Putas insolentes: la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales.

Llevaba reteniendo esta reseña bastante tiempo por pudor: un amigo me pidió hace ya años un artículo a partir del libro y durante varias semanas he tratado de convencerme de que me iba a ser posible escribirlo. Estar aquí hoy sentada es en cierto modo la constatación de mi derrota. Lo siento, Diego. Mejor algunas ideas rápidas, en cualquier caso, que perder sin remedio la potencia tremenda que contiene la lectura.

Putas insolentes es seguramente lo mejor que se ha escrito nunca para comprender las múltiples dimensiones del trabajo sexual y pensar estrategias que den poder y derechos a las mujeres que lo ejercen. Eso yo ya lo sabía (me leí varias partes en inglés en su momento, mucho antes de que se sopesara la posibilidad de su traducción al castellano), pero el libro entero constituye un conjunto impresionante que te va ensanchando el pensamiento conforme avanzas leyendo. Sus autoras, Juno Mac y Molly Smith, no sólo escriben desde la legitimidad de la primera persona (ambas son trabajadoras sexuales), sino que lo hacen desde la voluntad de trascender los límites de lo experiencial para poder levantar un marco teórico y de análisis sólido, no fragmentado, y útil políticamente.

El libro se estructura en capítulos que analizan, en primer lugar, los tres ejes fundamentales que condicionan la existencia contemporánea de la prostitución (sexo, fronteras, trabajo), para pasar después a analizar las diferentes respuestas jurídico-normativas que se dan internacionalmente. Rompiendo con el binomio reduccionista abolición/regulación que sólo interesa y beneficia a la industria y a los Estados capitalistas, las autoras identifican hasta cinco modelos morales y jurídicos diferenciados: el victoriano británico, la prohibición total («nación cárcel»: Estados Unidos, Sudáfrica y Kenia), el denominado «modelo sueco», el regulacionismo desde la excepcionalidad (presente en Alemania, Países Bajos y Nevada), y el modelo de derechos laborales existente en Nueva Zelanda y Nueva Gales del Sur.

Para mí, Putas insolentes ha supuesto un vuelco en muchos de los planteamientos desde los que defendía los derechos de las trabajadoras sexuales. Destaco, por falta de tiempo (si no, ya sabéis, estaría escribiendo algo más largo y mejor articulado), solamente dos puntos. El primero tiene que ver con la vinculación que muchas activistas hacen (¿hacemos?) entre prostitución y sexualidad libre. La defensa del trabajo sexual desde el terreno de lo simbólico (reapropiarnos del estigma de puta, defender la promiscuidad como una elección respetable, ejercer nuestra sexualidad desde el gozo) muchas veces no tiene nada que ver con las vivencias reales de las trabajadoras sexuales ni con los motivos que llevan a trabajar como tal. La necesidad de defenderse de los ataques y las caricaturas del feminismo punitivista no puede llevar a una idealización que borre los problemas reales, negando de nuevo las vivencias de las mujeres e impidiendo dar respuesta a los problemas y a las violencias que viven.

EL segundo punto es una de las ideas en las que más insisten las autoras y, personalmente, la que más me ha ayudado a reconfigurar mi comprensión del debate. Supone, al mismo tiempo, un giro radical de los términos en los que éste se tiene en la escena pública: basta ya de enroscarnos en la pregunta maniquea de si existe algo así como un derecho al sexo o si la prostitución da respuesta a alguna supuesta necesidad masculina. Lo que desde luego sí existe es un derecho a la supervivencia. Son las trabajadoras sexuales quienes realmente necesitan el trabajo sexual: los clientes pueden sobrevivir sin él; no así ellas. Las trabajadoras sexuales escogen (término quizá menos manoseado y polémico que «eligen») el trabajo sexual entre las distintas opciones que tienen a su alcance, y lo hacen en base a criterios racionales que buscan dar respuesta a sus necesidades concretas. Obviar este hecho (qué evidente irrumpe en cuanto una lo lee) dificulta enormemente la adopción de medidas que no expongan y precaricen aún en mayor medida a las más vulnerables de entre las trabajadoras sexuales.

Mi postura acerca del trabajo sexual ha evolucionado mucho en los últimos 15 años, partiendo siempre del rechazo a la prohibición como algo que intuitivamente sospechaba que tenía consecuencias negativas para todas las mujeres, prostitutas o no. De las posiciones en cierto modo naif, poco conocedoras de la dimensión material de la sexualidad y promovidas sobre todo por su dimensión simbólica, que defendía en la adolescencia, pasé con los años a aceptar los eslóganes facilones de la libre elección tan funcionales a la patronal y al neoliberalismo. Conforme fui formándome teóricamente, y muy especialmente a partir de la lectura del Libro I de El Capital, la mercantilización de la sexualidad adquirió para mí de manera clara una dimensión vinculada al conjunto de las dinámicas capitalistas, imposible de comprender de manera aislada ni mediante tergiversaciones interesadas de quienes se dicen marxistas pero, en cuanto entra en escena el sexo, son incapaces de aplicar un análisis racional sobre capacidad de negociación y venta de la fuerza de trabajo.

