La crisis de la socialdemocracia.

Otro de los libros que leí este verano fue La crisis de la socialdemocracia. Yo había leído ya prácticamente todas las obras de Luxemburgo centradas en el combate estratégico (el debate con Bernstein, su elaboración de cómo se articulan las dimensiones económica y política de la lucha de clases a partir de las huelgas de masas en Rusia, etc.), pero todo lo referido al apoyo del SPD al gobierno alemán en la Guerra Mundial lo conocía por análisis posteriores y no directamente por la propia Rosa.

En esta edición de Akal se incluye, además del conocido como Folleto Junius, las Tesis sobre las tareas de la socialdemocracia internacional que Luxemburgo escribió para el Congreso de la Internacional de 1915. El conjunto es una panorámica global a la catástrofe histórica que supuso la aceptación socialdemócrata de los marcos bélicos de la burguesía en 1914 y del pacto de la Unión Sagrada (la aceptación de una tregua en la lucha de clases para unir fuerzas en la lucha entre pueblos). La posición radicalmente pacifista de Rosa Luxemburgo (que no ingenua, moralista ni timorata) y su comprensión de las profundas implicaciones que tendría la Gran Guerra es de sobra conocida. Como esto no pretende ser un análisis exhaustivo del texto y ni siquiera una suerte de reflexión política sobre el mismo, voy a limitarme a comentar dos cuestiones que me han parecido interesantes.

La primera es el nivel de barro y fango que la dirección socialdemócrata aceptó asumir a cambio de mantener su posición social y no ver peligrar su integración en el aparato del Estado alemán. Luxemburgo dedica toda una primera parte a contrastar titulares y editoriales de la prensa socialdemócrata con apenas pocas semanas de diferencia, en los que es evidente el cambio radical de planteamientos desde una retórica llena de radicalismo estético a un llamado al orden y al cumplimiento con los deberes cívicos. Resulta muy interesante ver el modo en que la guerra «contra el zarismo» se vende como una defensa de las libertades y de la posibilidad de existencia de las izquierdas. Luxemburgo cuestiona que ningún tipo de pacto de paz social pueda jamás ser beneficioso para la clase trabajadora, denuncia el modo en que la claudicación del SPD le hace el juego a los intereses imperialistas de Alemania y sus aliados, y señala algo que hoy en día es necesario repetirse a menudo: que a los tiranos sólo deben y pueden derrocarlos sus propios pueblos. Rusia lo haría tres años más tarde.

El segundo aspecto que quiero destacar ocupa menos espacio pero fue (quizá por mis intereses particulares) el punto que más me hizo reflexionar de todo el libro. Dice Luxemburgo que «es una ilusión necia creer que basta con sobrevivir a la guerra, como un conejo se oculta bajo un arbusto hasta que pase la tormenta, para seguir alegremente su camino al paso acostumbrado cuando todo amaina. La guerra mundial ha cambiado las circunstancias de nuestra lucha, y sobre todo nos ha cambiado a nosotros mismos«. Sabemos que la guerra transforma al Capital y modifica sus dinámicas, sus modos de explotación y desposesión y todas sus violencias derivadas. Pero ese nosotros mismos se me ha metido en la cabeza de manera obsesiva desde entonces y no paro de darle vueltas a cómo la psicología humana y la imaginación política se ven afectadas por la realidad terrible de la guerra o por el ejercicio directo de la violencia.

(Nota mental: enfrentar de una vez la tarea siempre postergada de leer a Benjamin y otros pensadores que vivieron el horror del fascismo y la Segunda Guerra Mundial y escribieron de manera más o menos sistemática sobre la violencia. Porque cómo construir un mundo libre y nuevo con hombres y mujeres arrasados).

Pobre mundo.

Pobre mundo fue mi poemario de agosto (sí, voy tardísimo) y al leer su primera parte llegué a pensar que, después de los arrolladores Poemas de amor, había vuelto la Idea Vilariño más centrada en la putrefacción y la muerte. Con la diferencia de que aquí no es la fruta lo que se pudre ni la carne lo que se muere sino la Tierra misma -jamás nombrada y siempre intuida-, el mundo en su dimensión material más concreta. La mayor parte de poemas de este bloque están fechados en Las Toscas (googleo: balneario uruguayo del departamento de Canelones que forma parte del municipio de Parque del Plata) y en ese morirse de la Tierra hay una concepción del mundo no limitada a lo geológico (¿lo ecológico?) sino pensada como resultado social del hacer colectivo. Quizá la Historia, sin más, y en las imágenes marítimas y geológicas no hay por parte de la autora sino un aviso del verdadero contenido del poemario.

La segunda parte, algo más breve, se abre paso entre la estupefacción lectora, que tarda algo en entender qué es exactamente lo que está pasando. Hay, desde el primer poema, algo que lleva a la incomprensión: palabras y expresiones inexistentes en el resto de la obra de Vilariño, un tono vehemente difícilmente esperado, imágenes referidas a universos muy distintos de los que hasta ahora conocíamos. Hasta que de pronto llega, en el comienzo del tercer poema («Qué hijos de una tal por cual / qué bestias / cómo decirlo de otro modo / cómo / qué dedo acusador es suficiente») y una se da cuenta de que Pobre mundo es un poemario inexcusablemente político. A partir de aquí, es todo un crescendo: un poema para Guatemala, otro para Playa Girón, uno más dedicado al Che (el precioso «Digo que no murió») e incluso otro para René Zavaleta.

