He vuelto a Cristina Peri Rossi. En septiembre leí su quinto poemario, publicado en 1979 y estructurado en tres partes diferenciadas: «Lingüística general», «Diario de navegación» y «Travesía». Es un libro hermoso, sensual y bello, donde la autora desplaza la vivencia migratoria del lugar central que había ocupado en sus dos anteriores poemarios (Estado de exilio y Diáspora) para recuperar los que, para mí, son hasta el momento sus dos tropos más importantes: el erotismo del nombrar (del escribir) y la densidad oscura y profunda de las metáforas marinas.
El comienzo (numerado) de «Lingüística general» me ha recordado muchísimo a aquél Evohé que leí ya hace tantos años. «El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas», y con ese impersonal masculinizado la poeta (¡ay, Cristina!) recupera una práctica que me sorprendió bastante en su momento y que sigo sin saber si atribuir a su lesbianismo o a una cierta altivez de mujer que se siente lista para ser varón (todas hemos pasado por ahí, amiga). Peri Rossi no escribe, como otras autoras sáficas, de las mujeres desde un yo femenino: sus narradores y sujetos universales son siempre hombres, figuras que se nombran a sí mismos con adjetivos acabados en «o», salvo quizá algún poema muy en primera persona y decididamente autobiográfico en Diáspora.
Y sin embargo hay al final de este libro un penúltimo poema que me ha recordado como un relámpago a ese inconfundible «Y/o te busco m/i radiante a través de la asamblea». Leemos en «4.ª estación: Ca’ Foscari»: «Te amo como mi semejante / mi igual mi parecida / de esclava a esclava / parejas en subversión / al orden domesticado». Y después, en unos versos preciosos: «A la mañana, en el desayuno, cuando las cosas lentamente vayan despertando / te llamaré por mi nombre / y tú contestarás / alegre, / mi igual, mi hermana, mi semejante». Tengo curiosidad por ver cómo avanza esta evolución en el resto de su obra.
Además de un regreso a Evohé, «Lingüística general» me ha llevado continuamente al Eros dulce y amargo de Anne Carson. «Hay algo puro e indudable en la noción de que Eros es ausencia», escribe Carson. «Escribimos porque los objetos de los que queremos hablar no están», responde Cristina (qué apellido más terriblemente poco estético, difícil de encajar de manera rítmica, siempre disonante, tiene Peri Rossi, y cómo me duele la composición cada vez que tengo que escribirlo). De nuevo Carson: «Lo que es erótico en la lectura (o en la escritura) es el juego de la imaginación convocado en el espacio que media entre nosotros y el objeto del conocimiento». Y una y otra vez: los límites entre el ahora y el luego que ya no es ahora; entre las cosas y su memoria y provocación.
El segundo tropos recuperado, decía, es el recurso a la metáfora marina que tanto me fascinó en Descripción de un naufragio. No se trata sólo de los títulos de las otras dos partes, más cortas («Diario de navegación» y «Travesía»), sino de toda una dimensión profunda que empapa los poemas revelándose como la forma original en la que la autora entiende y percibe su sexualidad y la sensualidad en sí misma: como una amenaza animal, húmeda y oscura en la que hacemos bien en adentrarnos. Los poemas XIII y XX son para mí los más bellos de todos, y éste segundo nos ofrece la inmensidad como una delicia: «Pero estás en la noche honda como un lago / donde lentos cetáceos se pasean / para que toda turbación tenga nombre / y el deseo voraz como un puma / horade la voz / el papel/ y los sueños en la noche / como animales hambrientos». Como animales hambrientos.