Ladronas victorianas: cleptomanía y género en el origen de los grandes almacenes.

Hay libros que compras con entusiasmo, dormitan en la estantería durante varios años (siete, en este caso), y un día los descubres con emoción como si los hubieras comprado pensando en ese justo momento. No sé por qué no había leído aún Ladronas victorianas, si de hecho ha sido el segundo en mi lista de pendientes en bastantes ocasiones desde 2017. Son los libros los que nos eligen a nosotros y no al revés, y concretamente éste parecía estar esperando a un momento de saturación mental (por las oposiciones) que no pudiera ser combatido con literatura debido a un profundo agotamiento emocional.

Ladronas victorianas es un ensayo inteligente y divertidísimo. La escritura de Nacho Moreno, acelerada y mordaz, es maravillosamente promiscua, en un derroche de referencias e hilos secundarios que siempre logran rencontrar el camino de vuelta. Las imágenes van y vienen con la facilidad de quien domina de verdad un tema y se permite pasar por él arramblando, sin consideración alguna: una demostración genial de pasión por lo que se está contando.

¿Por qué un número nada despreciable de respetables señoras burguesas, aparentemente en posesión de abundantes recursos económicos, se lanzan en el último tercio del siglo XIX a robar compulsivamente objetos que no necesitan? Éste es el punto de partida de un libro que analiza la construcción de género en un periodo histórico de radical transformación de las relaciones sociales: el de la explosión urbana del cambio de siglo, la consolidación del capitalismo no sólo en la esfera de la producción sino también en la de la circulación de mercancías (ay, el consumo) y el surgimiento de los movimientos políticos modernos.

Los ejes que articulan el libro son cuatro: la construcción de género de la cleptómana por parte del discurso médico, la figura de la compradora como agente feminizado transformador del espacio público, la dimensión proletaria de las trabajadoras de los grandes almacenes («esa mezcla entre glamour y esclavismo laboral»), y la relación ambivalente de las sufragistas con los escaparates (sic) y las galerías comerciales de diverso tipo. El conjunto es una chulada de libro que, para quien no tenga conocimientos previos de historia social y cultural de las ciudades, resulta accesible e igualmente divertidísimo.

Para quienes sí los tenemos, la lectura se enriquece y se vuelve aún más interesante. Personalmente, me he regodeado con gusto en las numerosas referencias a uno de los trabajos históricos que más he disfrutado jamás leyendo: La ciudad de las pasiones terribles de Judith Walkowitz. En resumen, un libro chulísimo con una edición preciosa (¡las fotografías!) que te permite pensar pero también, en ocasiones, soltar una buena carcajada.

Estrategias del deseo.

En el año 2004 Cristina Peri Rossi volvió a enamorarse y yo doy gracias al cielo.

Leí Estrategias del deseo hace dos meses que parecen dos años, y todo un arrabal de sensaciones volvió a pasarme por encima como si de verdad me estuviera ocurriendo. O quizá sí ocurría: leí Estrategias del deseo y mientras que los poemas duraban, todo en el mundo era luminoso y cierto y desgarrador y vivo, y toda yo estaba arrasada por ese momento exacto del enamoramiento en el que «no teníamos tiempo / ni ganas / para las cosas normales / de modo que todo era excepcional / todo era íntimo / urgente fundamental / agónico desesperado / andábamos todo el día con ojeras / y yo no tenía apetito».

No sé hasta qué punto hay patrones universales en las cosas que vivimos y la forma en que las sentimos. Supongo que una apertura radical a la intimidad, una asunción total del riesgo, un deseo que nos mueve hacia la vulnerabilidad absoluta, puede sublimarse de muy pocas formas. Es fácil reconocerse, por tanto. Hace tiempo que dudo acerca de cuánto de egoísmo hay en esa entrega. Pero ahora cuando leo de nuevo «Cuando no hacemos el amor / me encierro / encierro / encierro / entre cuatro paredes / aunque quizá son cinco / lo mismo da / siempre es una cárcel», me recuerdo a mí misma («pensé que si no hacía el amor contigo me iba a morir») y me echo a llorar.

Estrategias del deseo es un poemario bellísimo. La mejor Cristina es la Cristina joven, poderosa, violenta y exaltada, como ella misma se nombra para decir: deseante y deseada. Qué magia es esa de la reciprocidad del deseo. La precisión de la búsqueda, de la ansiedad, de la felicidad si es que eso existe, un deseo que nunca echa el ancla. La certitud de estar viva.

«Las ciudades solo se conocen por amor / y las lenguas son todas amadas», escribe Cristina en «Barnanit». Es verdad. Cómo amarramos las ausencias a espacios y paisajes concretos, no lo sé. Que no quiero desvincularlos nunca, porque entonces la vida dejaría de ser cierta y plena, eso también lo tengo claro. Jamás desprenderme de lo que he sido.

Para acabar, un mantra. «Este éxtasis de la carne / no es un capricho vanidoso / no es un ejercicio de los músculos / no es un acontecimiento fisiológico / es un camino de perfección».

