Los días hábiles.

Llevo una semana alucinando en público con el que ha sido mi poemario de noviembre, así que si tenéis algún tipo de contacto conmigo por redes sociales ya os sonará (bastante) el nombre. Descubrí a Carlos Catena gracias a Alberto García-Teresa y la sección «Voces» de la revista Viento Sur. Después he descubierto que la crítica venía hablando maravillas de Los días hábiles y su autor desde hace un año, pero no me juzguéis; yo ya avisé cuando empecé en esto que no entendía nada de poesía.

Tres hilos conductores atraviesan los poemas de Carlos Catena: su abuela (imagen del calor, del vínculo a la tierra, a los orígenes, a lo que queda de sólido en la familia y a la humanidad que tenemos dentro), la tristeza-distancia (el sexo rápido, el trabajo en el extranjero, la soledad de los pisos de alquiler), y un cansancio vital marcado por «cinco martirios: / uno por cada día hábil de la semana». Tres hilos conductores que marcan a una generación que es la mía (identifico a Carlos: un año mayor que mi hermano menor) y que nos aprisionan en esta asfixia compuesta por el vacío vital y por la angustia de clase.

Me cuesta ponerle palabras al pecho atenazado, a la bola de calor y la presión que he sentido entre las costillas a lo largo de la lectura de la mayor parte del libro. Elijo ser arrastrada, si tengo que verbalizar algo, por ese insulto a los discursos que nos educaron que es el «reconocer el trabajo como un paso más / en la coreografía de aguantar vivos». Carlos escribe «desde esta reunión blanquecina que precede al alimento» y escupe con amargura y tristeza-cansancio sobre todos los clichés generacionales de la autorrealización personal a través del empleo. He estado atravesada por esto durante toda la lectura, quizá por esta sensación mía tan permanente de que crecer no es ya crecer sino consolidar la adultez y que la vida y la salud mental no se nos pueden ir en «aguantar / los cuarenta años de trabajo que nos quedan hasta jubilarnos».

«que la tristeza y este dolor en el pecho / cada domingo por la tarde / no son la vida que queremos»

Resulta imposible seleccionar uno o dos poemas. Me quedo, quizás, con todos en los que habla a su abuela (qué maravilla) y ese en que recita (relámpago en el pecho de auto-reconocimiento): «cuando estés harto y quieras irte / ven entonces aquí conmigo / porque una vez dijiste -qué joven- / contigo yo lo aguantaría todo«.

Los días hábiles es, sin lugar a dudas, el mejor poemario que he leído este año. Leed a Carlos Catena. Y recordad: bienaventurada la jornada laboral porque se acaba.

Éramos unos niños.

«Julia, es que todo lo que lees últimamente te parece bello», me decía mi compañero anoche cuando le escribí para contarle que había terminado el libro y compartirle algunas impresiones rápidas. Y sí, es cierto. Hace ya un tiempo que no me paro de repetir algo tipo jo, qué buena suerte estoy teniendo al elegir lecturas y ahora pienso que quizá se trate de otra cosa y que por fin estoy empezando a pulir un criterio propio, un mapa que me ayuda a escoger y que me permite avanzar por terrenos valiosos. Y estoy muy contenta con eso.

La figura de Patti Smith, a diferencia de otras de su misma época o inmediatamente anteriores, nunca ha marcado mi universo de referencias culturales. Más allá de su mítico People Have the Power, mi idea de ella estaba formada por una cierta atracción estética y el hecho de que mi amiga Laia la había escuchado intensa y repetitivamente durante una etapa. Desconocía que escribía más allá de las canciones o que tuviera dibujos (muy buenos, por cierto) expuestos en sitios como el MoMa. Salgo de este libro con un puñado de hilos de los que ir tirando y la sensación de haber descubierto, más que a una persona fascinante, a alguien capaz de condensar el espíritu de una época.

Éramos unos niños es la historia autobiográfica de los años de juventud de Patti Smith, desde que llega a Nueva York con 19 años hasta que triunfa musicalmente con 29, contada a través de su relación con Robert Mapplethorne. Robert fue para Patti su compañero de vida, su amante y amigo incluso cuando ambos tuvieron otras parejas o cuando él comenzó a prostituirse y a aceptar su bisexualidad. Un pacto de apoyo mutuo en el que «unos de los dos tenía que estar siempre bien» para que el otro pudiera permitirse caer, un vínculo con el que ambos renunciaron a su soledad y la cambiaron por confianza. Sólo con esto, me entenderéis, ya me vale para hablar de la belleza. Qué forma más pura y honesta de entender la vida, el amor y la amistad. Y qué definición más preciosa de lo que debería ser todo vínculo.

