Bailar hasta morir: breve historia de la pista de baile.

«Puede que la semana haya sido dura, que no te hayan pagado las horas extra y que el piso en el que vives se inunde con la lluvia, pero cuando entras el viernes al club todo eso queda muy lejos. La pista de baile te pertenece solo a ti, no al jefe que te amarga la vida o al casero que se niega a arreglarte las goteras. En ella puedes dejarte llevar por la música y ser tú mismo, sentir el deseo de los demás y formar parte de una comunidad. La pista de baile no te libera de la alienación, pero te permite descansar un rato de ella. (…) La pista de baile es nuestra».

Es complicado decir algo más de lo que ya el propio libro cuenta de sí mismo. Editado por la gente fantástica de Antipersona y número especial del fanzine Dolly Records, Bailar hasta morir es un librito maravilloso que nos arrastra a todas las que sabemos bien qué es eso de que se te salga el corazón bailando en cualquier fiesta con los ojos cerrados. Con enfoques y redactados distintos, sus diferentes capítulos abordan el northern soul, el surgimiento de la música disco en Manhattan, los entresijos de las discotecas soviéticas, las raves británicas, la creación del bakalao y la ruta valenciana, y la evolución de la electrónica hacia el big beat («sólo echo en falta el perreo», me decía una amiga). Realidades aparentemente lejanas pero profundamente conectadas por ese dejarse llevar en comunidad que es el baile.

Dos cosas completan el libro haciéndolo aún más interesante. La primera, una selección de fotografías de antros, fiestas, discotecas, parkings y descampados que proporcionan una dimensión estética al relato. La segunda, un bonus track al final de casi todos los capítulos que adopta la forma de lista de reproducción, discos recomendados, djs influentes o lecturas relacionadas. En resumen, una lectura entretenida y motivante para devorar en apenas un rato. Muy recomendada.

(Estoy escribiendo esto, como debe ser, con una ligera resaca y tras haberme hinchado a bailar anoche).

Antología poética.

Me está costando recuperar el ritmo de #unpoemarioalmes: éste tendría que haber sido el de mayo y lo empecé hace ya casi tres semanas. Me ha pasado un poco lo que desde el principio temía que ocurriera y lo que, a fin de cuentas, me había pasado siempre con la poesía: me ha costado. Mucho. Y eso que Alfonsina estaba en mi lista de pendientes desde el principio y que tenía, por lo que había leído sobre ella, bastantes esperanzas. En fin, tuve que sospecharlo cuando con 20 años intenté leer a Rubén Darío: no es lo mío el modernismo.

En mi concepción adolescente, la poesía siempre ha sido una cosa cursi y excesivamente adornada que emplea innecesariamente palabras ridículas que nadie usaría en sus divagaciones mentales. Leer sobre corales, estrellas, jardines, rosas rojas, selvas frondosas, tules y gasas no sólo me aburre y me recuerda desesperadamente al atroz «dientes como perlas» y «ojos como gotas» que usaban en la primaria para explicarnos el significado de las metáforas. Sino que, además, soy incapaz de dejarme llevar o de construirme algún tipo de imagen mental a partir de ello. Es cierto que yo no sé de métrica y que sería incapaz de diferenciar un soneto de prácticamente cualquier otra cosa, así que no digamos ya de valorarlo. El caso es que conmigo, vaya, esta poesía no funciona.

El libro en sí, de la serie Austral Poesía, es a pesar de todo una delicia. La edición de la colección, desde el formato a las portadas o a la elección de textos, me tiene enamorada desde hace tiempo. Y en este caso, el haber incumplido mi criterio de no leer antologías se hace menos sangrante, ya que la que Austral publica fue seleccionada por la propia autora y cuenta, de hecho, con un prólogo de Alfonsina Storni. Es interesante percibir la crítica (o más bien, el balance posterior) que la argentina hace de su obra y cómo reniega «de mi primer modo, cargado de mieles románticas» para inclinarse por las poesías posteriores a Ocre (1925). Coincido con ella.

En su último poemario (Mundo de siete pozos, 1934) y en las poesías sueltas posteriores al mismo, Alfonsina abandona casi por completo el romantiqueo tonto para cargar sus versos de imágenes más duras y quizá más oscuras. La métrica cambia radicalmente, volviéndose irregular en ocasiones y adoptando reflejos urbanos, metálicos y casi abiertamente sociales que parecieran estar escritos por otra persona. De sus poemas finales me han gustado mucho «El hijo» (canción sobrecogedora sobre la disforia corporal del embarazo), «A Horacio Quiroga» y bastantes de los que se recogen de Mundo de siete pozos: «Tormenta y hombres», «Selvas de ciudad» y «Hombres en la ciudad», por nombrar algunos. De su primera etapa me quedo con la media sonrisa que me sacó «Divertidas estancias a don Juan».

