Curso nuevo… un montón de reseñas atrasadas desde ante de verano. Intentaré irlas sacando con la mayor agilidad posible. Como siempre, no prometo nada.
Leer a Mary Oliver ha sido un regalo. Tomé la decisión el año pasado, pero el anuncio, apenas unos días más tarde, de que Lumen iba a traducir su Poesía reunida preparada por ella misma, me convenció de esperar unos meses. Así que mi encuentro con la poeta lo ha sido en primer lugar con una mujer de ochenta años enamorada de estar viva, feliz de recrearse en la sorpresa y de darse a la ternura, satisfecha con el balance de su vida y «pensando qué maravilla ser quien soy, / hecha de tierra y agua, / mis propias ideas, mis huellas dactilares, / todas esas cosas temporales, gloriosas». Porque Devociones introduce una rectificación inteligente y traviesa: al contrario de las antologías clásicas, Mary Oliver elige ordenar su obra en sentido cronológico inverso. Esto es lo que soy; y después: esto es lo que he sido.
«Una poesía de la atención en un sentido radical», dice el prólogo. Sí. También: una poesía de la sorpresa. De la maravilla, de la centralidad del cuerpo. Una poesía de amor por el mundo. En la observación de Mary Oliver hay una relación de intimidad con lo observado, algo que no se explica sólo con la descripción ni el análisis sino que requiere de una implicación profunda. Es por eso que su poesía no es realista ni romántica sino esperanzadora. Ella escribe «Y cogí mi viejo cuerpo / y salí a la mañana, / y canté» y una se siente más ligera, no más despreocupada sino más cuidada. Más segura.
A lo largo de toda la trayectoria vital de la autora, los temas se mantienen. Algunas cosas que me gustan especialmente son el modo en que el amor por la vida impide negar la muerte (no hay negación posible en la afirmación total); la forma en que menciona (siempre de pasada pero siempre con centralidad) las manos y el cuerpo de su amante, la curva del deseo que dobla a los juncos y los lleva a rozarse unos con otros, sin hablar nunca realmente de «cierta memoria / profunda del placer, cierto conocimiento / hiriente del placer» que inevitablemente lo impregna todo; su sentido de la belleza y de la responsabilidad; la forma en que esto conecta con algo que nos supera y que nos desborda: «Quizá el deseo de hacer algo bello / es el pedazo de Dios que llevamos dentro».
Devociones sería un libro precioso si no fuera por los problemas de traducción. Tuve que avanzar 200 o 300 páginas extrañada hasta comprender que no se trataba de brusquedad de estilo sino de errores no revisados. La primera alerta me saltó en la página 205 («Del Imperio»), donde commodity se traduce por comodidad y no por mercancía – significado evidente en ese contexto. A partir de ahí los fallos visibles se suceden, especialmente pero no solo en lo relativo a polisemia en el inglés original y a género gramatical en castellano (llegando a hacer a la autora hablar de sí misma en masculino). Entiendo la dificultad de un trabajo como éste, pero me parece muy triste que una editorial del nivel de Lumen no dedique los recursos necesarios para evitar que este tipo de meteduras de pata (que huelen descaradamente a traducción automática a duras pena revisada) lleguen a imprenta.
En fin. Con todas sus enormes diferencias, Mary Oliver me ha recordado a Anne Carson y al inmenso placer y satisfacción que me genera el leer a mujeres mayores inteligentes, sabias y divertidas. Poemas como «Plegaria» o «Autorretrato» (o el maravilloso «Gansos salvajes», aunque éste sea anterior) le hacen a una recrearse en la convicción de que vivir y crecer son una cosa preciosa. Agradecida e ilusionada:
Una vida entera no es lo suficientemente larga para las bellezas de este mundo / ni para las responsabilidades de tu vida.