Los pensamientos se me atragantan y es difícil ordenarlos de manera clara. Creo que, más allá de los primeros recuerdos aislados de infancia, el libro tiene tres partes diferenciadas que transmiten energías y sensaciones relativamente distintas. La primera (la llegada de Patti a Nueva York, su vida en la calle, el no comer durante días, el primer piso alquilado en Brooklyn con la cocina llena de jeringas) transcurre durante el periodo previo a entrar en contacto con el mundillo artístico de la ciudad y es, precisamente por eso, la que puede entenderse de manera separada. Mientras la leía no podía parar de pensar en cuando estuve allí el año pasado y en lo mucho que me costaba reconocer en la ciudad que ella narra la que yo había conocido. Sé que hay muchísimas cosas escritas sobre los procesos de gentrificación brutal que ha sufrido Nueva York y sobre la ebullición cultural que una vez fue allí posible, pero es un tema que siempre he tenido pendiente. Dice Patti Smith que la segunda vez que viajó a París le costó asumir todo lo que la ciudad había cambiado en solamente un año. Qué diría ahora que han pasado cincuenta.

Mi otro pensamiento recurrente durante todo el comienzo del libro está también relacionado con mi experiencia en Estados Unidos y tiene que ver con una cierta imagen de libertad maximizada frente a hábitos sociales europeos (o españoles, al menos) más paternalistas e infantilizadores. Sé que la contraparte es un capitalismo atroz, que tritura a las personas y las despoja de cualquier garantía básica de subsistencia; no trato de romantizar eso. Pero sí que admiro las implicaciones en cuanto a autonomía y auto-construcción que implican marcharte de casa con sólo un billete de bus a los 19 años, asumir como propio el deber de asegurar la reproducción de la propia vida, negociar alquileres, amueblar, hacer reformas, tomar decisiones por una misma sabiendo que sólo de ti dependen y que sólo tú serás responsable de las consecuencias. Y me pregunto cuánto habrá en esto de experiencia de clase, cuánto de diferencia cultural y cuánto de una época (finales de los 60) donde la vida era una cosa que definitivamente ya no existe.

Las partes segunda y tercera del libro constituyen toda una galaxia de referencias musicales, artísticas y culturales de diverso tipo imbricadas con bosquejos del universo particular (místico, mágico, estético) que Patti compartía con Richard. El cambio se da, más que con el abandono del hotel Chelsea (cómo le habría fascinado a mi yo de 17 ó 18 años oír hablar de la existencia de un sitio semejante), con la entrada de la pareja y sobre todo de Richard en el círculo social de la élite artístico-cultural neoyorquina. Aquí las referencias cambian, se sofistican, abandonan la atmósfera turbia de las páginas anteriores para pasar a incluir con normalidad alusiones a Yves Saint Laurent o a fiestas privadas en hoteles con azoteas. Yo me quedo, está claro, con la parte anterior al cambio.

Los recuerdos vagos de Patti sobre fotógrafos y pintores en cuyo trabajo me he pasado horas buceando esta semana, su encuentro con Jimi Hendrix antes de ser ella nadie, Janis cantando por primera vez Me and Bobby McGee, las cenas con un Johnny Winter al que yo desconocía y que ha sido la banda sonora de por lo menos un cuarto de mi lectura (toda la parte que hice borracha), Bob Dylan flotando como un auspicio (lo escucho ahora, mientras escribo) y la sensación de poder casi entrar en esos momentos en los que ella estuvo presente a pesar de que «era tan joven y estaba tan absorta en mis pensamientos que apenas los reconocí como momentos».

Éramos unos niños es una maravilla escrita con la sensibilidad humana y la búsqueda de la perfección estética que sólo los mejores escritores y escritoras comprenden. Lo he cerrado con tristeza pero a la vez muy contenta. He cambiado la música: suena Because the Night desde el anuncio del toque de queda. Patti Smith volverá pronto por aquí, eso seguro.

Grado elemental.

Poquito a poco e intercalando con otras cosas, sigo adelante con la poesía completa de Ángel González que me compré en verano. Y he de decir que la estoy disfrutando mucho. Este tercer poemario es, de lo que hasta ahora le he leído, el más dotado de un cuerpo propio externo al yo del poeta. No hay aquí, como en Áspero mundo y Sin esperanza, con convencimiento, una reflexión sobre el mundo a través de los anhelos o las derrotas subjetivas. Más bien al contrario: nos encontramos ante una descripción rotunda y casi agresiva del mundo exterior, abiertamente política y mordaz y dotada, a diferencia de sus dos primeros poemarios, de un tono violento e incluso de ira.

Más que una progresión en su evolución creativa, Grado elemental parece una obra cerrada en sí misma, perfecta en su capacidad de auto-dotarse de sentido, portadora de una forma particular que condiciona la lectura y le da parte de su significado. Dividida en dos partes («Lecciones de cosas» y «Fábulas para animales»), no cuesta mucho entender la intención irónicamente didáctica del autor, que se escuda tras formatos educativos tradicionales para desplegar toda una batería de crítica social y posicionamientos políticos. Un cierto humor triste, cansado y diría que casi macabro se esparce por todas las páginas, dando una importa unificadora y muy particular a dos bloques que quizá, de no ser por eso y por la apelación escolar, podrían pensarse desligados.

