Quien me conozca personalmente sabrá que Duras es uno de los nombres propias de esta casa. La redescubrí cuando estaba acabando la carrera (había leído El amante años antes, con una fascinación estética que aún no llegaba a entender del todo) y en los dos años siguientes leí y compré compulsivamente todo lo que encontré de ella. Me atrevería a decir que es la tercera autora con mayor presencia en mi biblioteca personal (por detrás de Marsé y de Alejo Carpentier, y ahí ahí con Baricco), y posiblemente la escritora cuyo universo estético y vital (que es a la vez, como no podía ser de otra forma, desgarradoramente humano, latiente, anhelante – es decir, erótico y político incluso al hablar de la muerte) más me fascina. El milagro de la apelación.
Escribir es un compendio de textos breves, la mayoría de ellos transcripciones de guiones de películas u otras grabaciones audiovisuales, en los que Duras reflexiona de una u otra manera sobre qué es, qué significa, de qué manera te compromete la escritura. El resultado es un libro brevísimo que va a dar lugar, me temo, a una reseña larguísima y bastante poco estructurada. Creo que necesitaría volver a leerlo más veces, digerirlo con calma, comentarlo con mucha gente para poder darle algo de forma a esta forma de arder en el pecho. Porque menuda barbaridad.
Las personas funcionamos de formas distintas y sería presuntuoso sugerir que los procesos psíquicos se dan igual en todos nosotros. No sé de dónde viene la capacidad de crear; sí algo sobre cuáles son las condiciones que la hacen posible. Un escritor es algo extraño, dice Duras, porque grita sin hablar y hace real lo que no tiene por qué serlo. Pienso en Carson y en la triangulación de la escritura, en el modo en que deseamos porque imaginamos y vivimos porque escribimos (¿o al revés?), y siento que tiene que haber alguna conexión entre la intensidad y la belleza y todo lo cierto, y que cómo es posible siquiera amar y apreciar el tacto si la belleza no te atraviesa. Cómo es posible desear si la vida no te atraviesa. Cómo es posible una vida en libertad sin un profundo compromiso. «No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo». Hay algo sagrado en todo esto.
Primero: la soledad. La soledad de la escritura sin la que no hay escritura posible, sin la que la escritura se desangra y el autor no la conoce. La escritura como exigencia atroz y necesaria, como la ajenidad total con respecto al mundo y a quienes conoces. La relación con el alcohol para no morir, la contundencia con la que Duras explica: en esos periodos, cuando yo escribía, recibía a mis amigos en casa pero ellos no sabían nada de mí. La soledad con y sin gente – pero con gente, claro, no hay escritura. La escritura como separación-acompañamiento. «Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que solo la escritura te salvará».
Segundo: la indefensión. Que una no sabe por qué ni para qué escribe, pero que escribir es una necesidad que no puede esquivarse o te destruiría, y que es imposible hablar sobre un libro que se ha escrito o se está escribiendo, porque al pronunciar en voz alta perdería el significado, dejaría de tener sentido y sería una catástrofe. Que una vez que el libro se ha escrito, una lo lee y es imposible reconocerse en él, es como si lo hubiera escrito alguien ajeno de quien no comprendieras nada. La honestidad en la escritura es reconocer que no sabemos nada de ella.
«No sé que es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos». El libro ya es, ya era antes de presentársete. Hay una necesidad-obligación en la escritura de la que no es posible defenderse sin renunciar a la vida. Un imperativo: «Estar sola con el libro aún no escrito es (…) estar sola en un refugio durante la guerra. Pero sin rezos, sin Dios, sin pensamiento alguno salvo ese deseo loco de matar a la nación alemana hasta el último nazi».
(Inciso: el grupo de Duras cayó en una emboscada contra la Resistencia en otoño de 1944. Ella logró escapar, su marido acabó en Dachau. Dionys Mascolo, amante de Duras, lo encontró agonizante al final de la guerra y organizó su regreso a París. Fue expulsada del PCF en 1955 por sus posiciones críticas con el gobierno soviético. Mantuvo su compromiso con la emancipación humana y la lucha de clases toda su vida. Cómo escribir así si no).
«Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.
Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos».