Mi lectura de 2023 ha sido, sin mucho espacio para la competencia o la duda, Lo que hay de Sara Torres. El ritual de baño quise leerlo desde el principio, pero también desde el principio me dio miedo. En cierto modo es irónico que fuera justo después de octubre que me animara a empezarlo. Empalada, atravesada por un asta de punta a punta y aún suplicando en un grito sordo que me abrieran más, que era poco el desgarro. Para lo bueno y para lo malo, 2023 ha sido el año de la intensidad. Y eso lo agradezco mucho.
El ritual de baño fue mi poemario de noviembre y de él recuerdo, sobre todo al principio, una sensación ambigua. Una de las imágenes más recurrentes del libro (el agua, las iguales, las metáforas marinas y alimenticias) y el que posiblemente sea su sello formal más característico (el recurso a los versos inacabados -ficción de la recuperación de una pérdida- y a los paréntesis con puntos suspensivos) me recordaron insistentemente a El cuerpo lesbiano (y sé de sobra que Witting es punto de referencia para Sara Torres) y a las reconstrucciones que nos hacemos de la poesía de Safo. Ninguna sorpresa, vaya. Pero me defraudó la sensación de pretensión idéntica, de intentar reproducir una forma que tiene sentido no tanto como creación sino como destrucción de la poesía. Eso, y que a mí Witting me cansa; precisamente lo que El cuerpo lesbiano tiene de carnívoro, la dimensión que más me gusta, no está presente en la poesía de Sara.
Luego, claro, esto cambia. Toda la sensualidad y la energía erótica que Sara Torres logra introducir en Lo que hay, esa sensibilidad arrolladora ante la saliva y el tacto, desborda los poemas de El ritual de baño permitiendo una lectura distinta a la simple repetición de Witting y reconstrucción de Safo. Leer a Sara es muchas veces abrir la boca para permitirle introducir la mano, rodear con sus dedos la lengua, pasearte de saliva la cara. «no ocurrió / un cuerpo enamorado / alucina / los mapas del deseo». Y también: «declinas ya no será / ya no». Leer a Sara en noviembre ha supuesto permitirme llorar muchísimo, acunarme en el proceso de sanación y dar gracias a la vida y a mí misma por esta capacidad de sentir que en ocasiones me devora pero ante la que siempre suplico, los ojos abiertos: arrástrame más fuerte.
La alucinación, la fiebre. Los muslos sudados que no se apartan, que no renuncian al tacto. El cuerpo en estado de vehemencia, las manos que se hunden y empujan y aprietan. «porque está puesta en ti / el hambre que tuve desde niña / y hago contigo las cosas sin nombre / que desde niña siempre deseé // no temas amor de las otras». Hay un punto en la poesía de Sara Torres que no permite saber dónde empieza y acaba lo físico, cómo el cuerpo se conecta con la escritura, si es que acaso para algunas de nosotras tiene siquiera sentido pensar en la posibilidad de poner límites al deseo. Leerla en noviembre fue de las mejores cosas que me pudieron pasar.
Enuncia Sara: «la sensación de que yo he venido aquí a escribir». También: «aquí conducida por la escritura». Supongo que al final la vida es eso. Tengo subrayada en dos colores la primera página, que fue para mí un primer ladrillo sobre el que empezar a levantarme: «tanto va el cántaro a la fuente (…) / pero antes de romper se hubo llenado / muchas veces».
Muchísimas veces. Feliz 2024.