«Lecciones de cosas» hace, básicamente, lo que su título indica: fijarse en un hecho o un fenómeno concreto, inicialmente sin importancia, para desenrollar a partir de él toda una reflexión-aprendizaje. Quizá aquí es posible apreciar todavía algo de ese pensamiento desde el yo personal de sus dos poemarios anteriores, pero aparecen algunos elementos (la fealdad y la suciedad de «Estío en Bidonville», por ejemplo, la amargura masticada de «Noticia» o incluso el dedicarle un poema a la Revolución Cubana) que hacen la comparación imposible. De esta primera parte me quedo con los versos finales de «Penúltima nostalgia» (casi me asusto, por lo disruptivo e inesperado, al llegar al potentísimo «devuélvenos / también / nuestros cadáveres, / enséñanos / también / los asesinos») y con «Camposanto en Coillure».

«Fábulas para animales», la segunda parte del poemario, es una genialidad en su conjunto. Como el propio Ángel González explica en su introducción, se trata de invertir el formato clásico de las fábulas (experiencias animales que sirven de enseñanza a los humanos) y poner a los humanos a «servir de ejemplo al perro / para que el perro sea / más perro, / y el zorro más traidor, / y el león más feroz y sanguinario, / y el asno como dicen que es el asno…». El resultado es sarcástico, mordaz y doloroso, a la par que tremendamente divertido. «Elegido por aclamación» es probablemente mi poema favorito del libro. Y no te puedes quitar, a lo largo de toda esta parte pero especialmente de ese poema, la sensación fascinante de estar leyendo (que la tierra le esté siendo leve) un chiste de Quino.

Identidades mal entendidas. Raza y clase en el retorno del supremacismo blanco.

Últimamente leo más que escribo (lo hago en los intersicios: el cuarto de hora que se retrasa en llegar un amigo, los veinte minutos sobrantes de la pausa para comer del trabajo) y se me van acumulando las entradas pendientes. Mi propósito para lo que queda de mes es tratar de ponerme al día y evitar que se me amontonen las reseñas como (si todo va bien) pasará los próximos días. Vamos a ver.

Identidades mal entendidas es una de las novedades editoriales de Traficantes de Sueños fruto de su acuerdo de traducción con Verso Books de las que estaba pendiente este año. Esperaba mucho de su lectura por varias razones: por la adscripción de Asad Haider al colectivo editorial de Viewpoint (cuyo marxismo abierto pero riguroso supone una garantía siempre y con varios de cuyos miembros he podido trabajar personalmente), por el propio título (qué forma más buena de picar a quienes ya tenemos dentro el gusanillo contra las identity politics) y, en fin, porque ya iba siendo hora de que se escribiera algo decente y sólido teóricamente sobre el tema.

El libro ha cumplido quizá parcialmente con mis espectativas. Cae, como otras cosas que he leído de la misma escuela intelectual estadounidense, en lo que para mí gusto es un exceso de argumentaciones derivadas de ejemplos ultra concretos o de un único autor o trayectoria vital. Pese a ello, tiene tres puntos fundamentales que van a hacer que lo recomiende constantemente. Lo interesante es que, aún tratándose de afirmaciones poco asumidas en el campo antagonista hoy en día, Asad Haider es capaz de presentarlas como lo que son: evidencias obvias, constataciones difícilmente cuestionables que se derivan de un análisis histórico (social) y material de la realidad en vez de tomar por cierto como punto de partida el campo de la ideología.

Primero. Las identidades no son una parte esencial (perteneciente a la esencia original) de nosotros mismos sino que se construyen en y a través de las relaciones sociales vigentes. Son por tanto históricas y situadas, inútiles para proporcionar un hilo conductor explicativo que conecte realidades contemporáneas con fenómenos de otras épocas. Dice Asad Haider (y yo me descubro gritando: ¡por fin!) que «tenemos que rechazar la identidad como base del pensamiento sobre las políticas de la identidad. (…) No acepto la Santísima Trinidad de raza, género y clase como categorías de identidad. Esta idea dle Espíritu Santo, que toma tres formas divinas y consustanciales, no tiene lugar en el análisis materialista. La raza, el género y la clase hacen referencia a relaciones sociales totalmente diferentes, y ellas mismas son abstracciones que deben explicarse en términos de historias materiales específicas».

Segundo. El capítulo central del libro («Ideología racial») me parece una brillantez que bien merece tragarse las páginas en mi opinión de sobra que tienen otras partes. El autor establece de manera meridiana algo que el movimiento antirracista está comenzando a poner sobre la mesa: que las razas existen (son objetivamente reales) no sólo en cuanto relación social sino también como construcción ideológica, y que la primera de ellas fue sin lugar a dudas la raza blanca. No entro en explicar cómo fue este proceso (el ejemplo de los irlandeses siempre ha sido mi preferido en este tipo de debates) porque así animo a que leáis el libro, pero sí quiero mencionar el que para mí es posiblemente el mejor punto del capítulo: la crítica feroz (teóricamente sólida y políticamente incuestionable) al dueto conceptual cuerpos negros / culpa blanca. Como re-biologizador, re-esencializador y ahistorizador de la noción de raza y, por tanto, contraproducente para cualquier acción política colectiva emancipadora.

Tercero. La apuesta final por un «universalismo insurgente» en la línea de las posiciones que marxistas como Nancy Fraser, Tithi Bhattacharya o Cinzia Arruzza han propuesto desde el feminismo, que no se imponga jerárquicamente sino que se construya en los procesos reales de lucha. Reconociendo, para que ello sea posible, la no homogeneidad de los grupos identitarios y la existencia, dentro de cada uno de ellos, de grupos pertenecientes o en proceso de incorporación a las clases dominantes (la élite negra, en este caso) pero también de sectores con los que el movimiento antirracista puede y debe establecer alianzas para hacer posible su propia liberación. Entendiendo que no hay emancipación sectorial posible y que «la universalidad no existe en abstracto [sino que] se crea y se recrea en el acto de sublevarse, el cual no exige la emancipación sólo para los que comparten mi identidad sino para todo el mundo; y que afirma que nadie será esclavizado».

Un cos preciós per destruir.

Hace tanto frío y tanto viento en Zaragoza que he estado a punto de escribir que éste había sido el poemario del mes de octubre. Pero no, el de David Caño ha sido mi poemario de septiembre y, paralelamente, un regalo que me hizo en agosto mi amiga Laia. Conjunción de meses, quizá, en una lectura que ha sido un poquito reto personal por el cansancio que he arrastrado durante toda esta semana (qué difícil apreciar estéticamente nada cuando se te cierran los ojos) y por tratarse, evidentemente, de poesía no escrita en castellano.

Un cos preciós per destruir (qué título precioso) me ha hecho conectar con una parte de mí que predominó sobre todas las otras entre los 17 y quizá los 23 años pero que dudo mucho que jamás desaparezca – y qué traición a mí misma sería permitir que desapareciera. Las referencias al deambular y al desarraigo que toman expresión en la forma urbana (qué hay quizás de un cierto situacionismo cansado ahí, de un flaneurismo incapaz de escapar de la burbuja del vino), la forma de abordar el suicidio y la corporalidad de la carne (la sangre, los ojos, las manos, las cicatrices, la mutilación y el desgarro), la constatación de estar vivos por desesperación, porque no es posible otra cosa. Todo eso se mezcla con una referencia densa a los bombardeos y los exilios y una no sabe ya si se está hablando del levantamiento de Varsovia o simplemente de sexo. Y Janis Joplin se deja la garganta cantando Kozmic Blues en el directo de Woodstock (la he vuelto a poner, ahora) y yo me veo con 19 años borracha y sola en mi cuarto de la residencia de estudiantes dándole la vuelta una y otra vez a los vinilos.

La metáfora recurrente de la putrefacción, de la descomposición: ¿es o no es una metáfora? Porque a veces parece que a pesar del tono nostálgico, de la tristeza pesada y anhelante de un futuro anterior seguramente inexistente, del dolor y el pecho abierto y los sueños que se confunden con los recuerdos, David Caño simplemente constata. Y qué gran narración de esta desesperación anhelante y compacta que muchas sentimos.

Me ha gustado lo de leer en catalán, parándome despacio en las palabras para tratar de pronunciarlas en silencio tal y como sé que se dicen, regodeándome en la musicalidad oscura de algunos versos y en la expresividad particular y específica que tiene todo idioma, tratando de integrar en el conjunto las palabras que no conocía antes de ir a buscarlas y romper así el embrujo. Qué alucinante es la diversidad lingüística, si lo pensamos bien, y qué impresionante la capacidad de transmitir y la belleza estética de la palabra escrita. Si tenéis posibilidad de entender catalán, leed a David Caño.

Últimas tardes con Teresa.

Llevo un tiempo, creo haberlo escrito ya en algún momento, tratando de leer autores y autoras de manera más o menos sistemática. Para mí eso significa encontrar a alguien que me gusta, que escribe el tipo exacto de cosas que quiero o necesito leer, que me hacen bien o me parecen inteligentes y bellas, y tratar de seguir el hilo de sus obras en vez de pasar rápido a otro nombre como si de una colección de cromos (o temario de lengua y literatura de instituto) se tratara. Me pasó primero con Carmen Laforet, luego con Alessandro Baricco, Irène Némirovski, Alice Munro (maravilla toda) y parcialmente con Marguerite Duras. En el último año y medio he detectado varios de estos hilos, pero desde que leí Si te dicen que caí decidí que quería (que necesitaba) seguir especialmente a Marsé. Avanzo ya que lo voy a seguir haciendo.

He dado un rodeo de meses antes de llegar a Últimas tardes con Teresa. Fundamentalmente, porque se trata de un libro que yo ya había leído (¿con 14, 15, menos años?) y del que guardaba una sensación arisca y pegajosa compartida con toda una serie de libros (recuerdo especialmente El laberinto de las aceitunas y Cinco horas con Mario) que mi madre me daba a leer en respuesta a mi exigencia de dejar de una vez la etiqueta «juvenil» y a su miedo por que leyera según qué cosas. El resultado fue rotundo: no comprendí prácticamente nada y guardé un mi memoria un veredicto firme e inflexiblemente adolescente sobre esos títulos.

Últimas tardes con Teresa ha sido exactamente el libro que necesitaba leer este final de verano. No es mejor en cuanto a estructura y capacidad creadora que Si te dicen que caí y me parece bastante desligado del universo de sordidez en el que nada también Un día volveré a pesar de los evidentes escenarios comunes, pero es seguramente el más sutil de los tres, el más insultantemente preciso, el más elegante y mordaz a la hora de tratar la cuestión de clase y las vidas, en fin, atravesadas por ella. Una lectura que me ha llegado casi como un regalo en un momento complicado a nivel personal y que me ha hecho pararme en seco cada pocas páginas para comprobar si había leído bien y mascullar con media sonrisa en la cara: qué cabrón, qué cabrón genial Marsé.

A pesar de la pluralidad de personajes y tramas secundarias, la historia llama la atención por carecer de esa complejidad tan característica de la escritura marsiana. Creo que lo que impide que la novela adquiera ese aire de laberinto es precisamente la importancia que tienen en la trama los entornos de la alta burguesía y la figura de Teresa y sus amigos: los chalets de San Gervarsio, la playa privada de Blanes, las fiestas de los universitarios, los paseos en coche sport, nada ahí puede ser confuso o enredado por muy hipócrita que finalmente se revele. Al contrario: todo es limpio, estéticamente intachable, perfecto en su exactitud y conveniencia. Qué sencillo serlo en la riqueza.

El Carmelo, escenario principal de otras historias de Marsé, no es aquí más que una referencia lateral y mitificada, de la que el Pijoaparte pretende escapar y cuya realidad Teresa es incapaz de aceptar. Quizá las única presencias que recuerdan a otros libros sean la del Cardenal y su sobrina, resquicio de sordidez que acaba determinando en cierto modo el final de Manolo. La belleza rota de la Jeringa, que él sólo advierte después de haber conocido a Teresa, es una metáfora casi perfecta del modo en que el dinero convierte todo en amable y deseable. El propio Manolo, «andando el tiempo, había de conocer tantas sonrisas inalterables y permanentes (…) que llegaría incluso a pensar que, lo mismo que el dinero, la inteligencia y el color sano de piel, los ricos heredan también esa sonrisa perenne, como los pobres heredan dientes roídos, frentes aplastadas y piernas torcidas». Qué fácil enamorarte de los ricos y qué difícil hacerlo de los pobres.

La mordacidad de Marsé al construir a Teresa, esa universitaria hija de la alta burguesía catalana, estudiante de izquierdas auto-considerada mujer empoderada («¿gimen de placer las vírgenes politizadas?»), incapaz de ser consecuente en lo material y de ir más allá de un discurso que no la hace sino destacar sobre el resto de su entorno, profundamente convencida de ser amiga de su criada y absolutamente ciega a las jerarquías relacionales de su vida, que se enamora de la idea de lo que necesariamente tiene que ser Manolo antes que de Manolo mismo (el obrero-idea frente a la aceptación de la miseria y la heterogeneidad de la clase trabajadora), es de una ironía fina e inteligentísima difícilmente comparable.

1. Una cita: «Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente, irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas: esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino. (…) Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda».

2. Varias escenas desordenadas y en cascada: el baile de domingo en el Guinardó con Teresa espantada ante la vulgaridad del ambiente (genial aquí Marsé colándose a sí mismo en la historia en forma de sobón de pista de baile), Manolo mascullando «joder, son más ricos de lo que pensaba» al percatarse de la informalidad de la ropa de los invitados a la verbena de San Juan al comienzo del libro, la espantada hipócrita del especialista en marketing que prometía encontrarle trabajo, la presencia permanente del desarraigo y la desesperación migratoria en ese estigma imborrable de xarnego, gitano, murciano, alguien desde luego no integrable de manera alguna en la realidad de Teresa Serrat y su familia.

He leído el libro sin poder quitarme de encima un cierto regusto amargo y doloroso, pero una amargura también saboreada como victoria. La de reconocer cada una de las palabras y cada una de las situaciones con una sonrisa sardónica y los puños bien apretados a la altura del estómago. El final de la novela (qué tres capítulos maravillosos) se acercan bastante al juego de las aventis y la fantasmagorización de la realidad tan características de Marsé y que antes sólo se habían intuido, desde fuera de su narración necesariamente subjetiva, en la historia de la roulotte y del comienzo de gestación del desgarro de Manolo por escapar de la pobreza. Quizá son así así porque indican el final del sueño, de la belleza, de la pulcritud y las líneas rectas. Se acabó, chaval, pincha el globo y vuelve al suelo. Como si todo lo anterior no hubiera sido más que otro precioso y estúpido invento. De la imposibilidad de las escapatorias individuales y la necesidad de romper los marcos en colectivo, mejor hablamos luego.

Sin esperanza, con convencimiento.