El acontecimiento.

Pasé todo el año pasado evitando leer a Annie Ernaux, con una cautela que era más bien pánico: el terror de quien se sabe atrapada en algo que puede estallar en cualquier momento. Acabé 2023 escribiendo menos mal que no se me ha pasado por la cabeza leer a Ernaux y apenas un mes más tarde, cuando ya no estaba así de mal pero seguía fatal (cómo se sale, cómo: escuché hace poco decir que hacen falta dos años), Pablo me regaló El acontecimiento por mi cumpleaños sin saber que era una fase que yo necesitaba para avanzar en el duelo. Gracias.

No había leído hasta ahora, pues, a la Premio Nobel francesa, a pesar de devorar fragmentos suyos y de entrar fervorosamente en el grupo de las que exclaman con ella: «Yo siempre he esperado muchísimo del placer sexual, aparte del placer en sí. El amor, la fusión, lo infinito, el deseo de escribir». El deseo de escribir. Jamila Medina Ríos en «Carnicería», uno de mis poemas favoritos en el mundo: «Por el borde de tu cuerpo camino al matadero». Anaïs Nin y su no manejarse a sí misma de manera objetiva, sino «como una mujer que estuviera indagando la exacta condición de su cuerpo».

Pocas cosas hay que decir sobre El acontecimiento que no se hayan dicho ya en el último año (y mucho antes, claro). Hay una precisión clínica en la prosa descriptiva de Ernaux, una constante ruptura de la cuarta pared, si es que en literatura también existe eso, una confesión periódica sobre las dudas en la escritura, la necesidad de contar, las consultas al diario de hace treinta años, la inseguridad con respecto a los propios recuerdos. Y luego, el libro que la devora, que la atrapa, que la obliga a escribir en una elección inversa a la que muchos autores pretenden. (Esto Duras, parte de esta genealogía, también lo tiene claro: es siempre el libro quien nos elige; Ernaux escribe «No sé qué me deparará la escritura» y podría ser Duras escribiendo: «No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo«. De nuevo Ernaux: «El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, ofrece el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe verdad inferior».).

La frialdad del método se hace extraña a veces, sobre todo en las primeras páginas. Pero es esa distancia, esa objetividad a base de tragar saliva, lo que hace que la historia se vuelva real y angustiosa, que funcione, que se muestre como lo que es: verdadera. «Algo indecible y de cierta belleza», escribe Ernaux. Siempre hay verdad en la belleza.

Diría que El acontecimiento es, en primer lugar, un tratado sobre la escritura y una exploración del propio cuerpo (de la fuerza del propio cuerpo), y que ahora soy capaz de enfrentarme a otros libros suyos y de descubrir si acaso toda su obra no es un intento de exploración sobre la escritura y de tratado sobre el cuerpo. Es en segundo lugar una reflexión sobre la memoria («la única y auténtica memoria es material»: las emociones que recuerda el cuerpo), y en tercer lugar sobre el cuerpo y la clase.

La afectación corporal como algo que incapacita para el trabajo intelectual, como una desgracia de las mujeres pobres, de las siempre condenadas a la miseria, a no poder emanciparse de la biología. El embarazo, el terror de la sangre, los vómitos, la sonda dentro de la vagina: una condena de clase. El aborto, la supervivencia, la eliminación: la posibilidad del desclasamiento. Y la capacidad para el deseo y para la seducción, como criterio de vida.

Entorno: un libro para cocinar con lo que te rodea.

No sé si conocéis a Claudia Polo. Es una chica de Zaragoza que publica en El Comidista y que, sobre todo, hace un trabajo súper interesante de divulgación culinaria a través de redes sociales como Soul in the kitchen. Yo la descubrí en instagram hace unos años y me gusta por varias cosas: alimentación omnívora pero ampliamente basada en vegetales, puesta en valor de la calidad y la procedencia de lo que comemos, consumo de cercanía, y unas recetas riquísimas que, más que recetas propiamente dichas, funcionan en muchas ocasiones como caja de herramientas para desarrollar las propias habilidades e imaginación en la cocina.

Entorno es su primer libro y de él me ha gustado fundamentalmente eso: su disposición a servir como dispositivo útil, como potenciador de estrategias y cajón de recursos. A mí, que me gusta cocinar y que disfruto de ello una o dos veces a la semana (muera la jornada laboral pero vivan los tuppers), me ha ayudado a comprender mejor los procesos y las técnicas, y me ha servido de empujón para animarme a probar procedimientos que hasta ahora consideraba fuera de mi repertorio, mis capacidades o mi rutina.

En ese sentido, Entorno es un muy buen libro y lo recomiendo a quien quiera, más que consultar recetas, incorporar aprendizajes y mejoras a su cocina diaria. Especialmente, me ha gustado la forma en que Claudia ofrece alternativas a todo lo que hace: voy a escabechar tal cosa, pero la misma técnica puede emplearse con estos otros veintiséis elementos variando levemente los tiempos. Hay un punto guay de democratización del placer de comer (y de cocinar) en esto. Eso, y la satisfacción de ofrecer a quienes quieres el producto de tu trabajo (una idea que Claudia también repite mucho en el libro) son sin duda mis partes favoritas de la cocina: el placer de estar viva y de compartir esa vida.