Al final, como ella misma escribe en el prólogo, «el verdadero antologista es el tiempo».

En defensa de la autodefensa.

Lo tenía por casa y qué mejor momento para leerlo que ahora, pensé el otro día. Este fanzine contiene uno de los textos más conocidos de Huey P. Newton, mítico organizador, junto con Bobby Seale y otros, del Black Panther Party, organización marxista revolucionaria de los Estados Unidos y la más importante organización negra que ha existido jamás en los países colonialistas. Muchas veces reducidos a simple fetiche estético, los Panteras Negras desarrollaron un programa político radical que buscaba acabar con la urgencia social y humanitaria en que vivían (y viven, ya sabemos) las personas negras pobres en Estados Unidos. Aquí hemos recomendado ya muy encarecidamente la recopilación de sus manifiestos y programas de intervención social editada por Libros Corrientes.

En defensa de la autodefensa es un alegato por el derecho de la gente negra a no quedarse parada ante su realidad diaria de abuso sistémico, opresión racista y explotación capitalista. En un contexto histórico claramente marcado por la guerra de Vietnam y las luchas anticoloniales en África, Huey sostiene que «los negros en América son los únicos que pueden liberar al mundo, aflojando el yugo del colonialismo y destruyendo la máquina de guerra». La identificación de la población negra estadounidense como una colonia interna ha sido posteriormente discutida y desmontada por muchos teóricos y activistas (la más reciente, la también marxista Keeanga-Yamahtta Taylor) y muchas de sus afirmaciones parecen simplistas después de 53 años, pero el valor del texto reside en la fuerza de su llamado a desobedecer las leyes injustas y a levantarse contra la represión y la violencia sufridas.

Huey dedica los últimos párrafos a uno de las principales diferencias estratégicos presentes en el movimiento negro: la integración en los círculos de poder para lograr aprobación y generar una imagen de respetabilidad, o «el principio de que el opresor no tiene derechos que el oprimido esté obligado a respetar», por lo que hay que «romper su poder opresivo por cualquier medio que sea necesario». Más allá de los debates que hubo en el seno de los Panteras Negras y de las derivas de algunos de sus líderes (Huey incluido), lo cierto es que el Black Panther Party optó decididamente por la segunda opción. Recibieron por ello un nivel de represión y violencia policial difícil de soportar a largo plazo (asesinatos sistemáticos de sus principales organizadores, encarcelaciones constantes, etc.), pero también el apoyo de las comunidades negras en Estados Unidos, oleadas de solidaridad y admiración internacional, y miles de nuevas afiliaciones en el partido por todo el país.

Antología nueva.

Comencé el año haciéndome el propósito de leer un poemario al mes como forma de aficionarme a la poesía y de habituarme a probar, conocer e ir forjándome un gusto en autores y autoras que nunca he tenido. La pandemia frustró la idea allá por marzo, cuando me quedé confinada en una casa (la mía) repleta de literatura y ensayo pero sin más obra poética que la de Lorca, Miguel Hernández, Gioconda Belli y alguna que otra cosa suelta que fui tanteando durante la adolescencia. De modo que se puede decir que esta antología de Ernesto Cardenal, que compré en cuanto reabrieron las liberías, corresponde a mi poemario de abril. Espero poder ponerme al día de aquí a julio.

No entraba en mis planes leer antologías. Quería iniciarme en los autores y autoras a través de esos totales finales que son los poemarios. Pero muchos de los nombres de mi lista de pendientes apenas han sido editados en Europa, o las ediciones son tan antiguas que cuesta encontrarlas incluso en catálogos de descatalogados. Así que cuando mi librero me propuso esta Antología como alternativa un Obras completas demasiado arriesgado para no saber aún la impresión que me iba a generar Cardenal, le dije que sí con los ojos cerrados. No es lo ideal pero es mejor que nada, pensé, y aviso ya de que con los poemarios de mayo y junio pasará algo parecido.

