Doña Flor y sus dos maridos.

Un libro que compré en julio, que hizo conmigo el viaje ida y vuelta a Brasil sin ser abierto, que acabé leyendo entre agosto y octubre (un desastre) y que, tras una época de mierda, es por fin reseñado en diciembre. Creo que estos dos meses han sido la temporada más larga de inactividad del blog. Por suerte he seguido leyendo, aunque con un ritmo bajito y triste. Un poco lo de Sara Torres y su: «un cuerpo triste / obedece a la norma / aunque no cree en ella». Espero ir sacando el otro par de reseñas pendientes en los próximos días. Volvemos a la vida.

Sobre lo que nos concierne. Jorge Amado, de quien yo no conocía ni el nombre (ay), es el escritor brasileño más reputado del siglo XX, traducido a infinidad de lenguas y con varias de sus obras más populares convertidas en películas de éxito en Brasil y en toda Latinoamérica. A Amado lo descubrí por Lucas, que me insistió muchísimo en que debía leerlo, y si finalmente compré Doña Flor y sus dos maridos fue por el empeño de Raúl, que me abordó en múltiples ocasiones una noche de fiesta para asegurarse de que lo leería. Así que gracias a Raúl, de quien me acordé constantemente durante toda la primera parte del libro, riéndome sola al imaginar su satisfacción ante la ironía y el humor doblado de Jorge Amado. Una delicia.

Amado fue, como me dijo Lucas, uno de los pocos escritores verdaderamente de masas que hubo en Brasil en el siglo XX. Dotado de un particular realismo literario, militante comunista, su obra es resultado de un empeño por crear un imaginario «nacional-popular» propio con base en todos los sincretismos de la historia de Brasil. El resultado es asombroso. Una escritura riquísima, a ratos barroca, prolífica en los detalles y en los personajes secundarios, donde figuras que apenas pasan por la calle mientras miramos desde la ventana son para el autor merecedoras de contarnos su vida o sus múltiples divorcios. Una voz narradora ambigua, que pretende funcionar como voz en off interlocutando con el lector, deteniendo una escena, o animando a reflexiones específicas. Y una capacidad asombrosa para manejar referencias, historias cruzadas, dobles sentidos, universos culturales y religiosos y toda suerte de apariciones momentáneas.

Algunos puntos rápidos que me gustaría destacar del libro, teniendo en cuenta que lo leí hace ya varios meses y que las impresiones no son recientes. El primero es la magistralidad en la construcción de género tanto de Flor como del resto de personajes: indudable pero siempre contradictoria, nunca en línea recta, siempre plagada de vericuetos que hacen difícil la aplicación modélica de un estándar rígido de feminidad/masculinidad ni (aunque quizá en menor medida) de hombría/mujeridad. Ligado a esto, la naturalidad con la que el autor expone los criterios morales de unos y otros personajes es quizá uno de los ejes conductores del libro. Reconozco que la tercera parte («Del tiempo de luto aliviado, de la intimidad de la viuda en su recato y en su vigilia de mujer joven y necesitada…») se me hizo bastante larga, y a duras penas podía soportar ya las angustias morales de Doña Flor en torno a lo que es o no apropiado para una viuda – sufrí, de hecho, un poco de vergüenza ajena.

Lo que más me fascinó de todo el libro, hasta el punto de seguir actualmente pensando en torno a ello, es el tratamiento que hace del deseo. No sólo en lo que a la honestidad mamífera del deseo de Doña Flor se refiere, sino en una dimensión mucho más trascendente. ¿Cómo conjugar el deseo con la pérdida? ¿Qué papel juega la ausencia (la carencia) en la posibilidad misma del deseo? Escribe Amado sobre el luto como un tiempo que ya no es más tiempo de espera, y sobre como esa imposibilidad de resolución hace que el deseo y el anhelo lo ocupen todo. Antes, al menos la espera; tras lo definitivo, nada. La carencia/necesidad absoluta. «Se movía apenas entre el dolor y el ansia». Y también: «Desde entonces el deseo ya no tuvo siquiera derecho a la espera». El dolor como solapamiento de la imaginación/necesidad con un presente de carencia; renunciar al deseo como única manera de evitar el dolor. Pero ay, qué tipo de psicópata aceptaría eso. Doña Flor, desde luego, no lo hace.

Por último, una paradoja que me hizo sonreír mucho. Amado titula la última parte del libro «De la terrible batalla entre el espíritu y la materia…», y efectivamente sí. Pero podría pensarse que no se trata del fantasma de Vadinho frente al la realidad tangible del doctor Teodoro, tan en el mundo de los vivos. Yo creo más bien que todo lo espiritual está en el doctor Teodoro (la cultura, la placidez, la tranquilidad del bienestar calmado) y todo lo material (el sexo, la carne, el sudor y la piel) en Vadinho. Y, en cierto modo, qué manera genial de resolver el problema original de la monogamia, siempre empeñada en que lo encontremos todo en una sola persona. A vueltas con el deseo y la voluntad.

Lingüística general.

He vuelto a Cristina Peri Rossi. En septiembre leí su quinto poemario, publicado en 1979 y estructurado en tres partes diferenciadas: «Lingüística general», «Diario de navegación» y «Travesía». Es un libro hermoso, sensual y bello, donde la autora desplaza la vivencia migratoria del lugar central que había ocupado en sus dos anteriores poemarios (Estado de exilio y Diáspora) para recuperar los que, para mí, son hasta el momento sus dos tropos más importantes: el erotismo del nombrar (del escribir) y la densidad oscura y profunda de las metáforas marinas.

El comienzo (numerado) de «Lingüística general» me ha recordado muchísimo a aquél Evohé que leí ya hace tantos años. «El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas», y con ese impersonal masculinizado la poeta (¡ay, Cristina!) recupera una práctica que me sorprendió bastante en su momento y que sigo sin saber si atribuir a su lesbianismo o a una cierta altivez de mujer que se siente lista para ser varón (todas hemos pasado por ahí, amiga). Peri Rossi no escribe, como otras autoras sáficas, de las mujeres desde un yo femenino: sus narradores y sujetos universales son siempre hombres, figuras que se nombran a sí mismos con adjetivos acabados en «o», salvo quizá algún poema muy en primera persona y decididamente autobiográfico en Diáspora.

Y sin embargo hay al final de este libro un penúltimo poema que me ha recordado como un relámpago a ese inconfundible «Y/o te busco m/i radiante a través de la asamblea». Leemos en «4.ª estación: Ca’ Foscari»: «Te amo como mi semejante / mi igual mi parecida / de esclava a esclava / parejas en subversión / al orden domesticado». Y después, en unos versos preciosos: «A la mañana, en el desayuno, cuando las cosas lentamente vayan despertando / te llamaré por mi nombre / y tú contestarás / alegre, / mi igual, mi hermana, mi semejante». Tengo curiosidad por ver cómo avanza esta evolución en el resto de su obra.

