Contra el expolio de nuestras vidas.

Leo últimamente contrarreloj: se me acumulan las tareas. He tardado dos semanas en acabar un libro que habría querido tener leído a comienzos de marzo, pero lo cierto es que estoy cansada y que el tiempo desaparece en apenas un parpadeo. Me habría gustado disponer de ratos más largos para hacer de corrido la lectura de las partes más estimulantes. Pero, pese a no haber sido así, Contra el expolio de nuestras vidas es un libro no demasiado complicado y del que se puede sacar muchísimo jugo. Si no odiara la palabra dispositivo, diría que éste es uno que se activa en el presente para ayudarnos a imaginar un otro modo de organización social en el que la propiedad no esté por encima del propio derecho a la exitencia.

Errata Naturae recoge en este libro dos documentos complementarios: un artículo de Karl Marx publicado en 1842 en la Gaceta Renana y un texto de Daniel Bensaïd escrito a raíz del primero. A partir de los debates parlamentarios del momento que buscaban redefinir las penas impuestas a los «ladrones de leña» (personas que recogían las ramas caídas de bosques privados), Marx va desgranando toda una serie de observaciones acerca de los derechos naturales, los derechos consuetudinarios, la fundamentación de las leyes y el concepto de propiedad mismo. Quizá es porque estoy leyendo El Capital (ya hablaré de esto en un tiempo) pero, a pesar de ser profana en los debates sobre el derecho y la jerga y conceptos correspondientes, no me ha resultado un texto demasiado difícil.

Varias ideas me parecen tremendamente potentes: la descripción del modo en que el interés privado ha acabado imponiéndose como justificación última de toda articulación jurídica, la reflexión acerca de cómo determinada formulación de las penas y castigos convierten el delito en una fuente de beneficio para el propietario agraviado, la ruptura del imaginario consensual de las costumbres (¿defendemos el derecho consuetudinario de los pobres, o el de los ricos?). Con este punto de partida, Bensa estructura su artículo en tres partes: análisis del texto de Marx, recorrido por los debates teóricos sobre el concepto de propiedad, y apuesta o propuesta política. El resultado de conjunto es tremendamente jugoso y muy útil como lectura didáctica.

He de reconocer que, a raíz de haber compartido espacios de militancia con personas procedentes de determinadas corrientes políticas, tenía una visión reduccionista de los bienes comunes y una posición a priori contraria al uso habitual del término. Bensaïd rompe con la idea de que bienes comunes son aquellas cosas que la naturaleza nos ofrece gratuitamente para ampliar el concepto y, a partir de Marx y de los aportes de Thompson, defender «una economía sometida al derecho natural a la existencia». El antagonismo histórico entre sociedad y propiedad (basada en la exclusión y el expolio), y entre derecho de propiedad y derecho de uso y acceso, le permiten finalmente articular toda una propuesta política en torno al derecho colectivo a la existencia (a la vida misma).

La crisis ecológica, la desesperada necesidad de avances médicos, el derecho a la vivienda o el aumento de conocimiento humano son problemas cuya solución es incompatible con la existencia de la propiedad privada. El reparto social de la riqueza y el fin efectivo de las desigualdades sociales no es posible sin un cuestionamiento directo de la propiedad privada. Esta evidencia que se deriva de nuestra experiencia práctica es formulada por Daniel Bensaïd de manera poderosa: «no se trata de analizar las ventajas comparativas de diversas soluciones económicas racionales, sino de una prueba de fuerza política». Lo de siempre, pero con más urgencia que nunca.

La política de todes.

Hace ya tiempo que los debates sobre el sujeto político enervan a todo el mundo dentro de la izquierda. La derrota del ciclo, la descomposición de la izquierda, una desorientación estratégica generalizada y problemas reales de falta de reconocimiento y autonomía política han derivado en un activismo de feudos emocionales e identitarios, donde lo que se es (o lo que cada cual imagina ser) importa más que lo que se hace. Si a esto sumamos este vivir aisladas, esta desaparición de la política carnal (la de los cuerpos que se encuentran) que durante el último año ha impuesto la pandemia, el resultado es desastroso: el ruido de Twitter parece serlo todo.

