Otra vez Eros.

Hay una continuidad en los imaginarios posibles. Anne Carson con su Eros dulce y amargo y luego un montón de mujeres dándole vueltas al mismo verso de Safo: Sara Torres, Anne Duffourmantelle, Cristina Peri Rossi. Casi una revelación en la continuidad del tropos, como si la selección no hubiera sido a consciencia sino que hubiera algo oscuro en ella, algo que quisiera enseñarme a mí específicamente en este momento de mi vida. Se escribe siempre buscando. Leer es una búsqueda.

Peri Rossi publica en 1991 un poemario agridulce sobre un amor acabado. Si es que acaso eso es posible. Escribe desde el dolor sereno y el enamoramiento abierto, desde la tristeza que supone la aceptación de algo que en lo más profundo no puedes aceptar que esté pasando. Es curiosa la metáfora: ella, que tanto se regodea en la poesía desde el cuerpo y desde el deseo y desde la carne (también desde la posesión y la sumisión), elige nombrar a Eros justo cuando la realidad acaba. En es ese sentirse desamparada que la emoción se enciende. La pérdida hace más fuerte el impulso y quien escribe se niega a renunciar a él: anidar el abandono implica mantener un vínculo.

Si es posible leer Otra vez Eros así como yo lo hago, entonces los poemas alternan la sucesión de estados de ánimo de quien intenta lidiar con el duelo. Fulgurantemente despechada en «Happy End» y en «Deseo insatisfecho», reaprendiendo a moverse en un mundo menos luminoso en «Después» o en «Leyendo a S. Freud», tratando de comprenderse a ella misma en «Revelaciones» y «Tango» (para mí, el mejor y más desolador de todos los poemas del libro), desesperada por recrear lo innombrable en «Encomienda» o «Estado de celo II». Está más que nunca la pregunta en torno a la memoria, la ausencia de la forma incomparable en que el amor nos abre al mundo, la pérdida de esa lucidez sin la que ya nada se entiende. «Y cuando se fue / perdió el don / de la metáfora / quedó / sin interpretación posible // Y el mundo era diverso», escribe Peri Rossi en un intento (todas estamos ahí, querida) de hacer del sufrimiento algo de lo que sentir orgullo.

Me ha llamado mucho la atención de este poemario que es el primero en el que recuerdo leerle hablar explícita y repetidamente de drogas más allá del alcohol, el café y el tabaco. La cocaína aparece en tres poemas distintos, en todos ellos emergiendo de manera violenta (¿inesperada?) al final de un verso y teniendo especial relevancia en el relato poético. En mitad de un poemario relativamente limpio (sobre todo en comparación con los paisajes urbanos de algunos anteriores), esta presencia cumple dos tareas: reflejar un hecho que aparenta normalizado en la vida o el entorno de la autora (aparece porque está) y remarcar el ánimo de quien escribe (aparece por la metáfora que es).

Hay a lo largo del libro un reflexión callada sobre el enamoramiento (también sobre su rechazo) como relación con una misma más que con una otra. El movimiento se ilustra a la perfección en uno de los mejores poemas, «Espejos»: «Tu amor me ama / y yo me amo en él /-te amo- / como una cámara de espejos / que ardientemente / nos reflejara». ¿Lo que echamos en falta ante una pérdida amorosa es a la persona amada, o a nosotras mismas en un estado en el que ya no existimos? Después, un poema discreto («Cruce de calles») sobre volver a encontrarse con la persona a quien una vez amamos (¿a quien seguimos amando?). Hay en la triple voz del poema (hablada, pensada, escrita) una tristeza honda, la altivez de quien se mantiene entera pero preferiría no tener que hacerlo, la incomprensión total al tiempo que la comprobación gastada que se va haciendo cada vez menos creíble para una misma: de ese «no morí entonces, como era de esperar» al suplicante, unos versos más abajo, «te juro: no morí por eso /… / Nunca supe qué era el olvido».

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