La Idea Vilariño de Pobre mundo despliega una voz que yo, honestamente, no imaginaba en ella, pero que resulta ser completa y verdadera de una manera absoluta. «Agradecimiento» es, posiblemente, uno de los mejores poemas que he leído nunca. Y, quizá inintencionadamente, también el que cierra el círculo de la mayor parte de imágenes poéticas de la uruguaya: «Y hay -Señores- / seguro / quién lo duda / hay que elegir con decisión porque hay / dos vidas y dos muertes posibles / y porque hay / diferentes maneras de pudrirse». Para acabar de manera perfecta: «Y ustedes / sin quererlo / ayudan a elegir en todo el mundo. / Gracias por todo. Libertad o muerte».

Rosa Luxemburgo y el arte de la política.

El de Frigga Hauf fue el segundo libro que leí este verano antes de meterle mano directamente a la obra de Luxemburgo -mucha relectura, pero también alguna cosa que no había tocado todavía y sobre la que iré escribiendo estas semanas. Escrito por una de las principales representantes de cierta rama del feminismo marxista y traducido por Tinta Limón (una de cuyas editoras es Verónica Gago), el libro es una recopilación de artículos que abarca 30 años de producción de la autora y que se encuentran clara y políticamente posicionados. No sólo, como cabría suponer, en cuanto a su afinidad con la comunista polaca, sino también en lo que respecta a las opiniones de Haug sobre estrategia feminista, política parlamentaria actual o concepción del Estado. Y no voy a entrar por falta de tiempo, pero sí me gustaría decir que, en demasiados puntos, no estoy de acuerdo.

La principal pregunta que las editoras argentinas le conceden al libro, y que la propia Haug plantea en algunos capítulos, es ciertamente estimulante: sabemos que Luxemburgo no fue jamás una feminista en el sentido de que no teorizó sobre problemas de género ni realizó trabajo práctico específicamente orientado a mujeres (a diferencia de su amiga Klara Zetkin), pero, ¿en qué sentido pueden su vida y su obra aportar elementos fructíferos al pensamiento y la práctica feministas contemporáneas? La respuesta, sin embargo, se queda a mi parecer muy lejos del valor de la pregunta.

Por un lado, Haug bosqueja pero no desarrolla las potencialidades teóricas de uno de los principales aportes de Luxemburgo en La acumulación del capital: la afirmación de que las dinámicas del capital necesitan siempre de la existencia de espacios todavía ajenos a su lógica para poder mantener su crecimiento continuo. Este descubrimiento, que Luxemburgo realiza en el contexto de los debates sobre el imperialismo, fue luego utilizado por las feministas marxistas de la década de 1970 para aplicarlo a los debates sobre el trabajo doméstico. No es, cierto, la intención del libro entrar en este tema, pero creo que habría sido especialmente interesante haber seguido leyendo en ese sentido.

Por otro lado, y especialmente en los primeros capítulos (artículos más tempranos), Haug muestra una tendencia a idealizar la actuación femenina, llegando a repetir el típico mantra de que una política llevada a cabo en su mayoría por mujeres sería inequívocamente más social y menos violenta que la existente. No es algo nuevo, claro. Lo hemos escuchado y leído por doquier en los últimos años (la famosa feminización de la política) y, en general, es una idea que resurge periódicamente. Pero también sabemos (y la experiencia histórica lo demuestra) que es mentira. Que la construcción social de género no es estanca sino que se imbrica con toda otra serie de factores, que los intereses de clase se alzan por encima de cualquier aparente interés femenino universal y que, al final, la política la hacen las fuerzas históricas y no la bondad de espíritu. No necesitamos más Margarets Thatchers ni Angelas Merkels para demostrárnoslo.

El capítulo que más interesante me ha parecido (seguramente porque responde en mayor medida a lo que yo iba buscando) es el titulado «La línea Luxemburgo-Gramsci». Más allá de la provocación del título, cogida de Peter Weiss, el artículo analiza las ideas y posiciones de Luxemburgo sobre el parlamentarismo, la democracia, la cultura y el Estado. Se trata de una lectura bastante útil como recopilación sistemática, pero también como apertura de líneas de pensamiento para el presente. Y aunque el texto final del libro («Una estatua para Rosa Luxemburgo») me resultó bastante insulso, he de decir que el que le precede, en el que Haug arremete contra Hanna Arendt y quienes con ella pretenden presentar a Luxemburgo como una no-marxista, me hizo reír de satisfacción bastante.

Rosa Luxemburgo.

Lo sé, voy de nuevo tarde con todo. El verano ha sido el enésimo quiero y no puedo (para sorpresa de nadie), así que se viene retahíla de reseñas más breves de lo normal, o más deslavazadas, o más de ambas cosas. Porque la pila de libros ya leídos que esperan en un rincón de mi escritorio a ser devueltos a su sitio en la estantería va creciendo, y porque si me tomo siquiera la mitad de en serio de lo que debería varios asuntos personales/profesionales, mi escaso tiempo libre se va a evaporar definitivamente este curso.

Rosa Luxemburgo es el libro con el que empecé un intensivo de lectura que inicialmente pensaba acotar al verano pero que por el momento sigue adelante. Me lo regaló un compañero por mi cumpleaños (gracias, Edu) y está compuesto por dos textos separados: «La vida y la obra», de Anna Bisceglie, y «La herética y la herencia», de Dario Renzi. Renzi es a todas luces el coordinador del libro y ejerce un papel, aunque posiblemente inintencionado, de tutelaje sobre Bisceglie. Y aunque el índice presenta una obra de apariencia compacta, lo cierto es que el tono y la intención de ambos textos complica bastante el propósito.

En lo personal, el texto de Anna Bisceglie me ha gustado mucho. A pesar de su promesa meramente biográfica (en un sentido casi vulgar), la autora ofrece un recorrido por la evolución intelectual de Luxemburgo constantemente ligado a sus principales batallas políticas, y construye un mapa de extrema utilidad para conocer su figura o para quienes (como era mi caso) busquen una compilación de lo que en algún momento leyeron más fragmentadamente. La estructuración del texto, la forma en que está escrito y la selección de citas que lo acompañan lo convierten en una lectura accesible, sugerente y muy amena.

El texto de Renzi, sin embargo, me decepcionó bastante. Esperaba encontrar algo así como un desglose de los debates que había sugerido la producción de Rosa Luxemburgo a lo largo de la historia, así como de su recepción y rechazo por parte de diferentes corrientes políticas e intelectuales marxistas. En lugar de eso di con 140 páginas de párrafos grandilocuentes y juicios de valor que no se acompañan de casi ninguna cita ni referencia y que adoptan la forma de un comentario de texto excesivamente largo. Es indudable la profundidad y soltura con la que el autor se desenvuelve en la obra de Luxemburgo; el problema es que el resultado escrito dista de ser útil para casi nadie… salvo que tú interés sea la de conocer la opinión personal de Dario Renzi.

Hay también un punto en la pluma florida de Renzi que me ofende casi personalmente: Luxemburgo no tenía una cierta sensibilidad «por su condición de mujer». No hay en ella nada (ninguna sensibilidad especial, ninguna pasión por la vida, ninguna sutileza en el amor) que no encuentre explicación más que por su condición femenina. A Renzi habría que decirle que, en este punto en particular, no ha entendido nada: la explicación se encuentra en sí misma en su condición de revolucionaria.

Poemas de amor.

La dedicatoria reza: a Juan Carlos Onetti. Y a una le surge la duda de si es que los poemas hablan de él (qué difícil, sin embargo, dedicar al mismo hombre todo lo escrito sobre amor, soledad, abandono y lujuria durante cerca de cuarenta años) o si acaso la autora ha recopilado y empacado todos los poemas escritos a otros para al final poder decir: ten, un regalo. Y qué regalo extraño, entonces: valiosísimo por el desgarro íntimo (aquí estoy, éstas son mis entrañas), envenenado por lo que al rencor supone.

No va a haber demasiada reseña esta vez porque me cuesta verbalizar el modo en que me he visto desbordada por la lectura. Poemas de amor es el poemario (si es que podemos llamar así a los capítulos de su antología, organizada con un criterio abierto a duda) más largo de Idea Vilariño, y en el que se expresa de manera más descarnada el carácter de la autora. Diría más: es la cosa que más me ha gustado, que más me ha perforado, que más me ha deslumbrado desde que empecé a leer poesía. Hasta el punto de quedarme sin respiración a veces, en mitad de un poema. De tener que parar porque la belleza que entraba por los ojos era tal que me nublaba la capacidad de seguir leyendo. Qué locura gigantesca.

Diría que, más allá de mis gustos y de su genialidad estética, Vilariño rompe aquí con la mayor parte de clichés sobre el amor y la poesía a él debida. Hay dolor y silencios, sí, pero nada más: ni evocaciones etéreas, ni metáforas florales, ni exaltación cursi de cosas que cuesta imaginar con la carne. Por el contrario: una aproximación al hecho de ser mujer y al hecho de amar a los hombres, un estudio de buena parte de las cosas que merecen la pena en la vida, un inventario de los momentos que bastarían para alimentarse durante cuatro décadas.

Putas insolentes: la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales.

Llevaba reteniendo esta reseña bastante tiempo por pudor: un amigo me pidió hace ya años un artículo a partir del libro y durante varias semanas he tratado de convencerme de que me iba a ser posible escribirlo. Estar aquí hoy sentada es en cierto modo la constatación de mi derrota. Lo siento, Diego. Mejor algunas ideas rápidas, en cualquier caso, que perder sin remedio la potencia tremenda que contiene la lectura.

Putas insolentes es seguramente lo mejor que se ha escrito nunca para comprender las múltiples dimensiones del trabajo sexual y pensar estrategias que den poder y derechos a las mujeres que lo ejercen. Eso yo ya lo sabía (me leí varias partes en inglés en su momento, mucho antes de que se sopesara la posibilidad de su traducción al castellano), pero el libro entero constituye un conjunto impresionante que te va ensanchando el pensamiento conforme avanzas leyendo. Sus autoras, Juno Mac y Molly Smith, no sólo escriben desde la legitimidad de la primera persona (ambas son trabajadoras sexuales), sino que lo hacen desde la voluntad de trascender los límites de lo experiencial para poder levantar un marco teórico y de análisis sólido, no fragmentado, y útil políticamente.

El libro se estructura en capítulos que analizan, en primer lugar, los tres ejes fundamentales que condicionan la existencia contemporánea de la prostitución (sexo, fronteras, trabajo), para pasar después a analizar las diferentes respuestas jurídico-normativas que se dan internacionalmente. Rompiendo con el binomio reduccionista abolición/regulación que sólo interesa y beneficia a la industria y a los Estados capitalistas, las autoras identifican hasta cinco modelos morales y jurídicos diferenciados: el victoriano británico, la prohibición total («nación cárcel»: Estados Unidos, Sudáfrica y Kenia), el denominado «modelo sueco», el regulacionismo desde la excepcionalidad (presente en Alemania, Países Bajos y Nevada), y el modelo de derechos laborales existente en Nueva Zelanda y Nueva Gales del Sur.

Para mí, Putas insolentes ha supuesto un vuelco en muchos de los planteamientos desde los que defendía los derechos de las trabajadoras sexuales. Destaco, por falta de tiempo (si no, ya sabéis, estaría escribiendo algo más largo y mejor articulado), solamente dos puntos. El primero tiene que ver con la vinculación que muchas activistas hacen (¿hacemos?) entre prostitución y sexualidad libre. La defensa del trabajo sexual desde el terreno de lo simbólico (reapropiarnos del estigma de puta, defender la promiscuidad como una elección respetable, ejercer nuestra sexualidad desde el gozo) muchas veces no tiene nada que ver con las vivencias reales de las trabajadoras sexuales ni con los motivos que llevan a trabajar como tal. La necesidad de defenderse de los ataques y las caricaturas del feminismo punitivista no puede llevar a una idealización que borre los problemas reales, negando de nuevo las vivencias de las mujeres e impidiendo dar respuesta a los problemas y a las violencias que viven.

EL segundo punto es una de las ideas en las que más insisten las autoras y, personalmente, la que más me ha ayudado a reconfigurar mi comprensión del debate. Supone, al mismo tiempo, un giro radical de los términos en los que éste se tiene en la escena pública: basta ya de enroscarnos en la pregunta maniquea de si existe algo así como un derecho al sexo o si la prostitución da respuesta a alguna supuesta necesidad masculina. Lo que desde luego sí existe es un derecho a la supervivencia. Son las trabajadoras sexuales quienes realmente necesitan el trabajo sexual: los clientes pueden sobrevivir sin él; no así ellas. Las trabajadoras sexuales escogen (término quizá menos manoseado y polémico que «eligen») el trabajo sexual entre las distintas opciones que tienen a su alcance, y lo hacen en base a criterios racionales que buscan dar respuesta a sus necesidades concretas. Obviar este hecho (qué evidente irrumpe en cuanto una lo lee) dificulta enormemente la adopción de medidas que no expongan y precaricen aún en mayor medida a las más vulnerables de entre las trabajadoras sexuales.

Mi postura acerca del trabajo sexual ha evolucionado mucho en los últimos 15 años, partiendo siempre del rechazo a la prohibición como algo que intuitivamente sospechaba que tenía consecuencias negativas para todas las mujeres, prostitutas o no. De las posiciones en cierto modo naif, poco conocedoras de la dimensión material de la sexualidad y promovidas sobre todo por su dimensión simbólica, que defendía en la adolescencia, pasé con los años a aceptar los eslóganes facilones de la libre elección tan funcionales a la patronal y al neoliberalismo. Conforme fui formándome teóricamente, y muy especialmente a partir de la lectura del Libro I de El Capital, la mercantilización de la sexualidad adquirió para mí de manera clara una dimensión vinculada al conjunto de las dinámicas capitalistas, imposible de comprender de manera aislada ni mediante tergiversaciones interesadas de quienes se dicen marxistas pero, en cuanto entra en escena el sexo, son incapaces de aplicar un análisis racional sobre capacidad de negociación y venta de la fuerza de trabajo.

