Monstruos del mercado: zombis, vampiros y capitalismo global.

Sospecho que, durante un tiempo, una buena parte de las reseñas que vaya subiendo pertenecerán a la categoría: libros que llevaba siglos queriendo leer y ahora por fin puedo. Hasta nunca, oposiciones.

David McNally es para mí, junto con Susan Ferguson, uno de los nombres más interesantes del marxismo actual, capaz de mantener una encomiable rigurosidad teórica al tiempo que de abrirse a todo tipo de preguntas, inquietudes y campos de investigación posibles. La edición en castellano de su Monstruos del mercado, preparada por Levanta Fuego con traducción de José Luis Rodríguez, es como objeto físico todo lo que me gusta de un libro: tapa blanda, tamaño manejable (un formato más cuadrado de lo habitual y con márgenes grandes que facilitan la lectura), portada chulísima.

El planteamiento del texto es sugerente: el capitalismo es una fuerza monstruosa que trocea el cuerpo proletario, que se alimenta de sangre obrera, que nos devora y nos convierte en zombis. El terror respecto al cuerpo, que atraviesa de manera ininterrumpida la historia del capitalismo global, encierra una fenomenología corporal del mundo de la vida burguesa y arroja luz sobre la problemática relación entre los cuerpos humanos y las operaciones de la economía capitalista. Esta realidad se expresa a través del folklore y de las figuras del monstruo, el vampiro, el hechicero y el trabajador zombi, surgidas en momentos históricos y sociales muy específicos y que contribuyen a des-reificar los procesos invisibles de explotación y las experiencias no medibles de desintegración psicológica y corporal bajo el capitalismo para mostrarlas como lo que son: algo monstruoso y experiencialmente incomprensible.

El libro peca, a mi modo de ver, de una cierta descompensación en la importancia dada a las distintas partes (se me hizo eterna la exégesis de Ben Okri, sin combinar además con el estudio posible de otros autores africanos) y de una articulación poco exitosa entre ellas: más allá de la afinidad temática, los distintos capítulos podrían parecer textos aislados, análisis concretos juntados posteriormente para formar el libro. Estos defectos se compensan con un trabajo permanentemente sensible al género, una indagación alucinante sobre la dialéctica raza-clase constituyente de la modernidad capitalista, y una escritura arrolladora tanto en lo político como en la metáfora (¡las concluiones, madre mía, qué páginas!).

Dice McNally que los monstruos proletarios son, por definición, monstruos del cuerpo. Mucho que ver con ese materialismo antropológico benjaminiano cuyo eje de emancipación es la carne: una victoria de lo sensual sobre lo abstracto. Dos ideas poderosas y bellísimas:

1.- Frankenstein reconstruye «el proceso a través del cual se creó la clase trabajadora: primero se la disecciona (se la separa de la tierra y de sus comunidades) y luego se la recompone como un ente colectivo terrorífico, un conglomerado grotesco conocido como masa proletaria». Pero aquí no hay pérdida de la individualidad, al contrario: «en el acto de ensamblaje revolucionario se genera una nueva individualidad». Marx proyecta la emancipación del obrero colectivo en base a la creación de un nuevo «cuerpo social orgánico en el que los individuos se reproducen como individuos, pero como individuos sociales».

2.- Si, según Marx, «la dominación del capitalista sobre el obrero es por consiguiente la de la cosa sobre el hombre, la del trabajo muerto sobre el trabajo vivo», entonces en la liberación está presente «cierta magia que devuelve la vida a las personas y las cosas y rompe el hechizo del zombismo». Un desencantamiento.

Aunque mi parte preferida es la suerte de crítica literaria de El Capital que encontramos en el capítulo central, McNally realiza también una caracterización brillante de los Estados postcoloniales del África subsahariana, de la formación de sus burguesías nacionales y de sus vínculos con el capital internacional. Sin embargo, puesto que el libro se publicó originalmente en inglés en 2011 y el trabajo de investigación comenzó casi una década antes, mucha de la bibliografía que cita en esta parte tiene ya más de 30 años. Me resultaría tremendamente interesante poder leer una actualización de los pánicos culturales y las creencias mágicas en torno a al trabajo, el enriquecimiento y el consumo en estos países, con el siglo XXI ya avanzado.

Por cerrar: un fantástico reencuentro con las veinte varas de lino (ay, vieja amiga, quien te conoció lo sabe) y una ampliación muy sugerente del estudio de los efectos de la explotación y de la creación de valor capitalistas.

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