El cuerpo lesbiano.

Le regalé El cuerpo lesbiano por su cumpleaños a Patt, que es una de las personas a las que más quiero en el mundo, y lo leí de carrerilla en un par de descansos del trabajo y la noche de un jueves para que me diera tiempo de acabarlo antes de envolverlo. Ahora, mes y poco más tarde, se he hace raro tratar de reconstruir las sensaciones precisas que me suscitó su lectura. Han sido semanas áridas, una vorágine de días en la que febrero y marzo se mezclan y en la que apenas ha habido tiempo para leer – de escribir, ya no hablamos. Espero que estoy de hoy signifique estar volviendo de a poquito, a pesar del ritmo marcado por el estudio y por el trabajo, y que no vuelva a pasar esta cosa atroz de bosquejar reseñas sin tener el libro en la mano.

Monique Wittig fue, posiblemente, la feminista francesa más importante de la Segunda Ola. Todas hemos oído hablar de ella aunque no lo sepamos, y si no que le pregunten a cualquier feminista si acaso El pensamiento heterosexual no le dice nada. Yo sabía de Wittig eso: que había escrito El pensamiento heterosexual, que era uno de los nombres claves del materialismo francés, y que sus novelas son referencia incuestionable del lesbofeminismo de los 70. Una escritura compleja, por capas, fuertemente marcada por el ejercicio filosófico de la autora y por sus indagaciones acerca de las relaciones de poder y el uso del lenguaje. El resultado de todo esto es, si se quiere, esperable. Y puesto que no he tenido la posibilidad de realizar la lectura lenta que sería necesaria para pretender otra cosa, dejadme que escriba sobre el libro solamente dos obviedades y un comentario estético.

Obviedad primera: el cuerpo. La presencia física del mismo. Su disección milimétrica, su indagación total y absoluta, la sublimación del tacto y el gusto y el olfato y todos los demás sentidos pero sobre aquellos que son más (si se me permite) corpóreos. La constatación material y palpable de la carne, el sudor, la mierda, la sangre, la orina y los flujos vaginales. Las uñas perforándolo todo. Los músculos dilatándose y desgarrándose y una confusión deliciosa y horrorosamente premeditada entre el dolor y el placer y el placer y el dolor. La doble acepción de morir, de agonizar, de dejarse asesinar y de pudrirse y de matar, etc. Qué suerte y qué desgracia no haber leído esto con 19 años.

Obviedad segunda: Safo. Wittig construye un universo denso mediado por una infinitud de capas de mitología lésbica y griega posterior, donde las imágenes se superponen recordando en ocasiones a ciertos mecanismos del psicoanálisis. Descifrar siquiera la mitad de los significados podría llevar, y de hecho a muchas les ha llevado, años. Más allá de las alusiones más populares (el Hades, las Moiras, la música, los templos), Wittig desgrana y apelmaza al mismo tiempo muchísimas otras referencias. El juego por equipos y la adopción de los monos (monitos que se agarran al cuello de todas ellas y que no son nombrados en ningún otro momento del libro) han sido, para mí, algunas de las más confusas.

Y al fin: el comentario estético. He leído que El cuerpo lesbiano permite una exploración acerca de un lenguaje que rompa con el universal masculino y con el ejercicio de violencia por parte del mismo. Que deconstruya los binarismos. Yo no lo sé y, sinceramente, no lo creo. Sí que pienso, sin embargo, que induce a quien lo lee en un estado de confusión acerca del yo y de las fronteras con lo otro, con las otras. También que difumina la frontera entre el cuerpo mío y el cuerpo de las otras, pues el mismo tacto nos atraviesa y el mismo puño nos perfora y agujerea estómago, tímpanos y vagina. No hay una persona clara en la voluntad narradora, ni siquiera respecto a la alocución de la amada (¿es posible, quizá, que seamos ella a ratos?). Tampoco me parece que disuelva la violencia: la convierte más bien en algo parecido al éxtasis. Bienvenido, bienvenida sea.

Para acabar: quiero entender la imagen final como la irradación de los espacios de mujeres no mixtos. Para mí, en todo caso, ese «a través de la asamblea» tiene la fuerza y la luz de un relámpago. Con las piernas temblando y el cuerpo (ay, la carne y la sangre y el corazón) destilando fluidos.

Deixis en fantasma.

Decía hace poco que en la obra de Ángel Gónzalez se aprecia de manera inconfundible cómo el tiempo -la vida- va pasando por el poeta. En qué obra no, podríamos objetar, o es que acaso hay una vida que pueda desarrollarse ajena a ello. Pero el caso es que Deixis en fantasma, mi poemario de febrero, es a todas luces un poemario de vejez, casi podríamos decir que un poemario viejito. Uno melancólico, meditabundo, autorreflexivo desde una posición que no construye sino que da vueltas en círculos.

