Inmovilidad de los barcos.

Escribo hoy, a finales de julio, la reseña del poemario que leí en mayo. O quizá ni eso pueda decirse esta vez, porque cuando escribo estas líneas no recuerdo ya el efecto que me causó la Peri Rossi de 1997 y sé que tendré que volver a abrir su Poesía completa y releer algunos poemas. Al menos, los que dejé marcados.

En estos meses han pasado muchas cosas (me he mudado, he perdido un trabajo, he salido de un pozo tremendo en el que estaba metida), pero sobre todo he vuelto a estudiar a un ritmo absorbente que le ha dado estabilidad y coherencia a mi vida pero me ha quitado el tiempo para leer y la claridad mental para hacerlo. Arrastro las mismas lecturas, todas a medias, desde finales de mayo, y junio fue el primer mes que no leí poesía desde que empecé con el propósito de leer un poemario al mes hace más de cuatro años. Espero que agosto me permita recuperar parcialmente el placer de leer por simple abandono (qué maravilla), pero de momento y salvo por ese interludio me esperan unos meses de seguir a este ritmo.

Inmovilidad de los barcos retoma el imaginario marino tan común en la poeta uruguaya desde Descripción de un naufragio, escrito veintidós años antes. Frente al deseo acuático, empalagoso, el ronroneo húmedo de algas y líquenes y redes de barcos ahogando a mujeres gimientes de dos décadas antes, ahora sin embargo el cascarón de las naves es terco y pesado y está vacío, y todo el libro destila un aroma salado a tristeza y nostalgia. Con 56 años, Cristina es una mujer cansada.

Como muchas poetas, Peri Rossi habla a menudo de manera directa a una segunda persona, una mujer de la que recuerda conversaciones y a la que anhela amarga o que simplemente existe como interlocutora necesaria para la voz poética. No me interesa demasiado saber si esa mujer existe o si es una licencia (aunque en algunos poemas es imposible no saber que sí, que la mujer existió y que la poeta sabe que será leída por ella), si son una o son varias las fantasmas del pasado que rondan a la escritora. Pero en Inmovilidad de los barcos he querido encontrar un hilo conductor en el resentimiento, en el justo despecho de a quien le han hecho daño. No está, precisamente, en los poemas de interlocución directa, sino en el tono y los detalles:

  1. «En el acto ingenuo / de tropezar dos veces / con la misma piedra / algunos perciben / tozudez / Yo me limito a comprobar / la persistencia de las piedras / el hecho insólito / de que permanezcan en el mismo lugar / después de haber herido a alguien». La inmovilidad de las piedras, la inmovilidad de los barcos.
  2. «Líbranos, Señor, / de encontrarnos, / años después, / con nuestros grandes amores». Aquí: temblando.

Aparte de esto, Peri Rossi escribe cargada de una tristeza bellísima («Con la felicidad no se puede hacer nada / No se puede escribir poemas») y asediada por la muerte y la vida. Vuelve sobre la crisis del VIH, tema que ya había marcado algunos de sus poemas anteriores («Quisimos robar el fuego del alto cielo / y el sida nos exterminó») y nos muestra una realidad marcada por amigos muertos y soledades ancladas. El poema final es, seguramente, una declaración de intenciones:

«Y no olvides nunca / que para cada cual / (para la ingenua doméstica recién casada / como para el guerrillero de Chiapas) / su vida es siempre una novela. / Pero por favor, / por lo menos / que esté bien escrita».

En ello estamos.

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