la lectura del Libro I de El Capital, la mercantilización de la sexualidad adquirió para mí de manera clara una dimensión vinculada al conjunto de las dinámicas capitalistas, imposible de comprender de manera aislada ni mediante tergiversaciones interesadas de quienes se dicen marxistas pero, en cuanto entra en escena el sexo, son incapaces de aplicar un análisis racional sobre capacidad de negociación y venta de la fuerza de trabajo.

La pregunta a través de la que Juno Mac y Molly Smith desarrollan todo su planteamiento es la siguiente: ¿cómo dar poder a las trabajadoras sexuales? ¿Qué políticas y qué marcos jurídicos les concederían un mayor control sobre sí mismas, sobre su trabajo y sobre sus vidas? «Para las feministas punitivistas el problema es el sexo comercial, que produce la trata; para nosotras, el problema son las fronteras, que producen personas que o no tienen o apenas tienen ningún derecho mientras viajan y trabajan. Las soluciones que ponemos son igualmente divergentes. Las feministas punitivistas quieren abordar el comercio sexual mediante el derecho penal, otorgando más poder a la policía. Para las trabajadoras sexuales la solución incluye el desmantelamiento de los cuerpos policiales de inmigración y de los regímenes militarizados de frontera que empujan a las personas indocumentadas a la clandestinidad y clausuran su acceso a la justicia y a la seguridad; en otras palabras, nuestra solución es quitarle poder a la policía y devolvérselo a los migrantes y los trabajadores».

He aprendido mucho (¡muchísimo!) leyendo el libro, de verdad que no dudéis en buscarlo.

La plaza del diamante.

Mercè Rodoreda fue uno de mis grandes descubrimientos del año pasado y una de las maravillas que me ha traído mi empeño en leer más autoras. El efecto que me produjo La calle de las camelias fue tan bestia que casi desde la semana siguiente a haberlo acabado tuve ya La plaza del Diamante en la lista de pendientes. Que haya tardado tanto en abrirlo, bueno, sólo se explica por que esa lista daría para llenar varias decenas de confinamientos.

Una de las cosas que más llama la atención de la que está considerada como la obra cumbre de Rodoreda es la mezcla entre precisión y atolondramiento en sus descripciones. La autora usa un nivel de detalle casi barroco pero que, al mismo tiempo, podría pasar por aleatorio, algo que contribuye a dibujar la personalidad de la protagonista y que en La calle de las camelias yo sólo recuerdo para las flores. Una se pierde en la descripción del interior de las casas, en el detalle de las puntillas de la ropa o en la forma concreta de los banderines de la verbena. Pero no de una forma aburrida, científicamente realista, sino más bien porque el escenario se nos echa encima apabullándonos e impidiéndonos incluso comprenderlo al completo. Seguramente éste sea para mí el rasgo más característico de la escritura de Rodoreda, que espero poder ir comprobando si se mantiene o no en otros de sus títulos.

En un primer momento, La plaza del Diamante me pareció una novela que no estaba a la altura de mi recuerdo de La calle de las camelias. Toda la primera parte (la aparición del Quimet, la figura de su madre, ese cierto realismo mágico todavía poco desarrollado en torno a los lazos y a la escena del Parc Güell y al fantasma de María y al cuadro de las langostas) se me queda corta para lo que era la relación de Cecilia con los hombres. En comparación con ella, Natalia (Colometa) interpreta de de una manera mucho más inescrutable, menos permeable, la interacción con ese (ay) misterio que son los hombres.

Todo cambia con la llegada de las palomas. claro. Creo que se podría dividir el libro en tres partes: el misterio que son los hombres, las palomas, y la vida con el tendero. Y si la primera parte es incomprensión (¿qué es lo que le gusta a Natalia del Quimet, más allá de sus «ojos de mono» y de una cierta «voluntad de hacer daño»?, ¿qué es lo que la lleva a abadonar por él a su primer novio?), la segunda es vorágine. La madre del Quimet desquiciada y las palomas dando vueltas en círculo por los conductos de la casa como un fantasma, Colometa con los ojos febriles agitando los huevos, el hambre y las alucinaciones y las luces azules: Rodoreda alcanza aquí una síntesis impensable entre la atmósfera que Carmen Laforet logra dar a su Nada y los atributos clásicos del realismo mágico. Un momento para parar la lectura sobrecogida y murmurar bajito un: ahora sí, qué maravilla.

Si se examina en profundidad, los vértices de La plaza del Diamante son tantos que llevaría muchos más párrafos pensar con un poco de cuidado sobre apenas los más interesantes. La figura de la Julieta y su noche en el palacete expropiado (qué vínculo más sugerente con las maneras que la amiga ya apuntaba en la verbena que abre el libro), la figura de la señora Enriqueta, el rentismo mediocre y despiadado del señor de Colometa, la figura de la Griselda, el último pensamiento hacia el Mateu o el callado proceso de gestación política de cada personaje. Y, en fin, la última parte del libro: la irrupción del Antoni (quizá personificación, con metáfora o sin ella, del hombre bueno), el descubrimiento un día de Natalia de que él siempre le había dado las gracias pero que ella nunca le había agradecido nada y, a través de esa constatación, su entrada a la vida. Haber transitado décadas para, por fin, permitirse vivir.

Resistencia bisexual: mapas para una disidencia habitable.

El 12 de junio de 2016, a pocos días de la celebración del Orgullo, un hombre armado entró en la discoteca LGTBI Pulse (Orlando, Florida), asesinando a 49 personas. La conmoción fue tremenda. Por algún motivo que entonces no supe comprender, la masacre me afectó de una manera extraña. Acudí sola a la concentración de repulsa que se organizó en mi ciudad y me pasé el acto llorando. Al volver a casa escribí en mis redes sociales el primer texto en el que me reconocía a mí misma, aunque de manera circunstancial y en una posición casi de externidad aliada, como parte de la comunidad LGTBI. Dos semanas más tarde fui a la manifestación del Orgullo con mis amigas. A acompañar, nos decíamos.

Hay una enorme dificultad en reconocer aquello a lo que socialmente nos esforzamos por darle toda otra serie de explicaciones viables. Lo explica a la perfección Elisa Coll en Resistencia bisexual (Melusina, 2021), un libro precioso que te va quitando capas de lastre de encima conforme avanzas en su lectura. Me lo regalaron mis amigas. Recuerdo recibirlo en mi cumpleaños y pensar que iba a tardar un montón en abrirlo, que a mi edad ya tenía mi sexualidad muy aceptada y que no necesitaba identificarme con ninguna pretendida experiencia universal para vivir tranquila. Capítulo tercero: “Lo que no se concibe”. La distancia intangible que hay entre la práctica y la identidad y (sin ser yo muy fan de las identity politics, actualmente encarnadas en primer lugar por los hombres blancos cishetero) la gran importancia que la identidad tiene para la acción política.

Texto completo en Revista CTXT.

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