Me resulta difícil explicar la impresión que me ha causado leer a este cura nicaragüense, figura destacada de la teología de la liberación (sinceramente, la única referencia sobre su nombre que tenía yo antes de su muerte hace unos meses), Ministro de Cultura de la Revolución Sandinista y posteriormente objetor a la deriva del orteguismo. Escribe de una manera poderosa, envolvente, que te obliga a leer concentrada para no perderte ninguno de los matices y de los significados que encierran sus versos. Maneja deliciosamente los ritmos, los tonos, los giros y los tiempos, enlazando poemas en ocasiones larguísimos que se cuentan como historias y que te tienen en vilo por su final sutilmente irónico y por su belleza. Ha sido, sin duda, uno de los mejores descubrimientos del último tiempo.

Tres son, quizá, los contenidos que más me han fascinado. El primero: los cantos sobre la conquista (o mejor, sobre los pueblos que había antes y las resistencias a la conquista) española de América Latina. El segundo: las resistencias del ahora (del ahora de él cuando escribe) al imperialismo estadounidense y la búsqueda del comunismo primitivo selva por selva, isla por isla. El segundo: la alabanza a los profetas frente a las farsas adivinatorias (ay, el no determinismo de la Historia y la política profana de las revoluciones), la belleza socializada como derecho y como objetivo, la vida como el amor y el comunismo como la vida. La resurrección del hombre nuevo (de la mujer nueva) y de la sociedad nueva.

No he terminado de disfrutar del todo, únicamente, los poemas correspondientes a Cántico cósmico. Asumo que muy posiblemente el problema sea mío: nunca me llamó la atención la observación del cielo y, aunque entiendo el interés profundo en la formación del universo, se me han hecho difíciles todas las alusiones a telescopios, estrellas y quiebros del espacio-tiempo. Pero sus Salmos me han sobrecogido («el Dios que existe es el de los proletarios») y su Canto nacional, dedicado al FSLM, me ha cubierto de ese tipo de amor que es necesariamente colectivo y que necesariamente moviliza. Para buscar con calma (apunte mental) y leer con ansia muchos de sus poemarios.

«Vengan
vamos a arrancar los cercos de alambres compañeros.
Ruptura con el pasado. Es que no era nuestro este pasado!»

La formación histórica de la cacerolada.

La propuesta que hace Libros corrientes es posiblemente una de las cosas más interesantes que han pasado a nivel editorial en el plano estatal en el último tiempo: recuperación, selección, traducción y edición de textos y documentos originales de marcado carácter social y utilidad tanto intelectual como política, en libros cuidadísimos de resultado apasionante. De esos que te gustaría exponer en plano en vez de apilar en la estantería, vaya. Ya disfruté mucho de Al servicio del pueblo, y tenía muchas ganas de meterle mano a la colección Acuse de Recibo, donde tienen además publicada (en un tomo precioso y gigantesco que me pone ojitos cada vez que entro a la librería) la correspondencia de Jenny, Laura y Eleanor Marx entre 1866 y 1898.

La formación histórica de la cacerolada recoge la correspondencia privada entre Thompson y Zemon Davis a propósito de los trabajos de ambos en torno al charivari en Francia y la rough music en Inglaterra y Gales, los dos artículos resultantes de sus respectivas investigaciones, y un segundo texto de Zemon Davis en torno a las motivaciones de los motines religiosos de católicos y protestantes en la Francia del siglo XVI. No es necesario recalcar, como historiadora, el valor que tiene el libro.

Las cartas recogidas en el libro abarcan el periodo 1970-1972 y, aunque pocas y relativamente breves, suponen un aporte fundamental que enriquece el libro y permite, durante la lectura posterior de los textos, intuir cómo fue parte del proceso de elaboración de los mismos. El hecho mismo de escribir una carta, de sentarse delante de un papel en blanco a tratar de componer una respuesta, proporciona un contexto inigualable para la reflexión pausada y la superación intelectual colectiva. Como bien dice el prólogo del libro, las cartas «son una prueba de cómo se daba la colaboración y el intercambio de ideas y perspectivas antes de que el correo electrónico y las redes sociales revolucionaran la velocidad de comunicación». Escribir en papel como sinónimo de darnos tiempo a nosotras mismas para el pensamiento sin prisas y para la solidez de los planteamientos.