La pregunta a través de la que Juno Mac y Molly Smith desarrollan todo su planteamiento es la siguiente: ¿cómo dar poder a las trabajadoras sexuales? ¿Qué políticas y qué marcos jurídicos les concederían un mayor control sobre sí mismas, sobre su trabajo y sobre sus vidas? «Para las feministas punitivistas el problema es el sexo comercial, que produce la trata; para nosotras, el problema son las fronteras, que producen personas que o no tienen o apenas tienen ningún derecho mientras viajan y trabajan. Las soluciones que ponemos son igualmente divergentes. Las feministas punitivistas quieren abordar el comercio sexual mediante el derecho penal, otorgando más poder a la policía. Para las trabajadoras sexuales la solución incluye el desmantelamiento de los cuerpos policiales de inmigración y de los regímenes militarizados de frontera que empujan a las personas indocumentadas a la clandestinidad y clausuran su acceso a la justicia y a la seguridad; en otras palabras, nuestra solución es quitarle poder a la policía y devolvérselo a los migrantes y los trabajadores».

He aprendido mucho (¡muchísimo!) leyendo el libro, de verdad que no dudéis en buscarlo.

La plaza del diamante.

Mercè Rodoreda fue uno de mis grandes descubrimientos del año pasado y una de las maravillas que me ha traído mi empeño en leer más autoras. El efecto que me produjo La calle de las camelias fue tan bestia que casi desde la semana siguiente a haberlo acabado tuve ya La plaza del Diamante en la lista de pendientes. Que haya tardado tanto en abrirlo, bueno, sólo se explica por que esa lista daría para llenar varias decenas de confinamientos.

Una de las cosas que más llama la atención de la que está considerada como la obra cumbre de Rodoreda es la mezcla entre precisión y atolondramiento en sus descripciones. La autora usa un nivel de detalle casi barroco pero que, al mismo tiempo, podría pasar por aleatorio, algo que contribuye a dibujar la personalidad de la protagonista y que en La calle de las camelias yo sólo recuerdo para las flores. Una se pierde en la descripción del interior de las casas, en el detalle de las puntillas de la ropa o en la forma concreta de los banderines de la verbena. Pero no de una forma aburrida, científicamente realista, sino más bien porque el escenario se nos echa encima apabullándonos e impidiéndonos incluso comprenderlo al completo. Seguramente éste sea para mí el rasgo más característico de la escritura de Rodoreda, que espero poder ir comprobando si se mantiene o no en otros de sus títulos.

En un primer momento, La plaza del Diamante me pareció una novela que no estaba a la altura de mi recuerdo de La calle de las camelias. Toda la primera parte (la aparición del Quimet, la figura de su madre, ese cierto realismo mágico todavía poco desarrollado en torno a los lazos y a la escena del Parc Güell y al fantasma de María y al cuadro de las langostas) se me queda corta para lo que era la relación de Cecilia con los hombres. En comparación con ella, Natalia (Colometa) interpreta de de una manera mucho más inescrutable, menos permeable, la interacción con ese (ay) misterio que son los hombres.

Todo cambia con la llegada de las palomas. claro. Creo que se podría dividir el libro en tres partes: el misterio que son los hombres, las palomas, y la vida con el tendero. Y si la primera parte es incomprensión (¿qué es lo que le gusta a Natalia del Quimet, más allá de sus «ojos de mono» y de una cierta «voluntad de hacer daño»?, ¿qué es lo que la lleva a abadonar por él a su primer novio?), la segunda es vorágine. La madre del Quimet desquiciada y las palomas dando vueltas en círculo por los conductos de la casa como un fantasma, Colometa con los ojos febriles agitando los huevos, el hambre y las alucinaciones y las luces azules: Rodoreda alcanza aquí una síntesis impensable entre la atmósfera que Carmen Laforet logra dar a su Nada y los atributos clásicos del realismo mágico. Un momento para parar la lectura sobrecogida y murmurar bajito un: ahora sí, qué maravilla.

Si se examina en profundidad, los vértices de La plaza del Diamante son tantos que llevaría muchos más párrafos pensar con un poco de cuidado sobre apenas los más interesantes. La figura de la Julieta y su noche en el palacete expropiado (qué vínculo más sugerente con las maneras que la amiga ya apuntaba en la verbena que abre el libro), la figura de la señora Enriqueta, el rentismo mediocre y despiadado del señor de Colometa, la figura de la Griselda, el último pensamiento hacia el Mateu o el callado proceso de gestación política de cada personaje. Y, en fin, la última parte del libro: la irrupción del Antoni (quizá personificación, con metáfora o sin ella, del hombre bueno), el descubrimiento un día de Natalia de que él siempre le había dado las gracias pero que ella nunca le había agradecido nada y, a través de esa constatación, su entrada a la vida. Haber transitado décadas para, por fin, permitirse vivir.

Resistencia bisexual: mapas para una disidencia habitable.

El 12 de junio de 2016, a pocos días de la celebración del Orgullo, un hombre armado entró en la discoteca LGTBI Pulse (Orlando, Florida), asesinando a 49 personas. La conmoción fue tremenda. Por algún motivo que entonces no supe comprender, la masacre me afectó de una manera extraña. Acudí sola a la concentración de repulsa que se organizó en mi ciudad y me pasé el acto llorando. Al volver a casa escribí en mis redes sociales el primer texto en el que me reconocía a mí misma, aunque de manera circunstancial y en una posición casi de externidad aliada, como parte de la comunidad LGTBI. Dos semanas más tarde fui a la manifestación del Orgullo con mis amigas. A acompañar, nos decíamos.

