Reseña que iba a ser cortita, porque la impresión que me causó el gran título de Montserrat Roig dio paso a la intensidad de mi propia angustia de octubre, y desde entonces la intensidad ha sido tanta que me cuesta navegar a través de ella para alcanzar lo que había antes. (No lo ha sido).
Habla en el prólogo Nerea Pérez de las Heras de «la disyuntiva entre emancipación y soledad», y de que la obra magna de Roig es un catálogo de todas las ausencias/soledades posibles. Natàlia: «las mujeres tenemos que guardar la siempre buena parte de nosotras mismas bien dentro». Qué barbaridad. O Norma, que «creyó que Alfred también valoraba el amor como hacía ella, por encima de todo. Lo pensó mucho antes de que llegara el fantasma de la cobardía (…). Solo amando de esta manera puedes pensar en la humanidad». Escalofrío, aún hoy. Me veo llorando sin aire en los pulmones, hace ya más años de los que me gustaría, repitiéndome a mí misma: estúpida. Y pienso en la Ana de Los mandarines de Beauvoir (faltan unas cuantas reseñas pendientes para llegar a esa, lo siento) cuando decide que va a seguir enamorada siempre, toda la vida. Y que es un motivo de orgullo.
Últimamente leo mucho sobre el amor y sus finales. Hubo un tiempo en que lo hice conscientemente, buscando los títulos y las autoras que podían mantenerme así, en un estado de permanente alteración de conciencia. Ahora lo hago sin querer: vienen ellas a mí, como para encararme lo universal de mi experiencia y lo transversal de ciertos dolores. De La hora violeta me gusta además que sus protagonistas no distinguen el amor de la política (porque, claro: son la misma cosa) y navegan entre el martirio político y el amoroso. ¿Cómo hacer compatible el amor a la humanidad y el amor a las personas concretas? ¿O acaso lo uno es absolutamente imposible sin lo otro, y viceversa? Y qué pasa entonces cuando se duda.
Si Ramona, adiós contenía «todas las aspiraciones de la feminidad misma», y Tiempo de cerezas era, más que otra cosa, un monumental estudio de personajes, Roig vuelve en La hora violeta a explorar el significado de ser mujer, pero lo hace ya sin contrastes generacionales ni promesas de futuro posibles. Este tercer libro de la trilogía es un presente continuo, fuera del cual sólo caben anhelos y nostalgias, pero nunca acciones. Un existencialismo descarnado, al fin y al cabo. La única forma posible de estar en el mundo.
La alternancia de capítulos, el constante cambio de voz narradora, el paso de una a otra mujer y el modo en que hay que esforzarse para comprender los vínculos adultos entre ellas es un rasgo característico de la escritura de Roig, que aquí se perfecciona y adquiere una brillantez incontestable. Dudo que haya una mujer adulta capaz de leer el libro sin sentirse atragantada, atravesada por este relato/reflexión múltiple que te entra por los ojos y empuja para salir por la garganta, por los oídos, por la vagina, que te revienta el pecho y la cabeza y te deja temblando y anonadada.
El tropos de la espera (uf), la entrega suicida, la protección frente a los otros (la no-entrega), la clarividencia del enamoramiento, el dilema de les hijes, la autoproclamación pero a qué costa. Quién no ha sido alguna de esas mujeres en algún momento. Quién no ha sido en algún momento todas. Y aquí estoy, deslumbrada ante uno de los títulos cumbre de la generación de mi madre y pensando que quizá soy también un poquito egoísta, últimamente, porque al parecer sólo puedo al leer verme a mí misma.
Y gracias gracias Montserrat Roig por el tremendísimo cierre de Agnes. Menudo abrazo para todas. La sonrisa de orgullo y venganza y la cabeza bien alta.