Están siendo unos tiempos raros, pero en febrero me terminé la Obra lírica y doméstica (poemas completos) de Alfonso Sastre, que es un señor que me cae tremendamente bien y que incluso en sus momentos más duros consigue sacarme una sonrisa. Comencé a leerle en diciembre de 2022 (he tenido que ir a mirarlo al archivo), y ha sido año y pico de sonreír mucho (de soltar alguna carcajada incluso), de sentirme abrazada y de henchirme de amor por todo lo que merece la pena en la vida. Si os pica la curiosidad, tenéis las cuatro reseñas previas agrupadas bajo la etiqueta Alfonso Sastre. Personalmente, me quedo con el bellísimo Balada de Carabanchel.
Residuos urbanos no es un libro de poemas propiamente dicho, sino la compilación de todos los desechos (qué título tan propio del autor, y qué humor tan extraordinario siempre) de los cuatro libros anteriores y de algunas cosas sueltas que nunca fueron publicadas. Como tal, el resultado es desigual: no solo porque el estilo y las motivaciones del autor varían enormemente (se agrupan poemas escritos con 60 años de diferencia, no seleccionados con un criterio único), sino porque el objetivo de dar un valor a escritos antiguos no quita el hecho de que por algún motivo fueron considerados, en su momento, descartables. La rescritura en verso de algunas obras clásicas («Versiones para decir en alta voz») seguramente sea lo más valioso del conjunto, aunque se trata precisamente de un formato que a mí nunca termina de entrarme.
Los poemas más logrados son los que recuperan un poco el espíritu de «Arrojado al mundo», esa reflexión sobre la propia biografía donde lo personal no puede explicarse ni entenderse sin la fidelidad a lo colectivo, aunque no se nombre siquiera como es este caso. Dos sobre la memoria de los padres, «Fantasmas» y «Olvidar para vivir», son sin duda los que más me han gustado. Ese arranque increíble: «Saco muy poco a pasear el cadáver de mi padre». El cierre: «Saco muy poco a pasear los cadáveres de mis padres / pero no los olvido / pero sí los olvido / pero no los olvido». Y el llanto a mitad del poema, la ruptura de la felicidad cuando acaba el sueño. Una cosa tremenda y cierta.
Guardo el libro gordo, de lomo naranja y tapas negras, con una mezcla de tipografías en la portada que roza el histrionismo y el mal gusto pero que tan naturales se vuelven al conocer al autor (¡claro!), en la estantería. Definitivamente, Alfonso Sastre se ha convertido en el número uno de los señores.