Además de un regreso a Evohé, «Lingüística general» me ha llevado continuamente al Eros dulce y amargo de Anne Carson. «Hay algo puro e indudable en la noción de que Eros es ausencia», escribe Carson. «Escribimos porque los objetos de los que queremos hablar no están», responde Cristina (qué apellido más terriblemente poco estético, difícil de encajar de manera rítmica, siempre disonante, tiene Peri Rossi, y cómo me duele la composición cada vez que tengo que escribirlo). De nuevo Carson: «Lo que es erótico en la lectura (o en la escritura) es el juego de la imaginación convocado en el espacio que media entre nosotros y el objeto del conocimiento». Y una y otra vez: los límites entre el ahora y el luego que ya no es ahora; entre las cosas y su memoria y provocación.

El segundo tropos recuperado, decía, es el recurso a la metáfora marina que tanto me fascinó en Descripción de un naufragio. No se trata sólo de los títulos de las otras dos partes, más cortas («Diario de navegación» y «Travesía»), sino de toda una dimensión profunda que empapa los poemas revelándose como la forma original en la que la autora entiende y percibe su sexualidad y la sensualidad en sí misma: como una amenaza animal, húmeda y oscura en la que hacemos bien en adentrarnos. Los poemas XIII y XX son para mí los más bellos de todos, y éste segundo nos ofrece la inmensidad como una delicia: «Pero estás en la noche honda como un lago / donde lentos cetáceos se pasean / para que toda turbación tenga nombre / y el deseo voraz como un puma / horade la voz / el papel/ y los sueños en la noche / como animales hambrientos». Como animales hambrientos.

50 poemas de revolta.

El que fue mi poemario de agosto lo compré en São Paulo aconsejada por Lucas (que me dijo al salir de la librería que había pensado regalarme su ejemplar si no lo encontrábamos) y lo leí un mediodía tirada en la arena de la Cala Grande del Barronal, en el Cabo de Gata, manchando las páginas de crema de sol y de jugo de melocotón que me resbalaba por las manos. Librito pequeño, pulcrísimo y naranja, 50 poemas de revolta es una antología (sí, ese formato al que tanta tirria tengo) de 34 poetas brasileños. «Clássicos e contemporâneos», reza la contraportada.

¿Puede llamarse «antología» a la selección de uno o apenas dos poemas por persona? ¿Podemos extraer de ahí alguna pauta estilística, generacional, algún criterio métrico, algún sentido en lo que al autor o autora respecta? La negativa es evidente. Me parece mejor (desde luego, más fructífero e interesante) mirar el libro como un retrato colectivo de los y las desposeídas de Brasil. No hay búsqueda estilística alguna, relato generacional, indagación en el yo creativo, porque el librito naranja no es una antología: es una crónica del proceso por el que una clase toma consciencia de su situación de opresión y explotación y se rebela contra ella. Narrada a través de la expresión poética del proceso mismo.

Algo que me ha fastidiado siempre de la llamada poesía social (término acuñado en los 90 para no tener que reconocer un contenido político) es la pasmosa tranquilidad con que muchas veces se queda en la denuncia, en la descripción de la miseria, como si de un fenómeno natural inamovible se tratara. O peor: como si necesitáramos que nos lo contaran para saber que el mundo es una mierda. Una mezcla de la polémica clasemediera bienpensante en torno a la foto del niño Alan y el ¡Indignáos! de Stéphane Hessel. El horror.

Me ha gustado el librito porque huye de eso: no nos ofrece una compilación de poetas sociales sino una ventana a los procesos de organización y lucha que se dan y se han dado en Brasil en el último siglo. No meanicista, claro, no de un modo panfletario. Pero leyéndolo, una puede saber dónde están las palancas desde las que organizar el conflicto (nada nuevo, en fin: comida, vivienda, trabajo) y también cuáles son los humores, los estados de ánimo, los amores y las melancolías que se construyen en ese caldo.

Demasiados nombres (¡34!) como para hacer una indagación mínima de cada uno de ellos. En general he preferido los gritos (Alice Ruiz, Ferreira Gullar, Torquato Neto), pero la genealogía tranquila de Conceiçao Evaristo en «Vozes-mulheres» me pareció de los poemas más bonitos, sonreí irónica con Ledusha («feminista sábado domingo / segunda terça quarta / quinta e na sexta / lobiswoman») y es siempre una cosa chula toparse con Vinícius de Moraes. 50 poemas de revolta ha sido, en fin, una oportunidad genial para atreverme a leer en portugués (qué idioma precioso), con la promesa de cosas más grandes que tengo pendientes.

Senderos de libertad: la lucha por la defensa de la selva amazónica.

Cuando a comienzos de verano pedí recomendaciones de lecturas de autoras brasileñas o que tuvieran Brasil como fondo, M. me sugirió de inmediato ésta. A quién no le va a gustar la combinación de ecologismo y lucha sindical, me dijo. Reconozco que dudé un poco: no conocía a Javier Moro, tengo kilómetros de prejuicios sobre los bestsellers españoles, una franca desconfianza hacia todo ganador de un Premio Planeta y poco tiempo libre que perder en 600 páginas de lugares comunes. Pero a M. hay que hacerle caso siempre y al día siguiente estaba encargándolo en mi librería. Menos mal. Qué pedazo de libro y (para mi sorpresa) qué pedazo de escritor.

Senderos de libertad cuenta la historia de Chico Mendes. Y sí, pero no. En primer lugar, porque Chico tarda unas cien páginas en aparecer y antes que a él conocemos a un amigo de su padre (sin saber que en algún momento migrará al Amazonas y será aprendiz de un hombre que tendrá un día un hijo), al indigenista Sydney Possuelo o a un pistolero escapado de una finca de trabajo esclavo que acabará casándose con la hija del viejo amigo de Francisco Mendes (padre) y siendo contratado para matar a Chico. En segundo lugar, porque más que una biografía personal podría parecer que el libro traza la biografía colectiva de una pulsión que, con el mero propósito de facilitar el relato, se encarna en diferentes momentos del siglo XX en distintos individuos ficticios. Con una diferencia: los individuos existieron. Son (casi todos) personas reales.

Javier Moro levanta una estructura narrativa monumental en la que décadas, personajes y lugares se imbrican de forma casi perfecta. El recurso a frases, declaraciones o entrevistas reales se confunde con otros tantos testimonios posibles, de manera que una ya no tiene claro cuándo un entrecomillado (generalmente seguido del tan creíble «… diría más tarde») es real y cuándo, efectivamente, un diálogo ficcionado. Javier Moro alterna una prosa verdaderamente buena con cascadas de datos, nombres y cifras verídicos, recabados en un arduo trabajo de documentación que incluyó más de tres años viajando por el Amazonas. Hay un cruce constante entre la emoción literaria y la denuncia material (fría, cruda, estadística: con nombres, apellidos y datos fiscales), sin que la primera reste conocimiento de la segunda ni ésta empañe la otra.