Deixis: punto de referencia. «Función de algunos elementos lingüísticos que consiste en señalar o mostrar una persona, un lugar o un tiempo exteriores al discurso u otros elementos del discurso o presentes solo en la memoria», según google. «Fenómeno relacionado con aquellas palabras cuyo significado es relativo a la persona hablante y que puede conocerse únicamente en función de ella», dice wikipedia. Un poemario que no podría ser escrito con honestidad con veinte años menos (ay ese «Autorretrato de los sesenta años») y donde la extrañeza sobre el yo y la reflexión sobre la muerte (si no la propia, al menos sí una siempre presente) constituyen el todo.

Hay, en la manera en que el autor asume algunas evidencias, una tristeza silenciosa que empapa poemas que parecieran querer gritar que no fueron concebidos desde la tristeza. Y sin embargo, releo algunos («No creo en la eternidad», «Tal vez mejor así» y no soy capaz de quitarles de encima la amargura. El poema más largo de todos, cortito aún así, condensa de manera especial esta sensación. «Recuerdo y homenaje en un aniversario» es bonito de una manera que duele, pues la sencillez y la belleza se te clavan en el estómago en ese «muerte más piadosa de la vida». Ángel González homenajea, a sus 65 años, a Antonio Machado muerto aproximadamente a esa misma edad. Y yo que estuve en Coilloure hace poco, pues cómo no sentir tristeza: «pero contigo, en ti al fin para siempre / -mañana es nunca, nunca, nunca- / esos días azules y ese sol de la infancia».

La suplicante.

Mi poemario de enero ha sido el segundo (en propiedad, el primero) de Idea Vilariño. Está fechado en 1944, año siguiente a los últimos de entre sus Primeros poemas, y consta de cuatro únicas piezas de diferente extensión, pero todas ellas muy breves. No están presentes, al menos no de manera clara, las dos características que más me gustaron de sus poemas que leí en noviembre: las frases apenas acabadas y las ideas repetidas, a veces con trampa. Sí que se aprecia el mismo estilo delicado y un tanto embriagador, más perfecto en algunas estrofas, más pegajoso en otras.

Destaco los dos poemas largos, «Verano» y «La suplicante», que da título al conjunto. La separación del primero en tres momentos o zonas (mediodía, tarde, la noche) es redonda. Su lectura transmite una cierta suciedad, olor a sal y cuerpos, un clima pesado en el que la poeta se regodea con imágenes sobre frutas demasiado maduras, algas moribundas y demás sudores. Paradójicamente: una querría estar ahí, sobre todo en la noche.

El segundo es un poema intenso de movimiento pendular: una no sabe si se le entrecorta el aire o son las comas, que fuerzan a atragantarse con la lectura. Sus tres partes podrían funcionar de manera independiente, tan redondas; es el tríptico sin embargo lo que termina de dar el sentido. «La suplicante» tiene algunos versos, para mi gusto, aún demasiado cursis. O quizá es sólo que el uso de algunas palabras (miel, dádiva dulcísima) me trae de vuelta esa otra poesía de la que me cansé hace tiempo. Es el motivo por el que «La flor de ceniza» es el poema que menos me ha gustado de los cuatro: basta ya de ese amor sin cuerpos, que no suda ni se enfanga ni se ahoga. «La suplicante» sí lo hace, y describe: los ojos se te ahogan.

Utopía no es una isla.

Como siempre, llego tarde a todo. Acabé 2021 empezando el que hasta hace poco era «el libro de Layla Martínez», que llevaba meses esperándome en la pila de pendientes y que ahora ya no lo es porque todo el mundo está leyendo Carcoma. Después llegaron las navidades y el retomar la rutina de estudio y las semanas laborables completas, y parece mentira que un libro tan cortito me haya llevado tanto tiempo. Reseño este catálogo de mundos mejores, pues, como lo que es: mi primera lectura de 2022. Esperemos que le sigan muchas y muy buenas.

Se han escrito maravillas de Utopía no es una isla. Cuando salió publicado, desde Episkaia reconocieron encontrarse desbordados por las reimpresiones, las peticiones de compra y las tareas de distribución ingentes. Mi librero se pasó un rato rebuscando entre montones de libros hasta reconocer, sorprendido, que no le quedaba ni uno; el día que fui a recoger el que le había encargado, un chico se llevaba justo delante de mí otros dos ejemplares. Yo creo, sin embargo, que el éxito se debe sólo en parte al libro en sí mismo. Es cierto que el estilo de Layla, directo y poco comedido, engancha. También que su recurso a historias de vida o a la ficcionalización de momentos históricos para ofrecernos, en la primera parte del libro, el prometido catálogo de mundos (que fueron ciertamente posibles), sorprende e incentiva la lectura. Pero para mí el principal aliciente es la propia Layla y el trabajo que lleva años realizando.