El segundo poemario de Ángel González lo leí casi entero en el Pirineo, sentada en una roca ardiendo por el sol y con los pies dentro del agua congelada del río Ara, después de haber recorrido unos quince metros con el libro en la mano haciendo equilibrios para no resbalarme y mojarlo entero, la mirada fija en la piedra perfecta con forma de asiento. Qué mejor escenario para el poemario del mes de agosto.

Me cuesta ver progresión en los poemas que componen la obra, a pesar de que está dividida en cinco partes a través de las que una esperaría un argumento conductor, un hilo. Sí hay continuidad, en el sentido de repetición, en torno al desgarro de la derrota: «No hubo elección: / murió quien pudo, / quien no pudo morir continuó andando». Es aquí que aparece, repetidamente y con una sutileza descarada (tanto, que algunas metáforas se te agarran a la piel por exceso al mismo tiempo de crudeza y de decoro), toda la carga social que deberíamos más bien llamar política. Ángel González gira una y otra vez en torno a la figura del derrotado, intencionadamente dudosa la razón de su derrota: el amor, el paso del tiempo, quizá la propia vida.

Seguramente el autor salta la censura de una de las formas más bellas que he leído hasta el momento, dejando siempre abierta la duda y cerrando cualquier posibilidad de ella. Para quien la referencia aparentemente descuidada a la muerte, los prisioneros y los campos de batalla no sea suficiente, hay en el poema que abre el conjunto un aviso que yo quiero pensar paralelo a una de mis canciones favoritas de Silvio Rodríguez y de la vida entera: «Otro tiempo vendrá distinto a éste. / Y alguien dirá: / Hablaste mal. Debiste haber contado / otras historias: / violines estirándose indolentes / en una noche densa de perfumes, / bellas palabras calificativas / para expresar amor ilimitado, / amor al fin sobre las cosas / todas. // Pero hoy, / cuando es la luz del alba / como una espuma sucia / de un día anticipadamente inútil, / estoy aquí, / insomne, fatigado, velando / mis armas derrotadas, / y canto / todo lo que perdí: por lo que muero«.

Tres temas, más allá de la derrota, me parecen recurrentes a lo largo de las cinco partes: el orden (el desprecio al orden, a la imposición de un cierto orden), la fe (el convencimiento del título, procedente del bellísimo «Invierno»), y un especial empeño en diferenciar el porvenir («terreno mágico») del futuro («tiempo de verbo en marcha, acción, combate, / movimiento buscado hacia la vida»). Quiero ver aquí, y en esa diferenciación paralela entre la esperanza y el convencimiento (que anida en lo material aún cuando la esperanza falta) una correlación con la distinción que Daniel Bensaïd hace entre los adivinos y los profetas: los primeros son meros estafadores; los segundos, por el contrario, plantean futuros posibles y te movilizan para realizarlos.

Quizá agarrarnos a esto nos venga bien ahora, cuando necesitamos articular esperas que no nos inmovilicen. Porque, como dice el poeta, «Es increíble: pero todo esto / que hoy es tierra dormida bajo el frío, / será mañana, bajo el viento, / trigo».

La vida tranquila.

Se puede decir que este verano me he rencontrado con Marguerite Duras después de muchos años y que, en cierto sentido, la culpa la tiene Daniel Bensaïd. La escritora ronda por mi cabeza desde que leí su autobiografía y descubrí que Duras le había escondido en su casa durante la ilegalización de la Liga francesa. «Yo he leído a esta mujer y me gustó mucho, ¿por qué dejé de hacerlo?», me pregunté durante todo el confinamiento. Recuerdo El amante con una sensación agridulce y aplastante que se me hace maravillosa (lo leí con 17 ó 18 años, al mismo tiempo que Seda de Baricco, y ambas impresiones se me entremezclan); luego vinieron El amor y el genial Moderato Cantabile. Realmente no soy capaz de saber por qué dejé de buscar sus libros. Una década más tarde, La vida tranquila cayó en la primera compra (de arrastre) que hice cuando abrieron en mayo las librerías.

Aunque dividida en tres partes, la novela se articula realmente en dos grandes bloques – el tercero es apenas una especie de resolución que hace las veces de epílogo. La historia está situada en algún lugar de Bélgica, aunque Duras consigue imprimir ese particular realismo mágico (si se me permite el préstamo) tan característico suyo que vuelve difícil adivinar la ubicación e incluso la época de sus historias. Hay una demarcación muy clara entre lo rural (parte primera) y la costa (parte segunda), y una atmósfera constante con tonos plomizos, pesados, tranquilos. Justo como una eterna tarde de verano, como si toda la narración cupiera en una larguísima tarde de verano en la que no pasa absolutamente nada y donde, a la vez, pasa absolutamente todo.

La forma en que la historia está contada consigue algo asombroso: dotar de una pátina de normalidad, de rutina, a toda una serie de acontecimientos que en otras condiciones habrían desencadenado cataratas de pasiones. A través de la escritura de Duras y de los ojos de la protagonista (y, sospecho, gracias también a la traducción de Pizarnik), cualquier alteración desaparece. Los aspavientos ajenos aparecen filtrados por la incomprensión de la narradora (como en el hostal de la playa) o por su encaje en un puzzle donde todo parece lógico, esperable, justamente en su sitio. Las emociones que se permiten son, ellas también, emociones tranquilas: el amor por los padres («pensé que teníamos padres sólo para permitirnos besarlos y sentir su aroma; por placer»), la admiración por el hermano, la ternura y compasión hacia una misma.

Destacaría quizá tres aspectos que atraviesan el libro y que se han marcado con fuerza en mi impresión posterior. El primero, la muerte. La comprensión de que es necesaria para que siga la vida, de que puede ser necesaria para la regulación de los estados de ánimo, de que llega y pasa como lo hacen las estaciones y las cosechas (y quizá, ligada a la muerte, el descubrimiento de una locura que ya estaba antes). El segundo, el descubrimiento de una misma, que es a lo que quiero creer que está dedicada casi toda la segunda parte. El auto-reconocimiento en lo material que nos alberga («Los pies delante de mí, debajo de mí, detrás de mí, son los míos, las manos a mis lados […]. En las calles soy perfectamente yo, me siento notoriamente encerrada en mi sombra que veo alargarse, vacilar, regresar alrededor de mí») que quiero reconocer como cercano a la experiencia de auto-descubrirse como corpóreamente mujer que todas vivimos tarde o temprano.

Y para acabar, de nuevo, el verano. Quiero creer ahora, bastantes días después de haber concluido la lectura (no pensé esto en su momento), que La vida tranquila habla en realidad sobre el verano, o al menos que recrea la esencia exacta de lo que yo sentí mientras leía tumbada en la playa en un día nublado: «Más allá del portal, en el borde del camino: el mes de agosto enteramente solo. / ¿Cómo mantenerme en el vértice de este mes, y conocer durante un segundo ese vértigo de agosto antes de septiembre?». Diría que la vida tranquila (ay) no habría podido llegar a mí en mejor momento.

Lo raro es vivir.

He descubierto a Carmen Martín Gaite tarde, como a tantos y tantas otras grandes de las literaturas española y catalana. La tenía apuntada desde hace tiempo muy arriba en mi lista de pendientes, puesto propiciado por mi empeño en leer a autoras y por venir la recomendación de quienes venía. Lo raro es vivir llegó con la primera compra post-confinamiento (mejor no recuerdo todo lo que gasté en libros la primera semana) y me ha resultado una lectura amena, envolvente, de fácil arrastre (ella te arrastra a ti) y expresión de un universo mental desbordante. Corro presta a por otros títulos suyos, sin lugar a dudas.

Más allá de la muerte, que sobrevuela el libro de manera evidente pero que, a mi entender, no llega a impregnar el relato ni de hecho pretende hacerlo, tres temas atraviesan la obra: la relación madre/hija (también con el padre, aunque esa me interesa menos), el tipo específico de amor que lleva a la convivencia y constituye una relación de pareja (cómo narices se construye eso, es lineal o no, acaso varía de un día a otro o entre horas, de qué va lo de la confianza y la independencia, etc.), y los impulsos que se esconden detrás de eso que llamamos forma de ser, personalidad o, en muchos casos, realización de una misma sin plan trazado alguno que poder seguir en el camino.

Martín Gaite logra algo que intuyo característico suyo pero que tendré que esperar a leerle otras obras para confirmarlo: expresar en lenguaje vulgar, no pensado para una novela (sic), reflexiones absolutamente complejas. No hay artificio alguno, expresiones floradas ni ninguna de las fórmulas esperables del dialecto literario. Los pensamientos de Águeda fluyen en el libro como los míos en mi cabeza, o quizá mejor como los de mi compañera Laura, que es quizá la persona en la que más he pensado con las tendencias a la mentira y la invención creativa de historias de la protagonista. Porque esa es otra: el libro consigue que comprendas y hasta empatices sin necesidad de que te identifiques. Basta ya de pretender que todos los tipos humanos somos iguales. Y que vivan los universos femeninos.

Uno de los temas secundarios de la narración es la relación de Águeda con Madrid, esa «ciudad que a veces se convierte en una víscera que empieza a funcionar mal». En ese vagar y deambular, tomar el metro sin sentido alguno, saltar de la cama para perseguir los bares abiertos a las dos de la mañana, en los rizofitas y la metáfora que quiero creer que es la buhardilla de paredes azules cerca de Antón Martín, ahí sí me he reconocido. Y de fondo, un ansia por vivir que es también la mía y que se entremezcla con la extrañeza que genera el reconocimiento de estar viva: «Es que todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que lo que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y que de esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo raro es que lo encontramos normal».

Áspero mundo.

Dejándome llevar por un arrebato muy grande al descubrirlo a través de alguien a quien sigo en redes, y creyendo confirmar mi intuición en las páginas de un estudio de la generación 50 que me recomendó una compañera en el trabajo, he decidido comprarme la obra completa de Ángel González. En una edición baratísima de Austral, por cierto, que tiene además ese formato manejable, compacto y ligero que es todo lo que yo le pido a un libro. Mi intención es irla leyendo poemario a poemario intercalándolos con otras cosas. El primero, Áspero mundo (1956), ha sido (¡por fin!) mi #unpoemarioalmes de julio.

Tengo pocas cosas que decir por el momento, más allá de la desolación que me produce comprobar hasta qué punto nuestro sistema educativo falla en lo que a literatura respecta. Es una sensación que he ido teniendo a lo largo de toda mi vida adulta y que se refuerza conforme voy avanzando en formación, recorrido lector y gusto propio. Recuerdo encontrar Nada, de Carmen Laforet (haceos un favor, leed a Laforet) en un puesto de la Cuesta de Moyano en mis primeros años de universidad y pensar después de haberlo leído que qué desastre, que cómo era posible que me hubieran hecho memorizar ese título y ese nombre sin ocurrírsele a nadie jamás hacerme leer esa joya. Dice un amigo que en Asturies tuvieron a Ángel González en selectividad. Bueno, a mí ni me sonaba el nombre.

De su primer poemario he de señalar que los sonetos, fórmula que generalmente me empalaga, han conseguido gustarme. Tiene algunas canciones de amor preciosas y «Muerte en el olvido» me atraviesa de bonito. Quiero intuir, en «Para que yo me llame Ángel González», un conato del contenido social que sé que introduce más adelante, y tanto éste como el poema que le sigue («Aquí, Madrid, mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo») me han parecido exactamente el tipo de poesía que me gustaría leer siempre. Tengo muchas ganas de meterle mano a su siguiente poemario, espero poder tener algo sobre él por aquí bastante pronto.

Amianto.

Amianto es la historia (o más bien, retazos de la historia) de Renato, padre del autor, tubero soldador muerto a los 59 años tras 35 de trabajos industriales con exposición al metal tóxico. A partir de él, Prunetti realiza un retrato bello y sin requiebros de los procesos de construcción identitaria de la clase obrera occidental de la segunda mitad del siglo XX, de sus rituales cotidianos y de su forma de expresar y experimentar las emociones y los afectos. De vivir la vida, al fin y al cabo. Hay todo un recorrido por fábricas, fundiciones, trenes de mercancías y madrugones agotadores, claro. Pero también por barbacoas, chorizos a la brasa, domingos de jardinería, borracheras memorables y partidos de fútbol. Hay, en el esfuerzo por reconstruir el curriculum laboral de un trabajador del metal, la constatación de que la clase obrera existe también y sobre todo por fuera de lo productivo. De que las formas de ocio y de vida que practicamos y aquellas a las que aspiramos están profundamente marcadas por las condiciones de explotación pero que, aún y con todo, son nuestras.

El texto completo de la crítica de Amianto podéis encontrarlo publicado en Nortes.

Poemas II.

En estos días raros no he tenido apenas tiempo ni claridad mental para sentarme a escribir, pero he recuperado el viejo hábito de cargar siempre con un libro encima y leer en los ratos vacíos (esa media hora después del gimnasio y antes de entrar al trabajo, en los viajes en autobús, mientras espero una cita), robándole tiempo al teléfono móvil y a la ultraconexión constante. El caso, que hace ya días que acabé el que debería haber sido mi #unpoemarioalmes de junio pero seguía sin encender el ordenador para escribir estas líneas. Y si leer a André Bretón es difícil, tratar de expresar la impresión que causa cuando hace ya tiempo que ésta ha desaparecido es incluso más complicado.

Esta antología recoge poemas escritos entre 1935 y 1948, y es todo lo que pude conseguir cuando le dije a mi librero que quería leer su poesía. De nuevo rompiendo mi intención, pues, de leer poemarios completos y rehuir las antologías. Me habría gustado que por lo menos la ruptura llevara implícita un estudio preliminar o comentario crítico, pero nada. Espero poder encontrar en algún momento el primer tomo de la antología (con los poemas a partir de 1914) y que el prólogo vaya ahí incluido.

Las imágenes acustres, selváticas, nocturnas y animales, recurrentes en todo tipo de poesía, adoptan en Bretón un carácter distorsionado muy lejano del sentimiento de repetición temática. El surrealismo, supongo. A diferencia de otras autoras y autores, aquí son frecuentes los poemas largos, de entre los que destaco «Los Estados generales» (12 páginas) y «En aquél tiempo» (18 páginas, procedente de Oda a Charles Fourier). Las escenas se encadenan unas otras, llevándote de un comienzo medianamente conceptualizable a lugares a los que no comprendes cómo has llegado. Es necesario un esfuerzo de concentración importante para abarcar el poema como un conjunto, pero también para extraer significado incluso de aquellos que son más cortos.

Hacia el final, entre los fechados ya en 1948, aparecen algunos más melódicos o con un ritmo más marcado. Me quedo de entre ellos con «En el camino de San Romano» y el que es, de hecho, el cierre del libro: «El abrazo poético como el abrazo carnal / Mientras dura / Prohíbe toda escapada sobre la miseria del mundo».

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