Como si de un catálogo de agresiones y violencias, pero también y sobre todo de respuestas y dignidades se tratara, Senderos de libertad va trazando las vidas de hombres y mujeres que huyen de la sequía, que mueren de hambre y plagas, que trabajan en hospitales medievales en mitad de la selva, que predican y construyen la teología de la liberación (he quedado fascinada con el personaje de Gilson Pescador), que declaran la guerra a los ocupantes de sus territorios ancestrales, que saben hablar con las plantas, que son desahuciados para construir carreteras, que acaban devorados por el alcohol, que plantan cara a los pistoleros de la patronal, que son esclavizados en plena década de 1970, que se organizan en las favelas, que alfabetizan a sus vecinos, que trabajan 14 horas al día buscando oro, que construyen un sindicato. La novela es la biografía de la lucha colectiva en defensa de la vida. La narración de los motivos, las formas y los sentidos de la lucha de clases.

Por ponerle una pega al libro, hay un momento en los capítulos intermedios en que la centralidad de técnicos especialistas de Estados Unidos empieza a hacerse cargante. El tono de la narración llega a presentar a los diferentes abogados, periodistas y ambientalistas yanquis como los ideólogos de toda una sofisticada estrategia de la que Chico Mendes es tan solo un (importante) figurín artístico. Lo que es más: la dimensión colectiva del movimiento de caucheros y del Sindicato de Trabajadores Rurales apenas se muestra, como si acaso fuera posible que la suma de una limitada serie de voluntades y genialidades individuales pudiera plantar cara a los más altos intereses económicos.

Me fastidió bastante esto porque el tono general del libro no es ese. Muy al contrario: Moro enhebra con una claridad sorprendente la dimensión personal con el plano más amplio de la lucha por preservar y respetar el medio, por la justicia social y por la dignidad humana. Dos pensamientos me han asaltado recurrentemente durante la lectura: el tamaño gigantesco de las gráficas que Moro seguramente necesitó hacerse para escribir todo esto sin perder el hilo, y que el libro debería ser lectura obligatoria en los institutos.

Estado de exilio.

Voy tardísimo: leí este cuarto poemario de Cristina Peri Rossi en julio, cuando todavía ni había escrito la reseña del anterior, y luego me fui de vacaciones y dejé pasar el tiempo sin tener el libro a mano para escribir algo decente. Lo que siguen son por tanto unas notas rápidas, escritas tirando de la memoria más intensa contrastada con alguna relectura, que siento no estarán a la altura de un poemario que me gustó muchísimo y que te pega en el estómago un golpe firme y doloroso.

La obra está compuesta por dos partes: «Estado de exilio» y «Correspondencia(s) con Ana María Moix», ésta última con una forma que recuerda al poema «Diáspora» de su anterior libro pero también a las cosas que yo escribía borracha, después de haber esto llorando y bebiendo sola, cuando tenía 19 años. Tiene partes buenas pero en general no consiguió atraparme, como «Diáspora» sí que lo hizo. La primera parte, ah, eso es otra cosa.

En Estado de exilio no se tarda en entrar. No hay, como en Diáspora, poemas preliminares, dotados de una saturación menor, que nos preparen para lo que se viene. Es como si la autora hubiera querido retomar el trabajo justo donde lo dejó, en la cima de su poemario anterior, y considerara que hasta entonces apenas ha sido capaz de transmitir porciones pobres y miserables de lo que siente. Desde el principio ataca: la construcción de un cuerpo colectivo (los exiliados que vagan y pasan hambre y tienen sueño y rebuscan en sus bolsillos alguna moneda que echar a la cabina telefónica, ¿no son acaso un único cuerpo multiforme y sedoso?), la primera persona del plural que se personaliza sólo en momentos excepcionales, la ranura por la que miramos momentos concretos de la pérdida y la desorientación particulares.

Con respecto a Diáspora, el recurso más interesante que Peri Rossi incorpora es la confrontación constante entre el viaje y el exilio. Ese «y me fui porque si los mataba / me llevaban preso» del exiliado que se reivindica francés frente a dos turistas uruguayos. El «dónde he venido a parar, / si mi abuelo lo supiera, / (…) / lo habría contado a sus compañeros / y todavía me hago famoso» amargo en «París, 1974». Y el qué para mí es uno de los poemas más tremendos del conjunto: «Aquel viejo que limpiaba platos / en una cafetería de Saint-Germain / y de noche / cruzaba el Sena / para subir a su habitación / en un octavo piso / sin ascensor sin baño / ni instalaciones sanitarias / era un matemático uruguayo / que nunca había querido viajar a Europa».

La otra diferencia son las palabras duras, la violencia explícita pero sin aspavientos, la imagen que no se vela sino que se escupe con simpleza. Es, en ese sentido, un poemario con mucha más carga política, mucho más capaz de señalar la dictadura y la pobreza, de contar lo que se ha visto sin quitarse por ello de encima la carga de la culpa de haber sobrevivido. Quizá, de manera poco convencional, está toma de posición está declarada en ese: «Te dije: / ‘Se necesita mucho valor / para tanta muerte inútil’. / Pensaste que me refería a América Latina. / No, hablaba / de morir en la cama, / en la gran ciudad, / a los ochenta o a los noventa años».

Me cuesta no enumerar todo ese dolor bellísimo al que Peri Rossi da forma escrita. Dos menciones solamente. La primera: una maravilla titulada «Gotan» donde se reniega de la esperanza de volver en versos que se van confundiendo con los de la canción de Carlos Gardel. La segunda: «Barnanit», el poema que cierra el conjunto, escrito 30 años más tarde que el resto y recogido también en Estrategias del deseo (con la necesidad en los labios: temblando estoy por llegar). Lo del amor, ay.

Cuarto de desechos (y otras obras).

Leí a Carolina María de Jesús entre finales de julio y los primeros días de agosto, como comienzo de un pequeño recorrido lector por algunos lugares, momentos, luchas y esperanzas de los hombres y mujeres de Brasil. Comencé el libro (una traducción arriesgada por parte de Txalaparta, que ha hecho un trabajo excelente en colaboración con el Laboratorio de Traducción de la Universidad de Los Andes en Colombia) en los descansos escasísimos de mi jornada laboral, y lo terminé en un autobús con asientos reclinables que me llevaba de Angra dos Reis a São Paulo en un viaje de más de ocho horas. En São Paulo, 70 años antes, Carolina María de Jesús escribía el diario que terminaría convirtiéndose en este libro.

He leído tanto sobre la autora y su obra en las últimas semanas (el prólogo y epílogo del propio libro, el buenísimo texto preliminar que lo acompaña, y una sala entera del Museu Afro de Brasil que funciona como entrada a la biblioteca que lleva su nombre) que me cuesta escribir algo que considere mínimamente propio y original, a pesar de que en el Estado español la brasileña sea una perfecta desconocida. Nacida en una zona de interior en los años 20 del siglo pasado y descendiente de antiguos esclavos, Carolina María migró a la gran metrópoli para acabar convirtiéndose en favelada y recogedora de basura. Su forma de escribir la revela como una mujer con una fuerte consciencia de sí misma, honesta en su forma de ver la vida y con un carácter duro y descreído fruto de años y años de miseria y de protegerse a ella misma y a sus hijos de múltiples violencias. En ocasiones, sin embargo, se cuelan en su diario algunos rayos de ilusión infantil que, junto con las confesiones de cansancio y desesperación, la humanizan y la muestran como lo que todos somos: seres humanos complejos, plagados de matices y siempre en posesión de un cierto margen de agencia propia.