Leía hace poco que no necesitamos que nos digan una vez más que el capitalismo es una cosa horrible que puede ser todavía peor: ya lo sabemos. Fascinada por la expansión y popularización de las distopías como producción cultural característica del capitalismo tardío, Layla Martínez ha dedicado los últimos años a la investigación militante sobre su reverso: las utopías o mundos mejores. Despojar a la palabra de la connotación de irrealizable de la que se cubrió durante la segunda mitad del siglo XX, quebrar la parálisis ante el futuro que nos hace resignarnos ante lo existente como preferible ante el resto de opciones, ampliar el campo de lo posible, recuperar horizontes deseables que nos permitan orientarnos y reorganizarnos en el presente. Lo que muchas de nosotras estamos también intentando, pero seguramente dicho antes, de manera más completa y mucho mejor escrito. La maravilla que hace Layla cuando escribe es esa: empuja con una fuerza tan simple que de pronto todo pasa a ser evidente.

La segunda parte del libro, «Desenredar la trama», mapea algunos de los intentos de pensadores y pensadoras recientes por comprender y explicar este presente continuo, esta anulación de futuro en la que nos vemos envueltas desde la década de 1980 (el fin de la URSS, el auge de Thatcher, el cambio absoluto de momento histórico), así como algunas de las propuestas políticas que tratan de recuperar horizontes de posibilidad mejores. La apuesta de Layla por el ecosocialismo coincide por la mía y con la única seguramente capaz de hacer frente a la distopía que ya vivimos. Un reverso de los futuros peores que nos hacen este presente aceptable: la imagen realizable de un futuro mejor que convierte toda esta mierda en intolerable.

Encuentro sin embargo un problema en los tres escenarios ecosocialistas que Layla recoge y en el modo en que los condensa al final del libro: salvo parcialmente en el caso del decrecimiento, la articulación de vidas buenas va siempre ligada a un imaginario de abundancia. Se habla de ello no sólo como deseable sino como ecológicamente posible (o, para ser más precisa: se omite el hecho de que un futuro de abundancia como el que tantas generaciones previas a la nuestra imaginaron es ecológicamente imposible). Es cierto que en un punto concreto se indica que esa abundancia no podrá medirse con los parámetros que empleamos ahora, pero la reflexión no avanza más allá y parece difícil que el lector o lectora pueda sacar semejante conclusión sin ayuda.

Si algo nos enseñó el siglo XX es que el comunismo no era sólo soviets más electricidad. En el siglo de la crisis ecológica sabemos que tampoco podrá ser nunca abundancia: no en el modo en que incluso el propio Mandel, en sus estudios sobre la burocracia, lo entendía. Nos toca hacer deseables cosas más simples, y precisamente por eso más radicalmente enfrentadas a los marcos mentales y culturales contemporáneos: un hedonismo austero donde tengamos la posibilidad de vivir, amar y gozar despacio. Utopía no es una isla ofrece múltiples puertas para tirar de ellas hacia otros presentes posibles que nos recuerdan que esto pudo y puede ser otra cosa. «Quieren hacernos creer que dentro de tres mil años seguirá existiendo el Fondo Monetario Internacional y las galletas maría, dirá con sorna Terry Eagleton. Desde la cima del Coliseo, Roma también parecía eterna, contestaba una pintada que vi una vez en Madrid. En realidad, cuando llegó el momento adecuado, bastó con un puñado de vándalos».

Prosemas o menos.

Esta primera entrada de 2022 debería haber sido, para hacer justicia, la última de 2021. Prosemas o menos fue mi poemario de diciembre y el antepenúltimo de las obras completas de Ángel González. Para las recién llegadas: bienvenidas, bienvenidos. Comencé 2020 abriéndome este blog y marcándome el propósito de aprender a leer poesía. Dos años después, aquí estamos. Podéis encontrar la poesía que he ido leyendo bajo la etiqueta #unpoemarioalmes o la categoría correspondiente. Hay también una etiqueta llamada «Ángel González» donde encontraréis las críticas y reseñas de los ocho poemarios anteriores.

1985. Dice el poeta en la contraportada de Palabra sobre palabra que «si acabé escribiendo poesía fue para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir», y me parece una fórmula preciosa para describir varias cosas. Me gustaron mucho sus primeros poemarios (especialmente Sin esperanza, con convencimiento), cargados de una belleza más abiertamente política (o social, que prefieren algunos) a pesar de la censura y de una ironía mordaz y socarrona. Después tuve una crisis con la actitud del poeta de hombre de mediana edad, especialmente con algunas de sus aproximaciones y recuerdos a las mujeres y el sexo. Ahora, sin embargo, en la entrada de la vejez, González vuelve a mostrarse fantástico. Y diría que Prosemas o menos es, ante todo, un poemario sobre la vida.

