Aquella noche.

Asomándome a las puertas de junio, en un esfuerzo de memoria y recuperación que ya viene siendo habitual por estos lares, llega la reseña del poemario de abril (sí sí, abril, aún no mayo). Ya perdonaréis: oposito en menos de veinte días, y aunque me gustaría poder decir que después de eso retomaré el ritmo, lo cierto es que tengo por delante un año plagado de exámenes. Así que paciencia (yo conmigo misma, la primera).

Sigo con la Poesía completa de Peri Rossi, de la que después de un año apenas he llegado a la mitad, y creo que a estas alturas Aquella noche (1996) es el poemario suyo que más me ha gustado. Con la duda, quizá, de Descripción de un naufragio, escrito veinte años antes, que además de ser tremendo fue para mí una de esas cosas que lees y parecen hechas como un traje a medida de tu estado emocional exacto. Hay en Aquella noche pocos poemas que no me hayan gustado, y la autora combina con audacia su intensidad característica con momentos de ingenio que te hacen reír bastante.

No hay separación formal de partes ni ordenación temática de los poemas, pero me voy a centrar en algunos cuya división en dos grupos es evidente. Por un lado, los que se corresponden con uno de los dos ejes articuladores de toda la obra de la uruguaya: el deseo, la indagación en torno al deseo, a la sexualidad animal y al sexo como cumbre de la belleza. (El otro, claro, es la palabra y la escritura y el misterio de la lengua, y pienso yo si acaso no son un poco la misma cosa). Son poemas sólidos y bellos, donde se nota la madurez de la autora y donde hay una confusión consciente entre el recuerdo-nostalgia (muchas veces autobiográfico) y la proposición-presente celebratoria. Hay bastantes ideas que me obsesionaron durante días después de leerlas (ese «solo aman las mujeres / y ellos eran machos, muy machos»), pero sin duda el más arrollador es el poema que abre y da título al libro, y cuyas dos estrofas finales lo condensan absolutamente todo: «Tanta turbación / sólo podía ser la prueba / de un deseo muy grande // tan grande / que ni tú misma / podías satisfacer». Tan afilada siempre, la muy cabrona.

En un segundo grupo de poemas, Cristina Peri Rossi aborda lo que ella gusta en llamar «Teoría literaria» (poema buenísimo que empieza de frente: «Escriben porque tienen el pene corto / o la nariz torcida»): una crítica mordaz a la industria literaria y los varones que la capitalizan, donde se mezclan un humor pseudofeminista (importante recalcar aquí el pseudo) y una reflexión bastante seria sobre el sentido de la literatura en el capitalismo contemporáneo. Reconozco que me he reído mucho. Quizá los poemas menos logrados son los que usan a Ticas (un supuesto amigo de la autora, que también escribe poesía) como conductor de la historia, pero incluso ahí me parece graciosa leer a Peri Rossi permitiéndose ser faltona de cierta forma.

Y luego, un mantra: «cuánto le debe faltar a la vida / para que yo siga escribiendo».

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