Carolina escribe para sobrevivir, en múltiples sentidos: para no renunciar al diálogo interno y a la consciencia de las cosas que ocurren en su propia vida, para encontrar refugio en mitad de entornos hostiles y violentos a los que se siente ajena (primero en la favela; más tarde, tras el éxito de su libro, en la alta sociedad brasileña donde ella sólo ve dobles caras y relaciones interesadas), para dotarse en un cierto sentido de un cuarto propio en la chabola de dos por tres metros en la que vive con sus hijos. Pero lo hace también por pasión y por ambición, porque cree en el poder de la escritura y porque su sueño es ser escritora. En su amor por los libros y en su orgullo por su capacidad de leer y escribir, así como en su firme resolución de no casarse nunca para no perder su autonomía en manos de ningún hombre, hay una entereza y una fuerza que, más que sobrenaturales, son profundamente humanas.

Cuarto de deshechos fue una recomendación de Lucas antes de viajar a Brasil, y funciona como una ventana a la realidad social de un país que, en 1960, se lanzaba de cabeza a la senda de la modernización con todas sus consecuencias: explosión de las diferencias sociales, migraciones masivas de pobres del campo a las grandes ciudades, multiplicación del tamaño de las metrópolis, proliferación de la pobreza urbana, etc. La edición de Txalaparta recoge, junto a Cuarto de desechos (el diario de su vida en la favela que la lanzó a la fama), Casa de ladrillos (donde retrata su vida en los círculos culturales y de la alta sociedad brasileña del momento, que se publicó sin éxito) y dos relatos hasta ahora inéditos en castellano: «Favela» y «¿Dónde estáis, Felicidad?».

Puestos juntos, los dos diarios de Carolina forman un díptico súper interesante levantado sobre una escritura muy particular en sus rasgos, mezcla de formas toscas y giros elaborados, que engancha desde el primer momento y se reconoce orgullosa de su propia existencia. Carolina habla de racismo, de su condición de mujer negra y pobre, del hambre, de la vergüenza por ir sucia por no poder comprar jabón, de reforma agraria y de su admiración por Fidel, pero también de su cariño por los niños y de lo mucho que le gusta madrugar para mirar el cielo. Y al final, la ternura: «Hay momentos en que tengo ganas de dar un grito para que todo el universo me escuche: ¡Viva mi libro! ¡Vivan mis dos años de escuela primaria! Y vivan los libros, porque es lo que más me gusta, después de Dios».

Una historia colectiva: el éxtasis colectivo de la Antigüedad a nuestros días.

Con Barbara Ehrenreich doy por cerrado el itinerario de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista que comencé en enero y que me ha acompañado en este medio año lleno llenísimo de intensidad y de goce. Podéis encontrar todas las reseñas agrupadas en la etiqueta Deseo, donde se irán sumando en el futuro lecturas pendientes que no han cabido o sabido encontrar su sitio ahora, y seguro que muchas otras. Dudé si dejarlo aquí o prolongarlo durante todo el año, pero al final opté por parar por dos razones. La primera es la necesidad de descansar: vivo desde hace tiempo en un estado de saturación emocional que me esfuerzo por sublimar de manera constante, pero también hace falta cerrar los ojos de vez en cuando y simplemente dormir y respirar despacio y no gemir ni llorar a cada mínimo roce. La segunda es puramente práctica: me voy de vacaciones (largas de verdad por primera vez en mi vida) y me apetece leer cosas más frívolas y tranquilas y sumergirme un poco en la literatura de los sitios por los que estaré viajando. Así que, por el momento, ahí queda. He disfrutado mucho estos casi siete meses de inmersión en el disfrute.

Una historia de la alegría es un libro fascinante, irreverente casi, que realiza una investigación por las diferentes formas de rituales extáticos que han existido a lo largo de la historia de la humanidad. Éxtaticos: que conducen al éxtasis. Que alteran el estado normal de existencia para permitir estados alterados de sentido y de conciencia, donde los límites del yo se disuelven haciendo posibles acciones y percepciones que no podrían darse de otra forma. El título del libro es, en ese sentido, toda una declaración. «Sospecho que muchos lectores tendrán puntos de referencia similares -sean tanto religiosos como recreativos- respecto al material de este libro y que, al igual que yo, se preguntarán: si poseemos esta capacidad para el éxtasis colectivo, ¿por qué apenas la ponemos en práctica?».

Estructurado como un recorrido cronológico, el libro pone en relación una serie de fenómenos colectivos íntimamente conectados: los bailes extáticos de los pueblos colonizados (aquí Ehrenreich desglosa y critica de manera divertidísima y muy oportuna todos los comentarios e interpretaciones que desde la antropología y otras ciencias sociales del momento se realizaron), los festivales dionisiacos en la antigua Grecia, algunas prácticas colectivas del primer cristianismo, la celebración del Carnaval en la Europa medieval. A los fenómenos de represión de la alegría (de persecución de las celebraciones extáticas, entre otras cosas, por la dificultad para controlarlas y para acotar sus efectos sociales) se le dedican también capítulos propios: la condena moral al baile e incluso a la música que se impuso en el Imperio Romano, la aniquilación material pero también cultural que los conquistadores realizaron en América, el calvinismo y la Contrarreforma, etc.

Al final del libro hay algunos capítulos bastante curiosos que confrontan fenómenos contemporáneos o relativamente recientes (los grandes eventos fascistas de hace un siglo, por ejemplo, o los macroeventos deportivos y los conciertos de rock de las últimas décadas) con las festividades extáticas. Una historia de la alegría se publicó por primera vez en inglés en 2006, algo que explica parcialmente por qué la cronología que maneja la autora apenas nombra como algo embrionario las prácticas carnavalescas de protesta que tan comunes fueron del ciclo de los Foros Mundiales y el movimiento antiglobalización. Siendo cierto que ella se centra en los despliegues estéticos del movimiento y no tanto en la experiencia extática, creo que la lectura se complementaría muy bien con el libro de Julia Ramírez Blanco, Utopías artísticas de revuelta, especialmente con las partes dedicadas al movimiento «reclaim the streets». También me he acordado mucho del librito Bailar hasta morir editado por Antipersona (ahora Levanta Fuego) y echado mucho en falta alguna referencia a lo más parecido al éxtasis colectivo que he experimentado yo jamás: las freeparties y el movimiento rave.

