Lo llevaba arrastrando desde comienzos de año, y por fin para el poemario de noviembre ha tocado: he empezado a leer a Idea Vilariño. Compré su Poesía completa a finales de verano, en una edición de Lumen de tapa dura sorprendentemente cómoda y manejable – soy un tanto fundamentalista de las ediciones en rústica – y movida sobre todo por los versos que le veía compartir de vez en cuando a Meri. Se trata de una edición directa, sin prólogo ni estudio introductorio, y que pretendo leer como llevo año y medio haciendo con la Poesía completa de Ángel González y como haré también con la de otro autor que contaré pronto: poemario a poemario, en orden cronológico.
Estos Primeros poemas están fechados entre 1940 y 1943. Su disposición no es lineal y quiero pensar que fue la propia autora quien escogió su orden. No sé qué esperaba encontrar en ellos, pero esta primera poesía de Idea VIlariño me ha dejado una sensación extraña, entre incómoda y fascinada, parcialmente identificada, que me obligaba a detenerme al final de cada poema para tratar de comprender qué en concreto es lo que me cautiva de su estética.
Usa una lírica distinta a otras cosas que he leído por el momento y que también me gustan, construye imágenes de introspección que no podrían decirse exactamente introspectivas y recurre con muchísima frecuencia a las frases sin acabar (bellísimo, esto) y a la repetición de ideas, palabras o incluso versos enteros. La primera vez dudé y tuve que releer para comprobar si se trataba o no del mismo verso. Luego descubrí modificaciones parciales, tremendamente sutiles, como si montara un puzle en el que a partir de los fragmentos repetidos del verso original va componiendo una multiplicidad de otros. Y después, está esa elegancia extraña y tan poderosamente femenina de quien escribe: «Haberse muerto tanto y que la boca / quiera vivir un poco todavía / y que el cuerpo, los brazos y la boca / y que las noches cálidas, los días / ciegos, y el frío sin sexo de la aurora…».