Exorcizar a la madre. Estoy leyendo la biografía de Marguerite Duras y en ella Laure Adler cuenta cómo, al principio y al final, escribir fue para Duras la única manera de despersonalizar a su madre, de sacarla de sí, de borrar su existencia real a base de reconstruirla una y otra vez en la ficción, de hablar de ella, de inventarla: ya no era cierta. Si puedo escribir sobre ella, quizá tan real no era. Y al mismo tiempo, qué mayor prueba de realidad que ser capaz de dejarlo escrito. Todo lo escrito es cierto. Dónde empieza la verdad y acaba la mentira. Así pues, la despersonalización.
Había oído maravillas del libro de Vivian Gornick pero me resistía a comprarlo como me suele pasar con cada boom literario. Al final, me lo recomendó mi hermano. Me dijo que me iba a gustar y que lo leyera con cuidado. En Elogio del riesgo, Anne Dufourmantelle escribe que «dejar la familia abre el riesgo del amor. (…) Esta libertad ganada a expensas de los lazos de sangre puede llevarnos a querer a personas de la familia, pero desde otro lugar, no más desapegado sino libre de esa deuda que ordena obediencia y nos hace consentir toda violencia».
Apegos feroces es resultado de esa deuda. Una vida en base a la madre: la imposibilidad de escapar del infierno, la constante y odiada necesidad de validación, una búsqueda de aprobación que te corroe y te subyuga y te convierte en siempre parcialmente subordinada. El temor y la duda: qué pasa si el amor era esto. Si nos habíamos equivocado. Si no hay alternativa posible. La depresión no reconocida (esa Gornik adolescente y apática que mira por la ventana), la sexualidad encarnizada (¿cómo trasladamos los traumas con nuestras madres a nuestras relaciones con los hombres?), la feminidad como un existencialismo y una narración de clase de una comunidad de familias encabezadas, sostenidas y soportadas por mujeres.
No sé si lo que Vivian Gornick hace puede considerarse un ejercicio de despersonalización. Sí es, en todo caso, un exorcismo. «Cuando leemos las palabras de otros y decimos que ‘nos resuenan’ es porque en ellas escuchamos la vibración de heridas parecidas a las nuestras», escribe Carmen Pacheco en su última newsletter, como siempre bellísima. Y también: «El cerebro es un órgano plástico moldeado por el amor y la pena».
Aunque el personaje de Nettie es fascinante (devoradora de hombres, para Gornick es evidente: lo hace porque los odia) y su propia maternidad resulta uno de los hilos más interesantes del que ir tirando en la maraña de feminidades confusas (junto con, quizá, el duelo de la madre de la autora), para mí lo fundamental del libro está en la segunda parte. Me obsesiona desde hace tiempo la forma en la que las mujeres nos relacionamos con los hombres: las contradicciones de lo sexual, todo lo erótico que pretende no serlo, el autoconocimiento a través de ellos, las verdaderas motivaciones. El placer del sexo por el sexo. Leo obsesivamente a Duras, a Anaïs Nin, a Anne Carson, a Annie Ernaux. Por supuesto que pasa también en el safismo, pero las relaciones entre los dos sexos (sic) son una trampa perversa y deliciosa, necesariamente de otro tipo. Consiste en desentrañar la feminidad misma.
Gornick avanza por sus amantes como una travesía necesaria para comprender su relación consigo misma y con su madre. No de una manera literal, explícita. Sino como algo que se vuelve evidente conforme avanza el relato, y que es así porque resulta ser así también en cada una de nosotras. Gornick, por supuesto, escribe extraordinariamente. Divaga por sus recuerdos. Vagabundea de un lado para otro dotando a cada frase de la precisión justa para que, en conjunto, entendamos. Un exorcismo.