La pregunta a través de la que Juno Mac y Molly Smith desarrollan todo su planteamiento es la siguiente: ¿cómo dar poder a las trabajadoras sexuales? ¿Qué políticas y qué marcos jurídicos les concederían un mayor control sobre sí mismas, sobre su trabajo y sobre sus vidas? «Para las feministas punitivistas el problema es el sexo comercial, que produce la trata; para nosotras, el problema son las fronteras, que producen personas que o no tienen o apenas tienen ningún derecho mientras viajan y trabajan. Las soluciones que ponemos son igualmente divergentes. Las feministas punitivistas quieren abordar el comercio sexual mediante el derecho penal, otorgando más poder a la policía. Para las trabajadoras sexuales la solución incluye el desmantelamiento de los cuerpos policiales de inmigración y de los regímenes militarizados de frontera que empujan a las personas indocumentadas a la clandestinidad y clausuran su acceso a la justicia y a la seguridad; en otras palabras, nuestra solución es quitarle poder a la policía y devolvérselo a los migrantes y los trabajadores».

He aprendido mucho (¡muchísimo!) leyendo el libro, de verdad que no dudéis en buscarlo.

La plaza del diamante.

Mercè Rodoreda fue uno de mis grandes descubrimientos del año pasado y una de las maravillas que me ha traído mi empeño en leer más autoras. El efecto que me produjo La calle de las camelias fue tan bestia que casi desde la semana siguiente a haberlo acabado tuve ya La plaza del Diamante en la lista de pendientes. Que haya tardado tanto en abrirlo, bueno, sólo se explica por que esa lista daría para llenar varias decenas de confinamientos.

Una de las cosas que más llama la atención de la que está considerada como la obra cumbre de Rodoreda es la mezcla entre precisión y atolondramiento en sus descripciones. La autora usa un nivel de detalle casi barroco pero que, al mismo tiempo, podría pasar por aleatorio, algo que contribuye a dibujar la personalidad de la protagonista y que en La calle de las camelias yo sólo recuerdo para las flores. Una se pierde en la descripción del interior de las casas, en el detalle de las puntillas de la ropa o en la forma concreta de los banderines de la verbena. Pero no de una forma aburrida, científicamente realista, sino más bien porque el escenario se nos echa encima apabullándonos e impidiéndonos incluso comprenderlo al completo. Seguramente éste sea para mí el rasgo más característico de la escritura de Rodoreda, que espero poder ir comprobando si se mantiene o no en otros de sus títulos.

En un primer momento, La plaza del Diamante me pareció una novela que no estaba a la altura de mi recuerdo de La calle de las camelias. Toda la primera parte (la aparición del Quimet, la figura de su madre, ese cierto realismo mágico todavía poco desarrollado en torno a los lazos y a la escena del Parc Güell y al fantasma de María y al cuadro de las langostas) se me queda corta para lo que era la relación de Cecilia con los hombres. En comparación con ella, Natalia (Colometa) interpreta de de una manera mucho más inescrutable, menos permeable, la interacción con ese (ay) misterio que son los hombres.

Todo cambia con la llegada de las palomas. claro. Creo que se podría dividir el libro en tres partes: el misterio que son los hombres, las palomas, y la vida con el tendero. Y si la primera parte es incomprensión (¿qué es lo que le gusta a Natalia del Quimet, más allá de sus «ojos de mono» y de una cierta «voluntad de hacer daño»?, ¿qué es lo que la lleva a abadonar por él a su primer novio?), la segunda es vorágine. La madre del Quimet desquiciada y las palomas dando vueltas en círculo por los conductos de la casa como un fantasma, Colometa con los ojos febriles agitando los huevos, el hambre y las alucinaciones y las luces azules: Rodoreda alcanza aquí una síntesis impensable entre la atmósfera que Carmen Laforet logra dar a su Nada y los atributos clásicos del realismo mágico. Un momento para parar la lectura sobrecogida y murmurar bajito un: ahora sí, qué maravilla.

Si se examina en profundidad, los vértices de La plaza del Diamante son tantos que llevaría muchos más párrafos pensar con un poco de cuidado sobre apenas los más interesantes. La figura de la Julieta y su noche en el palacete expropiado (qué vínculo más sugerente con las maneras que la amiga ya apuntaba en la verbena que abre el libro), la figura de la señora Enriqueta, el rentismo mediocre y despiadado del señor de Colometa, la figura de la Griselda, el último pensamiento hacia el Mateu o el callado proceso de gestación política de cada personaje. Y, en fin, la última parte del libro: la irrupción del Antoni (quizá personificación, con metáfora o sin ella, del hombre bueno), el descubrimiento un día de Natalia de que él siempre le había dado las gracias pero que ella nunca le había agradecido nada y, a través de esa constatación, su entrada a la vida. Haber transitado décadas para, por fin, permitirse vivir.

Resistencia bisexual: mapas para una disidencia habitable.

El 12 de junio de 2016, a pocos días de la celebración del Orgullo, un hombre armado entró en la discoteca LGTBI Pulse (Orlando, Florida), asesinando a 49 personas. La conmoción fue tremenda. Por algún motivo que entonces no supe comprender, la masacre me afectó de una manera extraña. Acudí sola a la concentración de repulsa que se organizó en mi ciudad y me pasé el acto llorando. Al volver a casa escribí en mis redes sociales el primer texto en el que me reconocía a mí misma, aunque de manera circunstancial y en una posición casi de externidad aliada, como parte de la comunidad LGTBI. Dos semanas más tarde fui a la manifestación del Orgullo con mis amigas. A acompañar, nos decíamos.

