Tengo un problema con los booms editoriales. Me dio mucha pereza leer Panza de burro en su momento, cuando resultó ser «la mejor revelación del año», y no habría llegado a mi estantería de no ser por mi hermano, que me lo regaló hace dos navidades. En marzo de este año fui a Tenerife a visitar a mi amiga María, y me pareció el motivo perfecto para decidirme a abrirlo. Reconozco que el prólogo de Sabina Urraca me hizo dudar (aquí amamos El celo como uno de los mejores libros en este blog reseñados), pero creo que a pesar de la gamberrada que se marca Andrea Abreu, hay algo que sigue sin convencerme.
Una tiene la impresión de que en lo que se presente ruptura hay, precisamente a través de lo gamberro y escandaloso, un recurso a lugares comunes. Me gusta cómo se construyen los personajes y los matices que vamos encontrando en Isora (especialmente el recurso no al retrato físico, sino la retrato a través de lo físico), me entra bien el lenguaje (algo de que lo que dudaba al principio) y me parece interesante el modo en que algunos temas se van colando por detrás de la primera capa narrativa. Me interesan las figuras ausentes (los desaparición o por explotación laboral) y los momentos de exhibición de clase. Pero la puntilla dada siempre a través de lo escatológico o lo lúbrico me resulta facilona y me aburre.
Si bien la primera parte del libro se lee con novedad e interés, al menos a mí me pasó que aproximadamente a partir de la mitad me empezó a parecer plano, sin evolución ni enganche. Entiendo que es la primera novela de la autora y que desarrollar todo el universo y el lenguaje del libro es ya de por sí un trabajo admirable, pero me quedé con la duda de hasta qué punto tantísima loa tuvo que ver con eso, con lo aparentemente provocador de un escándalo que ya conocemos de sobra.