Cuando a comienzos de verano pedí recomendaciones de lecturas de autoras brasileñas o que tuvieran Brasil como fondo, M. me sugirió de inmediato ésta. A quién no le va a gustar la combinación de ecologismo y lucha sindical, me dijo. Reconozco que dudé un poco: no conocía a Javier Moro, tengo kilómetros de prejuicios sobre los bestsellers españoles, una franca desconfianza hacia todo ganador de un Premio Planeta y poco tiempo libre que perder en 600 páginas de lugares comunes. Pero a M. hay que hacerle caso siempre y al día siguiente estaba encargándolo en mi librería. Menos mal. Qué pedazo de libro y (para mi sorpresa) qué pedazo de escritor.
Senderos de libertad cuenta la historia de Chico Mendes. Y sí, pero no. En primer lugar, porque Chico tarda unas cien páginas en aparecer y antes que a él conocemos a un amigo de su padre (sin saber que en algún momento migrará al Amazonas y será aprendiz de un hombre que tendrá un día un hijo), al indigenista Sydney Possuelo o a un pistolero escapado de una finca de trabajo esclavo que acabará casándose con la hija del viejo amigo de Francisco Mendes (padre) y siendo contratado para matar a Chico. En segundo lugar, porque más que una biografía personal podría parecer que el libro traza la biografía colectiva de una pulsión que, con el mero propósito de facilitar el relato, se encarna en diferentes momentos del siglo XX en distintos individuos ficticios. Con una diferencia: los individuos existieron. Son (casi todos) personas reales.
Javier Moro levanta una estructura narrativa monumental en la que décadas, personajes y lugares se imbrican de forma casi perfecta. El recurso a frases, declaraciones o entrevistas reales se confunde con otros tantos testimonios posibles, de manera que una ya no tiene claro cuándo un entrecomillado (generalmente seguido del tan creíble «… diría más tarde») es real y cuándo, efectivamente, un diálogo ficcionado. Javier Moro alterna una prosa verdaderamente buena con cascadas de datos, nombres y cifras verídicos, recabados en un arduo trabajo de documentación que incluyó más de tres años viajando por el Amazonas. Hay un cruce constante entre la emoción literaria y la denuncia material (fría, cruda, estadística: con nombres, apellidos y datos fiscales), sin que la primera reste conocimiento de la segunda ni ésta empañe la otra.
Como si de un catálogo de agresiones y violencias, pero también y sobre todo de respuestas y dignidades se tratara, Senderos de libertad va trazando las vidas de hombres y mujeres que huyen de la sequía, que mueren de hambre y plagas, que trabajan en hospitales medievales en mitad de la selva, que predican y construyen la teología de la liberación (he quedado fascinada con el personaje de Gilson Pescador), que declaran la guerra a los ocupantes de sus territorios ancestrales, que saben hablar con las plantas, que son desahuciados para construir carreteras, que acaban devorados por el alcohol, que plantan cara a los pistoleros de la patronal, que son esclavizados en plena década de 1970, que se organizan en las favelas, que alfabetizan a sus vecinos, que trabajan 14 horas al día buscando oro, que construyen un sindicato. La novela es la biografía de la lucha colectiva en defensa de la vida. La narración de los motivos, las formas y los sentidos de la lucha de clases.
Por ponerle una pega al libro, hay un momento en los capítulos intermedios en que la centralidad de técnicos especialistas de Estados Unidos empieza a hacerse cargante. El tono de la narración llega a presentar a los diferentes abogados, periodistas y ambientalistas yanquis como los ideólogos de toda una sofisticada estrategia de la que Chico Mendes es tan solo un (importante) figurín artístico. Lo que es más: la dimensión colectiva del movimiento de caucheros y del Sindicato de Trabajadores Rurales apenas se muestra, como si acaso fuera posible que la suma de una limitada serie de voluntades y genialidades individuales pudiera plantar cara a los más altos intereses económicos.
Me fastidió bastante esto porque el tono general del libro no es ese. Muy al contrario: Moro enhebra con una claridad sorprendente la dimensión personal con el plano más amplio de la lucha por preservar y respetar el medio, por la justicia social y por la dignidad humana. Dos pensamientos me han asaltado recurrentemente durante la lectura: el tamaño gigantesco de las gráficas que Moro seguramente necesitó hacerse para escribir todo esto sin perder el hilo, y que el libro debería ser lectura obligatoria en los institutos.