Una vez dicho esto, un par de apuntes. El libro está escrito en un estilo oral, más propio del trabajo en radio, talleres y redes sociales al que la autora está acostumbrada. A mí no me importa y posiblemente otras personas disfruten especialmente de ello, pero también es posible que para otra gente sea un factor negativo en la lectura. Relacionado con esto, los distintos capítulos están plagados de referencias personales. La técnica narrativa de recurrir a la experiencia personal para validar un discurso es legítima, pero su proliferación la convierte en previsible y repetitivita. Y cuando la experiencia personal es algo tan poco universalizable como las anécdotas que cuenta Claudia (cuántas personas tienen como recuerdo de infancia el comer pato los días de fiesta, en qué entorno social es normal hacer prácticas de estudios en Dinamarca), el argumento corre el riesgo de parecernos absurdo por muy correcto que sea.

Últimamente le doy muchas vueltas al modo en que ciertos sectores de las clases medias viven en una disociación continua entre la realidad con la que pretenden relacionarse y la normalidad de sus vidas. Claudia realiza un serio esfuerzo, no sólo en su libro sino también en todo su trabajo comunicativo, por poner en valor la sostenibilidad y la calidad de la alimentación sin obviar la situación de precariedad económica y falta de tiempo que afecta a tantísimas personas. Y pese a ello es capaz de escribir que, como dice su padre, «si un problema se arregla con dinero entonces no es un problema», y no pararse un momento a pensar y borrar la frase. Amiga, date cuenta. Tuve que pararme a releer, estupefacta, porque no me creía lo que estaba viendo.

En resumen: una chulada de libro para recoger ideas e incorporar elementos que nos ayuden a hacer mejor las cosas que ya hacemos, y animarnos a cocinar de maneras nuevas y sabrosas (sin tanta mantequilla eso sí, por favor). Con una primera parte especialmente útil para quien todavía no se haya planteado dejar de consumir prioritariamente en grandes superficies, comer en base a los productos de temporada, etc. Para leer con algo de escepticismo en lo que a las reflexiones personales se refiere y para probar, probar y probar mil veces. Que es de lo que van todas las cosas buenas, en la cocina y en la vida.

Las musas inquietantes.

Tras la falta de tiempo de principios de verano y lo mucho que me costó terminar de leer a Pessoa, en septiembre volví a la rutina de leer un poemario al mes y al terreno seguro de la Poesía completa de Cristina Peri Rossi. Una vez me dijo una amiga que soy inclementemente sistemática en todo, y bueno, es posible.

Las musas inquietantes (1999) plantea un ejercicio curioso: narrar los cuadros. Tras un prólogo estimulante y quizá excesivamente celebratorio (firmado por Pere Gimferrer, del que no he leído nada propio, y que escribe aquí cosas tan ciertas como que «la pintura es un arte de la organización del espacio, pero también un arte de la percepción sucesiva del fenómeno visible, y reproducir en la página -arte espacial de la tipografía sobre el blanco, arte de los estratos del tiempo de la lectura- el proceso de captación del cuadro equivale a una operación cognoscitiva»), la autora se dedica a narrar varios de sus cuadros preferidos, a los que en ocasiones les encuentra significados muy distintos de los que una vez fueron pretendidos.

La idea me pareció maravillosa. El resultado, sin embargo, no me entusiasmó tanto como esperaba. Si bien me ha servido para descubrir algunas obras interesantes (qué genial el Magritte de La gran guerra y de El imperio de las luces), por lo general muchos poemas me parecieron más predecibles de lo que Gimferrer prometía. Dos apuntes breves solamente:

1. La temática marítima del naufragio, del mar encabritado y de los remolinos oscuros, que tan presente está en casi toda la (buena) poesía de Peri Rossi, se muestra también aquí en la selección de las obras. Así, la pintura de J. M. W. Turner tiene un papel destacado en el grupo.

2. La poesía que abre el libro (Claroscuro, narración de La encajera de Johannes Vermeer) es absolutamente fantástica. Ese «No quiero ser mujer» con el que cierra el último verso es rotundo, certero: arrollador. Con diferencia el mejor poema de todos, promesa de una emoción que, para mi gusto, no se mantiene a lo largo del libro.

El celo.

Básicamente: qué tremenda burrada. Qué barbaridad de libro. Qué exhibición de literatura y de corporalidad y de verdad en el mundo. Qué pedazo de novela.

No había leído a Sabina Urraca hasta ahora y descubrirla después de enfadarme con Sara Torres fue lo mejor que me pudo pasar este verano. Leí El celo justo después de La seducción, en la misma arena de la misma playa, en una reconciliación con la literatura y con el deseo y con la vida que arramblaba con todo lo previo en una maravillosa espiral destructiva. Con la boca abierta. Temblando de emoción. Como había tiempo que no me pasaba.