Hay una enorme dificultad en reconocer aquello a lo que socialmente nos esforzamos por darle toda otra serie de explicaciones viables. Lo explica a la perfección Elisa Coll en Resistencia bisexual (Melusina, 2021), un libro precioso que te va quitando capas de lastre de encima conforme avanzas en su lectura. Me lo regalaron mis amigas. Recuerdo recibirlo en mi cumpleaños y pensar que iba a tardar un montón en abrirlo, que a mi edad ya tenía mi sexualidad muy aceptada y que no necesitaba identificarme con ninguna pretendida experiencia universal para vivir tranquila. Capítulo tercero: “Lo que no se concibe”. La distancia intangible que hay entre la práctica y la identidad y (sin ser yo muy fan de las identity politics, actualmente encarnadas en primer lugar por los hombres blancos cishetero) la gran importancia que la identidad tiene para la acción política.

Texto completo en Revista CTXT.

Nocturnos.

Llevo un tiempo dándole vueltas al modo en que están ordenados los poemas en la Poesía completa de Idea VIlariño editada por Lumen. No es cronológico, eso está claro, pero la ausencia de prólogo o de explicación alguna complica entender por qué algunos están prácticamente sueltos y otros, como en este caso, parecen agruparse según criterios temáticos. ¿Lo decidió así la autora? ¿Hay una mano editora detrás a la que se le ha negado la firma? ¿Fueron publicados en unidades compactas en su momento, o existieron en un primer momento como poemas aislados, sin conexión aparente? No lo sé, y he decidido que no quiero saberlo hasta que acabe todo el libro. Prefiero conocer a la poeta por su obra, ir haciéndome poco a poco mi propia idea sin la influencia que la realidad siempre ejerce.

Fuese o no un poemario en sí mismo inicialmente, Nocturnos me ha parecido lo más arrebatador que hasta el momento he leído de Idea Vilariño. Con poemas que abarcan desde las décadas de 1950 y 1960 hasta (puntualmente) 2001, se podría decir que su principal característica común es precisamente esa: están escritos de noche. Y la noche los empapa y los desborda de una manera inconfundible. Tanto, que se hace imposible imaginar que ninguno de ellos hubiera podido ser escrito de día.

Vuelve a aparecer la muerte, pero una muerte distinta a la de anteriores poemarios. Aquí la muerte es una acción, un algo en movimiento que llega y se supera. Quizá vinculada («Si muriera esta noche / si pudiera morir / si me muriera / si este coito feroz / interminable / peleado y sin clemencia / abrazo sin piedad / beso sin tregua / alcanzara su colmo y se aflojara») al sexo de una manera lógica. O una muerte que es otra cosa: la soledad absoluta, la soledad física del «Y nadie a quien poder / abrazarse llorando» escrito por alguien que firma el poema con un: 3.30 h. Imposible escribir esto de día.

Nocturnos ha sido mi poemario de junio y me ha dejado, a veces, con la respiración cortada. Qué cosa tremenda Idea Vilariño.

Stone Butch Blues.

La traducción de Stone Butch Blues el año pasado por Antipersona (ahora Levanta Fuego) fue algo así como el bombazo del año en lo que a editoriales independientes y literatura política se refiere. Se dijo que era «novela de culto en la comunidad LGTBI» y que estaba considerada «una de las mejores novelas estadounidenses del siglo XX». Nunca antes había oído mencionar, sin embargo, el nombre de Leslie Feinberg. También se habló mucho del precio: 12€ por un libro de más de 500 páginas, y justo ahora con lo caro que está el papel, menuda locura editorial, a quién podría habérsele ocurrido.

Stone Butch Blues es la historia de Jess Goldberg, una butch nacida en Buffalo en alguna fecha próxima a 1950. No es necesariamente una historia autobiográfica (la autora da las gracias al equipo editor, en la nota sobre la edición por el 20º aniversario, por haberle permitido retirar su cara de la portada evitando confusiones con un personaje ficticio), pero es innegable que las vivencias y la comprensión del mundo de Leslie Feinberg empapan la novela con una intensidad especial. No sólo el contenido, también la forma: fue Feinberg quien dejó escrito que daba permiso indiscriminado para traducir y publicar su obra, siempre que el objetivo no fuera el lucro privado y que el precio de venta no fuera superior a lo necesario para cubrir costes. De ahí los 12€.

No sé qué esperaba de la lectura, pero hay dos factores que lo han descuadrado todo. El primero es geográfico: Buffalo no es Nueva York ni San Francisco. Los relatos de disidencia a los que estamos acostumbrados, aún con toda su carga de dolor y dureza, se desarrollan mayoritariamente en escenarios donde el encuentro colectivo es al menos posible. Stone Butch Blues no. Y ese descuadre nos abre la puerta a descubrir otras vidas, que siempre estuvieron ahí a pesar de no ser filmadas. El segundo desajuste es temporal: frente a la narrativa esperada que da siempre comienzo en 1968 en el Stonewall Inn, la vida de Jess comienza mucho antes. El movimiento de liberación LGTBI la alcanza ya como mujer adulta, con demasiadas decisiones tomadas a sus espaldas y una identidad formada que ni ella misma comprende pero que difícilmente parece encajar con las nuevas categorías propuestas.

