Hace un par de semanas me fui con una amiga a la playa y decidí que quería llevarme una lectura de verano. Ya sabéis: novela entretenida, no necesariamente ligera pero jamás tristona ni introspectiva, lo suficientemente larga como para aguantar varios días de arena y toalla y, en fin, divertida. No sé por qué me decidí por El maestro y Margarita. Tenía poquísima información de Bulgákov y creía, de hecho, que era un autor previo, casi de la época dorada de la literatura rusa. Pensé que un cierto realismo costumbrista podría venirme bien (dudé, de hecho, entre esto y algo de Baroja), y sin saberlo me eché a la maleta una historia hilarante en la que el Diablo desciende sobre el Moscú soviético de los años 30 para volver locos, uno por uno, a todos los funcionarios del gremio de la literatura.
De las dos partes que tiene el libro, con la primera me divertí muchísimo. Es en mi opinión la mejor de ambas y muestra, tanto en la estructura como en las descripciones, una profunda originalidad. Me parece especialmente inteligente y divertida la forma en que Bulgákov hace razonar a los funcionarios ante la retórica de Voland y su séquito, el modo en que la racionalidad mundana se enfrenta a fenómenos inexplicables (todo el episodio en torno a la contratación en el Varietés, ¡qué maravilla!). La obsesión que Iván Desamparado desarrolla por el hecho de que el gato no haya pagado el tranvía, pasando por hecho su caminar bípedo, es buen ejemplo de esto.
Las conversaciones de toda esta primera parte son también geniales, con un humor soterrado que te hace en ocasiones reír a carcajadas. Algo que me ha pasado igual en los capítulos dedicados a la historia de Poncio Pilatos, que resultan especialmente bien escritos y dan para darle vueltas a más de una cosa (el hecho de la crucifixión, el asesinato de Judas, la figura de Leví Mateo).
La segunda parte del libro, sin embargo, me ha decepcionado en dos sentidos. La primera es el desarrollo de los personajes. El maestro y Margarita, que no se nos presentan hasta ahora, aparecen definidos cada uno por una feroz pasión. De algún modo, la relación entre ambos queda sustituida por la relación de cada uno de ellos con la novela. La adoración que Margarita muestra a las pocas páginas quemadas que pudo rescatar del fuego, leyendo una y otra vez los fragmentos sueltos, así como el empeño en hablar de su amante como su maestro, configura una identificación total del autor con la obra. En el caso del propio maestro, la identificación personal con la novela es más comprensible (y recoge evidentemente la propia percepción que de sí mismo tenía Bulgákov). Abocado a la necesidad/imposibilidad de sobrevivir material y socialmente en la época del peor estalinismo, el maestro aparece como la figura que más racionalmente actúa a lo largo de todo el libro – salvo quizá el propio Diablo.
El otro aspecto que no me convence de esta segunda parte tiene que ver con los diálogos (mucho más exaltados y repentinos) y con el comportamiento desproporcionado de Margarita-bruja. Los aspavientos, la alternancia entre la euforia, la depresión y la destrucción maníaca, la forma en que se relaciona con Natasha… prefiguran una personalidad poco creíble o, como mínimo, difícil de seguir y comprender. Algunos capítulos me han resultado especialmente irritantes por lo que de superficialidad y falta de credibilidad tienen, a pesar de la enorme cantidad de capas de relato y significado que van apareciendo.
En conjunto, sin embargo, un libro divertidísimo e inteligente y una muy buena lectura para llevarse a la playa. Y si no os pasa lo que a mí y no tenéis ya una edición concreta por casa, pillad una distinta y os ahorraréis un bochornoso prólogo plagado de anticomunismo.