El libro es, hay que decirlo, una delicia. Barbara Ehrenreich es de las mejores divulgadoras a las que se puede leer, además de una erudita y una mujer con una comprensión bastante avanzada de qué cosas valen verdaderamente la pena en la vida (y, en consonancia, de qué temas merecen verdaderamente ser trabajados). Durante toda la lectura hubo un único momento donde torcí el gesto con hastío: cuando viene a decir que el marxismo se equivoca y que no se pueden explicar ciertos procesos históricos de cambio social en base a «la economía» (en concreto, la expulsión de las celebraciones bailadas y de las mascaradas fuera de las iglesias), para a continuación proceder a desarrollar una explicación absolutamente materialista del mismo. Me da mucha rabia cuando gente tan lista demuestra de forma tan estúpida no haber comprendido cosas tan sencillas. Y al final, a ella le fascina la capacidad de las festividades extáticas de borrar temporalmente las jerarquías sociales, mientras que yo escupiría en la cara de cualquiera que pretendiera que debo mezclarme (y más para compartir y para dejarme ir) con cierta gente.

Destaco sólo, y muy someramente, tres de las cosas que más me han gustado. La primera es sensibilidad y centralidad desde la que se abordan todas las cuestiones relacionadas con los procesos de racialización y colonización, y la capacidad de entender el modo en que todo esto se conecta con las necesidades de explotación del Capial, así como el esfuerzo que se hace (en mi opinión, preciso y muy logrado) por descentralizar el relato tanto de Europa como de las visiones europeas sobre otros territorios. La segunda son los capítulos en los que se propone una vía para la transición entre Dioniso y Jesús (todo el capítulo dedicado al cristianismo primitivo es una gozada, pero ese «Cristo crucificado fue, y quizá no sólo de forma simbólica, Dioniso renacido» me hizo estremecerme de gusto).

La tercera es la hipótesis que se plantea al principio del libro: que el baile surge como una necesidad humana básica pues es la manera que tenemos de crear y consolidar grupos humanos grandes. Dice Ehrenreich: «Mucho antes de que los pueblos tuviesen un lenguaje escrito y posiblemente antes de que se hicieran sedentarios, ya bailaban y consideraban la danza una actividad lo bastante importante como para registrarla en piedra. (…) Ninguna otra especie lo ha conseguido. Solo nosotros estamos dotados de esa clase de amor que Freud fue incapaz de imaginar: un amor, o al menos una afinidad, que une a las personas en grupos muy superiores a dos». Y también (como mantra de vida): «Extraer placer de unas vidas sometidas a las penalidades y a la opresión es un logro meritorio; alcanzar el éxtasis es una especie de triunfo».

Militancia alegre: tejer resistencias, florecer en tiempos tóxicos.

Llegué hasta Militancia alegre buscando una lectura con la que completar algunos vacíos del itinerario sobre deseo, placer y existencialismo alegre que comencé hace unos meses. Me interesaba especialmente leer sobre la interpretación spinozista de las pasiones, algunos aspectos de la movilización de los afectos, y en general sobre la vinculación entre emoción y actuación – entre lo personal y lo político. Desde esta búsqueda, el libro ha resultado ser casi exactamente lo que suponía y contener pasajes muy útiles y bonitos. Casi toda la primera mitad me resultó bastante interesante, a pesar de diverger de los autores en puntos importantes y de que, como menciono más adelante, sostienen en ocasiones auténticas chorradas. Creo que una lectura menos enfocada, que contenga en un principio mayores expectativas globales para el conjunto del libro, se habría visto decepcionada. No ha sido mi caso. Voy a tratar de explicar cuáles han sido los puntos que más me han gustado y cuáles las limitaciones más problemáticas.

Primero. La idea de la tristeza y las pasiones tristes como desarticuladoras y desmovilizadoras (nos aíslan, nos reducen, nos dejan exhaustos y carentes de energía), y de la alegría y las pasiones alegres como activadoras y movilizadoras (nos impulsan a actuar), no por ya conocida es menos sugerente y empíricamente cierta. Me gusta que bergman y Montgomery insisten en que con alegría no pretenden hablar de felicidad ni de aceptación acrítica del estado de cosas. La militancia alegre no es el mandato de ser felices sino la búsqueda consciente por activar potencias que ya existen en nosotros. Se define la alegría como la «capacidad de hacer y sentir más»: un estado de ánimo que sólo puede realizarse relacionalmente y que surge del reconocimiento de la capacidad de poder cambiar la propia vida y sus circunstancias. Los primeros capítulos, centrados es esta concepción de la alegría como pensamiento-sentimiento que surge de volverse capaz, que está integrado por muchas emociones al mismo tiempo, y que no se consigue esquivando el dolor sino a través de él, constituyen la parte más potente y que más he disfrutado del libro.

Segundo. Hay una defensa de lo colectivo y de la comunidad que logra no acabar recayendo en la huida individualista del mundo. Tengo especial inquina contra quienes eligen el escapismo como táctica de supervivencia: neorrurales (pero no sólo) que creen estar construyendo mundos nuevos en sus comunidades autogestionadas sin vínculos con la realidad, donde pueden vivir acordes con su conciencia mientras millones de personas de clase trabajadora agonizan por todo mundo – el único que existe. No hay en Militancia alegre ningún rasgo de este egoísmo camuflado (algo que no sería tan raro, teniendo en cuenta la adscripción ideológica de sus autores), pues no se propone lo colectivo desde lo identitario sino desde lo relacional. El enfoque relacional que atraviesa todo el libro me convence bastante y permite articular planteamientos muy lúcidos y útiles políticamente.

Tercero. A lo largo de todo el texto (escrito en Canadá) existe un esfuerzo constante por mantener una sensibilidad ampliada en lo que a los procesos de racialización, colonización y expolio material y cultural se refiere. En algunos momentos el fantasma del relativismo total parece asomarse por la puerta, alternándose con un empeño casi ridículo por recalcar en todo momento que ambos autores son blancos (y colonos, fórmula que no termino de entender a menos que hayan participado de prácticas conscientes de ocupación de tierras en el presente). Sin embargo, es en esta parte donde está uno de los aportes que más me sorprendió leer y que más acertados me parecen: frente a la práctica acomplejada de abrazar culturas ajenas como buenas en sí mismas (que cae demasiado rápido en la utilización y la apropiación cultural, y que refuerza un dualismo estúpido entre esencias buenas y malas), se trataría más bien de recuperar y reivindicar aquellas genealogías y prácticas colectivas potencialmente transformadoras presentes en nuestras propias comunidades. Es desde ahí desde donde el diálogo intercultural es posible y (añado yo) desde donde la solidaridad activa supera el estado de seguidismo culpable para devenir práctica política.

El libro tiene, por supuesto, muchos problemas. El primero son las definiciones que usa para términos relevantes, como ideología, militancia o vanguardia (éste último en concreto es verdaderamente de risa). Como demasiada gente procedente del anarquismo, carla bergman y Nick Montgomery manejan una comprensión absolutamente desnortada de la historia del comunismo y de las motivaciones y aspiraciones de las diferentes corrientes socialistas. El hecho de que para exponer los problemas del «marxismo-leninismo» (sic) se tome como ejemplo un grupo terrorista activo en algunas ciudades de Estados Unidos en torno a 1969 da idea del nivel de ridículo. El alegato contra la ideología no se queda atrás. Como si fuese posible abstraerse de la ideología dominante sin abrazar una explicación alternativa del mundo y de su funcionamiento, o peor: como si se pudiera articular una defensa no ideológica de los intereses compartidos (¿los bienes comunes?) que no acabara comprando el marco de la ideología dominante.

