Fue en un concierto de Silvia Pérez Cruz, obnubilada ante lo que ella hace con esa cosa bárbara que es El poeta es un fingidor, que tome la resolución: basta ya, había llegado el momento de leer a Pessoa. Así que al día siguiente entré en Antígona arramblando y salí de allí con la que Pepe me recomendó como la mejor antología existente (a Pepe hay que hacerle caso siempre) sobre el portugués y sus principales heterónimos. 650 páginas que resultan menos por la edición bilingüe y que he tardado siglos, soy honesta, en conseguir terminarme.
Antes de verano, yo no sabía nada de Pessoa. Más allá de su famoso Libro del desasosiego, que no he leído y que ahora creo que nunca leeré, no conocía más del que está considerado el mejor poeta portugués de la Historia. Tengo cierta reticencia a los escritores varones alcohólicos, eso sí (ya pasé por suerte los 19 años y me desilusioné con toda la lista de Bukowskis, Kerouacs, etcétera), pero esperaba encontrar en su poesía algo que me permitiera conectar con quien tanta gente conecta. Mi sorpresa fue mayúscula.
Lo primero: la edición es, efectivamente, magnífica. Más allá del breve estudio previo, incorpora textos biográficos a la sección de cada poeta (escritos por otros heterónimos), además de una selección de cartas que el propio Pessoa envió a Adolfo Casais Monteiro explicándose a sí mismo, sus múltiples personalidades y su proceso creativo. Porque, para quien (como yo) no lo supiera, Pessoa vive desde niño un fenómeno de despersonalización de sí mismo: todo lo que es, todas sus facetas, se proyectan sobre personajes nuevos con vidas propias, autónomos con respecto al propio Pessoa que queda convertido médium de sí mismo, «punto de reunión de una pequeña humanidad» sólo suya.
Obviando los debates sobre psicología y derivados, lo cierto es que el ejercicio pessoano es de un mérito intelectual apabullante. Pero reconocer esto no es lo mismo que comprar el resultado poético, y lo cierto es que a mí hay algo en la poesía de Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y el propio Pessoa que no termina de encajarme. Una reflexión desproporcionada sobre el propio yo (y ya es, decir esto de cualquier poeta) que constantemente se me explicaba por la necesaria justificación y delimitación subjetiva del autor firmante. Y después, por supuesto, un desprecio por lo social que aparece encubierto en distintos poemas de casi todos los autores y que me impide acercarme con amistad a nada que hayan escrito.
De manera rápida: la poesía de Ricardo Reis ni me gusta ni la entiendo; la de Caeiro me interesó pero se me hizo al final repetitiva y pretenciosa (sí, también en su sencillez o quizá por eso); la de Álvaro de Campos tiene partes relevantes, especialmente las odas a la industria y las máquinas, pero le sobran las hipérboles y exclamaciones constantes; alguna de entre la del propio Pessoa es quizá la que más cierta y honesta he sentido.
Acepto la formulación que el propio Pessoa hace de que él es, ante todo, un dramaturgo. Le he dado vueltas al tema y no consigo entender qué es lo que me hace otorgar credibilidad a los personajes de una obra o de una novela pero no a un personaje poeta: hay en Caeiro frases bellísimas que no me creo, y tiemblo al pensar entonces si es posible crear belleza que no sea cierta. Y creo que no, y que de ahí mi disgusto estético: no hay nada bello por fuera del contexto.
Para acabar, en fin, un poema que sí es verdad (Autopsicografía) y que musicaliza Silvia Pérez Cruz en una canción también bellísima: «El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. // Y quienes leen lo que escribe, / en el dolor leído siente, / no los dos que el poeta vive / sino sólo aquél que no tienen. // Y así por las vías rueda / entreteniendo a la razón, / el tren de juguete con cuerda / al que llamamos corazón».