Que descubrir a Thompson y su The making of the working class fue una de las cosas que me salvó en la carrera es algo que digo siempre. La existencia de una historia social que entiende e integra el valor de lo cultural sin abandonar sus bases materiales (y ahí Zemon Davis tiene también mucho que decir), que se posiciona en conflicto abierto con la Academia y que entiende la labor de el o la historiadora como un deber social y político, es un talismán al que agarrarse en mitad de las torres de cristal y del onanismo burocrático. Claro que eso fue en el siglo XX y ahora, lo sabemos bien, las entrañas del monstruo son mucho más complicadas de transitar.

Aunque ya en mitad de la desescalada, se puede decir que ésta ha sido mi undécima lectura de la pandemia. Está claro (no hace falta ser un lince para adivinarlo) que la elegí en honor a la ironía del momento y esgrimiendo una media sonrisa. Pero más allá de la comedia, como interesada por las formas de violencia popular y el modo en que éstas articulaban las prácticas sociales en los siglos de transición al Capitalismo, he disfrutado la lectura como una niña pequeña. Porque, como dice un defensor de la Fiesta de los Tontos cuyo pregón recoge Zemon Davis, «la tontería es nuestra segunda naturaleza, debe gastarse libremente por lo menos una vez al año. Las barricas de vino revientan si de vez en cuando no las abrimos y dejamos que entre en ellas un poco de aire».

Un día volveré.

Me propuse llegar a las diez lecturas durante el confinamiento y aquí está, la décima de los últimos dos meses. Ahora no sé si seguir contando o asumir que aunque nada sea igual que antes, todo ha acabado. Aunque todavía me cueste delimitar en mi cabeza a qué se refiere ese «todo».

De manera rápida, se puede decir que Un día volveré me ha gustado bastante. Se lee más rápido que Si te dicen que caí, única obra de Juan Marsé que he leído siendo adulta (mi madre me prestó Últimas tardes con Teresa cuando yo tenía unos 12 ó 13 años y asumo que no me enteré de nada; lo tengo ahí en la estantería, esperando volver a ser leído) y recrea el mismo tipo de escenario y de ambiente pesado: un barrio popular de la Barcelona de la posguerra, interpretado y percibido a través del universo masculino de un grupo de chicos. Sólo que ahora los chavales no son niños sino adolescentes y el narrador no cambia de unos a otros ni se confunde con las aventis: se mantiene fijo casi siempre (con la excepción de algunas partes donde es posible dudar de un narrador externo) en uno de los miembros del grupo, que jamás descubre su identidad ni habla jamás en el singular de la primera persona.

Marsé se demuestra de nuevo experto en los entramados de rencores y ajustes de cuentas, en el olvido como «una estrategia del vivir -si bien algunos por si acaso, aún mantenemos el dedo en el gatillo de la memoria…-«, en los personajes sórdidos y en la construcción de cartografías de cicatrices del dinero y de la miseria. Un recurso que me ha atrapado especialmente (y que quizá no percibí en Si te dicen que caí por estar camuflado entre la podredumbre general del libro) es la presencia transversal de la bebida. Los personajes beben whisky para dormir, desayunan ginebra con agua y olivas y toman no menos de cinco copas mientras trabajan. La red de realismo y asfixia que crea esto es difícilmente descriptible.

Algo que ya sabía, pero que me ha mantenido alerta y realmente fascinada a lo largo de toda la novela, es la existencia de tramas cruzadas con otros títulos del mismo autor. Las referencias a Palau y el Senda, siempre como fantasmas del pasado, se esparcen por todo el libro y me hacen dudar incluso de si Balbina es la misma mujer de quien las aventis de Si te dicen que caí cuentan que se prostituye. El cine, desde luego, es el mismo, y también el refugio de Las Ánimas. La aparición de cualquiera de estos nombres hacía que me sobresaltara con un regusto de comprensión, como cuando te están contando una historia y descubres secretamente que reconoces a la persona de la que te está hablando tu amiga.

Un gancho sin duda bien pensado: Marsé no sólo demuestra así su brillantez como novelista, sino que genera en el lector avezado la necesidad de leer cuanto antes el resto de su obra para identificar más referencias en libros pasados. O al menos, ese ha sido mi caso.

Un mal nombre.

Desde hace un par de días me repito a mí misma, embelesada: menuda maravilla, cómo no lo empecé antes. Terminé de leer La amiga estupenda a comienzos de febrero y hasta ahora no me había planteado enfrentar la segunda parte, supongo que debido sobre todo a mi manera caótica de enfrentar la lectura, sin un orden metódico ni un plan prefijado. Cierro un libro, lo reposo unos minutos, pienso en seguida cuál será el siguiente. ¿Qué me apetece, cómo me siento? Leo por impulsos, vaya. Ahora sólo pienso en ir la semana que viene a la recién reabierta librería del barrio (bendita fase 1) para comprar los siguientes títulos de Elena Ferrante.