Como título inaugural de su nueva etapa, Bellaterra acaba de publicar La política de todes, de Holly Lewis, un libro que busca respuestas a la cuestión del sujeto ampliando la mirada e introduciendo el debate dentro del marco general de la reproducción social.

El texto completo parido a raíz de La política de todes podéis encontrarlo publicado en CTXT.

Tratado de urbanismo.

Poemario de marzo. Llevo leyendo a Ángel González desde mayo del año pasado (he tenido que consultarlo) y pretendo, sin prisa pero sin demasiadas pausas, terminar de leer su obra completa este año o a comienzos del que viene. Ya he dicho otras veces que no era mi intención leer a ningún poeta así, pero lo cierto es que me resulta estimulante tratar de seguir la evolución personal y artística del autor, así como la del contexto político y social en el que fue publicando.

Tratado de urbanismo es su quinto poemario y apareció por primera vez en 1967. Se nota en él el paso de los años y la distancia con respecto a la posguerra. También la adultez del autor: es un poemario cansado, que se arrastra agotado por una vida demasiado dura (qué jodido esto de sobrevivir por los propios medios). Su primera parte, «Ciudad uno», compone una recopilación de desengaños en la que se intuyen pese a todo los giros irónicos más presentes en poemarios anteriores. «Zona residencial» es posiblemente quien mejor conserva ese humor que hace un tiempo describí como más propio de un chiste de Quino. Al contrario, es «Lecciones de buen amor» el que mejor condensa el espíritu general de estas páginas: un cinismo no propio sino observado, una amargura masticada con cuidado, una rutina solidificada en el cuerpo.

La segunda parte del poemario, «Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas», la he leído un poco por encima. Me parece sobre todo el resultado de un ejercicio artístico de creación, pero esconde al final un pequeño tesoro: «La paloma (versión libre)». El poemario acaba con «Ciudad cero», cuyos tres poemas, («Ciudad cero», «Evocación segunda», «Primera evocación») me han parecido la parte más interesante de la obra. No es sólo que sean bellos: es la forma en que trae al presente los recuerdos difusos de la infancia, las sensaciones de la guerra, la ausencia de la madre, el llanto adulto a destiempo, el reconocimiento en una derrota económica que no es sino haberse negado a colaborar. Me gusta especialmente ese juego de luz y sombras en «Evocación segunda», ese decir sin estar realmente diciendo, el desmoronamiento del criterio social para ser buena persona.

La calle de las camelias.

He vuelto a leer. Veremos cuánto me dura o, mejor dicho, cuánto me deja el trabajo pendiente, pero los últimos días me he quitado por fin algunas losas que arrastraba desde hacía tiempo y he vuelto a sacar ratos (un par, de momento) para el goce estético. Mercè Rodoreda es una de las escritoras favoritas de mi amiga Laia y encabezaba desde hacía tiempo mi lista de mujeres pendientes. Y La calle de las camelias es un libro bellísimo que se devora y que te devora, de los que te ventilas en una tarde sin poder desprenderte de la sensación de que nunca será suficiente y te va llenando el estómago de algo precioso y salvaje.

Toda su primera parte, correspondiente a la infancia de Cecilia, es un paseo por un camino de satisfacción y plenitud ambiente. Se diría que todos los sentidos parecen alinearse para proporcionarte una sensación de tranquilidad y belleza plástica, incluso en momento de relativa tensión o problemas para la niña (cuando enferma, cuando se escapa). La enumeración infinita de flores (reconozco que paré la lectura en varias ocasiones para buscar fotografías en las que llegué a detenerme incluso uno o dos minutos) se combina con la figura del señor Jaime/maestro para dar lugar a un mundo mágico, siempre disponible y bello.

En la adultez, con sus diferentes etapas, Mercé Rodoreda consigue algo maravilloso: conectarme a mí misma con las reacciones de Cecilia ante los hombres que, incluso momentáneamente, le gustan. Eusebio, Andrés, Esteban. El hijo de puta de Marcos (lo he intentado, pero no consigo encontrar otra expresión que exprese lo que ese insulto) cuando la coge del cuello, le da la primera bofetada y le dice que va a cambiarla antes de besarle la boca. Hace que una quiera realmente acostarse con ellos. Y luego está el miedo. El pánico atroz. El impulso mío al vómito cuando sus arcadas. La etapa con Cosme o en el piso del mirador son probablemente de las mejores escenas de terror que he leído en muchísimo tiempo.