Es complicado explicar El celo. Me preguntó de qué iba una camarera de un pueblo costero mientras me servía un café y me contaba que acababa de prometerse con su novio y yo le respondí, asustada: de una mujer que adopta un perro. Suspiro de alivio. Tampoco creo que fuera verdad si le hubiera dicho: va del maltrato, va del amor. Va de cómo se le puede destrozar la vida a una mujer, a muchas mujeres. Va de cómo las mujeres, a pesar de todo, sobrevivimos. Nos las apañamos para seguir vivas. Va de ser nadie, de existir anulada, de pensarse siempre en relación a ese otro que es en realidad el único sujeto. Va de la complejidad de la vida y de la complejidad del cuidar.

Una cosa que pasa con Sabina Urraca es que su escritura te devora. El sexo latiendo de la perra, los recuerdos de la abuela. La carne despedazada, la sangre, la mierda, las drogas. El principio del enamoramiento de la Humana con Daniel, esa suspensión del tiempo materializada en la carne: si sigues cuando no puedes más, algo ahí al fondo se activa y entonces ya no hay final posible. La vida y el sexo (el celo), que son (casi) lo mismo. El espanto de reconocerse en demasiadas cosas y la verdad de lo que dice Mecha: en la vida real, todo se siente mezclado. Nada es tan sencillo como nos gustaría. Por eso la pasión es posible.

(Lo mejor que he leído este año).

Un corazón de nadie: antología poética (1913-1935).

Fue en un concierto de Silvia Pérez Cruz, obnubilada ante lo que ella hace con esa cosa bárbara que es El poeta es un fingidor, que tome la resolución: basta ya, había llegado el momento de leer a Pessoa. Así que al día siguiente entré en Antígona arramblando y salí de allí con la que Pepe me recomendó como la mejor antología existente (a Pepe hay que hacerle caso siempre) sobre el portugués y sus principales heterónimos. 650 páginas que resultan menos por la edición bilingüe y que he tardado siglos, soy honesta, en conseguir terminarme.

Antes de verano, yo no sabía nada de Pessoa. Más allá de su famoso Libro del desasosiego, que no he leído y que ahora creo que nunca leeré, no conocía más del que está considerado el mejor poeta portugués de la Historia. Tengo cierta reticencia a los escritores varones alcohólicos, eso sí (ya pasé por suerte los 19 años y me desilusioné con toda la lista de Bukowskis, Kerouacs, etcétera), pero esperaba encontrar en su poesía algo que me permitiera conectar con quien tanta gente conecta. Mi sorpresa fue mayúscula.

Lo primero: la edición es, efectivamente, magnífica. Más allá del breve estudio previo, incorpora textos biográficos a la sección de cada poeta (escritos por otros heterónimos), además de una selección de cartas que el propio Pessoa envió a Adolfo Casais Monteiro explicándose a sí mismo, sus múltiples personalidades y su proceso creativo. Porque, para quien (como yo) no lo supiera, Pessoa vive desde niño un fenómeno de despersonalización de sí mismo: todo lo que es, todas sus facetas, se proyectan sobre personajes nuevos con vidas propias, autónomos con respecto al propio Pessoa que queda convertido médium de sí mismo, «punto de reunión de una pequeña humanidad» sólo suya.

Obviando los debates sobre psicología y derivados, lo cierto es que el ejercicio pessoano es de un mérito intelectual apabullante. Pero reconocer esto no es lo mismo que comprar el resultado poético, y lo cierto es que a mí hay algo en la poesía de Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y el propio Pessoa que no termina de encajarme. Una reflexión desproporcionada sobre el propio yo (y ya es, decir esto de cualquier poeta) que constantemente se me explicaba por la necesaria justificación y delimitación subjetiva del autor firmante. Y después, por supuesto, un desprecio por lo social que aparece encubierto en distintos poemas de casi todos los autores y que me impide acercarme con amistad a nada que hayan escrito.

De manera rápida: la poesía de Ricardo Reis ni me gusta ni la entiendo; la de Caeiro me interesó pero se me hizo al final repetitiva y pretenciosa (sí, también en su sencillez o quizá por eso); la de Álvaro de Campos tiene partes relevantes, especialmente las odas a la industria y las máquinas, pero le sobran las hipérboles y exclamaciones constantes; alguna de entre la del propio Pessoa es quizá la que más cierta y honesta he sentido.

Acepto la formulación que el propio Pessoa hace de que él es, ante todo, un dramaturgo. Le he dado vueltas al tema y no consigo entender qué es lo que me hace otorgar credibilidad a los personajes de una obra o de una novela pero no a un personaje poeta: hay en Caeiro frases bellísimas que no me creo, y tiemblo al pensar entonces si es posible crear belleza que no sea cierta. Y creo que no, y que de ahí mi disgusto estético: no hay nada bello por fuera del contexto.

