Entre los escritores a los que vuelvo una y otra vez siempre está Alessandro Baricco. Qué cosa monstruosa su escritura: cierta y sin moraleja posible. Cuando tenía 20 años y mi biblioteca todavía soportaba las mudanzas aceptablemente, era sin duda alguna el autor del que más libros había comprado. Emaús fue para mí una puerta iniciática sólo comparable a la que atravesé años más tarde, cuando descubrí a Ramón J. Sender en 7 domingos rojos. Baricco, en fin, es para mi educación lectora el correlato masculino de Duras: la forma absoluta de lo inasible.
Cuesta entrar en los libros de Baricco. Hay una pátina de algo que en otras latitudes llamaríamos quizá realismo mágico, que desdibuja el sentido común hasta el punto de tardar en comprender lo que se nos presenta sin metáfora alguna. En novelas cortas, como lo son las suyas, una avanza con dudas: ¿será la próxima página la última, y yo la pasaré sin haberlo logrado? La promesa es que el temor nunca se cumple.
La Esposa joven sería una novela críptica si guardara un mensaje a la espera de ser descifrado. Por supuesto, eso no ocurre. Así que diremos que es una novela transparente, exacta. En mi caso, dos escenas me mantuvieron fuera de la historia hasta relativamente tarde: la primera conversación con Modesto y la noche con la Hermana. Sin embargo, la conversación con la abuela es aterradora (primer indicio), y a partir del momento en que la trama de la Madre cobra protagonismo ya no pude despegarme del libro.
Para mí, los dos momentos cruciales. Uno, la Esposa joven en la habitación de la Madre (cómo escapar de eso). Dos, la alternancia de la conversación de la Esposa joven con el hombre del burdel, y del narrador con L. En este segundo caso, Baricco se corona. Es la cúspide del cambio de voces, de la confusión de sujetos que hasta ahora atravesaba esporádicamente la novela. Qué realidad es la cierta, en qué tiempo ocurren, qué cosa está pasando en cada una de ellas. «Son los cuerpos los que dictan la vida, todo lo demás es una consecuencia».
La escritura de Baricco es bellísima y extraña, y una quisiera siempre poder sumergirse en ella como en una balsa de sensualidad y erotismo (es decir, de vida). «Le debo a esa mujer la certeza de que el sexo infeliz es el único derroche que nos hace peores», y en retrospectiva ya no se sabe si habla de la Madre la Esposa joven, o si es el narrador que habla de L. Sobrevuela un pensamiento guasón, una consciencia de la profundidad de lo que se está haciendo (¿diciendo?) que no renuncia al deleite por ello: «Era más bien algo animal, que tenía que ver con la salvación de los cuerpos».
Y para cerrar, como me temo que el propio final del libro no está a la altura (decepcionante, si he de decir algo: irrelevante), esta maravilla de respuesta en la que se regodea un narrador que quiero pensar, aquí sí, un poco Baricco mismo, al ser preguntado «¿Por qué todo ese sexo?»: Porque es difícil.