Un mal nombre me ha gustado más que el primero de la saga. Lo he leído del tirón, casi sin pensar en otra cosa: 540 páginas en dos días y medio, con Janis Joplin de fondo e imbuida como hacía tiempo que no me pasaba. La manera en que la narración fluye, el modo en que la historia te rodea y parece transcurrir como si ninguna otra cosa fuera posible, es capaz incluso de tapar la brillantez de las metáforas, las imágenes viscerales y el lenguaje abiertamente poético que en ocasiones emplea la autora. Todo eso desaparece, pasa desapercibido, se pone al servicio de la historia y construye un resultado sin artificio ni adorno visible. La literatura sin literatura, se diría. Hasta que te fuerzas a parar la lectura a mitad de un párrafo, rompes el embrujo y descubres asombrada la complejidad y la belleza de lo que está escrito.

Quizá por la edad de las protagonistas (en esta segunda parte Elena y Lila van de los 16 a los 23 años), he reconocido de manera mucho más clara que en La amiga estupenda el tópico de la amistad entre mujeres. La retroalimentación insana, la dependencia destructiva, el dolor infligido que nos enseñan como la única manera posible de establecer relaciones. Las cosas han cambiado desde los años 60, claro, pero qué evidente es ahora para nosotras (las mujeres jóvenes con formación y práctica feminista) la disfuncionalidad emocional de nuestros padres. El libro desgrana la construcción de la feminidad y la masculinidad con una naturalidad que, muy posiblemente, haría que una lectora sin formación feminista no percibiera lo espantoso del relato. Para las demás está ahí, expuesto con un nivel de detalle que requiere, necesariamente, un nivel muy alto de consciencia de lo que se está escribiendo.

El entramado de los personajes femeninos, ese espanto corporal que siente Lenù al identificarse como el mismo tipo de ser que las madres del barrio, la presencia constante de las palizas de los maridos, la presencia de los estándares de feminidad sobrevolando toda la historia y la evidente importancia que tiene el sexo en esos años… todo eso es real de una forma descarnada y angustiosa. Las contradicciones del ser mujer condensadas en la madre de Elena, que la odia por haberse atrevido a ser más que ella y a escapar del encierro marital, pero que la exhibe ante familiares y conocidos y que, también, irrumpe en su residencia de Pisa movida por la obligación auto-impuesta de cuidarla al saberla enferma.

Al otro hilo que, para mí, articula el libro la vida de Elena durante estos años, hoy le llamaríamos síndrome de la impostora. La convicción permanente de que, en cualquier momento, alguien la va a descubrir como farsante de una vida y unas capacidades que no son o no deberían ser las suyas. La sensación de estar siempre a punto de ser humillada. Una certidumbre que a mí me atormenta a diario desde que traté de abrirme paso en la Academia y que, en su caso, se alimenta de su procedencia de clase y de saberse excluida de los círculos donde la gente crece normalizando el debate intelectual y el amor por la cultura.

Como mujer de medio siglo más tarde, me gustaría gritarle a la Elena Greco de 23 años que no se deje embaucar por hombres que en realidad son niños y que sólo buscan reafirmar su posición de poder mediocre. Que no saben tanto ni son tan listos como todas hemos creído en ocasiones. Me toca esperar a tener en las manos Las deudas del cuerpo para poder hacerlo.

Los años duros.

Desde que leí los Cuentos de la Cuba socialista seleccionados por Andrés Sorel he ido comprando algún que otro libro de segunda mano de cuentistas cubanos. Los años duros lo encontré en la Feria del Libro Viejo y Antiguo de Zaragoza hará uno o dos años; lo agarré sin pensar apenas, segura de la garantía que son los premios literarios de la Casa de las Américas. No conocía al autor, como suele pasar con casi todos los buenos escritores que ha parido Cuba durante el siglo XX y con muchos de los del resto de países de América Latina. Pero conforme voy abriéndome paso en el género del cuento cubano (reivindicado como tal con orgullo, sin disfraces de relato corto), más me convenzo de que casi cualquier firma es sinónimo de calidad a unos niveles muy altos.