Algo que me fascina últimamente es la manera en que las mujeres escriben sobre mujeres. Hay una conexión comunicacional ahí que quizá un hombre aprecie (quién va a negar la calidad de los personajes femeninos de cualquiera de nosotras, en comparación con la inmensa mayoría de los compuestos por ellos), pero que seguramente sólo otra mujer comprenda. Las mujeres que aparecen en La calle de las Camelias son medias verdades (como Maria-Cinta) o pechos abiertos (como la Tere), pero jamás están ahí aleatoriamente. Constituyen el universo de realidad que da forma a toda la historia y que permite verdaderamente sobrevivir a Cecilia. Junto con los golpes y el hambre, son seguramente la materialidad que impide a la novela, a pesar de su voz, ser algo parecido a una huida introspectiva.

Y menudo goce. Qué bien estoy escogiendo últimamente y qué contenta con mis avances en esto de la sensibilidad y las cartografías lectoras.

Da dolor.

No llevo un mes sin leer, pero casi: estoy encerrada escribiendo, tratando de sacar adelante unas cuantas cosas que se alargan desde hace demasiado y que amenazan con seguir criando. Socorro. Entre tanto, hace ya días (¿semanas?) que acabé mi poemario del mes y que esperaba el momento en que pudiera sentarme a escribir esto. Me lo regaló mi amiga Mar por navidades, con una dedicatoria: «para que sigas en febrero». Me pareció precioso y ahora que lo he leído aún me lo parece más. Gracias, Mar, qué bonito todo.

Dice la contraportada que Da dolor es continuación de un poemario previo (Las órdenes) y que trata sobre la muerte, la literatura y la vida. Yo no conocía a Pilar Adón (la busco en google y corro a apuntar títulos, sobre todo al descubrirle cuentos), y me parece que sus poemas tratan, más que de la muerte, del duelo. De una ausencia presente que se sobrelleva por dentro, de la ausencia total de emociones que supone la aceptación de lo no aceptable. Todo el libro emana una tristeza calma, una serenidad vacía de gestos y colmada de la tristeza desconcertante de quien lo siente todo pero no puede sentir nada. Algo que todas conocemos en mayor o menor medida y que la poeta plasma en el papel con una exactitud asombrosa.

Dos tópicos, más allá de la ausencia/espera explícita, son los que se repiten El primero es lo sacro: no lo sagrado sino lo sacro; no lo espiritual, sino la materialidad fetichista o consolatoria de los rituales, las doctrinas y los amuletos. El segundo es la vida en su dimensión ausente (la vida que se va, la que se acaba, la que se pierde), profundamente conectada con la corporalidad animal de la carne, la piel y la muerte. Y todo esto se entremezcla, en una versión corrupta, para dar forma a los hombres y las mujeres.

He disfrutado mucho con Da dolor y me ha encantado descubrir la voz personal de Pilar Adón. Probablemente «Existencia doméstica» sea el mejor poema del libro (ay Mar, ya me avisaste) tanto en su sonoridad como en su capacidad de hilar contenido. Pero prácticamente todos requieren un momento de reposo tras la lectura, algo así como una pausa contemplativa. Y reconozco que, desde hace ya semanas, abro a diario el poemario para releer uno en particular, que quiero entender como una pregunta y por el que me siento atacada (¿cuestionada?) de manera directa: «Hay una prisa a los 20 / que vuelve a los 40. / Lo de en medio es supervivencia».

Una tarde de Monsieur Andesmas.

Leer a Marguerite Duras siempre tiene algo de perturbador, un aura inquietante que siempre se espesa generando una sensación de incomprensión e incomodidad que se agudiza cuando el entendimiento va llegando. En algunos de sus libros, aquellos con las tramas más desarrolladas, esto concede a la historia un carácter fuertemente específico, un ambiente determinado que personalmente me encanta y que no podría llevar detrás ninguna otra firma. En otros, relatos que apenas llegan a serlo, es como si la escritora hubiera tan solo esbozado levemente un hecho, un pensamiento, lugar o un personaje, en un ejercicio de escritura que tantea qué puede decir y qué no decir (mostrar u ocultar) sin arriesgar totalmente la comunicación con la persona lectora. Una tarde de Monsieur Andesmas forma parte de este segundo grupo.

