Básicamente: qué tremenda burrada. Qué barbaridad de libro. Qué exhibición de literatura y de corporalidad y de verdad en el mundo. Qué pedazo de novela.
No había leído a Sabina Urraca hasta ahora y descubrirla después de enfadarme con Sara Torres fue lo mejor que me pudo pasar este verano. Leí El celo justo después de La seducción, en la misma arena de la misma playa, en una reconciliación con la literatura y con el deseo y con la vida que arramblaba con todo lo previo en una maravillosa espiral destructiva. Con la boca abierta. Temblando de emoción. Como había tiempo que no me pasaba.
Es complicado explicar El celo. Me preguntó de qué iba una camarera de un pueblo costero mientras me servía un café y me contaba que acababa de prometerse con su novio y yo le respondí, asustada: de una mujer que adopta un perro. Suspiro de alivio. Tampoco creo que fuera verdad si le hubiera dicho: va del maltrato, va del amor. Va de cómo se le puede destrozar la vida a una mujer, a muchas mujeres. Va de cómo las mujeres, a pesar de todo, sobrevivimos. Nos las apañamos para seguir vivas. Va de ser nadie, de existir anulada, de pensarse siempre en relación a ese otro que es en realidad el único sujeto. Va de la complejidad de la vida y de la complejidad del cuidar.
Una cosa que pasa con Sabina Urraca es que su escritura te devora. El sexo latiendo de la perra, los recuerdos de la abuela. La carne despedazada, la sangre, la mierda, las drogas. El principio del enamoramiento de la Humana con Daniel, esa suspensión del tiempo materializada en la carne: si sigues cuando no puedes más, algo ahí al fondo se activa y entonces ya no hay final posible. La vida y el sexo (el celo), que son (casi) lo mismo. El espanto de reconocerse en demasiadas cosas y la verdad de lo que dice Mecha: en la vida real, todo se siente mezclado. Nada es tan sencillo como nos gustaría. Por eso la pasión es posible.
(Lo mejor que he leído este año).