Jesús Díaz tiene un estilo acelerado y directo que alterna un narrador externo (las menos de las veces) con los pensamientos literales de algunos de los personajes. Sus cuentos son literariamente frenéticos. Empiezan siguiendo el hilo de las reflexiones de alguien que todavía no sabemos quién es para pasar, a los pocos párrafos, al interior de la cabeza de un otro. Los sujetos implicados son descubiertos al pensarse y ponerse nombre mutuamente, teniendo en ocasiones que esperar al cuento siguiente para terminar de dar sentido al conjunto. No se nos introduce ni explica nada: está todo siempre dado por los hechos, en un presente constante que se muestra capaz, sin embargo, de manejar con increíble presteza los cambios en los tiempos.

El tema, claro, es la revolución. O mejor: fragmentos, individuos y momentos que se encuentran rodeados del telón de la revolución. Estudiantes revolucionarios, bandidos asalta-caminos, torturadores de Batista o reclutas voluntarios, todos se muestran humanos hasta límites retorcidos y divertidísimos. No hay búsqueda de grandeza alguna ni exaltación forzada: sólo hombres (porque sí, todos son hombres…) con sus miserias y sus ambiciones, honestos y egoístas a partes iguales, reales como no podría serlo ninguna propaganda. Para volver a leer dentro de un tiempo y repetir, de nuevo, esta media sonrisa.

Sound system: el poder político de la música.

La séptima lectura de la cuarentena la he devorado en el balcón, con los pies sobre la barandilla y echándome crema solar cada media hora. Tenía clarísimo cuál quería que fuera mi siguiente lectura, y el que haya coincidido con este tiempo espectacular y con el comienzo de la desescalada no ha hecho sino multiplicar todo el potencial y toda la energía motivadora que tiene. Dice Dave Randall que, «casi siempre, lo más importante de la música no es cómo suena sino qué hacemos cuando estamos juntos escuchándola. Qué nos pasa por la cabeza cuando el grupo toca esa canción, cuando activa esa unidad de energía. Y qué haremos para liberar ese impulso que nos genera». Él ha conseguido algo parecido con este libro.

A lo largo de sus doce capítulos, Sound System desgrana una pluralidad de temáticas que, si no fuera por la sencillez con que está escrito, podría parecer apabullante: los entresijos y los intereses económicos de la industria musical contemporánea, la prohibición de determinadas tonalidades o instrumentos por parte de la jerarquía eclesiástica durante la Edad Media, el uso que la CIA hizo de la música durante la Guerra Fría, la historia del Carnaval o la energía colectiva (pero también las contradicciones) que se desprende en las raves y en los grandes festivales son sólo algunos ejemplos. Todo ello, aliñado con una cantidad de referencias y recomendaciones musicales que me van a tener ampliando mis listas de reproducción durante varios meses.

Ya suponía que el libro me iba a gustar, pero me esperaba sin duda otra cosa. Algo menos profundo quizá, más reducido al campo de los cultural studies y de las aproximaciones estrictamente culturalistas al mundo de la música. Al contrario, Dave Randall consigue hacer algo genial: un relato ameno y de lectura ligera, pero plagado de datos y con un fondo teórico sólidamente asentado, que rara vez sale a la superficie pero que puede percibirse a lo largo de todos los capítulos. Mi sorpresa fue en aumento al descubrir en el autor referencias abiertamente marxistas, hasta llegar a la confesión de haber sido, durante un tiempo, militante del mítico Socialist Workers Party. Estoy convencida de que la calidad del libro se debe en buena medida a ello: habría sido complicado que Randall se hiciera ciertas preguntas sin haber contado con formación marxista y trayectoria militante.

Subo el volumen a mis altavoces para cerrar con palabras suyas: «Lo que intento dejar claro con este libro es que la cultura importa, más de lo que mucha gente cree. Pero no cambia el mundo por sí sola. Cuando más se aleje un artista de otros espacios de lucha política, tanto menos relevante será su producción artística. (…) Métete en campañas a nivel local, nacional y global. Afíliate a un sindicato y trabaja para que sea más ambicioso y proactivo políticamente. Mira a ver si le encuentras sentido a algún partido político, y si es así, hazte militante. (…) Construye relaciones duraderas con otros activistas. Y haz música». ¡Buena lectura!

La (pen)última revolución de Europa: de la Revolución de los Claveles a la contrarrevolución neoliberal.