Los razonamientos circulares, el descubrimiento de hechos y objetos sólo instantes antes olvidados (metáfora quizá de la memoria en un sentido más amplio) y un uso irrespetuoso de los tiempos marcan profundamente todo el libro. La primera parte puede llegar a hacerse insoportable: la sensación de que no pasa absolutamente nada acrecenta la certeza en que algo definitivo está por revelarse. Las cosas nunca se dicen y hay que tratar de entenderlas a través del filtro interpretativo perezoso y gastado de M. Andesmas. Los personajes que le visitan en lo alto de la ladera parecen ser intercambiables (incluso el perro), y la casa estar rodeada de algún tipo de energía específica que desorienta, confunde y agota a los visitantes. La vejez (la senectud) y la juventud se mezclan en actitudes, reflejos y aspavientos, y hasta la duración de una tarde de espera parece eternizarse.

A mí me ha salvado (obra escuetísima) una semana de desborde de trabajo, pero no recomendaría la lectura del libro a quien no conozca ya de sobra a Marguerite Duras. Es una escritura característicamente suya, complicada y sugestiva, pero que no da forma a algo más desarrollado que permita ir comprendiéndola. Como ejercicio literario, sin embargo, me ha parecido interesante y muy logrado. Posiblemente el punto máximo de tensión (justo antes de que la mujer de Michel Arc comience a hablar al comienzo del tercer capítulo) sea uno de los picos de mayor incomodidad que he leído últimamente. La sensación de dar brazadas en mitad de la niebla – y la niña que no es niña sentada en la tierra, descubriendo de nuevo la moneda de cien francos.

Los analfabetas.

Aunque mis ritmos de trabajo sean tan intensos últimamente que lleguen a desbordarme, acabe 2020 muy contenta con el ejercicio de obligarme a leer un poemario al mes, y comencé el nuevo año con el propósito de seguir en ello. Así que, a pesar de que febrero avanza, por aquí va mi poemario de enero (lo leí hace días, prometido).

Los analfabetas me llegó desde Colombia a través de su autora, como regalo de alguien muy querida que estuvo vinculada a mi familia hace ya tiempo. Desde un primer momento me llamó la atención por su aspecto (trazas quizá de fanzine), las ilustraciones en tinta que imita pizarra, el cambio de color de las hojas y el poema que aparece en la contraportada (con diferencia, mi preferido de todos): «idiotas cuando leen / confusos cuando escriben / anteriores a las ideas / vamos a convertirlos en hombres».

María Paz Guerrero usa recursos que, a pesar de ser conocidos, todavía no me había encontrado en mi particular aproximación a la poesía: separación de las líneas y párrafos, disección de las palabras en sílabas o incluso signos, cambios en el tamaño de letra. Algunas páginas me han recordado a los caligramas (he tenido que buscar el nombre, lo reconozco) que nos enseñaban en el colegio pensando que así nos resultarían más atractivos. Es en general una poesía de verso breve, donde las frases se dividen en columnas finitas bastante alejadas de la poesía musical y contundente (redonda, sin serlo) con la que más cómoda me siento. Me ha costado, en muchos casos, seguir el ritmo.

Tanto en los poemas como en las ilustraciones abundan las imágenes incómodas: cuerpos despedazados (o mejor, pedazos de cuerpos), tripas y otras vísceras pobladas por gusanos, pústulas, raíces podridas. Es una poesía marcada por la presencia de la violencia, que combina el nudo de tripas con olores terribles y con partes sangrantes. Se atraganta y se hace difícil, sobre todo leyendo desde esta Europa en la que la mayor parte de referencias, vocabulario, marcos culturales y dolores entretejidos no se conocen, no existen, son directamente otros. Esto, junto con mi falta de conexión con la forma de la poesía, hace que a pesar de sí haber disfrutado con algunos de los poemas me quede con una sensación que ya he tenido varias veces: ésta no, ésta no es la mía. Seguiremos probando.

El siglo de las luces.

