Canto yo y la montaña baila.

Qué decir. 2024 está siendo un año raro: duro y difícil y precisamente por eso, en cierto sentido, bueno. Es en lo complicado donde se esclarece lo verdadero. Canto yo y la montaña baila me lo regaló mi hermano las anteriores navidades (las de 2022) y no lo había abierto hasta ahora porque en general los libros siempre esperan su momento. Tú tienes clarísimo que querías leer algo, pero de pronto un título concreto te llama desde la estantería y ya no hay más remedio que cambiar de planes. Es así siempre, son los libros los que eligen.

Había escuchado muchas cosas sobre el éxito de Irene Solà, pero no estaba preparada para lo que realmente supone este libro. Es una cosa extraña cuando una lectura a la que ya llegas con ganas logra, incluso así, sorprenderte. Trato, es verdad, de no leer críticas extensas de casi nada, y pensando ahora, no tengo claro qué era exactamente lo que esperaba. Quizá, menos presencia humana. Creo que fue el protagonismo de Domènec el primer capítulo lo que descolocó mis expectativas y me hizo aproximarme al libro como a un terreno del que no se sabe nada. Por dónde me estará llevando. No estaré acaso perdiéndome en el bosque. Debería estar aquí el camino ahora que la luz está bajando. Pero el camino no aparece, y como milagrosamente Solà nos planta en un lugar en el que nos encontramos reaccionando de manera infantil a cada estímulo. El pis. La piel. El barro. La vida es un continuo presente.

Hay una inteligencia y un cariño bestiales en la forma en que Solà da forma a los personajes. Se diría casi que la autora realiza una suerte de prosopopeya inversa: recoge atributos de los animales y de los ríos y de los árboles y otorga a las personas todas esas cualidades, revelándose como aspectos que constituyen la humanidad misma pero que acostumbramos a obviar cuando nos observamos en contextos sociales. Hay aquí algo que me obsesiona desde hace unos meses: la dimensión mamífera del ser humano. No es solo la escena del parto (posiblemente el capítulo más inteligente del libro, que a mí me hizo pensar de manera insistente en el tremendísimo comienzo de O corno), sino toda una serie articulada de detalles: la presencia de las vacas, el corzo en celo, la perra entusiasmado con la inflamación de los órganos sexuales, la fiesta del oso. Incluso la forma de entender la muerte (por tanto: la forma de entender la vida) implica una mirada mamífera. La pérdida del calor y de la sangre.

En una continuidad sutil, tanto los personajes humanos como todos los demás se nos presentan dotados de una espontaneidad y una inocencia más propias de la infancia. Posiblemente eso sea un logro: accedemos a ellos sin la mediación de los códigos sociales, como si la voz narrativa no le hablara realmente a nadie sino fuera por una vez el reflejo limpio de la conversación con una misma. Quién acaso no guarda ese reducto para su propio diálogo interno. Qué mayor honestidad que esa capacidad de admirarse, de alegrarse y de entristecerse por las cosas simples, de recibir la realidad no con las reacciones previstas sino con las que verdaderamente nos provoca dentro. Es un recurso que dota a la escritura de Solà de una devoción candorosa y una ternura cierta por todo lo vivo (y por todo lo muerto que sigue estando vivo). Creo que aquí está la base de tanta belleza.

Otra cosa que me ha gustado mucho es la forma en que se entablan relaciones entre los distintos personajes. Más en concreto: hay en el libro una aproximación cuidadosa y delicada a la amistad, al amor y a los vínculos, que permite exponer la crudeza de la vida al tiempo que agradecer y celebrar todo lo bueno. Se podrían mencionar muchos ejemplos al respecto, pero mi favorito es el abrazo entre Mia y Cristina, en un pueblo del lado de Francia, después de mear entre dos coches con el vaso cerveza en la mano. Supongo que, como mínimo, cada mujer adulta que haya leído el libro habrá sonreído con gratitud y cariño en ese punto.

Hay otras muchas cosas enormes en la escritura de Solà, claro, entre otras su dimensión poética, su manera de construir imágenes. Puede que todo el libro esté atravesado de una voluntad de ofrecer consuelo, o puede que yo encontrara eso en él simplemente porque lo iba buscando. No es una lectura glorificadora de nada (y como guantazo a quien busque lo contrario, el humor fino y de nuevo tremendamente inteligente del capítulo en el que un tipo sube desde Barcelona buscando las virtudes de la vida en el monte), pero quizá precisamente por ello el libro tiene la capacidad de abrazar a quien lo abre. Como la muerte en el Poema para mí, Hilari (de donde Solà extrae el título): ni idealizada ni romantizada, pero es gracias a ella que podemos apreciar la vida.

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