Leo últimamente contrarreloj: se me acumulan las tareas. He tardado dos semanas en acabar un libro que habría querido tener leído a comienzos de marzo, pero lo cierto es que estoy cansada y que el tiempo desaparece en apenas un parpadeo. Me habría gustado disponer de ratos más largos para hacer de corrido la lectura de las partes más estimulantes. Pero, pese a no haber sido así, Contra el expolio de nuestras vidas es un libro no demasiado complicado y del que se puede sacar muchísimo jugo. Si no odiara la palabra dispositivo, diría que éste es uno que se activa en el presente para ayudarnos a imaginar un otro modo de organización social en el que la propiedad no esté por encima del propio derecho a la exitencia.
Errata Naturae recoge en este libro dos documentos complementarios: un artículo de Karl Marx publicado en 1842 en la Gaceta Renana y un texto de Daniel Bensaïd escrito a raíz del primero. A partir de los debates parlamentarios del momento que buscaban redefinir las penas impuestas a los «ladrones de leña» (personas que recogían las ramas caídas de bosques privados), Marx va desgranando toda una serie de observaciones acerca de los derechos naturales, los derechos consuetudinarios, la fundamentación de las leyes y el concepto de propiedad mismo. Quizá es porque estoy leyendo El Capital (ya hablaré de esto en un tiempo) pero, a pesar de ser profana en los debates sobre el derecho y la jerga y conceptos correspondientes, no me ha resultado un texto demasiado difícil.
Varias ideas me parecen tremendamente potentes: la descripción del modo en que el interés privado ha acabado imponiéndose como justificación última de toda articulación jurídica, la reflexión acerca de cómo determinada formulación de las penas y castigos convierten el delito en una fuente de beneficio para el propietario agraviado, la ruptura del imaginario consensual de las costumbres (¿defendemos el derecho consuetudinario de los pobres, o el de los ricos?). Con este punto de partida, Bensa estructura su artículo en tres partes: análisis del texto de Marx, recorrido por los debates teóricos sobre el concepto de propiedad, y apuesta o propuesta política. El resultado de conjunto es tremendamente jugoso y muy útil como lectura didáctica.
He de reconocer que, a raíz de haber compartido espacios de militancia con personas procedentes de determinadas corrientes políticas, tenía una visión reduccionista de los bienes comunes y una posición a priori contraria al uso habitual del término. Bensaïd rompe con la idea de que bienes comunes son aquellas cosas que la naturaleza nos ofrece gratuitamente para ampliar el concepto y, a partir de Marx y de los aportes de Thompson, defender «una economía sometida al derecho natural a la existencia». El antagonismo histórico entre sociedad y propiedad (basada en la exclusión y el expolio), y entre derecho de propiedad y derecho de uso y acceso, le permiten finalmente articular toda una propuesta política en torno al derecho colectivo a la existencia (a la vida misma).
La crisis ecológica, la desesperada necesidad de avances médicos, el derecho a la vivienda o el aumento de conocimiento humano son problemas cuya solución es incompatible con la existencia de la propiedad privada. El reparto social de la riqueza y el fin efectivo de las desigualdades sociales no es posible sin un cuestionamiento directo de la propiedad privada. Esta evidencia que se deriva de nuestra experiencia práctica es formulada por Daniel Bensaïd de manera poderosa: «no se trata de analizar las ventajas comparativas de diversas soluciones económicas racionales, sino de una prueba de fuerza política». Lo de siempre, pero con más urgencia que nunca.