Descubrí a Alejo Carpentier por una casualidad bellísima: en una calle perdida de Santa Clara, Cuba, en un barrio de bloques verdes muy alejado del centro, me topé en 2017 con una mujer que vendía libros usados. Más allá de algunos clásicos universales (García Márquez, etc.), no fui capaz de identificar ningún título. Ella me metió entre las dos manos un ejemplar precioso y desgastado de La consagración de la primavera («es el escritor de la Revolución, de nuestra Patria y de toda Nuestra América», me dijo), y pronto descubrí que efectivamente era uno de los mejores libros que había leído nunca. El siglo de las luces es (fina ironía) más conocido en Europa, y a pesar de que para mi gusto se encuentra bastante por debajo del que me vendió la cubana, he disfrutado la lectura y reconocido con gusto las trazas y el estilo de un escritor genial.

Si La consagración de la primavera parte de la Revolución española de 1936 para acabar en la Revolución Cubana (con alusiones laterales a los coletazos de la Revolución Rusa), en El siglo de las luces Alejo Carpentier levanta la narración sobre el devenir de la Revolución Francesa. Y lo hace con dos estratagemas vinculadas que demuestran la excepcionalidad del escritor cubano: mediante el traslado de la mayor parte de la trama principal a las Antillas y las colonias francesas (descentrando el relato y rompiendo así con la memoria tipificada y lineal de la Revolución) y la reconstrucción de la vida de un personaje real, Víctor Hugues, protagonista del libro, conquistador de la isla de Guadalupe, que fue sucesivamente comerciante, masón, jacobino, Agente del Directorio, Agente del Consulado y olvidado por la Historia.

La contextualización de la historia en el siglo XVIII hace que en ocasiones el relato sea, si no pesado, sí complicado para una lectura ligera. Carpentier abusa (algo habitual en él) de las descripciones profundas. Puede dedicar apartados o subcapítulos enteros a enumerar los tipos de mercancías y los olores contenidos en el almacén del padre de Carlos y Sofía, la fauna marítima encontrada a lo largo de los viajes del Arrow, o el modo en que las banderas tricolores adornaban las calles de París al comienzo del viaje de Esteban. No se trata de enumeraciones enfangosas ni de detalles innecesarios, sino de una característica fundamental de su estilo narrativo con la que nos hace comprender mejor la psicología, las impresiones y las emociones de los personajes. Sin embargo, la mezcla entre léxico tropical, naval y dieciochesco ha hecho que en ocasiones, aún sintiendo admiración y envidia, tuviera que aguantarme las ganas de saltarme párrafos enteros.

A pesar de sentirme perdida con algunos de los sucesos vinculados a la Revolución (soy consciente de la gran deficiencia que tengo en lo que a la Revolución Francesa se refiere, más allá de algunas ideas básicas sobre los jacobinos), he disfrutado un montón con la traslación de la política europea al tan distinto mundo de las colonias. Carpentier aborda con una finísima ironía la cuestión racial y el esclavismo, reflejando a los protagonistas de la Revolución Haitiana (pues sí, también se cuela en la novela) y a los cimarrones de la Guayana como personajes mordaces y muy superiores en inteligencia y (por qué no) humor y ambiciones buenas que todos los colonos y blancos pseudo revolucionarios que los rodean. Dos escenas me parecen, en este sentido, especialmente brillantes: el encuentro de L’ami du Peuple con un barco negrero tomado por los esclavos (dolorosísimo) y el desenlace final en Cayena, con la caza de negros y ese «no se puede hacer la guerra contra los árboles».

No tengo un criterio claro para ello, pero diría que si dividiéramos el libro en dos, yo he disfrutado mucho más de la segunda parte. Quizá porque Carpentier abandona ahí el mundo del comercio y los grupúsculos intelectuales y masones para centrarse más en la política colonial de la Revolución, dando pie a la aparición de las dos cosas que más me han gustado del libro: la mordacidad sangrante de la que hablaba antes, y la sensación de libertad absoluta que proporcionan las narraciones de la etapa corsaria de Esteban. Esa desaparición del tiempo y expansión del espacio, la sensación incomparable de poder tomar decisiones sobre la propia movilidad que se cargó la disciplina capitalista y que (aunque sea en forma de vacaciones temporalmente acotadas y viajes económicamente calculados) tantísimo echamos de menos desde que comenzó la pandemia.

Mujer y lucha de clases.