Al final, la principal falla del libro reside en su renuncia implícita a la transformación real de la vida. Si las cosas no es que puedan ser de otra manera sino que ya lo están siendo, y por tanto nuestra tarea no consiste en combatir nada (combatir, qué palabra violenta) sino en permitirnos fluir y ser menos rígidos, entonces lo que se cuela es la aceptación de lo existente. Hay una frontera difusa, a pesar de que los autores arremeten contra ello en un par de ocasiones, entre la militancia de la alegría así entendida y el «si quieres, puedes» de quienes pretenden vivir ajenos a las dinámicas sociales del mundo. También, una comprobación: el empeño por hablar de dinámicas de poder esconde casi siempre una total ausencia de discurso de clase.

Pese a todo, creo que Militancia alegre nos ofrece una defensa bellísima y muy cierta de la amistad, la afinidad y la confianza como vectores y motivaciones políticas, y que sitúa en el lugar merecido al impulso que nos lleva a obrar y que, en colectividad, podemos llamar alegría. Elementos nada despreciables para transitar el mientras tanto.

Diáspora.

Voy tardísimo con las reseñas (otra vez). Diáspora es el tercer poemario de Cristina Peri Rossi, tras Evohé y Descripción de un naufragio, y fue mi poemario del pasado mes de junio. Lo leí esperando una intensidad parecida a la del anterior, que me había pillado además en el momento perfecto, y resultó no ser exactamente eso (o, quizá, no estar yo en el mismo momento). Lo erótico aquí tiene mucho más que ver con la erótica de Evohé, ese juego ambivalente mujer-deseo-palabra que resulta cautivador en algunos puntos pero que a mí no termina de convencerme. Es, si se quiere, un poemario más doloroso y algo más político, al menos en lo que a nombrar la tristeza y la soledad se refiere. El título es perfecto en ese sentido: un poemario de la diáspora y del desarraigo.

Ambas cosas, el desarraigo y esa erótica tan particular de la autora, se juntan por primera vez en el poema más largo de todos, que lleva por título el de la recopilación completa. Hay forma especial en la que Peri Rossi confunde todo el conjunto de emociones humanas con la emoción erótica: mientras la pulsión funciona, todo lo demás se estabiliza y se carga de energías buenas, como si el deseo fuera capaz de transformar la propia vida o quizá de retirar a quien escribe de ella; en cuanto el primer estímulo sensible trae de vuelta el mundo (los procesos, los recuerdos, la memoria, los anhelos, la tristeza: la diáspora), entonces el deseo se congela y todo es agrio y objeto de odio. «Diáspora» es un poema tremendo, que habla del odio y del embrujo de clase, de las pijas que van de progres, de la pasión siempre situada y de la negativa a amar ajenas a todo lo político y lo material que nos atraviesa. Ajenas a lo que somos.

El desarraigo adquiere en toda la obra una dimensión de abandono afectivo que toma forma poética en lo amoroso: con la diáspora (con el exilio, que dará nombre al siguiente poemario de la autora) se abandona contra la propia voluntad al mismo tiempo que se es abandonada. Sensación de ahogo (el naufragio), de pérdida: «No podía dejar de amarla porque el olvido no existe / y la memoria es modificación, de manera que sin querer / amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía / en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares / en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques / donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas / que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables / como las pocas que habíamos conocido». Cuantísima belleza en el dolor.

Hacia el final del poemario hay, entre las referencias a la estancia de la poeta en Londres, dos series dedicadas. La primera a Alejandra Pizarnik, muy bella, donde sospecho que el nombre de Alejandra se entremezcla con el de alguna amante de Peri Rossi. La segunda a Lewis Carroll (reverendo Charles Dogson), donde la escritura adopta una violencia tremenda hasta sentir que los versos se nos arrojan a la cara como si fueran bofetadas. Desde la sorpresa del «ninguna mujer que coma ostras puede estar traspasada de amor», puesto en cursiva por la propia autora en la parte I de «Aplicaciones de la lógica de Lewis Carroll», los ocho poemas de la serie me han fascinado. Mención especial al III y VI, para mí los más tremendos, y al final del IV: «La Iglesia había prohibido el estupro / a los sacerdotes jóvenes, / pero no la escritura».

Gastrosofía: una historia atípica de la filosofía.

Empecé este libro tras acabar el de Sara Torres, necesitada de algo ligero que rebajara los niveles de intensidad emocional que me atravesaban. Así que supongo que no deja de ser irónico que me siente a escribir la reseña justo ahora, pero lo cierto es que en su momento cumplió su función a la perfección. Encajado dentro del itinerario de lectura que llevo unos meses haciendo en torno al deseo, el placer y el existencialismo vitalista, Gastrosofía es sin embargo una forma de acercarse al tema desde otros lados. Ameno, divertidísimo a ratos, una celebración del buen vivir que te deja con inmensas ganas de meterte en la cocina.

Pensar desde la comida o con la comida es algo transversal a casi todas las culturas del mundo. No hay que explicarlo demasiado en esta esquina del Mediterráneo en la que las sobremesas son quizá el principal momento de encuentro, celebración e intercambio colectivo. Lo que Eduardo Infante y Cristina Macía (profesores de filosofía, amigos, y amantes de dos de los mayores placeres de esta vida -a saber: comer y beber) nos proponen en el libro es un recorrido por los principales momentos de la historia de la filosofía en Occidente a través de las relaciones específicas de las formaciones sociales de cada época (y de sus sistemas de pensamiento) con el hecho social del comer y con el placer de la comida. Lejos de constituir un tratado de antropología, el libro se convierte en algo ligero, divertidísimo a ratos, donde ambos autores combinan impresiones personales sobre los distintos filósofos con una pasión desbordante por la buena vida.

Cada uno de los diez capítulos centrales está dedicado a un autor y/o corriente filosófica, y tras el examen de su criterio en torno al noble arte de compartir mesa, Infante y Macía ofrecen la interpretación contemporánea de una o varias recetas de la época. Algunas, incluso, posiblemente atribuibles al pensador de turno. Todos los capítulos tienen nombres geniales, pero sin duda me quedo con el dedicado a la filosofía árabe y judía en el Medievo, titulado «La reconquista del placer». Casi todas las recetas son largas y atrayentemente sabrosas. Tanto, que a una le crecen aun más las ganas de no tener que someterse a la relación salarial a diario para, simplemente, disfrutar de tiempo para vivir. Y claro: para cocinar.

