Tiempo de cerezas.

Por si alguien lo sospechaba: no, este proyecto no está abandonado. Pero esa cosa llamada vida (o tal vez, oposiciones) me pasa por encima y, si leo poco, el tiempo que tengo para escribir es nulo. Pendiente de redactar unas cuantas reseñas de cosas que, sí, he leído estos meses, dejo por aquí la del segundo libro de la trilogía de Monserrat Roig que está siendo reeditada por consonni (🖤). También reseñé el primero de la serie (Ramona, adiós), y ambas reseñas han aparecido publicadas en la sección «Subrayados» de la revista Viento Sur. Tenéis el texto que sigue en su último número, ahora mismo en librerías.

Hay un tipo de autoras que me fascinan. Son las que tienen la capacidad de recuperar personajes y lugares incluso manifiestamente secundarios, y hacerlos aparecer en otras historias. Yo lo veo como una suerte de lealtad a la escritura. Considerado la obra maestra de la escritora catalana Montserrat Roig, Tiempo de cerezas es el segundo libro de la trilogía que está reeditando consonni, todos ellos con traducción de Gemma Deza Guil. Pese a lo que podría sugerir el doble árbol genealógico del comienzo, los personajes del universo de las tres Mundetas no constituyen la historia sino que se muestran ante nosotras a través de referencias cruzadas, de comentarios superficiales o pensamientos difusos sobre las amigas del pasado, demostrando una densidad narrativa apabullante y dejándola a una encongida y con ganas de preguntar cómo fue lo de Kati.

Natália, la protagonista del libro, recuerda un poco a lo que habría podido llegar a ser Mundeta Claret (pero que, como sabemos a través de Lluís, no fue) y ejerce de vínculo temporal entre el cierre del anterior libro (Natália se fue de casa tras el aborto posiblemente en la misma época en que Mundeta escapaba de la de sus padres) y el comienzo de éste, doce años más tarde.

Conforme avanzamos en la lectura, la idea de que Roig quiere contarnos la historia de Natàlia y de su vuelta a Barcelona se vuelve sencillamente ridícula. Una se abre paso entre las páginas sospechando, acumulando dudas, hasta que finalmente (quizá en el último y magistral capítulo en el que se menciona a Emilio, o en la no menos magnífica escena de la elección de las medias de seda) la realidad se le presenta pura: este libro nunca fue pensado como relato. Roig utiliza a Natàlia como excusa, pero Tiempo de cerezas es en realidad un monumental estudio de personajes, un intento de aproximación a los seres humanos y a las maneras complejas y contradictorias en las que construimos nuestros vínculos, nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. En las pocas ocasiones en que una descripción se separa de este ser social para contentarse con una enumeración de características y detalles (fundamentalmente, en el caso de Harmonia), el resultado parece artificial e inacabado. Es en lo relacional, en esa dimensión interconectada en la que cada personaje existe en tanto lo que otros dicen de él y él hace respecto a los otros, que la escritura de Roig brilla.

Con el telón de fondo del final del franquismo, de la especulación urbanística y del destape, Montserrat Roig despliega al acercarse a Patrícia, a Encarna, y muy especialmente a Joan Miralpeix, una elegancia y sutileza que hacen que si Ramona, adiós contenía “todas las aspiraciones de la feminidad misma”, Tiempo de cerezas sea algo superior: una indagación de la humanidad misma.

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