Hay una enorme dificultad en reconocer aquello a lo que socialmente nos esforzamos por darle toda otra serie de explicaciones viables. Lo explica a la perfección Elisa Coll en Resistencia bisexual (Melusina, 2021), un libro precioso que te va quitando capas de lastre de encima conforme avanzas en su lectura. Me lo regalaron mis amigas. Recuerdo recibirlo en mi cumpleaños y pensar que iba a tardar un montón en abrirlo, que a mi edad ya tenía mi sexualidad muy aceptada y que no necesitaba identificarme con ninguna pretendida experiencia universal para vivir tranquila. Capítulo tercero: “Lo que no se concibe”. La distancia intangible que hay entre la práctica y la identidad y (sin ser yo muy fan de las identity politics, actualmente encarnadas en primer lugar por los hombres blancos cishetero) la gran importancia que la identidad tiene para la acción política.

Texto completo en Revista CTXT.

Nocturnos.

Llevo un tiempo dándole vueltas al modo en que están ordenados los poemas en la Poesía completa de Idea VIlariño editada por Lumen. No es cronológico, eso está claro, pero la ausencia de prólogo o de explicación alguna complica entender por qué algunos están prácticamente sueltos y otros, como en este caso, parecen agruparse según criterios temáticos. ¿Lo decidió así la autora? ¿Hay una mano editora detrás a la que se le ha negado la firma? ¿Fueron publicados en unidades compactas en su momento, o existieron en un primer momento como poemas aislados, sin conexión aparente? No lo sé, y he decidido que no quiero saberlo hasta que acabe todo el libro. Prefiero conocer a la poeta por su obra, ir haciéndome poco a poco mi propia idea sin la influencia que la realidad siempre ejerce.

Fuese o no un poemario en sí mismo inicialmente, Nocturnos me ha parecido lo más arrebatador que hasta el momento he leído de Idea Vilariño. Con poemas que abarcan desde las décadas de 1950 y 1960 hasta (puntualmente) 2001, se podría decir que su principal característica común es precisamente esa: están escritos de noche. Y la noche los empapa y los desborda de una manera inconfundible. Tanto, que se hace imposible imaginar que ninguno de ellos hubiera podido ser escrito de día.

Vuelve a aparecer la muerte, pero una muerte distinta a la de anteriores poemarios. Aquí la muerte es una acción, un algo en movimiento que llega y se supera. Quizá vinculada («Si muriera esta noche / si pudiera morir / si me muriera / si este coito feroz / interminable / peleado y sin clemencia / abrazo sin piedad / beso sin tregua / alcanzara su colmo y se aflojara») al sexo de una manera lógica. O una muerte que es otra cosa: la soledad absoluta, la soledad física del «Y nadie a quien poder / abrazarse llorando» escrito por alguien que firma el poema con un: 3.30 h. Imposible escribir esto de día.

Nocturnos ha sido mi poemario de junio y me ha dejado, a veces, con la respiración cortada. Qué cosa tremenda Idea Vilariño.

Stone Butch Blues.

La traducción de Stone Butch Blues el año pasado por Antipersona (ahora Levanta Fuego) fue algo así como el bombazo del año en lo que a editoriales independientes y literatura política se refiere. Se dijo que era «novela de culto en la comunidad LGTBI» y que estaba considerada «una de las mejores novelas estadounidenses del siglo XX». Nunca antes había oído mencionar, sin embargo, el nombre de Leslie Feinberg. También se habló mucho del precio: 12€ por un libro de más de 500 páginas, y justo ahora con lo caro que está el papel, menuda locura editorial, a quién podría habérsele ocurrido.

Stone Butch Blues es la historia de Jess Goldberg, una butch nacida en Buffalo en alguna fecha próxima a 1950. No es necesariamente una historia autobiográfica (la autora da las gracias al equipo editor, en la nota sobre la edición por el 20º aniversario, por haberle permitido retirar su cara de la portada evitando confusiones con un personaje ficticio), pero es innegable que las vivencias y la comprensión del mundo de Leslie Feinberg empapan la novela con una intensidad especial. No sólo el contenido, también la forma: fue Feinberg quien dejó escrito que daba permiso indiscriminado para traducir y publicar su obra, siempre que el objetivo no fuera el lucro privado y que el precio de venta no fuera superior a lo necesario para cubrir costes. De ahí los 12€.

No sé qué esperaba de la lectura, pero hay dos factores que lo han descuadrado todo. El primero es geográfico: Buffalo no es Nueva York ni San Francisco. Los relatos de disidencia a los que estamos acostumbrados, aún con toda su carga de dolor y dureza, se desarrollan mayoritariamente en escenarios donde el encuentro colectivo es al menos posible. Stone Butch Blues no. Y ese descuadre nos abre la puerta a descubrir otras vidas, que siempre estuvieron ahí a pesar de no ser filmadas. El segundo desajuste es temporal: frente a la narrativa esperada que da siempre comienzo en 1968 en el Stonewall Inn, la vida de Jess comienza mucho antes. El movimiento de liberación LGTBI la alcanza ya como mujer adulta, con demasiadas decisiones tomadas a sus espaldas y una identidad formada que ni ella misma comprende pero que difícilmente parece encajar con las nuevas categorías propuestas.

