Camarada completa la trilogía de la estadounidense Jodi Dean en torno a la recuperación del comunismo como idea reguladora y horizonte para la izquierda, compuesta por El horizonte comunista (2013) y Multitudes y partido (2017), editadas en castellano por Belaterra y Katakrak respectivamente. Escrita en un país donde la pertenencia política es, incluso antes que motivo de sospecha, elemento de distorsión de la individualidad soberana, se trata de un texto esperanzador y hermoso, ante el que toda persona que experimente en su vida el tipo de pertenencia política que la autora describe no podrá evitar estremecerse de reconocimiento y orgullo.
La propuesta central que nos hace el libro es comprender “camarada” como una forma de relación política. Frente a otras opciones como “militante”, camarada no puede reducirse a una identidad personal. No se es camarada sino en relación con une otre: es la dimensión relacional, el conjunto de expectativas de acción en base a un objetivo común, lo que nos otorga tal nombre. La parte más fuerte del libro se encuentra posiblemente aquí y en el modo en que Dean diferencia camarada de una etiqueta mucho más en boga en las luchas sociales del momento: “aliade”. Nombrarse aliade implica el reconocimiento de una otredad, de una ajenidad con respecto a luchas que son de otres. El desplazamiento de la política hacia las técnicas individualistas de autoayuda y el moralismo de las redes sociales. Frente a esto, la forma política “camarada” supone el compromiso compartido con una lucha común, y al activarse genera nuevas fuerzas y capacidades, distintas y mejores a las que podamos sumar por separado.
La argumentación de Jodi Dean presenta algunas deficiencias importantes. La principal es la debilidad del capítulo “El camarada genérico”, donde una idea fundamental es desarrollada de una manera lamentable. La necesidad de demostrar que la forma camarada no es excluyente sino universal, y que por tanto puede y debe ser adoptada no sólo ni principalmente por hombres blancos, sino también por mujeres y por gente racializada como no blanca (en Estados Unidos, fundamentalmente gente negra) no sólo no se resuelve, sino que se plantea de una forma reduccionista y poco convincente. Una oportunidad perdida para plantear los debates reales que existen y han existido, las implicaciones emancipadoras de ciertas elaboraciones del comunismo, y demostrar la rica genealogía de camaradas que dieron su vida con disciplina, alegría, coraje y entusiasmo, para cambiar el mundo.
Pese a ello, merece la pena leer lo que es un alegato bellísimo en defensa de la camaradería como principio básico de la moral proletaria. Una relación política “de cobertura afianzada”.
[Reseña originalmente publicada en el nº 199 de la revista Viento Sur].