Hay más factores en la lectura, claro. La principal es la clase. Por la propia trayectoria vital de Jess (el trabajo en las fábricas, las consecuencias físicas sobre el cuerpo, su entrada en el sindicalismo) y por el contraste con las mujeres universitarias que se empiezan a organizar en tanto que lesbianas (la primera vez que Jess pronuncia esa palabra es en la página 249 del libro) a finales de los años sesenta. Porque Stone Butch Blues es una novela LGTBI, pero también (y al mismo nivel) una novela de la clase obrera. De las personas reales que la componen y que ponen sus cuerpos y sus vidas por delante: en los piquetes, en las comisarías, en las máquinas que te mutilan y ante los caseros que te roban todo lo que tenías.

La clase está presente también (imposible de otra forma) en la manera en que el género se expresa y se performa, una de mis obsesiones del último tiempo. El diálogo entre Theresa y Jess a colación de las lesbianas universitarias y sus códigos de género (no demasiado masculinas, pues no quieren parecer hombres; no demasiado femeninas, para demostrar su liberación política) es una de las partes que más me han tocado en lo personal de todo el libro, y que más útil me parece para pensar un montón de debates contemporáneos. Cómo nos expresamos, el modo en que la identidad está constituida en buena medida no por nuestras propias decisiones sino por las violencias estructurales que éstas generan (llorando a raudales con el capítulo de las hormonas), todo lo que sugiere la maravillosa aparición del personaje de Ruth y la manera en que la autora consigue hacernos ver como natural y evidente la conexión entre Duffy y el movimiento por las libertades sexuales.

El de Leslie Feinberg es un libro precioso, arrollador, que te llena de dolor y rabia pero también de amor y esperanza, y que finaliza dejándote un montón de sensaciones buenas y una siembra de emoción en el cuerpo. Si sois de quienes buscáis una lectura que enganche y algo más larga de lo normal para verano, id a por ésta sin duda.

Otoños y otras luces.

Un par de ironías: leer sobre otoños en primavera (pues ha sido éste mi poemario de mayo) y que sea así, con la llegada del calor y los días largos pero con la nostalgia de las hojas caídas, que digo adiós a la poesía completa de Ángel González. Otoños y otras luces es el último poemario del poeta, publicado en 2001 (año de su muerte) y cierre de un volumen que abrí por primera vez en julio de 2020 y que he ido leyendo con deleite y a trompicones hasta la fecha. Podéis encontrar las reseñas de los diez poemarios anteriores archivados bajo la etiqueta «Ángel González».

Otoños y otras luces se divide en cuatro partes: «Otoños», «La luz a ti debida» (cómo no pensar, ay, en Pedro Salinas), «Glosas en homenaje a C.R.» (Claudio Rodríguez, poeta de la Generación del 50 fallecido dos años antes que Ángel González) y «Otras luces». Es, en todos los sentidos, un poemario de final de vida: desde las palabras escogidas a la tonalidad de los poemas, todo potencia una sensación suave y calmada de despedida. Desde «El otoño se acerca», poema que abre la lectura («Se diría que aquí no pasa nada / pero un silencio súbito ilumina el prodigio: / ha pasado / un ángel / que se llamaba luz, o fuego, o vida. / Y lo perdimos para siempre») hasta el final de «Aquella luz», cierre de «Otras luces»: «Aquella luz que iluminaba todo / lo que en nuestro deseo se encendía / ¿no volverá a brillar?».

Para mi gusto, la primera y última parte del poemario son las más bonitas y conseguidas. En «La luz a ti debida» el poeta vuelve a la evocación romántica-lujuriosa de la feminidad joven que tan disonante me pareció ya en algún otro de sus poemarios de madurez, y no he leído a Claudio Rodríguez pero la temática machadiana de las glosas a él dedicadas me hace intuir una poesía que se me haría en cierto modo anodina. Lo demás, quiero creer, es distinto: Ángel González habla de la vida desde la consciencia de que a él se le acaba. Los otoños siempre desde otra parte («un verano obstinado en perpetuarse»), las otras luces como destellos de todas las posibilidades que no fueron y de un pasado que es ya incluso otra cosa.

«Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesa de noche / por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro», escribe el poeta. Un poco así, a veces: la crudeza tan real de la vida. Ángel González fue la apuesta más grande que hice hace dos años, cuando tomé la decisión de empezar a leer poesía (¡comprarme así, sin prueba previa, las obras completas de un tipo al que apenas le había leído un par de versos!). A día de hoy es un nombre que abrazo con eterno cariño y con el agradecimiento de haberme enseñado un montón de cosas sobre todo lo bueno, pero muy especialmente sobre la belleza. Le despido leyendo sobre otoños en primavera. Supongo que es un poco como él mismo escribe: «Entonces era otoño en primavera, / o tal vez al revés: / era una primavera semejante al otoño». No os privéis de su lectura.