A diferencia de otros títulos del autor, estructurados en partes complementarias o conectadas entre sí por un hilo argumental, no he logrado encontrar relación entre los seis capítulos del libro. Con temáticas y aparentemente motivaciones diversas, parecen haber sido publicado juntos por simple motivo cronológico: han pasado siete años ya desde la publicación de Muestra, corregida y aumentada… «American landscapes» es, sin duda, el capítulo que más fría me ha dejado. De «Sobre la tarde», «Teoelegía y moral» y «Poemas amatorios» rescato algunos poemas, pero la sensación general ha sido más bien ajena. En «Diatribas, homenajes», sin embargo, el poeta recupera su tono jocoso tan excepcional para presentarnos un catálogo de las principales actitudes entre sus homónimos. Los homenajes sinceros de Ángel González a Juan Ramón Jiménez (J.R.J.) o Blas de Otero merecen mucho la pena, pero las diatribas sobre las distintas edades del poeta o las preguntas existenciales de los eruditos universitarios son sencillamente brillantes.

El poemario se cierra con un apartado llamado «Biografía e historias», que comienza con uno de los poemas más bonitos del título, «Pretexto»: «No fueron tiempos fáciles, aquellos. / Me amamantó una loba. / ¿Quién si no? / Yo no tengo la culpa / de haber bebido / desde tan joven tanta sed de sangre, / tanto deseo de morder la vida, / tanto amor». Hay una declaración por parte del autor, no siempre realizada de manera explícitamente consciente, de amor inmenso a la vida. Se nota ya una edad que no abraza sin embargo con pánico sino con una mezcla de tristeza y celebración. Rescato aquí, para cerrar, otro poema precioso: «Al final de la vida, / no sin melancolía, / -comprobamos / que, al margen ya de todo, / vale la pena. / Poco de lo restante prevalece». Leed a Ángel González y amad mucho la vida.

La feliz y violenta vida de Maribel Ziga.

Poco antes de irse a Turquía, Paula me regaló este libro. Tiene una de las dedicatorias más bonitas que me han escrito nunca y estos días, leyéndolo, he creído entender el motivo. Maribel es, evidentemente, la madre de Itziar Ziga. La misma Itziar Ziga de Malditas: una estirpe transfeminista (desde entonces miro de otra forma a Santa Águeda) y sobre todo de Devenir perra, que devoré en su momento pero que he tardado mucho más tiempo en comprender hasta qué punto me había marcado en mi construcción como mujer y como persona. Una Itziar Ziga de la que yo aprendí que éste sistema que nos quiere femeninas no puede tolerar ningún ejercicio de feminidad extrema, de feminidad autoparódica, agresiva y desbordante conscientemente ejercida. El click que comprender esto supuso en mi relación con mi cuerpo, con mi sexualidad y con mi forma de estar en el mundo es algo de lo que sólo fui consciente más tarde.

Si Itziar se ha pasado la vida combatiendo el estigma de puta, este libro es una declaración de guerra contra el estigma de mujer maltratada. Y pareciera que el simple hecho de reunir ambos adjetivos en la misma frase, puta y maltratada, cortocircuitara todos los imaginarios socialmente aceptados sobre el ser mujer. Itziar cuenta la historia de su madre partiendo del hecho de un padre (un marido) maltratador, pero sin dejarse arrastrar por el cliché manido según el cuál esta existencia debería determinar su carácter, su actuación, sus emociones y la globalidad de aspectos de su vida. El maltrato y el maltratador son importantes, por supuesto: por la dureza de un vínculo del que no puede y no quiere desprenderse y porque todo lo que dura 30 años lo es. Pero su vida es, también y sobre todo, muchísimas otras cosas.

La feliz y violenta vida de Maribel Ziga es un libro salvaje y bello que te reafirma en celebrar las cosas buenas y que me ha recordado mucho a una de mis citas preferidas, anclada siempre en el pie de este blog como declaración de intenciones. Dice Mario Benedetti en La tregua que «la vida es muchas cosas (trabajo, dinero, suerte, amistad, salud, complicaciones), pero nadie va a negarme que cuando pensamos en esa palabra Vida, cuando decimos, por ejemplo, que nos aferramos a la vida, la estamos asimilando a otra palabra más concreta, más atractiva, más seguramente importante: la estamos asimilando al Placer». Maribel e Itziar se agarran a la vida y se agarran al placer.

No voy a entrar en toda la cantidad de temas que podrían comentarse a partir del libro (los hombres y sus afectos sería uno). Quiero solamente mencionar dos, que para mí están inevitablemente relacionados. El primero: la agencia. La negativa a no tener control sobre ti misma, a no tomar tus propias decisiones por terribles que sean, a perder la capacidad de decidir. Todo el imaginario construido en torno al maltrato nos muestra mujeres sin agencia, desposeídas de cualquier resquicio de voluntad personal y convertidas en víctimas desamparadas que necesitan ser salvadas. Una espiral de dependencia y culpabilidad de la que hay poca escapatoria y a la que en demasiadas ocasiones abocan las estructuras de ayuda. Quién va a aceptar identificarse como víctima así, quién asumiría reconocerse a sí misma como tan desoladoramente incapaz y perdida.