Hay más factores en la lectura, claro. La principal es la clase. Por la propia trayectoria vital de Jess (el trabajo en las fábricas, las consecuencias físicas sobre el cuerpo, su entrada en el sindicalismo) y por el contraste con las mujeres universitarias que se empiezan a organizar en tanto que lesbianas (la primera vez que Jess pronuncia esa palabra es en la página 249 del libro) a finales de los años sesenta. Porque Stone Butch Blues es una novela LGTBI, pero también (y al mismo nivel) una novela de la clase obrera. De las personas reales que la componen y que ponen sus cuerpos y sus vidas por delante: en los piquetes, en las comisarías, en las máquinas que te mutilan y ante los caseros que te roban todo lo que tenías.

La clase está presente también (imposible de otra forma) en la manera en que el género se expresa y se performa, una de mis obsesiones del último tiempo. El diálogo entre Theresa y Jess a colación de las lesbianas universitarias y sus códigos de género (no demasiado masculinas, pues no quieren parecer hombres; no demasiado femeninas, para demostrar su liberación política) es una de las partes que más me han tocado en lo personal de todo el libro, y que más útil me parece para pensar un montón de debates contemporáneos. Cómo nos expresamos, el modo en que la identidad está constituida en buena medida no por nuestras propias decisiones sino por las violencias estructurales que éstas generan (llorando a raudales con el capítulo de las hormonas), todo lo que sugiere la maravillosa aparición del personaje de Ruth y la manera en que la autora consigue hacernos ver como natural y evidente la conexión entre Duffy y el movimiento por las libertades sexuales.

El de Leslie Feinberg es un libro precioso, arrollador, que te llena de dolor y rabia pero también de amor y esperanza, y que finaliza dejándote un montón de sensaciones buenas y una siembra de emoción en el cuerpo. Si sois de quienes buscáis una lectura que enganche y algo más larga de lo normal para verano, id a por ésta sin duda.

Otoños y otras luces.

Un par de ironías: leer sobre otoños en primavera (pues ha sido éste mi poemario de mayo) y que sea así, con la llegada del calor y los días largos pero con la nostalgia de las hojas caídas, que digo adiós a la poesía completa de Ángel González. Otoños y otras luces es el último poemario del poeta, publicado en 2001 (año de su muerte) y cierre de un volumen que abrí por primera vez en julio de 2020 y que he ido leyendo con deleite y a trompicones hasta la fecha. Podéis encontrar las reseñas de los diez poemarios anteriores archivados bajo la etiqueta «Ángel González».

Otoños y otras luces se divide en cuatro partes: «Otoños», «La luz a ti debida» (cómo no pensar, ay, en Pedro Salinas), «Glosas en homenaje a C.R.» (Claudio Rodríguez, poeta de la Generación del 50 fallecido dos años antes que Ángel González) y «Otras luces». Es, en todos los sentidos, un poemario de final de vida: desde las palabras escogidas a la tonalidad de los poemas, todo potencia una sensación suave y calmada de despedida. Desde «El otoño se acerca», poema que abre la lectura («Se diría que aquí no pasa nada / pero un silencio súbito ilumina el prodigio: / ha pasado / un ángel / que se llamaba luz, o fuego, o vida. / Y lo perdimos para siempre») hasta el final de «Aquella luz», cierre de «Otras luces»: «Aquella luz que iluminaba todo / lo que en nuestro deseo se encendía / ¿no volverá a brillar?».

Para mi gusto, la primera y última parte del poemario son las más bonitas y conseguidas. En «La luz a ti debida» el poeta vuelve a la evocación romántica-lujuriosa de la feminidad joven que tan disonante me pareció ya en algún otro de sus poemarios de madurez, y no he leído a Claudio Rodríguez pero la temática machadiana de las glosas a él dedicadas me hace intuir una poesía que se me haría en cierto modo anodina. Lo demás, quiero creer, es distinto: Ángel González habla de la vida desde la consciencia de que a él se le acaba. Los otoños siempre desde otra parte («un verano obstinado en perpetuarse»), las otras luces como destellos de todas las posibilidades que no fueron y de un pasado que es ya incluso otra cosa.

«Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesa de noche / por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro», escribe el poeta. Un poco así, a veces: la crudeza tan real de la vida. Ángel González fue la apuesta más grande que hice hace dos años, cuando tomé la decisión de empezar a leer poesía (¡comprarme así, sin prueba previa, las obras completas de un tipo al que apenas le había leído un par de versos!). A día de hoy es un nombre que abrazo con eterno cariño y con el agradecimiento de haberme enseñado un montón de cosas sobre todo lo bueno, pero muy especialmente sobre la belleza. Le despido leyendo sobre otoños en primavera. Supongo que es un poco como él mismo escribe: «Entonces era otoño en primavera, / o tal vez al revés: / era una primavera semejante al otoño». No os privéis de su lectura.

La radicalidad del amor.