La radicalidad del amor.

Qué difícil escribir sobre un libro que ha resultado ser algo tan radicalmente distinto a lo esperado. Empecé La radicalidad del amor casi con ansia, esperando encontrar en el desarrollo de las preguntas de su contracubierta («¿Qué hay de radical en un concepto aparentemente conservador como es el amor? ¿Por qué es cualquier cosa menos conservador?») desarrollos que complementaran los que yo llevo trabajando desde hace tiempo. La propuesta de Horvat no puede ser más prometedora: recorrer las principales revoluciones del siglo XX para examinar el modo en que cada una abordó la cuestión amorosa. El sello editorial (larga vida a katakrak) y la portada (preciosísima) parecían blindar esa promesa. Ha sido una de las veces, sin embargo, en las que una se equivoca estrepitosamente.

El libro de Horvat no solo es inconsistente, aleatorio en sus objetos y métodos de análisis y está plagado de juicios morales: carece además de un punto de partida básico en lo que a definición de conceptos y planteamiento político se refiere. No sólo es, como me decía hace poco M., que carezca de perspectiva feminista (como si eso no fuera ya bastante). Es peor: pretende hacer una defensa del amor abstracto limitando éste al amor de pareja (qué modelo de sociedad más triste, más pobre, más carente de cualquier resquicio de verdadero socialismo será cualquiera que pueda salir de eso) y reivindicando como puro y real únicamente el amor posesivo, violento y excluyente que se nos trata de imponer en el presente. «¿Un verdadero encuentro no debería incluir una cruzada, o a veces, incluso, una temporada en el infierno?», dice literalmente Horvat en uno de los primeros capítulos. Y una tiene que controlarse las ganas de abandonar la lectura por vergüenza ajena y de gritarle al autor que cómo tiene la tremenda cara dura de atreverse a escribir un libro sobre la radicalidad del amor pensando eso.

Más cosas – y disculpad el tono y la precipitación con la que escribo esto, pero lo he pasado verdaderamente mal leyendo el libro y al final esto no deja de ser un repositorio personal donde se desangra una.

Pese a dejar clara muy pronto su opinión de que la mayor parte de los movimientos pretendidamente rupturistas han dicho querer transformar el amor pero solamente han hecho cambios reales respecto al sexo, Horvat cae él mismo una y otra vez en esa misma confusión. Todo el capítulo primero («El amor en el tiempo de las intimidades congeladas») es bochornoso en niveles extremos. A partir de una anécdota personal que quedaría en graciosa de no ser por su mirada fuertemente censora y diría que hasta reaccionaria en términos morales (un submarinista le propuso sexo en una playa nudista que, por cómo la describe, bien podría ser lugar de cruising), Hovart despliega toda una condena contra la posmodernidad (sic), las relaciones líquidas y las apps de citas. Estoy acostumbrada a leer críticas a la mercantilización de la liberación sexual y del consumo neoliberal de cuerpos que al final no critican más que la liberación sexual en sí misma, pero que el contexto sean este libro y este empaque me ha cabreado muchísimo.

Otro asunto por el que me he sentido casi personalmente agraviada es por el tratamiento que hace de las políticas sobre el amor en la Revolución de Octubre. ¿Tienes un capítulo entero dedicado al debate soviético sobre el amor y pretendes vender al lector que éste se limitó a las contradicciones internas de Lenin y a los preceptos higienistas del psicoanálisis? Pues muy bien, haz lo que quieras en tu texto, pero no pretendas hacer de tu obsesión contra Lenin (que era lo que llamaríamos «un carca» y que efectivamente tuvo duras discusiones sobre sexualidad con Inessa Armand y Clara Zetkin) una verdad histórica. Porque la Revolución existió y no hay Revolución que pueda darse sin un movimiento sísmico del conjunto de relaciones sociales, y porque los primeros años tras 1917 fueron años de intensísima ebullición y debate respecto a la «cuestión amorosa» y las relaciones sexuales – si no en el conjunto de la población, sí en amplias capas de la juventud y de la vanguardia del proletariado. Callar eso es negar al lector la posibilidad de pensar a partir de la experiencia histórica más potente de la que disponemos. O quizá, simplemente, es que Horvat ni está preparado ni tiene capacidad para comprender el alcance de lo que Alexandra Kollontai planteaba.

Paro aquí. Diría, en resumen, que el libro es una enorme oportunidad perdida que no se merece tan tremendo diseño de portada (ay, María). Lo único bueno (menos mal) es el capítulo dedicado al Ché Guevara, aunque creo que tampoco eso ha sabido comprender el propio autor, porque en algún momento sugiere que el Ché le tenía miedo al amor. Pero qué me estás contando. En todo caso, y porque es un tema precioso, yo os recomiendo que os leáis directamente Evocación, de Aleida March, que es una delicia de libro que te ensancha el espíritu y el pecho y el amor a la vida conforme vas leyendo. Al final, todo lo bonito que cuenta Horvat está extraído de ahí, cambiando ligeramente las palabras.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar