Si no hay nada mejor que Cristina Peri Rossi enamorada (viva), pocas cosas hay peores que Cristina Peri Rossi desenamorada. Despojada de una-otra que dé sentido y luz a la vida, la uruguaya cae en un abismo de cinismo que se intensifica con la edad (ay, cuidado con la amargura pasados los sesenta años) y que la hace parecerse peligrosamente a un Pérez Reverte resentido, odiador de las mujeres y firmemente convencido de que el mundo le debe algo. Sexo, por supuesto.
Habitación de hotel es, en conjunto, un libro despechado que cede ante el resentimiento a costa de buena parte de sus cualidades literarias. Todo el mundo tiene derecho a escribir mal; a mí, me parece, sin embargo, que más que eso aquí Peri Rossi escribe con pretensión de ser buena. No es el verso lo que falla, el problema es previo: son las propias imágenes las que resultan burdas.
Hay, sin embargo, recordatorios de a quién estamos leyendo. Uno es el poema «Considerando», que acaba con ese «el hecho de que tú y yo ya no hagamos el amor / es sencillamente irrelevante» que la deja a una destrozada por varios días. Otro, el ramalazo de vida que asoma en «y te oculto la única cosa que verdaderamente sé: / solo es poeta aquel que siente que la vida no es natural / que es asombro / descubrimiento revelación / que no es normal estar vivo», que me hizo pensar en Lo raro es vivir y en si Cristina habría leído a Martín Gaite. Otro, la oda al esplendor de la carne madura que realiza en «Madurez».
Quizá «Asombro» sea mi poema favorito del libro, como una vela encendida en mitad de un túnel de tristeza y desamparo.
«La vida brota por todas partes / consanguínea / ebria / bacante exagerada / en noches de pasiones turbias / pero había una fuente que cloqueaba / lánguidamente / y era difícil no sentir que la vida puede ser bella / a veces / como una pausa / como una tregua que la muerte / le concede al goce».