Llevo unos días repasando las distintas cosas de Kollontai publicadas en castellano, el criterio con el que están seleccionados y encuadrados su textos, qué temáticas de entre todas las que trató se han ido considerando más importantes en cada momento, etc. Creo que ha habido, en general, una separación entre temas importantes o verdaderamente políticos (los textos de la Oposición Obrera, sus apuntes programáticos, los proyectos en torno a la protección social de la maternidad y la lucha contra la deserción del trabajo) y temas secundarios (evidentemente: su concepción política del amor y sus artículos de crítica literaria).

Solamente las feministas, y sólo algunas de ellas, han hecho desde los años 80 y 90 un esfuerzo por recuperar, traducir y publicar parte de los textos más profundamente revolucionarios de la comunista: los que hablan, precisamente, de los vínculos sexuales y las relaciones afectivas. La mayor parte de grupos comunistas han despreciado hasta hace poco esta parte de su producción, centrándose en reivindicar a una Aleksandra «que combate a las feministas» y que vio cómo toda la legislación aplicada durante la revolución era desmantelada progresivamente desde 1923. Entra dentro de lo predecible, pero no deja de ser irónico el modo en que la aparente rigidez de la primera Kollontai (la de la política de verdad, ja) es incomprensible y genera significados profundamente equivocados si no se cruza con la humanidad y la corriente cálida que habita en la segunda.

La antología que propone El Viejo Topo reúne cuatro de los títulos más consensuadamente valiosos de la dirigente rusa: extractos de «Los fundamentos sociales de la cuestión femenina», «Las relaciones sexuales y la lucha de clases», «El comunismo y la familia», y «La prostitución y cómo combatirla». Abordan de manera amplia y con desigual profundidad la mayor parte de temas centrales que recorren la obra de Kollontai: los orígenes de la opresión de género, el problema de la doble moral, la necesidad de independencia económica de las mujeres obreras, la diferencia entre igualdad formal y material, la importancia de las relaciones sexuales sanas y libres para la felicidad individual y colectiva, el establecimiento de nuevos vínculos capaces de gestar una sociedad nueva, la extinción progresiva de la familia dentro del capitalismo, y la lucha contra la evasión del trabajo (o lo que es lo mismo: contra quienes pretenden vivir a costa del trabajo de otros).

El libro tiene el mérito de incluir textos pertenecientes a los dos grupos que he bosquejado más arriba, además de un muy buen prólogo (casi 70 páginas) que recorre la trayectoria política de Kollontai en el Partido Socialdemócrata Ruso y posteriormente en el Partido Bolchevique hasta su salida hacia Noruega como embajadora en 1923. Yolanda Marco se queda, sin embargo, en la capa de lo «político de verdad» (sobre todo en los debates dados por la Oposición Obrera), sin entrar a analizar muchas de las apuestas contenidas en los textos que está introduciendo. Y es una pena, porque «Relaciones sexuales y lucha de clase» es probablemente uno de los mejores artículos de la rusa.

Como dije hace unas semanas, lo dejo aquí. Esperad más cositas sobre Kollontai en breves.

Boulder.

Ahora que he terminado lo que con toda seguridad va a ser mi última novela del año, puedo afirmar con satisfacción que no podía haber elegido mejor cada uno de los libros que he abierto en 2020. Comencé enero proponiéndome (apertura de este blog mediante) mejorar mi ritmo lector, volver a la literatura, meterle mano a la poesía y avanzar en eso de forjarme criterio propio. Termino diciembre cerrando un libro que me ha fascinado profundamente (uno de los mejores del año, aunque no lo haya incluido en la recopilación que he hecho por redes por no tener escrito esto todavía), el último de una serie de lecturas geniales que me han proporcionado mucho placer y con las que me siento tremendamente contenta.

Boulder es la segunda entrega de una trilogía en la que se abordan la vida de tres mujeres enamoradas de mujeres. Empecé por la mitad por recomendación de Laia, que me convenció arguyendo que una lesbiana enrolada de cocinera en una barco mercante era un argumento difícilmente desbancable. Tenía razón. He devorado cada una de sus páginas con un ansia animal, a ratos cachonda y a ratos asqueada, envuelta en una red de imágenes poderosísimas que Eva Baltasar despliega con una naturalidad aplastante. Qué prosa tan poderosa, tan visceral, tan directa a la carótida. Deseando coger Permafrost estoy ahora.