Para acabar, en fin, un poema que sí es verdad (Autopsicografía) y que musicaliza Silvia Pérez Cruz en una canción también bellísima: «El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. // Y quienes leen lo que escribe, / en el dolor leído siente, / no los dos que el poeta vive / sino sólo aquél que no tienen. // Y así por las vías rueda / entreteniendo a la razón, / el tren de juguete con cuerda / al que llamamos corazón».

La seducción.

Lo confieso: esto no iba a ir aquí. Llevo desde incluso antes de leer el libro (y hacen ya tres meses) planificando el texto que iba a escribir: largo, publicable, mucho más pulido y menos intimista que estas reseñas a vuelapluma, y de interés para amantes y detractoras de Sara Torres. Esta reseña es, en fin, una derrota. Julia 0 – Oposiciones 50 o así, calculo. Tengo incluso el comienzo mentalmente escrito: empezaba diciendo que yo leí Lo que hay profundamente enamorada y que, en la incomprensión del duelo que llegó después, me atormentó durante meses la misma archiconocida cita.

«Todas las amantes desean llegar juntas al verano, entregarse la una a la otra en la desaceleración del tiempo», escribe Sara. Guau. Yo, que desde hace un año siento que todo es mundano-oficial-productivo (en fin: invierno), vuelvo obsesivamente al sol luminoso de aquellos días como vía de confirmación de la belleza. O volvía, al menos: creo poder decir que al fin he dejado de hacerlo. Todo pasa salvo el amor (por supuesto), pero la forma de relacionarnos con el dolor sí lo hace. Esto también lo sabe Sara.

Leer Lo que hay supuso, no exagero, un vuelco en mi vida. Comencé a seguir a la autora en redes sociales, para comprobar en pocos días que la inconsciencia respecto al insulto que supone su nivel de vida no era fruto de una fantasía literaria sino de un descaro apabullante en la exhibición de clase. Devoré con ansia todos sus textos en El Diario.es mientras realizaba serias contorsiones para esquivar cualquier podcast, entrevista o mesa redonda en la que pudiera escucharla. Por temporadas, esto se convirtió en una auténtica yimkana.

¿Que por qué este esfuerzo mastodónico? El motivo es obvio (y compartido, me consta, por alguna gente): no soporto su voz. No logro comprender cómo es posible que en 2024, el año en que hemos vertido ríos de tinta sobre las implicaciones de género y clase de la voz de Roro (el personaje en redes sociales de Rocío Bueno), nadie haya abierto la boca en público sobre la voz de Sara Torres. Me preguntaba una amiga si creía que las pijas ensayarían ese tono impostado por las noches, antes de irse a dormir, el mismo día que leía a Cristina Barrial en esa nuestra red social hablar de «atracción hacia este magnetismo de habla pausada y silencios controlados». Pero cómo es posible. Cómo puede la gente sentarse en uno de sus cursos y no salir corriendo, no sentir urticaria a los 30 segundos, no removerse de incomodidad corporal, no empezar a chillar: basta es mentira esto no puede ser cierto tienes que estar forzándolo.

¿Qué indica de nosotras esta atracción saratorrista, y uso aquí el nosotras en su concepción menos mayestática? Lo confieso: a mí su voz sólo me da repelús. Si con alguien he necesitado grandes dosis de convicción en la posibilidad de la separación obra/autor, esa persona ha sido Sara Torres. Qué indica pues (y ahora me excluyo) de todo ese universo de periodistas, escritoras, radiolocutoras y conocidas de la cultura de izquierdas varias, la fascinación con una persona que hace orgullosa gala de una obscenidad de clase que pretende, además, alzar como aspiración estética generacional, lesbiana, o quizá simplemente femenina.

Aquí, un inciso. El artículo ya mentalmente escrito, pero que nunca llegaré a escribir, se titulaba «Sobre Sara Torres y la nueva mística de la feminidad (sáfica)».

Seamos claras: quién coño es mantenida durante semanas por una escritora que no escribe pero que tiene una casa en la Costa Brava y acostumbra a pasar días entre semana en hotelitos boutique y retiros en cabañas. Quedan muy lejos ya los tiempos de esa Marguerite Duras que tanto le gusta a Sara Torres citar: amigas, en 2024 una escritora no vive de rentas – a menos que éstas sean familiares, claro. Por cierto que es Marguerite Duras quien afirma que «es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. (…) Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es». Leí Escribir al tiempo que Sara Torres haría la gira de promoción de La seducción y el cuerpo se me retorcía, incrédulo: pero qué estoy viendo.