Qué difícil escribir sobre un libro que ha resultado ser algo tan radicalmente distinto a lo esperado. Empecé La radicalidad del amor casi con ansia, esperando encontrar en el desarrollo de las preguntas de su contracubierta («¿Qué hay de radical en un concepto aparentemente conservador como es el amor? ¿Por qué es cualquier cosa menos conservador?») desarrollos que complementaran los que yo llevo trabajando desde hace tiempo. La propuesta de Horvat no puede ser más prometedora: recorrer las principales revoluciones del siglo XX para examinar el modo en que cada una abordó la cuestión amorosa. El sello editorial (larga vida a katakrak) y la portada (preciosísima) parecían blindar esa promesa. Ha sido una de las veces, sin embargo, en las que una se equivoca estrepitosamente.

El libro de Horvat no solo es inconsistente, aleatorio en sus objetos y métodos de análisis y está plagado de juicios morales: carece además de un punto de partida básico en lo que a definición de conceptos y planteamiento político se refiere. No sólo es, como me decía hace poco M., que carezca de perspectiva feminista (como si eso no fuera ya bastante). Es peor: pretende hacer una defensa del amor abstracto limitando éste al amor de pareja (qué modelo de sociedad más triste, más pobre, más carente de cualquier resquicio de verdadero socialismo será cualquiera que pueda salir de eso) y reivindicando como puro y real únicamente el amor posesivo, violento y excluyente que se nos trata de imponer en el presente. «¿Un verdadero encuentro no debería incluir una cruzada, o a veces, incluso, una temporada en el infierno?», dice literalmente Horvat en uno de los primeros capítulos. Y una tiene que controlarse las ganas de abandonar la lectura por vergüenza ajena y de gritarle al autor que cómo tiene la tremenda cara dura de atreverse a escribir un libro sobre la radicalidad del amor pensando eso.

Más cosas – y disculpad el tono y la precipitación con la que escribo esto, pero lo he pasado verdaderamente mal leyendo el libro y al final esto no deja de ser un repositorio personal donde se desangra una.

Pese a dejar clara muy pronto su opinión de que la mayor parte de los movimientos pretendidamente rupturistas han dicho querer transformar el amor pero solamente han hecho cambios reales respecto al sexo, Horvat cae él mismo una y otra vez en esa misma confusión. Todo el capítulo primero («El amor en el tiempo de las intimidades congeladas») es bochornoso en niveles extremos. A partir de una anécdota personal que quedaría en graciosa de no ser por su mirada fuertemente censora y diría que hasta reaccionaria en términos morales (un submarinista le propuso sexo en una playa nudista que, por cómo la describe, bien podría ser lugar de cruising), Hovart despliega toda una condena contra la posmodernidad (sic), las relaciones líquidas y las apps de citas. Estoy acostumbrada a leer críticas a la mercantilización de la liberación sexual y del consumo neoliberal de cuerpos que al final no critican más que la liberación sexual en sí misma, pero que el contexto sean este libro y este empaque me ha cabreado muchísimo.

Otro asunto por el que me he sentido casi personalmente agraviada es por el tratamiento que hace de las políticas sobre el amor en la Revolución de Octubre. ¿Tienes un capítulo entero dedicado al debate soviético sobre el amor y pretendes vender al lector que éste se limitó a las contradicciones internas de Lenin y a los preceptos higienistas del psicoanálisis? Pues muy bien, haz lo que quieras en tu texto, pero no pretendas hacer de tu obsesión contra Lenin (que era lo que llamaríamos «un carca» y que efectivamente tuvo duras discusiones sobre sexualidad con Inessa Armand y Clara Zetkin) una verdad histórica. Porque la Revolución existió y no hay Revolución que pueda darse sin un movimiento sísmico del conjunto de relaciones sociales, y porque los primeros años tras 1917 fueron años de intensísima ebullición y debate respecto a la «cuestión amorosa» y las relaciones sexuales – si no en el conjunto de la población, sí en amplias capas de la juventud y de la vanguardia del proletariado. Callar eso es negar al lector la posibilidad de pensar a partir de la experiencia histórica más potente de la que disponemos. O quizá, simplemente, es que Horvat ni está preparado ni tiene capacidad para comprender el alcance de lo que Alexandra Kollontai planteaba.

Paro aquí. Diría, en resumen, que el libro es una enorme oportunidad perdida que no se merece tan tremendo diseño de portada (ay, María). Lo único bueno (menos mal) es el capítulo dedicado al Ché Guevara, aunque creo que tampoco eso ha sabido comprender el propio autor, porque en algún momento sugiere que el Ché le tenía miedo al amor. Pero qué me estás contando. En todo caso, y porque es un tema precioso, yo os recomiendo que os leáis directamente Evocación, de Aleida March, que es una delicia de libro que te ensancha el espíritu y el pecho y el amor a la vida conforme vas leyendo. Al final, todo lo bonito que cuenta Horvat está extraído de ahí, cambiando ligeramente las palabras.

Pensamiento monógamo, terror poliamoroso.

Para cualquier persona que busque pensar cómo construir amores sanos (vínculos que nos sostengan en vez de destrozarnos mutuamente), Brigitte Vasallo es parada obligatoria. Más allá de lo que ella nos pueda parecer en otros temas, sus artículos sobre poliamor en Píkara fueron, junto con los de Coral Herrera sobre el amor compañero, iniciáticos y fundamentales para muchas de nosotras. Un querer bonito que nos aportaba cordura y razones a quienes estábamos ya intentando, si no hacer las cosas de otra forma, sí al menos no caer en las prisiones prestablecidas.

