Cómo escribir. Laia me regaló esta invasión del deseo el año pasado y yo esperé paciente, con el libro apilado en medio de una mudanza sin terminar, hasta el momento justo en que terminé las oposiciones. El día que supe que había aprobado me dije: ahora sí. Leer a Adler leer a Duras ha sido retomar la vida.
Marguerite Duras ha sido y sigue siendo una de las autoras de mi vida. La leí obsesivamente entre los 19 y los 22 años, volví a ella más mayor, busco en toda librería algún títulos suyo que quizá pueda habérseme escapado, la elijo entre mis estanterías cuando necesito volver a conectar en un cierto sentido conmigo misma. Es también, cómo no, la autora del dolor y del deseo (¿no son lo mismo?): la autora del riesgo íntimo, de la pasión por el amor físico, del peligro de la destrucción personal, de «una feminidad ponzoñosa como un arma oxidada que uno tuviera siempre al alcance de la mano sin saber si conserva aún su capacidad de matar».
Adler recoge a Duras y escribe una biografía portentosa, que se levanta en forma estéticamente embriagadora (digna ella misma de ser obra de Duras, de no ser porque su extensión es muchas veces mayor que ningún libro que Duras escribiera nunca) y se apoya en un trabajo de investigación riguroso y enorme: viajes a Vietnam, entrevistas personales, estudio detallado del Archivo Duras, exégesis literaria, búsqueda en los archivos coloniales, documentación de cada una de las épocas y momentos históricos vividos por la escritora. Porque Marguerite Duras podría haberse llamado, de forma mucho más acertada, Marguerites Duras.
Hay, sí, muchas Marguerites: la nacida Donnadieu, niña salvaje que aprende a hablar vietnamita y a cazar animales en la selva; la estudiante burguesa «que parecía entregarse al mirarte» y que pasea a sus hombres, amigos y amantes, en su propio coche; la casada Antelme, que huye a pie del París ocupado con la comitiva del Ministerio de las Colonias; la amante de Dionys Mascolo, delirante en la necesidad física de ser tomada; la mujer anulada, la obsesión reconvertida en madre; la militante comunista que reparte L’Humanité puerta a puerta y es capaz de volver la vista a otro lado ante lo que el gobierno soviético supone a finales de los años 40; la sesentayochista entusiasta; la alcohólica molida a palos por Gérard Jarlot, porque ya no sabe sentir placer sin recibir palizas; la que respondió a Lacan que no sabía de dónde había sacado a Lol V. Stein; la escritora ególatra que sólo habla de sí misma, la estupenda cocinera, la cineasta, la homófoba y la sionista (sí). ¿Cuántas mujeres caben en una vida?
La forma en que Adler encadena la exegesis de cada una de las obras de Duras (sus libros y sus películas) con los procesos que atraviesan su vida hace de la biografía una delicia casi literaria. Eso y que la vida de Marguerite, por supuesto, da para muchos libros: todos los suyos. Los diferentes capítulos tratan de agrupar no sólo momentos vitales, sino también de relación con la escritura, en un ejercicio que trata de discernir la verdad de la ficción y muestra cómo la necesidad de escribir y la vivencia del deseo se imbrican en un mismo anhelo de sensualidad y locura.
Me ha dado mucha pena (como única gran pega) que Adler no realice para la etapa sesentayochista el mismo esfuerzo de indagación que para los años de la Resistencia. Si durante la ocupación sabemos quiénes son exactamente todos los integrantes de los distintos grupos con los que se relacionaba Duras, la relación de Mitterrand con cada uno de ellos, los lugares donde comían y el nivel en que se implicaban, del que fue el acontecimiento político más esperanzador vivido en Europa en la segunda mitad del siglo XX apenas sabemos que Marguerite participó de un comité de intelectuales y que creó varios lemas. ¿Cuál es la relación que tuvo la escritora con los estudiantes y obreros en huelga? ¿Cuáles las diferentes corrientes políticas presentes y enfrentadas en esos días? Había leído algo sobre todo esto en relación a Duras en la autobiografía de Daniel Bensaïd (libro fantástico editado en castellano por Sylone) y esperaba poder profundizar algo más.
Creo también que Adler perdona a Duras demasiadas cosas. No es tarea de la biógrafa el juicio moral, pero no hay justificación estética para la omisión política. Con todo, el libro es una obra monumental y una delicia literaria, una puerta fascinante hacia la escritora que escribía sobre el riesgo de escribir, hacia la mujer que tuvo siempre ganas y necesidad de hacer el amor. Hacia una figura, en fin, que nos atrapa y obsesiona a tantas de nosotras.