He leído el libro para obtener confirmación: Sara Torres es brillante y monstruosa en la saturación emocional; como literata resulta, como mucho, mediocre. Buenísima en la autoficción pero incapaz de proyectar más allá de sí misma y de la intensidad que alberga, todos los personajes del libro son una y otra vez ella misma. No es posible distinguir a las diferentes mujeres en los diálogos ni en las reflexiones, no hay personalidad ni rasgos propios más allá de los físicos y del estatus. E incluso lo físico está desdibujado: ¿nos presenta la autora a una protagonista de cuerpo gordo? Esa proyección del hábito de comer en el rechazo al propio cuerpo, ¿es fruto de la inseguridad erótica o se corresponde con alguna experiencia vivida? Y en ese caso, ¿por qué la portada nos muestra dos cuerpos escuálidos, elegantes en el sentido que la propia Sara parece encontrar deseable?

Hay en La seducción algunos relámpagos de brillantez, frases por las que se cuela la enorme capacidad de la autora para expresar las emociones. Pero poco hacen por compensar la absoluta falta de los elementos básicos que hacen una ficción creíble, que levantan una historia, que nos ofrecen veracidad.

Por mi parte, gracias enormes, Sara, por Lo que hay y por poner en el centro de lo público el deseo y la vida. Y para todas las demás: por lo que más queráis, dejad de invitar a pijas a vuestros podcasts.

Tiempo de cerezas.

Por si alguien lo sospechaba: no, este proyecto no está abandonado. Pero esa cosa llamada vida (o tal vez, oposiciones) me pasa por encima y, si leo poco, el tiempo que tengo para escribir es nulo. Pendiente de redactar unas cuantas reseñas de cosas que, sí, he leído estos meses, dejo por aquí la del segundo libro de la trilogía de Monserrat Roig que está siendo reeditada por consonni (🖤). También reseñé el primero de la serie (Ramona, adiós), y ambas reseñas han aparecido publicadas en la sección «Subrayados» de la revista Viento Sur. Tenéis el texto que sigue en su último número, ahora mismo en librerías.

Hay un tipo de autoras que me fascinan. Son las que tienen la capacidad de recuperar personajes y lugares incluso manifiestamente secundarios, y hacerlos aparecer en otras historias. Yo lo veo como una suerte de lealtad a la escritura. Considerado la obra maestra de la escritora catalana Montserrat Roig, Tiempo de cerezas es el segundo libro de la trilogía que está reeditando consonni, todos ellos con traducción de Gemma Deza Guil. Pese a lo que podría sugerir el doble árbol genealógico del comienzo, los personajes del universo de las tres Mundetas no constituyen la historia sino que se muestran ante nosotras a través de referencias cruzadas, de comentarios superficiales o pensamientos difusos sobre las amigas del pasado, demostrando una densidad narrativa apabullante y dejándola a una encongida y con ganas de preguntar cómo fue lo de Kati.

Natália, la protagonista del libro, recuerda un poco a lo que habría podido llegar a ser Mundeta Claret (pero que, como sabemos a través de Lluís, no fue) y ejerce de vínculo temporal entre el cierre del anterior libro (Natália se fue de casa tras el aborto posiblemente en la misma época en que Mundeta escapaba de la de sus padres) y el comienzo de éste, doce años más tarde.

Conforme avanzamos en la lectura, la idea de que Roig quiere contarnos la historia de Natàlia y de su vuelta a Barcelona se vuelve sencillamente ridícula. Una se abre paso entre las páginas sospechando, acumulando dudas, hasta que finalmente (quizá en el último y magistral capítulo en el que se menciona a Emilio, o en la no menos magnífica escena de la elección de las medias de seda) la realidad se le presenta pura: este libro nunca fue pensado como relato. Roig utiliza a Natàlia como excusa, pero Tiempo de cerezas es en realidad un monumental estudio de personajes, un intento de aproximación a los seres humanos y a las maneras complejas y contradictorias en las que construimos nuestros vínculos, nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. En las pocas ocasiones en que una descripción se separa de este ser social para contentarse con una enumeración de características y detalles (fundamentalmente, en el caso de Harmonia), el resultado parece artificial e inacabado. Es en lo relacional, en esa dimensión interconectada en la que cada personaje existe en tanto lo que otros dicen de él y él hace respecto a los otros, que la escritura de Roig brilla.

Con el telón de fondo del final del franquismo, de la especulación urbanística y del destape, Montserrat Roig despliega al acercarse a Patrícia, a Encarna, y muy especialmente a Joan Miralpeix, una elegancia y sutileza que hacen que si Ramona, adiós contenía “todas las aspiraciones de la feminidad misma”, Tiempo de cerezas sea algo superior: una indagación de la humanidad misma.

Inmovilidad de los barcos.

Escribo hoy, a finales de julio, la reseña del poemario que leí en mayo. O quizá ni eso pueda decirse esta vez, porque cuando escribo estas líneas no recuerdo ya el efecto que me causó la Peri Rossi de 1997 y sé que tendré que volver a abrir su Poesía completa y releer algunos poemas. Al menos, los que dejé marcados.