Quizá la única pega, más allá de un par de comentarios puntuales bastante desubicados sobre el vegetarianismo, sea el capítulo de cierre titulado «¿Y las mujeres qué?». La crítica que se hace a la manera en que la tan cacareada ausencia de las mujeres de los índices de la Historia de la Filosofía ha incidido precisamente en su desaparición es, siendo honesta, excelente. También el señalamiento a la trampa por la que el interés puesto en el género de quien habla o escribe hoy conlleva, paradójicamente, la nula atención puesta en el contenido del discurso. La manera de abordar el problema es tan buena que, viendo el listado de nombres a los que se presta atención en el libro, sólo cabe decir: amiga, amigo, daros cuenta.

Si hay alguien por ahí buscando una lectura entretenida para este verano, Gastrosofía es una buenísima opción. Además, ya se sabe, en verano siempre hay mucho más tiempo, también para meterse en la cocina. Un poco por concluir, esto del prólogo: «Nosotros, los gastrósofos, amamos la filosofía del gozo, la ciencia de los apetitos donde se fusionan la amistad y la conversación, la risa escandalosa con la bebida, el conocimiento culinario con los saberes del espíritu, el arte y el erotismo, la música y los aromas». Y cómo no.

Lo que hay.

Sé que me va a costar escribir esto. También, que no va a ser una reseña corta. Lo llevo alargado ya un par de semanas, más que nada por falta de tiempo, pero en el fondo también por un miedo inconmensurable a volver a enfrentarme al libro. He releído frases sueltas, algunos párrafos en blucle, durante estas cerca de tres semanas, pero siempre en fotos que hice de las páginas o mensajes que mandé entrecomillados. Demasiado miedo a volver a tocar el libro, a exponerme a páginas enteras, a ver el trazo que mi mano subrayó sobrecogida mientras temblaba. Hay momentos en los que no es posible enfrentarse a una misma. Hoy creo que sí.

Lo que hay es la mejor novela (autoficción, vale) que he leído en mucho, muchísimo tiempo, y lo mejor de este año junto con Eros dulce y amargo de Anne Carson. Me lo regaló Paula por mi cumpleaños. Paula siempre regala los mejores libros y escribe las mejores dedicatorias. Cuando empecé a leerlo, una noche que no podía parar de llorar, le escribí sin mucho sentido porque sentía que era imperiosamente necesario compartir con alguien que me pudiera entender lo que me estaba pasando. Que el riesgo de no hacerlo era gigante. Una intuición. Yo tirada en la cama llorando, los ojos a veces cerrados y a veces tremendamente abiertos, volviendo de manera obsesiva a una misma frase (la última que había leído), pasada ya medianoche y escribiendo a Paula sin tener ni idea de qué decirle. Ella sí: que estaba obsesionada con ese libro, que había necesitado escribir conforme lo iba leyendo, y que cuando me lo regaló dudó de si era el libro correcto pero que luego pensó que yo estaba justo en el momento adecuado. Quiero muchísimo a Paula y es una de las personas más listas que conozco.

«A veces parece que el miedo y el amor son una sola cosa», escribe Sara Torres. No sé por dónde empezar. Casi todas las cosas que son verdaderamente importantes ahora mismo en mi vida lo son también en el libro: una intensidad sobresaturada, la exactitud estética, la búsqueda de la ternura, el amor que nos atraviesa y lo transforma todo y no puede encerrarse en un solo cuerpo, la apreciación de las cosas bonitas y buenas, la relación de dolor con la madre («la piel de mi madre, un punto de pertenencia, dolor y antustia»), la identificación en la mujer de la que vienes a través de años y años de incomodidad y de ansiedad y de chantaje (y la forma bellísima en que Sara no descubre esto hasta el final, y la manera en que en ese punto mi actitud de envidia se transformó en comprensión al darme cuenta de que yo actuaría de la misma forma en que lo hace ella: el amor -qué mal pero qué bien- era eso). También, de manera clave: el papel de la amistad, la forma en que sus antiguas amantes son sus amigas más íntimas. El extraño privilegio de la intimidad compartida. Y la forma de vivir, comprender y anhelar el sexo. Su frustración histérica al mudarse con D., ese «no me dejaste ser tu amante como sé serlo». Como sé serlo. El deseo.

Hay algunas cosas importantes en el libro que no existen en mi vida, claro. La primera es la enfermedad. Pero la forma en que la autora describe los cambios en el cuerpo de su madre tiene un cierto parecido con la vejez, una vejez acelerada e injusta que transforma a las personas y les obliga a adoptar actitudes nuevas ante la vida. La piel suave sobre el cuerpo, las dificultades para andar, la pérdida de músculo. Lo frágiles que verdaderamente somos.

La segunda es, sí, una cuestión de clase. Lo noté por primera vez cuando habla de su trabajo en la universidad, que aparentemente (esto lo descubrimos más tarde) le permite vivir sola en un piso cerca de Plaza España y que ha conseguido incluso antes de presentar la tesis. La sospecha. Luego, diversos detalles: su pasión por los hoteles buenos, que yo también tengo pero donde no podría permitirme dormir regularmente y jamás se me ocurriría pedir caviar rojo al servicio de habitaciones; la tranquilidad con la que describe la casa de la familia de Ella, como si no hubiera en esa exuberancia minimalista nada extraño; la alusión a haber estado acostumbrada a montar a caballo. No puedo pretender que nadie escriba desde un lugar que no es el suyo, y sería imposible que Lo que hay fuese ni la mitad de bueno de lo que es si en él hubiera algo mínimamente impostado. Pero la absoluta normalidad con la que se mencionan cosas que a mí (hija de clases medias y educada en una cierta frivolidad económica en lo que a los placeres respecta) me son tan ajenas, produce un efecto de extrañamiento y relativa irrealidad en la novela.

De todas las cosas ciertas que Sara Torres utiliza para dar forma al libro, sin duda la más trascendental y la que las sobredetermina a todas es su forma de pensar los afectos. Si aceptamos la idea de que las pasiones nos movilizan en un sentido que imbrica lo emocional y lo físico (idea que yo abrazo encarecidamente), entonces los modelos estancos se desmoronan solos, los marcos rígidos dejan de tener sentido. Hay unos capítulos, cuando D. se muda a Barcelona, en que la complejidad de los vínculos se hace evidente de una forma sangrante, dolorosa pero también muy bella. Es un poco así como yo lo veo: todo afecto es problemático, toda pasión es terrible, todo compromiso emocional implica vulnerabilidad y dolor. Podemos renunciar a ello. Podemos negar este hecho y fingir que la realidad encaja en un debería ser frígido e impostado. O podemos abrazar la vida con su dolor y su riesgo y hacerlo lo mejor que sepamos en cada momento, tratando de aprender por el camino y negándonos a aceptar la culpa.

He leído Lo que hay enfrentándome con el cuerpo deshecho a toda una cascada de decisiones importantísimas sobre mi vida y dando gracias por la belleza. Reconociéndome en ese «placer enorme, desproporcionado en la sensibilidad y la apreciación del detalle en el tacto» que se convierte prácticamente en razón de vida. La piel: la piel y el tacto. Arrasada ante las descripciones del sexo con Ella y la forma en que se enamora de ella. Ese reconocimiento de que el deseo se encarna en los gestos (se hace carne) y de que el romanticismo y el amor pueden llegar desde sitios muy distintos y por caminos muy dispares. Y que no son excluyentes. Supongo que hay pasiones que son universales.

