Pasé todo el año pasado evitando leer a Annie Ernaux, con una cautela que era más bien pánico: el terror de quien se sabe atrapada en algo que puede estallar en cualquier momento. Acabé 2023 escribiendo menos mal que no se me ha pasado por la cabeza leer a Ernaux y apenas un mes más tarde, cuando ya no estaba así de mal pero seguía fatal (cómo se sale, cómo: escuché hace poco decir que hacen falta dos años), Pablo me regaló El acontecimiento por mi cumpleaños sin saber que era una fase que yo necesitaba para avanzar en el duelo. Gracias.
No había leído hasta ahora, pues, a la Premio Nobel francesa, a pesar de devorar fragmentos suyos y de entrar fervorosamente en el grupo de las que exclaman con ella: «Yo siempre he esperado muchísimo del placer sexual, aparte del placer en sí. El amor, la fusión, lo infinito, el deseo de escribir». El deseo de escribir. Jamila Medina Ríos en «Carnicería», uno de mis poemas favoritos en el mundo: «Por el borde de tu cuerpo camino al matadero». Anaïs Nin y su no manejarse a sí misma de manera objetiva, sino «como una mujer que estuviera indagando la exacta condición de su cuerpo».
Pocas cosas hay que decir sobre El acontecimiento que no se hayan dicho ya en el último año (y mucho antes, claro). Hay una precisión clínica en la prosa descriptiva de Ernaux, una constante ruptura de la cuarta pared, si es que en literatura también existe eso, una confesión periódica sobre las dudas en la escritura, la necesidad de contar, las consultas al diario de hace treinta años, la inseguridad con respecto a los propios recuerdos. Y luego, el libro que la devora, que la atrapa, que la obliga a escribir en una elección inversa a la que muchos autores pretenden. (Esto Duras, parte de esta genealogía, también lo tiene claro: es siempre el libro quien nos elige; Ernaux escribe «No sé qué me deparará la escritura» y podría ser Duras escribiendo: «No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo«. De nuevo Ernaux: «El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, ofrece el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe verdad inferior».).
La frialdad del método se hace extraña a veces, sobre todo en las primeras páginas. Pero es esa distancia, esa objetividad a base de tragar saliva, lo que hace que la historia se vuelva real y angustiosa, que funcione, que se muestre como lo que es: verdadera. «Algo indecible y de cierta belleza», escribe Ernaux. Siempre hay verdad en la belleza.
Diría que El acontecimiento es, en primer lugar, un tratado sobre la escritura y una exploración del propio cuerpo (de la fuerza del propio cuerpo), y que ahora soy capaz de enfrentarme a otros libros suyos y de descubrir si acaso toda su obra no es un intento de exploración sobre la escritura y de tratado sobre el cuerpo. Es en segundo lugar una reflexión sobre la memoria («la única y auténtica memoria es material»: las emociones que recuerda el cuerpo), y en tercer lugar sobre el cuerpo y la clase.
La afectación corporal como algo que incapacita para el trabajo intelectual, como una desgracia de las mujeres pobres, de las siempre condenadas a la miseria, a no poder emanciparse de la biología. El embarazo, el terror de la sangre, los vómitos, la sonda dentro de la vagina: una condena de clase. El aborto, la supervivencia, la eliminación: la posibilidad del desclasamiento. Y la capacidad para el deseo y para la seducción, como criterio de vida.