Ahora sí: recupero el ritmo. Poemario de septiembre acabado a tiempo y cumpliendo, además, con algo que me rondaba la cabeza desde hacía tiempo: leer a Safo. La culpa la tiene fundamentalmente Anne Carson pero también (para qué negarlo) el estupendo trabajo de divulgación que hace la editorial Vaso Roto. Hay una contradicción aquí, claro: no es esa edición la que he leído. Pero acudí a mi librería de siempre sin tener nada previsto (si paráis por Zaragoza, no dejéis de visitar Antígona) y, de todas las ediciones que me recomendó mi librero, fue ésta la que más me atrajo. Puedo decir que estoy contenta y que espero en un futuro poder compararla con la adaptación de Carson.
La primera cosa a destacar: la edición de La Oficina es un libro bellísimo. Compacto, pequeño, delicado, de tapa dura pero con todo el aspecto de una edición rústica, sin llegar a convertirse en esas cosas rígidas e inmanejables tan valoradas en las bibliotecas de antes pero que a mí me parecen incomodísimas para su lectura. Cada poema o fragmento se merece para sí toda una página, a diferencia de otras propuestas que tuve en la mano, dando un resultado limpio y estéticamente agradable. Es una edición bilingüe (castellano a la derecha, griego original -luego entraré en esto- a la izquierda) y me voy a aventurar a decir que posiblemente ha sido la primera vez que, en una situación así, siento pena por no poder leer directamente los textos.
Otra cosa maravillosa son los textos que acompañan a los poemas. No sabía quién era Juan Manuel Macías (aquí: editor, traductor y prologuista) a pesar de que su nombre me sonaba, pero tras este libro tengo una predisposición importante a que me caiga estupendamente. Primero, por su humor y su forma elegantemente descarnada y aguda de insultar a los filólogos, «una corrupción morbosa del bibliotecario, y también una de las muchas pruebas de que no vivimos en el mejor de los mundos». En segundo lugar, por su empeño en preguntarse de Safo lo que como poeta puede aportarnos: «que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente». Y por último, por todo lo que en tan pocas páginas es capaz de enriquecer nuestra lectura.
Apunta Macías algunas cuestiones obvias pero en las que yo no había caído: que en el tiempo en que Safo escribía la escritura no era, de hecho, más que un registro económico y de algunas prácticas rituales, y que lo más posible es que ella jamás escribiera. Que no podemos saber, por tanto, si componía en verso o prosa, y que seguramente la pregunta sea estúpida en sí misma. Que los rastros que tenemos de sus poemas son transcripciones posteriores, de varios siglos más tarde, y que difícilmente podemos pensar que todas las expresiones o incluso el empleo del griego se conservaran intactos. Que, en fin, el ejercicio mismo de traducir poesía supone quizá la destrucción o perversión de la misma. En el debate que abre con esto último (si es posible la separación de la forma y el contenido poético, si acaso la poesía puede ser cualquiera de las dos por separado) no termino de posicionarme, pero me ha permitido reconciliarme muy intensamente con ese odio infantil arrastrado desde que, en el colegio y principios de la secundaria, nos obligaban a leer mierdas que rimaban y a componer «nuestra propia poesía».
Yo no sé si Safo es la mejor en algo ni si lo era entonces hace casi tres milenios, pero lo cierto es que en sus canciones se encierra una belleza deslumbrante. Diría casi: un misterio. Quizá, por el lenguaje del mito. Quizá, por tener que recomponerla o reconocerla a partir de fragmentos de poemas despedazados. Pero qué cosa increíble que incluso cuando lo que leemos son sólo unas cuantas palabras enlazadas con puntos suspensivos, éstas sean capaces de generarnos recogimiento. Pensaba que era por sentirla casi como una voz fantasmal, lejana, pero entonces te planta un «Yo no aspiro a tocar la inmensidad del cielo» (27 [52 L.-P.]) y ya no hay fantasmagoría o justificación etérea que valga.
He encontrado en Safo varias razones para volver. Una, la del delirio: «No qué qué puedo hacer: mi deseo se escinde» (26 [51 L.-P]*). Otra, la de la alegría: «Ahora estos deleites cantaré bellamente a las amigas» (66 [160 L.-P]*). Y quizá también, por lo que dice Juan Manuel Macías en sus últimas notas: porque «nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya sólo sea nuestra propia voz cansada y descreída».