Y el segundo tema, claro, son las amigas. El libro entero podría leerse como un homenaje a las amigas, a las mujeres que rodean y quieren y cuidan y acompañan a otras mujeres sin juzgar, abriendo puertas y tendiendo manos. Qué maravilla, realmente. Quizá tenemos agencia (ay) porque tenemos amigas.

En defensa de Afrodita: contra la cultura de la monogamia.

Traducción de una compilación publicada originalmente en catalán por Tigre de Paper, En defensa de Afrodita es un libro que contaba ya con una década de existencia antes de que hayamos podido leerlo en castellano. A pesar de ello, algunos de los textos que se recogen son de lo más interesante que he leído al respecto. El artículo central, «Desmontando la cultura de la monogamia», logra tres cosas fundamentales: problematizar nuestro marco relacional al completo y no únicamente las relaciones de pareja, demostrar el modo en que la monogamia funciona como un sistema generador y legitimador de violencias, y desmontar algunos de los clichés más importantes de la norma monógama.

Na Pai, el autor principal del libro (responsable del artículo central y de varios otros, y traductor/editor de algunos más), conceptualiza políticamente la monogamia como un sistema de exclusión que jerarquiza y compartimenta nuestros afectos, que nos reprime sexualmente y que condiciona nuestras expectativas vitales. Me ha parecido especialmente interesante el modo en que analiza los celos y las infidelidades. Es, creo, la primera vez que leo que la monogamia no se basa en una exclusividad sexual real sino en la expectativa de la misma, y que el poner los cuernos forma de hecho parte del propio sistema monógamo. La hipocresía de tolerar la ocultación y la vergüenza, pero escandalizarse ante el diálogo y el acuerdo mutuo, salta así a la vista.

Muy buenos son, también, los apuntes acerca del no determinismo emocional (las emociones están construidas social e históricamente y pueden por tanto trabajarse) y la clasificación que establece para las relaciones en base a cuatro elementos principales: economía, afinidad, afecto y sexualidad. Rompiendo el estrecho marco de los vínculos de pareja, se trata de un esquema que me ha resultado muy útil para pensar también la forma en que están construidas las relaciones paterno/materno-filiares (la mía con mi madre) y las bases de posibilidad para la construcción de amistades sólidas.

El hecho de que la versión original de En defensa de Afrodita apareciera hace diez años explica posiblemente por qué algunos de los textos que se recogen parecen estar orientados demasiado limitantemente hacia el gueto en vez de sostener la voluntad de transcenderlo. No pretendo afirmar que las discusiones en torno a la cultura de la monogamia sean un tópico mainstream en la actualidad. Pero es incuestionable que la publicación de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso de Brigitte Vasallo en 2018 supuso un giro radical en la manera de abordar las no monogamias y una ampliación del marco debate. Se acabó ya, por suerte, el dar por hecho la pertenencia de la gente a asambleas de espacios autogestionados o a colectivos feministas.

Durante la lectura de algunos de los capítulos, tenía la sensación extraña de encontrarme ante debates que estaban ya superados o ante presupuestos de los que yo no quiero participar. La estimación del número de relaciones correcto que Na Pai hace en algún momento puede ser útil para algunas personas, pero yo lo considero innecesario, taxativo y desconocedor de las diferentes situaciones o momentos vitales. Algunos de los textos de la segunda parte, especialmente el de los códigos de clasificación y el dedicado al sexo colectivo, parecen dar por hecho un sujeto lector homogéneo en sus entornos relacionales y en sus códigos culturales. Un poco a raíz de este regusto, algunas ideas:

1. Hay una ausencia importante en todo el libro de la problematización del factor tiempo. La única vez que se hace referencia al mismo de manera explícita, Na Pai lo resuelve con un «yo no veo la televisión» grosero y despreciativo, que indirectamente niega la existencia de un problema real de escasez de tiempo en las sociedades capitalistas contemporáneas. Cuidar bien los vínculos, sean del tipo que sean, requiere una cantidad ingente de tiempo. Muchas de las dificultades que tenemos para construir y conservar amistades sólidas y permanentes en el tiempo vienen de esto: apenas sí podemos dedicarnos correctamente a una o dos personas. Todo cuestionamiento global de nuestro marco relacional debería partir de este hecho.