Pensamiento monógamo, terror poliamoroso se publicó en 2018 y fue un bombazo. No es que no hubiera en castellano otros libros sobre no monogamias, pero se trataba de guías prácticas y de conducta o, en el mejor de los casos, de reflexiones sobre ética y cuidados no necesariamente politizadas (como el gran Ética promiscua de Coral Herrera, biblia sin matices de todas mis amigas hará unos seis o siete años y que sigue ayudando todavía a muchísima gente a vivir un poquito más felices). Vasallo rompe a su manera con todo esto para problematizar la monogamia no como un conjunto de prácticas sino como un sistema, un entramado que condiciona al conjunto de la estructura social y que organiza las relaciones en grupos identitarios, jerárquicos y confrontados. La exclusividad sexual es el símbolo, pero lo esencial está por debajo.

No es mi intención aprovechar esta reseña para escribir una reflexión más completa sobre modelos relacionales y no monogamias. Lo he hecho en otras ocasiones y está pendiente de salir un texto en el que expongo buena parte de mis ideas al respecto. Pero sí es cierto que el libro de Vasallo me ha dejado una sensación extraña, un regusto de desencanto después quizá de demasiadas expectativas creadas. A una amiga le decía, cuando me preguntó, que «me ha gustado regular». Y diría que ese regular viene marcado por dos puntos fundamentalmente.

El primero: un empeño comprensible pero hastiante por desmontar a los colectivos poliamorosos. Comparto el rechazo hacia espacios que suelen ser reproductores de todo tipo de opresiones y discriminaciones y que usan la pátina del poliamor para excusar su absoluta falta de cuidados emocionales y reconocimiento de la interdependencia. Pero la importancia que les da no es tal en el mundo hispano, y la lectura acaba generando la impresión de que lo normal para quien se reivindica como persona no monógama es un estilo de vida propio de yupies neoliberales. Quizá esto tiene más que ver con lo que yo esperaba encontrar en el libro, pero creo quien está dispuesta a abrir una obra con este título busca, más bien, un catálogo de posibilidades que sí son deseables.

El segundo punto (el segundo error) es la manera en que Vasallo confunde correlación con causalidad en varias cuestiones fundamentales. Muy influida por su crítica al colonialismo y a los Estados, como ella misma explica en la introducción, extrapola su concepción del sistema monógamo al funcionamiento de los distintos nacionalismos e identidades nacionales y raciales. No es sólo que se equivoque al igualar todos los nacionalismos (despreciando la diferencia entre quienes históricamente han ejercido opresión, ocupación y violencia, y quienes han tenido que dotarse de una identidad propia para defenderse) ni que no sea capaz de ver un origen común en exclusión nacional y exclusión monógama (las necesidades del modo de producción capitalista), sino que demuestra desconocer el funcionamiento de los aparatos estatales – algo que ocupa sin embargo un lugar prioritario en la argumentación del libro.

Me llevo de la lectura, pese a todo, algunas ideas interesantes. La forma en que la monogamia potencia las relaciones de competencia, por ejemplo, algo evidente pero en lo que nunca había caído y que explica mucho las dificultades para establecer alianzas sólidas entre mujeres o amistades profundas entre hombres. O el binomio entre amor de verdad y egoísmo individualista que nos lleva, cuando conocemos a alguien, a aspirar a convertirnos en su pareja o desatenderlo emocionalmente. Sin otras alternativas posibles. En concreto, Vasallo explica cómo esto dificulta la simultaneidad de afectos y complica la ruptura de la exclusividad, pues sólo se nos permite follar desde el desapego o desde la posesión: si nos vinculamos emocionalmente con alguien que ya tiene pareja, aspiramos a sustituirle. Un todo mal de manual en el que demasiadas hemos caído, haciendo daño a terceras personas y a nosotras mismas por el camino.

Me quedo, en fin, con algunos cachitos de la última parte del libro (tampoco con todos), y muy en especial con esto: «Hay personas que no quieren verse involucradas en una red con tanto peso en la vida de una, y hay personas que internamente esperan que te vuelvas monógama con ellas. Está bien. Lo que me parece importante por el bien de nuestras entrañas comunes es que estas cosas se sepan lo antes posible, cuando el daño es menor para todas. (…) La libertad, en mi opinión, va de eso. Amistades con sexo, relaciones que sabemos que no iban a durar por claras incompatibilidades pero que aun así queremos vivir el tiempo que sea posible, relaciones sin escalada donde no hay proyección de futuro pero sí un presente intenso y bonito. Abrir el acordeón no quita intensidad: genera cuidados, minimiza los posibles daños y creo que pone las bases para relaciones más conscientes y con mayores posibilidades de ser no sólo duraderas sino también múltiples».

Arias.

