Tras la falta de tiempo de principios de verano y lo mucho que me costó terminar de leer a Pessoa, en septiembre volví a la rutina de leer un poemario al mes y al terreno seguro de la Poesía completa de Cristina Peri Rossi. Una vez me dijo una amiga que soy inclementemente sistemática en todo, y bueno, es posible.
Las musas inquietantes (1999) plantea un ejercicio curioso: narrar los cuadros. Tras un prólogo estimulante y quizá excesivamente celebratorio (firmado por Pere Gimferrer, del que no he leído nada propio, y que escribe aquí cosas tan ciertas como que «la pintura es un arte de la organización del espacio, pero también un arte de la percepción sucesiva del fenómeno visible, y reproducir en la página -arte espacial de la tipografía sobre el blanco, arte de los estratos del tiempo de la lectura- el proceso de captación del cuadro equivale a una operación cognoscitiva»), la autora se dedica a narrar varios de sus cuadros preferidos, a los que en ocasiones les encuentra significados muy distintos de los que una vez fueron pretendidos.
La idea me pareció maravillosa. El resultado, sin embargo, no me entusiasmó tanto como esperaba. Si bien me ha servido para descubrir algunas obras interesantes (qué genial el Magritte de La gran guerra y de El imperio de las luces), por lo general muchos poemas me parecieron más predecibles de lo que Gimferrer prometía. Dos apuntes breves solamente:
1. La temática marítima del naufragio, del mar encabritado y de los remolinos oscuros, que tan presente está en casi toda la (buena) poesía de Peri Rossi, se muestra también aquí en la selección de las obras. Así, la pintura de J. M. W. Turner tiene un papel destacado en el grupo.
2. La poesía que abre el libro (Claroscuro, narración de La encajera de Johannes Vermeer) es absolutamente fantástica. Ese «No quiero ser mujer» con el que cierra el último verso es rotundo, certero: arrollador. Con diferencia el mejor poema de todos, promesa de una emoción que, para mi gusto, no se mantiene a lo largo del libro.