2. Algunos capítulos pecan de despreciar u obviar la importancia de la responsabilidad afectiva – o, dicho de otro modo, parten de posiciones de un fuerte egoísmo emocional. Supongo que es una fase por la que todas hemos pasado: si racionalmente esto es justo, ¿por qué debería limitarme a la hora de llevarlo a cabo? Nuestras acciones tienen consecuencias, entre las que en ocasiones entra el dolor ajeno. Despreciar este dolor o pretender que no nos importe, sólo porque su origen sea una serie de prejuicios y tabúes instaurados socialmente, podrá ser beneficioso para nuestro placer inmediato pero no tiene ninguna otra consecuencia más allá de dañar a gente que puede que apreciemos.

3. Los aprendizajes emocionales (y aún en mayor medida los desaprendizajes) son lentos y costosos, como bien se reconoce en múltiples ocasiones a lo largo del libro. Pasar de la comprensión y aceptación racional de un tema (en este caso, el sinsentido de la exclusividad sexual y de la jerarquización y compartimentación de nuestros vínculos) a su interiorización corporal es siempre un proceso largo. Sin reflexión y discusión al respecto no es posible el avance; tampoco sin experimentación práctica en nuestros afectos. Comprender la monogamia como un sistema, como un todo que condiciona nuestras vidas incluso y fundamentalmente fuera de la pareja, nos permite romper con la idea manida de que rechazarla consiste en ampliar nuestra vida sexual mientras mantenemos intacto el resto de nuestro esquema relacional. En ese sentido, me ha gustado mucho el capítulo «Relaciones infinitas»: es precisamente a partir de una ruptura con la forma que para los hombres debe adoptar la amistad que el autor comienza a replantearse el conjunto de las relaciones de su vida.

En defensa de Afrodita es un libro valiente, y lo fue sin duda mucho más hace diez años. «Desmontando la cultura de la monogamia» es de lo mejor que he leído sobre el tema, y algunos otros textos realizan también aportes extremadamente útiles para ofrecer a quienes observan con reticencia el debate sobre las no monogamias. Más allá de formulaciones concretas, dos ideas clave: que el amor no es un bien escaso que haya que racionar, sino que se multiplica ejerciéndolo; y que la comunicación y la plena disposición a escuchar y comprender, la no necesidad de ocultar, son ingredientes fundamentales para toda relación sana. Ninguno de estos factores tienen cabida en la cultura de la monogamia.

*Una versión más completa de esta crítica ha sido publicada en la revista CTXT.

Primeros poemas (Idea Vilariño).

Lo llevaba arrastrando desde comienzos de año, y por fin para el poemario de noviembre ha tocado: he empezado a leer a Idea Vilariño. Compré su Poesía completa a finales de verano, en una edición de Lumen de tapa dura sorprendentemente cómoda y manejable – soy un tanto fundamentalista de las ediciones en rústica – y movida sobre todo por los versos que le veía compartir de vez en cuando a Meri. Se trata de una edición directa, sin prólogo ni estudio introductorio, y que pretendo leer como llevo año y medio haciendo con la Poesía completa de Ángel González y como haré también con la de otro autor que contaré pronto: poemario a poemario, en orden cronológico.

Estos Primeros poemas están fechados entre 1940 y 1943. Su disposición no es lineal y quiero pensar que fue la propia autora quien escogió su orden. No sé qué esperaba encontrar en ellos, pero esta primera poesía de Idea VIlariño me ha dejado una sensación extraña, entre incómoda y fascinada, parcialmente identificada, que me obligaba a detenerme al final de cada poema para tratar de comprender qué en concreto es lo que me cautiva de su estética.

Usa una lírica distinta a otras cosas que he leído por el momento y que también me gustan, construye imágenes de introspección que no podrían decirse exactamente introspectivas y recurre con muchísima frecuencia a las frases sin acabar (bellísimo, esto) y a la repetición de ideas, palabras o incluso versos enteros. La primera vez dudé y tuve que releer para comprobar si se trataba o no del mismo verso. Luego descubrí modificaciones parciales, tremendamente sutiles, como si montara un puzle en el que a partir de los fragmentos repetidos del verso original va componiendo una multiplicidad de otros. Y después, está esa elegancia extraña y tan poderosamente femenina de quien escribe: «Haberse muerto tanto y que la boca / quiera vivir un poco todavía / y que el cuerpo, los brazos y la boca / y que las noches cálidas, los días / ciegos, y el frío sin sexo de la aurora…».

Últimos días en Collioure, 1939.

Hace justo una semana estaba todavía en Collioure. Leí este libro antes de ir, para preparar el viaje, y la realidad es que me abrió una serie de puertas que no esperaba encontrar y con las que estoy verdaderamente contenta. Últimos días en Collioure no va sobre Collioure, claro, sino sobre Antonio Machado. El texto que da título al libro es el más largo de los «estudios breves» que recoge, todos firmados por Issorel y en general centrados en analizar un poema/verso concreto o una temática a lo largo de la poesía machadiana. El primero, sin embargo, va más allá: hacia el intento de una reconstrucción de los últimos días de vida del poeta, desde la Retirada y el cruce a Francia, hasta su muerte pocas semanas más tarde.

Nunca he sentido una atracción especial por Antonio Machado. Su figura ha estado siempre asociada en mi cabeza a esa imagen rígida y algo cursi que siempre he tenido de la poesía y que trato de romper desde hace dos años. Incluso su persona me generaba sensaciones contradictorias: nunca me he llevado muy bien con los eternos humildes. No sé si este libro me ha reconciliado con él -diría que no-, pero al menos sí me ha permitido apreciar un montón de cosas que desconocía.

En la parte principal de Últimos días en Collioure, Issorel reconstruye la vivencia del exilio. No tanto de la condición de exiliado, que Machado apenas sí tuvo tiempo de experimentar, sino del proceso mismo del exilio: las masas humanas avanzando hacia la frontera en lo que vino a llamarse la Retirada, el cruce a Francia ese 28 de enero (12 días más tarde, el ejército fascista llegaría a Portbou y la Jonquera), el abandono de todo, el no saber de las sobrinas evacuadas a la URSS, el depender de la caridad, la desolación absoluta de la derrota.

Lo que más he disfrutado del libro ha sido, sin embargo, descubrir con asombro y deleite (y sentirme profundamente ingenua a continuación, claro) que intuiciones mías a la hora de escribir, de pulir, de acabar silábica o fonéticamente aún redactando en prosa… no sólo responden a criterios objetivos y evaluables sino que hay además gente que se ha dedicado a estudiarlo y sistematizarlo. Soy una persona quizá quisquillosa cuando escribo, en general bastante autoexigente, y siempre he entendido que el contenido es indisociable de la forma. Incluso (o quizá con más sentido incluso) cuando hablamos de teoría. Una vez leí que que Marx pulía tanto sus escritos no sólo por esa combinación extraña entre personalidad caótica y ambición sistemática; no sólo por el esfuerzo en desarrollar un pensamiento preciso y una conceptualización y propuesta teórica sólida; sino también por un cierto placer-necesidad estético que no puede disociarse de la comunicación escrita. Quizá le he dado a él mis palabras, pero el caso es que yo pienso lo mismo.

En «El último verso», Jacques Issorel desglosa ese «Estos días azules y este sol de la infancia», escrito por Machado en Collioure, de una manera que no fosiliza sino que proyecta y multiplica la belleza y elegancia de ese poema-verso. He disfrutado también mucho el estudio dedicado al romance La plaza tiene una torre, cuya lectura acabé con una sensación preciosa de estar saboreando los fonemas. Otro textos (quizá, sobre todo, los temáticos) no me entusiasman tanto, pero en todo caso me llevo del libro una impresión buenísima y la felicidad de hacer descubierto un hilo del que tirar en lo que a persecución estética se refiere. Eso y la certeza de que Collioure es, efectivamente, el lugar de los días azules.

Friedrich Engels: el burgués que inventó el marxismo.

A diferencia de otros aniversarios sobradamente consagrados por la izquierda, los 200 años del nacimiento de Engels (1820-1885) parecen haber pasado de manera más bien discreta. Más allá de la redición de algunas de sus obras (bienvenidas sean), posiblemente la propuesta más sugerente sea la que nos hace Bellaterra. Krätke, hasta ahora inédito en castellano más allá de los artículos traducidos para Sin Permiso por Ángel Ferrero (traductor también del libro), es un biógrafo exigente. No hay en él recopilación de momentos singulares ni ordenación cronológica de su vida. Más bien, como el propio autor reconoce en varias ocasiones, un interés genuino por los aportes teóricos de Engels, por su papel en la construcción del marxismo como posición teórico-ideológica y de Marx mismo, y por la evolución intelectual de un hombre que persiguió el ideal humanista frente a la compartimentación capitalista.

[La reseña completa ha aparecido en el último número en papel de la revista Viento Sur. Os animo a suscribiros a la que es una de las publicaciones más interesantes en castellano para la izquierda revolucionaria y el pensamiento crítico].

No sabréis nunca.

Dice la contraportada que No sabréis nunca es «una novela de no-ficción». No sé si es la definición más correcta. «Novela» indica narración, relato; el libro de Manel Barriere podría concebirse más bien como un collage de pensamientos conectados, reflexiones o divagaciones motivados por escenas de la vida cotidiana del autor o por alguno de los pensamientos anteriores. Tiene, si se quiere, un punto más de ensayo que de novela. Iba a decir que tiene más de ensayístico que de literario pero no: en términos literarios, el libro es incuestionable.