Voy con mucho, muchísimo retraso en las reseñas: Arias fue mi poemario de abril. Me lo regaló Laia por mi cumpleaños sin haberlo leído, pero con lo mucho que le había gustado Odas como garantía. Yo no conocía a Sharon Olds. La solapa del libro dice: «San Francisco, 1942, una de las voces más destacadas de la poesía norteamericana contemporánea (…) estilo libre, accesible y directo». Tanto, que en ocasiones cuesta ser capaz de otorgarles a los poemas la condición de serlo. Como si en lugar de poesías (qué palabra cursi, ésta) fueran más bien pensamientos y recuerdos escritos en verso. Como si no existiera siquiera la forma verso. He pensado mucho en Andrés Catalán durante la lectura: qué jodido tiene que haber sido traducir esto.

Arias está dividido en seis partes, cada una con una cierta coherencia interna: «Encuentro con una desconocida» (donde aparece de forma más explícita la cuestión racial, sobre todo el racismo y la violencia sexual), «Arias» (biografía de la autora, momentos cotidianos), «Escapar escaleras arriba» (sobre la violencia familiar, la figura paterna, y la ambivalente relación de miedo, odio y ternura hacia la madre), «El nuevo saber» (los novios tras el divorcio), «Elegías» y «Primogénita» (en torno al nacimiento de su primera hija).

La elección temática y la forma en que Olds aborda aquello de lo que habla es, desde el principio, chocante. Los paisajes cotidianos son un tópico, sí, pero pareciera como si Olds no quiera dotarlos de transcendencia alguna. No choca, en mitad de un verso, la palabra pene: lo hace por el modo en que queda reducido a un pedazo de carne. No es que yo no hubiera leído antes sobre niñas violadas, pero jamás con esta calma. Hay como una distancia que no es tal, una tranquilidad inaudita tan distinta de la rabia, la catarsis y la intensidad esperadas, un haber transitado ya cualquier emoción posible derivada de lo que se está narrando. Fue a mitad del libro que lo entendí: yo no lo sabía, pero cómo necesitaba en mi vida a señoras de 80 años escribiendo poesía.

No estamos acostumbrados a leer a una mujer mayor recordar con sarcasmo la forma en que hacía el amor con el primer novio que tuvo después de divorciarse (tras varias décadas de matrimonio). No lo estamos, porque el sujeto enunciador de la poesía sigue siendo, más incluso que en la literatura, un sujeto previsible y poco descentralizado. No digo que necesariamente se trate de una voz masculina, pero sí al menos joven o pasional o cabreada: hay siempre una intensidad justificatoria del tema escogido. Sharon Olds dinamita esa costumbre, rompe con las normas que establecen quién tiene derecho a hablar de qué en qué momento de su vida y hace que, en algunos puntos del libro, queramos abrazarla muy fuerte.

Buena parte de los poemas recogidos en Arias (y desde luego, la inmensa mayoría de «Escapar escaleras arriba») están dedicados a la figura de la madre. La forma en que Sharon Olds habla de su madre (con cariño e indulgencia, se diría que casi con ternura) genera una disonancia cognitiva enorme con los recuerdos que evoca: las palizas, su pánico a los golpes, el bloqueo emocional de la obediencia. Me ha gustado mucho su manera de comprender sin excusar. Y sin haber sufrido en mi caso episodios de violencia física, me he sentido muy identificada con algunas de las emociones infantiles que la autora describe.

Dice Olds que «Cuando me di cuenta de que mi madre es una de las / mujeres / a quien se le han dedicado una mayor cantidad de / poemas / en la historia, me fastidia». Una sólo escribe compulsivamente sobre sus obsesiones, y las obsesiones vienen siempre de nuestros traumas o de su superación. No puedo dejar de preguntarme de qué manera se relaciona esta obsesión, este trauma, con los pocos poemas que junta «Primogénita». Porque justo ahí, cuando la poeta se convierte en madre, es el único lugar y momento en que no podemos encontrar ninguna alusión, ninguna referencia, a la madre propia.

Existiríamos el mar.

Le leí a M. contar que estaba leyendo Existiríamos el mar en la oficina, aprovechando los ratos que su jefe no miraba, y que eso era también en parte una victoria. Pocas semanas después la despidieron y ella dijo que nunca una carta de despido le había provocado tanto alivio como esa. Sonaba en mi cabeza Amaral y su: “Aquella misma tarde fuimos a celebrarlo”.

Hay un punto en la escritura de Belén Gopegui que se te pega a la piel y se amolda al ritmo en que respiras. Supongo que surge de su capacidad para tocar con el dedo el interior de la herida, de palpar justo ahí donde todavía no ha suturado y describir el dolor incluso mejor de lo que tú misma serías capaz de expresarlo. Martín Vargas 26 es un poco eso: el cansancio acumulado, la incertidumbre asentada, la precariedad que desborda cualquier cálculo posible de salario y horas trabajadas. Todo lo que arrastramos en nuestro intentar movernos diario –aunque no sepamos hacia dónde avanzamos. Pero también el amor, claro. O qué si no el amor es lo que nos sujeta a la vida.

Podéis leer la reseña completa en CTXT. Agradecimiento especial a todas las amigas que me han ayudado consciente o inconscientemente a pensar muchas de las cosas que en el texto cuento.

Cielo cielo / Paraíso perdido / Por aire sucio.