Todo el libro se encuentra impregnado por dos dimensiones entrecruzadas: el deseo (la fuerza inconfrontable de la sexualidad) y una corporalidad pesada hecha de carne y fluidos. Los cuerpos articulan el conjunto de la historia aterrizando experiencias, afectos y anhelos, dándoles forma material y expresándolos a través de los órganos, de las manos, de los sudores. Cuerpos que amasan, cuerpos que maman, cuerpos que se incrustan y se cortan y se corren y sangran. Lo sensorial desarrollado a través del tacto, el gusto y el olfato hasta niveles tan reales que parecieran descabellados. A ratos una identificación con el cuerpo, a ratos un extrañamiento -maravilla absoluta esa deshumanización radical y ese asco intestino producto del embarazo. Las personas reducidas y al mismo tiempo elevadas a masa biológica de calor y sangre. Una gozada, vaya.

Me ha pasado con Boulder que, incluso en los momentos de mayor rechazo de lo corporal por la protagonista, me ha tenido en un estado de excitación constante. Las descripciones se me metían en el estómago y me mantenían alterada hasta que al día siguiente podía seguir leyendo. Desde el momento en que dice «no la follo, me afilo con ella», y también ese constante «Levanta los ojos, me encuentra. Ya lo sabe». «Sé que tengo en la mirada al animal que quiere y no sabe contenerse», escribe Eva Baltasar, o «Sus uñas, que me tragaría de una en una, brillan tanto que no parecen humanas», y yo me estremezco y detengo la lectura porque, joder, es demasiado complicado.

Hay quizá un único punto que rompe la dinámica general, que distorsiona el tono discursivo del libro introduciendo un punto de ternura limpia y perfectamente inocente: la relación de la protagonista con Tinna. Los bailes en la cocina, los paseos en bicicleta, los balbuceos y el gesto cómplice y travieso de cambiar la ropa elegida para ella por Samsa. Todo eso funciona como contrapunto a la densidad corporal de la historia, son pequeños destellos que se introducen por las rendijas de un ambiente asfixiante y que, sin restarle ni un ápice de su pulsión arrolladora, permiten que sea, más que animal, humana.

Palabra sobre palabra.

El cuarto poemario de Ángel González tiene, en mi ejemplar de su poesía completa, un marcador de color diferente: naranja. Básicamente porque pensé que se habían acabado los de color rosa y tardé días en descubrirlos escondidos al fondo del estuche, pero el caso es que este poemario brevísimo, que da nombre al conjunto del libro, es bastante distinto a los tres anteriores.

«la palabra: / amor. / Era / suficiente». Lo dice así el primer de cinco poemas encadenados, y a mí se me revolvió un poquito la lectura temiendo encontrarme con la sucesión de cosas cursis que me enseñaron que era la poesía y que llevo un año entero evitando. No ha sido el caso, por suerte, pero Palabra sobre palabra sí es, hasta el momento, el más convencional en temática (y me atrevería a decir: en imágenes) de los poemarios que le llevo leídos. Me gusta en todo caso esta forma en que me estoy acercando a Ángel González, sin saber nunca qué me deparará la obra siguiente y reflexionando o sistematizando su descubrimiento como si del proceso de conocer personalmente a alguien se tratara.

Hay un poema, el último de los cinco, con el que sí he logrado conectar realmente. Me parece bonita, suave, la forma en que construye los pensamientos y el acercamiento a la soledad y la persona amada, el yo desde el que se mira, la vida como una sucesión de decisiones que incluso en lo gozoso son, necesariamente, excluyentes y dolorosas. «Estoy aquí, / donde yo siempre estuve, / donde apenas hay sitio para mantenerse erguido. / La soledad es un farol certeramente apedreado: / sobre ella me apoyo». Y luego: «alegre, / porque tú eres mi patria, / amor mío; / y triste, / porque toda patria, para los que la amamos, / -de acuerdo con mi personal experiencia de la patria- / tiene también bastante de presidio». El poema es «Aquí me quedo» y ahora, al releerlo, vuelve a sacarme una mueca triste y una cálida sonrisa.

Catorce conferencias en la Universidad Sverdlov de Leningrado.

