Derecho de admisión.

Por fin: el poemario de agosto. Descubrí a Yeison García hace relativamente poco, a raíz de varios comentarios suyos en redes sociales sobre las violencias contra menores migrantes en Ceuta y Melilla. Descubrí que escribía y que acababa de publicar un poemario, hurgué un poco, me gustó la primera impresión, me apunté el título. Lo compré hace un par de semanas y probablemente sea el libro que menos tiempo haya tardado en abrir en años. Escribir esto que sigue se me va a hacer difícil (aviso) por la multiplicidad de planos en la que lo he pensado. Vamos al menos a intentarlo.

Derecho de admisión es un poemario breve, primer título de la editorial independiente La Imprenta (investigo: librería ubicada en algún punto de Malasaña, también de apertura reciente) y que, si algo desprende, es una mezcla de firmeza y mimo. Mimo por la edición cuidadísima, apabullante en los detalles, que segrega cuidado y ternura desde la elección tipográfica hasta el color de las páginas (son oscuras exactamente las que tienen que serlo) y los infinitos detalles. Las «Instrucciones para leer este libro» te hacen esbozar una sonrisa y un hormigueo: «allá en el fondo está la vida, pero no tenga miedo». El prólogo y la introducción se agradecen pero a mí, sinceramente, no me hacían ya falta: con esa frase bastaba.

Acompañan a los poemas cinco evocaciones o poemas visuales elaborados por Heidi Ramírez y una lista de reproducción preparada por el autor. Sinceramente, cómo no enternecerse con tanto amor. De las evocaciones me quedo con la de la portada del libro (qué maravilla estremecedora) y con uno de los apéndices («Sin fecha»). Seguramente, éste último sea el momento que más me haya removido de la lectura. No es sólo el texto ni la articulación que en él hace Yeison de la memoria y el presente, sino el modo en que la fuerza que moviliza (el amor) se entremezcla con el coraje y con la violencia (ausente del texto escribo, presente parcialmente en el audio evocado, escondida en lo que no se dice pero otros poemas ya han contado).

Decía: mimo y firmeza. Firmeza porque Yeison escribe desde los pies clavados en el suelo, desde la «Autoadscripción identitaria» y el enfrentarse a la vida, inmensamente bella, e irracionalmente violenta – cuando es una vida migrante, un cuerpo racializado. Alterna en sus poemas descripciones casi narrativas de momentos concretos (qué tremendamente bueno es «Control aleatorio») con un lenguaje poético que puede adquirir niveles importantes. Me están saliendo raíces en los ojos / de tanto palpar este trozo de tierra / al que mi juventud antes cantaba. Y luego, claro, está la autoenunciación.

Son quizá los poemas con palabras más evidentes los que menos me han convencido (me pasa conmigo misma, cuando releo lo que escribo), pero otros escapan magistralmente de esa trampa a pesar de ser esperados. Si tengo que elegir quizá diría, aparte de los dos ya nombrados, «Aturdido» y «Llegada» (qué mazazo en el estómago). Más allá de eso, quedo con la duda del por qué del uso sistemático de las comas al final de los versos; no son casi nunca, creo, necesarias. Y poco más. Que Derecho de admisión es, tomado en conjunto (contenido, edición, voz), uno de los libros más bonitos y cuidados que he leído este año. Agradecida, agosto.

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