Decía hace poco que últimamente no leo casi, pero lo disimulo escogiendo cosas cortísimas. Empecé a leer la obra completa de Idea Vilariño en noviembre y seguí con La suplicante en enero. Sabía que lo que venía a continuación eran poemarios de apenas unas páginas, que podían entrar sin mucha angustia en estas semanas de estrés y trabajo acumulado. Así que podéis considerar estos tres títulos mi(s) poemario(s) de marzo, reseñados diez días tarde y leídos entre bocado y bocado en el parón reglamentario de mi falsa jornada partida.

Hay una conexión temática, desconozco si voluntaria, entre los poemas de estos tres epígrafes, escritos en su mayor parte entre 1945 y 1947. No tanto en su significado explícito sino en un trasfondo más o menos velado en función de los casos, que se detecta ya en el hilo conductor que une sus títulos y que adopta la forma de un cierto aroma a muerte. No es una muerte luminosa y redentora; tampoco una asociada a la putrefacción de la carne. Diría más bien que se trata de una muerte cansada (hastiada), huraña y sucia, que transcurre en la normalidad del día rutinario y de la noche áspera. Algo así como la dureza de las cosas.

Hay en algunos de los poemas más tardíos (en el mismo «Cielo cielo», y muy especialmente en el «Poema con esperanza» de 1948) una intensificación del recurso a las frases sin acabar que tanto me llamó la atención en sus Primeros poemas. Resurgen también en «Poema con esperanza» las repeticiones obsesivas de palabras e ideas. Estos dos elementos, más la extraña sensación de contradicción que genera leer el título del poema junto a las expresiones de desesperación que encadena, confiere al conjunto una fuerza especial que lo convierte en mi preferido de los tres pequeños poemarios.

La apuesta perdida: ludopatía, ciudad y resistencia.

Otra reseña que llega tarde. Tuve el gustazo de estar acompañando a Pepe y a Cristina cuando vinieron a presentar el libro en Zaragoza hace unas semanas, y me habría gustado tener tiempo para escribir esto justo antes o después de ese día. No pudo ser y tampoco ahora puedo explayarme como querría, pero mejor esto que nada.

Como punto de partida: leed La apuesta perdida. Los autores logran dos cosas importantísimas: romper con el imaginario de lucha sectorial que acompaña al movimiento y ofrecer, en un libro extremadamente breve, una visión amplia del puzle de fenómenos que tienen como consecuencia (no como causa) la invasión de los barrios obreros por parte de las casas de apuestas. O lo que es lo mismo: aprovechar la preocupación social por el auge de la ludopatía y la normalización de las apuestas para poner sobre la mesa toda una serie de procesos menos superficiales (más subterráneos) que minan nuestras vidas.

Más allá de la premisa de que las casas de apuestas contribuyen a acelerar los procesos de extracción de valor por fuera de la relación laboral, tres aspectos de los analizados en el libro me parecen especialmente relevantes. El primero es la pasarela que conecta la inseguridad como eje vertebrador de la vida en el capitalismo neoliberal con la incertidumbre de la apuesta. Y su reverso: la asunción de riesgos, el cálculo de posibilidades diario que implica la existencia precaria, como antesala de la normalización del riesgo de la apuesta.

El segundo elemento que me hizo parar la lectura para pensar (qué gran cosa cuando pasa) es el modo en que Pepe y Cristina bosquejan a autoconvicción de la persona que apuesta de estar ganando a la banca. Como si las casas de apuestas no fueran propiedad y no estuvieran gestionadas por algunas de las versiones más descarnadas del capital (bien en su versión familiarista, bien en forma de fondos bruitre) sino que fueran, por el contrario, espacios de libertad arrebatados a la lógica de acumulación donde es posible que cualquiera sea más listo que el banco. Enlaza aquí como versión sublimada, claro, el tema de las criptomonedas.

Y por último está el tema que se deja adivinar en el subtítulo del libro y que acaparó (seguramente por mi culpa) buena parte de la charla de presentación: el derecho a la ciudad. La ciudad como una relación social al más puro estilo lefevriano, el debate sobre el uso intensivo del espacio público y la misma definición de éste, la espiral que va de la racialización de los cuerpos a la permisividad para con su existencia, pasando antes por el acceso desigual al espacio íntimo o privatizado y la necesidad de lugares que poder decir compartidos. Creo de verdad que hay que dar gracias a Cristina y a Pepe por haber escrito esto.

La apuesta perdida acaba con un capítulo final que trata de saltar desde el análisis marco de la problemática concreta a la propuesta política más amplia. Y si bien algunas propuestas me parecen verdaderamente sugerentes (de manera específica: la forma de problematizar el demandismo de los movimientos sociales), creo que como cierre falla en varias partes. En primer lugar, la propuesta de cómo pensar conjuntamente particularismos y universidad aparece aislada del resto del desarrollo, seguramente porque se trate de un planteamiento gestado al calor de otros debates y de otras polémicas que no son el objetivo del libro. En segundo lugar, la pretensión de que las denominadas luchas (autónomas) «por el territorio» sean el contenedor que organice todo movimiento emancipador me parece errada, fruto de un pensamiento demasiado situado en la metrópoli en su doble sentido: en la gran ciudad y en la Unión Europea. Y por último, aunque entiendo que no era el objetivo de los autores, echo en falta una reflexión más aterrizada sobre ejemplos de prácticas concretas que existen y han existido en la lucha por invertir esa relación social que es, al fin y al cabo, el espacio urbano.

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