Estoy leyendo menos, más despacio, y será así buena parte de este año porque he vuelto a estudiar y el tiempo es limitado. También estoy permitiéndome saborear un poco más la lectura: volver a leer un día las mismas páginas que el anterior, repetir los subrayados, quedarme absorta ante alguna línea extrayendo el significado. Supongo que esto es porque últimamente leo como buscando, seleccionando cuidadosamente los contenidos y las formas que quiero se me queden pegados. Lo hago por dos motivos: quiero escribir mejor (ya hablaremos de esto, de lo que quiero que signifique escribir, en otro momento) y hay cosas que no entiendo. Las dos cosas van de la mano, claro. En algún resquicio de mi pensamiento, lo primero es en sí mismo la solución a lo segundo. Consuela en parte saber que no es cierto.
Escogí Elogio del riesgo como una suerte de treta. Hay un punto reciente en mi vida en el que se rompió algo (una contención, un seguro ante la vulnerabilidad misma), y desde entonces he sido capaz de arriesgarme no desde la trituradora egoísta sino desde la entrega rotunda. Podría decirse que por primera vez me atreví a jugar a perder, y aún con el resultado devastador me siento orgullosa de haberme atrevido. Con mi amiga Patt hablábamos que quizá en esa pérdida está la libertad absoluta.
Anne Dufourmantelle: «Dicha apuesta rebota hacia nosotros y nos convoca, quiero decir que nos agarra en un precipitado de tiempo y de acto donde se concentra todo nuestro ser, en una intensidad sin parangón. Esa intensidad es el nombre en bruto de la pasión. (…) Pero una vez entrados en ese movimiento donde todo lo que se vive adquiere un relieve diferente, se vuelve imposible regresar al idioma que uno utilizaba antes, ya ninguna palabra tiene el mismo sabor, el mismo sentido, ya no se tiene el mismo cuerpo, la misma hambre». Y unas páginas más adelante: «Uno quiere la intensidad sin riesgo. Es imposible».
He leído el libro, cortito, durante todo el mes de enero. Está compuesto por capítulos breves, reflexiones de apenas unas pocas páginas, cuya relevancia me ha parecido bastante desigual a todos los niveles. En términos generales, leer a Dufourmantelle me ha confirmado la opinión previa que tenía sobre el psicoanálisis (mala) y acrecentado el rechazo hacia algunas de sus implicaciones. Primero: la obsesión con la seguridad uterina y la interpretación del yo-niño, una re-esencialización atroz y negada de la biología y el género, y una expectativa uniforme y encasillada de las fases de la vida. Segundo: una retórica vacía y difusa acerca de la alienación y el poder, que se suma a la lista de corrientes que parecen encantadas con difuminar las relaciones sociales en tendencias y pulsiones individuales.
Y tercero: los fragmentos que intercala con recuerdos, diálogos y apuntes de sesiones con pacientes, si bien puntualmente muy bellos, sólo han logrado por lo general ponerme de mal humor o provocarme directamente enfado. El peor es el de la mujer traumatizada con su propia desnudez que cree encontrar la explicación en una broma que le gastaron de niña, escondiéndole la ropa mientras se bañaba en un río para obligarla a atravesar sin ella la casa. La respuesta de la analista es (atención) que quizá todo eso no es sino una fantasía y que posiblemente ella no había dejado la ropa donde pensaba. Todo, por supuesto, responde a algún tipo de insatisfacción interior, a algún tipo de represión de nosotros mismos que atribuimos al resto. Por lo que a mí respecta, la elegante e intelectual retórica de toda esta gente puede irse a la mierda.
Decía que el libro es desigual, sin embargo, porque muchas de sus partes son verdaderamente muy buenas. Su comprensión del riesgo no sólo es sanadora: es bellísima y cierta. A partir del enunciado «La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, los vivos, corremos», la escritora francesa desgrana una serie de relexiones/explicaciones sobre la intensidad, la palabra, la implicación de tomar decisiones y de cómo no tomarlas es también hacerlo, que una quisiera no incorporar sino incrustar en su vida, introducirlas con fuerza en la carne para desgarrarse entera por dentro. Arriesgarse a la intensidad es correr el riesgo de no morir: sí. Y también: «Ser esperado es lo que mantiene vivos a los vivos (…) Imaginar que alguien te busca (…) Su fragilidad de ser vivo que responde al deseo».
No sé cómo expresar que Dufourmantelle, al igual que otras como Duras o Anne Carson, tienen la precisión de que significado y forma son una sola cosa misma: no sería posible significar exactamente eso escribiendo de otro modo, ni que semejante escritura pudiera significar otra cosa. También me recuerdan a Carson varias de sus reflexiones: ese «¿En qué se reconoce a alguien a quien ama? En el hecho de que cambió de discurso» cogido prestado de Lacan, la vinculación entre deseo y escritura, las páginas bellísimas sobre la función de la metáfora que evocan inevitablemente a la peonza siempre en suspense y la triangulación en la clasicista. La reflexión sobre la variación y la repetición, que si bien es clásica en el psicoanálisis yo desconocía, me ha resultado utilísima, y el capítulo dedicado a la soledad es simplemente magnífico. Aún con sus partes malas, he disfrutado muchísimo la lectura y he aprendido también mucho.