Tres planos se entrecruzan en la lectura. El primero, el de la presencia: la Avenida de la Victoria a pocos metros de la casa del autor, la tierra y las balas bajo las casas, todo lo material en uno u otro sentido. El segundo, el de la obsesión – o quizá, más bien: el de la incomprensión, la incapacidad de comprender, el esfuerzo desesperado por intuir acaso alguna de las dimensiones tangibles de lo que se nos vende como pasado. El tercero, el de la construcción: el hijo, la formación de un ser humano, devenir padre en un sentido no unívoco sino profundamente auto-interrogatorio. Colándose por todos ellos, saltando de uno a otro y dotando de sentido a lo que podría no ser más que una recopilación de elementos aislados, el pensamiento-vector acerca de qué es, cómo se construye, de qué manera funciona y cuál es la relevancia de la memoria.

Mis sensaciones han ido evolucionando a lo largo de la lectura. La introducción de epígrafes o incluso capítulos enteros desgajados de la rutina diaria del autor y su familia me provocaba, al menos al principio, un cierto sonrojo. La enumeración de los detalles mínimos, la intimidad de los gestos cercanos, la descripción exhaustiva de algunos escenarios, todo esto genera la incomodidad y la vergüenza de quien está mirando sin deber por una rendija. Manel juega con soltura con la delgada línea entre la identificación del lector con la historia de vida y la ajenidad absoluta por lo preciso del detalle. Arriesga y, personalmente, creo que gana. Superada la incomodidad inicial me he descubierto diciendo: yo también pienso así. Y no tanto por lo de compartir opiniones (cosa también cierta) sino por su otro sentido: yo también construyo los pensamientos así.

No sabréis nunca propone, ante todo, una materialización de la memoria en el presente. La construcción de la memoria como agencia, como motor que impele a actuar, como realización de justicia. Frente a la lógica de las conmemoraciones oficiales que no hacen sino reconocer la prescripción del delito, el libro construye un razonamiento en el que la memoria no fosiliza ni cosifica el mundo, sino que ofrece herramientas para actuar sobre el presente. Se nota aquí la formación en cine del autor, pero también su compromiso político. No como desarrollo lineal una cosa de otra, sino quizá como consecuencias paralelas y entrelazadas de una misma sensibilidad ante la vida.

Existe una afinidad estrecha entre el hilo de pensamientos que lleva a Manel Barriere de Auswitch a Portbou pasando por el crecimiento de su hijo, y muchas de las ideas que estaban ausentes pero que sin embargo pude desarrollar en y gracias a mi formación como historiadora. Un poco en la estela benjamiana o bensaidiana de pensamiento y acción pero también en la de esto otro de Vázquez Montalbán: «Conservar la memoria significa conservar el recuerdo de cuáles eran nuestros deseos (…). Aquel que recuerda se convierte en desestabilizador, porque el que recuerda puede soñar en el salto hacia el futuro y de nuevo retornar el discurso de la utopía”.

Concluyendo: un libro calmado, interesante, que no te pide ansiedad lectora sino que te sugiere parar cada poco, arrastrar durante días el regusto de alguna reflexión concreta, examinar también tú, como el escritor, tu vida, para luego seguir leyendo.

Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan.

Sigo leyendo a Ángel González. Éste ha sido mi poemario de octubre, que me apetecía especialmente tras el buen sabor de boca que me dejó Procedimientos narrativos en julio (agosto). Bastante más largo y analítico que el anterior, se divide en cinco partes como si de un manual de crítica literaria se tratase: «Poemas elegíacos», «Poemas épicos y narrativos», «Metapoesía», «Poesías sin sentido» y «Notas de un viajero». Por el tipo de ejercicio, me ha recordado un poco a lo que ya había hecho en Grado elemental. En todo caso, hay siempre en los poemas la sospecha de un doble sentido, la casi absoluta seguridad de que el poeta ha logrado decir más cosas de las que parecen a simple vista. Algo muy propio de Ángel González y probablemente una de las cosas que más me guste de su poesía.

No voy a hablar aquí de los rasgos fundamentales de su estilo porque es algo que llevo haciendo desde hace más de un año. Para quien me visite de nuevas, podéis buscar las reseñas de sus poemarios anteriores en el archivo de lecturas pasadas. En Muestra, corregida y revisada… no hay en ese sentido nada nuevo. Pero sí encontramos una consolidación de sus formas y temas más característicos y un despliegue, delicioso como siempre, de ese humor torcido y de esa media sonrisa en la cara que se le quedaba (estoy convencida) al escribir según qué cosas.

Reseña cortita, pues. Está aquí el poema «Glosas a Heráclito» que ya había leído en varios sitios pero que no deja de maravillarme («Nadie se baña dos veces en el mismo río. / Excepto los muy pobres»), vuelve el motivo del paso del tiempo y también esa mirada hacia la dictadura que una vez definí como digna de caricatura de Quino. Diría que «Notas de un viajero» es la parte que menos me ha convencido. Por lo demás, hay poemas llanamente preciosos – diría que de manera especial entre las elegías. Si tengo que elegir, me quedo con «Eternidad en la nada» y ese final de genio: «Abandona cuidados: / lo que ha ardido / ya nada tiene que temer del tiempo».

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