He leído Lo que hay llorando estrepitosamente ante ese intento de autocomprensión, de disección emocional, de examen personal a una misma en la que me veo inserta desde hace meses y que Sara Torres expone de manera tan exacta. Sara en casa de Ella: «No sé quién era yo antes de llegar y no me importa lo más mínimo». Sara mentando a su padre: «Deseábamos la vida de un modo que superaba nuestras creencias y nuestras morales». Sara al mudarse con D.: «Por amor he llegado aquí y también he ido perdiendo el enlace a otras vidas posibles». La eterna pregunta de qué es lo que nos vincula de manera estable, qué es lo que nos hace seguir. Si acaso tiene que ser inmutablemente la misma cosa. Y al final, lo más cierto y tremendo: «Pero mi deseo de tocar y ser tocada nunca termina. Solo en la temporalidad de la escritura y del tacto consigo decir, ser sincera». Menuda barbaridad. Gracias, gracias, gracias.

Balada de Carabanchel y otros poemas celulares.

Cuando terminé de leer T.B.O. hace un par de meses, el segundo libro de poemas de Alfonso Sastre, quedé atrapada por la dedicatoria que aparecía escrita en la página siguiente, la que da inicio en su Obra lírica y doméstica al tercer poemario. Tres escuetas líneas rezan: «A Eva, / de prisión a prisión. / Alfonso». Un escalofrío. Pero no necesariamente un escalofrío de terror, sino también y quizá primeramente un escalofrío por el amor, por la belleza, por el fondo humano de lo que implica… ¿comprender la poesía, ser comunista? No sé. El caso es que se me quedó atrapado en el pecho y creo que ahí sigue, alimentando las razones para seguir viviendo como vivo.

Decía M. que a ella Sastre le gusta más como cronista de época que como poeta, pero que tiene poemas por los que hay que quererle mucho. Su «Balada de Carabanchel», escrita entre el 20 de diciembre de 1974 y el 12 de enero de 1975, es sin cosa uno de ellos. Y posiblemente (además de una incomparable crónica de época) uno de los poemas más bestias que yo haya leído, que mejor combina lo personal y lo político (amor, en todos los sentidos) y que, a mi juicio no experto, más redondo es en el terreno estético y literario. Qué cosa tremenda.

La historia es simple; conocida, incluso: Eva Forest, compañera del poeta y madre de sus tres hijos, es detenida y acusada de colaborar en el atentado de la Calle del Correo y en el asesinato de Carrero Blanco. Tras varios días de torturas, entra interna a la prisión femenina de Yeserías, de donde no saldrá hasta la Amnistía de 1977. Alfonso recibe una llamada que le insta a huir de casa. La cara de sus amigos le asedia desde la televisión de todos los bares. Piensa si acaso ella llegará a salir viva. Visita a viejos conocidos, todos le cierran la puerta, nadie quiere verse relacionado, demasiado riesgo el ser solidario. Llega a plantearse el exilio. Finalmente, se presenta en el Gobierno Militar como última alternativa imaginable a morir por las palizas en el sótano de una comisaría sin registro de entrada. Desde la cárcel de Carabanchel, donde pasó ocho meses y medio, le escribe una balada a Eva. Ella estaba entonces condenada a muerte.

La Balada es verdadera y bella desde el principio. Sastre enhebra en ella su tan característica reflexión sobre la propia vida, que es al mismo tiempo motivos y genealogía, y desde el pensamiento sobre el yo llega al contexto histórico español y a su particular contexto vital. Los motivos por los que se hace comunista. La humildad ante el mundo. La inaceptación de las miserias del mundo. La primera vez que tuve que contener un grito de admiración (por el giro político, narrativo y estético, todo al mismo tiempo) fue con el tercer poema, «Nota a Santiago Carrillo». Los motivos por los que se fue del Partido Comunista. La vergüenza íntima. La confusión consciente de los sujetos. La claridad política absoluta. Ese: «camarada / a quien yo no abandono / no me abandones tú / marchándome».

A partir del sexto poema («Nada nuevo», descripción de las torturas que Eva y otros amigos han sufrido en la DGS) empecé a llorar. Ya no paré. La comprensión del modo en que a muchas nos atraviesa lo colectivo: «De qué puedo quejarme? / Quejarnos sí podría». La cobardía de quien teme demasiado a las implicaciones como para ser solidario: «Esta ciudad es un desierto con tres millones de habitantes digo». Pero también el escalofrío final de «Despertar en celda de castigo» (poema 14): «Estamos en huelga de hambre / Somos 18 / Alfonso Antonio oís? / estamos con vosotros / La lucha sigue se me saltan las lágrimas / y me río».

La ternura inevitable que regula la vida y el amor que lo inunda todo, el amor como motor. En «De prisión a prisión», poema 12, incapaz de ser comprendido por el carcelero: «joder y dice que la ama / qué tíos / estos presos políticos estos jodidos comunistas / puñeteros / enamorados / sucios / hablan de amor los muy canallas». Y en «Versos en los que no se sabe cómo decir las cosas», que tiene un final bellísimo que lo condensa todo y que he releído no sé cuántas veces: «Compañera no estamos solos pero yo / estoy solo contigo muchas veces / iluminados ambos / por esos rostros luminosos / de nuestros hijos / Te amo te amo y ya ni sé decirlo / Aviso a los compañeros que acudan / Escribo urgentemente: / Veo cuervos / vuelan sobre nosotros / camaradas del mundo / camaradas stop«.

Una belleza y una verdad demasiado densas como para pretender reflejarla toda. Solamente otras dos cosas: una fe materialista absoluta en la fuerza del internacionalismo y de la solidaridad obrera, y una capacidad apabullante para transmitir los estados psicológicos por los que pasó esos meses. Para mí Alfonso Sastre se revela, aquí, como un poeta buenísimo. Y como apunte curioso, hay unos versos en «Octavilla urgente por mi compañera» (poema 16) que me saltaron al leerlos como si de Carlos Catena se tratara. Dice Sastre: «no sé formad / comités de apoyo salid a la calle / emplead / todos los efectivos de que dispongáis / toda vuestra imaginación en esta lucha». Y escribe Catena, 45 años más tarde: «repitamos hoy el procedimiento: / formar comités salir a la calle clamar / que la tristeza y este dolor en el pecho / cada domingo por la tarde / no son la vida que queremos». Quiero creer que en ese repitamos el procedimiento hay un bellísimo homenaje.

(La Balada está encabezada por unos versos de Quevedo: No sabe pueblo ayuno temer muerte. / Armas quedan al pueblo despojado. Escribe Sastre en «A los compañeros conocidos y desconocidos», poema 15: Somos así los socialistas / No sabe pueblo ayuno temer muerte).

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