En estos meses han pasado muchas cosas (me he mudado, he perdido un trabajo, he salido de un pozo tremendo en el que estaba metida), pero sobre todo he vuelto a estudiar a un ritmo absorbente que le ha dado estabilidad y coherencia a mi vida pero me ha quitado el tiempo para leer y la claridad mental para hacerlo. Arrastro las mismas lecturas, todas a medias, desde finales de mayo, y junio fue el primer mes que no leí poesía desde que empecé con el propósito de leer un poemario al mes hace más de cuatro años. Espero que agosto me permita recuperar parcialmente el placer de leer por simple abandono (qué maravilla), pero de momento y salvo por ese interludio me esperan unos meses de seguir a este ritmo.

Inmovilidad de los barcos retoma el imaginario marino tan común en la poeta uruguaya desde Descripción de un naufragio, escrito veintidós años antes. Frente al deseo acuático, empalagoso, el ronroneo húmedo de algas y líquenes y redes de barcos ahogando a mujeres gimientes de dos décadas antes, ahora sin embargo el cascarón de las naves es terco y pesado y está vacío, y todo el libro destila un aroma salado a tristeza y nostalgia. Con 56 años, Cristina es una mujer cansada.

Como muchas poetas, Peri Rossi habla a menudo de manera directa a una segunda persona, una mujer de la que recuerda conversaciones y a la que anhela amarga o que simplemente existe como interlocutora necesaria para la voz poética. No me interesa demasiado saber si esa mujer existe o si es una licencia (aunque en algunos poemas es imposible no saber que sí, que la mujer existió y que la poeta sabe que será leída por ella), si son una o son varias las fantasmas del pasado que rondan a la escritora. Pero en Inmovilidad de los barcos he querido encontrar un hilo conductor en el resentimiento, en el justo despecho de a quien le han hecho daño. No está, precisamente, en los poemas de interlocución directa, sino en el tono y los detalles:

  1. «En el acto ingenuo / de tropezar dos veces / con la misma piedra / algunos perciben / tozudez / Yo me limito a comprobar / la persistencia de las piedras / el hecho insólito / de que permanezcan en el mismo lugar / después de haber herido a alguien». La inmovilidad de las piedras, la inmovilidad de los barcos.
  2. «Líbranos, Señor, / de encontrarnos, / años después, / con nuestros grandes amores». Aquí: temblando.

Aparte de esto, Peri Rossi escribe cargada de una tristeza bellísima («Con la felicidad no se puede hacer nada / No se puede escribir poemas») y asediada por la muerte y la vida. Vuelve sobre la crisis del VIH, tema que ya había marcado algunos de sus poemas anteriores («Quisimos robar el fuego del alto cielo / y el sida nos exterminó») y nos muestra una realidad marcada por amigos muertos y soledades ancladas. El poema final es, seguramente, una declaración de intenciones:

«Y no olvides nunca / que para cada cual / (para la ingenua doméstica recién casada / como para el guerrillero de Chiapas) / su vida es siempre una novela. / Pero por favor, / por lo menos / que esté bien escrita».

En ello estamos.

Escribir.

Quien me conozca personalmente sabrá que Duras es uno de los nombres propias de esta casa. La redescubrí cuando estaba acabando la carrera (había leído El amante años antes, con una fascinación estética que aún no llegaba a entender del todo) y en los dos años siguientes leí y compré compulsivamente todo lo que encontré de ella. Me atrevería a decir que es la tercera autora con mayor presencia en mi biblioteca personal (por detrás de Marsé y de Alejo Carpentier, y ahí ahí con Baricco), y posiblemente la escritora cuyo universo estético y vital (que es a la vez, como no podía ser de otra forma, desgarradoramente humano, latiente, anhelante – es decir, erótico y político incluso al hablar de la muerte) más me fascina. El milagro de la apelación.

Escribir es un compendio de textos breves, la mayoría de ellos transcripciones de guiones de películas u otras grabaciones audiovisuales, en los que Duras reflexiona de una u otra manera sobre qué es, qué significa, de qué manera te compromete la escritura. El resultado es un libro brevísimo que va a dar lugar, me temo, a una reseña larguísima y bastante poco estructurada. Creo que necesitaría volver a leerlo más veces, digerirlo con calma, comentarlo con mucha gente para poder darle algo de forma a esta forma de arder en el pecho. Porque menuda barbaridad.

Las personas funcionamos de formas distintas y sería presuntuoso sugerir que los procesos psíquicos se dan igual en todos nosotros. No sé de dónde viene la capacidad de crear; sí algo sobre cuáles son las condiciones que la hacen posible. Un escritor es algo extraño, dice Duras, porque grita sin hablar y hace real lo que no tiene por qué serlo. Pienso en Carson y en la triangulación de la escritura, en el modo en que deseamos porque imaginamos y vivimos porque escribimos (¿o al revés?), y siento que tiene que haber alguna conexión entre la intensidad y la belleza y todo lo cierto, y que cómo es posible siquiera amar y apreciar el tacto si la belleza no te atraviesa. Cómo es posible desear si la vida no te atraviesa. Cómo es posible una vida en libertad sin un profundo compromiso. «No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo». Hay algo sagrado en todo esto.