Querría haber empezado mi sexta lectura de la cuarentena el 25 de abril, pero al parecer siempre llego tarde a los aniversarios. La (pen)última revolución de Europa mantiene el mismo formato que la mayoría de títulos de la serie Crítica y Alternativa (editorial Sylone): capítulos o artículos sueltos, escritos generalmente por varios autores, que ofrecen una visión poliédrica y en movimiento de un mismo tema. En este caso, los autores combinan dos miradas que ayudan a romper la idea de foto fija que nos ha llegado de la Revolución de los Claveles: Fernando Rosas, historiador, escribe y problematiza sobre la dictadura de Salazar y los hechos de 1974-1975; Francisco Louça, economista, desgaja y analiza la evolución posterior de Portugal en relación a su realidad social, sus políticas económicas y a su relación con la Unión Europea.

Dos de los artículos me han resultado especialmente interesantes. El primero es el «Ser o no ser» de la revolución que escribe Fernando Rojas. Como todo acontecimiento conservado en alcanfor, la revolución portuguesa ha perdido para quienes vinimos más tarde su dimensión de proceso, de movimiento con contradicciones y disputas. Yo desconocía que se hubiera alargado hasta 1975 o que hubiera habido hasta cinco gobiernos provisionales. Rojas recupera todo eso desde una perspectiva nítidamente marxista, analizando la evolución del Movimiento de las Fuerzas Armadas y tratando de explicar el por qué de las reacciones (o de la falta de ellas) del Estado portugués. El capítulo que Francisco Louça dedica a continuación a la política del Partido Comunista de Portugal complementa esta mirada.

Por otro lado, y aunque escapa o trasciende a la realidad portuguesa, he disfrutado también mucho con la lectura del capítulo de cierre, en el que Louça realiza un seguimiento del neoliberalismo y del ordoliberalismo desde su aparición como corrientes ideológicas, diferenciándolas del liberalismo clásico y analizando el papel contradictorio que conceden al Estado. Un texto breve pero muy rico, que cierra de manera simbólica un libro que no pretende narrar lo que fue la revolución, sino tratar de entender el modo en que ésta marco la configuración de la democracia portuguesa y la manera en que la burguesía nacional e internacional se ha esforzado desde entonces en quebrar e invertir la conquistada correlación de fuerzas.

Dicen los autores que «todas y cada una de las revoluciones cuestionan radicalmente los futuros del pasado». Haciendo el recorrido aparentemente inverso, podríamos decir que sólo la capacidad (estratégica) de imaginar futuros nos permite comprender el pasado. En la intersección de todo eso, nos queda seguir formándonos para actuar aquí ahora, sobre uno y otro tiempo.

El cuaderno dorado.

Según mi cuenta de instagram, empecé a leer El cuaderno dorado el viernes 3 de abril. Es decir, que he ocupado en esta quinta lectura del confinamiento casi un mes del mes y medio que llevamos de momento de cuarentena. Era un libro al que le tenía ganas desde hace bastante tiempo, cuando empecé a buscar de manera sistemática autoras a las que leer con una cierta garantía (por trayectoria o por procedencia de la recomendación) de acierto y éxito. Doris Lessing estaba ahí, claro: Premio Nobel, ex militante del Partido Comunista, perspectiva feminista, etc., eso decían todas las reseñas. Así que me traje la edición de su obra magna que tenía mi madre por casa y esperé algo más de un año hasta el momento oportuno para meterle mano a sus 750 páginas. Estoy contenta de haberlo hecho, aunque las impresiones son confusas y voy a necesitar reposar algunas ideas con calma.

En primer lugar, se trata de un libro fruto inexcusable de su tiempo. Todos lo son (menuda farsa eso de la literatura atemporal o no marcada por el momento histórico), pero es imposible concebir esta obra fuera de la década de los años 50 o de los primeros años 60 del siglo XX. No sólo por el modo espectacular en que ha cambiado el mundo desde entonces, sino porque El cuaderno dorado se impregna del espíritu de un montón de cosas que entonces eran nuevas, disruptivas, que estallaban como bombas de hidrógeno y que ahora son ajenas a nuestra comprensión cultural del mundo o, por el contrario, han sido tan asimiladas que su narración resultaría anodina.