Alexandra Kollontai ha sido, desde que descubrí su existencia, una de mis referencias de cabecera en lo que a razonamientos políticos y planteamientos de vida se refiere. Pasan los años y sigo alucinando ante su capacidad de detectar la amplitud del problema de la construcción de una sociedad comunista y su valentía y determinación al abordar (no de manera segundaria sino fundamental y prioritaria) cuestiones como los afectos, el amor y las relaciones interpersonales. De una forma que sólo en mitad de una revolución puede darse, infinitamente más bonita, real y transformadora que cualquier apuesta actual esbozada desde los feminismos.

Las Catorce conferencias recogen las sesiones de un curso sobre mujer, economía y sociedad que Kollontai dio en 1921 ante cuadros medios del Partido Comunista que iban a dedicarse a realizar trabajo con mujeres obreras y campesinas no necesariamente afiliadas. A través de un estudio histórico pormenorizado de las diferentes sociedades y sus modos de organización social de la producción, Kollontai trata de demostrar que el trato recibido por las mujeres depende de su nivel de participación en la producción y de su posición en la escala de castas, grupos o clases sociales. Empleando hace un siglo un enfoque que aún hoy resultaría novedoso, Kollontai desmonta al mismo tiempo dos mantras contrapuestos: la existencia de condiciones de opresión iguales para todas las mujeres (concepción que en la segunda mitad del siglo XX derivó en la imposición de una sororidad feminista apriorística muy criticada en su momento por las feministas negras), y la creencia en que fue el Capitalismo quien creó la desigualdad de género (tristemente defendida todavía por algunos grupos que se dicen comunistas).

Es posible dividir el libro en tres partes: una primera de análisis histórico (conferencias 1 a 6), una segunda de transición más abiertamente política (conferencias 7 y 8) y una tercera más programática y de estudio de los primeros años de la Unión Soviética (conferencias 9 a cierre). Hay infinitos debates de interés en las Conferencias, pero quizá el punto más relevante sea la demostración de que no es posible disociar género de clase y de que no sólo las condiciones en que vivimos las mujeres son distintas en función de nuestra extracción social, sino que la propia construcción histórica de las mismas pasa por caminos opuestos. También por tanto los intereses y las alianzas para lograrlos. «En verdad, estos parásitos tampoco tenían derechos ciudadanos de ninguna clase, pero ¿para qué necesitaba la acomodada esposa de un comerciante o de un conde derechos sociales mientras el poder del dinero y del título le garantizara una existencia agradable?».

El libro incluye un texto («Conferencia nº 8: El movimiento de las feministas y la importancia de las trabajadoras en la lucha de clases») que recientemente ha sido recuperado por los sectores más rígidos e identitarios (en el peor de los sentidos) del comunismo para negar la necesidad del feminismo y la existencia de una opresión específica hacia las mujeres. Dejando a un lado la utilización seccionada e interesada de una autora que bien podría haber muerto a mano de gente como ellos, no deja de ser llamativo el excesivo mecanicismo con que Kollontai explica las transformaciones en los hábitos sociales.

No me detengo mucho aquí porque estoy trabajando en algo que aborda el tema de manera mucho más completa, así que sólo dos apuntes: 1) la comunista (primera mujer Ministra de la historia y fundadora de la Oposición Obrera) tenía razón en su crítica a la ingenua creencia de que los derechos formales dentro del Capitalismo traerían la emancipación de las mujeres; y 2) faltaban todavía muchas décadas para que el feminismo empezara a reflexionar y a elaborar pensamiento sobre la dimensión cultural de la opresión de género. Incluso los debates acerca de la autonomización de la cultura y de la relativa autonomía de la superestructura, tan prolíficos a mitad de siglo, estaban aún sin desarrollar dentro del marxismo. No es posible exigirle a nadie que se adelante cincuenta años a su momento histórico. Y a pesar de ello, en muchísimos aspectos, Kollontai lo hizo.

Llevaba bastante sin leer a Kollontai sistemáticamente (de hecho, sin sacar tiempo para poder dedicarlo a leer cualquier cosa sistemáticamente) y he disfrutado muchísimo el intensivo que me he marcado esta semana. Esperad más cosas suyas por aquí y por otros sitios dentro de poco.

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