Primero: la soledad. La soledad de la escritura sin la que no hay escritura posible, sin la que la escritura se desangra y el autor no la conoce. La escritura como exigencia atroz y necesaria, como la ajenidad total con respecto al mundo y a quienes conoces. La relación con el alcohol para no morir, la contundencia con la que Duras explica: en esos periodos, cuando yo escribía, recibía a mis amigos en casa pero ellos no sabían nada de mí. La soledad con y sin gente – pero con gente, claro, no hay escritura. La escritura como separación-acompañamiento. «Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que solo la escritura te salvará».

Segundo: la indefensión. Que una no sabe por qué ni para qué escribe, pero que escribir es una necesidad que no puede esquivarse o te destruiría, y que es imposible hablar sobre un libro que se ha escrito o se está escribiendo, porque al pronunciar en voz alta perdería el significado, dejaría de tener sentido y sería una catástrofe. Que una vez que el libro se ha escrito, una lo lee y es imposible reconocerse en él, es como si lo hubiera escrito alguien ajeno de quien no comprendieras nada. La honestidad en la escritura es reconocer que no sabemos nada de ella.

«No sé que es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos». El libro ya es, ya era antes de presentársete. Hay una necesidad-obligación en la escritura de la que no es posible defenderse sin renunciar a la vida. Un imperativo: «Estar sola con el libro aún no escrito es (…) estar sola en un refugio durante la guerra. Pero sin rezos, sin Dios, sin pensamiento alguno salvo ese deseo loco de matar a la nación alemana hasta el último nazi».

(Inciso: el grupo de Duras cayó en una emboscada contra la Resistencia en otoño de 1944. Ella logró escapar, su marido acabó en Dachau. Dionys Mascolo, amante de Duras, lo encontró agonizante al final de la guerra y organizó su regreso a París. Fue expulsada del PCF en 1955 por sus posiciones críticas con el gobierno soviético. Mantuvo su compromiso con la emancipación humana y la lucha de clases toda su vida. Cómo escribir así si no).

«Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.

Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos».

Aquella noche.

Asomándome a las puertas de junio, en un esfuerzo de memoria y recuperación que ya viene siendo habitual por estos lares, llega la reseña del poemario de abril (sí sí, abril, aún no mayo). Ya perdonaréis: oposito en menos de veinte días, y aunque me gustaría poder decir que después de eso retomaré el ritmo, lo cierto es que tengo por delante un año plagado de exámenes. Así que paciencia (yo conmigo misma, la primera).

Sigo con la Poesía completa de Peri Rossi, de la que después de un año apenas he llegado a la mitad, y creo que a estas alturas Aquella noche (1996) es el poemario suyo que más me ha gustado. Con la duda, quizá, de Descripción de un naufragio, escrito veinte años antes, que además de ser tremendo fue para mí una de esas cosas que lees y parecen hechas como un traje a medida de tu estado emocional exacto. Hay en Aquella noche pocos poemas que no me hayan gustado, y la autora combina con audacia su intensidad característica con momentos de ingenio que te hacen reír bastante.

No hay separación formal de partes ni ordenación temática de los poemas, pero me voy a centrar en algunos cuya división en dos grupos es evidente. Por un lado, los que se corresponden con uno de los dos ejes articuladores de toda la obra de la uruguaya: el deseo, la indagación en torno al deseo, a la sexualidad animal y al sexo como cumbre de la belleza. (El otro, claro, es la palabra y la escritura y el misterio de la lengua, y pienso yo si acaso no son un poco la misma cosa). Son poemas sólidos y bellos, donde se nota la madurez de la autora y donde hay una confusión consciente entre el recuerdo-nostalgia (muchas veces autobiográfico) y la proposición-presente celebratoria. Hay bastantes ideas que me obsesionaron durante días después de leerlas (ese «solo aman las mujeres / y ellos eran machos, muy machos»), pero sin duda el más arrollador es el poema que abre y da título al libro, y cuyas dos estrofas finales lo condensan absolutamente todo: «Tanta turbación / sólo podía ser la prueba / de un deseo muy grande // tan grande / que ni tú misma / podías satisfacer». Tan afilada siempre, la muy cabrona.

En un segundo grupo de poemas, Cristina Peri Rossi aborda lo que ella gusta en llamar «Teoría literaria» (poema buenísimo que empieza de frente: «Escriben porque tienen el pene corto / o la nariz torcida»): una crítica mordaz a la industria literaria y los varones que la capitalizan, donde se mezclan un humor pseudofeminista (importante recalcar aquí el pseudo) y una reflexión bastante seria sobre el sentido de la literatura en el capitalismo contemporáneo. Reconozco que me he reído mucho. Quizá los poemas menos logrados son los que usan a Ticas (un supuesto amigo de la autora, que también escribe poesía) como conductor de la historia, pero incluso ahí me parece graciosa leer a Peri Rossi permitiéndose ser faltona de cierta forma.

Y luego, un mantra: «cuánto le debe faltar a la vida / para que yo siga escribiendo».

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