Lo pensé la primera vez con el personaje de Madre Azúcar y el papel que el libro concede la psicoanálisis: imposible imaginar algo así a partir de los años 80. Luego, con las relaciones que la escritora/protagonista y sus diferentes alter egos establecen con los hombres. La percepción subjetiva de la propia sexualidad, el tipo de disquisiciones en torno a los orgasmos femeninos o las reacciones ante extraños que interaccionan con ellas en fiestas o en la calle, todo eso carece de sentido fuera de un momento muy concreto en la historia de la emancipación femenina. Y está también, claro, el papel del Partido Comunista, de la realidad colonial y de una fase muy específica de la Guerra Fría como constructores/destructores de sentido.

El segundo aspecto relevante del libro es su estructura. Un esquema que promueve la confusión entre forma y contenido, haciendo que la lectora deje progresivamente de tener claro quién es real y qué hechos son falsos o verdaderos. El juego de los dobles nombres, las meta-novelas del cuaderno amarillo que llegan a triplicar (cuatriplicar) los personajes, la ficción escrita a diferentes niveles y la capacidad de Doris Lessing para desarrollar una historia con tantísimas líneas paralelas no ha dejado de asombrarme en ningún momento. El método (si es que puede llamarse así) de la introspección personal, la aparente expresión intuitiva de sensaciones y sentimientos, esconde en realidad una trama que tuvo necesariamente que ser gestada con un cuidado exquisito.

Yo me imagino otro cuaderno (el sexto) repleto de cuadros, líneas temporales y diagramas en árbol con la letra de Doris Lessing. Para alguien como yo, que escribe desde el impulso, eso siempre ha sido algo admirable y un verdadero misterio. Quizá diría que leáis El cuaderno dorado si queréis comprender (¿experienciar?) el tipo de pensamientos o los modos de sentir que generaron en determinado sector de mujeres los últimos años 1950. Eso es, seguramente, la impresión más fuerte que el libro me ha dejado.

Operación Masacre.

Cuarta lectura del confinamiento. La escogí a propósito, firme en el intento de aprovechar estos días para encarar libros siempre pendientes desde hacía años, y motivada por la doble promesa de: no demasiadas páginas, letra no demasiado pequeña. He tardado sin embargo más que con las anteriores. Buena señal, supongo: después de tres semanas estoy siendo por fin capaz de retomar rutinas y avanzar con las oposiciones.

Operación Masacre es la crónica de una investigación periodística impresionante y minuciosa: la historia de un secuestro colectivo (pues nunca hubo registro de entrada en comisaría alguna) y de un fusilamiento truncado cometido por la policía argentina contra un pretendido grupo de militantes peronistas en la noche del 9 al 10 de junio de 1956. Durante meses, Rodolfo Walsh va tirando de hilos hasta localizar a los siete hombres que sobrevivieron, reconstruir los sucesos e impulsar una denuncia pública por torturas, persecución y asesinato que nunca será resuelta. En un ejercicio de microhistoria digno de Carlo Ginzburg, el autor parte de un acontecimiento concreto para hacernos entrar en toda la complejidad y brutalidad política que en Argentina tuvo el siglo XX.

El libro está dividido en tres partes: las personas, los hechos y la evidencia. En «las personas», Walsh va encadenando las figuras de las diferentes personas que acabarían siendo víctimas en esta historia. Diría que las pinta más que las describe, que las dibuja en sus hogares y sus trabajos mientras trata de intuir si tenían o no (caso de la mayoría) algún tipo de vinculación política, algún tipo de consciencia de lo que estaba pasando. Es sin duda la parte más literaria y la que más me ha gustado, aunque también «los hechos» está escrita con una sensibilidad finísima. «La evidencia» está escrita a posteriori y reproduce documentos y testimonios judiciales de las personas implicadas, en respuesta y como descarte del cuestionamiento al que el relato se vio sometido. Además, la edición que yo tengo reúne los diferentes prólogos, introducciones y epílogos firmados por el propio autor que han ido acompañando a las distintas publicaciones, lo que ayuda a conocer cómo evolucionó su trabajo y también su transformación política.

Me sonaba el nombre de Rodolfo Walsh, aunque descontextualizado. Si me hubieran preguntado antes de que Operación Masacre llegara a mis manos en forma de regalo de una amiga argentina, probablemente habría dicho que era chileno. Ahora sé que su obra es todo un hito («considerada la primera novela de no-ficción», reza la contraportada y dice wikipedia) y que a él, que formaba entonces parte de Montoneros, lo mataron en 1977, después de enviar la carta pública denunciando la dictadura de Videla que cierra mi edición del libro. Me quedo, evidentemente, con el segundo dato.

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