Vivo más feliz en la tormenta: cartas a amigas y compañeras.

Retomo, con el retraso habitual, las reseñas pendientes. En enero terminé de leer esta joya editada en Argentina por Rara Avis y desde entonces sigo arrasada. Creí que las cartas de amor de Rosa no podían ser superadas en su impacto emocional hasta que he leído su correspondencia con mujeres como Klara Zetkin o Mathilde Jacob: corporal, intensísima, profundamente enamorada de sus amigas y camaradas. De manera no planeada aunque quizá secretamente sospechada, Vivo más feliz en la tormenta ha funcionado como deliciosa transición entre dos itinerarios de lectura: el cierre de un recorrido por la figura y la obra de Rosa Luxemburgo (al que dediqué buena parte del año pasado) y el comienzo de la cartografía que tengo prevista para este 2023 sobre deseo, placer, reivindicación del goce en un sentido amplio, y existencialismo vitalista.

Las cartas recogidas en el libro están seleccionadas y traducidas directamente desde su correspondencia completa en alemán, y se organizan en siete bloques cronológicos para los que las editoras nos ofrecen una breve contextualización histórica y biográfica. El trabajo que realizan Lisa Buhl y Sofía Ruiz es francamente impresionante: no sólo la selección y traducción de las cartas, sino también el rastreo de todas las referencias, menciones a artículos de prensa, alusiones a poesía o literatura, etc., que en ellas aparecen. Sólo me duelen dos cosas. La primera (en el fondo, mucho menos importante): la ausencia de referencias al «Diario de una agitadora» publicado en ruso por Kollontai que tan duramente critica Luxemburgo en una carta a Zetkin de comienzos de julio de 1912. Jamás he visto en Kollontai ninguno de los rasgos que Luxemburgo le atribuye, llegando a decir que debería no dársele espacio en la prensa del partido. Es cierto sin embargo que la mayor parte de su obra sigue sin traducir del ruso, pero me genera una cierta ansiedad no tener ninguna pista sobre de qué texto se trata.

La segunda crítica tiene, más allá de mis filias personales (la gran admiración por el trabajo de Kollontai hasta 1922 aproximadamente), un carácter mucho más objetivo y seguramente más importante. No pude evitar que se me revolviera el estómago al leer que lo de Luxemburgo y Leo Jogiches fue «una relación intensa». Más aún viniendo de haber leído a Rosa describir auténticas situaciones de maltrato en sus cartas a Kostja Zetkin y en la introducción de un libro donde se recogen las siguientes peticiones dadas a Louise Kautsky a finales de abril de 1908: «No te dirijas a L. por lo de la llave, no me menciones nunca bajo ningún aspecto frente a él, ni nada sobre mí (mi dirección y demás), si no, podés meterme en un lío sin darte cuenta». Lo de la llave (fiándome del cruce de fechas con las cartas a Kostja donde habla de esto): Jogiches había hecho una copia de la llave de casa de Rosa y entrado en su ausencia para registrar sus armarios y su correspondencia.

Por lo demás, tanto el libro como las cartas son una maravilla. Luxemburgo se muestra disfrutona, amante de la comida y la bebida y de las jornadas tumbada al sol en la playa, pero también da instrucciones políticas precisas y combate el desaliento del resto en momentos duros. Se sorprende ante la simpatía de los demás, que percibe siempre «como algo inesperado, como un regalo». Trabaja por «tomar todas las cosas con liviandad y buen humor», puesto que «la amargura interior sin duda no hará la vida más fácil». Piensa «en todas las cosas, especialmente las cosas alegres», pero le dice a Klara Zetkin que «cuando tuve que separarme de usted, estuve a punto de llorar». Y escribe a Marta Rosenbaum: «Nunca hay que olvidarse de ser bueno, porque la bondad en el contacto con las personas es mucho más importante que el rigor. Recuérdemelo mucho, porque tiendo al rigor, lamentablemente; aunque solo en el contacto político. En las relaciones personales, me conozco libre de dureza y tiendo la mayoría de las veces a poder amar y entenderlo todo».

Rosa es, para mí, un ejemplo militante incomparable y una referencia fundamental para mi concepción de la vida. En su relación contradictoria con su propia feminidad y con el hecho de ser mujer, en la celebración de la vida y de su belleza a todos los niveles, en su esfuerzo por la autogestión del ánimo y sus reacciones, en su imbricación de política y afectos, yo me reconozco y me admiro. Más allá de las diferencias políticas que tengo con algunos de sus planteamientos y de aquellos puntos en los que creo, con Lenin, que estaba equivocada, Rosa es para mí la comunista que escribe que «sobre todas las cosas hay que vivir en todo momento como persona plena» y que se siente en casa «en todas las partes del mundo donde haya nubes y pájaros y lágrimas humanas». Su epistolario nos ofrece un mapa, además, de un entramado afectivo profundamente fuerte, repleto de mujeres menos conocidas que abren ante nosotras la posibilidad de toda una genealogía. Referencias para la propia vida.

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