Cómo empezar. Quizá lo primero sea decir que tenía mucha curiosidad por este libro y que las expectativas (cristalizadas en un par de alabanzas triunfales en redes sociales, y en el hecho de haberme topado con la edición francesa en unas jornadas en Bélgica pocos días antes de que me llegara a casa) no se han cumplido.
La premisa es sugerente: rastrear la vida de Hilaria, tatarabuela de la autora, como inspiración o relato articulador de una propuesta política para el nuevo siglo. La promesa del contenido, también: un feminismo contra el capital, contra las cárceles y contra el fascismo. E Irene (pues así y nada más firma la autora) escribe bien. Apetece leerla. El resultado, sin embargo, deja un sabor extraño. Puede que el libro sea de interés para personas que estén empezando a adquirir conciencia social (ni siquiera política) y se presuman próximas al anarquismo, pero por lo demás es con suerte prescindible. Una se queda con la sensación de estar ante el otro extremo del síndrome de la impostora: la de quien considera que su experiencia particular es diferencialmente valiosa y debe ser contada a toda costa. Trataré de ir por partes:
1) Pese a la retórica en torno a la importancia del relato íntimo y de la memoria familiar para los feminismos, el libro no habla de Hilaria. Se la nombra, a lo sumo, en unas pocas páginas, junto a toda una cohorte de tías y primas que cuesta identificar y que aparecen siempre entremezcladas y procedentes de recuerdos ajenos. No seré yo quien ponga en cuestión el valor de los testimonios orales, pero estos carecen en el libro de un tratamiento historiográfico básico que los ordene, los contextualice y los explique. Aunque Irene recoge información obtenida a través de archivos digitalizados disponibles en internet (fundamentalmente, el proyecto «Donostia 1936-1945» impulsado por la Fundación Aranzadi), no hay un intento serio de contrastar rumores ni de comprobar historias que pueda considerarse sistemático. La apabullante afirmación de que una de sus antepasadas se casó con un hombre «cuyo nombre no ha podido descubrir» se arreglaría con una sencilla consulta a las hojas del padrón de esos años, disponible para la consulta pública en el Archivo Municipal de Donosti.
2) Hay en todo el libro una confusión constante entre la adscripción ideológica y la extracción de clase. Aunque a finales del XIX un herrero con taller propio no era precisamente un burgués, y es cierto que les hijes de la pequeña burguesía y de la capa comerciante fueron abocados a la proletarización a lo largo del siglo XX, yo tendría cuidado a la hora de hablar de un grupo de hermanas entre las que se cuentan una modista con taller propio (¡famosa por copiar los diseños de Balenciaga!) y una solista del Orfeón Donostiarra (!!!) como «mujeres proletarias». Este error no se restringe a la genealogía de Irene. No es cierto que toda la ristra de mujeres anarquistas que se nombran en la última parte del libro procedieran «de los estratos más bajos de la sociedad». Soledad Gustavo , por ejemplo, gozó de una vida sostenida por una familia solvente económicamente, y Mercedes Comaposada se matriculó en Madrid en estudios de Derecho.
3) Comparto el fuerte alegato de Irene contra el feminismo liberal. También los tres ejes en torno a los que articula su «feminismo revolucionario», pero la justificación de estos me parece en muchos momentos mediocre e insuficiente. Resulta difícil afirmar esto justo después de haber leído, por ejemplo, el capítulo dedicado a las prisiones, donde se realiza una argumentación muy convincente sobre cómo las cárceles cumplen una función social de persecución racial y reproducción de las jerarquías sociales. Pero lo cierto es que Irene no hace sino contarnos las cosas que le han llevado a ella a desarrollar, en pocos años, una cierta ideología. Lo cual está muy bien pero no justifica, a mi modo de ver, que nos venda de ello un libro. De nuevo: el anti-síndrome de la impostora. Por supuesto, no esperaba encontrar un análisis serio de las dinámicas de explotación capitalista, ese capítulo lo perdono (aunque qué triste esa reducción a una crítica cultural de las campañas de propaganda). Pero si vamos a hablar de los restos materiales de la dictadura franquista, amiga, qué haces hablando del callejero y no de la judicatura, del aparato del Estado, del régimen de partidos, de las grandes fortunas de esta democracia.
4) La muy loable euforia que te lleva a querer compartir con todo el mundo lo que te apasiona y le da sentido a tu vida puede llevarte, sin una adecuada contención, a situaciones un tanto patéticas. A obviar el papel de la CNT en los últimos gobiernos republicanos, por ejemplo (¡cuatro carteras ministeriales!). O a proyectar en toda persona tus mismos procesos y conclusiones sin esforzarte lo más mínimo por comprobarlo. Sobre Homenaje a Cataluña, dos cosas. La primera, menor (pero sintomática): Orwell no tuvo jamás ningún «compromiso con las Brigadas Internacionales», porque no llegó a alistarse en ellas sino en las milicias del POUM. La segunda, mayor: Orwell no sólo no «estrechó lazos con el movimiento [anarquista]» (de lo que dice Irene que «no cabe duda»), sino que de hecho acabó desarrollando un anticomunismo cerril que le llevó a denunciar a más de 120 intelectuales estadounidenses a la CIA durante el periodo de caza de brujas. Amiga, date cuenta.